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24 septiembre 2021 5 24 /09 /septiembre /2021 16:51

LA VERGÜENZA DE EOLO

Si Eolo, el dormido Señor de los Vientos, levantara la cabeza y viera lo que, en tierras aragonesas del río Matarraña, ciertas empresas pretenden perpetrar, volvería a encerrar a sus vientos –los ‘anemoi’-- en la cueva donde los gobierna como caballos alados. Ahí es nada, pretender coronar los montes de la comarca con altísimas torres de largos brazos giratorios, cual Briareos encolerizados. Ni un soplo de viento para ellos.

Muchos Ayuntamientos, empresas, instituciones culturales y turísticas, vecinos, claman en desierto. Algunas Administraciones apoyan el negocio de las eólicas en estas tierras, justificándose con leyes y con plazos abusivos para la parte que protesta y a la que se daña, a pesar del dudoso respeto de los proyectos básicos o anteproyectos de las empresas a dichas exigencias legales. Da la impresión, por las prisas, de que todo está aprobado de antemano. Los proyectos presentados están afectados de improvisaciones, desajustes, falsedades, defectos técnicos y de forma, pero es tal la seguridad sospechosa que los ampara que incluso se reconoce con desfachatez que aún no hay un estudio fiable de los vientos de las zonas afectadas y valoran en un 25 % la incertidumbre de los datos utilizados (a falta de datos de medición utilizan “mástiles virtuales” y aplican la misma incertidumbre a los 4 parques), sin garantías de que los modelos de aerogeneradores sean los adecuados.

En la trinchera de enfrente, los preocupados vecinos tratan de organizarse, afrontar el vía crucis de las alegaciones, apremiadas por un plazo abusivamente corto (el día 8 de octubre, fecha máxima), tratar de que se respete su “Carta del Paisaje”, documento comarcal que comprometía a todos en defender la pureza de estos lugares que van a ser mancillados,  causando la pérdida irreparable de un paisaje extraordinario, la fauna  (muchos elementos de ella protegidos por ley), la  vegetación, sembrados y caminos. Y los daños a personas, que no han sido evaluados en su totalidad (ruidos, campos de alta tensión).

La táctica ha sido elemental: divide y vencerás. Despierta la codicia de unos pocos y promete mucho aunque falsamente: puestos de trabajo, regalías municipales o descuentos en las facturas de la luz. Siguen la dinámica de plantear, impulsar, cobrar beneficios y después… ya veremos. Hay una alta probabilidad incumplir las directivas europeas contrarias a un desarrollo a costa del medio ambiente.

¿Qué es preciso para despertar al señor de los vientos (símbolo del Estado) para que imponga una amplia moratoria con estudios serios, participación de técnicos, científicos y Universidades, en los que se analicen los proyectos básicos de esas empresas, constatando que se cumplen las más elementales exigencias del principio de la Prudencia: si el despliegue es necesario y para quién; si son inevitables o sustituibles por otras energías alternativas menos dañinas a este territorio; si se cumplen los requisitos técnicos exigibles en proyectos de tales magnitudes; si no se conculcan instrumentos jurídicos locales (plenos municipales en contra), nacionales o directrices europeas que defienden los elementos singulares y patrimoniales propios del territorio; implementar otro estudio de impacto medioambiental que refrende (o no) al que ya existe y que tenga en cuenta los daños turísticos y humanos que estos desmesurados despliegues de parques eólicos pueden causar, y causan. Y no como en otras zonas del país donde se aplicó la norma de primero actúa y luego que protesten. Es decir, lo que se llama la desvergüenza inadmisible de los intereses creados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 septiembre 2021 7 05 /09 /septiembre /2021 16:07

ALEGACIONES  EÓLICAS

(ARTICULO PUBLICADO EN LA COMARCA 030921)

Parece que la batalla de don Quijote contra los molinos ha sido ganada por esos “gigantes” con la fea y ávida cara del capital y los fondos buitre. Se exigen unas alegaciones que, después de todas las campañas habidas en nuestra tierra, suena a tomadura de pelo. Pero es una norma jurídica que no se puede ignorar, aunque nos lanza un doble mensaje: el proceso legal de adjudicación está en marcha; y, como suele suceder, el efecto de tales alegaciones está en relación inversa con la importancia de los que se lucrarán con los parques eólicos. Cuanto más poder tienen los que proponen, menos valor tienen las alegaciones. ¿Y los poderes públicos y políticos? Actuarán como puedan y quieran, pero son gestos retóricos de cara a la galería, vacíos de operatividad. Habrá molinos en el horizonte. O no. Aún no estamos  vencidos.

Las empresas energéticas se ajustan al síndrome neoliberal del beneficio a cualquier precio, las falacias informativas y el consumismo desatado. Naomi  Klein decía que “el mercado alimenta su avidez insaciable de crecimiento, redefiniendo como “productos comerciales”, susceptibles de compraventa, sectores enteros que siempre se consideraron parte del dominio público, como el aire sano, el viento, el sol, el agua, la tierra, la fauna y la flora, los bosques y los ríos, en suma, el paisaje, el entorno natural. Para ello lanza mensajes demagógicos cubriendo su piel de lobo con el disfraz del ecologismo y la lucha contra el cambio climático.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿Qué debemos hacer? Hay que evitar que, como en tantos otros asuntos, la lógica depredadora del capital (“Capital Energy” se llama la empresa) se imponga a los intereses de los ciudadanos, ante la impotencia o la complicidad política. Parafraseo una cita de Lenin a nuestro caso. “La conciencia política de la lucha antiproyectos eólicos en la Comarca no se le puede proponer al ciudadano más que desde el exterior, desde fuera de los intereses económicos y las relaciones entre cierto sector público y el capital”. Propongamos  una respuesta activa:

El hecho: el BOE somete el 27 de agosto (en pleno periodo estival en la Administración) a información pública, los parques eólicos Arlo: el Argestes de 96 MW en La Fresneda, Fórnoles, La Portellada y Ráfales y su infraestructura de evacuación que afecta también a Valdetormo, Valjunquera y Mazaleon;  el Arlo de 102MW en Maella, Valdeagorfa; el Paucali en Maella y Mazaleón; el Céfiro de 196 MW en Mazaleon, Valdetormo, Valjunquera, La Fresneda y Fórnoles, cuyas infaestructuras de evacuación se ubica también en Calaceite, Maella y pueblos de Tarragona.

En total 84 aerogeneradores de 6 MW de potencia nominal, 115 m. de altura de buje y 176 m. de diámetro de rotor. Torres de más de 200 m. emplazadas en las zonas más elevadas y visibles del Matarraña y Bajo Aragón.  Plazo de alegaciones hasta el 5 de octubre.

La respuesta: Movilizar en una acción común a la Plataforma en Defensa de los Paisajes de Teruel, a todos los municipios afectados, más los solidarios, y a los agentes y empresarios locales.

--Promover la firma de los ciudadanos a las alegaciones, en todos los pueblos y ciudades de la zona: recordando a los interesados que las promesas empresariales de puestos de trabajo, repercusión positiva en el coste de la energía y tecnología y estructuras no dañinas con el territorio, no se sostienen. Se ha visto  en otros territorios. Aportar datos.

--Usar la pionera “Carta del paisaje” (surgida de la Universidad de Zaragoza), las exigencias de la Red Natura 2000  y otras figuras de protección ambiental como los planes de protección de especies protegidas (águila, azor, perdicera), como base de un apoyo universitario y científico que respalde la negativa contra esos proyectos.

--Exponer la inexactitud en temas como la topografía inadecuada utilizada - 1.5000-, el destino de la energía –se cita a Cataluña—, la falta de precisión en la definición de elementos del proyecto como son las zanjas de evacuación para la media tensión que suponen una agresión enorme al territorio y el superávit existente en energía en estos momentos en Aragón, que hace inexplicable tales proyectos, a no ser que se pretenda especular con ellos.

Conclusión: vamos a alegar en el mísero plazo que se ha dado (30 días hábiles) que se detenga el cómputo operativo de instalación de los parques por masiva y unánime oposición de personas y entidades que viven y trabajan en el territorio.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 septiembre 2021 4 02 /09 /septiembre /2021 15:55

Entérense ustedes: vivimos en el Antropoceno, nombrecito popularizado – que no creado-  por el holandés Paul Crutzen, Nobel de Química a principios del 2000, con el que definía la época en la que las actividades y la codicia del hombre comenzaron a provocar cambios geofísicos, climáticos y ecológicos a nivel planetario.

Cada vez hay más voces de científicos, periodistas, biólogos, ingenieros, expertos en geología, botánica, filósofos y políticos honestos, asociaciones de defensa de la naturaleza, bioquímicos, incluso expertos en biotecnología, medicina, geógrafos, paleontólogos, biocientíficos en zoología terrestre y marina, ornitología, climatólogos y economistas no abducidos por el sistema o personas de diversos oficios y profesiones que ansían un mundo sostenible, que consideran que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior más próximo, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares existentes y dañado ríos, lagunas y hábitats marinos en toda nuestra superficie e incluso sectores explotados de las profundidades de la tierra. El Antropoceno (de “antropos”, hombre y “kainos”, actual) debería ser conocido como “Antropoidioceno”  ya que la especie más abundante de homínidos vivientes siguen los pasos de sus congéneres más activos desde el principio de los tiempos: los idiotas. Es un tipo de naturaleza humana proclive a hacer consciente o inconscientemente todo el daño posible a sus semejantes, al entorno y  a sí mismos, pudorosamente investidos de “principios” religiosos, económico-codiciosos, tradiciones absurdas cuajadas de hipocresía y prejuicios, intereses bastardos o nacionalistas, “progresismo” mal entendido, fanatismos varios y pura y supina estupidez, a veces con el sello de la “ciencia” reinante, que conjuntamente han causado una tendencia progresiva e imparable de acumulación de desastres progresivos  con efectos dañinos para el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el irreversible daño que el consumo irresponsable de los recursos naturales está provocando en el hábitat natural. El Antropoidioceno podría ser la última era de la especie humana, aunque seguramente no del planeta, que podrá recuperarse con el tiempo como lo hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Para ilustrar este duro y punzante discurso y sin ánimo de ser apocalíptico, de entre la abundancia pesimista de libros científicos o de divulgación publicados desde los años 90, les recomiendo la lectura de dos libros actuales, ambos de la misma autora: “LA SEXTA EXTINCIÓN” Y “BAJO UN CIELO BLANCO”, debidos a la pluma de una periodista norteamericana especializada en temas científicos, Elizabeth Kolbert. Lo hago no sólo con el ánimo de mostrarles una vez más la peligrosa deriva de estos asuntos que a todos nos conciernen- de la que tienen abundantes pruebas en artículos y filmaciones en diarios y televisión o internet- sino porque la Kolbert nos da “una de cal y otra de arena” en estos libros. El primero es demoledor por su denuncia histórica y el segundo es una búsqueda periodística, honesta y valiente, de razones por las que cabe un rayo de esperanza en este negro futuro que nos devora de forma progresiva.

Los científicos definen las extinciones en masa  como eventos que eliminan “una fracción significativa de la biota (biosfera) del mundo en un periodo de tiempo geológicamente insignificante” (desde un punto de vista de la existencia humana).  Como dice Michael Benton, un paleontólogo que ha estudiado algunas de las cinco extinciones  globales anteriores, “la historia de la vida  consiste en largos periodos de aburrimiento ocasionalmente interrumpidos por el pánico”. Según el último informe de la Plataforma Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático (IPCC), estamos navegando a plena vela hacia uno de esos momentos de pánico, el sexto para ser exactos. En las “Cinco Grandes” extinciones anteriores, desaparecieron casi todas las especies vivas del planeta, animales, vegetales, desde el más humilde escarabajo hasta los diplodocus o mastodonte. El hombre no había aparecido, lo cual fue de agradecer, ya que en lugar de durar cada era millones de años en el sistema de conteo humano, con el hombre y a las vistas de esta presumible sexta extinción que nos amenaza y la velocidad de crucero que lleva, el planeta habría contabilizado mucho más de seis o, simplemente, no existiría como lugar habitable.

La característica más notable de esta Sexta extinción, nos dice Kolbert es que el hombre es el único y casi total responsable Lo que constituye un aporte de humildad y pesar es el conteo de especies que la autora nos pone sobre la mesa, aniquiladas por el depredador progreso humano, principalmente desde el siglo XVIII. A finales de ese siglo James Watt diseña una nueva máquina de vapor que abre las puertas a la era de la industrialización, al uso abusivo de los combustibles sólidos y la emisión de dióxido de carbono (CO2) unido a la destrucción del mundo vegetal causado por la cadena “producción excesiva-consumo irresponsable”, que provoca la ruina de ecosistemas vegetales (uno de los factores que reducían el índice de calentamiento global). En cada capítulo de su primer libro, Kolbert, nos habla de la desaparición de alguna especie emblemática como el alce gigante, el mastodonte americano, los dinosaurios, los corales de la Gran Barrera (un mundo de especies en sí mismo): en total, para finales de este siglo,  el 50% de la especies que existían en el planeta (en un pronóstico optimista, dados los últimos datos sobre la situación de la emergencia climática). Como dijo el ecólogo Paul Ehrlich: “al empujar a otras especies a la extinción, la Humanidad está cortando la rama que la sostiene”.

En “Bajo un cielo blanco”, Kolbert da un giro copernicano a su trabajo y nos habla de los esfuerzos que los hombres y su alta tecnología están haciendo no sólo para preservar ciertas especies en peligro de extinción sino para tratar de frenar o incluso revertir el proceso suicida en el que estamos metidos.

A pesar de ese planteamiento optimista, la autora tiene una visión realista de la situación: los 8.000 millones de humanos sobre la Tierra no sólo somos demasiados, en términos de equilibrio vital ecológico, sino que somos una enorme fuerza destructiva para cualquier otra especie que habita el planeta y el propio ecosistema de éste, con lo cual se está produciendo una respuesta tan o más destructiva que la nuestra y que nos afectará de lleno.

Sin embargo el libro es una narración periodística de los viajes y entrevistas que la autora ha realizado por todo el mundo, en los ámbitos científicos, para hablarnos de las especies que tratamos de preservar por todos los medios cuando ya están a punto de extinguirse. Y así nos habla del pez más raro del mundo que sólo existe en pleno desierto de Mojave; de la Gran Barrera de los corales, arrecifes que están muriendo y cuya desaparición alterará brutalmente la vida en los océanos; de la labor titánica de unos ingenieros islandeses que están convirtiendo el CO2 en piedras, mineralizándolo al inyectarlo en rocas volcánicas submarinas; O un estudio sobre la plantación en todo el planeta de billones de árboles. Un billón de árboles logra absorber doscientos gigatones (una gigatonelada son mil millones de toneladas) de carbono de la atmósfera; la geoingeniería solar que propone esparcir en la estratosfera una cantidad inimaginable de partículas reflectivas de diamante que cubrirían la tierra, provocando no sólo que llegara menos luz a la tierra y mucho menos calor, lo que bajaría las temperaturas en el planeta y nos rodearía un cielo blanco: se acabarían los maravillosos amaneceres y puestas de sol. Un mundo de sombras permanentes, como en “Blade Runner” o en “Matrix”; Y en fin experimentos de ingeniería genética para manipular el mundo a favor de la supervivencia, en un paradójico ciclo que trataría de recomponer todo aquello que hemos destruido.

La pregunta clave, a pesar de la cada vez más precaria postura de los negacionistas contra el cambio climático, es: ¿Por qué seguimos negándonos a ver y apreciar lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir? ¿Por qué en el fondo de nuestra mente lo seguimos considerando una exageración, casi una “fake news” creada por una ciencia conspiratoria y vendida a ocultos intereses? Paradójicamente es que en el fondo de nuestra mente tenemos una fe ciega en unas fuerzas, héroes o descubrimientos, en una tecnología capaz de revertir los errores cometidos con el toque mágico de un invento salvador y que nos permitiría seguir en la senda del progreso y el desarrollo que no cesan de prometer los muchos demagogos populistas que están actuando en el mundo.

Somos incapaces de ver los intereses que sacan ganancias ingentes de esta situación aplicando grandes presiones mediáticas para adormecer nuestro espíritu crítico, colonizando nuestras mentalidades con promesas de consumo incesante, comodidades y distracciones.

No nos creemos a los expertos que nos advierten que la huella ecológica humana (huella es sinónimo de destrucción) ya sobrepasa en un 50% la capacidad regenerativa y de absorción del planeta y que el 80 % de la población mundial vive en países donde se ha roto el equilibrio ecológico y la huella supera a la capacidad de regeneración. Y si esto es a nivel individual, la situación no mejora al nivel de los Estados y las sociedades del mundo. Aún no se ha declarado el estado de urgencia mundial en el que todos los países estén obligados a trabajar juntos para salvar el planeta, nuestro hábitat de vida. Y nadie ha pensado y propuesto tal cosa. Seguimos, globalmente creyendo en el hada madrina de la Tecnología. En que su varita mágica va a detener los huracanes, las inundaciones, los fuegos, las sequías, el hambre, la sed, las grandes inmigraciones, la violencia de guerras y levantamientos populares en un mundo cada vez más clasista, insolidario, racista y violento.

En nuestra época los humanos hemos transformado de manera directa más de la mitad de las tierras emergidas y no heladas del planeta (unos 70 millones de km2) y de manera indirecta el resto. Hemos embalsado o desviado la mayoría de los ríos, otros se han secado. Nuestros sistemas de megacultivos y abonos globales, han fijado más nitrógeno que todos los ecosistemas y los aviones, coches y plantas de energía emiten unas cien veces más dióxido de carbono que todos los volcanes juntos. Hay veintidos veces más biomasa en forma de seres humanos y animales domesticados que todo el resto de los vertebrados de la Tierra. Y en cuanto a los mares, el calentamiento de las aguas, la acidificación de los océanos (por la emisión de combustibles sólidos), los deshielos, las subidas del nivel de las aguas y la paradójica desertificación están agudizándose día a día. Desde los tiempos de Watt la temperatura media global ha subido a 1,1ºc. La fusión de los hielos de la Antártida se ha multiplicado por tres desde 1990. El umbral de la catástrofe planetaria es que la temperatura media global suba a 2º. Y esto puede ocurrir a finales de los 30 de este siglo.

 Deberíamos recordar la frase de Einstein: “”No podemos resolver nuestros problemas con la misma forma de pensar que usamos para crearlos”. Hay que cambiar el paradigma. Si seguirnos actuando como si el mundo fuera de nuestra propiedad y sus recursos inextinguibles, la lectura de lo que nos ocurre no tiene ningún valor práctico. Parece que no absorbemos realidades como que en nuestros días las tasas de de extinción de especies son cientos o miles de veces más rápidas que las denominadas del tiempo geológico. Las pérdidas se extienden por todos los continentes, los océanos y todos los grupos taxonómicos. De hecho es mucho más fácil arruinar un ecosistema que mantenerlo.

En las últimas palabras de su libro sobre la Sexta Extinción, nuestra autora deja esta sensata, y me temo que premonitoria, frase: “En este momento estamos decidiendo, sin realmente quererlo,  qué vías evolutivas permanecerán abiertas y cuáles se cerrarán para siempre. Ninguna otra criatura ha conseguido algo así y por desgracia este será nuestro legado más duradero. La Sexta Extinción seguirá determinando el curso de la vida mucho tiempo después de que todo lo que alguna vez alguien haya escrito o pintado o esculpido o construido haya sido reducido a polvo y una ratas gigantes (los animales posiblemente más preparados para sobrevivir, a base de ingenio y crueldad) hayan heredado (o no) la Tierra”.

ALBERTO DIAZ RUEDA

 

FICHAS

LA SEXTA EXTINCIÓN. Una historia nada natural. Ed Crítica,  337 págs. //BAJO UN CIELO BLANCO. Cómo los humanos estamos creando la Naturaleza del futuro. Ed. Crítica.-212 págs.- Ambas de la misma autora, Elizabeth Kolbert y el mismo traductor Joan Lluís Riera

 

 

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13 agosto 2021 5 13 /08 /agosto /2021 11:51

(Artículo publicado en "La Comarca" el 130821)

Procusto fue un personaje mitológico de segunda fila, hijo de Poseidón, que ejercía de amable y servicial posadero en el Ática y cortaba la cabeza o las extremidades al viajero según sus medidas rebasaban la de un lecho especialmente preparado, para que encajaran en él. Es el símbolo de la intolerancia hacia la diferencia. El rechazo agresivo a las ideas del otro. Todo se debe ajustar a lo que dice o piensa el que detenta el poder. La arbitrariedad de la tiranía. En ciencia se llama así a los que tratan de deformar la realidad para  hacer  que se ajuste a sus hipótesis. En España,  es el modelo que los sucesivos gobiernos han tratado de implementar en el sistema educativo. Igual que en Europa, América o Asia.

Decía el maestro George Steiner que “”una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato”. Y un pensador científico tan poco sospechoso de parcialidad como Albert Einstein afirmaba que  “La escuela debe siempre plantearse como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armónica y no como un especialista… Lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”.

El cultivo de la fantasía y la imaginación que preconizan las disciplinas humanísticas, está en la base de todo tipo de creatividad –incluidas la tecnológica y la científica- que es lo que en nuestro país se ha devaluado: nuestras raíces culturales, la lenguas clásicas, la filosofía, la literatura, la música y el arte. Por eso he calificado de “modelo Procusto”  nuestro depauperado sistema educativo que, desde la Logse, ha ido perdiendo capacidad y eficacia en sucesivos y fallidos programas que cada partido en el poder se ha empeñado en diseñar.

Pero hablemos de ese “modelo” en el mundo. ¿Qué es sino el “lecho de Procusto” el que se ofrece a los jóvenes en una sociedad que prima el dinero y el materialismo sobre otros valores?¿La expansión  de los miedos: contagio, miseria, desempleo, falta de horizontes y de esperanza?¿La “cultura” digital que une perversamente la información –viciada casi siempre- y un entretenimiento banal adictivo?¿La hipertrofia de medios informáticos en la enseñanza, el colonialismo digital que desprecia el esfuerzo, la falta de pensamiento crítico, la lectura no utilitarista y promueve una igualdad a la baja? ¿La burocratización del profesor, sustituido por la documentación y las referencias? ¿La gestión empresarial de la educación, de sus objetivos y programas, diseñando programas educativos para cubrir sus necesidades comerciales y financieras?

La economía globalizada, regida por una élite transnacional, es el poder que impone su lecho de Procusto al conocimiento (educación e investigación) y se está haciendo con el dominio de Escuelas, Universidades  y Gobiernos, ajustándolos a sus intereses, metafóricamente  cortando cabezas o brazos y piernas. Como se publicó en un periódico nacional hace unos días, firmado por profesores de Universidad, “Nadie rebate que el del conocimiento es un sector de la actividad económica que reporta beneficios a medio y largo plazos y que su nexo con la empresa es vital en la construcción de una economía moderna y sostenible”. ¿Un sector de la actividad económica? No. La economía es un sector del conocimiento, de la educación, de las actividades del hombre. Y ellos deben formar a esa persona que, entre otras actividades tendrá la “cura” el cuidado, de mejorar la economía, la política, la sociedad. Y depende de cómo eduquemos y formemos a ese ser humano así serán los demás sectores citados. Por tanto ¿qué es lo prioritario? La formación humanística de la persona. Por tanto ¿es eso lo que le interesa al poder global? No.

Si los griegos que diseñaron la “Paideia” como sistema educativo de los jóvenes o el mismísimo Kant (“Tan solo por la educación puede el hombre llegara ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”) levantaran la cabeza y vieran lo que, sin duda con el convencimiento de lo correcto (y de lo útil y necesario, que no siempre son sinónimos) se está haciendo con la educación en el mundo actual, a caballo de la tecnología y de los intereses empresariales, volverían a sus tumbas y rogarían a los dioses por una civilización que ha perdido sus más nobles raíces  y que aplica el “modelo Procusto”  a la educación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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11 agosto 2021 3 11 /08 /agosto /2021 12:24

“ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS”

(Artículo publicado de ‘Heraldo deAragón’ el 100821)

Escribía nuestro Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, allá por los años 1330 o 1340 en su “Libro del Buen Amor”, «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Aquí nos vamos a referir a su “haber mantenimiento” o sustentamiento, es decir, al equilibrio económico de un país y de las necesidades de sus habitantes. La economía es la savia del árbol que sustenta nuestra civilización, nos guste o no. Nunca como hasta ahora el slogan interno de la campaña electoral de Clinton en el 92, “es la economía, estúpido” toma toda su grosera relevancia. En estos años veinte del siglo XXI las relaciones población-consumo y producción-degradación del sistema, sometidas al factor multiplicativo “crecimiento permanente”, arroja un resultado “alarmante” para los más optimistas y “desastroso” para lo informados.

Con el crecimiento codicioso del sistema económico capitalista está ocurriendo como con la pandemia. Se avisó de ambos peligros con bastante antelación. En los  años 70 y 80 hubo proclamas científicas sobre lo que podría ocurrir si no se cambiaba de rumbo, como el informe del Club de Roma. Pero a pesar de la seriedad de las amenazas a las que nos íbamos a enfrentar, a pesar del griterío de los medios, de los informes alarmantes, todo siguió igual: el crecimiento exponencial de la producción, el consumo y la degradación del ecosistema por sobreexplotación, la deslocalización de empresas en busca de mano de obra barata, el consumo irresponsable alentado.

Ya no es posible el desarrollo sostenible, pero en cambio se sigue manteniendo un desbordamiento insensato de búsqueda y adquisición de posibles fuentes de beneficios (deforestación, prospecciones de minerales en tierra y en el fondo del mar, agricultura invasiva, explotación desmesurada) sin ningún análisis previo de sus efectos nefastos a medio plazo. Se maximiza el beneficio en los mercados financieros y energéticos, a pesar de los serios avisos del sesgo suicida de mantener tal crecimiento expansionista y depredador. Los que dirigen esa élite financiera no se percatan todavía de que si la savia de la riqueza solo llega a las ramas más altas y escasas del árbol de la vida, éste se volverá cada vez más frágil en sus raíces y tronco, hasta colapsar y derrumbarse como leña muerta.

Desde la escasez de materias primas, minerales estratégicos, componentes de los chips –su falta provocaría un “blackout” en la esencial área tecnológica —a los problemas del cambio climático, sequías como en el Brasil desforestado, incendios e inundaciones en otros países o el coronavirus cuya expansión sólo la evitaría la vacunación mundial, todavía lejana a pesar de algunos gestos solidarios…

Todos esos problemas tienen una relación directa o indirecta con la economía y la manera neoliberal de aplicarla. Y, por supuesto, con la actitud que siguen manteniendo casi todos los políticos de occidente: la de los tres monos que no oyen, no ven y no hablan de ello. Y conste que hay que valorar las medidas internacionales adoptadas por la UE y los Estados Unidos post-Trump. Pero…no es suficiente.

El neoliberalismo salvaje, muy vigoroso desde China a Rusia, Estados Unidos o Europa, tiene una lógica suicida de expansión: el cultivo del exceso –de  beneficios, de depredación, de acaparamiento, de codicia, de explotación humana- y por tanto ignoran la gravedad de los problemas y los avisos científicos y fácticos que están recibiendo. A cambio se extiende la lepra del racismo, la xenofobia, los serviles adeptos al poder y al dinero. No se trata de ideologías, aunque las evocan. Esa mayoría se limita a aplicar una praxis de supervivencia o como diría el Arcipreste, de “mantenencia”.

La política, en general, ignora todo lo que no es inmediato. Es cortoplacista. Sus miradas están desenfocadas, olvidan la dimensión del futuro por muy cercana que sea y el influjo que sobre él tiene el presente que realizamos. Un ejemplo: aquí y ahora, el de algunas empresas de energías renovables, las eólicas. No es un negocio de ecologismo, sino un negocio depredador en el que no hay ventajas reales para el mundo rural: se les paga en precario, se les devalúa el territorio y se exportan los beneficios, sin ni siquiera intentar equilibrar primero la relación producción-demanda. Y para contrarrestar todo esto, ya casi sólo nos queda la protesta pública y la de algunos medios que ven los peligros. Tan eficaces como los gritos en el desierto. En fin, como ven, todo acaba siendo  “haber mantenencia”. Lo malo es que sólo beneficia a los “Hunos” y no a la mayoría, los “otros”: usted, yo y nuestros congéneres planetarios, los que no pintamos nada en esta tragedia. Si acaso, el papel de víctima propiciatoria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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