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5 abril 2021 1 05 /04 /abril /2021 15:43

INQUISICIÓN 3.0

(Publicado en La Comarca el viernes 020321)

La pandemia ha dado un empujón colosal al mundo digitalizado, a la virtualidad existencial, a la conciencia informática de cuanto hacemos, pensamos o decimos. Nos pasamos en general, y como mínimo, cinco horas al día enganchados a algún tipo de pantalla y de teclado. Y como “España es diferente”, queda añadir que el “diferente” se inclina más hacia lo reprobable y/o simplemente malo, que hacia la excelencia en lo bueno. Y para redondear, estamos alcanzando la excelencia en lo malo. Si les sirve de consuelo (a mí, no) es una característica que compartimos con muchos otros países. Una particularidad nuestra es que, al contrario que en el resto de la UE, creo que somos el único país al que le falta regular los contenidos audiovisuales y controlar los mensajes de odio, racismo, sexismo y violencia en los medios y en la Red por un organismo independiente de Gobiernos y grupos de presión de todo tipo. Hubo un intento de controlarlos en 2010, con un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales que nunca entró en vigor porque cambió el partido en el poder (y no señalo a ninguno). Me consta que hay sendos Consejos con cierto –poco al parecer- control en Cataluña y Andalucía. En España como totalidad, se incumple la legislación obligatoria europea sobre este crucial asunto: de ahí la sinfonía de los horrores de mala educación, insultos, amenazas y críticas desalmadas  en programas, aquelarres deformativos e incluso discursos políticos, en los que se hacen alabanzas a la violencia con la mayor impunidad.  La existencia de un supuesto control por la llamada Comisión Nacional de los Mercados y Competencia (CNMC) es un “saludo al sol” en la mayoría de los casos. Lo tristemente cierto es que no tenemos la legislación normativa adecuada y su  correspondiente organismo porque empresas y lobbies de lo audiovisual se negaron a ello en nombre de una supuestos “principios de la libertad de empresa”. Ni Jonathan Swift se hubiera inventado algo así.

Pero esto es sólo una de las caras del problema Inquisición 3.0. La otra es el uso que está haciendo –y sobre todo que se hará, si nadie lo remedia- de toda esa estructura comunicativa y relacional del mundo digital del que somos siervos  (y sin protección alguna). No sólo se ha instituido un sistema prácticamente incontrolado y dotado de alta inmunidad de insultar, zaherir, hundir, despellejar, levantar falsedades y dictar sentencias durísimas sin pruebas de unos ciudadanos contra otros (desde el anonimato a menudo) y crear campañas de desprestigio y condenas “a la picota” capaces en unas horas de destruir prestigios o carreras de políticos, actrices o actores, escritores, poetas, artistas plásticos, bailarines e incluso científicos en nombre del dogma “wake” (“despierto”) en los países anglosajones o de los defensores del purismo (“su” purismo) sexual, racial o político: autodesignados sumos sacerdotes de la ortodoxia. Es la Inquisición 3.0.

El problema que tenemos en estos tiempos enigmáticos y sorprendentes –una época puente entre dos culturas socioeconómicas, costumbres y estilos de vida tan diferentes entre sí como la noche y el día- es que el invento del mundo digital y sus facilidades y esclavitudes ha creado, bajo el manto protector de lo que llaman “la libertad de expresión”, el advenimiento de la Laica Inquisición. Ésta se ha revelado mucho más dañina que la medieval, ya que afecta a todo el planeta, a todas las personas y sin una Institución visible y determinada que la controle. En ésta también suele haber ganancia directa o indirecta de tipo económico a causa de los desafueros y persecuciones que se perpetran impunemente. En bastantes ocasiones es gratuita en todos los sentidos de la palabra.

Segunda faceta: control ciudadano de seguridad (dicotomía libertad-orden). La imitación del “paraíso” chino: seguridad comunitaria controlada por el poder. Sistemas de reconocimiento facial en todas partes que no sólo controlan físicamente a los ciudadanos. Están conectados a potentes ordenadores estatales que, a través de algoritmos en bucles de auto enriquecimiento de datos, no sólo dan noticia de quién es cada cual, sino de lo que posee, sus cuentas bancarias, negocios o propiedades. También de lo que hacen o pretenden hacer y, a través de gestos o actitudes, lo que “piensan” que está bien o mal (“mal” es aquello que se sale de la norma oficial de lo que “está bien”). Con la minuciosidad china por los detalles, el referido patrón de” big data” podrá puntuar a los ciudadanos, según sus actos se consideren positivos o desafectos al régimen. Una multa de circulación puede llevar al algoritmo correspondiente a sellar al culpable como irresponsable o  nocivo para el sistema, con lo que su libertad de movimiento, su posibilidad de tener un crédito o una vivienda quedará gravemente comprometida.

Ni Orwell imaginó algo así. Y nos les hablo de un argumento literario distópico. Esto es real y es nuestro presente. Un grupo de intelectuales y científicos españoles ha escrito una carta abierta al Gobierno pidiendo que se nombre una comisión de investigación para que se regule los sistemas de reconocimiento y análisis faciales ya existentes. Como ven no estamos tan lejos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

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26 marzo 2021 5 26 /03 /marzo /2021 08:36

 

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 
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19 marzo 2021 5 19 /03 /marzo /2021 12:54

Publicado en La Comarca, 190321

Escritores, filósofos y analistas políticos (cito a  Yuval  Noah Harari, Slavoj Zizek, Byung-Chul Han o Zygmunt Bauman) han publicado sus pesimistas (realistas) reflexiones sobre el “acelerón histórico” que ha supuesto la pandemia a un nivel global en las sociedades capitalistas, democráticas o populistas, que se reparten por el mundo ignorándose unas a otras, enrocándose en sus egoísmos o engañándose mutuamente entre protestas de solidaridad y cooperación. Hubo algún pensador o comentarista –yo entre ellos, lo confieso- que en los comienzos del Armagedon vírico entonó un esperanzado réquiem por el capitalismo salvaje y neoliberal que nos estaba convirtiendo a la mayoría de la población en esclavos digitales y consumistas compulsivos. Todos encadenados a valores y principios inyectados por los medios y  administrados por las grandes corporaciones y sus servidores de calidad, los Gobiernos del color político que fueren. Todos bajo el poder de un minoritario plantel de remotos y anónimos “inversores” que manejan en su beneficio los hilos financieros de las marionetas estatales. Soy consciente de que esto suena a siniestra conjura global, tipo Spectra o la conspiración del Nuevo Orden Mundial. Aunque pensadores como Richard Rorty (1931-2007) nos advertía en sus últimos años: “Tenemos ahora una clase superior que toma todas las cruciales decisiones económicas y lo hace ignorando a los Parlamentos y la voluntad de los votantes, ciudadanos de cualquier país, desarrollado o no”. La crisis de 2008 le dio la razón. Hoy día la situación ha empeorado  de forma exponencial.

Pero la pandemia hizo nacer la esperanza de una visión posible (aunque utópica) sobre otro orden mundial, basado en la supuesta aunque visible ruina del sistema: solidaridad y cooperación internacional, supervivencia del género humano, por encima de fronteras, lenguas, razas y economías, causada por la brutal amenaza de extinción que acarreaba el virus. Y ese “Despertar” humano sería posible gracias  a una conjunción entre la Ciencia, la Ética (el imperativo categórico kantiano), la Razón…y el miedo, por supuesto. Una especie de espiritualidad laica de sello humanístico con autopistas digitales inundaría al mundo calmando las ansiedades de la resaca del reciente consumo irresponsable y el poder omnímodo del dinero insolidario.

Un año más tarde y  a la vista de la situación mundial (mejor no hablar de la española) seguimos sin entender que la crisis climática y ecológica (cuna de los Covid que han venido y los que vendrán) y la desigualdad social, sanitaria, económica, son problemas sistémicos prioritarios a resolver para evitar la ruina total. Y eso resulta imposible porque el orden económico mundial depende de grandes corporaciones que no pueden evitar (está en su genética creacional) elegir la Bolsa (sus beneficios) antes  que la Vida: la de ¾ partes de la población mundial, 4.500 millones de personas, que padecen la más grave “enfermedad del planeta”, (según un informe de la OMS de 2008), la desigualdad sanitaria, económica, laboral y de estilos vida saludables. Recuerden que estamos viviendo en todo el mundo la llamada “ley inversa de la atención sanitaria”: la calidad asistencial está en proporción inversa a las necesidades de la población: cuanto más altas son éstas, peor es la asistencia sanitaria.

¿Está muriendo el sistema? No. Está mutando. Bill Gates ya anunciaba en 2017 el fin del capitalismo debido al consumo irresponsable y escasez de recursos. Y otros como él buscaban que algo cambiara en el sistema para que siguiera vivo. Pero ninguna de las grandes figuras del capitalismo global sería capaz de revertir la famosa regla del 80/20: el 80% de los recursos naturales los posee un 20% de propietarios; el 80 por ciento de los beneficios corporativos se los lleva un 20% de ejecutivos…la economía basada en el negocio digital global favorece a un 20% de empleados que pueden realizar el 80 % de las labores necesarias y aumentarán hasta el 80% los individuos pertenecientes a una clase irrelevante o precarizada laboralmente, desempleada o directamente inútil. La pobreza, la exclusión y desigualdades sociales, las tenemos semiocultas en la sombría trastienda del mundo visible, el de los medios y la Red.

Mientras, la inmoralidad como sistema, la barbarie como opción, la idolatría dineraria, la codicia como norma, las falacias y la manipulación informativa hipertrofiadas por la Red, sugieren un escenario muy semejante a aquél que Josep Conrad nos reveló en “El corazón de las tinieblas”, una colonia de trabajadores en el Congo belga, dirigida por un tirano sanguinario, Kurtz, que antes de ser asesinado, echa una mirada a lo que le rodea y musita: “El horror…el horror” no se sabe si con complacencia o con arrepentimiento.

Al capitalismo sólo se le puede frenar analizando la dinámica de su desintegración y usando desde dentro sus propias armas para impedirle que se transforme, que mute. Aprovechando sus propias estructuras. Nada de revolución (todas acaban siendo digeridas y convertidas en malas copias)  sino evolución controlada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, Periodista

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 10:08

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . En uno de sus libros “Cazadores, campesinos y carbón” (2015), asegura que los cambios fundamentales a largo plazo en los valores dependen  de los tres sistemas esenciales de obtener la energía: la caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles y en cada una de ellas se privilegian ciertos valores sobre otros. La base argumental de esta obra se articula a través de esas tres etapas del progreso humano , desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, la dinámica de las ciudades y en otro salto histórico,  la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitaria y pragmática que vincula ciertos valores culturales y sociales  de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Aunque si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano.

Aunque uno  de los autores críticos sobre su libro, citados por el propio Morris opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo,presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” Otro, la novelista Atwood, analiza un posible futuro colapsado  por “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático” y  los agudiza añadiendo el deterioro de los océanos, más los excesos de la bioingeniería y de la IA.

Morris asegura que estamos ante un cambio más de modelo energético pues estamos pasando de los combustibles fósiles a las energías renovables. Cree que ello producirá una revolución en nuestros valores cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

El realidad el empeño de Morris es profundamente kantiano, proclama algo muy evocador: la existencia de una moral universal, establecida por la biología durante la evolución de millones de años y tras buscar la raíz de tal comunidad ética la vincula a los desafíos de supervivencia marcados por las tres formas mencionadas de captación de la energía que va "depurando" los excesos violentos de la especie por otros más consensuados y porosos con los cambios que tales procesos producen en la vida de los seres humanos y sus sociedades. Me parece una hipótesis de trabajo atrevida pero estimulante.

La aseveración de Morris de que "cada época tiene las ideas que necesita" es un auténtico "gambito de dama" en la partida  de racionalidad y pertinencia que Morris juega con el lector (y con sus colegas). Y lo remata con un párrafo que haría estremecer a Kant : ""Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizás se deduzca que los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, pierden el tiempo ya  que los valores que nosotros hoy defendemos algún día probablemente -quizás bastante pronto- dejarán de ser útiles".

Y para terminar Morris le pone al guinda al pastel aceptando como buena la conocida fórmula creada en los cuarenta por el antropólogo  Leslie White: C=ExT, donde C es cultura, E energía y T es tecnología. "La cantidad creciente de energía que los humanos han sabido capturar durante los últimos veinte mil años ha sido el motor del proceso de evolución cultural, y como parte de dicho proceso, los valores humanos han cambiado".

ALBERTO DÍAZ RUEDA


FICHA 

CAZADORES, CAMPESINOS Y CARBÓN.- Ian Morris.-431 págs.-Trad. Claudia Casanova.- Ático de los Libros

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12 marzo 2021 5 12 /03 /marzo /2021 16:47

Transitando por los caminos de la sabiduría perenne, uno se encuentra casi siempre con determinadas actitudes mentales, filosóficas, espirituales, radicadas en lo más profundo de la psique humana. Ellas forman los hitos que van prefigurando un proceso único (y casi imposible de mantener) , el que nos lleva a la trascendencia del ser contingente y cotidiano, sometido a presiones, deseos y necesidades (más o menos reales) y nos revela las limitaciones irresolubles de nuestra humana condición y al mismo tiempo la maravillosa posibilidad de encontrar un camino para superarla y encontrar el verdadero Ser. 

La palabrería conceptual o filosófica y sobre todo la que emana de las diversas "vías espirituales" van configurando un corpus documental casi inabarcable. Este a veces produce unos efectos lamentables en algunos de los que por su propia deriva íntima se plantean acometer el cincelado de sí mismo. Esa tarea requiere una información de lo más veraz, humilde y al tiempo exigente y decisiva. La lectura de los místicos o de los grandes maestros de la filosofía ética y del progreso interior es inexcusable pero, al tiempo, difícil y lenta. Sin embargo, a veces, surgen en el mercado de este tipo de disciplinas, a caballo entre la filosofía y la espiritualidad, algunos libros elaborados desde el respeto, la seriedad y la humildad, que allanan un poco el abrupto camino de la excelencia espiritual.

El "Asombro ante lo absoluto" es un libro complementario que cumple una función primordial: dar al lector instrumentos de reflexión y estudio, no decisorios pero sí necesarios, a fin de que, tras el largo recorrido de su lectura, se nos abran posibilidades de concreción para lo que podría ser un acercamiento intelectual a una de las actitudes filosóficas básicas para comprender la naturaleza de ese cambio íntimo de percepción: la capacidad de captar el asombro ante lo más cotidiano, la extraordinaria conciencia de lo sublime, que nos faculta la visión de lo trascendente, de aquello que nos supera, nos rodea y de lo que somos una simple manifestación orgánica temporal. Como dice el maestro Eckhart, "Sustentándose en la nada, cualquier circunstancia es recibida y percibida con sosiego.  No hay nada que perder".

Sevilla comienza con un alegato hacia la necesidad del asombro como actitud ante la realidad : "quien no se asombra no logra escapar de lo establecido, se mantiene reaccionando de manera controlada, evita ser partícipe, elude su categoría de testigo de la maravilla de estar aquí, de ubicarse en el mundo, de entenderse único, de intuirse distinto y de saberse sin saberes definitivos". Articula seis posturas a tomar ante el misterio de lo absoluto: la pasión, la cognición, la contemplación, la conexión y el testimonio a través de la perspectiva holística del arte. Y para ello recurre a Heschel y su reverente temor, a Erasmo y su sublime locura, a Spinoza, a  Nishitani y su visión de la vacuidad, a la lucidez de Wilber, el anhelo de absoluto de Eckhart, a Stein o Nagarjuna, la libertad líquida del Vipassana, el silencio místico o la inspiración del poeta o el pintor que con "el fruto de su propio asombro logrará responder al milagro de la existencia".

No analizaremos aquí las ocho opciones que extienden esas seis posturas. Es un trayecto que el lector debe hacer por sí mismo a fin de poder comprender la densidad exigente del autor en su propuesta y, cómo no, como dijo el poeta "tomar partido hasta mancharse". No sin aceptar la advertencia con la que el autor cierra su texto: "Más que mantener a la fuerza las posturas referidas, lo esencial es mantenerse perseverantes y dispuestos para captar aquello que no es transmisible por completo a través de las palabras, pero que se encuentra en cada signo que coincide con nuestras vidas, en el tiempo que nos contiene, en el suspiro que nos descansa o en el abismo que nos conmueve". 

Desde Pirrón y los escépticos, hasta los grandes místicos medievales, los budistas o taoístas, Kant, Schopenhauer o Cioran, los estoicos o la física cuántica, el misticismo judío (que en este libro tiene gran protagonismo) Hegel, Nietzsche o Nagarjuna, el gran Spinoza, Séneca y los   estoicos o los presocráticos con Heráclito a la cabeza, configuran, entre otros muchos, el plantel de pensadores a los que acude  el profesor Héctor Sevilla, autor de este mencionado libro, con la intención apuntada en los párrafos anteriores.

FICHA

ASOMBRO ANTE LO ABSOLUTO.- Héctor Sevilla.- Editorial Kairós.-393 págs.

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7 marzo 2021 7 07 /03 /marzo /2021 09:23

Desde niño me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, del exiliado o el inmigrante. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

En “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder), se propone -con el análisis de la precariedad y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, está creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Nos recuerda Amaris la frase del coreano Byung-chul Han, (emigrante o exiliado  a su vez en Alemania): "El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad".Prácticamente todo occidente suspendería en la medida precisa y suele pasarse más bien al lado contrario, el de la represión o la criminalización. Y la fiebre masiva  de inmigración ilegal, que se agravó a finales del siglo XX, con toda su brutal carga de ferocidad y miseria, ha relegado a utopía filosófica la aceptación de las figuras del inmigrante o del exiliado.

Durante toda la lectura queda claro el paralelismo existencial y también filosófico que ha resaltado la autora entre las dos grandes pensadoras, Arendt y Zambrano "dos vidas representadas en dos obras que, pese a seguir sus propias rutas trazadas en sus exilios particulares, encuentran puntos de convergencia y nudos de cercanía en numerosas estaciones...pero sobre todo en las conclusiones a las que llegan: la esperanza en un nuevo mundo, mejorado y liberado de la amenaza del mal radical" cuyos efectos han padecido las dos de distinta forma pero con parecido resultado. La Arendt en "la aceptación de su papel de paria consciente pero defendiendo su derecho a tener derechos, a ejercer un pensar libre, sin caer en victimismos, falsas creencias o ideologías anquilosantes. Y la Zambrano en su reivindicar una palabra filosófica, poética y mística que inunde una ciudad nueva sin diferencias entre anfitriones y visitantes. 

Es justamente la sensación de no pertenencia, de desubicación, que comparten las dos mujeres la que promueve un tipo de pensamiento singular que desafía las estructuras filosóficas imperantes en su tiempo. El fracaso del amor en las vidas de las dos mujeres queda mitigado por la glorificación que ambas hacen a la amistad.  Como en Aristóteles la "filia" es para las dos pensadoras un acicate, una energía que facilita la creación y el propio discurso filosófico. Nuestra autora destaca, entre otras muchas "coincidencias casuales" o más bien "sincronicidades" que diría Jung, los únicos libros que ambas se llevan al exilio: Zambrano la "Etica" de Spinoza y Arendt su propia tesis doctoral sobre San Agustín. En ambos el concepto del amor guiará a las dos pensadoras en sus versiones del "amor mundi" (uno de los conceptos claves de sus posturas en el exilio).

La centralidad del tema amoroso en ambas creadoras, desde la figura del otro y de los gestos extraordinarios del sujeto común como esperanza de un mundo nuevo, al que acceder y comprender a través de una mirada distinta y creativa, hasta el propio hecho de la alteridad entre el anfitrión y el que llega y busca un lugar donde estar y ser sujeto de derechos y no "nuda vida" biológica sin ninguna entidad, ni jurídica ni apenas humana.

No se pierdan la lectura de esta obra, tan en sintonía con el global problema de las oleadas de refugiados forzosos. Les permitirá enriquecer y enfocar de forma humana la visión parcial y desinformada que tenemos sobre  el problema.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.- Olga Amaris Duarte.-Ed. Herder .-319 págs

 

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1 marzo 2021 1 01 /03 /marzo /2021 08:55

(Publicado en versión reducida en la revista Compromiso y Cultura de marzo de 2021)

Ustedes disculparán el sesgo irónico de este titular, al que ninguno de los dos libros que recomiendo justifica directamente, aunque sí que dejan en el lector reflexivo la inquietud de una pregunta seguramente muy parecida a la que planteamos.

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . Uno de sus libros “¿Por qué manda Occidente…por ahora?”(2014), ya marcaba desde el título un talante irónico, escéptico y estimulante. El “por ahora” abría el camino a las conjeturas, la polémica  y la investigación crítica. Pero en esta ocasión he preferido acudir a otros dos títulos de su extensa obra, “Cazadores, campesinos y carbón” (2015) y “¿Para qué sirve la guerra?” (2014). Me interesaba enfatizar  la idea de “progreso” implícita en las tres épocas del desarrollo  histórico de la humanidad y (que nos ha llevado a una situación alarmante respecto al planeta que ocupamos con  mentalidad depredadora)  y la paradójica tesis del segundo libro en el que Morris nos plantea la atrevida idea de la guerra como motor del progreso, proponiendo la hipótesis provocativa aunque no descabellada de que la comprensión del proceso bélico como dinámica  de cambio nos pueda llevar a encontrar la manera de evitarla y sustituirla por actividades que obtengan  esos efectos positivos sin la brutal carga de destrucción, violencia y sufrimiento que conlleva la guerra.

Sin duda, algunos lectores con sensibilidad y conocimientos sobre las consecuencias de las guerras, considerarán éticamente que el fin –el progreso- no justifica los medios y sus efectos, los miles de millones de muertes por violencia, hambre y desesperación implícitas a la guerra.

Un historiador de grandes procesos puede hacer abstracción  de la “letra pequeña”  donde los teóricos esconden la visión ética profunda de los seres humanos que han padecido  la dinámica personal, familiar y social de la violencia y la angustia mortal que han vivido las víctimas de las guerras, usando el macro enfoque económico, industrial o el desarrollo técnico de países y culturas. No para justificar, por supuesto, los genocidios. sino para enfatizar los logros de la civilización que sobrevive y con ellos, la posibilidad de evitar en el futuro nuevas y semejantes sangrías humana. Desde un punto de vista filosófico eso es, en el fondo, una entelequia de difícil  justificación. Si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano. Un análisis de la situación actual y de la decadencia moral del ciudadano medio en la mayor parte del planeta, acentuadamente en los países más desarrollados, nos hace ver un optimismo utópico, aunque bienintencionado en los libros de Morris.

Pero lo más admirable de este autor no es el ingenio y la inteligencia documental con las que apoya sus tesis, sino el hecho de que no sólo no teme a la controversia y la crítica a sus conclusiones, sino que, muy deportivamente, ofrece un considerable espacio –en el primero de sus libros comentados-  a colegas que rechazan libremente y argumentan en contra de sus conclusiones. Y así tras 200 páginas de exposición de sus ideas, Morris concede 50 páginas a otros cuatro autores que disienten de él (entre ellos a una novelista, Margaret Atwood, la autora de la distópica “Diario de una criada”) y se reserva las 50 últimas para contestar pormenorizadamente a las críticas recibidas y publicadas en el mismo libro.

La base argumental de “Cazadores, campesinos y carbón” se articula a través del análisis de las tres fuerzas brutas materiales que propician las culturas que desarrollan y con  ellas determinadas creencias, valores y principios básicos que regulan las relaciones humanas y sociales de la época (trato equitativo, justicia, atracción y rechazo, no dañar y una cierta sacralización en las fuerzas naturales que nos rodean y no comprendemos ni controlamos). Son tres etapas del progreso humano definidos por los modos de captación de energía, desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, ciudades, y en otro salto enorme, la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitarista y pragmática que vincula dichos valores y principios de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Uno de los mencionados autores críticos con las teorías del autor, Seaford, también le recrimina la afirmación de éste de que “cada época tiene las ideas que se merece”. Uno piensa que ese aserto es tan discutible e injusto como ese otro que conocemos bien en España, “cada país tiene el Gobierno que se merece”. Otro crítico, Kosgaard opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo “presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” como sostiene Morris.

Quizá con la crítica de Morris con la que me siento más identificado sea con la escritora  Atwood, quien se concentra en el problemático futuro que  según Morris nos puede llevar al colapso a través de “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático”, a los que Atwood añade el deterioro de los océanos y los excesos de la bioingeniería y la IA. Así como me atrae, incluso por su optimismo irredento (y su incansable sentido del humor), la confianza de Morris en el sentido común para reconducir las actitudes sociales y políticas a pesar de los populismos y la desinformación que lleva al beneficio de unos pocos a costa de la mayoría. La complejidad del libro no admite una reseña exhaustiva por falta de espacio y el lector haría bien en adentrarse en la lectura personal, por lo que lo dejaremos en este punto, a fin de pasar al otro volumen recomendado, “Guerra, ¿para qué sirve?”.

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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26 febrero 2021 5 26 /02 /febrero /2021 09:03

(Publicado en La Comarca el 190221)

Decía Toynbee que el “mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que la utilizan exclusivamente para sus intereses”.  Por eso no paramos de repetir las equivocaciones y errores de nuestra historia, aunque a menudo no en forma de tragedia, sino en forma de farsa, de teatro de polichinelas,  donde gobiernan el garrote y la desmesura. En Cataluña la enorme abstención ha provocado que se vuelva a repetir el esquema utópico de irrealidad política que antes de la Covid provocó dramáticas consecuencias para toda la ciudadanía catalana y un vergonzante desgobierno que está conduciendo a la próspera y laboriosa Cataluña al desastre (sin contar con esa pesadilla que amenaza las secuelas del virus).

Los ciudadanos razonables, con adecuado respeto a la realidad, legislativa y jurídica, hartos de la violencia y las manifestaciones y los cortes de vías públicas y quema de contenedores  como “práctica política cotidiana” (mientras en el lugar donde se debería hacer política, se calientan sillones bien pagados y se alza una verborrea inane de reivindicaciones absurdas en estos momentos y circunstancias) y asustados por el bloqueo económico progresivo…en fin, esos ciudadanos hartos ya de estar hartos, dan la callada en las urnas como protesta. Lo cual en términos democráticos no significa más que dejar el escenario libre para  los que sí votan: los fanáticos, los equivocados regidos por emociones y sentimientos legítimos pero inadecuados, los alimentadores  y creadores de confusión y una minoría de inocentes que sueñan con imposibles sin analizar los medios para volverlos posibles. Esos votan y logran que la difícil y compleja situación se enturbie y vuelva a despertarse el fantasma de lo que llaman “represión” y, lo peor, alientan a ciertos populismos tipo Trump o a una extrema derecha que se alimenta de descalificaciones y amenazas.

Quizá Cataluña y sus ciudadanos, los cansados  -no los que siguen en pie de guerra desde la manipulada historia de victimismos que durante los últimos decenios se ha enseñado en las escuelas-- podrían plantearse, parafraseando  a Wittgenstein, que la solución del problema que existe en la vida catalana consiste en seguir una manera de vivir que haga desaparecer el problema. Veamos, si el “estilo de vida” público seguido hasta el momento ha sido el de confrontación, rechazo, fanatismo “patriótico”, olvido de las normas jurídicas vigentes en el país e ignorar los auténticos problemas que tiene planteados Cataluña (principalmente el económico y financiero, uno de los ausentes en los programas electorales de todos los partidos)… Tal vez deberíamos plantearnos (perdonen que me incluya, me siento catalán después de haber vivido 40 años en esa tierra) que nos estamos equivocando con la táctica (RAE: método o sistema para conseguir algo) a seguir, porque estrategia (RAE: arte o traza para  dirigir un asunto) de momento no la he visto por parte alguna.

Si contamos, a) con que a muchos de los políticos asentados no se les saca de su sinecura ni con agua hirviendo, b)los políticos “presos o los evadidos”, en pura aplicación de la legislación vigente (aunque aquí ha fallado estrepitosamente la prudencia y oportunidad política y la evaluación  estratégica del poder central)  siguen viviendo muy bien y recibiendo réditos políticos cuantiosos de la sentimentalidad de un pueblo en general decente y c) que al margen de los viscerales, en el maremágnum “indepe”, hay una esclerótica membrana dura de fascismo rampante, antisistemas, vividores del caos y vagabundos del capitalismo que enturbian cualquier mirada lúcida…Si contamos con estos mimbres para confeccionar un futuro político razonable que se preocupe de lo que, según Aristóteles, debería motivar a los políticos, la ética operativa en el bienestar de los ciudadanos, nos dirían en catalán “Passa el dia somiant truites en lloc de tocar de peus a terra”. Es decir, pensando en imposibles y olvidando la realidad  ¿Qué nos queda? Volver a votar… y esta vez todos. Tal como van las cosas, sería lo más operativo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 febrero 2021 5 19 /02 /febrero /2021 10:16

CATALUÑA ENTRE EL GATOPARDO Y KILL BILL

(Publicado en Heraldo, 180221)

La situación política y socioeconómica en Cataluña tras las elecciones tiene todos los elementos dramáticos precisos para convertirse en un dramón con resonancias de tragicomedia clásica. Reflexionando sobre el absurdo escenario configurado por los partidos - contradictorios y excluyentes- más los votantes, más el absentismo, uno recuerda al Príncipe Salina (creado por Lampedusa en su novela “EL Gatopardo”) asegurando con todo el cinismo de la vieja escuela de los terratenientes: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Las posibilidades operativas de los bloques con presuntas alianzas como Esquerra-Junts-Cup y Comuns o, por el otro lado, Esquerra y Comuns, con el PSC apoyando desde fuera, son un desafío a la trayectoria política de cada uno de ellos, pero posibles dentro del “gatopardismo”. Las circunstancias dibujan  una suma de paradojas: el Gobierno del inepto Torra, un Parlament bloqueado por sus propias contradicciones, unos políticos presos o huídos que juegan bazas de inexplicable “heroísmo”, una población fatigada hasta el paroxismo, una pandemia mal gestionada. Pero se actúa como si no hubiera ocurrido nada y se colocan otra vez las fichas al inicio de una partida ya perdida antes, sabiendo que no puede prosperar. Se ha corrompido la frase del Gatopardo: “Para que vamos a votar por cambiar algo, si las cosas ya no pueden ir a peor”. ¿De veras?

La participación más baja en elecciones catalanas, el 53,5 %, y sus resultados son interpretados como un triunfo por cada uno. Nada que objetar, es lo corriente en esta democracia española que debería estar en la UVI. Aún así, la política de bloques identitarios se mantiene ignorando los hechos: una pura y patológica negación de la realidad y las evidencias. Más de millón y medio de electores se quedaron en casa. ¿Por la pandemia? Quizá más bien por agotamiento. Los “indepes” han perdido más de 600.000 votos respecto a 2017. Y se quedan, todos ellos,  en un 27% del censo. Pero también los que rechazan rupturas, mal llamados “españolistas”, han dejado en casa 900.000 votos. Como secuelas peligrosas, crece la presencia de Vox y las bravatas antisistema de la CUP. Aunque todos los excitables partidarios de noches de cuchillos largos y fogatas urbanas, en los dos extremos, apenas llegan a 400.000. Y estamos hablando de cinco millones y medio de catalanes.

Cataluña parece estar a punto de recibir lo que en “Kill Bill”, la película de Tarantino, se definía como los golpes de presión del maestro chino de kung-fu: los cinco puntos que hacen explotar un corazón. Imagínenlo: David Carradine es Cataluña y Uma Turman la ciudadanía catalana. El primer golpe es la pandemia y su pésima gestión; el segundo, los bloqueos y cordones sanitarios que unos partidos políticos desprestigiados y absortos en sí mismos pregonan para contentar a la minoría cavernícola; el tercero, las vitaminas concedidas a los extremos populistas de los dos lados; el cuarto el progresivo empeoramiento de la situación económica y la falta de futuro claro en Cataluña; y el quinto y definitivo, la enorme abstención de votantes que han pasado de su derecho a tener un Gobierno que les represente.

Volvamos a la película. Tras haber recibido los cinco toques, Carradine, bamboleante, sabe que después de dar cinco pasos, caerá muerto. En Cataluña el plazo es más largo: el 26 de marzo se cumple todo el proceso, caso de que en 20 días se pueda constituir la Mesa del  Parlament, se designe presidente, dos vices y cuatro secretarios. Que se presente un candidato a Presidente de la Generalitat y sea aprobado en la fecha indicada. Aquí nos separamos de la película. Hay posibilidades aunque a Hércules se lo pusieron más fácil: sus 12 trabajos eran fruslerías comparadas con el hervidero catalán de avispas. Quizá algunos políticos  ingeniosos –los hay- sugiera frenar a la Fiscalía que reclama la vuelta a prisión de los políticos presos; se busque la fórmula legal –la hay- para declarar un indulto general; se silencie a los extremistas utilizando tajantemente los medios de los que dispone la ley y, en fin, hacer que el PSC se despierte y vuelva a poner en circulación el federalismo como opción más o menos lejana pero siempre pactada. Y, por supuesto, se derriben los bloques y se decrete una Unión Nacional para sacar a todo el país, Cataluña incluida, del marasmo económico, social y ético que nos ahoga. Quizá algo así evitaría el colapso y la bancarrota.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 febrero 2021 4 18 /02 /febrero /2021 12:57

Decía Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que la conclusión de algo, por ejemplo un argumento o una proposición, debe ajustarse fielmente al sentido, a la razón. Por tanto podemos llegar a una conclusión válida sobre algo, cuando el principio y el final del proceso mantienen una conexión, un enlace con sentido, una unidad racional.

Aplicando la teoría hegeliana a este país que vivimos, al que llamaremos Absurdistán  -por su inveterada tendencia a reducir al absurdo todos los problemas que les advienen-, buscamos una fecha de inicio para delinear su proceso político, social, económico, sanitario, educacional…y escogemos la transición, tras la muerte de Franco. Y por coherencia analítico-lógica aceptemos como final retórico del proceso, nuestro presente, estos días de desvaríos pandémicos y filoménicos.

En estos años todo parece haberse acelerado, empezando por nuestro estilo de vida, como sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sumemos una generalizada falta de sentido en lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Añadamos una desnaturalización del tiempo que vivimos en la esfera privada y en la pública, en nuestros trabajos, relaciones y actividades. Nos percatamos de que se ha roto el ritmo, la armonía de las cosas, como el equilibrio de las estaciones o el cambio climático. Se ha disparado la violencia, la agresividad, la barbarie hasta límites que las generaciones adultas y más veteranas no habían conocido desde los años de sombra y luto, tras la guerra civil. La corrupción política ha alcanzado un descaro y una progresión tal que la idea de honestidad es casi un oximorón  para muchos políticos. La entronización del poder como objetivo absoluto al precio que sea y sus consecuencias, el arrase de la pandemia que ha confirmado que el neoliberalismo capitalista se enriquece hasta con la muerte y la miseria; la precariedad sanitaria; el contagio populista internacional, donde la locura gobierna; la fantasmal pero letal presencia de lo irracional en la Red; los estallidos por todas partes de una violencia con sesgos raciales, sexistas, económicos…¿todo esto destruye la posibilidad de una conclusión del proceso histórico de esta nación? ¿Tiene algún sentido la conexión  entre el Absurdistán de la transición y el de estos días? ¿Forman una unidad histórica con sentido, una conclusión hipotética que defina la situación que vivimos como un proceso racional que nos lleva desde los años setenta hasta los veinte del siglo XXI? Desde luego que no.

Me temo que la lógica hegeliana, como la aristotélica o la kantiana, patinarían ante el desolado presente que vivimos en Absurdistán. Quizá la lógica surrealista de Lewis Carroll tendría más éxito. Una derecha con las maneras de la Reina Roja ( “que les corten la cabeza”, clama el ultraísmo), un Gobierno central formado por el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, el catalán como el Conejo Blanco, apresurado eterna y falazmente hacia un objetivo poco realista, el vasco repartiendo porciones del pastel que hace crecer o disminuir-como Alicia- políticas e ideologías para su propio provecho. Mientras, el conjunto de la población absurdistana  es zarandeada de un extremo al otro de las acciones supuestamente precisas para resolver las crisis en casi todos los sectores. La miseria se cierne sobre ellos como aves de rapiña.

¿Cuáles son esos sectores? Desde la educación a la sanidad, pasando por una pandemia que diezma a los absurdistanes, aunque  una parte de ellos la niega y la considera por debajo de sus derechos individuales y la otra, la sufre con resignación. Todo ello nos lleva a una crisis económica galopante, que nadie gestiona con efectividad, a fin de evitar que la paguen los que siempre pagan las crisis. Lo conocemos muy bien: son los jóvenes sin-sin, los jóvenes-con en general, los parados, la clase media, los profesionales de la salud y de la educación (no por falta de trabajo, sino por falta de apoyos y respeto), los de la pequeña empresa, los autónomos, los jubilados, los inmigrantes, los ancianos encerrados en residencias-pudrideros sin control y sin conciencia y los de la infrasociedad cada vez más nutrida…

¿Quiénes se salvan de la depresión sistémica, el paro y la miseria?: la clase política en general, una parte superflua –y demasiado amplia- del funcionariado (los hay muy necesarios: vivimos en una sociedad burocratizada hasta la extenuación), las fuerzas del orden (tal como se está poniendo la cosa, muy precisas) y las de las religiones (también respetando las reservas y derechos de los creyentes), la elite de los bancos y de las grandes multinacionales.

La conclusión de todo esto no es racional, puesto que cada uno de los elementos tampoco lo son. Por tanto, siguiendo a Hegel, no es posible hablar de conclusión.

Y para dar una imagen bastante certera de la situación podríamos (qué paradoja) citar a Dickens en su retrato de la sociedad inglesa de entonces, mediado el siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” y se percibe claramente su carácter profético y premonitorio, como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual. ¿Hay una solución a todo esto?

Cualquiera de los que están provocando estas crisis respondería que, por supuesto, ellos tienen una solución, para eso cobran. Reformar la  Constitución, la ley electoral, el Senado, el papel de la Corona, una política de Estado común en temas como educación, sanidad y servicios esenciales. Pero, si se les pregunta cuándo y cómo actuar, responderían incoherentemente como Bartleby, el escribiente, el célebre personaje de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby es el santo patrón de Absurdistán.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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