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4 enero 2011 2 04 /01 /enero /2011 18:30

holmescine2.jpgEl amigo Joan Bosch se ha lanzado a un reto espectacular: mostrarnos cómo el campeón de los racionalistas, el hombre que elevó la observación minuciosa y el control de las emociones a un dogma de vida, el violinista que usaba la música como una droga paliativa y la cocaína como una manera de evasión hacia el aturdimiento, el detective profundamente inglés que jamás pronunció la frase "elemental, querido Watson", el misógino que sólo amó a una mujer que le superaba en astucia y siempre oponía defensas ciclópeas ante el sexo llamado débil, el gran, enorme, imperecedero Sherlock Holmes, uno de los pocos personajes de ficción que resucitó por imposición de los lectores sobre su creador Arthur Conan Doyle, que es más conocido que su autor y dispone de un museo en su londinense hogar "real" en Baker Street, visitado respetuosamente por todos los fanáticos de sus aventuras que son legión y entre los que me cuento... para finalizar, ese paradigma de los detectives, escondía en su corazón de tinta y papel la sabiduría espiritual de un maestro.

Pues bien, amigos lectores aficionados al gran Holmes, ese autor barcelonés, de 50 años, el ya citado Joan Bosch, que comparte con Holmes (y conmigo) la afición a los libros, a la música (él desde el grado superior de practicante) al zen y a las disciplinas psicofisicas orientales, se ha atrevido a bucear en los libros que Conan Doyle dedicó a su inmortal detective y expurgar en ellos frases y citas con las que trata de demostrarnos que Holmes era una persona profundamente espiritual, un maestro, en suma.

La elección de frases está hecha generalmente con tino, imaginación y una cierta audacia conceptual. Bosch nos muestra algo que seguramente el creador de Sherlock jamás se planteó o siquiera sospechó, convertir a su hiperracionalista e inteligente personaje en un maestro del espíritu.

Confieso que he leido el libro, editado como un manual de autoayuda y de no mucha extensión, con el arrobo y el interés que el personaje despierta en mí desde mis primeras fascinadas lecturas en los libros --cuadernos de Molino  y más tarde en la edición de Aguilar con tapas de piel y cartón y papel biblia y al final en la de la misma editorial con tapas rojas plastificadas-- y aceptando de entrada la propuesta de Bosch a pesar de sus inevitables "pies forzados" para hacer coincidir texto y mensaje espiritual.

No obstante, bien, muy bien. Servirá a los que buscan consejo espiritual puesto que lo que se ofrece es el alimento habitual de los que gustan de leer textos zen, taoístas o budistas. Servirá a los devotos de Sherlock Holmes pues añadirá un elemento más, y original, a veces intuido por los que tenemos una larga andadura en el camino o sendero del espíritu, a todos los  motivos que se nos ocurren para revisitar una y otra vez sus aventuras  y servirá de atractivo señuelo a los que, por ejemplo, aprovechando Reyes decidan prestar un servicio literario y psicológico al tiempo que hacen un regalo atractivo.

Amigo Bosch, entras en el elegante gremio de los que han buscado en el mundo sherlockiano, de forma honesta y creativa, un acicate para sus propias ideas e insipiraciones artísticas, desde el eterno Willy Wilder que hizo de Holmes una divertida parodia fílmica, "La vida privada de Shelock Holmes" o la magnífica "Elemental Dr. Freud" de Herbert Ross sobre una novela de Nicholas Meyer e incluso la última versión de 2010, modernizada pero  trepidante y fiel a la sherlock-2.jpgesencia del personaje, dirigida por Guy Ritchie,   a las decenas de escritores que han recreado a Holmes y su mundo en novelas, relatos y pastiches (incluido algunos españoles, de grata memoria).

Así pues, Joan, suerte con este libro. Y puestos a ser atrevidos, te sugeriría otro personaje que podría alimentar tu labor: el orondo, bienintencionado y divertido Mr. Picwick de Dickens y su inseparable Sam Weller o el mismísimo Don Quijote y el bueno de Sancho, muchos de cuyos decires y reflexiones podrían suscribirse sin problema a los útiles y fértiles consejos que has expurgado en Sherlock Homes.

 

Ficha: "Las enseñanzas espirituales de Sherlock Holmes", Joan Bosch, Ediciones Corona Borealis, colección autoayuda. Malaga.2010

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2 enero 2011 7 02 /01 /enero /2011 12:36

1Apenas había el fantasma de las Navidades futuras abandonado nuestra sala de estar, en Torre del Compte, cuando ya las campanas del viejo reloj del salón, con su maquinaria vetusta, que sigue su ritmo ocasionalmente pero mantiene una cristalina diafanidad en sus campanadas de carillón, dieron las nueve de la noche. ¿Qué es lo que nos depara la cocina y la suerte? le pregunta uno a su mujer, mencionando el cercano festejo de la nochevieja, cuando los espíritus del año que vence su tiempo dan la bienvenida a los energéticos jóvenes del venidero. Sardinas a la papillote, dice ella y nos sumerge en la sorpresa y las expectativas. ¿Mande? ¿Sabes los que es una papillote?, pregunta la dama. Uno se mosquea por la suposición de ignorancia gastronómica, pero contesta educadamente que conoce la papilllote pero no la habia visto asociada nunca a las sardinas. "Es un manjar muy delicado que viene pintiparado para estas fiestas de excesos alimenticios", me aclara la siempre razonable Anna. "Te reconcilia con tu estómago, es sabroso y comerás las sardinas libres de excesos de olores y con la textura del pescado sutilmente perfumada con cilantro y limón". La cosa prometía. Rodorico, el joven rey de los bayas de cuatrocientos años mal contados, que es nuestro invitado, se relame y pregunta, con tacto, si habrá suficientes para todos habida cuenta de que la gente de su raza suelen tener apetitos sorprendentes. "Por supuesto, majestad, tenemos bastante para los tres. Alberto también tiene buen diente".

Nos sentamos Rodorico y yo cabe la chimenea, pongo la séptima de Beethoven en el tocadiscos y reanudamos nuestra larga e inacabable charla sobre su pueblo. El monarca se muestra interesado por mi libro sobre el mundo baya, que descubrí en el Matarraña hace un año justo en estos días, y se queja de que llevamos un gran retraso sobre su feliz término. "Señor, el libro de los bayas es muy laborioso, no sólo porque los datos y detalles los recibo a cuentagotas, cada vez que alguno de sus súbditos se digna hacerse visible para mí y aún más, condesciende a hablar conmigo, sino porque mis otras actividades y trabajos tampoco me dejan mucho tiempo disponible. Quiero que este libro sea un éxito y debemos dedicarle más tiempo. Azulete y Bermellón, se me han aparecido un par de veces en mis correrías por el Salt de La Portellada  o los aledaños de  Peña Galera, pero necesito más encuentros. Sus súbditos son remisos a esos encuentros. Y no siempre estan de buen humor". El rey bizqueó un poco, se aclaró la garganta, escupió con tino sobre el fuego y me aclaró: "La verdad es que no estamos muy seguros, mis súbditos y yo, en hacer pública nuestra presencia. hace siglos que convivimos anónima y ocultamente aquí en estas viejas tierras del Bajo Aragón, entre vosotros, los humanos, y aunque nos apetece salir de ese silencio, no estamos seguros de que conocer nuestra existencia ayude a resolver el problema". "No se trata de resolver nada, hay demasiadas variables en esta difícil situación. Se trata de hacer consciente a todos de vuestra presencia y de su mensaje implícito: hay que salvar la naturaleza, mejorar la existencia de bosques, ríos, montañas, puesto que de todos ellos dependemos en más sentidos de los que marca la economía o los intereses humanos" Rodorico se acaricia la poblada barba rojiza. "La verdad es que no se si ya estamos a tiempo".  Y comienza un largo discurso sobre la contaminación, el corte abusivo de arbolado, el descuido de montes y bosques, los incendios fortuitos y los provocados, el abandono de los campos y los lugares de vivienda del campesinado, el encegamiento de rios y lagos, el envenamiento de aguas subterráneas y pozos, el abuso humano del territorio y su correlativa falta de control, las urbanizaciones excesivas de lugares de gran valor natural, el cambio climático provocado por el hombre, la desaparición continua e irreversible de especies animales y vegetales, el sobrecultivo de algunas zonas y el arrase de otras... Y no sólo en el Matarraña, que podría considerarse aún un cierto oasis en la decadencia general.

Me siento cada vez más triste y casi convencido de que ya estamos en plen deterioro y que no hay forma de echar marcha atrás, cuando aparece Anna enfundada en delantal de cocina y una sonrisa. "Sopa de cebolla y sardinas en papillote, señores preparen la mesa y pongan copas de champán que hay una botella de "Mumm" brut, esperándonos".

Rodorico se mesa la barba florida que parece incendiada por la luz de la lámpara de pie que tiene junto a él, y pontifica: "deberíamos tratar a la naturaleza como tu mujer cocina las sardinas, a la papillote. Es decir, rodearla de una envoltura de protección y dejarla que se cocine, que se haga, que se desarrolle como manjar espiritual, físico y nutritivo, a su aire, preservando su esencia y su aspecto. No está mal la metáfora, ¿verdad?" El monarca sonríe autocomplacido. Anna y yo nos miramos con una sonrisa en los labios. Rodorico está orgulloso de sí mismo y fiel a su raza inocente y expresiva da un salto sobre sí mismo y de paso derriba la lámpara y aterriza sobre el sofá muerto de risa. 

Con las sardinas a la papillote, el Mumm y las uvas de la suerte el humor de Rodorico se vuelve divertido, bondadoso  y expansivo (a veces, explosivo). Así acojemos el  2011 con esperanza,  a pesar de lo difícil y trabajosa que amenaza ser la labor quijotesca que nos disponemos a llevar a cabo.

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22 diciembre 2010 3 22 /12 /diciembre /2010 15:19

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y 97b812a3bdd0f07a.jpgcoherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto establishment intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominandolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionate y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas. 

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21 diciembre 2010 2 21 /12 /diciembre /2010 16:40

El señor Scrooge, el personaje del Cuento de Navidad" de Dickens, podría ser la imagen matriz de muchísimos ciudadanos de nuestra avanzada (sic) sociedad tecnocrática y consumista. Si pasea por las grandes arterias comerciales de nuestras ciudades verá cuantos Scrooge caminan por sus aceras carge41f3949277e2c3a.jpgados de cajas de regalos y muchos con caras de pocos amigos. Si habla con ellos no se sorprenda de recibir un "paparruchas" cuando les hable de la Navidad. Pero en su versión de 2010 Scrooge muchas veces tiene un gesto de aburrimiento. Le cansa la costumbre de los regalos, la de las cenas, la de la amabilidad como corsé. Se aburren.

Según un estudio de la Universidad de Cambridge, el día más aburrido de la historia fue un domingo, el 11 de abril de 1954.  El dato fue logrado gracias a un superordenador capaz de compulsar y comparar millones de millones de datos para encontrar una fecha donde no ocurrieron eventos de ninguno de esos tipos que dan colorismo y alcance a una fecha, casi siempre a base de sangre, catástrofes o batallas y revoluciones.

Quizá los operadores del megacerebro de Cambridge son luteranos o calvinistas y guardan cero respeto a las fiestas navideñas de nuestros lares. Introduciendo en el ordenador la variante: “fiestas navideñas en la península ibérica” el abrumador aporte de datos hubiese hecho cambiar la decisión sobre la fecha. La paz y alegría santificante con que la mayoría de los comentaristas adjetiva estos fastos decembrinos, son tan tópicos e imaginarios como la presunta tradicionalidad de estas fiestas, sus liturgias sociales y sus supuestas conmemoraciones  (con la decreciente excepción de muchos pueblos, alejados de las urbes y de su consumismo implícito, que aún conservan mucho del viejo sabor de estos festejos).

Nos convencemos a nosotros mismos de la gran carga emotiva y sentimental de las Navidades, constituyéndose una “verdad” tan omnipresente que cualquier desvío a su integridad o velada crítica a su pertinencia y naturaleza provoca excomulgaciones inmediatas y demonizaciones sociales a gogó. Recibe seguro el Vade retro, quien se atreve a criticar estos eventos ensalzados por la religión establecida y los poderes públicos más conservadores.

No importa que junto a la carga psico-religiosa que emana de la autoridad eclesial, conviva la explotación comercial más descarada, y los días festivos queden inscritos en las cuentas de las tarjetas de crédito como realmente dignos de encomio y alborozo (económico). Las cosas han cambiado en la vida cotidiana del agobiado ciudadano urbanita del siglo XXI, que ha sustituido las familiares fiestas por viajes a la más chic estación de esquí o a las playas de Canarias y la misa del Gallo por una visita a la discoteca más cool. En realidad constituyen un desafío al aburrimiento que el ciudadano trata de paliar con cualquier actividad lúdica, deportiva o social. Si no lo logra, por falta de recursos o de imaginación, esos días se vuelven rediles de choques o desencuentros familiares, más o menos controlados donde los únicos que parecen disfrutar de comilonas, reuniones o algarabías varias son los niños, que más tarde o más temprano terminan siendo presas de las sutiles bacterias del aburrimiento.

A pesar de eso, uno sigue  creyendo en una cierta magia navideña y no deja de leerse cada 24 de diciembre el relato de Dickens, Cuento de Navidad. El escritor inglés no vivió la desvalorización social de la Navidad, su consumismo absurdo  ni la manipulación de su mensaje. No importa que sean unas fiestas cuya cronología histórica no se sostiene por ningún lado (hasta el rey Herodes es obligado a “resucitar” para esas pretendidas fechas del nacimiento de Jesús y por tanto la matanza de los “Santos inocentes” seguramente no ocurrió jamás (aparte de las masacres habituales en la época y en las posteriores, casi ininterrumpidas).  La Iglesia mantiene la fecha como algo simbólico, ya que no puede negar los daos históricos que demuestran que las navidades cabalgaban otras fiestas en las mismas fechas de tradición romana (el dios Mitra) y que, casualmente, tenían la misma parafernalia religioso-social de las navidades cristianas. Ni siquiera los reyes magos tienen el rancio abolengo de la tradición secular, sino que  pertenecen a una iconografía muy alejada de la época romana,  la tardo medieval , y es una leyenda que procede de los Evangelios apócrifos, mientras que el mito simbólico del nacimiento en Belén proviene del siglo XVIII.

Pero en realidad, qué más da. En muchos hogares y para muchas personas, entre los que me cuento, las fiestas navideñas tienen un algo, un elemento mágico personal, íntimo, que tiene que ver con la psique del sujeto. Tiene que ver con aspectos nostálgicos positivos del propio pasado y la tendencia muy humana a reverdecer lo bueno que pasó, ante el presente inseguro o problemático y el futuro inexpugnable y desconocido. Y sobre todo a compartir  esa positiva percepción con las personas cercanas a uno.

Pero para otros, me temo que una mayoría inconfesa, estos fastos, o son una excusa para la evasión, el consumismo y  la huida del trabajo o la familia, o, --no por citarla en último lugar sea la consecuencia menos importante--, están sujetos a un aburrimiento larvado, descreído y persistente que es “capaz de engullir al mundo en un bostezo” como califica Baudelaire a esa pasión del alma, el aburrimiento,  en “Las flores del mal”. Y a estos ciudadanos  no les debería molestar que uno desvelara las contradicciones de estos fastos infaustos entre los habitantes de la mayoría de las grandes ciudades. Pese a todo,  me quedo yo con los “felices fiestas” deseado a los vecinos de mi pueblo mientras en el silencio y el frío de la Nochebuena uno se dirige a la iluminada iglesia para compartir, si no otra cosa, la buena voluntad y la sonrisa amable, elementos ambos tan necesarios y escasos en estos tiempos críticos.

 

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19 diciembre 2010 7 19 /12 /diciembre /2010 18:45

Tiene  52 años, un aspecto de profesor de secundaria con una imaginaria existencia secreta de  experto en la filosofía de Wittgenstein, mirada algo irónica y llena de un humor socarrón, sonrisa de alguien seguro de sí mismo, frente amplia que cobija amplitudes amazónicas  y amor hacia los viajes cuanto más exóticos mejor. Donde sea, con tal que ocurra extramuros de su Barcelona natal, ya sea su Brasil juvenil, Holanda, centroeuropa, Cabo Verde o Portbou, escenarios novelescos, mundos narrativos donde circula libremente su savia llena de nervio literario. Se llama Jaume Benavente y seguramente no tiene nada que ver con don Jacinto, premio Nobel de literatura en 1922 y autor de Los intereses creados y La fuerza bruta, obras de rabiosa actualidad solo por sus titulos.

Jaume ha publicado, Mazurca de Praia (que nos narra a la existencia de un músico al que roban su instrumento -el cavaquinho, guitarrita de cuatro cuerdas, una especie de pariente luso de la guitarra y el timple, antecedente del ukele, muy útil para la samba-  mostrándonos un Cabo Verde muy alejado de las guías turísticas, Camps de lava, otra historia desgajada de la isla de Fogo, también en Cabo Verde, Nocturn de Portbou (que no he leido) e Historia de amor en Sarajevo (tampoco) entre otras,  hasta llegar a la que hoy nos ocupa: El cuaderno de Nicolaas Kleen, novela publicada por Roca Editorial en su colección Criminal.amsterdamtransportescasabote-1246225464823

Vaya por delante una confesión bizarra: me he divertido, en el sentido literario de la palabra, leyendo las aventuras y desventuras de una bisoña inspectora de policía, natural de Amsterdam y especialista en arte y en complejos de inferioridad desmentidos por sus actuaciones: Marja Batelaar. La trama se desenvuelve de forma vigorosa durante trescientas páginas, desde un inicio casi a cámara lenta hasta un precipitado final de intensidad  desasosegante y lleno de amenazas, (no en vano ese sublibro se titula El aliento de la muerte),  un ritmo enloquecido donde la previsibilidad del final no le quita emoción al relato.

Jaume Benavente tiene la habilidad de conseguir que sus reiterados y continuos recordatorios de los elementos planteados en la trama, las preguntas concernientes y los misterios por resolver no se les indigesten al lector, sino que éste seguramente las agradecerá, como en las series americanas,  el par de minutos de recordatorio de lo sucedido en episodios anteriores, que impide que nos perdamos en una trama localizada en ambientes y nombres de personas tan ajenos al lector español..

"El cuaderno..." está lleno de ajustadas referencias geográficas, sociales y culturales a la ciudad que da cobijo a la acción, la bella Amsterdam, que J.B. recorre de una punta a otra haciendo que el lector vaya sintiendo familiares los sitios, calles y canales que siembran la trama. Me encanta la versatilidad literaria de J.B. en su elección de lugares para cobijar sus novelas y su habilidad para hacernos creíbles sus escenarios, como si hubiera nacido en  ellos, muy lejos de los esquemas llenos de adjetivos de las postales cazadas en internet de la mayoría de los autóctonos narradores que se atreven a buscar escenarios exóticos para sus creaciones.

Lo he pasado bien leyendo a J.B. , aunque lamente la, a mi parecer, escasa credibilidad psicológica del leith motiv de la novela: la confesión que Nicollas Kleen (cuya existencia, asi como la del cuaderno donde anota sus fechorías, se conoce en las últimas cincuenta página de la novela)  hace de sus actividades a un amor recién adquirido, la rubia Anke, dada la personalidad psicopática del individuo. Pero bueno, se han visto cosas más inverosímiles en los anales de la mejor novela negra. Es un defecto menor para una novela que aspira a ser considerada con los tributos de la excelencia.

La protagonista, la bella Marja --cuya relación con su novio se hace tran omipresente que uno acaba pensando que va a tener peso en la acción, luego se diluye como si nada-- está psicológicamente condicionada  por el asesinato de su hermano y la disgregación de su familia por ese trágico hecho. Sin embargo su carácter va fortaleciéndose durante el transcurso de la novela y logra constituirse como ser humano con  sus defectos y limitaciones, pero también con su honestidad profesional y su instinto, con su admirable respeto y valoración de una de las chicas asesinadas. El malo de la función, Nicolaas K. cuya vesanía le convierte en un malvado de lo más odioso, es otro de los retratos literarios de fuste en la novela, a pesar del defecto apuntado. Ritmo de trhiller cinematográfico para una novela bien escrita, de esas que atrapa y dan al lector el deseo de volver a transitar por el mundo novelesco del "otro" Benavente, Jaume...

 

FICHA

El cuaderno de Nicolaas Kleen.- Editorial Roca. Colecc. Criminal.  Barcelona 1010. 301 págs.

Mazurca de Praia.-Bruguera. Barcelona 2006.- 150 págs. 

Camps de lava.-Ed.Proa beta.- Barcelona 2000.- 197 págs.                                                      

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5 diciembre 2010 7 05 /12 /diciembre /2010 12:23

Sócrates tenía a Xantipa, Nietzche a la Lou Andreas Salomé, Tolstoi a Sofía, Goethe a Alma y yo, a Anna. No es que un servidor esté a la altura de los genios antedichos, pero no me cabe la menor duda de que Anna, mi segunda mitad, no tiene nada que envidiar  a las mencionadas, con algunos detalles a su favor, no tiene el mal genio de Xantipa, ni los celos de Alma, ni el confuso materialismo interesado y el desequilibrio emocional de Sofía,  ni la indiferencia sentimental y la promiscuidad de Lou. Así que Anna, mi esposa, mi contrapunto, mi censor jurado, mi Pepito Grillo, mi conciencia y mis espíritu burlón (nunca mal intencionado) no comparte esos defectos pero sí tiene el elemento común que une a esas mujeres históricas, célebres pero poco conocidas y a veces nada comprendidas: el amor, el interés intelectual y la admiración hacia la obra de sus respectivas parejas.  "Cherchez la femme", dicen los franceses cuando uno se pregunta pobre el proceso y desarrollo de un hombre famoso e importante en cualquier orden de la vida.

Pues bien, en mi caso que no es el caso de los citados, la femme está "trouvé". Y como de muestra bien vale un botón, adjunto el último en acontecer y que juzgue el lector.

Antes de enviar cualquier colaboración, no bien ha salido del "horno" creativo, suelo pasarle el texto a Anna. Ella lo lee de inmediato (me hace el honor de dejar lo que tiene entre manos y dedicarse a mi texto, cosa que merece de entrada mi agradecimiento) y acostumbra a hacer un juicio rápido y laudatorio, cosa que no me tranquiliza demasiado, pero me complace. Solo que de vez en cuando, mi consorte se ajusta los quevedos, requiere el lápiz y comienza a analizar, a veces de forma devastadora, el texto que antes habia recibido el acostumbrado placet.

En la ocasión que describo, se trataba de un artículo para mi columna en "La Comarca". Acababa de salir publicada y trataba de la felicidad y su sombra. Ella estaba echada en el sofá frente a la chimenea  y desplegaba el bisemanal frente a sus ojos. Empezó a leer el artículo en voz alta aderezándolo con su ironía y su devastador sentido comun. (El lector puede leer previamente el articulo en este mismo blog).

 Comenzó leyendo con fingida sorpresa la serie de nombre que mencionaba de entrada, Cicerón, Nietzche, Platon, Pascal o Krishnamurti, para ante cada nombre anteponerle un oh admirativo y mencionar, "estos autores deben ser muy familiares al vecino de la esquina, al tendero de Alcañiz o al comerciante de Valdeagorfa, lectores habituales de un periódico de alcance regional y muy localista. Cuando llegó al óctuple sendero de los budistas, soltó una carcajada y añadió: "esto ni los más leídos de los habirtantes de la comarca, con alguna excepción honrosa, deben saber de qué se trata. ¿No tre parece una mención algo especializada, solo entendible para budistas o interesados en espiritualidad oriental? "

A continuación mencionó el párrafo de la filosofía arabe y con un avioso humor añadió: "en cuanto a esto, supongo que en la Universidad de Zaragoza, rama filología árabe, les puede sonar de algo". La utilización de palabras como "desgaire", "hurtadillas" "esquiva", "porfía" "estoicos" y "cínicos" mereció un alud de irónicas calificaciones que ahorro al lector. Lo de la "carga genética" del ser humano donde está impresa la busqueda de la felicidad, provocó una observación sobre la curiosidad científica de la mayoría de los mortales, no solo de los matarrañenses,  y la dicotomía (perdón, la comparación) entre el ser y el tener, sólo causó un enarcamiento de cejas de mi demoledora mujer dudando de que en definitiva la gente se planteara la felicidad en esos términos, si es que se la plateaba en algunos otros.

Y ya, al final del articulo, la referencia al término junguiano de "la sombra" sin explicitarlo o aclararlo previamente, motivó un alud sarcástico de comentarios del tipo de "no sabía que hubieras escrito este artículo solo para lectores que hayan estudiado psicologia y entre ellos sólo los conocedores de la obra de Jung". Entoces cerró el diario, me miró envolviéndome con una dulce sonrisa y apostilló: "es muy bueno". La miré boquiabierto por su elevado nivel de cinismo. Se dio cuenta de mis emociones y subrayó: "es muy bueno para mí, que estoy al tanto de todo lo que dices, pero creo que no es muy adecuado para el medio para el que escribes". Y para mayor bochorno mío, me citó una frase de "El Quijote" que forma parte de mi arsenal de citas preferidas: "Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala".

Una esposa así sólo puede provocar una peligrosa adicción a su sentido del humor, su ironía y su claridad. Entonces, o la aceptas como es o te vas a Tombuctú a buscar tabaco.

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3 diciembre 2010 5 03 /12 /diciembre /2010 17:13

Bueno, llegó la hora. La moda catártica y semiadolescedraculante de los vampiros ha contagiado a algún escritor español. He leído algún relato y hojeado alguna novela de ese singular género sin llegar a prender en el tema, hasta que atraído por su portada y por la personalidad del autor, he respondido, muy atrevido, a la invitación de la "Invitación" una novela con vocación de best seller que ha escrito un interesante tipo, Kim Densalat. No gusto de la moda vampírica y me quedé en el "Drácula" de Bram Stoker, "Nosferatu" o "Carmilla" de Sheridan Le Fanu o el "Soy leyenda" de Matterson, que ya forman parte del imaginario literario de nuestra época. Pero a la sangrienta fiebre de sagas de Anne Rice y sus "Crónicas vampíricas" o las de la Meyer y Claudia Gray "Crespúsculo" y Medianoche", respectivamente, ya no he respondido por falta de interés. Quizá lo único que me fascina de todo esto es la coincidencia (¿) de que las principales autoras sean mujeres. Y mi preferencia por ese cóctel asombroso que se llama "Bloody Mary" (sangrienta Maria) ¿Por qué será?

Pero volvamos a Densalat cuyo listón referencial en el género es muy alto como vemos. Sin embargo hay un punto importante a su favor: la personalidad, un tanto fáustica del autor, no en la acepción de Spengler como hombre creador de la técnica y hacedor de un orden nuevo, sino en el aspecto mítico del término, tal como lo esbozaba Goethe en "Fausto". Apunte: quizá Densalat debería plantearse su propia vida como materia literaria.

El autor juega en su novela a la seducción. Para ello imagina una trama endemoniada (nunca mejor dicho) y trepidante en la que están involucradas la CIA y el Vaticano por el lado "humano" y las distintas familias vampíricas por el lado del mal, dirigidos por una especie de Jano esquizoide que va deambulando de una personalidad a otra para cumplir sus objetivos de poder y sus deseos sexuales. Ese personaje "Dragone" (Densalat sabe que Drácula significa Dragón) tiene su guarida en un castillo en el Pirineo (qué lujos) situado en unos Montes Malditos (quizá los de Tor en el Pallars, aunque por su envergadura y aspecto yo apunto mejor al Pico Maldito -3.350 m.- muy cerca del Aneto y el Maladeta). La acción se desarrolla principalmente en Roma y en otros lugares episódicamente, aunque la sombra del tenebroso castillo enquistado en los Pirineos queda como una amenaza latente, donde los supervivientes de la colosal lucha entre humanos poderosos y vampiros, preparan el "asalto a la eternidad".

La narración de los hechos, aunque bastante predecible, tiene la virtud de mantener vivo el virus del interés en el lector (no en vano, uno de los príncipes de los vampiros Nosferatu, en griego significa portador de enfermedad). Son dos mujeres, una científica representante del factor humano y una vampira negra, dotadas ambas de una sexualidad poderosa, las narradoras. Y como contrapunto un agente de la CIA especializado en Asuntos No Clasificables.

 

Si usted ha seguido las sagas crepusculares y vampíricas o las hecatombres sangrientas de la serie cinematográfica "Resident Evil", Kim Densalat le atraerá. Su novela tiene todos los defectos, reiteraciones y tópicos del género, pero también un cierto nervio, una energía interna, que la hace sugestiva.

 

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2 diciembre 2010 4 02 /12 /diciembre /2010 09:48

EL LIMÓN EN LA VENTANA

 

Kodo-medium;initEra la primera sentada. En el zendo había dos o tres personas. Amanecía y en el jardín cercano cantaban los pájaros saludando al nuevo día. Alguien hacía kin-nin, despaciosa, morosamente, paso tras paso, los brazos en ángulo recto, las manos unidas en un abrazo íntimo y poderoso, los codos como vértices de un triángulo rebosante de concentración. El privilegio de los viejos discípulos consistía en poder meditar por su cuenta en la amanecida, una hora antes de que comenzara la sentada para los que asistían al cursillo de iniciación.

El discípulo había colocado su zafu en posición. Había escogido su lugar, frente a la ventana, porque desde allí tenía una visión privilegiada del limonero que llevaba sus ramas y sus frutos hasta unos centímetros de los cristales. Aunque durante las sentadas comunitarias las contraventanas se cerraban para disminuir distracciones y tentaciones de viaje de la mente, en esa primera hora, con una luz casi submarina, nadie pediría que se cerrara.

El discípulo se colocó un poco laboriosamente. Hacía poco había sido operado de una rodilla y aún sentía el dolor cada vez que buscaba formar con sus piernas el trípode que habría de colocar a su coronilla y su hara en una línea apuntando al cielo y también clavada en la tierra. Durante la tarde anterior, en las últimas sentadas, el sufrimiento había sido persistente y cada vez más agudo, dificultando su concentración flotante. Después de unas horas de sueño se sentía descansado y lleno de energía, casi había olvidado la angustiosa sentada de la noche.

Una vez firme en su postura, la espalda erecta como un huso, colocó las manos en el mudra meditativo, inspiró profundamente y dejó que sus ojos buscaran ese punto radial donde descansa la mente. De pronto enfocó. Tras el cristal, a la altura del punto de focalización borrosa, un limón se mostraba con su impúdico esplendor, como retándole a mantener el contacto visual. El viento, suave, le imprimía una suave danza, como si le estuviera saludando. El discípulo sonrió y envió su espiración hacia el fondo de su vientre, mientras en su mente se formaba la sílaba “mu”.

Como no había que esperar ninguna campana para dar comienzo a la sentada, el discípulo entró en zazen. Su respiración se hizo suave y lenta, y al aire inspirado era lanzado al exterior como acompañando un mental acto de sumergirse en lo profundo del hara, y ese acto que era como el gesto del remero al bogar hacia la meta, era acompañado en sordina por la jaculatoria surrealista del mu, cuya vocal se extendía hacia abajo como una tenue alfombra que llevara al muro sin puertas.

Y en esta ocasión, las arrugas del fruto, del limón, comenzaron a formar un rostro, ojos, nariz, labios finos en una mueca de enérgica resolución, como si fuera el compañero de boga, el director de la trainera que gritaba la seca y vitalizante consigna para animar a los remeros.

El discípulo sabía de la naturaleza traviesa de los makyos, había recibido inoportunas o deslumbrantes visitas en otras ocasiones, durante los largos años de práctica, colores inesperados y calidoscópicos, sonidos de plata, destellos de gemas preciosas, amenazantes rostros, turbadoras curvas, sonrisas burlonas, gemidos y molestias en todos los grados del incordio. Pero ahora era distinto.

El limón en la ventana comenzó a ser un koan en sí mismo. Y el discípulo sonrió. La rodilla habia dejado de molestarle. Los hombros se habían distendido. La respiración fluía autónomamente. El mu era un limón en la ventana. También. El discípulo miraba el limón y el limón miraba al hombre en zazen. Y los “ojos” de uno fueron los ojos del otro. Y no hubo ventana entre el limón y el discípulo. El limón se expandía en el vientre del hombre y el hombre acunaba la fruta en su seno. Por unos instantes sin tiempo, el discípulo comprendió algo que debía ser olvidado y no atesorado y le invadió una inmensa alegría. Pero no movió su postura. Sólo dijo “mu” en un susurro. El viento movió suavemente al limón, como si asintiera. El discípulo sonrió. La mañana sonrió. Por un segundo de plenitud el mundo fue un segundo mejor, más justo y más acogedor. Luego, de inmediato, todo volvió a su naturaleza. Alguien hizo sonar los maderos.

El discípulo miró sorprendido hacia la sala. Todos los cuadrados pardos o negros estaban ocupados por hombres y mujeres. Echó un vistazo rápido al reloj. Ese par de minutos escasos que él creía haber vivido en su cita inesperada con el limón, eran en realidad casi cuarenta y cinco del cómputo normal. Una primera campanada le sacó de su asombro satisfecho. Volvió a acomodarse en el zafu y las rodillas le recordaron dolorosamente que las había olvidado. El limón volvía a ser un limón y el discípulo un hombre maduro con la rodilla lesionada empeñado en hacer zazen.

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1 diciembre 2010 3 01 /12 /diciembre /2010 19:36

El sol poniente planeaba sobre las aguas del Mediterráneo como un surfista cósmico en el universo estrellado. Hacía años que ya nadie surcaba aquellas aguas plácidas y moribundas excepto alguna chalupa a vela que navegaba en un aura de desánimo y obstinación. Por eso cuando la joven Cristina se asomó a la ventana del ruinoso edificio de apartamentos playeros y escrutó la candente puesta de sol no pudo evitar emitir un desmayado gritito de sorpresa. Se restregó los ojos legañosos y cogió los binoculares que alguien había olvidado llevarse. Enfocó desmañadamente el áureo espejo deslumbrante y tras unos segundos de afanosa búsqueda dio con ello.

--¿Será posible?--apartó los prismáticos de la cara y se volvió hacia el sombrío interior del piso--Oye tu, ven un momento.

La contestó un gruñido masculino y el inevitable, "¿Qué pasa? Algunos intentamos dormir, tía."

Ella golpeó el suelo con el pie desnudo en un gesto de irritación.

--Vamos, venid alguno. Ahí fuera está pasando algo.--y con un deje de amabilidad--ven tu, Sergio. Tu aún tienes buena vista.

Otra voz masculina, con cierto aflautamiento juvenil, inquirió con un eco adormilado: "¿no puedes contármelo luego, Cristina, ha sido una noche muy dura"

--No. !Por favor! Venid alguno, esto es importante. Y se va a marchar…

La última expresión tuvo un efecto casi perceptible para la muchacha, como una congelación del desmañado aire de derrota y claudicación que se respiraba en toda la casa, como si algo se rasgara y palpitara a su través un interés nuevo, vital. Se oyeron movimientos de ropa y jergones y unos confusos golpes de cuerpos y enseres o muebles o trastos. Dos hombres jóvenes, desgarbados, delgados como supervivientes de un holocausto imposible, con las greñas hirsutas, ligeramente barbados y los ojos muy abiertos entre el miedo y la expectación irrumpieron en la habitación.

--¿Qué? ¿Que es lo que se va a marchar?"--dijo uno; el otro asintió taciturno.

Ella lanzó el delgado brazo moreno hacia le ventana, como una flecha de carne trémula.

-- Allí, desde la ventana, en el mar.

Los chicos se asomaron y parpadearon furiosamente, cegados por el relumbre de oro fundido que les lanzaba el rizado mar.

--¿Dónde? ¿Donde? -inquirió, con impaciencia, el más alto--

El otro joven, un poco más bajo y fornido, miró en silencio y al momento musitó:

--Ah, allí está…

--¿Qué? No veo nada con este maldito sol. Aunque, maldita sea, ya lo veo…

--¿Qué es?

--Un enorme pez--dijo ella con una sonrisa casi feliz.

--O un submarino. Es gris, como de acero y se está sumergiendo.--dijo el más alto.

--Es una ballena…--susurró el otro con una expresión de alelada felicidad.

--Oh, no me creo eso. Quizá sea una ballena, pero será el cadáver de una ballena.--masculló el alto.

La muchacha congeló su sonrisa y miró con reproche al que había hablado.

--Hace muchos años que no veo ningún pez… y menos tan grande. Desde la extinción…--dijo en voz baja con expresión compungida.

-- Bajemos a la playa, la corriente no tardará en traerlo a la orilla.--dijo el alto con voz resuelta.

--No vendrá--dijo el otro.

--¿Por qué, Sergio? Aquí la corriente es fuerte--desafió el alto lanzando una mirada combativa y poco amistosa a su compañero.

Sergio no dijo nada, aparentemente indiferente al tono agresivo del otro, se limitó a señalar, casi con un gesto aburrido, hacia el mar: "Mira" Y mientras los tres jóvenes volvían a asomarse la ventana, a lo lejos un trazo plateado, un hilillo vertical deshilachado en la lejanía, partió de la confusa sombra de la presunta ballena y una especie de grito gutural sordo de tonalidad desconocida fue reverberando por las aguas y llenó el silencio agobiante del mundo cercano, un mundo sin ecos donde hacía muchos, demasiados años, ninguno de los jóvenes había escuchado un sonido animal que no fueran sus propias voces.

--Está viva…--musitó, con una sonrisa asombrada y feliz la muchacha.

--Bajemos a verla--gritó el joven alto y huesudo.

--Quizá algo esté empezando a cambiar…--dijo Sergio, con los ojos húmedos y un ligero temblor en los labios resecos.

--Ojalá todo vuelva a ser como antes--dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sergio miró compasivo a la chica.

--No. Ojalá nada vuelva a ser como antes.

 

 

na p
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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 14:38

 

krishnamurti.gifDesde Platón, Sófocles o Ciceron, pasando por Krishnamurti o Pascal, Séneca, Ortega, Sartre o Unamuno, los pensadores más conspicuos de todos los siglos han glosado la búsqueda de la felicidad como una de las vocaciones esenciales del ser humano. Los budistas, en su óctuple noble sendero, parten de la zona contraria, el sufrimiento, pero allá en la zona de sombras siempre está la lucecita de la felicidad como un bien esporádico y apreciable pero no perseguible. Los filosofía árabe es certera: la felicidad es una sombra que huye de ti con la misma porfía con que la persigues (tendiendo la mano hacia los estoicos y los cínicos griegos).

Por lo tanto, el hombre sabio tiende a no tenerla como objetivo máximo, la mira como al desgaire, de hurtadillas, la celebra cuando viene y procura no asustarla apegándose a ella. La felicidad es una dama esquiva.

Y empieza siéndolo en sus propios límites definitorios. ¿Qué es la felicidad? Obtendrá usted tantas respuestas como sujetos a los que haga la pregunta. Para unos la felicidad será un estado de ánimo definido por el tener, para otros por el ser, los de allí pondrán el peso en una determinada persona (que es otra forma del tener) y los de allá en la ausencia de un concreto mal que los persigue. Pero sean los que sean los objetos externos, en todos los aspectos que dilucidemos hay una esencia permanente: es el mecanismo, la naturaleza interior de la felicidad: un combinado de alegría, serenidad y paz, exultante energía a veces y otras un bienestar difuso y calmado que suele presentar un sabor común: el de plenitud (pasajera pero evidente).

Se trata, resumamos, de un objetivo casi impreso en la carga genética del ser humano. Algo por alcanzar, que se disfruta efímeramente y que siempre tiene una caducidad cierta y un regusto de posibilidades futuras.

No puedes exigir la presencia de la felicidad en tu vida, como si fuera un derecho o la consecuencia automática de una determinado programa (lo cual exige suficiente equilibrio personal y algo de sabiduría –no confundir con conocimientos-) y más bien debes atender a una actitud básica: la felicidad es asequible al que vive en función del ser y no del tener, al que goza de un estar-en-el-mundo realista y a la vez imaginativo, al que ha diversificado su foco de interés a muchas más cosas que trabajar y aparentar, al que vibra con las cosas sencillas que hacen bella e interesante la vida. Y, sobre todo, al que es capaz de comprender la importancia del amor y de la amistad (otra forma de amor) en la gestión de cualquier proyecto personal de existencia.

Y ahí tocamos un punto importante: ¿tiene usted un proyecto personal de vida? ¿Tiene claras sus prioridades? Porque la felicidad siempre es el resultado de una suma de elementos, de vectores que integran su vida cotidiana. ¿Hace un esfuerzo consciente por apreciar y valorar todo lo bueno con que se tropieza? ¿Está demasiado pre-ocupado por sus carencias y presuntas necesidades? Si tuviera que decidir entre las palabras “satisfecho” o “insatisfecho” en un test urgente sobre su estado de ánimo, ¿qué diría? ¿Sabe que si su respuesta es la negativa, es imposible que la felicidad se acerque a usted o que si se acerca, la sepa reconocer?

Todos tenemos una sombra, casi siempre plural, que se esconde en el fondo de nuestra psique. Es un ente conflictivo, larvado pero que se activa con celeridad y eficacia devastadora. Suele anclarse en nuestro pasado más remoto y permanece enquistado durante décadas…hasta que es superado por la propia maduración existencial o por terapias adecuadas. La felicidad es un estado de ánimo con una dependencia estructural de la acción operativa de esa sombra. Pero puede acercarse a nosotros si sabemos atenderla y tiene un efecto disipador de lo negativo mientras está a nuestro lado.

Por tanto, no se lo piense demasiado, abra los ojos y mire a su alrededor. Según sea su mirada, según interprete lo que ve, estará abriéndole una ventana a la felicidad. Vale la pena.

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