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30 enero 2013 3 30 /01 /enero /2013 10:54

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Juan Antonio Rivera es profesor de Filosofía en un IES de la provincia de Barcelona y en  2003, seguramente inspirado por los exitos de ventas de Gaarder, Marinoff, Marina, Savater y otros, trató de sacar aplicaciones pragmáticas a sus conocimientos profesionales y con descaro periodístico  lo hizo de una manera harto pedagógica y si no muy fidedigna, sí bastante digerible para el gran público.

Sus antecedentes inmediatos surgen allá por 1994 cuando Jostein Gaarder publicó "El mundo de Sofía", un ameno recorrido por la historia de la filosofía, tratando de que muchas de las supuestamente complejas y abstrusas cuestiones filosóficas aparecieran de una forma sencilla y fácil de entender. Fue un gran momento para la popularidad de la filosofía y despejó bastante los prejuicios que la gente tiene respecto a esa disciplina. Más de veinticinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo hablan bien a las claras del éxito de la propuesta. En el 2000, Lou Marinoff se atrevió en meterse en el sagrado terreno de los psicoterapeutas y con un gran sentido común --y más grande aún el de la oportunidad-- publicó Más Platón y menos Prozac, otro "bestseller" que se atrevía a enfrentarse con la aparición de la estrella de los neurofármacos antidepresivos (años mas tarde supimos que no era tan inocuo como nos decían). Marinoff aseguraba que la lectura de los clásicos de la filosofía podía ayudar mejor que el Prozac a afrontar las dificultades de la vida. A partir de entonces son legión los autores que proclaman la idoneidad de la filosofía para aportar claridad y sentido a lo cotidiano.

Ese es el objetivo del libro de Juan Antonio Rivera, pero usando un recorrido curvo e indirecto que pasa desde el cine a la filosofía. Magnífica idea que no se desluce por la aparatosidad excesiva del titulo "Lo que Sócrates diría a Woody Allen", simple anécdota cogida por los pelos. Pero, indiscutiblemente, un título que "pega" y atrae, aunque el contenido del libro se desmarque rápidamente hacia algo distinto: se trata en suma de analizar 25 títulos famosos de la historia del cine bajo un punto de vista filosófico, reflexionando sobre lo que cada película puede aportar a las indagaciones y cuestiones filosóficas más básicas.
Y así entra en El coleccionista
de William Wyler para para hablarnos de amor y la imposibilidad de imponer los sentimientos. Hannah y sus hermanas, de Woody Allen permite a Rivera hilvanar páginas interesantes sobre el intelectualismo como norma equívoca. Nos hace recordar al Kane de Orson Welles para mostrarnos los límites de la voluntad de poder en las relaciones humanas. La naranja mecánica y Calle mayor cierran la “Primera Bobina”, como titula Rivera a las partes de su libro y usa esos titulos para reflexionar sobre la violencia y el uso coercitivo del condicionamiento pauloviano, la primera, y sobre el aburrimiento provinciano  y la maldad que produce la falta de ética social, con la segunda pelicula.

La magnífica Almas desnudas de Max Ophuls ilustra de una forma interesante cómo la moralidad puede llegar a adquirirse a veces por el simple aprendizaje vicario, si la persona que se imita es de gran relevancia moral. También con La Ley del silencio,  insiste en ese tema de la capacidad de regeneración moral de algunas personas. Uno de los nuestros,  la sensacional película de Scorsese es utilizada para ilustrar las influencias muchas veces perniciosas que un determinado medio social y económico y una subcultura determinada pueden tener sobre la vida de las personas, estableciendo un determinismo ético que condiciona sus vidas.
La voluntad como motor de comportamiento y su ausenia como condicionante ético ( caso del alcoholismo y las drogas) son analizadas a través de El hombre del brazo de oro y de Días sin huella  con las soberbias interpretaciones de Frank Sinatra y Ray Milland, dirigidos por Otto Preminger y Willy Wilder.Otro de los temas filosóficos por excelencia, la muerte y la forma en que gestionamos su necesidad inevitable y su omnipresencia, es analizado a través de la película Blade Runner de Ridley Scott y el Vivir de Akira Kurosava, la historia del anciano funcionario que padece una enfermedad terminal y decide aprovechar el tiempo que le queda para darle un sentido a su vida. Precisamente de ese sentido, que algunos teóricos han ilustrado con la metáfora del "arbol de la vida" --los caminos diferentes que puede seguir nuestra vida con las elecciones que hacemos en determinados momentos-- Rivera comenta Family Man, Parque Jurásico, El efecto mariposa y ¡Qué bello es vivir!.

Para la cuestión del "apetito fáustico", es decir de la ambición de algunos por sumar más vidas a la propia, Desafío total (en la versión  de Paul Verboheen), La rosa púrpura del Cairo y Las zapatillas rojas ¿Y qué películas ilustrarían mejor el problema de las ideas platónicas y la realidad, el mito de la caverna, que Matrix  y también El show de Truman?.
 Rivera llega al final de su libro con una evocación nostálgica de la mítica Casablanca, de la que nos ofrece el análisis stendhaliano del amor y el enamoramiento (temática que también podríamos buscar en Erich Fromm o Francesco Alberoni). Y preconiza ese impulso hacia el conocimiento y la sabiduría que, a la postre, es lo que podría justificar su libro  (si es que se tiene que buscar justificación para escribir un libro y venderlo después). Otra cosa es que el discurso del autor sea más interesante cuando ejerce de analista cinematográfico que cuando aplica los esquemas filosóficos de los diferentes autores  y escuelas (quizá resulta más difícil encontrar un brillante critico de cine que un pasable historiador de filosofía). En resumen, un libro más interesante para cinéfilos que para degustadores de filosofía.




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24 enero 2013 4 24 /01 /enero /2013 10:55

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No se trata de un libro erudito (cosa fácil de intuir sólo por el título) pero sí de un divertido estudio literario dedicado a los que buscan en autores y libros lo que se cuece detrás del escenario, las pequeñas anécdotas que humanizan a los grandes autores y los detalles que dan un sabor especial a determinados títulos. Libro indicado pues para los amantes de la lectura y bastante útil para profesores y estudiantes de literatura.

Uno de los grandes aciertos de este libro es la portada, una composición fotográfica en tonos oscuros en la que vemos a un apacible lector, con un fondo de biblioteca y encendida chimenea, que lee atentamente "El Quijote". El caso es que el fascinado lector tiene el rostro increíble de Boris Karloff, en su más célebre papel, el del monstruo creado por Mary Shelley que toma el nombre del científico que le dió azarosa vida, Frankenstein.

Opinaba Serret, el librero, cuando me entregaba este volumen tan llamativo que recomendaría su lectura a los "lletraferits" asiduos a su establecimiento. Y no es mala medida. Santiago Posteguillo, el autor, profesor universitario de lengua y literatura inglesa, es un reputado escritor de novela histórica y aquí se ha permitido un descanso y un cambio de tercio, de una forma amena e instructiva. Se trata de un compendio de 24 artículos de variable extensión en los que analiza elementos curiosos, detalles sorprendentes, anécdotas divertidas, relativas a la narrativa en sí, a un autor determinado o a una obra conocida. Como reza el subtítulo del volumen: "La vida secreta de los lbros (porque los libros tienen otras vidas)". Y, por si quedaban dudas, el autor dedica su libro "A las primeras lecturas de Elsa", una clara declaración de objetivos.

El artículo que da nombre al volumen, nos cuenta la historia archiconocida del lugar y las circunstancias en los que se gestó "Frankestein", quiénes acompañaban a Mary Shelley, la autora, y la apuesta en un entorno de genios literarios en la que se decidió que cada uno de los asistentes escribiría un relato de "miedo". El acierto de Posteguillo es incluir el detalle de "El Quijote", evocado por los estudios de castellano que la famosa esposa del gran poeta, estaba realizando.

La lectura de este libro nos invita a un viaje muy entretenido, durante el que sabremos quién fue el inventor del orden alfabético (al que reverenciamos los que tenemos nutridas bibliotecas, entre otros), recorrer las calles de Dublin de la mano de autores tan preclaros como Jonathan Swift ("Gulliver"), Joyce ("Ulises"), Bernard Shaw ("My fair lady"), Bram Stoker ("Dracula") o acompañar a un caballero embozado por una calle española de 1553 que lleva un manuscrito a un impresor, una pieza que se titula "El lazarillo de Tormes", una novela que sería condenada por el Santo Oficio y perseguida por la Inquisición.

Además visitaremos el Londres de Shakespeare con el fin de participar en ese dilema misterioso que aún quiebra la cabeza de muchos, ¿quién escribió realmente las obras de Shakespeare? (suponiendo que no haya sido él mismo). Después, una cárcel de Sevilla donde un funcionario de tributos acusado de malversación, Miguel de  Cervantes, se supone que comienza a escribir "En algún lugar de la Mancha...". Por cierto amigo Posteguillo, quizá debería eliminar lo del "muñón" del brazo izquierdo de Cervantes (pág.52). Don Miguel nunca perdió la mano en Lepanto. Perdió su uso por las heridas recibidas, pero no le fue amputada.

Para los lectores muy avezados este libro no aporta nada nuevo, aunque sí reconocer la habilidad periodística de Posteguillo que ha recogido anécdotas conocidas por muchos y les ha dado nueva vida, destacándolas en su contexto. Así, la existencia de un"negro" que escribía  o ayudaba a escribir algunas de las obras de Alejandro Dumas, los detalles en torno al discurso en verso de Jose Zorrilla en su entrada a la Academia de la Lengua en 1885, los esfuerzos de Jane Austen por publicar "Orgullo y prejuicio", los problemas de Dostoievsky con el juego, la infancia de Rosalía de Castro, bebé abandonado en 1836 a las puertas del Hospital de los Reyes Católicos (hoy Parador nacional). Alguno de los temas está cogido con imperdibles, el detalle es nimio y casi no justifica su inclusión, pero el autor le sabe dar la vuelta a todo y nos nutre con información complementaria (como el relativo a Dickens "y la piratería informática" o el de "Esquina de Perez Galdos con Angel Guimerá"). A veces, no añade nada al detalle ya conocido (como el relativo a Sherlock Holmes). Otros responden a anunciados ambiciosos que luego se quedan en poco, como el de "la Geatapo y la literatura" o el "Eisenhower y la rebelión de un hobbit". Hay una cierta irregularidad de interés y calidad en los diversos artículos, aunque en todos destaca la habilidad en titular.

Y así en "El último vuelo" volvemos a vivir el final de Saint Exúpery, el autor de "El principito" entre otras obras,  los avatares del manuscrito de "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, la novela póstuma de Julio Verne, la relación del autor con Anne Perry y su duro pasado, la razón por la que el editor de  J.K. Rowling aceptó el original de "Harry Potter" ... Un recorrido que acaba en unas páginas dedicadas a "Para saber un poco más" en las que Posteguillo desvela el anaquel de libros donde encontró los temas y anécdotas con las que nos deleitó. En fin, un libro para amantes de los libros y para pasar una tarde de invierno, junto a la chimenea, leyendo.

 

 

FICHA: "La noche en que Frankenstein leyó El Quijote".- Santiago Posteguillo.- Editorial Planeta.-230 págs. 16 e.

 

 

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18 enero 2013 5 18 /01 /enero /2013 10:47

el-abuelo-que-salto-por-la-ventana-y-se-largo.jpgMe confieso un fanático de la literatura humorística inglesa. Desde Jerome K. Jerome a Chesterton, pasando por Jonathan Swift, Richmal Crompton, Lewis Carroll y algún Dickens y aterrizando en la escuela británica del humor de los Amis, Lodge o Tom Sharpe, en la extensa nómina de los buscadores de sonrisas,  provocadores de buen humor y artífices de ocasionales carcajadas. Entre ellos brilla con luz propia uno de los más sutiles, ingeniosos y brillantes autores de la risa inteligente que me ha dado conocer y degustar: P.G. Wodehouse. Llegué a disfrutar de muchas de sus desternillantes novelas ya en los años 60 y 70 en la colección de libros económicos que editaba Editorial Plaza Janés. Hace un par de años Anagrama sacó el primer tomo de las historias escritas por Wodehouse con el protagonismo de su personaje, Jeeves, solícito ayuda de càmara, astuto, inteligente y fascinante, ocupado siempre en sacarle las castañas del fuego a su señor, Bertrand Wooster, un caballerete de la alta sociedad inglesa de principios del siglo XX, con poco seso y una incorrgeible afción a materse en líos. En las pasadas Navidades, el amigo Serret puso a mi disposición el segundo volumen del integral de las novelas "de Jeeves", cosa que amenizó mis fiestas con muchas sonrisas y ocasionales carcajadas, ,magnífico sistema como todo el mundo sabe para endulzar la existencia..

Para complementar esa lectura amenísima, mi librero favorito me proporcionó una novela de humor diferente, de origen nórdico, sueco, y con un título que llama la atención de inmediato: "El abuelo que saltó por la ventana y se largó", del sueco Jonas Jonasson (es decir Jonás, hijo de Jonás) , un "escritor profesional" dedicado a la televisión y otros menesteres que se ha descolgado con  una primera novela bastante divertida. Y ha sido casi de inmediato uno de esos éxitos literarios que se extienden como una mancha de aceite por la sociedad aficionada a la lectura: el boca-oreja funciona y más ahora en estos tiempos de la aldea chismosa global.

La historia del desternillante Allan Karlsson, que cumple cien años de edad la mañana que comienza la narración, es fresca y espontánea, crítica y dura en ocasiones, siempre aliada con una ironía llena de humor. El anciano se escapa por la ventana de la residencia donde están celebrando su cumpeaños y para empezar a atraer al lector, en la estación de autobuses le roba la maleta de un descerebrado joven melenudo, violento y simple, que llevaba en la maleta unos cuantos millones de coronas de origen oscuro y que le había pedido al viejo  que la cuidara mientras iba al lavabo, fiado de su aspecto inofensivo .

Lejos de  "El insólito peregrinaje de Harold Fry" de Rachel Joyce --otra novela geriátrica-- que ya habíamos comentado en estas páginas, menos aguda y sensible, pero con un humor más directo y desmadrado, el anciano saltador de ventanas que obedece a impulsos oscuros sin plantearse demasiado las consecuencias, comportándose  con una divertida inconsciencia, y demasiada suerte, provocando efectos demoledores allá por donde pasa. Hay tanta pasión de vivir en el viejo Allan que el lector admite y disculpa los barrabasadas que con una alegre audacia va perpretando el centenario gasmberrete.

El autor ha dotado al amigo Allan de un pasado bastante movidito y pasa comodamente de la novela de humor geriátrica al thriller de agencias de espionaje y asesinos a sueldo. El pasaporte del anciano no es otro que el sentido común adobado con un humor irónico y a veces vitriólico con el que Allan va superando las pruebas que su inadecuada existencia actual le depara. Escrita con gran imaginación y ese sentido crítico social que emana de las buenas novelas, la trama nos lleva a acompañar al anciano en un viaje lleno de sorpresas, giros argumentales y momentos de tensión (no creo que tardemos mucho en ver una película sobre ella: lo difícl será encontrar el actor adecuado: el cínico Nicholson, si adelgazara, podría ser un buen candidato). Son más de 400 páginas trepidantes en las que el lector no tiene tiempo de aburrirse ni ganas de levantar la vista del libro.

Los serios puristas de la literatura profunda pueden arrugar el gesto al toparse con esta novela pero el publico amante del humor no la debería desdeñar. La mafia, el viejo Julius de 70 años, amigo de Allan, la policía, la banda criminal que busca la maleta y al ladrón, Benny, el vendedor de salchichas, la Bella Dama y su mascota, constituyen la corte de los milagros del "joven" centenario, mientras se nos va contando detalles de la vida increíble que Allan ha introducido en los cien años que ha durado: conoce a Truman y a Franco, participa en la creación de la bomba atómica, se codea con Mao, la esposa de Chiang Kai Chek, Stalin o De Gaulle, camina por el Himalaya o es encerrado en un gulag...todas las historia del siglo XX pasa, muy cerquita, de la vida de Allan --en la que la suerte ha tenido un papel exageradamente alto y constante-- y solo al final sabremos como un personaje así ha acabado en una residencia de ancianos.

Este repaso a la historia, al estilo Forrest Gump, no deja títere con cabeza, empezando por la propia sociedad y politica sueca. El estilo, simple, directo, desvergonzado y con trazos de humor negro, resulta eficaz y convierte "El abuelo que saltó..." en una novela distraida, nada memorable, pero con méritos suficientes para comprarla y leerla. Pasará un rato divertido, no lo dude.

 

 

FICHAS:

1.- "El abuelo que saltó por la ventana y se largó".- Jonas Jonasson.-Ed. Salamandra.412 págs.

2.-"Ómnibus Jeeves".-P.G.Wodehouse.-Ed Anagrama.-605 págs..

     

 

 

 

 

 

 

 

 

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11 enero 2013 5 11 /01 /enero /2013 08:10

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Nuevo poemario del poeta Carlos Nadal, periodista de "La Vanguardia" y amigo personal de quien esto firma. O más que amigo, hermano del alma y mi mentor en el mundo de las letras y el pensamiento. Fallecido en los primeros días de 2010, dejó una obra inédita, principalmente poética, de una calidad extraordinaria, realizada durante decenios en el más absoluto secreto y discreción. Contadas personas sabían que más allá de sus magistrales artículos sobre política internacional, existía una ingente gavilla de poemas resplandecientes y también oscuros donde latía una sensibilidad poética fuera de lo común y una inteligencia afilada, un humanismo esencial y una visión desencantada pero lúcida de los asuntos más profundos de la psique, desde el amor al miedo, desde la belleza hasta la frustración y el dolor, desde la palabra insuficiente al clamor del silencio y a la muerte como presencia y como exigencia. Su esposa, María Dolores, se ha ocupado de la ingente labor de seleccionar y publicar una pequeña parte de la enorme obra de este poeta secreto. Este es el segundo libro que rompe la ambición de silencio que Carlos mantuvo durante su vida y los lectores lo agradecemos.

Conozco los poemas de Carlos desde hace años y en ellos siempre obtuve la certeza y la sensibilidad de una voz que susurraba, sin estridencias, lejos del grito, el paso de los días, la amargura del ser y el estar, la alegría de lo simple y lo bello, la busca de un sentido. Era una voz que surgía de lo más hondo y se disolvía, humilde, antes de sobrepasar la cárcel de los labios cerrados. Un poeta con cosas que decir, mundos que mostrar, silencios elocuentes y miradas de inteligencia y compasión. Maestro de la palabra y de la callada sabiduría ("morirá conmigo lo único veraz//el círculo cerrado del silencio"), generoso con su atención y su tiempo, Carlos Nadal, explora en las tres colecciones que integran el libro, "El tiempo cierra sus ventanas", "La mano que te vistió" y "Diario de amor en la obscuridad" sus obsesiones y los elementos de la inteligencia, la sensualidad y el amor con los que transitaba por una vida cotidiana limitada por su "mala salud de hierro".

Su poesía transita por constantes y variables muy definidas en el conjunto de la obra: las referencias a las manos ("las manos quietas, libres//sin tiempo al que dar vida//por fin, solo suyas") y su horfandad, conexión sensitiva entre el poeta y el mundo que le rodea, le acoge o le rechaza, le provoca alegría o temor; por el tiempo ("la turbia penetración del tiempo"), el gran tema, el inabordable gotear de la clepsidra donde se agota la vida; por el silencio ("La voz que no habla//es la más temida// porque no hay como acallarla"), que es destino, camino y mensaje; por las palabras ("que amansan y destruyen//antes de verse sorprendidas//en lo que ocultan ser: silencio"), la herramienta del alma, las pálidas y nunca inofensivas palabras con las que ensayamos la duplicidad y el desconcierto; la imagen y esencia del árbol, un significante que nos hermana con todo aquello que nos sostiene en definitiva, materia hecha de silencio forma deseada por el poeta que ansía convertirse en tronco vivificado, en savia profunda o en ramas y hojas ansiosas de sol y viento ("Quisiera haber nacido // con paciente gozo de árbol"); y, en fin, en las simples, humildes, cosas,("modesta aceptación de la apariencia//de ser algo siendo nada") esas presencias mudas y entrañables en las que el poeta cifra el testigo de su realidad propia, tantas veces cuestionada por sí mismo...

Desde la metafísica ("A veces el cuerpo tiene un don//asume su breve trasparencia") a la sensualidad amorosa ("si busco en tu humedal// es porque sé quién eres en secreto"), al sentimentalismo decoroso a la compañera de siempre ("abrazarse, ahogarse//trece años de amor"), sueños de soledad, mujeres de ensueño, juegos de piel y sexo, amistad y soledad, reflexión acongojada sobre el sentido de existir ("Anudarse la corbata//es ponerse cada día//el rostro que no toca"), la enfermedad como aprendizaje...Carlos va desgranando las cuentas del rosario de la vida y de la muerte ("sonámbulo descarriado//que vuelve a por sí mismo"), traspasado por la duda de un sentido y la certeza, casi mística, en que lo esencial, lo más profundo, está en la piel ("cuerpo mío, caritativo, atento, bueno") y la mirada del hombre.

Y se despide de la vida con la entereza del poeta, "lo que te digo en voz baja//sólo a ti va dirigido//pobre cuerpo mío//para cuando quedes //abandonado a tu suerte". Este poema fue escrito en el verano de 2009, unos meses antes de emprender su último viaje.

 

FICHA:

EN VOZ BAJA.-Carlos Nadal Gaya.-Editorial Milenio. Lleida 2012.- 206 págs.

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2 enero 2013 3 02 /01 /enero /2013 10:17

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 El joven David Trueba logra hacer una gran película, de un argumento minimalista y sumamente literario, un "tour de force" encarnado por dos protagonistas, un escenario único y una hora y pico de diálogo, inteligente y un poco rebuscado, explotando una situación claustrofóbica resuelta con ingenio (con la excepción, quizá, de su lógico y previsible final), habilidad, humor y sensibilidad. Dos actores muy metidos en la trama, José Sacristán (fiel, como siempre a sí mismo y a su carácter de viejo y competente actor, dueño de todos sus registros) y una joven María Valverde, que le da una réplica digna y sin histrionismo, poniendo al servicio de la imagen su belleza y la sensualidad de un cuerpo que respira erotismo y contención en cada gesto.

Un viejo periodista político en el Madrid de finales de los 80, 1987 como nos informa el título (una radio nos pone al corriente al principio de los detalles sociopolíticos de ese año de gracia y desgracias para España) trata de seducir a una aspirante a periodista. El lugar escogido es el estudio de un pintor amigo del periodista. La pareja queda encerrada en el baño, cuya puerta queda bloqueada por un cerrojo en mal estado. Es el principio de un fin de semana caluroso de agosto y ambos están en un edificio donde no hay ningún vecino, están desnudos (la ropa ha quedado fuera del baño) y han de pasar muchas horas juntos hasta que algún vecino --de vez en cuando gritan pidiendo ayuda a través de un minúsculo ventanuco-- les oiga y les pueda ayudar. No hay móviles, es 1987, y el teléfono está en la sala a la que no pueden acceder.

Un hombre de vuelta de todo, resabiado, lleno de cinismo y amargura, habla de todo lo divino y lo humano con una muchacha que tiene aun intactas las ilusiones y los proyectos, que cree que puede ayudar a cambiar un mundo que no le gusta y que mira al mañana con esperanza. También hay un deseo enroscado como una ardiente consyante en el pensamiento del periodista que padece la cercanía deseable de un cuerpo joven, desnudo (una toalla a media cintura, vela lo indispensable) y el sexo como tema va y viene, rebota y tiñe toda la desazon humillada del hombre (que había sido rechazado en pleno antes de entrar en el baño).

Palabras y palabras, en un maravilloso trueque, en el que la parte del león, como debe ser, corre a cargo del monstruo cinematográfico que es cada vez más el gran Sacristán, la vanidad y la soberbia de quien está por encima de todo y se humilla por un poco de sexo, encontrando en su lugar la temprana madurez de una muchacha --nada inocente-- que le abre nuevas e inesperadas perspectivas de sus propias limitaciones, de su teatralidad mezquina y su vacío interior. La pose prepotente cae hecha añicos y la humanidad subyacente acerca a los dos personajes al menos hasta el punto de comprenderse mutuamente. Dos radiografías mentales y físicas que se abren al espectador con un lujo de detalles y frases afortunadas. Una seducción del espectador que corre pareja con la seducción intelectual que el gran Pepe Sacristán borda con su voz engolada y cínica.

Texto literario en plena forma servido por unas imágenes que en modo alguno están por debajo de la excelencia de la palabra. No hay verborrea vacía ni grandielocuencia de salón sino argumentos sencillos y profundos con el lenguaje de la calle y la sensibilidad del artista. Todo servido con una fotografía minimalista, el detalle y los guiños estéticos, lúdicos y sensuales de una cámara que parece tan a gusto como los espectadores ante esta comedia dramática realizada con gran conocimiento del ritmo cinematográfico y que consigue la hazaña de nos aburrirnos ni resultar reiterativa en los ciento y pico minutos que dura. ¿Algún "pero"? Si. La secuencia final, de remate, en la que el virtuoso  estilo no manipulador de Trueba no logra dar con un cierre convincente. Salvando esto, lástima porque los finales como los inicios, son los que dan la categoría de obra superior y aquí nos queda un final desangelado y poco ilustrativo, la película es un recital de buen cine. A destacar la modesta y hábil mirada sensual que la cámara pasea con la espalda desnuda de la muchacha, ocupada en auparse ante un ventanuco para gritar socorro, con la toalla enrollada alrededor de su cintura.

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1 enero 2013 2 01 /01 /enero /2013 08:26

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He seguido con sumo interés la trayectoria filosófica del profesor de la UB, Josep Maria Esquirol. Me encantó con "El respeto o la mirada atenta" ( Gedisa, 2006) y ahora he leído "El respirar de los días" (Una reflexión filosófica sobre el tiempo y la vida) --Paidós 2009-- atraído no sólo por el tema, tan esencial en la vida humana, sino por la promesa de que la lúcida mirada atenta de Esquirol estimule mi propia reflexión con ese discurso claro que, sin ser demasiado nuevo o revolucionario, aporta una elaboración filosófica sugestiva y oportuna de una cuestión que constituye uno de los nódulos de pensamiento práctico que cualquier persona, no sólo los filósofos, tiene casi permanentemente planteada (a veces sin ser plenamente conscientes de ello).

Bajo el bello título nacido por analogía con el clásico trabajo de Hesíodo ("Los trabajos y los días"), Esquirol posa la mirada analítica en la esencia del término y el concepto, ¿qué es el tiempo?, ¿puede darse como un presente especial a otros o a uno mismo? ¿por qué hablamos de una dimensión curativa, terapéutica del tiempo? ¿cómo articulamos la realidad de la finitud? ¿cómo vivimos la paradoja de este tiempo en el que de continuo hablamos de "no disponer" de él?, ¿conocemos el influjo con que el paso cotidiano del tiempo afecta decisivamente nuestra salud y nuestra orientación? ¿qué significa el consejo clásico de "vivir el presente" y en qué consiste tal cosa?

La permanente  búsqueda de sentido a todos los tópicos y lugares comunes que se relacionan en el lenguaje popular y en el ético o filosófico con el concepto del tiempo articula el discurso en las sugestivas páginas del libro, al que parafraseando a Esquirol, "hay que dedicarle tiempo". Decía Steiner que hay libros que esperan pacientemente a que el lector sintonice de forma íntima con ese estado de ánimo, despierto y sosegado, para dejarse leer y embrujar al lector. Este es uno de ellos.

Con un lenguaje ameno y sencillo Esquirol desgrana los subtemas relacionados con el tiempo, desde los ritmos que impulsa el paso del tiempo y su relación con nuestro cuerpo y el resto de los seres vivos, al tiempo paradójico, al tiempo "que nos queda", es decir la presencia del fin, de la muerte y la necesidad de residir en la habitación de la vida con vistas serenas a su término, el aprovechamiento vital y mental del tiempo, el carpe diem, la necesidad de la atención como elemento clave para comprender el tiempo, la sabiduría que conlleva el saber dar nuestro tiempo, la importancia de la noción de la lentitud como estilo de vida, el ser consciente de los excesos y aceleración de una forma de "consumir" el tiempo (una experiencia frustrante que parece ser un tópico vital en esta época en que vivimos) y la consciencia del tiempo que pasa, del desgaste que conlleva y de la categórica irreversibilidad esencial del tiempo. Todo ello nos lo cuenta Esquirol con la sencilla ausencia de drama y el realismo que parecen haberse contagiado de "La coplas a la muerte  del maestre don Rodrigo" de uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique  (siglo XV).

Quizá vivimos una de las épocas históricas en las que la reflexión serena sobre el tiempo y su inexorable paso pueda ser más pertinente y aleccionadora. Como escribe Esquirol en su introducción, "paradójica progresión de la velocidad y regresión del tiempo que se nos da y que nos damos: con velocidades al límite, muchas prisas incesantes y, en cambio, escasa atención a las cosas y las personas, poca o ninguna calma serenamente vivible"... ya que "el tiempo propicio para el pensamiento --y para la vida-- es un tiempo lento".

Tiempo lento y mirada atenta es la que aconsejamos para entrar en este libro breve y sabio (no llega a las doscientas páginas) que no dejará a nadie indiferente o aburrido.

 

FICHA

."EL RESPIRAR DE LOS DIAS".- Josep Marìa Esquirol.- Editorial Paidós. 190 págs. 19 euros.

 

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28 diciembre 2012 5 28 /12 /diciembre /2012 10:07

el-sentido-de-un-final-9788433978523.jpg

 

Nuevamente Julián Barnes. Esta vez no comentamos un libro de ensayo, sino una novela que tiene mucho que ver con el tema básico de su ensayo, "Nada que temer", el paso de la vida, la cercanía de la muerte, la necesidad de una cierta ética, el efecto disgregador del tiempo y la función ambigua y fuertemente inexacta de la memoria. Es decir, las imperfecciones con las que funciona nuesra memoria sobre todo cuando la aplicamos a los episodios que vivimos en el pasado sobre amistad, amor o comportamientos y ética personal. El paso del tiempo varía los contenidos y muchas veces las conclusiones. De esto trata la nueva novela de Barnes.

Empecemos diciendo que no está a la altura de otras obras de este autor. Quizá la melancolía del tema y la conocida obsesión de Barnes por el paso del tiempo y la cercanía del fin ha contagiado las páginas de esta, por otra parte, entretenida narración, donde apunta, menos que otras veces es cierto, la juguetona y ácida ironía del autor, su humor en diálogos y descripciones y la fuerza de sus personajes. Como en el caso de Auster, parece que el éxito y la molicie que supone desde el punto de vista intelectual saber que, sea como fuere, lo próximo que publicas tendrá un público fiel que acudirá en masa a las librerías, hace que se resienta la calidad y la ambición renovadora que todo creador literario debe  mantener (premonición expresada cuando el librero Serret me pasó el volumen y confirmada tras la lectura).

Ya desde la primera página, un magnífico conjunto de propuestas aparentemente surrealistas que luego quedarán explicitadas en la lectura del libro, se nos advierte cuál será el meollo del libro, su espíritu: "...lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado" y en la página 12, "...ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron" (lo cual no deja de ser sorprendente).

Asistimos, a través de la voz del narrador perteneciente a un joven, Tony Webster, a la presentación de su pandilla en el instituto y a la aparición de un nuevo miembro, Adrian, cjya inteligencia y personalidad  les motivará a través de la vida, aunque sobre todo es la decisión y acto de suicidarse la que creará el motivo causal del desarrollo de la trama. En la que, como es preceptivo, conoceremos la relación amorosa, breve y conflictiva, que años más tarde constituirá el nudo argumental de la relación entre Tony y su admirado Adrian.

Impulsada por dos motores argumentales, el pasado juvenil y primeros amores de Tony y su madurez, donde la presencia y testimonios de los amigos, modificará y aclarará muchos de los hechos narrados como auténticos de la primera parte, la novela camina algo cansinamente  hacia ese "sentido de un final" (título insulso y trasparente, que llama la atención en un autor que titula muy bien sus libros) que no sorprende demasiado y que en sus detalles se hará muy previsible.

Obra menor pues en el conjunto literario de Barnes, lo cual no disminuye la calidad intrínseca de ese opus, pero alerta al lector informado en el sentido de que uno no debe fiarse demasiado de los ditirambos de la prensa y las editoriales, incluso  de los premios --esta novela obtuvo del Man Booker Price-- a la hora de leer un libro.

De alguna manera, si ustedes me permiten, la brillante frase que el personaje de Adrian cita en la novela respecto a la historia, "es esa certidumbre que se produce en el punto en que las imperfecciones de la memoria se cruzan con  las deficiencias de la documentación" (pag.28), podría aplicarse a "El sentido de un final", que quedaría como "el resultado literario que se produce en el punto en el que la imperfección del trabajo de un escritor dotado se cruza con las deficiencias en el desarrollo de un buen argumento".

Pero para satisfacción del lector, apuntemos también que la novela nos brinda momentos y comentarios en los que la afilada inteligencia de Barnes brilla con todo su esplendor. Y así, en una reflexión del protagonista sobre el tiempo, escribe: "...el tiempo primero nos encalla y después nos confunde. Creíamos ser maduros cuando lo único que hacíamos es estar a salvo. Pensábamos que éramos responsables cuando solo éramos cobardes. Lo que llamábamos realismo resultó  ser una manera de evitar las cosas en lugar de afrontarlas. El tiempo... que nos den tiempo suficiente y nuestras decisiones más sólidas parecerán temblorosas, nuestras certezas, fantasiosas" (pág.120). Como ven lúcida y admirablemente bien expresado. A veces, Barnes logra recordarnos la excelencia de otra pluma magistral, la del mismísimo Will Shakespeare. ¿O no?   

 

 

 

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21 diciembre 2012 5 21 /12 /diciembre /2012 10:22

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Reconozco mi debilidad por el cine oriental, ya sea el japonés o el chino o, en el otro eje del mundo, el iraní o el pakistaní, con  la excepción del indio, demasiado pretencioso para mi gusto (no en vano es India una de las potencias cinematográficas del mundo). Por supuesto que no todo lo  que nos llega es sobresaliente, como la que hoy nos ocupa, pero generalmente mantienen un listón alto de dignidad y profesionalidad. "Pollo con ciruelas" es una película que ostenta un muy aceptable nivel.

.Dirigida por los realizadores de "Persépolis", la iraní Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, nuevamente basados en los cómic de Satrapi,  nos cuenta la historia de Nasser Ali (un soberbio Mattieu Amalric, insuperable en papeles ambiguos y ligeramente alarmantes e incluso amenazadores: tiene una potencialidad de locura y violencia en la mirada que lo convierte en un icono del actor de carácter), un violinista que al perder  su violín--destrozado por su mujer, en un rapto de celos hacia la música, otra gran interpretación de la portuguesa Maria de Madeiros-- decide acostarse y esperar que la muerte se lo lleve.

Es curioso que un filme iraní se base en tras intérpretes extranjeros, el protagonista, francés, el papel de su mujer, para una portuguesa y el de la madre de Nasser Alí, importante en la trama, aunque solo salga en dos largas escenas, la italiana Isabella Rosellini. La trama nos lleva, a través de flash back y de una forma un poco desordenada y a veces bastante cursi a recorrer la vida del joven músico, su gran amor imposible, la hija de un relojero, que le hará buscar el éxito y que jamás llegará a satisfacer. Su matrimonio forzado por la imponente Isabella, su madre, con una mujer a la que no ama y su paternidad sin ilusiones y sin esmero. Hasta el juego final con la muerte, el terrorífico ángel Azrael, como una pobre imitación de Bergman, en la que el caballero es un pobre infeliz y la muerte un jugador tramposo.

Por tanto no hablamos de una gran película, pero sí de una cinta realizada con dignidad, con una fotografía magnífica y unas buenas interpretaciones. Quizá falla un poco la trama y sobre todo la técnica narrativa, pues es un buen tema aunque está contado de una forma que no está a la altura.

Hay elementos mágicos inspiradores en esta historia contada con sencillez y con ganas de agradar. Romanticismo a tope, un cierto ambiente naïf que nunca resulta desagradable y la sensación de estar escuchando un cuento de hadas a la manera iraní, "erase una vez una persona que existió, o tal vez no existió...".

Hay un cierto aire a "Amelie", el éxito del cine francés, una suerte de comedia mágica, algo tontorrona, aunque aquí el tono de comedia no acaba de encontrar su camino y va siendo desviado por pinceladas algo cutres de desamor, violencia, depresión o miedo. El amor imposible por la hija del relojero, que empieza con el tono "Amelie", acaba de una forma triste y algo cursi, al modo de "Delicatessen", con toques de leyenda y cuento de las "Mil y una noches" (no en vano hablamos de Teherán de los años 50, cuando aún el fanatismo religioso no ha destrozado una de las culturas más hermosas y variadas del mundo).

Se percibe la textura estética del comic de donde procede y que es el oficio principal de la directora, con lo que visualmente estamos ante una cinta deliciosa en todos los sentidos, a pesar o quizá debido a la artificiosidad que el talante de cómic imprime al cine (recuerden "Sin City", por ejemplo). Por eso muchos planos parecen surgidos más de un cómic que de una película de acción real y el tono general de la dirección artística es uno de los grandes hallazgos y méritos de la película. Gran banda sonora de Olivier Bernet.

En resumen, a pesar de sus fallos, no se la pierda. Disfrutará con ella..



  



   

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19 diciembre 2012 3 19 /12 /diciembre /2012 10:50

 

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Alessandro Baricco es una de las voces más singulares y brillantes de la literatura italiana de la actualidad. Autor, entre otras, de "Seda" (de la que se realizó un interesante película y 17 traducciones), "Emaus", "City" o "Homero, Iliada", Baricco nos ofrece con  "MrGwyn" el retrato de un escritor que parece surgido de la pluma de Salinger o de Auster, comparte unas memorables rarezas con ellos y parece tener la misma maestría expresiva y semejante surrealismo vital.Gracias al certero ojo librero de Octavi Serret, he leído este libro para ustedes.

Mr. Gwyn es un escritor relativamente joven, con un par de obras de éxito y otras -- como veremos en el trascurso de la novela-- que ha publicado con nombres supuestos, que decide un buen día dejar de escribir novelas y lo hace anunciándolo a bombo y platillo, junto con cincuentas actividades, comportamientos o actos, algunos desternillantes, que también jura no volve a hacer. Rodeado de personajes secundarios de una fuerza y atractivo dificiles de superar, por ejemplo, Rebeca,  la rellenita secretaria de su editor --que toma el portagonismo a la mitad de la novela-- y éste mismo, un sujeto en silla de ruedas que mezcla una vitalidad y una energías de un Minotauro junto a un sentido del humor irónico y entrañable, el desarrollo de la trama va mostrándonos con pinceladas a veces esquemáticas el proceso de adquisión y uso de la nueva profesión del escritor dimitido: redactor de retratos. Retratos reales, pero sin utilizar pinceles sino pluma y papel. 

Para ejecutar esos inconcebibles retratos, M r. Gwyn idea una serie de medidas a fin de lograr detectar la quintaesencia de la persona retratada y así ofrecer de ellas una descripción que, sin ninguna duda, será reconocida por los clientes como un relato sobre la propia alma, un espejo literario en los que se verán ellos mismos por encima de cualquier equívoco.

Toda la liturgia medio demencial con la que Mr. Gwyn rodea su trabajo y el dramático fin de todo, no permite en ningun momento dejar de lucir una inmensa sonrisa al lector: la novela es un compendio de ingenio y de hallazgos y observaciones inteligentes y sensibles. Puede resultar esquemática, redundante o demasiado artificiosa, pero sin duda alguna no es previsible, ni aburre en ningún momento. Y en estos tiempos esto es un sello de calidad, ¿o no?

Baricco, que en su libro juega con la música y la pintura como componentes narrativos, la musica de Glen Gould o el jazz parecen escucharse en algunas de las páginas de la novela. Tan misántropo como Mr.Gwyn, su autor, Baricco, hace coincidir la trama de su novela con un anuncio semejante de un escritor real, y de los grandes, Philipp Roth. Precisamente este novelista, junto a Hemingway, Fitzgerald y el otro Roth, Joseph, forman parte de las influencias reconocidas por Baricco, que ya ha publicado en Italia otra novela, con lo que ya ha callado a los que profetizaban que Mr. Gwyn era la despedida real de Baricco.

En resumen , una novela entretenida para los que amen la variada novelistica de Baricco, los que simplemente quieran pasar un buen rato de lectura de calidad y contraindicada para aquellos a quienes "Seda" les pareció un romántico tostón. Que los hay. 

 

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 FICHA

"Mr Gwyn".- Alessandro Baricco.-Editorial Anagrama.- 184 págs. 16,90 euros.

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11 diciembre 2012 2 11 /12 /diciembre /2012 15:27

 

 

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La situación de la mujer en algunas culturas pasadas (y contemporáneas) es una de las verguenzas que debe  soportar ese animal supuestamente racional y emotivo que es el ser humano. No vamos a entrar en un análisis vergonzante del estado de la cuestión, no es éste lugar para hacerlo, pero muy a menudo la literatura y la poesía han mostrado una sensibilidad muy especial por el mundo femenino, no sólo directamente en muchas de sus obras, sino funcionalmente, proporcionando a las mujeres un medio de comunicación específico y secreto que les permitiera comunicarse y crear literatura al abrigo de la prepotente masculinidad castrante de algunas sociedades. Concretamente me refiero a dos ejemplos, la tradición poética de algunos círculos femeninos en sociedades árabes (la iraní o persa, la libanesa y la saudí) o la japonesa y la china tradicional. Esta última mantuvo durante más de mil años un código secreto de escritura llamado "Nu shu" con el que se comunicaban las mujeres sin que ningún hombre pudiera descifrarlo. Los mensajes eran grabados en abanicos, bordados en piezas de tela o susurrados en canciones populares.

Parece ser que el "Nu shu" nació en una remota provincia de China.

Una escritora chino-norteamericana, Lisa See, viajó allí para documentarse y escribir una novela de amor femenino, "Flor de nieve y el abanico secreto", publicada en España por "Letras de bolsillo" con el título "El abanico de seda".

Por una de esas sincronicidades que surgen en mi vida de lector curioso, el amigo Octavi Serret, me proporcionó para su crítica un libro "El pais imaginado" del argentino Eduardo Berti, recién publicado por la editorial Impedimenta, justo cuando comenzaba a leer la novela de Lisa See. 

Dos muchachas chinas sonríen desde la portada de "El país imaginado". El autor ya había llamado la atención con dos novelas "Agua" y "La mujer de Wakefield". En la que nos ocupa, Berti, creador de mundos no imaginarios pero sí imaginados, hace una incursión audaz al mundo tradicional chino y ni corto ni perezoso coge el motivo del "Nu shu" y la del "lao tong" (la relación íntima y  secreta entre dos mujeres) para perfilar una novela donde el fantasma soñado de la abuela muerta de una de las protagonistas --la narradora-- va encarrilando una historia de amor --no de sexo-- entre dos muchachas sometidas a una tradición donde su voluntad no contaba a la hora de decidir esposo. Como dice la narradora (pág 189) es la abuela la que le habla por primera vez del "país imaginado" cuando está a punto de morir, único lugar donde la mujer ya es dueña de sí misma. Y ese lugar es la muerte, ya que "es el país que nunca dejamos de imaginar, porque no tenemos de él ninguna imagen real".

En una atmósfera mágica en la que el amor y la muerte están inextricablemente enlazados para las mujeres, la novela de Berti juega con viejas tradiciones y sensibilidades poéticas para urdir una trama deliciosa que el lector disfrutará, aunque siempre sin ahondar en la dureza de las costumbres o en las frustraciones de las mujeres que las soportan. Nos describe la sociedad china a caballo entre la tradición ancestral, la guerra contra Japón y la revolución del maoísmo, con tal habilidad que la novela sería premiada en 2011 por el Premio Emecé y este año con el Premio de las Américas.

El libro goza de una introducción del gran Alberto Menguel, que ya nos advierte que la novela no pertenece al "género" de novela de fantasmas, sino que está más en la linea (un poco exagerado, a mi parecer) de "Pedro Páramo". Un mundo de ritos ancestrales, imaginación, culto al detalle poético, rebeldía, lealtad y amor, en las que la relación entre Ling y la bella Xiaomei, se resume en un diálogo entre las dos chicas (pág. 211): "El mundo está mal hecho, dije.--El mundo no está hecho, me corrigió Xiaomei. El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás se hace en forma definitiva". Y ese es el ámbito de vida de las dos muchachas, un mundo de perfiles borrosos y cortapisas firmes, habitado por fantasmas, ritos y supersticiones de difuntos, en el que es sumamente difícil llegar a ser feliz, pero donde siempre se pueden llegar a encontrar atajos secretos y realidades paralelas.

El "casamiento fantasma" del hermano de Ling y los entresijos económicos de tales alianzas, perfilan los mejores momentos de la novela, implicando al lector en una lógica gótica que parece sacada de "La novia cadáver" de Tim Burton. "Lo monstruoso de esa boda era que el novio envejecería y la novia jamás, ya que estaba muerta", dice Ling al comentar la boda de su hermano.

Como aseguró Berti en una entrevista, no se trataba de hacer una novela histórico-costumbrista-orientalista. China y esa època en concreto son la excusa. Lo que le interesaba al autor era reflejar unos sentimientos y unas emociones con un estilo conmovido, sencillo y directo, sobre temas universales como el amor, la familia, la tradición, la rebeldía de los hijos y la inevitable llegada de los cambios. Y a fe que lo ha hecho.

 

FICHA:"EL PAÍS IMAGINADO".- Eduardo Berti.- Ed. Impedimenta. 235 págs. 12 euros.

 

     

 

 

 

 

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