Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
8 febrero 2011 2 08 /02 /febrero /2011 16:07

1001-nightsTodo comenzó en el café de Al Nofara (que algunos escriben Náufara) que es fácil de encontrar junto a la puerta este de la Gran Mezquita en Damasco. Bajo una gran cubierta de parra los hombres fuman parsimoniosos y concentrados su narguilé, emanando perfumadas volutas de humo azul entre el burbujeo insomne del agua de las pipas y el acre residuo del carbón sobre la cazoleta. Algunos turistas languidecen consumiendo café espeso o refrescos. Corrían los años 90 y yo descansaba de una dura labor de reportero político en un viaje que giraba en torno al poder omnímodo del presidente Affed El Assad. Sin embargo mi visita al apacible café popular tenía un objetivo concreto: quería ver en acción a Raheed el Hallack, un "hakawati", un cuenta cuentos (story teller, en inglés) que tocado con un fez rojo, la amplia hopalanda blanca con lineas horizontales, su bigote marxista (de Groucho más que de Karl) y sus gafas de montura metálica cabalgándole en precario equilibrio sobre la nariz, reunía en torno suyo a una multitud de fieles y curiosos y algunos turistas, que no entendían nada de lo que decía con voz cambiante, pero se sentían fascinados por los gestos y la pantomima gestual y oral que adornaba los pasajes del cuento (incluso esgrimía una espada de latón con la que ensartaba dios sabé qué demonios o infieles). La experiencia fue gratificante. Tomé mis notas  y dejé en barbecho el recuerdo hasta que la lectura del libro "La princesa de jade", de Coia Valls, me lo devolvió tan fresco como aquél lejano día de junio de 199o y pocos.

¿Es que Coia habla de cuentacuentos en su libro? Solo de pasada. Los menciona en dos o tres ocasiones, en un mercado o en una caravaanar (lugar de reposo de las caravanas que hacían el legendario recorrido de la Ruta de la Seda. Es el estilo narrativo, el ritmo, los excursos que se permite, el tipo de lenguaje utilizado, los diálogos muy literarios o filosóficos a veces, la descripción de los personajes, la trama. La petición de una moribunda Teodora de Bizancio  justifica el motor de desarrollo literario con el objetivo de la búsqueda del secreto de la seda, tras armar una expédición dirigida por un militar, un tejedor y un monje nestoriano y las vicisetudes de tal empresa por los difíciles caminos de la Ruta de la Seda´.

Es un viaje iniciático para todos los protagonistas, como suele suceder y es tradición en el género y también como suele suceder, el camino es lo que realmente importa, no la búsqueda del misterio de la seda para fabricar el preciado tejido y evitar los abusos de los persas, que monopolizan su comercio. Hay que averiguar cómo se hace la seda. Y ese es el onjetivo marcado. En ese proceso se genera el cambio de los personajes, su maduración, a veces la consecución de deseos ocultos que justifican a la postre toda la aventura.

El joven Úrian, fascinado con su sueño de amor, encarnado por la princesa Yu, su padre, Xenos, el tejedor, Lysippos el militar, el monje nestoriano Rashnaw y las dos mujeres, Najaah y Yu que a mitad de la novela una y otra practicamente al final, dan el contrapunto femenino a una historia de hombres, forman un entramado de personajes que se hacen familiares al lector durante el ameno y peligroso viaje. Y este acabará con el héroe disponiéndose a partir de nuevo, ya liberado de la sombra del padre, libre y disponible para nuevas aventuras.

Coia ha realizado una obra bien documentada que trata de sugerir muchas cosas, entre la historia, la filosofía, la mística, las leyendas y los mitos.

Y como los "halaiquíes" de Jemaa el Fna en Marraquech, nos deja su historia casi como un relato oral. Ese "hasta luego" o "mañana más" que desde el califa Haroun el Raschid y  Sherezade, la bella narradora de "Las mil y una noches", ha fascinado a sus oyentes (y a los lectores).

Como complemento a esta lectura sugiero la novela de Baricco, "Seda".

 

 

Compartir este post
Repost0
5 febrero 2011 6 05 /02 /febrero /2011 21:56

yoes-1192.JPGA finales de los noventa, hace pues más de diez años, escribí una novela "El árbol de los condenados" que suponía una variación sustancial de estilo y temática en mi novelística. Fue un parto largo e inquieto. En contra de mis precipitaciones literarias habituales, en esta ocasión mi oficio como periodista habia sido dejado a un lado. Por primera vez buceaba en lo más profundo de mi psique, sacaba el limo que protegia el fondo y analizaba y proyectaba sentimientos, vivencias, reflexiones, en una trama novelística en la que también se reflejaban historias y caracteres de gentes conocidas e imaginadas, posos de lecturas, inquietudes intelectuales, grandes dudas y pocas certezas, momentos brillantes y frustraciones y dolores que la vida proporciona a todo el que la trata de vivir sin mirar mucho lo límites.

Mi vida profesional me habia llevado a conocer gentes y paises que fueron, una vez condensados y aquilatados por la reflexión --y la imaginación literaria que todo lo aprovecha-- a una decantación que se hacía relato y nutría las páginas de esa novela intimista y bastante despiadada.

En el interín llevaba años estudiando psicología y psicoanálisis, me había sometido a un psicoanálisis didáctico con una profesional junguiana y preparaba mi tesis doctoral sobre el análisis lacaniano.

Cuando terminé la novela, puse el ansiado "fin" sobre la última página y revisé el volumen mecanoescrito, me entró una desazón inusual. En mis anteriores obras, al fin le sucedía un rápido envío a una editorial, los contactos pertinentes y la publicación, casi sin  solución de continuidad. En este caso, "El árbol de los condenados", en los que se vertía parte de mi ser y se extrapolaba el dolor de muchas personas y la desorientación y los errores de mis personajes (espejo y reflejo de los propios) había una cierta desgana en seguir el proceso anteriormente descrito. Quería trascender el deseo de verla publicada con el más legítimo objetivo de descubrir de qué se trataba: si era una novela importante para mi desarrollo como escritor y persona,  o era otra coartada de la vanidad, la facilidad creativa y el sentido de la oportunidad (heredado de mi condición de periodista).

Lo mejor, pensé, es buscar un  editor al que respete por su capacidad intelectual, su trayectoria personal y su prestigio en  el mundo de los libros. Escogí a Mario Muchnik. Me entrevisté con él (había escrito algún articulo sobre sus libros y eso me sirvió de carta de presentación) y le hablé de mi novela y de mi deseo que la publicara él si le parecía digna de ello.

Comenzó entonces una relación epistolar en la que ambos hablábamos de los pormenores de la novela, personajes, situaciones, filosofía y estilo. Jamás antes me había sentido tan cómodo y tan sorprendido al tiempo, de encontrar un interlocutor cuya inteligencia estaba hermanada por la agudeza y el instinto.

La cosa quedó frenada en un momento dado y terminó colapsándose de mutuo acuerdo. Hubo un intercambio de posiciones encontradas sobre temas éticos y decidimos por el momento dejar en suspenso la publicación . Yo no insistí y acepté la postura de Mario. Debía analizar lo ocurrido y plantear una revisión acorde con nuestras posturas divergentes. Pero no lo hice. Me asaltó ese demonio inquietante llamado "duda", tan poco operativo cuando va encima de un falso orgullo. Guardé la novela en un cajón y me dejé llevar por las exigencias de las dos profesiones que ejercía, el periodismo y la psicología. Avatares personales de distinto signo me ocuparon durante mucho tiempo y olvidé la novela y la frustración de no haber peleado por ella.

Ahora, años después, de una forma casual, fortuita, ha entrado de nuevo en  mi vida. La novela apareció, polvorienta, pero incólume, en uno de mis cajones de originales. La tengo junto a mí y he decidido volver a ella.

He sentido la necesidad acuciante de volver a ella, tras meditar un tiempo sobre las razones ocultas que me llevaron en su día a guardar mi novela más prometedora bajo las siete llaves del sepulcro del Cid. Una vez aclarado este escenario, ay, tan poco halagueño para mi propia inteligencia, sólo queda el reto de entrar en ella con el buril y el martillo dispuesto a tirar lo que no sirva y adecentar lo que se mantenga. La estructura y los cimientos están bien, creo recordar, y eso es lo que hace viable una construcción. Todo lo demás es cuestión de tabiques. Mientras respete las paredes maestras y la cimentación, todo lo demás puede ser cambiado, alterado, remozado. Vamos, pues, a ello. 

Compartir este post
Repost0
30 enero 2011 7 30 /01 /enero /2011 11:55

 

trenvz2.png--¿Está seguro de que no tendría mejor acomodo en el museo de Renfe?

Antonio torció el gesto, se ajustó la corbata en un gesto maquinal y revisó que la chaqueta de Armani no le hiciera ninguna arruga.

--Vamos, Ortiz. Ya sabe usted que lo que nos sobran son locomotoras viejas. Y esta ni siquiera es un modelo único. Ya hay otra semejante que estuvo en servicio en una línea de  las minas del Pirineo leridano, en Sant Maurici.

--Ya, señor ingeniero, pero ésta tiene una historia muy especial, estuvo sirviendo la línea del  famoso  tren “sarmentero”  desde 1939 hasta 1971 entre Alcañiz y Tortosa. Ha visto mucha historia este trasto. Y además…

Antonio se envaró, a la defensiva,  y clavó en el funcionario una mirada helada. “Y además qué?”.

--Bueno, señor…el otro día estuvo por aquí el padre de usted, don  Rafael . Me contó que había sido el maquinista precisamente de…

--Si, ya sé –Antonio arrastraba las palabras con cierto sarcasmo-- ¿Y cree usted que porque mi padre hubiera sido maquinista y este trasto como usted  dice, fuera su instrumento de trabajo, debemos cargar a la Compañía con él? Ese detalle es irrelevante, Ortiz. No estoy en el puesto que estoy para tomar decisiones sentimentales y arbitrarias.

--Perdone, señor ingeniero. Lo que usted diga. Yo solo pensé…

--Ortiz, déjenos a nosotros la tarea de pensar.  Ahora vaya a la oficina y haga las gestiones para que se tomen las medidas adecuadas para sacar este trasto de aquí. No tiene ningún valor. No perdamos más tiempo. Me esperan en la dirección general en Zaragoza. Y estamos en el culo del mundo –se percató del gesto de enojo y contrariedad de su subordinado, que lo miraba con ojos vidriosos y un gesto duro en los labios—vaya, perdone Ortiz. No quiero ofenderles. Ya sabe que pasé toda mi infancia aquí. Me gusta mucho la zona, pero ahora la vida sigue y debo atender mi trabajo en escenarios más lejanos y seguramente más estresantes.

--Desde luego, señor Foz. No hay color en la comparación. Aquí sólo somos unos provincianos. –y Ortiz dio media vuelta y salió del hangar sin aguardar respuesta.

Antonio se encogió de hombros, miró con disgusto la pátina de polvo  que cubría sus brillantes mocasines Dumas y consultó el reloj de pulsera, Supont, oroblanco y acero, que le ofreció su imagen confortable y plena de seguridades y estatus.

Cuando se disponía a salir del hangar los grandes focos del lejano techo se apagaron con un ruidoso chasquido. Eran las seis de la tarde de un día frío de invierno y un manto de neblina y obscuridad parecía caer desde el cielo. Por los altos ventanales entraba una claridad difusa que iba desapareciendo poco a poco. Antonio maldijo a Ortiz y se prometió a si mismo que le pondría en dificultades por haber tenido la desconsideración y la falta de respeto de apagar las luces generales del hangar antes de que saliera él. En algún rincón de la enorme nave entraba una luz indirecta por unos ventanales pequeños  que apenas iluminaban un reducido círculo cercano y parecían acentuar las sombras a su alrededor.tren-vz-copia-2.png

La indignación que sentía  fue subiendo de nivel y el maduro ingeniero se dispuso a salir con precipitación y con tan mal pie que tropezó con una traviesa de la vía de servicio y cayó al suelo. Mientras lo hacía se percató que las gafas habían saltado del puente de su nariz y se precipitaban hacia el cemento sucio. Antonio hizo un gesto brusco con los hombros para tratar de alcanzarlas, lo que aumentó su inestabilidad e hizo que su cuerpo diera media vuelta para caer de espaldas. En unas décimas de segundo, como en una secuencia  cinematográfica a cámara lenta, el hombre sintió el golpe en sus caderas al impactar contra el suelo, su mano derecha alcanzar y cerrarse en torno a las gafas y al tiempo, la izquierda  fallar en un intento de disminuir la  fuerza del impacto agarrándose a un estribo de la locomotora. Justamente la  máquina que acababa de condenar al desguace,  y por tanto recibir en la espalda el doloroso contacto con el suelo de cemento y  a continuación un brusco  tirón de su cuello y su cabeza hacia la  izquierda, golpeándose  ésta contra el estribo enrejado que corría a lo largo del flanco de la locomotora.  Sintió un dolor agudo en alguna parte de su cabeza, un silencio abrupto que se imponía en su mente, envolviéndole como un sudario, y un salobre gusto amargo y metálico en la boca. Respiró profundamente y con un gemido se dejó caer por una pendiente absurdamente iluminada de rojo, como si las calderas oxidadas de la locomotora se hubieran encendido mágicamente y le envolvieran en el calor y el color de su vientre incandescente.

--Ay, Antonio, hijo, parece que tu memoria es tan mala como tu equilibrio.— el tono guasón de la voz de su padre, le molestó profundamente. Como de costumbre en los últimos años.

--Papá, déjame en paz. ¿No pretenderás que me acusen en Zaragoza y en Madrid de que tomo decisiones porque mi padre me manipula, ¿no?

--Quiá, chico, ni lo pienses. A todo le llega su hora. Hombres y máquinas. Yo ya estoy a punto y ésta, mi vieja amiga, la Lola, pues también. Sólo que te has vuelto muy especial con tanto estudio y tanta capital. Parece que ya no te acuerdas de que cuando eras un chaval no hacías más que pedirme que te llevara conmigo a conducir a la Lola. Y cómo te reías cuando pasábamos por los túneles y todos acabábamos ennegrecidos y cuando me decías que la Lola era como una mujer vieja, toda gemidos y toses. O cuando me hacías bajar la marcha cerca de Torre del Compte para ir a darte un baño en  el Matarraña, ¿Cómo has podido olvidarlo? ¿Qué tienes, 50, 55 años? Yo tengo  86 y me acuerdo de todo como si fuera ayer. El hundimiento del túnel entre Prat del Compte y Pinell de Bray, el 19 de setiembre del 71, creo. Los  fastidiosos viajes en autobús para salvar la distancia que no podía hacer el  tren, durante dos años más. Y, sobre todo, me acuerdo del mal día en que recibí el comunicado de que se cerraba la línea, cuando todos confiábamos que se tenderían las vías sobre el trazado ya aplanado de Tortosa a San Carlos de la Rápita… dándole más vida a este tren. Llevándolo al mar…

La voz de don Rafael se había ido apagando y también  su figura, con la inseparable boina negra sobre los ralos cabellos blancos y el pitillo asomando perezosamente de sus labios, emanando humo gris  sobre las mejillas mal afeitadas. Antonio hizo un gesto para levantarse y así mejor escuchar  la voz de su padre y un inesperado sentimiento de tristeza y soledad le invadió.  Tuvo ganas de gritarle que no se marchara, que se quedara junto a él, que siguiera hablando, pero pensó que eso era una chiquillada y que el viejo era un tostón reiterativo y cansino. Inmediatamente un dolor en su costado le advirtió que sus pensamientos eran falsos, que no reflejaban ninguno de sus auténticos pensamientos y  dejó aflorar una sensación antigua que había tenido toda su infancia y que sofocó desde que fue a estudiar al internado de Zaragoza y luego a la Escuela Superior de Ingenieros  en Madrid. Comprendió que había dejado sin resolver algo, un dolor antiguo, muy profundo que lo ligaba a su padre y a su hogar en Alcañiz, a su familia y a sus viejos amigos. Todos encerrados en un baúl de los recuerdos cuya llave había perdido voluntariamente desde su juventud.

Así que cuando la vio, sentada tranquilamente en el estribo, mirándolo con ojos húmedos, inteligentes, sabios y algo irónicos, aceptó su presencia como algo natural, algo esperado. “Es como la visita de los fantasmas de la Navidad al avaro viejo Scrooge  del libro de Dickens”, se dijo a sí mismo, admitiendo sin  más la realidad de lo que estaba ocurriendo. “Si es un sueño, se dijo con lucidez, mejor que sepa de qué va todo esto. Si no lo es, aún es más interesante. Al fin y al cabo no tengo otra cosa  que hacer” Y no analizó nada más, mientras contemplaba tranquilamente su cuerpo desmadejado sobre las vías, sin temor y sin aprensión, como si fuera un objeto más y mucho menos real que aquella anciana sonriente que le miraba con atención y una pizca de humor.

--Bueno y usted quien es –preguntó con amabilidad, asombrándose de que se encontrara  tan bien y tan tranquilo en la extraña y curiosa circunstancia que vivía-- ¿Es amiga de mi padre? Debe ser de su época, ¿no?

--Oh, no, pequeño. Yo soy mucho más vieja. Y sí, soy amiga de tu padre. En realidad nos hemos querido mucho. Me bautizó él, si así puede decirse. Me llamó Lola, aunque mi nombre real es mucho más complicado, letras y números, y soy inglesa, creo, ya todo se me borra y más desde que me he enterado que mi acta de defunción ya se ha decidido. –sonrió con ironía—y si no me equivoco, tú has tenido algo que ver. –hizo un gesto con las manos—oh, no creas que te lo reprocho. En realidad estoy de acuerdo contigo. ¿Para qué seguir con esta existencia ya tan aburrida? Los viejos hemos de desaparecer. Tu padre, yo…-- señaló delicadamente a Antonio—y dentro de unos pocos años, tu. Es ley de vida. Los viejos no gustamos a los jóvenes y menos aún a los adultos pre-ancianos. Y yo tengo demasiados sueños y pesadillas en la cabeza. Mejor olvidar y pasar a la fundición para luego formar parte de otras máquinas y otros sueños.

--¿De qué sueños me habla usted, señora? Usted era…. —iba a decir “una simple”pero          comprendió que además de insultante, sería algo falso—una locomotora. Una más en una línea que  nunca fue rentable, que llevó a la ruina a la compañía que inició el servicio en 1887 desde La Puebla de Hijar a Alcañiz,  se llamaba Compañía de los ferrocarriles de Zaragoza al Mediterráneo. A esa sucedió  desde 1899  la empresa  de Explotación de Ferrocarriles del Estado que se hizo cargo de ella durante la Dictadura de Primo de Rivera.  Todo bajo pérdidas económicas.  Eso sí, sirvió como lanzadera logística durante la guerra civil. Ya ve qué honor más sonrojante. Y después, con Franco…

La anciana suspiró tan profunda y dolorosamente que Antonio guardó silencio y miró con renovado interés a la mujer, que había sacado un pañuelo de batista y secaba dos lágrimas que empezaron a correr por las mejillas enjutas, aunquealgo iluminadas por una sonrosada luz propia, como esas muñecas de porcelana de antaño.

--En aquellos años oscuros, fríos, me trajeron a estas vías de mis recuerdos. Y me dijeron, “ahora vas a ser feliz, vas a volver a ver el mar “ ¿Sabes?  Ese era mi sueño. Sentía nostalgia de cuando era más joven, cuando corría por una línea que paseaba junto a la orilla del mar. Era una línea muy antigua y unía Barcelona y Mataró. Entonces me enamoré del Mediterráneo. Y me dijeron: en 1939 llegarás a Bot. Y en 1941 a Tortosa. Y después a disfrutar junto a tus amadas olas en San Carlos de la Rápita. Ya estamos allanando el trazado, me aseguraron.  Pero eso nunca se cumplió. Un mal día las tierras arrasaron el túnel de Pinell de Bray.  Y cuando ocurrió comprendí que jamás volvería a jugar con la arena y las olas, a lanzar mi humo en cascada sobre la dorada línea festoneada de esmeralda.

--Tiene que comprenderlo señora…--Antonio supo antes de seguir que sus argumentos eran un pobre consuelo—era una línea sin resultados económicos viables, continuas pérdidas para un trazado irregular sobre terreno inestable que provocaba muchos problemas, una población pobre y necesitada que se iba marchando del país poco a poco. –Se calló incómodo al observar que la anciana seguía llorando mansamente. Su vocecita decaída fue surgiendo cada vez más debilitada:

--Aquellos pobres hombres, los prisioneros, obligados a tender las vías en condiciones terribles…luego tanta miseria…--la voz volvió a sonar con vigor inusitado—pero trato de olvidar esas tristezas con el recuerdo de las gentes que montaban en mis vagones, los gritos de los niños, las canciones de los jóvenes, algunas historias de amor y otras de odio o rechazo, en fin, lo que es la vida más palpitante. Todo esto no se debería perder, ¿verdad?

Antonio asintió. “No se perderá. Desde hace unos años se están remozando los trazados de su tren, se vuelven a limpiar los recorridos, los túneles, los  puentes, el de Torre del Compte da gozo verlo, y se reconvierten en Vías Verdes, para que nuevamente los jóvenes rían  y disfruten por estos lugares tan hermosos…” El ingeniero guardó silencio. La vieja estaba desapareciendo,  pero él no se reconocía a sí mismo. “¿Qué me pasa?”, pensó, sin demasiada alarma. Y mientras se tendía junto a su propio cuerpo, contempló ensimismado la silueta de la vieja locomotora y puedo entrever la figura de su padre, todavía joven, al mando de su humeante máquina, dominando la vida de la traqueteante Lola, ensuciando de hollín rostros y vestimentas de gentes diversas, entre las cuales, vio a un niño que entonces era feliz, contemplando con  indisimulado orgullo la máquina “de su padre”.

Entonces oyó claramente junto a su oído:

“Señor ingeniero, ¿se encuentra bien? Ya hemos llamado al médico. Saltaron los fusibles de los focos de este viejo hangar y se quedó a oscuras. Seguramente eso provocó que usted tropezara, ¿no? Se ha dado un buen golpe”.

Antonio hizo un gesto para tranquilizar a Ortiz. Se puso las gafas y le sonrió: “Estoy bien. No se preocupe. Sí que me he dado un buen golpe. Miró la locomotora con una expresión extraña en el rostro: “Quizá ustedes tengan razón, amigo Ortiz. Miraré que puedo hacer… sería una pena que desguazaran una máquina tan llena de historias, ¿verdad?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

Compartir este post
Repost0
27 enero 2011 4 27 /01 /enero /2011 10:32

carlos-copia-1.jpg

Carlos, amigo mio, hermano, hace un año ya. Te fuiste de la forma y manera que te era grata, con discreción, en silencio, casi sin avisar. Estábamos tan acostumbrados a que salieras de todos los males y deterioros, entero, incólume. Esta vez, hace un año justo, nos equivocamos. Durante mucho tiempo estuve esperando una llamada y tu voz, cada vez más tenue pero,exacta y clara, bromeando sobre tus males inextinguibles. Y durante meses estuve esperando sin elaborarlo, otra cita para comer y hablar, donde aparecerías quizá con la mirada más sabia y ese fondo de tristeza que anidaba en tus ojos y que se levantaba como la bruma cuando charlábamos, ajenos a todos los relojes y a todas las edades, de "nuestras cosas".

Hace unos años me escribías:

 

¡Qué cansado estoy,

querido Alberto,

de hacer como que si!

Quedan pocos nudos

por desatar. Y en las manos

me vienen a encontrar

recogimiento las últimas brisas.

Tenues y sinceras. Tan mías aún,

tan hermanadas en la cercanía del

silencio.

 

Habíamos hablado esos días, como tantos otros, del bagaje moral que era preciso para navegar en estos procelosos mares de lo cotidiano, rodeados e infectados de emociones y sentimientos, de agresiones y de invasiones. Nuestros mundos, tan diferentes y tan semejantes en lo esencial, nos sometían al asedio incondicional de lo mínimo, esa ofensiva inmisericorde que no obliga a grandes gestos ni siquiera a decisiones muy visibles, el mundo mínimo que nos impedía el austero y casi monacal disfrute de lo que realmente nos motivaba a ambos: los libros, la reflexión pausada y profunda, el pensamiento alzando el vuelo como un gavilán, la charla osada en bucear por las últimas fronteras de la psique, allí donde todo se desnuda y anidan las primeras verdades.

Los esquemas y técnicas psicológicas nos servían como referencia para encauzar al vuelo libre de tu inteligencia, de esa sabiduría que pasa por encima de los conceptos y las palabras y muestra de un trazo, enérgico y suave, la esencia de los hechos, las personas y las motivaciones. Yo aprendía junto a tí y tu me brindabas, con esa difícil generosidad del sabio, tu apoyo para recorrer juntos el camino del insigth clarificador y a veces salvador.

Ese "como sí" nació en una de nuestras charlas, como una técnica, una herramienta psicológica que nos blindaba para superar las dificultades que nos creaba la vida, sentimentales las mías, filosóficas las tuyas. Ambos buscábamos nuestro lugar correcto, ese espacio (en palabras de Castaneda) en el que uno no debe nada a nadie y a nada porque se encuentra en el lugar óptimo, en la posición certera donde la ética personal nos coloca, indiscutible e imposible de censurar. El lugar impecable.

Pero muchas veces la filosofía y la ética no lograban blindarnos lo suficiente y un cansancio de las celulas, de las entrañas, nos invadía. Entonces concertábamos otra cita. Comíamos en cualquier figón, sin prisas, cerrando el local casi. Después la charla se mantenía durante un largo paseo interrumpido por innumerables paradas en las que, ajenos a todos, en mitad de la acera, debatíamos nuestros pensamientos, nuestras intuiciones...

¿Tienes idea, querido Carlos, de cuánto y cómo te echo de menos?

Seguiremos juntos, amigo, hermano.

Compartir este post
Repost0
24 enero 2011 1 24 /01 /enero /2011 19:06

Si  nos  observamos a nosotros  mismos podremos llegar a conocer la realidad directamente y podremos aprender a manejarla, a gestionarla, de una manera positiva y creativa para desarrollar nuestro autentico potencial y canalizarlo en provecho propio y ajeno. Esa es la esencia operativa de la meditación Vipassana que significa en pali, “visión cabal”.

  5384158692_633c0a67d2.jpg

¿Cómo se articula esta técnica meditativa? No es difícil ni requiere nada especial, ni cánticos, ni mantras, ni difíciles sentadas meditativas en silencio y en perfecto no-movimiento, ni largas oraciones o jaculatorias. Aunque nada de esto le es ajeno. Pero para empezar hay un punto clave que aparentemente no cuesta nada. Hay que estar atento a cómo estás y a lo que haces. Generalmente, sin darnos cuenta,  repartimos nuestro sufrimiento, nuestra tensión, nuestro agobio, nuestra impaciencia entre los demás. Y asi observamos que alrededor de cada persona infeliz la atmósfera se va cargando de inquietud, de tal forma que todo el que se aproxima a ese entorno  termina también sintiéndose agitado e infeliz.

 

Para ello hay que seguir una disciplina, pero no a cualquier maestro o técnica. Buda recomendó Vipassana y aseguró: “ sed cada uno de vosotros vuestra propia isla. Sed vuestro propio refugio, no hay ningún otro refugio. Haced que la verdad sea vuestra isla, que se vuestro refugio. No hay ningún otro”. Ya que el único refugio verdadero de la vida, el único terreno sólido sobre el que asentarse, la única autoridad que puede guiarnos y protegernos adecuadamente es la verdad, el Darmma, la ley de la naturaleza, experimentada y verificada por uno mismo.

 

Por eso la única forma de resolver nuestros problemas es viendo nuestra situación tal y como es realmente, aprendiendo a reconocer la realidad aparente y superficial y también yendo más allá de la apariencia para percibir realidades más sutiles: y sólo podemos hacerlo directamente  mirando hacia dentro, observándonos. En esa observación radica el descubrimiento de que somos juguetes de fuerzas internas que nos condicionan, reacciones y prejuicios, tensiones inconscientes (pero descubribles) que hemos ido acumulando y que nos hacen sentirnos inquietos y desdichados, por lo que renovamos constantemente  nuestros errores, sin percatarnos de que estamos obedeciendo y siguiendo plantillas de comportamientos equivocados, reacciones automatizadas que generan errores y sufrimiento..

El camino para llegar a descubrir esto no es difícil pero requiere un trabajo constante y un esfuerzo sostenido. Ese camino es el Damma, el arte de vivir, que aumentará nuestra felicidad y el bienestar de quienes nos rodean, creando relaciones armoniosas y serenas con ellos y sobre todo con nosotros mismos.

 

El camino de la meditación Vipassana es un proceso de descondicionamiento, ya que se elimina de la mente las cualidades perjudiciales y los automatismos del pasado  que agravan y mantienen las visiones erróneas de la realidad y la tendencia inherente al sufrimiento. Al ir eliminando de la mente lo que hay de negativo se va descubriendo la naturaleza básica de la mente pura. Por supuesto al ir eliminando esa fuente de tensión mental se produce una mejora por correlato de las enfermedades psicosomáticas que causa la tensión. Evidentemente hay una condición esencial: no se puede seguir el camino con el objetivo principal de lograr resultados de curación física. Las mejoras son  resultados secundarios y no buscados de la meditación.

 

Los interesados en este tema u otros de alcance espiritual-operativo podéis darme noticia de ello en los comentarios de este mismo blog. Es bueno mantener una red de buscadores. Nunca se sabe lo suficnete y las experiencias ajenas honestas sirven de guía y consuelo. Animo...

 

 

 

 

 

 

Compartir este post
Repost0
23 enero 2011 7 23 /01 /enero /2011 12:08

Primero hay una alteración en la carga genética del bebé. Puede ser una alteración en el cromosoma 15 o quizá que exista un cromosoma 47, uno más de los habituales 46. Según esa lotería terrible, el bebé puede presentar las características del síndrome de Prader-Willi o las del Down. Ese niño o niña crecerá con muchas limitaciones o discapacidades. Menos diferentes entre sí, que las diferencias existentes entre la mal llamada "normalidad" y ellos.

La editorial Milenio (Lleida) ha publicado el libro de relatos "La Nena y el Sol" con textos de Gaspar Arcís, Salvador Bolet, Célia Zurita, Jordi Balcells y Eduardo E.Rosenzvaig. En ellos las voces de sus autores nos hablan de un universo paralelo, el mundo y la existencia de personas que sufren esas discapacidades psíquicas y físicas y que  quizá para compensar, nos ofrecen un grado de sensibilidad, empatía y capacidad de amar que sorprende a los que no han convivido nunca con ellos. Y mucho más en el progresivo universo de discapacidad y minusvalía emocional en que vamos 1025_La-20nena-20y-20el-20sol.jpgconvirtiendo nuestro entorno. Los relatos son textos premiados en el Primer peremio Crisálida para personas con discapacidades del tipo citado.

En el relato "Tu" de Célia Zurita, el narrador, un joven gamberro que es obligado por su padre a hacer una suerte de servicio social en una asociación de ayuda a discapacitados, trata de ayudar a una chica con el sindrome de P-W. En el epílogo del emocional relato, el protagonista dice "Gracias Laura, porque me ayudaste a descubrir el amor", es decir la facultad de amar y la manera de ejercerla de verdad, por encima de las emociones baldías de enamoramientos y amores hormonales.

A través de vicisitudes, prosas filopoéticas, esa enternecedora retórica de quien no domina la técnica literaria pero es un puro nervio de autenticidad y emoción, lleva al lector ocasional a disfrutar más que de la galanura literaria de lo que lee, de la hondura psicológica y sentimental (más cerca del sentimiento que de la emoción) de esos seres cuya capacidad de amar y "entender" el alma es objeto de asombro para el que se acerca ex novo a ellos (vencida la primera y enevitable tendencia a colocarlos en los estantes perceptivos de lo distinto, lo diferente, que resulta siempre inconscientemente  amenazador).

El relato que da nombre al volúmen, "La Nena y el Sol", escrito por Eduardo Rosenzvaig, o el didáctico y entrañable "La superación de Flora", de  Arcís y Bolet, nos describen la vida de personas en diferentes grados de discapacidad pero unidas todas por un elemento común: la real capacidad de superación personal en aras no de un objetivo más o menos quimérico sino de un elemento esencial que está en sus vidas y que les mueve y conmueve: el amor, la enorme ternura que son capaces de irradiar.

Particularmente emotivo es el guión para cortometraje que cierra el volúmen,  "Yo tengo el sindrome de Down" que firma  Jordi Balcells. La autenticidad de esa voz que narra su experiencia vital, sus limitaciones, sus desafíos y sus temores y alegrías, resulta  emocionante. Se convierte en una suerte de aprendizaje emocional para quienes no conocen nada de ese mundo.. Y como dice el autor:  "La gente que no me aprecia es porque no sabe apreciar la vida".

La lectura de este libro es recomendable por razones que esta vez no conciernen al crítico literario sino a la persona que lee y siente. La persona que quiere conocer ese mundo paralelo y apenas conocido de esos seres humanos de excepción.

 

 

Compartir este post
Repost0
14 enero 2011 5 14 /01 /enero /2011 16:55

Existe, sin duda, una consideración del tiempo, de la edad,  que tiene que ver con el hábito de la lectura, ese vicio delicioso y acaparador que nos abre las puertas y ventanas del espíritu a la complejidad de la vida. Lo digo porque he llegado a una edad en la que el lector que hay en el centro de mi alma deja de complacerse demasiado en las novedades, inabarcables hoy, que nos ofrecen las editoriales y vuelve, al tiempo que se mantiene mas o menos al día de los recién llegados, a los clásicos que un dia nos llenaron de gozo y del orgullo de lo óptimo recién descubierto. Me refiero al encuentro con un ejemplar de esa entidad literaria a la que el consenso universal llama "clásico" y que a pesar de la ambición y rigor con que fueron asi bautizados por la opinión pública enterada de lo literario,  tienen también, como todo en la vida de ,los hombres desde que el mundo es mundo libresco, su aurora, su esplendor y su cénit. Su ciclo de esplendor y olvido, sus eventuales renacimientos y sus ostracismos a tenor del vaivén de esa dama caprichosa e injusta a la que llamamos "moda". 200px-Thomas Mann 1937

Pues bien, mi relación con la obra cumbre de Thomas Mann, "La Montaña Mágica" sigue una trayectoria curiosa, un poco al margen de la existencia llena de éxitos y olvidos de una novela paradigmática de su autor y reflejo acertado de una época que ya nos queda un poco lejos, principios del siglo XX.  La aparición de la novela es en 1924, cuando ya Mann es uno de los referentes vivos de la mejor literatura de habla alemana, y por extensión europea y, al cabo de los años, universal. El escritor se basa en una experiencia personal: en 1911 a su esposa se le declara una afección respiratoria que obliga a ingresarla en un sanatorio de Davos-Platz, en el cantón suizo de los Grisones, en los Alpes. Allí nace la idea fundacional de una novela , que tras doce años de trabajo se convertiría en "La montaña mágica"  y llevaría a su autor, cinco años mas tarde, a recibir el Premio Nobel no sólo por el conjunto de su obra sino especialmente por esta.

 A partir de los cincuenta y en los años esperanzados pero cerrados de los sesenta y setenta, Mann va siendo postergado a objeto de estudiosos y teóricos. Luego entra en el panteón ilustre pero polvoriento de los clásicos contemporáneos, del que sale brevemente a casua de su muerte en 1955 o por causas indirectas, la versión cinematográfica de "Muerte en venecia" por Luchino Viscont, con un Dick Bogarde en estado de gracia como el profesor de edad madura que pierde la cabeza por un joven de rara belleza andrógina.

Pero el instinto lector de cada persona va variando con la edad y las circunstancias. Mi primera lectura de "La montaña mágica" viene de la época juvenil, quizá mas cerca de la adolescencia, en el verano en que debía decidirme por la carrera universitaria que quería cursar. Dos libros fundamentales leí en aquellos meses de verano: "La montaña mágica" y "La historia de Axel Munthe". En ambas prima el ambiente médico, una por su escenario y la otra por ser la obra de un prestigioso médico psiquiatra alemán-suizo que se enriqueció tratando de neurastenia a miembros de la alta sociedad europea de finales del XIX y principios del XX. Así que acaricié seriamente la opción de estudiar medicina y concretamente psiquiatría. Sin embargo la vida, la presión familiar y otras variables, terminaron por decantarme hacia el derecho y el periodismo.

Pero volvamos a "La Montaña mágica". En aquellos días juveniles me fascinó literariamente. Me sentía otro Hans Castorp: aunque rechazaba el excesivo "nerviosismo" del protagonista y sus claudicaciones, me sentía cerca de él en sus actitudes  un poco grotescas, algo pedantes y muy apasionadas. Sin embargo, y aquí está lo curioso, esta segunda lectura me ha confirmado un fenómeno que se suele repetir en muchos clásicos revisitados: la lectura de hoy es distinta, esencialmente diferente. La anécdota, los personajes, son los mismos, pero la garra que hunden en nuestra sensibilidad cambia de intensidad. Ahora, toda la morbosidad, en el aspecto médico de la palabra, que rodea al personaje central de la novela, la tuberculosis y sus efectos sobre hombres y mujeres, la presencia omnímoda de la muerte, la glorificación de lo sensual como desafío, adquieren en esta lectura una significación propia que cambia el sentido profundo de la novela.

Este cambio, que en el colmo de lo grotesco, parecía infundir un estado vacilante, febril, de realidad cambiada, "mágica",  a mi propia persona (quizá encubaba cuando ocurrió algun catarro fuerte; mi reacción contra ese "contagio" fue tan inmediata como drástica, ejercicio físico y la lectura de un libro corto de Wodehouse sobre Jeeves). Una vez pasado ese pequeño espejismo contagioso, volvía las páginas de la peripecia vital de Hans Castorp en el balneario donde vida y muerte bailan la Danza medieval escogiendo a sus horrorizados danzantes entre los enfermos del sanatorio de Davbos-Platz.

El "contagio" psicosomático que provocó en mí la lectura de la novela de Mann tuvo otra consecuencia, ésta positiva: hizo crecer mi interés por la obra, no sólo por el simple  placer de  le lectura, sino como lectura crítica. Fruto de ello será otra reflexión que estoy hilvanando a tenor de lo que voy leyendo, sobre la comparación entre el tempo de esta novela y otra en la que el tempo y el tiempo como entidad abstracta que condiciona al ser humano tienen similar importancia y trascendencia: "En busca del tiempo perdido" de Proust. Así pues, seguiremos reflexionando sobre ello.

Compartir este post
Repost0
9 enero 2011 7 09 /01 /enero /2011 18:48

Vedlo. Ese aspecto de caballero de aspecto cansado,  que podría pasar quizá por inglés, por el bombin, irremediablemente centroeuropeo por la tristeza del rostro trabajado, la contundencia de las arrugas, el ligero descuido de una barba que un lord seguramente no se permitiría, el ajado abrigo en el que se permite la travesura delicada de un pañuelo blanco, traicionada la posible elegancia por la corbata mal anudada sobre el cuello duro y, sobre todo, la tristeza de la mirada, quizá acomplejada por lo terrestre en un ser que amó y vivió el mar y los océanos de una forma tan sólo equiparable a un Homero, a un Stevenson o a un Melville. Demasiado humano para ser un capitán Acab a la busca de la ballena blanca, pero si muy cercano al retrato vencido de un ya viejo protagonista del viaje al corazón de las tinieblas en busca y posterior asesinato del caótico Kurtz. Quizá como suele suceder en algunos escritores, Conrad se trasmutó en ese personaje suyo y se ha ido convirtiendo con los años y los sufrimientos en otro Kurtz que musita "el horror, el horror" como testigo del convulso tiempo que le tocó vivir, en una Europa devastada por la I Guerra Mundial, cuando aún se creía que la humanidad no llegaría más allá en el horror (cosa que como sabemos dejó pronto de ser así, y el resto del siglo XX fue una orgía de sangre inocente derramada y destrucción).conrad-1.jpg

Conrad nació en Berdyczow, población de la actual Ucrania (antes Polonia), el 3 de diciembre de 1857 y murió en Bishopsbourne, Inglaterra, el 3 de agosto de 1924, a las 66 años de edad. En la foto, su rostro avejentado nos habla sobre todo de inteligencia, la triste lucidez de un escritor que amaba al ser humano a pesar de saber perfectamente que como dijo Jonathan Swift, el de Gulliver, "pertenece al género de los bichos más dañinos de todos los que existen en el planeta tierra". En sus novelas, principalmente en "El negro del Narciso", "El corazón de las tinieblas", "Lord Jim"  "Tifón", "Nostromo", "La línea de sombra", "El pirata" o "El espejo del mar", ese amor y fascinación respetuosa por el mar alcanzan cotas de eficacia literaria y lirismo rara vez logrados con la excepción de los autores antes mencionados.

Pero lo que trae a Conrad a estas páginas blogueras no es sólo la admiración por el novelista que nos fascina con su estilo y su temática y sus personajes de una pieza, también la del pensador, la del estudioso de la narrativa, la del hombre sensible que se responsabiliza de su arte y de su tiempo y se duele por la deriva histórica de sociedades y naciones.

Para ello es preciso leer, por ejemplo, una recopilación de trabajos, no de ficción, de Conrad, editados por Miguel Martínez -Lage en Ediciones Siruela, Madrid 2009. Se trata de una refundición de dos ensayos publicados por el escritor polaco-inglés en 1920 "Notas de vida y letras" y  póstumamente, en 1926 "Ultimos ensayos".  Uno de los textos contenidos en este segundo volumen, "Fuera de la literatura" da nombre a la edición de Martínez-Lage. Desde reflexiones sobre su ultima visita a Polonia, la creacion literaria y los libros, el Titanic, el placer contradictorio de viajar, las travesías oceánicas y su irremediable decadencia hasta su homenaje al Torrens el único barco de pesajeros que gobernó como capitán durante dos años, el libro que hoy recomiendo no tiene desperdicio y complementa la imagen austera de este novelista de prosa compleja y descripciones de poeta, que parecen dictadas desde el "gran miroir / de mon desespoir". en palabras de  Baudelaire que sirven de entrada a "La línea de sombra".Fahrenheit_451-714395-full.jpg

Pero vaya todo este comentario como celebración del primero de los ensayos que se leen en este volumen, el que Conrad dedica a los libros, a los que califica de "parte imprescindible de la humanidad y en cuanto tales, en su imparable y turbulenta proliferación, son dignos de respeto admiración y compasión". Compasión porque comparten la gran incertidumbre que envuelve el destino de los hombres: "se nos parecen sobre todo, -dice Conrad- en la precariedad con la que se aferran a la vida". Hace falta ser escritor y haber publicado libros con poca fortuna para comprender dolorosamente lo que Conrad señala para casi todos ellos, con escasas y bien celebradas excepcions coyunturales.

El destino de los libros y sus autores es precario, si n duda, incluso de los que en un momento histórico determinado fueron considerados poco menos que divinos, ¿quién lee ahora la "Eneida" de Virgilio, que el emperador de Roma calificó de "joya eterna" o "La Divina Comedia" o "Gargantúa y Pantagruel" o las maravillas escénicas de Lope de Vega o la "Novelas ejemplares" de Cervantes o las obras de Goethe considerado un príncipe de la inteligencia por sus contemporáneos o, sin ir más lejos, a la mayoría de los premios Nobel de literatura o los creadores de best-seller románticos del siglo XIX...? Vanitas vanitatis et omnia vanitas...

Conformémonos con leer con pasión y satisfacciones sin cuento a todos aquellos gigantes que el tiempo reduce a placer de minorías, estudiosos o fanáticos de la literatura. Mientras haya alguien que lee con atención fascinada a Esquilo, a Sófocles, a Stevenson o a Swift, a Cervantes y a Chaucer, a Boccacio y a Hesíodo, esos autores nunca morirán, aunque no lleguemos al sugestivo desastre que evocó  Ray Bradbury en "Fahrenheith 451", cuando la única manera de conservar los grandes libros era dedicar a una persona a memorizar "Guerra y paz", a otra "Moby Dick" y la de más allá "Grandes esperanzas" y a ese otro, "El Quijote". Y así con todos los grandes títulos. Una lírica y dramática conjunción Libros-lectura igual a Libertad, es decir una manera de luchar contra las dictaduras que matan las libertades.  Aterrador pero hermoso, ¿verdad?

Compartir este post
Repost0
6 enero 2011 4 06 /01 /enero /2011 17:04

..."con quien tanto quería", decía Miguel Hernández ante la muerte de su amigo Ramón Sijé. La elegía de M.H. reflejaba la sorpresa trágica y el dolor del poeta ante la inesperada muerte del amigo. Quizá la muerte de mi amigo José Casán Herrera no pueda calificarse de inesperada, de trágica sorpressa, llevaba años en un decreciente estado de mala salud férrea, pero sí  puede ser calificada de brutal la noticia porque te acostumbras- por error muy humano-- a pensar que nunca dejarás de "tener" a tu amigo del alma al alcance de una llamada o una visita.

Pero la ley de vida, que es ley de muerte, ha cerrado su ciclo y ha hecho cumplir su ley inexorable: Casán ha muerto, mi viejo amigo Pepe Casán, "con quien tanto quería". No sólo "al que tanto quería", sino "con". Es decir,  el compartir cosas amadas de una forma semejante, común, enraizada en la misma virtud. En este caso lo que con-queríamos Casán y yo  era la literatura, los libros, algunos autores y algunas obras determinadas y por ende una manera de comprender la vida, en suma, un estilo de vida como diría Ortega.

Le conocí a finales de los años sesenta en la redacción de La Vanguardia, en la sección de Internacional que dirigía otro gran amigo recientemente fallecido, Carlos Nadal. Era un época de silencios y penurias, pero uno tenía veinte años y hambre de pluma, de libros, de noches eternas en la redacción, de amigos inteligentes, de historia en movimiento, de esperanzas y sueños. Y todo casi por estrenar.

Fue un "flechazo" intelectual y una simpatía personal casi desde el momento en que Santiago Nadal, el hermano de Carlos, entonces subdirector del diario, presentaba al joven auxiliar de redacción al jefe de sección. Era mi primer día de trabajo y era el primer jefe al que me presentaban, un señor de aspecto quijotesco, alto y desgarbado,con grandes bigotes, gafas de montura de pasta y ojos azules vivísimos e inteligentes que escrutaban al neófito con bondad e ironía.

Cuando lanzó la mano sobre la mesa para estrechar la mía tropezó con el recipiente de cola (entonces pegábamos los recortes de teletipos sobre papel de rotativa para enviar a las linotipias, una vez corregidos y titulados) que desparramó su contenido viscoso sobre la mesa. "Menudo desastre" comentó riéndose y escuchó cómo el novato, con una sonrisa le respondía: "pero más se perdió en Cuba". El resto de los compañeros de sección que luego irían siendo mis amigos con el tiempo, Miriam, María Dolores, Luis Permanyer, Pepe Guerrero, se chancearon a modo del episodio provocando unas comentarios burlescos de Casán proferidos con voz campanuda y con referencia a dichos de don Quijote o Sancho o dicterios de otros clásicos, alguno de los cuales reconocí y terminaron por robarme el corazón de la amistad hacia el histriónico y culto jefe que el destino me deparaba.

Desde entonces y sin solución de continuidad por más de veinte años José Casán fue mi mentor, mi amigo, mi compañero de fascinaciones literarias, lecturas y busca de libros, el corrector y consejero de cuantas aventuras literarias o periodisticas osaba yo acometer. Con él las largas noches de guardia se convertían en inacabables y sugerentes charlas sobre Picwick, Goethe, Maurois, Proust o Galdós. Fue la primera persona que conocí capaz de leer dos veces "La recherche" de Proust completa o todos los Episodios Nacionales de Galdós. Y, para mi mayor encanto y fascinación, el hombre que leía y amaba El Quijote tanto o más que yo mismo.

Cuando se jubiló me quedé sin interlocutor literario (sólo consolado por la presencia de Carlos Nadal, con quien las confluencias eran casi universales: literatura, filosofía, ética, vida personal...) y nuestra relación se volvió más esporádica. Luego las exigencias del diario me separaron de internacional y comenzó un largo exilio personal que me alejaría de él (aunque no de Carlos, mi alter ego personal, lo cual palió la sensación de horfandad que me acometía cuando pensaba en don Pepe).

La noticia de su muerte me ha llegado hoy mismo, hace unas horas, con la tajante brutalidad del hachazo del que habla  Miguel Hernández. Y de pronto todo ese mundo del recuerdo y la nostalgia me han invadido. He repasado mentalmente nuestra maravillosa relación de amistad y el hueco que, sin darme cuenta, se habia hecho tristeza larvada que renacía cada vez que me planteaba el "silencio interior" que provoca la ausencia de "hermanos del alma". La muerte de Carlos, hace un año, ya despertó esa nostalgia polvorienta pero luminosa de los amigos imperecederos, de los encuentros que los dioses del azar te regalan para toda la vida.

Ahora, la noticia de su muerte parece cerrar un capítulo que ya condenó la desaparición de Carlos. Ahora me siento más solo y más triste, sin esas dos figuras paternales en el sentido espiritual del término. Miro a mi alrededor y compruebo que excepto con muy contadas y queridas personas, desde mi mujer al gran D.M. con algun que otro sujeto esporádico, el mundo se ha quedado más desierto y todo se va cerrando en un universo pequeño y concreto que, gracias a Dios, mantiene las grandes ventanas abiertas de par en par hacia el universo, tal y como las tenía cuando yo era un joven periodista con ansia de saber y el gran Casán clamaba en voz tonante ante el regocijo de la sección de internacional: "hay aves que sobrevuelan el lodazal sin manchar sus plumas, y mi vuelo es de esos".

Querido Pepe Casán, descanza en paz...en mí sigues vivo, pero como dijo el poeta, no deberías haberte ido ya que...

 

... TENEMOS QUE HABLAR DE MUCHAS COSAS,
COMPAÑERO DEL ALMA, COMPAÑERO

Compartir este post
Repost0
5 enero 2011 3 05 /01 /enero /2011 19:32

Uno ha visitado muchos mundos de ficción y en algunos de ellos ha reído y disfrutado lo suficiente para repetir la lectura años después y descubrir sorprendido que una y otra vez el humor inteligente y socarrón de algunos maestros de la literatura produce un efecto milagroso: excitan la carcajada aunque uno ya se conozca casi de memoria lo que acontece. Este fenómeno no es corriente y ocurre en contadas ocasiones, aparte de ser absolutamente personal: a unos lectores les ataca el beneficioso germen de la risa con unos autores determinados y escenas concretas que a otro lector, tan aficionado como el primero, apenas provoca una sonrisa. ¿De qué depende esas diferencias? Lo ignoro  pero a fuerza de pensar en ello he llegado a la conclusión de que esos autores maravillosos cuya lectura llevan hasta una risa cuajada de lágrimas o te enternecen  hasta el punto que te tragas las lágrimas sin la risa o te producen un estado de bienestar supremo cual el preconizado por algunas religiones para el estado de beatitud, el valhalla o la iluminación, tienen un efecto básico parecido en todos los buenos lectores, el afecto y la paz alborozada y unas secuelas distintas 200px-Charles_Dickens_3.jpgsegún el talante, la biografia y la formación de cada cual: a unos les excita la risa, a los otros la reflexión, a los allá la sonrisa comprensiva y a los de acá un estado jocoso y emocional donde todo es posible.

¿Creen que exagero? No. Entre mis amigos lectores, no muchos pero escogidos dentro de la grey de los lletraferits o heridos por la literatura,  he visto esas miradas brillantes del que está conmovido por lo que lee, he sorprendido carcajadas prontamente sofocadas seguidas de miradas alrededor para ver quién está pensando que estás loco o he compartido el estado de excitación que determinados autores y determinadas páginas de esos autores provocan en algunos.

Viene todo esto a cuento de que en estos días navideños, en la paz de mi hogar torrecomptino he dado en leer a uno de los tres autores que me han producido hilaridades reiterativas durante los últimos treinta años cada vez que volvía a ellos y a esas obras determinadas de las que hablo (no toda la producción de ese autor señalado tiene esos efectos, al menos en mí): Cervantes y "El Quijote", O´Toole y "La conjura de los necios" y Dickens y "Los papeles postumos del Club Pickwick".

Es este último el que provoca esta reflexión que comparto con todos vosotros. Las aventuras y desventuras del señor Pickwick y sus amigos, Tracy  Tupman, el enamoradizo, , el poético Snodgrass y el deportivo Winkle, todos ellos auxiliados por ese prodigio de serviente, Sam Weller, una mezcla de Sancho, Watson y Jeeves, de tal humanidad y enjundia que constituye en estos momentos uno de los modelos literarios más acabados de personaje secundario que iguala y a veces supera al protagonista.

450px-The_Writings_of_Charles_Dickens_v1_p130_-engraving-.jpgLos "Papeles" fueron publicados por entregas  en el Evening Chronicle desde 1836 y en unos meses provocó el aumento de la tirada del periódico desde los 400 ejemplares a los 400.000. En 1837 se publicó en forma de libro y convirtió a Dickens en una celebridad, a los 24 años de edad y con su segundo libro publicado (el primero fue una recopliación de cuentos o estampas sociales que  había publicado en la revista Monthly Magazine).

Leo la magnífica edición de Mondadori en su colección Grandes clásicos, traducción de José María Valverde (2004) donde se nos incluyen los dibujos encantadores que acompañaron la salida periodistica de estos personajes, firmados primero por Seymour  los capitulos o entregas iniciales y desde el VI, por Habilt K. Browne, "Phiz", configurando entre los dos uno de los libros ilustrados más hermosos de la literatura inglesa y también de la universal de todos los tiempos.

Como ven no estoy hablando de minucias literarias, sino de un genio y de su obra. Los "Papeles" no es la más conocida ni la más apreciada de las obras de Dickens, pero para mí es, perdónenme los ortodoxos, la mejor, la que más me conmueve y sobre todo, la que me hace reir cada vez que la leo. Reir. A carcajadas. ¿Saben lo singular, terapéutico y maravilloso que es disponer de algo que provoque tales efectos en estos tiempos desnortados y  humanamente deteriorados?

Por favor, lean  "Los papeles" de Dickens. Si no es en la magnifica edición de Mondadori, hay muchas otras, quizá más económicas pero igualmente eficaces. Les garantizo sonrisas a gogó, a no ser que toque en la fibra determinada que abre las puertas a la risa, que sea usted, lector, uno de esos, uno de los nuestros. Y rompa a reir desde las primeras páginas, con las atinadas y desternillantes observaciones de Mr. Jinkle o las descripciones del narrador de las andanzas del honorable y bondadoso Mr. Pickwick y sus amigos del Club que lleva el nombre del orondo caballero, y sobre todo las intervenciones del más Quijote de los Sanchos, Sam Weller.

Para terminar les cuento algo muy curioso: entre los tres caballeros de las letras que les he citado al principio por su efecto risueño sobre mí, hay una relación importante: Dickens era lector fervoroso de Cervantes y O, Toole lo habia sido de esos dos maestros anteriores a él.

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens