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4 octubre 2018 4 04 /10 /octubre /2018 11:03

Lo primero que me atrajo de este libro es la aparente disparidad entre los pensamientos y la figuras humanas y filosóficas de esos dos hombres. coetáneos pero tan radicalmente diferentes: era como comparar a un Sócrates o un Pitágoras con un Montaigne  o un Heidegger. Con concepciones y tradiciones filosóficas en polos opuestos, Ortega y Wittgenstein han dado ocasión desde el 2010 a una serie de eventos académicos que ha buceado en sus respectivas obras para encontrar inesperadas resonancias intelectuales (insisto: no hay constancia de que ninguno de ellos conociera la obra del otro) en cuestiones tales como los conceptos de creencia, la autenticidad, la estructura del yo o la controvertida praxis del quehacer del filósofo en la vida, de la utilidad empírica de su labor. Era como hermanar a Epicuro con Saussure. A pesar de que supuse que el libro, editado por una editorial tan poco sospechosa como Tecnos, era una de esas entelequias endogámicas universitarias, lo he leído con atención y con creciente interés. Y lo  recomiendo sin reservas a cualquier interesado en algunos de los dos pensadores por separado o especialmente si existiera un erudito curioso que  lo esté en ambos.

Los coordinadores del libro  (que integran nueve capítulos de distintos autores, incluidos ellos mismos) son dos profesores universitarios, Jaime de Salas de la Complutense madrileña y José María Ariso, de la Universidad de La Rioja, ambos con un nutrido historial académico de investigaciones y publicaciones sobre Ortega, Leibniz, Hume,  Bergson y Habermas, el primero, y libros de filosofía psicológica, teoría del conocimiento y filosofía contemporánea, el segundo.

La presencia de Ortega queda justificada en la recuperación académica que se viene produciendo en los últimos diez años de su legado filosófico y de la originalidad y calado  de su pensamiento. La de Wittgenstein por se una contrafigura filosófica que opone al modelo de Ortega empeñado en salvar su circunstancia al del vienés tratando de superar sus propios errores a través de delimitar el significado del lenguaje y llegando a analizar las creencias como condiciones reguladoras de la vida, punto en el que Ortega articula parte de su pensamiento, apuntándose algunas coincidencias entre la creencia orteguiana y la certeza de Wittgenstein.

 Como se apunta en el prólogo, también se apuntan diferencias notables entre las actitudes de los dos pensadores y sus diferentes articulaciones teóricas: "mientras el pensamiento de Ortega ...afronta una coyuntura histórica concreta (la española), la actividad filosófica de W. se concreta en un esfuerzo por entender el sentido del quehacer humano tal y como lo transmite el lenguaje sin pretender hacer diagnóstico alguno del momento histórico en el que vive".

Ariso en concreto, en su aportación, copara el "imperativo de autenticiad" en la propia postura que ambos autores estudiados esbozan, desde "llevar una vida irreprochable desde un unto de vista moral" en W. hasta el planteamiento  de Ortega de su autenticidad como elemento ya supuesto y que articula como punto de partida para indagar en la realidad. Esa disparidad queda reflejada  en el articulo de Sanfélix que estudia los dos conceptos de la Filosofía "como forma de vida" en los dos autores, desde la concepción casi mística de W. como invitación a una "retirada del mundo" y al "silencio" hasta la fórmula platónica y estoica de que la Filosofía "en última instancia" debe servir para integrarse en y reformar el mundo".

No es objetivo de este trabajo analizar cada una de las excelentes aportaciones de especialistas como los dos coordinadores citados, ni las del resto: Vicente Sanfélix, Mariano Rodriguez (que compara la "creencia en el yo" de los dos autores), Mª del Carmen Paredes que habla de la creencia y forma de vida en los analizados, Rui Bertrand o Karsten  Schoellner que esbozan posibles aplicaciones actuales de determinados pensamientos de Ortega y W., Antoni Defez que presenta con gran originalidad el "problema de los animales desde un punto de vista ontológico en ambos y, para terminar el tema de las perspectivas etnológicas y antropológicas en Ortega y W. según Astrid Wagner y Ángeles  J.Perona.

FICHA

ORTEGA Y WITTGENSTEIN. eNSAYOS DE fILOSOFÍA  PRÁCTICA.- Jaime DE Salas y José Mª Ariso, coordinadores. Ed. Tecnos.-343 págs. ISBN 9788430971909

 

 

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3 octubre 2018 3 03 /10 /octubre /2018 18:45

Gabriel Marcel (y antes que él creo que Platón) decía que hay que distinguir entre el SER y el TENER. Para él, el ser era la persona y el tener es todo lo que no es la persona, pero también aquello en lo que persona corre el riesgo de perderse. La clase de sociedad que estamos desarrollando no parece tener muy clara esa distinción esencial. Primamos el tener desde las células básicas del desarrollo del ser humano, la familia, la enseñanza y la sociedad. En consecuencia hay un progresivo empobrecimiento de todo aquello que nos hace humanos, desde el sistema de valores hasta las expectativas de futuro que creemos desear o la disparidad vergonzante entre las diferentes "clases" de seres humanos. Reflexionemos.

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2 octubre 2018 2 02 /10 /octubre /2018 18:30

Para los venerables griegos de la antigüedad, aquellos que formaron el ADN de nuestra cultura, "logos" tenía el significado de "palabra", pero también de definición, de razón, explicación, o aserto, máxima o sentencia, en general todo aquello que se comunica a través de la palabra. La forma "logoi", designaba la palabra "que cura", los argumentos racionales que convencen, las proposiciones que nos animan y convencen Tras una vida inspirada por la literatura, la psicología, el psicoanálisis y la filosofía, por el logos en sus acepciones más variadas, he llegado a un punto  en el que todo aquello que estudié, leí, medité y viví  durante los últimos sesenta años, parece haberse decantado en un estilo de vida, una "enstasis" como dirían los epicúreos, una manera de percibir  ese todo que me rodea y del que formo parte, que parece acercarse en cierta forma  a una "eudaimonia" (bienestar) que es el signo de lo que la filosofía clásica ha buscado como objetivo primordial: la vida buena, una suerte de lucidez, que es más un regalo que un logro. ¿Pero eso es sólo  para mí, para mi uso y satisfacción personal., para mis familiares y escasos amigos interesados? No estoy atraído en escribir libros, en conferencias o artículos . Así que lanzaré las semillas de mis reflexiones a los cuatro vientos de la Red de redes. Si a algún pececillo le atrae y la digiere, ya me siento feliz. Lo demás y perdonen la expresión, me importa un bledo. Hasta la próxima.

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28 septiembre 2018 5 28 /09 /septiembre /2018 17:33

Magnífico y esclarecedor libro de François Julien, filósofo y sinólogo francés de consolidado prestigio entre los especialistas en la cultura tradicional china, que presenta un revolucionario trabajo sobre las diferencias entre la filosofía y la sabiduría.

En el libro de  Renée Weber,"Diálogos con científicos y sabios" (La liebre de marzo) hallé una frase que podría compendiar el sentido definitivo del magnifico libro de Jullien. Dice así: "La filosofía...en su origen...buscaba la estructura profunda de las cosas...objeto que en los últimos siglos se ha convertido en estudio de la ciencia. La física, más próxima a la naturaleza, da la sensación de tratar con la estructura profunda de ésta, aunque años después descubrí que lo que  más se aproximaba a ella era el misticismo (la sabiduría esencial), por ser más abstracto y a la vez más interior que la ciencia y obsesionarse mas con la simplicidad y la unidad". Mas tarde cita una frase del físico Nobel Max Plank: " La ciencia no puede resolver el misterio final de la Naturaleza porque, en el último análisis, somos parte de la Naturaleza y por lo tanto parte del misterio que tratamos de descubrir".

Jullien, apoyándose en su extenso y profundo conocimiento de la sabiduría (que no filosofía) china nos da en su libro la clave que apunta las citas anteriores: no hay misterios que descubrir, hay que vivir gozosamente en el misterio, formando parte de él, porque no nos compete ni siquiera saber si tratamos con un misterio o con un caos natural y perfecto cuyo orden oculto no nos es dado conocer ni comprender. Por eso el sabio no tiene ideas, no tiene nada que decir de las cosas "ya que decir obstaculiza su proceso regulado (¿les suena a Wittgenstein?) y hay que desconfiar de las ideas porque no solo distancian sino que además, al fijar y codificar el pensamiento, lo vuelven definitivamente parcial y privan a la mente de su disponibilidad creativa...y la alejan del fondo de inmanencia que subyace en todo lo existente". Como decía Wittgenstein, "la idea ya está agotada, ya no vale par nada...es como el papel de plata, que ya no puede alisarse una vez que ha sido arrugado". Evidentemente estamos hablando de sabiduría, no de ciencia o de filosofía. Es decir de algo poco práctico o útil, que no se enseña en la Universidad y que está social y culturalmente devaluado en estos tiempos de voraz tecnología ingobernable. Solo se trata de algo que  nos enseña a vivir como seres humanos. Algo pues poco importante que consideramos caduco como frías cenizas del pasado  mas remoto.

Porque la sabiduría consiste  en no privilegiar ninguna idea sobre otra sino en mantenerlas a todas en el mismo plano, todas accesibles, sin que ninguna de ellas, al anteponerse, tape otra o le haga sombra; en definitiva, sin que ninguna quede sobre las demás, no estar en posesión de ninguna, ni prisionero de ella.

Y es  que cuando un de ellas nos posee en exclusiva todo lo pensable retrocede y ella nos envuelve en un círculo arbitrario que aprisiona  nuestra  libertad  creativa que excluye todo contacto con la riqueza de lo posible. .El punto de vista del sabio concierne a la totalidad. En este punto el amigo Jullien ya ha marcado las diferencias esenciales entre la filosofía, su ambición teórica, empírica y científica, su vocación sistemática, su  sueño estructural y la sobriedad y simplicidad estoica de la sabiduría, una actitud, una actividad "sub especie aeternitatis".
No interesa aquí entrar en esa brillante separación entre los métodos y objetivos de la filosofía, suficientemente reflejados en la misma  historia de la filosofía, ni debemos suponer que Jullien menosprecie en absoluto ese soberbio despliegue de esfuerzos, brillantez y genialidad, sencillamente se nos  pone en evidencia la diferencia, el amplio foso que las separa. No ha lugar el  debate o la discusión sobre prioridades o diferencia. Ambas cumplen objetivos distintos, aunque al principio parecían ser los mismos (filo-amigo,amante; sophia, sabiduría).
La sabiduría es ahistórica, ancestral y arcaica, nutre todas las tradiciones culturales del planeta, se mantiene un modesto rincón popular, detrás de proverbios y consejas del pensamiento, su sola mención despierta cierto sarcasmo valorativo, está al margen de cualquier uso, utilitarismo o academicismo y parece habitar los polvorientos rincones de bibliotecas poco visitadas y los gabinetes de estudio de unos pocos  eruditos u orientalistas que hacen un trabajo callado y sin relieve alguno en una sociedad que prima la formación técnica y el progreso tecnológico sobre la educación humanística y los valores y principios de la ética.

Como escribe Jullien, "mejor que buscar la verdad, es encontrar la congruencia...el sabio ve por dónde aparece la congruencia, su visión es armónica, en lugar de ver de manera fija, aferrándose a su punto de vista, su posición gira para responder eficazmente a cada situación y en ello encuentra la conformidad y la armonía con lo que es". Y añade: "la sabiduría consiste no en juzgar sino en comprender" (pág. 158).

¿Discutible?¿Revolucionario? ¿Provocador? ¿Difícil de entender bajo los criterios analíticos y pragmáticos de la actual forma de pensar? Sin duda. Sólo les he proporcionado una cata. El melón sigue entero, gustoso y provocador.

(Hay más en diariodemimochila.over-blog.es)

FICHA

UN SABIO NO TIENE IDEAS.- fRaNCOIS jULLIEN. Ed.Siruela.-Trad. A.Helene Suárez. 252 págs

 

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12 septiembre 2018 3 12 /09 /septiembre /2018 07:56

He aquí un libro inclasificable que ni siquiera había sido concebido como libro sino como un epílogo surrealista, irreverente, iconoclasta y de una pasmosa erudición a una edición italiana de cuentos escogidos del escritor francés decimonónico Guy de Maupassant. Acantilado lo pueblica como un librito de 105 páginas de las que 22  (compuestas en un tamaño de letra bastante inferior) están dedicadas a las notas que el texto inspira al autor y son éstas tan enjundiosas, críticas y divertidas que lo más recomendable es leerlo simultáneamente sin perderse ni una sola nota.

Téngase en cuenta que esta supuesta semblanza biográfica de G. de M. está escrita siguiendo un procedimiento literario (por propia confesión, nota 49) "antimiguelangelesco por excelencia , que trata de rodear a cada objeto del ambiente más rico, más completo, más inesperado. Se trata de dar a conocer la cosa lo mejor posible por medio de otras cosas y de cosas distinttas, de iluminarla con la luz más intensa, de penetrarla más hondamente. La andadura literaria es para nosotros como caminar sobre la cuerda floja. Estas referencias, estas equivalencias, estas analogías que vamos poniendo a derecha e icnquierda de nuestro camino, tienen por finalidad mantenernos en equilibrio". ¿Equilibrio? Más bien un ejercicio funambulesco, lleno de ironía, sarcasmo, juegos literarios, referencias cruzadas eruditas,  autoreferencias, juegos de espejos, información burlesca junto a datos auténticos, suposiciones maliciosas, innecesarios y falsos paralelismos...

Todo menos una biografía al uso, que Andrea de Chirico (que murió en Roma en 1952) y se hizo llamar Alberto Savinio, compara con trabajos de "estilo sepulcral, es decir, en ese estilo eufemístico y sistemáticamente laudatorio con el que se redactan las inscripciones de las tumbas... en las que todo los hombres son virtuosos, todas las mujeres fieles y las criaturas muertas a temprana edad angelitos que el Señor, con su bien conocido egoísmo, ha llamado prematuramente a su seno. Los vicios, pecados y bajezas son excluidos sin distinción del estilo sepulcral y la vida de este mundo aparece limpia y rosada como un pequeño paraíso de coral" (pág. 14).

Savinio escribió este breve y vitriólico texto en 1934 (ya "tempranamente" en 1983 hubo una primera traducción al español por Gabriela Sánchez Ferlosio) llamando la atención por su tono golosamente irreverente y en la misma medida ingenioso y lleno de humor jocoso no demasiado cruel. Nuestro hombre suele irse "por los cerros de Úbeda" con una prosa libre y juguetona que vagabundea por los más diversos temas eso sí de una manera culta y con una erudición sobresaliente, burlona y acomodaticia (como cuando nos asegura que los nombres y apellidos de las personas son condicionantes poderosos sobre su existencia, como heraldos de un destino ya marcado). Su hipótesis sobre el gusto literario y artístico de Maupassant es de una ferocidad ostentosa, así como el relato de la esquizofrenia paranoica del escritor que le llevó prematuramente a la tumba (de ahí viene la mención al "otro"). Aunque ese "otro" se nos presenta  desde el principio de una forma surrealista , juguetona y caprichosamente, como la de un supuesto Nivasio Dolcemar, al que dedica páginas eruditas para, mediado el ensayo olvidarse de sus insinuaciones sobre el "doble" de Maupassant encarnado en Dolcemar, junto a Nietzsche, Heráclito de Éfeso, Platón, Luciano de Samosata, Voltaire y Stendhal, `para pasar a contarnos la deriva psicológica autolesiva y esquizoide de un Maupassant seguramente destruido por la sífilis.

Un libro difícilmente olvidable que te atrapa engre la sorpresa y el rechazo.

FICHA

MAUPASSANT Y EL "OTRO".-Alberto Savinio.-Trad. José Ramón Monreal.- Acantilado.105 págs.-ISBN 9788417346126

 

 

 

 

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8 septiembre 2018 6 08 /09 /septiembre /2018 08:02

La revista CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA en su número de julio/agosto de 2018 dedica su tema monográfico a una candente cuestión cultural: ¿Puede pasar de moda la lectura?, con artículos de Carlos García Gual, Emilio Pascual, Jorge Comensal y Fernando Hoyos. La monografía tiene el subtítulo de "Toma y lee", la frase que operó maravillas en la conversión del lujurioso Agustín en un asceta modélico que iba para erudito santo. Como nos cuenta la "Infovaticana",  San Agustín, atribulado por su rijosidad oraba : “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!”  En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina : “Tolle lege, tolle lege” (Toma y lee, toma y lee). . Entonces le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y ...cogió el libro de las Epístolas de San Pablo. Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: “No en las riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia”. Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín. Quizá los doctos redactores de Claves -dirigidos por Fernando Savater-  buscan una "conversión" semejante en los reacios ciudadanos poco motivados por el amor a la lectura pero con la suficiente curiosidad como para comprar la revista. Tolle lege: Toma y lee.

Tras este breve introito de guasa, pasemos al muy interesante contenido de la revista: No sólo disfrutamos de los artículos citados sobre la lectura, también hay trabajos de tipo político e histórico, como el dedicado al final de ETA tras medio siglo de actividades sangrientas y un análisis comparativo entre la organización, o banda, terrorista vasca y su homóloga irlandesa, el IRA. Más en la línea literaria, un excelente ensayo sobre el poeta venezolano Rafael Cadenas, otro, especialmente interesante sobre la vertiente poética -desconocida para mí- de la ensayista alemana Hanna Arendt. Y como guinda hispana nuestra María Zambrano en comentario a sus intentos de conciliar la poesía con la filosofía: esfuerzo literario con el que siempre he estado de acuerdo (en los fondos profundos del pensamiento filosófico acaba resonando la tendencia poética hacia lo absoluto, lo trascendente y la excelencia de los espiritual o lo emocional (y a la recíproca también: bástenos leer a Rilke o incluso al mismísimo Machado). Otro de los trabajos de este número de Claves nos regala una vertiente no muy conocida del pensador añorado, Eugenio Trías, su pasión por la música (conocíamos la persistente pasión de éste por el cine). Como presente de la revista a la actualidad candente de la vida política española, la "cuestión catalana",  a partir de reseñas contrastadas de tres títulos de libros recién publicados, presenta la cara y la cruz de las tesis sostenidas en los libros por autoras que presentahn puntos de vista contrapuestos cuando no enfrentados, como dice Savater, como "homenaje al pluralismo democrático y también un guiño al lector para que se implique en el debate. Y como despedida, un  trabajo bastante enjundioso sobre el escritor francés François -René, más conocido como Vizconde de Chateaubriand delk que se celebra el 250 aniversario de su nacimiento, firmado por Hugo Castignani.

De verdad, no la pierdan.

FICHA

CLAVES.- jULIO -aGOSTO DE 2018.- 8 EUROS. dIRIGIDA POR fERNANDO sAVATER.- vv.aa. 192 PÁGS.ISBN 978841130368200259

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6 septiembre 2018 4 06 /09 /septiembre /2018 08:11

Decía el poeta José Ángel Valente que la biblioteca "es el lugar en que se apaciguan las horas, el afán o la pena...en tal oscura morada, ni la pobreza se teme ni se padece la muerte". Esto pondría los pelos de punta a Mikita Brottman, una profesora de Oxford que imparte sus lecciones de Literatura en una Universidad norteamericana y que escribe libros como el que hoy les recomiendo. Se trata de "un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables". No es un libro brillante, aunque tiene elementos que pueden ser muy convincentes, siempre que prescindamos del decepcionante juicio sobre el Quijote (pág. 125) y de algunas páginas con juicios y temas poco alentadores. La autora reconoce paladinamente que ama profundamente la literatura, pero que no le gusta que se hagan hipérboles salutíferas y de presunta sabiduría casi por contagio o exageraciones psicológicas sobre los efectos de una actividad que, por encima de todo, debe ser placentera.. Desde el principio nos dice que su obra se apoya en dos argumentos: "la lectura en sí misma  no es necesariamente una actividad virtuosa: qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia" y "Leer demasiado es una afección poco frecuente y no es un problema tan común como el de no leer nada de nada". 

Particularmente divertidas son las páginas donde Mikita glosa los eslóganes para difundir la lectura que suelen ser demasiado exagerados y simplistas como para propiciar un juicio sereno en torno a los reales beneficios de una  lectura ajustada a las circunstancias personales, sociales, culturales y, por qué no, pragmáticas o utilitarias, sin olvidar las meramente placenteras, que son las más gratificantes y en cuyo seno anida el amor a los libros.

Y así cuando de manera más o menos oficial, gubernamental o académica se nos grita por los "media": "Abre un libro, amplía tu mente", "Los libros son armas", “Los dinosaurios no leían y desaparecieron", "Un hogar sin libros es como un árbol sin pájaros", "Deja que los libros te transformen", "Si no lees no pasa nada. Si lees, pasa mucho"… el lector habitual echa una sonrisita escéptica y burlona y los lectores potenciales se encogen de hombros. No creo que nadie "pique", excepto algún inocente despistado. Con mucho sentido común la autora nos dice: "a lo que en realidad deberíamos prestar atención en un mercado abarrotado, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio sobre lo que leemos y por qué lo hacemos". Y a la necesidad obvia de que se nos forme -desde la guardería a la Universidad- con criterios válidos, lógicos y útiles a ser lectores cualitativos e informados, añado yo.

Como dice Mikita "no leáis libros porque sintáis que "debéis hacerlo" o porque sean buenos para ti. Hacedlo porque no podéis evitarlo" (aquí cae un poco en los defectos que critica: ¿realmente hay alguien que "no pueda evitar" leer un determinado libro, excepto si se ha de examinar de él o es un crítico al que pagan por hacerlo?

La verdad es que hay un derroche de sentido común y de racionalidad nada mágica en los argumentos que esgrime Mikita, que empieza muy prometedoramente cuando nos dice que leer es un vicio solitario como el masturbarse ya que "ambos suelen llevarse a cabo a solas y en privado, a menudo en la cama y por la noche, antes de dormir" (sic).

Las "confesiones" personales de la época infantil, adolescente y juvenil de la autora abonan su amor a los libros pero al mismo tiempo ponen alerta a cualquiera que sepa algo de psicología sobre las motivaciones de Mikita. Pero no entremos en ese espinoso asunto. Se trata de un libro apasionado por la lectura y los libros, escrito por una mujer apasionada por su intensa relación con la lectura y en el que más de diez páginas de bibliografía usada con referencias a clásicos y modernos suponen una cierta garantía de la probidad intelectual de la profesora  Brottman. Y en cualquier caso es un libro que se lee con cierta golosa delectación.

FICHA

CONTRA LA LECTURA.- Mikita Brottman.-Trad. de Lucía Barahona.- Ed. Blackie Books.-167 págs. ISBN 9788417059545

 

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1 septiembre 2018 6 01 /09 /septiembre /2018 08:13

Con el mismo título que el libro de  James Salter que comentamos hace poco y otro de Henry James de principios del siglo XX, "El arte de la ficción" del escritor inglés David Lodge, uno de los maestros del humor británico de la generación de finales del siglo XX, ya se le considera un clásico. Fue publicado originalmente en el 92 y aquí lo tradujo Laura Freixas en el 98 para Ediciones Península. El ejemplar que he manejado es una edición de Austral en libro de bolsillo de 2017. A diferencia del ejemplar de Península, el de Austral esta acompañado y muy bien servido por un prólogo de Eloy Tizón que pone en guardia al lector del excelente libro y autor que va a leer. El final de ese prólogo interesante dice: "Leer bien con pasión y lucidez no es muy frecuente. Por eso necesitamos a maestros como Lodge, que nos instruyan sobre el arte o la ciencia de leer". Y añade: "Con inteligencia, sin engolamientos innecesarios, este libro ilumina sobre aspectos clave del proceso de construcción de la belleza literaria, esa capaz de transmutar un puñado de piedras falsas en emoción verdadera".

La prosa clara, aguda y levemente irónica de Lodge (impregnada de un sentido del humor, a veces sorprendente, que  estimula la sonrisa y la inteligencia) se emplea a fondo en contarnos datos y profundidades de una larga serie de escritores y algunas de sus obras fundamentales. En origen esos pequeños ensayos habían sido artículos publicados en una columna semanal del suplemento de libros del "The Independent on Sunday, apliados y corregidos por Lodge para formar con ellos y algunos más este libro de nada pretenciosa crítica literaria, que se lee con placer y provecho (y donde para mayor regocijo del lector menudean las "confesiones" del mismo autor sobre sus propias experiencias creativas en  la confección de sus novelas. Los artículos van acompañado como motivo y causa de fragmentos (muy bien escogidos) de los distintos autores comentados.

Lodge logra convertir la ficción en un arte y lisa y llanamente convierte sus comentarios sobre la ficción en otro arte mayúsculo. Por tanto vemos juntos a un comentarista literario académico (es profesor de Universidad) que ejerce como novelista a la hora de contarnos cosas del oficio de otros novelistas y de él mismo sin perder la agudeza teórica de un profesor.Miel sobre hojuelas. Y así nos habla de la Austen de Emma o el Ford Madox Ford de El  buen soldado o de Forster o Waugh para ilustrar los esenciales y difíciles de lograr comienzos de una novela (que generalmente influye y no poco en el exito total del libro).

Lodge nos porpone, pues, una serie de temas básicos a través del cual desarrolla su amplio y enundioso dominio de la creación literaria, suus mecanismos y engranajes y de los elementos  y recovecos de una lectura inteligente. Así desarrolla temas como el citado "Comienzo", "El autor omnisciente" o punta de vista narrativo (con ejemplos bastante interesantes) , “La novela epistolar”, “Los cambios temporales” y “La estructura narrativa”, "El lenguaje coloquial adolestcente" (naturalmente Salinger) " El flujo de conciencia"  (Virginia Woolf" o "El monólogo interior" (Joyce, claro), "El lector en el texto" (Sterne y su Tristam Shandy)  "La prosa retórica" (Nabokov) o "La intertextualidad (Conrad), "El sentido del pasado" (Fowles) o el del futuro (Orwell), "La ironía" (Bennet) o "Lo sobrenatural" (Poe) y así hasta 50 deliciosos ensayos literarios que acaban con "El final", según Jane Austen (que como dijimos también ilustra el principio novelesco).

La nómina de autores que nos presenta Lodge se limita a escritores británicos de solera o norteamericanos como los citados juntos a Charles Dickens, Henry James, Hemingway, D. H. Lawrence. También a escritores en inglés de otras tradiciones como Kipling, Joseph Conrad, Brontë y Nabokov. Y contemporáneos como Martin Amis, Paul Auster, Kazuo Ishiguro, John Updike y Anthony Burguess, Samuel Becket. Y acaba su libro con un genial gesto de prestidigitador literario, citando la palabra "Gestalt" (nombre que se da a una determinada especialidad psicológica sujeta a una serie de reglas y a una visión crítica del arte) para definir la intencionalidad de su libro y sus límites: "Una novela es un "Gestalt", una palabra alemana...que me diccionario define como "una estructura o modelo de percepción que posee cualidades en tanto que conjunto, el cual no puede ser descrito meramente como una suma de sus partes". Lo dicho, genial.

FICHA

EL ARTE DE LA FICCIÓN.- David Losge.- Trad. Laura Freixas. E, Austral.-8,95 euros.319 págs. ISBN 0788499425771


 

 
 

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    29 agosto 2018 3 29 /08 /agosto /2018 08:50

    Haruki Murakami le ha cogido gusto a la fórmula "De qué hablo cuando hablo de...", que nace del ingenio de Raimond Carver, uno de los mejores prosistas norteamericanos fallecido en 1988, uno de cuyos libros se tituló "De qué hablamos cuando hablamos de amor". Murakami nos ha contado de qué habla cuando habla de correr y ahora...de escribir. Con el estilo desenfadado, coloquial, racionalista y de una falta total de ironía o autocomplacencia, el autor japonés nos muestra el envés de la trama del escritor. Y como no podía ser menos dada su rara humildad y honestidad personal y profesional lo hace de una manera encantadora, aun reconociendo que "los escritores somos seres egoístas, generalmente orgullosos y competitivos", aunque matiza que "somos generosos y tolerantes con quienes vienen de fuera (del oficio).

    Para hablarnos del oficio de escribir Murakami nos habla de sí mismo y aunque pone ejemplos externos, la gracia del libro consiste precisamente en que este escritor inquieto no deja de reinventarse en ningún momento sin, para ello, cambiar su personalísimo estilo y el universo personal tan peculiar que nos desvela con sus ideas, actitudes y comportamientos. Como él mismo escribe, hay "algo" inentificable que le impele a escribir, desde el mismo origen de su vocación cuando "el golpe de una pelota contra un bate de beisbol resonó por todo el estadio...en ese preciso instante, sin fundamento y sin coherencia alguna con lo que ocurría a mi alrededor, me vino a la cabeza un pensamiento: "Eso es. Quizás yo también pueda escribir una novela...fue como agarrar con fuerza algo que caía delcielo despacio, dando vueltas...fue una especie de revelación...una "epiphany" (epifanía, instante extraordinario).

    En casi todas sus novelas hay momentos, situaciones y personajes que se salen de la "normalidad" por algún motivo. No así en sus ensayos, como el presente, donde la normalidad y naturalidad expresiva son absolutas y parece que uno esté escuchando a un amigo que le cuenta sus cosas sin artificio alguno. Aunque nos confiesa "tengo el honesto reconocimiento de que si escribo es gracias a algún tipo de fuerza que me ha sido otorgada".

    Lo cierto es que pese a las críticas adversas y la antipatía que despierta en la ortodoxia japonesa por su "occidentalismo", Murakami no es un escritor que parezca acabado, sino lleno de vitalidad y con una gracia especial en todo lo que va publicando, pese a que aplicando criterios de calidad literaria (sea lo que fuere eso) hay quien dice que Murakami se repite constantemente. Bueno, tambien Zola, Hemingway y Faulkner. Lo cierto es que es un escritor con un universo propio, no catalogable ni definible, con  el poder evocador que sintoniza con todo el arco de edad de lectores que va de los 30 a los...finales años del lector que sabe cómo sonaban los Beatles junto al que nació con internet, a los lugareños y a los habitantes de la megapolis. Lo que nos cuenta de sí mismo puede levantar oleadas de simpatía y afinidad en los "rebeldes" sociales y culturales de los últimos 50 años y todos aquellos que han luchado bravamente por encontrar un estilo propio de vida (lo hayan conseguido o no).

    Es un escritor de raza, lúdico e hedonista: “Si escribir no resulta divertido, no tiene ningún sentido hacerlo. Soy incapaz de asumir esa idea de escribir a golpe de sufrimiento”. Aparte de que, para envidia de muchos, jamás ha sufrido lo que llaman el "pánico de la hoja en blanco". Es un hombre aún joven que asumió y asume riesgos para seguir siendo quien es. Y eso es respetable, como sus textos bastante irregulares pero al mismo tiempo de una contagiosa proximidad y empatía. Es un corredor de fondo que practica cada día y enfoca su idea de la escritura con el mismo denuedo, vigor y constancia. Como dice: “Cualquiera puede extraer una fuerza sorprendente de experiencias aparentemente pequeñas”. Y, como era de esperar en un tipo así, la posteridad se la trae al pairo y cree firmemente  que el tiempo -y no la crítica literaria- decidirá si sus novelas merecen sobrevivir o hundirse en el olvido.

    FICHA

    DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR.- Haruki Murakami.-Trad. Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.-296 págs. Tusquets Editores. 19,90 euros.-ISBN 9788490663998

             

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    27 agosto 2018 1 27 /08 /agosto /2018 08:59

    El fenómeno cultural de masas de la lectura, que apenas ocupa una página en el gran libro de la cultura humana (la generalización de  la lectura comenzó a finales del siglo XIX, eclosionó en el XX y se cuestiona en el XXI) está unido a los estándares sociales de educación mínima obligatoria, más tiempo de ocio y salarios más o menos dignos (preferentemente menos) en unos Estados de cierto proteccionismo, más o menos democráticos, que difundían la cultura como un bien preciado. En nuestro siglo esos estándares han quedado obsoletos y ahora comienza a surgir una amplia clase de analfabetos "verticales" con formación tecnológica creciente cuya visión cultural no rebasa la que consumen ya digerida de las redes sociales. Excepto en unos pocos países --paradójicamente punteros en tecnología- en los que se han percatado de la necesidad de patrones culturales que incluyen las semi desterradas Humanidades, en el resto de Occidente los libros y la lectura y quienes las usan comienzan a tener la categoría perturbadora de "freakis",(friquis), anglicismo nacido del término "freak", (monstruo, fenómeno, raro, extraño, caprichoso).

    La lectura nunca ha sido en verdad el remedio casi absoluto a todos nuestros males "no hay nadie que no supere cualquier tipo de molestia con sólo una hora de atenta lectura", dijo alguno de los genios literarios o filosóficos que tan bien vienen para sostener el argumento de que la lectura es el mayor específico sanitario mental, difusor de alegría y conocimiento y medio de superación personal que ha inventado nuestro género humano. Señores, la lectura tiene muchos beneficios pero no es la solución de nada, aunque puede ser una ayuda casi para todo. Para reflexionar de forma razonable, si es posible lúcida, sobre todo ese controvertido asunto, vamos a empezar con el libro "Contra la lectura" de Mikita Brottman, "un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables". Precisamente no es un libro brillante ni demasiado lúcido, aunque tiene elementos que pueden ser muy adecuados para las pretensiones de este artículo, siempre que prescindamos del decepcionante juicio sobre el Quijote (pág. 125) y de algunas páginas con juicios y temas poco alentadores (como el sorprendente número de páginas que la autora dedica a la "biblioteca" (sic) del cantante pop Art Garfunkel, o las confesiones personales que ocupan una considerable extensión del libro sobre la infancia y adolescencia de Mikita Brottman (quizá ilustren algunas de las "desviaciones" psicológicas que producen ciertas lecturas).

    Aparte de lo dicho, el libro es entretenido e ilustra y desarma muchos tópicos que tienen relación con la lectura y sus presuntos poderes, pero también muestra muchos de los beneficios indudables que produce, siempre aplicando el sabio "en su justa medida" que procede de los filósofos griegos y latinos (que tampoco salen muy bien parados en este libro). En realidad, creo que "Contra la lectura" debió ser editado con su título original: "El vicio solitario: en torno a la lectura". La autora es inglesa y profesora de literatura en una Universidad norteamericana. Desde el principio nos dice que su obra se apoya en dos argumentos básicos: "la lectura en sí misma  no es necesariamente una actividad virtuosa: qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia" y "Leer demasiado es una afección poco frecuente y no es un problema tan común como el de no leer nada de nada". 

    Los eslóganes para difundir la lectura suelen ser demasiado publicitarios y unilaterales como para propiciar un juicio sereno en torno a los reales beneficios de la  lectura ajustada a las circunstancias personales, sociales, culturales y, por qué no, pragmáticas o utilitarias, sin olvidar las meramente placenteras (por cierto, last  but not least, "por último pero no lo menos importante") que son las más gratificantes y en cuyo seno anida el amor a los libros. "Abre un libro, amplía tu mente", "Los libros son armas", Los dinosaurios no leían y desaparecieron", "Un hogar sin libros es como un árbol sin pájaros", "Deja que los libros te transformen", "Si no lees no pasa nada. Si lees, pasa mucho", "Descubre la alegría de leer", "Un día sin lectura es un día perdido", "Leer importa"... Como dice Mikita "lo que más molesta de estos eslóganes es el modo en que dan por sentado que el hecho de leer es por su propia naturaleza "bueno" para el lector.  (Y hace "buenos" a los  lectores, como por ejemplo al Marqués de Sade, bibliófilo conocido, Hitler que leía cada noche tras un día de orgías destructivas y devastadoras o el depravado psicótico Nerón que solía escribir poemas y se sabía a Virgilio y a Homero de memoria).

    Con mucho sentido común la autora nos dice: "a lo que en realidad deberíamos prestar atención en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio sobre lo que leemos y por qué lo hacemos". Y a la necesidad obvia de que se nos forme -desde la guardería a la Universidad- con criterios válidos, lógicos y útiles a ser lectores cualitativos e informados, añado yo. Y no será porque no tengan éxito de ventas los libros que hablan sobre los libros que hay que leer y porqué. ¿Quién no ha cedido a los encantos de títulos como "1001 libros que hay que leer antes de morir" de Peter Boxall, o "La biblioteca de los libros perdidos" de Stuart Kelly o "Cómo lee un buen escritor" de Francine Prove o el sugestivo "El libro que cambió mi vida de Rossanne Coady. Una especie de supermercado de autoayuda para lectores.

    Apuntemos también para los detractores del libro en favor de lo "visual" (todo el pujante mercado de la informática y el mundo audiovisual), habría que recordarles que el texto, lo escrito, el libro son también medios visuales. Como dice Mikita "no leáis libros porque sintáis que "debéis hacerlo" o porque sean buenos para ti. Hacedlo porque no podéis evitarlo".

    Tal vez, el libro "Bibliofrenia" de Joaquín Rodríguez sea más agudo e interesante para los lectores habituales y pique la curiosidad de los que no lo son pero podrían llegar a serlo (me encantaría que fuera a consecuencia de leer estas páginas). Ya su subtítulo "La pasión irrefrenable por los libros" tiene su morbo y podría funcionar como un paradójico "gancho motivador" para los reacios a abrir libros y sumergirse en ellos (por el mismo mecanismo psicológico que el ensayo de Freud sobre la cocaína fue utilizado como justificante intelectual por algunos dados a la droga).

    En este libro delicioso, con un excelente prólogo de Fernando R. de la Flor, se nos avisa de que se trata de una "galería de amadas y ejemplares sombras cuyos excesos de pasión libresca son capaces de todavía de asombrar en nuestro tiempo". Y ese tiempo nuestro (el libro es de 2010) "vive los esplendores finales de una decadencia", ya que ambos, autor y prologuista, entonan ditirambos y premoniciones apocalípticas sobre el final del libro "soporte papel" ante lo que suponían una arrasadora victoria de los "soportes digitales", desde la Tablet al ordenador portátil, los e-books o el supermóvil, "lo cual supone el final triunfo de lo que Baudrillard ha denominado "la pantalla total" donde vienen a confluir todos los media" Pues no ha sido así. Tras la prepotente salida al mercado, las cosas se han equilibrado, se sigue editando a mansalva (tal vez demasiado) libros en papel y existe un mercado más pequeño pero más inquieto y renovador en los chismes informáticos que ya forman parte inevitable de nuestra vida cotidiana.

    Bibliómanos, bibliófagos, bibliofrénicos, biblioclastas (destructores de libros al estilo de Fahrenheit 451) , bibliofóbicos, bibliocleptómanos, van surgiendo de las páginas maravillosas de este librito, glosando figuras como la del millonario Henry E. Huntington, norteamericano, cuyo legado se conserva en una enorme Biblioteca que lleva su nombre en Pasadena (California) y cuyos restos humanos se encuentran en un mausoleo adjunto a la biblioteca, el cura don Vicente que asesinó a varios bibliófilos para completar su biblioteca, el conde Libri-Carucci, profesor de matemáticas en la Sorbona, que robó miles de ejemplares valiosísimos no para sí directamente sino para poder pagarse una vida lujosa sin ser apresado jamás. Sabemos de la memoria prodigiosa de Magliabechi, bibliotecario del duque de la Toscana, que conocía el paradero y la situación cualquier libro importante no sólo en su biblioteca sino en las más concidas de Europa, detallando estantería, anaquel y clave, sabremos que fue el escritor inglés Sanuel Pepys el que dictaminó que la biblioteca de un caballero debía poseer exactamente tres mil libros, ni uno más, ni uno menos. Conoceremos los apuros económicos que el gran Cicerón tuvo que sobrellevar para mantener y engrosar su gran biblioteca personal, las aventuras detectivescas de Francesco de Petrarca por toda Italia en la busca de manuscritos clásicos olvidados en conventos y depósitos, el desmedido coleccionismo de sir Thomas Phillips que logró reunir más de cien mil libros en sus mansiones, la historia de amor de Casanova repartida entre las mujeres y los libros (con triunfo de estos últimos en los postreros años de su vida). El gran depredador de libros Antoine Narie-Henrie Boulard, que llegó a reunir en varias casas de París medio millón de libros.

    Respecto a este último, reflexiona el amigo Joaquín Rodríguez: "Los libros nos ensanchan y alargan la vida, qué duda cabe. Cuando uno adquiere y reúne compulsivamente decenas, centenares y miles de libros, en la certeza íntima de que hay mucho más de apremio atesorador que de  posibilidad cierta de lectura, queda, sin embargo, una rendija de esperanza abierta a la posibilidad de que el tiempo se alargue y dilate en la misma medida que los libros que acopiamos, hasta que hayamos leído la última de sus páginas". Bendita inocencia, ¿verdad?

    En otra de las veinticinco "sombras" bilbiomaníacas esbozadas por Rodríguez, se cuela otra reflexión impagable de nuestro autor: Cuando escribe: "el amante de los libros es polígamo, su relación con cada ejemplar es íntima y por eso cuasi carnal, y no suele estar dispuesto a establecer uniones excluyentes o estrictamente conyugales". Delicioso, ¿no les parece?

    Un librito, pues, que merece formar parte de la biblioteca de todo verdadero amante de los libros, aunque sólo sea como "aviso para navegantes" o "aguja de marear" con el fin de evitar los escollos y peligros que amenazan la razón, el bolsillo y la vida de todos los que vivimos esa pasión por "fallitur hora legendo" (que en castellano diría: "distraer las horas leyendo").

    Como corolario y epítome del tema libresco de estas páginas he encontrado dos raros libros que abundan en algunos aspectos de lo anteriormente reseñado en autores tan dispares como Mikita Brottman y Joaquín Rodriguez. El primero es "Libros malditos" de Oscar Herradón, donde el autor se explaya en bucear en la antigüedad hasta la edad moderna para sacar a la luz papiros mágicos, libros alquímicos o maléficos, volúmenes encriptados sobre saberes prohibidos, grimorios medievales donde se invoca al Príncipe de las Tinieblas...en fin libros que justificaban los Autos de Fe del Cristianismo, aunque lastimosamente solían arder en compañía de Demócrito, Epicuro, Demóstenes, Pitágoras, Euclides, Epicteto, Pirrón o Heráclito. Y el último, como broma personal al lector de estas líneas, el volumen titulado (créanme) "El que no lea este libro es un imbécil" de Oliviero Ponte di Pino.

    Como dice el autor de "Libros malditos",  "los textos malditos, condenados y prohibidos puede que sea uno de los recursos más bellos de la ficción y el cine de terror...pero o cierto es que ese tipo de libros existen y son muchos los casos conocidos en los que un texto así parece haber sido el causante directo o indirecto de una tragedia, el desencadenante de un conflicto". Se nos habla de "El libro de Thot" o "Las clavículas de Salomón", auténtico maná para los autores ocultistas, de los libros incursos en el Indice de Libros Prohibidos de la Inquisición de tan amarga y trágica memoria ( de ella proceden los célebres Tratados Demonológicos" o "Martillos de Brujas" que aterrorizaron a la población medieval de Europa).

    Herradón también repasa la historia de los "biblioclastas", que disfrutaban destruyendo libros y bibliotecas enteras y nos habla de destrucciones legendarias como la biblioteca de Alejandría, la de Bagdad, la de Pérgamo. Los textos de alquimia, los de la llamada Magia natural (opuesta a la Magia negra, "grimorios"), los de invocación al demonio, se ajustan casi enteramente a la Baja edad media, época oscura y desequilibrada. También de esa época proceden los compendios de oraciones y fórmulas para combatir todo tipo de enfermedades y en el polo opuesto el inquisitorial "Hesenhammer" o "Martillo de brujos" que se empleaba indiscriminadamente contra cualquier sospechoso o sospechosa de hechicería o herejía (nuestro autor se ocupa en este apartado del famoso caso de Zugarramurdi, una cruel caza de brujas que asoló Navarra en el siglo XVII. Precisamente en el apartado de libros heréticos se nos habla de los manuscritos de Nag Hammadi con el famoso evangelio de Tomás (diferente a los textos canónicos y rechazado por la Iglesia) y  los del Mar Muerto. La legendaria biblioteca hermética de El Escorial y las manías del rey Felipe II, el hechizo de Felipe IV y la "moda" de las "endemoniadas" ocupa el capitulo dedicado al Siglo de Oro español. Para los últimos cien años Herradón nos habla, como era de esperar, del Necromicón o "Libro de los Nombres muertos", con cita debida al gran Lovecraft. En el epílogo Herradón nos habla de los millares de libros calcinados desde la Alemania nazi, los conflictos de Yugoslavia, Irak, Irán o Afganistán, las dictaduras hispanoamericanas, la España franquista, la revolución china...

     

    El último de los libros recomendados tiene un título absolutamente provocativo y un tanto grosero e insultante "El que no lea este libro es un imbécil" y un subtítulo que trata de evitar que el posible comprador del libro lo lance al cubo de basura más cercano: "Los misterios de la estupidez a través de 565 citas". Ya cuando uno empieza a leer, se reconcilia con el autor y comienza a entender la ironía absurdamente provocativa del título: "Este tratado concebido como una biografía del imbécil sitúa al lector ante el espejo de la estupidez propia y ajena, una profunda reflexión sobre las cuestiones nunca resueltas de la filosofía y que provoca ese remedo de sonrisa que es a la vez fruto del humor y de la tragedia, lo que lleva a plantear la gran pregunta: ¿somos así de imbéciles?".

    Como el autor asegura, "En definitiva estamos en un siglo verdaderamente imbécil y este libro no es más que una inútil prueba adicional, en dos sentidos; en primer lugar, porque habría sido impensable en un siglo No Imbécil y en segundo lugar, porque espera estar a la altura de los tiempos, siendo un libro imbécil y atroz". En realidad muy pronto el lector se da cuenta de que no es un libro imbécil, de que el autor  tampoco lo es y que, en definitiva, si el lector lo lee y está claro que lo entiende y se divierte con él, tampoco es un imbécil. Ya que Ponte di Pino ha escrito un libro de citas con un criterio muy inteligente y lleno de sentido del humor e ironía o sarcasmo a partes iguales. Un libro irreverente y osado en la línea (y sobre todo en el espíritu)de Jonathan Swift, Lewis Carroll, Montaigne, Lawrence Sterne, Cervantes, Rabelais, Chesterton, Papini, Lodge o Wilde. .

    Como asegura al final, en la bibliografía  "Este libro es totalmente inútil. No se si lo serán también los libros que he saqueado. En cualquier caso me parece obligado señalar a los diversos seres humanos de grandísima inteligencia y profundidad que me abastecieron (involuntariamente, claro) de conceptos, frases y expresiones". Para darnos prueba de su algo cínica franqueza una de las primeras citas que nos endilga (el que avisa no es traidor) es: "Cuando se roba a uno solo es plagio. Cuando se roba a muchos es investigación" (Wilde). Y cita, por ejemplo a Flaubert, Carlo Cipolla, Jean Paul Richter, Calvino, Canetti,  Nietszche, Wilde, Russell, Wittgenstein o Robert Musil y entre los clásicos a Platón, Aristóteles, Hipócrates, Teofrasto, Horacio, Séneca, Aristófanes, Baltasar de Castiglione, Confucio y Lao Tsé,, Descartes, nuestro formidable Gracián, Quevedo, Kant, Montaigne, Shakespeare...e tanti altri.

    Créanme, se divertirán de veras. Y si llegan al final encontrarán esta nota del autor: "No hay porqué ofenderse. Llegado aquí, tu también lo sabes, la imbecilidad tiene sus méritos y sus ventajas. Para empezar puede ser divertida. Si tienes un poco de autoironía, al menos habrás sonreído. Si me has tomado en serio y opinas que te he obligado a tragarte una dosis excesiva de estupideces e insultos te mando derechito, como respuesta,  a una definición de Ambroise Bierce (autor del "Diccionario del diablo") : TONTERÍAS, sust.pl. Las objeciones planteadas a este meritorio libro"

     

    En definitiva en estos libros se propone, indirecta o tangencialmente,  la disyuntiva planteada en el siglo XX por Gramsci, "pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". Y como el autor italiano, yo me decanto por el optimismo sobre el futuro de la lectura y los lectores, a pesar de que todo parece apuntar por un escenario global en el que la lectura y los libros parecen sumergirse en los paraísos prohibidos y minoritarios de bibliófilos, bibliómanos y bibliofrénicos. Quizá la frase aquella de Malraux "el que no es comunista a los veinte años algo le falla en el corazón y el que sigue siéndolo a los cuarenta algo le falla en el cerebro" habría que acuñarla para el binomio lector-libro de papel: el que a los veinte años no lee en el soporte digital algo le falla en la cabeza y el que a los cuarenta no lee en libros de papel y no tiene una biblioteca propia, algo le falla en el corazón (y en el bolsillo). Al final quizá volveremos a los inicios de la era Gutemberg, los libros eran una cuestión de clase y fortuna. Y cuando la clepsidra del tiempo de la vuelta, los libros, el báculo cultural de la Humanidad, volverán a ser patrimonio de todos.

    FICHAS

    CONTRA LA LECTURA.- Mikita Brottman.-Trad. de Lucía Barahona.- Ed. Blackie Books.-167 págs. ISBN 9788417059545

    BIBLIOFRENIA.-Joaquín Rodríguez.-Ed. Melusina. -140 págs.10 euros.-ISBN 9788496614864

    LIBROS MALDITOS.- Oscar Herradón.- Akásico Libros.- ISBN 9788493957407

    EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.-Oliviero Ponte di Pino.- Trad. Esther Benítez.-Ed. Taurus.-ISBN 9788422686330

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