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10 enero 2019 4 10 /01 /enero /2019 10:03

Un filósofo francés especializado en la cultura china puede aportar, de hecho lo ha hecho y lo hace, una visión comparada y mutuamente enriquecedora entre la filosofía occidental (incluida su contemporánea desviación hacia ámbitos más propios de la linguística, la priscología  o la neurología)  y la oriental encarnada en clásicos taoístas, confucianos y budistas.

De Jullien hemos trabajado sus excelentes libros "Un sabio no tiene ideas", "Filosofía del vivir", "Nutrir la vida" y "De la esencia o del desnudo". Pero es quizá en el que hoy comentamos donde Jullien muestra más a las claras su objetivo de inyectar un reactivo filosófico oriental en el seno de la filosofía occidental. Para ello Jullien recurre a nuestros clásicos preconizando una especie de retroalimentación de los taoístas y los confucianos en el escenario de la filosofía occidental desde los clásicos greco latinos de todas las escuelas a Agustín, Spinoza, Hegel o Heidegger. Para ello aporta una crítica constructiva a la esclerotización de la filosofía en occidente y toma como ejemplo básico la cuestión del "Tiempo", cuestionando no sólo las ideas básicas que desde Aristóteles ha alimentado la cultura filosófica de occidente, sino la propia esencia de la filosofía sus objetivos y sus compromisos históricos -con la Iglesia, por ejemplo-  que ha separado la noción de sabiduría  (banalizándola como refranero y sentido común) de la filosofía como saber unido a la forma de vivir. Jullien acude a los grandes maestros taoístas y budistas, evitando con habilidad enfangarnos en el etnocentrismo o ese exotismo barato de los libros de autoayuda y,  mucho menos, en un relativismo cultural sin valor alguno.. Con habilidad, Jullien no compara las dos tradiciones  filosóficas sino que busca elementos y perspectivas que engarcen entre ellas una apertura para los filósofos occidentales de muchas de la nociones filosóficas que han constituido una barrera imposible de derribar y obligando a los filósofos  a rodear el tema, cuando los grandes maestros orientales lo tenían resuelto simplemente porque no lo consideraban un problema (por ejemplo: el tiempo).

Es decir tratar aquellos temas, como el citado, a los que la filosofía occidental ha convertido en aporías, cuando en China están resueltos porque el contexto cultural ni siquiera los ha tenido en cuenta como tales. En China no hay conceptos ni modelos teóricos de pensamiento, sus ideas están formuladas intuitivamente y se ajustan a un modelo de vida, sin necesidad de esquematizarlas. El pensamiento clásico chino está concebido como el desarrollo de un proceso y de la interacción de los sujetos en tal proceso, ni concibe la Polis como objetivo que supera al individuo o la dicotomía de la libertad y la esclavitud. No hay debate político y tampoco es pertinente debatir sobre la conciencia y el individuo sometido a una interioridad donde le fustiga la culpa por unas faltas casi ontológicas (que en occidente constituyen la herencia griega y hebraica alimentando el contenido de la filosofía desde Platón). Es un proceso continuo en el pensamiento oriental que desde la idea de la transformación constante (uno de los libros capitales de la filosofía china es el I Ching o libro de los cambios) y de la acción o no-acción (wu wei) que se debe ajustar a una estrategia cuya lógica y coherencia el pensador ha de descubrir en cada ocasión. Y se resume en una actitud  de adaptación al cambio de las cosas como actitud básica del hombre sabio.

El Sabio es, pues, el paradigma del filósofo desde el punto de vista chino. Y es un estratega que sabe combinar la virtud con la eficacia, pues ha madurado un espíritu moral, que no sigue normas o principios ajenos a él (al contrario que el imperativo categórico de Kant) y actúa espontáneamente cuando llega el momento adecuado y las circunstancias son favorables, actualizando su fundamento moral, una forma de provecho que siempre está a favor de los otros, no de sí mismo El sabio capta la vida como un proceso que madura y sabe aprovechar las consecuencias más favorables. Ese proceso nos lleva al tiempo, en el que los sabios chinos no ver el proceso conjugativo del pasado, presente y  futuro, sino se plantea las cosas y su devenir en términos que tiene en cuenta la duración y no el acontecimiento. Y así el envejecimiento no es un necesario síntoma de degradación sino un elemento más del proceso de vivir, como la muerte no es una brutal ruptura sino una consecuencia más de vivir (aquí podemos ver una de las muchas analogías que hay entre los dos sistemas de pensamiento, los estoicos y los epicúreos tenían sobre la muerte una actitud semejante.)

Para argumentar y exponer los elementos de la filosofía china que podrían servir para madurar el pensamiento occidental en algunos términos, Jullien recurre a su erudito conocimiento de los clásicos chinos, Confucio, Mencio, Sun Zu y su "Arte de la guerra", Lao Zi o Chuang Tse y el citado I Ching.

En resumen un libro francamente sugerente y sugestivo que nos desvela ideas y cuestiones enfocadas desde un punto de vista integrador que no sólo interesará los estudiosos y amantes de la filosofía, sino al lector común que comenzará a descubrir que hay un tipo de filosofía y filósofos que ofrecen estrategias de gran ingenio para afrontar muchos de los problemas que nos causa la forma de vida que se impone en occidente. Y eso es así, aunque nos separen de ellos más de veinte siglos, porque bajo el barniz prepotente de la cultura y la tecnología occidentales, se esconde el mismo primate  sujeto a instintos y deseos que inventó la lanza, el arco, la agricultura, la rueda y la Polis (la ciudad) y las leyes para tratar de sobrevivir por encima y aprovechándose de los demás animales (incluidos sus congéneres).

DEL TIEMPO, ELEMENTOS DE UNA FILOSOFÍA DEL VIVIR.- François Jullien.-Trad. Miguel Lancho.- Arena Libros.- 184 págs. ISBN9788495897305

 

 

 

 

 

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8 enero 2019 2 08 /01 /enero /2019 12:28

Está ahí "dentro", detrás de todas las ideas, convicciones, conocimientos, recuerdos, continuamente recreándose, un juego de espejos donde el ego manipula sin cesar, en el que vivimos perpetuamente perdidos y engañados, protegidos por un muro de confortables "certezas". Detrás de todo eso, la hojarasca de la existencia, hay una instancia pura, intocable, fiel a su mismidad, que no interviene ante tu ceguera, tus errores, entusiasmos o deseos, que no juzga, no toma partido, pero al tiempo constituye el mayor apoyo, la máxima seguridad posibles: aunque para ello tienes que "sintonizar" con ella, tienes que dar con la "frecuencia" que emite.

Es el "noray" de tu existencia, el faro de tu inteligencia, es una "parte" de ti, tu yo metafísico, la parte eterna de una eternidad que vibra con ella, pero no te busca ni por supuesto te protege de nada, está ahí sólo si la descubres, en el silencio, la quietud de la mente y el desasimiento de la voluntad; te da la fortaleza y la sabiduría de la que procede y de la que forma parte. Es el nivel noble y eterno que ha quedado como prendido de tus neuronas y en cada fibra de tu cuerpo (renuente a cualquier medio técnico de localización) desde el momento de tu concepción y nacimiento, oculto más allá de tu mente. Podemos dar un nombre antropomórfico a esa entidad, el "testigo" o espiritual, el "alma" y no disponemos de medios tecnológicos para dar constancia empírica de él o demostrar su analogía profunda con algo que subyace a la conciencia y que de alguna forma ignota está "conectado", "vibra", gracias a una suerte de energía universal que engloba todo lo que existe. Bergson lo llamaba "elàn vital" -una fuerza o impulso hipotético- y algunos filósofos desde Epicuro a Wittgenstein, determinados científicos cuánticos, los místicos espirituales en oriente y occidente (al margen de cualquier religión) y muchos poetas creen en esa energía primordial, una creencia posible a través, entre otras posibilidades, de ese "conocimiento" interno que se conoce como "intuición". Investigar sobre la conciencia humana y esa maravilla universal que es el cerebro, ha llevado a muchos a un "encuentro" con ese inexplicable "algo" que se resiste a las definiciones y limitaciones del lenguaje, a la racionalidad del pensamiento y al empirismo científico. Y es que, como dice el dubitativo Hamlet a su amigo:  "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía".

Y por otra parte, si usas la mente para "descubrir" esa forma de energía ¿qué vas a encontrar sino otro producto de la mente?. Es una reflexión que hago a menudo. Aunque silencies la mente y sea tu organismo el que a través de la respiración, la quietud, la concentración, entrara en un estado alterado de conciencia e hiciera posible tal conexión, ¿no sería a través de los sentidos y la conciencia profunda como la interpretarías o "tomaras conciencia" de ella? Parece un camino sin salida...racional. En todo caso, recordemos al poeta Thomas Carlyle: "Es una pena que hayamos perdido la capacidad de oir a nuestra alma...en realidad, deberíamos ir de nuevo en su búsqueda o peores cosas nos ocurrirán".-alberto díaz rueda

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4 enero 2019 5 04 /01 /enero /2019 10:25

Parece ser que en este país desdichado seguimos tratando de hacer reformas en la educación primaria y secundaria. Mientras, la Universidad las ha sufrido en los últimos años de una forma "ajustada a las necesidades laborales" pervirtiendo de esa manera "pragmática" el auténtico objetivo de esa gloriosa institución académica que se va muriendo de utilitarismo, endogamia y auto satisfacción cada vez más onerosa para los alumnos (en todos los sentidos). Decía Kant que "el hombre no es otra cosa sino lo que la educación hace de él". Hace cuarenta años cuando yo frecuentaba las aulas universitarias (en tres Facultades, Derecho, Filosofía y Letras y Psicología) el fenómeno de la masificación universitaria estaba naciendo y los planes de estudios tenían casi los mismos defectos que habían adornado a la Universidad española desde el siglo XVIII y XIX. Después se produjeron varias "reformas" , a cual peor, que iba alimentando el círculo vicioso de alumnos desatendidos y con enseñanza y objetivos equivocados, alumnos que luego eran profesores y mantenían la mayoría de los defectos academicistas que tuvo la generación profesoral anterior.

Las actuales "reformas" en el ciclo de secundaria (esta vez en base a niveles de "competencia"), a las que he tenido cierto acceso a través de profesores de instituto, siguen la pauta de los últimos treinta años, apoyándose en "unas terminologías absolutamente pedantescas y vacías; y tras las que se esfuma, se disimula y se maltrata cualquier empeño pedagógico verdadero".  Y añado: "Lo que hay que esperar de un profesor es que en primer lugar forme en sus oyentes al hombre de entendimiento, después al de la razón y, por último, al sabio. Tal proceder tiene la ventaja de que si el alumno no llega al último peldaño, como suele ocurrir normalmente, ...se habrá convertido en alguien más experimentado e inteligente. Si (como suele suceder) se invierte el método, como si el alumno "pescase" una especie de razón, antes de que se le forme el entendimiento y arrastrase una ciencia prestada que está como pegada y no ha ido naciendo en él. De esta manera su capacidad intelectual se hace todavía mucho más estéril y, al mismo tiempo, por la alucinación de poseer sabiduría, se corrompe todavía más"...."En una palabra, no se debe enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar. Al alumno no hay que transportarle sino dirigirle, si es que tenemos la intención de que en el futuro sea capaz de caminar por sí mismo". El texto entrecomillado pertenece a Kant y fue publicado en  1765. (¡!)

Pero conozcamos un texto de principios del siglo XX que apuntaba un error que ahora ya se ha consolidado. Pertenece a un ensayo de Walter Benjamín: "Al orientar desde un principio a los estudiantes hacia fine profesionales, se deja, necesariamente, escapar, como algo estimulador, el poder inmediato de la creación (...) La misteriosa tiranía de la idea de profesión es la más profunda de estas falsificaciones. Lo que tiene de mas terrible es que todas ellas llegan al centro de la vida creadora, aniquinándola (...) Desde que la vida de los estudiantes está sometida a la idea de utilidad y de profesión, semejante idea excluye la ciencia, porque no se trata de consagrarse a un saber que aleja del camino de la seguridad burguesa". 

Las citas provienen del libro de Emilio Lledó "Sobre la educación" cuyo subtítulo reza: "La necesidad de la literatura y la vigencia de la Filosofía". Creo que es innecesario apuntar la sutileza de tales citas y la actualidad de problema que presenta.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 enero 2019 3 02 /01 /enero /2019 10:40

Hay quien sostiene que Francis Bacon, primer barón Verulam, primer vizconde de Saint Albans y canciller de Inglaterra ( 22 de enero de 1561- 9 de abril de 1626), fue el auténtico autor de las obras de Shakespeare. Yo no entro en esas hipótesis y suposiciones. Prefiero verlo como el verdadero profeta de la Ilustración, el sueño de la razón que se frustró en el siglo XVIII , un gran filósofo, político, abogado y escritor. Su pensamiento dio unos frutos imperecederos, como el empirismo filosófico y científico, una soberbia capacidad estructuralista que reorganizó el método de estudio científico apostando por el método inductivo y unas precisas bases de inferencia a partir de observaciones y experimentaciones (que son la génesis del actual método científico junto a las aportaciones de otros grandes de la época como  Copérnico, Kepler y Galileo Galilei).

Lo traigo a colación por unas frases suyas que acabo de leer,  cuya valoración y paradójico reflejo en el actual momento dejo a la consideración del lector. Bacon sometió todas las ramas del saber humano aceptadas en su tiempo a revisión, clasificándolas de acuerdo con la facultad de la mente (memoria, razón o imaginación) a la que pertenecían. Para él "la comprensión humana no es algo dado por sí, sino que recibe una infusión de la voluntad y de los afectos y se transmite mejor conservando la viveza de las emociones" (hipótesis que hasta finales del siglo XX no había aceptado la ciencia contemporánea). Pero donde más me ha sorprendido (recuerden que hablamos del siglo XVII) es cuando analiza el proceso mental del razonamiento y pone en guardia contra "los ídolos de la mente, las falacias, en las que los pensadores indisciplinados caen con más facilidad, ya que distorsionan la naturaleza humana; los "ídolos de la tribu" que suponen más orden del que existe en la naturaleza caótica; los "ídolos de la cueva encarceladora", es decir las idiosincrasias de las creencias y pasiones particulares; los "ídolos del mercado", el poder de las simples palabras para inducir la creencia en cosas inexistentes y los "ídolos del teatro", la adopción incondicional de los credos filosóficos y de las demostraciones engañosas. "Apartaos de tales ídolos, observad el mundo en vuestro derredor como es realmente y reflexionad sobre la mejor manera de transmitir la realidad tal como la experimentáis en cada fibra de vuestro ser".-alberto díaz rueda

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30 diciembre 2018 7 30 /12 /diciembre /2018 10:44

Una de las falacias pseudocientíficas que veo más repetidas en muchos ámbitos es el del supuesto uso máximo potencial del cerebro humano. Se habla de que sólo usamos, en el mejor de los casos, hasta algo más del 10% de la presumible capacidad operativa del cerebro. Cualquier neurólogo os dirá que bastaría enchufar vuestra cabeza a un escáner cerebral para comprobar cómo una actividad compleja que requiera dos o más sentidos, por ejemplo mantener una conversación con dos o más personas mientras consultáis libros o pantallas, o sea una interacción plural, enciende la imagen de vuestro cerebro como si fuera un árbol de navidad y si además, en lugar de en un despacho, vais caminando por la montaña, es decir una actividad motora, son escasas las zonas cerebrales que se mantienen "apagadas", aumentando mucho más si estáis inmersos en una tarea creativa o de aprendizaje.

En esto, como en otras cosas más banales, del quid está no tanto en la cantidad de espacio cerebral que se emplea sino en la cualidad de su uso. No es lo mismo ver una película en la tele que estudiar la resolución de problemas lógicos que nos plantea Lewis Carroll. La maleabilidad o plasticidad del cerebro es uno de las descubrimientos científicos más interesantes del siglo XX (cuando yo  estudiaba psicología en los 70, se decía que las neuronas cerebrales eran irremplazables y su muerte progresiva irremediable). Y el hecho comprobado, ya en este siglo, de que el ejercicio físico frecuente produce un enriquecimiento celular que afecta al hipocampo, una estructura cerebral responsable de la memoria  y por tanto del aprendizaje,   además de generar neurotransmisores como la dopamina y la serotonina que tienen mucho que ver con nuestras emociones y con su gestión, nos lleva a una curiosa conclusión: la clásica fórmula latina "mens sana in corpore sano" es más que un tópico para uso de escuelas y gimnasios. Era una intuición genial de un hecho científico que atañe a nuestro cerebro. Otra cosa es calibrar en qué consiste una mente sana y de qué sutiles maneras se interrelacionan el cerebro y el cuerpo. Pero eso merece otro espacio.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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28 diciembre 2018 5 28 /12 /diciembre /2018 09:20

Pertenezco a una generación universitaria de estudios filosóficos en la que se nos enseñó --en la asignatura dedicada a la filosofía griega antigua y la helenística --a respetar el estoicismo y un poco menos al escepticismo o el cinismo y en último lugar, a desdeñar el epicureísmo, la escuela que señalaba al placer como el objetivo del conocimiento de la "vida buena". Seguíamos impertérritos una injusta manipulación proveniente del estoicismo romano, la Patrística, el tomismo y la influencia de la Iglesia católica en la Universidad franquista. El Jardín de Epicuro era la imagen de la depravación y lo licencioso, no en vano el mismo Horacio hablaba de la "piara" de "cerdos" que, como él mismo, seguían las enseñanzas de Epicuro en pleno libertinaje grosero. Ni siquiera nos habíamos enterado que desde el siglo XV, en que un humanista italiano había encontrado el único ejemplar que quedaba del libro de Lucrecio ( poeta romano muerto un siglo antes de Cristo,)"De rerum natura", la cosas habían cambiado. En él se encontraba la auténtica enseñanza de Epicuro que nada tenía que ver con la grosera imagen que el estoicismo y la Iglesia más tarde difundieron sobre Epicuro. Los filósofos y escritores del Renacimiento   desde Giordano Bruno a Montaigne, mostraron su admiración por el mensaje epicúreo, limpiando el nombre de su creador.

Pero en España el nacional catolicismo decidió no enterarse demasiado de lo que en el resto de Europa ya se respetaba. Con el apoyo del Opus se ignoró esa escuela helenística, apoyando más al estoicismo, cuyo criterio de disciplina corporal, esperanza en otra vida y desprecio (hipócrita) de los placeres, estaban más en consonancia con las enseñanzas religiosas. Aunque, como nos dice Lledó, Epicuro "no polemiza tanto contra el estoicismo cuanto contra Platón, a través de las obras juveniles de Aristóteles...o contra el escéptico  Pirrón".

Conseguir la felicidad durante la vida, nos despreciar al cuerpo sino mas bien cuidarlo, fortalecerlo, manteniéndose apartado de los excesos, nutrir de amor y amistad la existencia cotidiana, aplicando el altruísmo y el desinterés propio como norma de fraternidad: una visión materialista, justa y honesta del mundo que no tiene dioses, ni infiernos o paraísos, constituían un mensaje demoledor  y se comprende que se le considerara revolucionario y peligroso.
Como escribe Emilio Lledó en la nota previa a su libro: "El epicureísmo nos puso en camino de superar, desde una revolucionaria idea de la existencia, la doble moral, la doble o múltiple verdad, bajo la luz que se levantaba desde el reconocimiento real del cuerpo, de su libertad y de su forzosa y solidaria instalación en el mundo...alumbró la democratización del cuerpo humano, el apego a la vida y a la pobre y desamparada carne de los hombres".Lledó (Sevilla, 1927) publicó en 1984 este libro sobre el epicureísmo , donde ya se traslucen las líneas principales del pensamiento de este autor: la felicidad como objetivo y misterio, la búsqueda necesaria e iluminadora del conocimiento, los senderos creativos que marca la amistad, la honestidad como motor ético, y el respeto al cuerpo en sí mismo y en el surco del tiempo.
Para Lledó “La lectura de Epicuro sigue siendo un saludable estímulo para la defensa de la vida, del gozo, de la serenidad y de la solidaridad”.
Pero ¿cómo ha de hacerse esa lectura? Desde el mismo lenguaje que la limita y la condiciona. Y así analizando las palabras y los conceptos buscamos el sentido. La palabra "eudaimonia" tan utilizada por Epicuro , no sólo de debe traducir como "felicidad" sino que encierra unos significados que se relacionan de forma dinámica con los actos "buenos y correctos"que nos acercan al destino adecuado y también a la vida como plenitud, sin que en ello intervenga ninguna fuerza divina. A los dioses hay que respetarlos, dice Epicuro, pero nunca les interesan los hombres y sus problemas. Son un símbolo de algo pleno y perfecto que existe de espaldas al mundo humano. Todo lo humano es responsabilidad de los humanos. La bondad y la miseria, la violencia y la amistad desinteresada. La eudaimonia es alcanzar alguna vez , alguno de los elementos buenos y correctos de la existencia y evitar los malos e incorrectos. Para Lledó, Epicuro representa en la filosofía clásica el paso del mito al Logos, de la mitología a la filosofía desnuda de dioses, supersticiones que disfrazan los fenómenos naturales y poderes ocultos en forma de Destino o Fortuna. "Expresión de un progresivo desarrollo del pensamiento racional que estuvo presente en la filosofía griega desde los presocráticos, encuentra en Epicuro una contundente confirmación".
Quizá en lo que estoicismo está más cerca de los epicúreos es en la consideración de la muerte, nos dice Lledó, y muchas frases de Epicuro podrían estar firmadas por Séneca o Marco Aurelio: “Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es privación de sentir”.
Por tanto mientras vives, todo es cuerpo y desde él, se debe estructurar el pensamiento y la vida. Una inteligencia que intente explicar lo real sin tener en cuenta los sentidos, pues, es incompleta e insuficiente. "Y habría que negar toda filosofía que apoye el ocultamiento y olvido de la radical estructura del ser humano".
En este libro interesante y clarificador he destacado una frase en la que al hablar de la lucha por la felicidad (tan esencial en la naturaleza humana), se dice en reflexión de Lledó: "La felicidad emerge de un permanente estado de vigilia en el que, a distintos niveles de conciencia, se plantea la necesidad de una correspondencia entre la posibilidad y la realidad, entre la armonía del cuerpo y el espacio histórico concreto donde este se desarrolla y alienta".
 
FICHA
EL EPICUREÍSMO.- Una sabiduría del cuerpo, del gozo y de la amistad.- Emilio Lledó. -156 págs. Círculo de Lectores. ISBN 9788422680178


 

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26 diciembre 2018 3 26 /12 /diciembre /2018 08:58

"¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor".

El razonamiento que antecede es obra de la novelista británica Iris Murdoch. Pertenece a su primera novela "Bajo la red", publicada en 1954. Se trata de una afortunada mezcla de varios venerables conceptos filosóficos y psicológicos que la autora ha tenido el ingenio de unir para definir una situación humana en su novela. La traigo a colación pues encaja en algunas reflexiones que estoy haciendo en torno al conocimiento del "otro", cuando ese "otro" es tu pareja, tu marido o tu mujer y llevas tiempo, a veces mucho, décadas, conviviendo y compartiendo las vicisitudes habituales que la vida va enviándonos, ya sea de un color o de otro, deseables o dolorosas, benéficas o desequilibradoras. He comprobado, a través de años de experiencia propia y de práctica clínica, la veracidad del aserto o enunciado básico : la imposibilidad de conocer -verdaderamente- a otro ser humano, a pesar de compartir la vida y las experiencias propias de existir. No debería sorprendernos ya que, como sabemos bien en el ámbito de la filosofía , la psicología (y la más lejana y menos asequible, sabiduría) son pocos los que se conocen a sí mismos, teóricamente un objetivo más "fácil" que el de conocer a  un otro. Y sin embargo hay "algo" que se evade de la esfera del conocimiento, ocurre en algunas personas y en ciertas ocasiones:  una especie de intuición que tiene más que ver con los sentimientos y las emociones que con el saber empírico. Es lo que la Murdoch oculta tras la frase "una de las máscaras del amor". Sabemos que hay en esa persona a la que amamos una compatibilidad esencial, una respuesta segura y reconfortante cuando todo alrededor se desmorona. Puede ser un amigo, un familiar muy cerca e íntimo, a veces, en ocasiones excepcionales, un desconocido. ¿De dónde proviene ese "conocimiento"? ¿Cómo se mide, identifica, delimita, define, experimenta, estructura? Los estudiosos pueden buscar una respuesta  que fije cierta certeza científica, pero suelen dar sólo con acercamientos, evocaciones y una indefinible perplejidad. Desde Spinoza, Descartes, Montaigne o Wittgenstein, el resultado es muy semejante. El silencio o el misterio acientífico que pertenece a las "razones del corazón". 

En el ámbito del desamor, del rechazo, del envilecimiento, de los temores propios o ajenos, ocurre exactamente lo mismo. Sólo cambia la polaridad de ese "algo" que vuelve desconocido y aterradoramente sorprendente a un sujeto al que creíamos "conocer" de forma profunda.

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25 diciembre 2018 2 25 /12 /diciembre /2018 10:55

Claudio Magris dedica un pequeño ensayo a una gran cuestión social, política, personal, filosófica e histórica: el secreto. Decía Voltaire que "el que revela el secreto de otros pasa por traidor y el que revela el secreto propio, pasa por imbécil." Pero eso no obsta para que el secreto esté rodeado de un extraño poder de fascinación: basta leer la palabra y ya tenemos nuestra atención dirigida y cautivada (y manipulada, seguramente). Hay una mórbida sugestión por los secretos (sobre todo los de los demás) y una ambivalente sensación, entre el rechazo y el temor, por los nuestros (junto a un difícil de explicar deseo por compartirlo como forma de lograr la valoración del otro). Freud lo convirtió en el buque insignia del psicoanálisis y Magris  ha sacado el concepto a la plaza pública virtual del siglo XXI como lo que es: una bomba con la mecha encendida en una Red de redes que parece alimentarse con ellos y que han provocado, provocan y provocarán dramas y tragedias que encantarían a Shakespeare o a Platón, pero que aterrorizan a cualquier  hijo de vecino de este siglo tecnológico que se nos ha ido de las manos.

Desde los "fake news", a las mentiras o los niveles de conspiraciones con fines políticos o económicos o simplemente delictivos comunes, los rumores, la maledicencias van sembrando una sombría y ambivalente nube tóxica que halaga los instintos más bajos de la audiencia global, creando una subespecie pérfida y patológica que se alimenta a sí misma y a la que la mayoría contribuye a aumentar. La antigua exigencia profesional de la constatación y el contraste de las fuentes de la noticia ha pasado al olvido. El filósofo Francis Bacon en el siglo XVII, lo dijo con claridad de proverbio: "difama que algo queda", la chafardería contagiosa va haciendo de la verdad un animal exótico sembrando de víctimas su recorrido y su existencia corta pero ponzoñosa (corta en las noticias del día pero no en el archivo social de las reputaciones: que le pregunten al pobre Morgan  Freeman, un actor de lo más serio y probo de Hollywood, objeto de un fraude periodístico creado por una irresponsable que se cree periodista). Nunca en toda la historia humana ha habido tantos medios y posibilidades de desvelar secretos, inventar noticias y atacar o destruir reputaciones.

No hay una intención ensayística profunda en este conjunto de reflexiones en torno al secreto. Magris picotea  en la cuestión y va dejando elementos para que el lector reflexione por sí mismo. No se trata de una hermenéutica del secreto sino más bien una fenomenología apoyada en ejemplos y autores varios (Marías, Chesterton, Singer), dada su proximidad con la literatura y el cine o, como en el caso del secreto de confesión, el autor saca a colación la eficacia de algunos blindajes o custodias eficaces.

Una cita de Chesterton sirve a Magris para preguntarse sobre la necesidad de desvelar algún tipo de secretos, por su falta de importancia o, en el polo opuesto, por los efectos dañinos innecesarios que podrían suponer su revelación. Como en "La Gaviota" de Chejov, también se platea la problemática de los secretos entre las parejas y la absurda necesidad de revelarlos que suponen más daño que lo que el propio secreto ocultaba. Y se pregunta al respecto sin la transparencia total es conveniente o si hay pequeñas zonas propias en las que conviene mantener la opacidad. Y de ahí carga contra “…el sofisticado crecimiento tecnológico de los medios de comunicación (que) permite violaciones de la elemental vida privada cada vez más inquietantes, en una espiral de comunicación global que se convierte en expropiación de la persona, voyerismo disfrazado de ciencia, de investigación social, de denuncia política, de chismorreo pseudocultural”.

Y más adelante añade: "Cada vez es más difícil conciliar la defensa de la persona con las crecientes intromisiones abusivas y la exposición a la luz pública de toda intimidad, similar a la picota de otros tiempos, con la lucha por desenmascarar los secretos, es decir los engaños y los crímenes que envenenan más y más la sociedad, el Estado, la vida de la comunidad. Hay una intimidad que debería ser inviolable, más aún en la época del nudismo psicológico y del registro universal de masas".

FICHA

EL SECRETO Y NO.- Claudio Magris.- Trad. Pilar González. 50 págs. Cuadernos Anagrama.ISBN 9788433916129

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22 diciembre 2018 6 22 /12 /diciembre /2018 09:58

La palabra estrés procede del latín "stringo", apretar, comprimir, estrechar, contraer, mermar, conmover el ánimo. Es la enfermedad de nuestro tiempo, como la neurosis fue la del siglo XX, según Freud. El estrés en una forma de neurosis en realidad. Es cuando el "tener" somete al individuo a todas sus exigencias para llevarle a la "felicidad". En realidad le lleva a la frustración, al desánimo y a arrastrar una cadena pesadísima (recuerden la del fantasma del señor Marley, en el Cuento de Navidad de Dickens) formada por la necesidad insaciable de dinero, propiedades, cosas, personas, poder. Ya que el tener. como es bien sabido, es aquello en lo que se pierde el ser. 

Los maestros del pensar greco-latinos, los filósofos que proponen "la vida buena" (tan alejada de la "buena vida") los venerables pensadores taoístas o zen, vienen a coincidir más o menos en una "fórmula" muy sugestiva, proponen una manera de ser, un estilo de vida, un comportamiento que suena a utópico e irrealizable en nuestra afanosa cultura de la técnica envolvente y el consumo histérico, el "otium"escaso y mal considerado y la filosofía convertida en pragmatismo atado a la cuenta de resultados. La sugerencia está recomendada para el sujeto estresado por una existencia configurada como fuente de problemas y necesidades insaciables. Haciendo uso del sincretismo entre los maestros citados, cito a un pensador chino del siglo III a.C. Lo resumía así:

"Debemos ser como un espejo/que acoge pero no retiene/refleja todo lo que pasa/y lo deja pasar sin apegarse./Ni rechaza ni guarda para sí;/todo aparece y desaparece/sin que él fije nada./Su facultad se ejerce indefinidamente/pero nunca sale dañado."

¿Difícil de entender? No tanto. Piense en alguno de sus más persistentes problemas. La "falta de tiempo", por ejemplo. La amistad o el amor. La familia o el sexo compulsivo. Hay donde elegir.

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19 diciembre 2018 3 19 /12 /diciembre /2018 10:13

En un libro de entrevistas a Picasso publicado en Francia en 1998 se hablaba del arte, de su arte naturalmente, y de sus características como creador. En un momento dado, comentó: "Cada ser posee la misma  cantidad de energía. La persona promedio malgasta la que tiene de mil maneras. Yo canalizo mis fuerzas en una sola dirección: la pintura y por ella sacrifico el resto, a usted y a todos, incluso a mí". Aunque podamos objetar algunas cosas sobre ese comentario, lo cierto es que muestra un determinación absoluta que sin duda es el origen o la semilla de la dinámica, incansable, creatividad del genial malagueño. Picasso, comentaba Marie-Laure Bernadac, una de las entrevistadoras, podía trabajar tres o cuatro horas seguidas sin hacer ningún gesto suprefluo. A la pregunta de si eso no le producía cansancio o rigidez, respondió: "No. Cuando trabajo, dejo mi cuerpo en la puerta, como los musulmanes dejan el calzado antes de entrar en la mezquita. En ese estado el cuerpo existe de manera vegetativa...por ello, los pintores en general, vivimos tanto tiempo". Picasso confirmaba a su manera y seguramente sin tener mucha información sobre el taoísmo, lo que los maestros chinos, en concreto Zuangzi, llaman la "vía del no desgaste". Y pone como ejemplo al bailarín que hace su danza perfecta precisamente porque todos sus gestos se imponen a él con la exactitud fluyente de lo natural: el bailarín -o Picasso- se hace completamente permeable a su arte, sin que pueda discernir separación o escisión entre el cuerpo y el espíritu o la energía que lo domina con la lógica pura de su realización espontánea. Al olvidar las reglas, el procedimiento, el tiempo, el lugar o su circunstancia, el artista cumple en sí mismo su misión y crea la obra de arte. ¿Podríamos aspirar a vivir nuestra existencia cotidiana con un enfoque semejante? Es decir preservar nuestra vitalidad interior para aquello que consideremos esencial evitando "toda persecución de un objetivo y búsqueda de una finalidad", simplemente viviendo lo que acontece tal como ocurre y, como dirían los estoicos, aceptando que las cosas ocurran tal como ocurren, sin interferir y mucho menos oponernos.

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