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16 junio 2020 2 16 /06 /junio /2020 19:21

Hubo un tiempo en el que una parte de la Humanidad comprendió que era mejor vivir compartiendo que compitiendo, en el que la codicia dejó que prevaleciera la solidaridad y la compasión. Pero duró poco. Quizá un par de meses.  No se trataba de una revolución política, ni financiera, ni social, ni religiosa. Fue un momento mágico, imprevisible y lleno de inseguridad y temor: un virus local se extendió haciéndose global, la muerte pasó a ser un asunto que nos concernía a todos (en realidad siempre ha sido así, pero no queríamos darnos cuenta). Lo patético de la historia que les cuento es que no supimos entender que detrás del virus orgánico se hacía fuerte el virus sistémico, origen oculto del SARS-CoV-2. Ese es el culpable de que  no comprendiéramos que los verdaderos contagiados eran los negacionistas, los Trump, Bolsonaro, los chalecos amarillos italianos, los jóvenes cachorros del capitalismo salvaje que anteponen sus caprichos y diversiones a la propagación del virus, o el neoliberalismo que aspira a la dictadura del beneficio neto, que alienta el racismo, la desigualdad, la crisis económica basada en la explotación, la conversión del mundo en un panóptico digital que domine y controle a los individuos a cambio de una diaria ración de estupidez y mentiras, elaborada para ser emitida desde una omnipresente pantallita que los ciudadanos han incorporado a su persona como un miembro artificial de sus organismos. El virus sistémico no supone el fin del sistema que nos ha empujado a este caos sino su reforzamiento. Es el causante del suicidio climático, del arrase intencionado de especies de todo tipo por un beneficio calculado para ser efímero para los agentes del ecocidio y una fuente de riqueza para los pocos que controlan el mundo, una élite financiera absolutamente miope que no entiende que el agotamiento de recursos, medio ambiente y seres humanos y sociedades, es también el fin de todo su poder. En el fondo serán las últimas víctimas de un Magog creado por el hombre, un ente sistémico de perfecta eficiencia cuyo único defecto consiste en que es erróneo y por esa misma razón, letal para los humanos y para el planeta. La única razón que podría consolarnos a algunos es que este mismo planeta hermosísimo, agotado, arrasado y contaminado nos sobrevivirá. Y seguirá su larguísimo proceso vital hasta su inevitable fin que, cuando acontezca, al menos, habrán pasado eones de tiempo desde cuando se desembarazó del bichejo más cruel, magnífico, esplendoroso y destructivo que ha creado la Naturaleza: el ser humano. Para entonces todos seremos polvo y no importará mucho que volvamos a nuestro origen y nuestro destino: ser polvo de estrellas. Polvo enamorado, diría el poeta, enamorado del milagro de la Vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 junio 2020 7 14 /06 /junio /2020 09:57

En el año 1929, Ortega y Gasset publica “La rebelión de las masas” (recuerden que el país está, como todo occidente, bajo el influjo desastroso del crack norteamericano)  en un clima político español polarizado, inseguro, errático. En el prólogo para la edición francesa de su libro escribe “en estos días ser de la Izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Sin entrar en valorar o analizar  la  figura de Ortega en la política española de la época, he recurrido a esta frase porque refleja de manera bastante fiel el pandemónium político actual, bajo la excepcionalidad política, social y económica de la pandemia.

Se supone que estamos entrando en un cierto control sanitario de la propagación del virus, cosa que debe ser confirmada durante las próximas semanas  ante el alegre relajo de precauciones de muchos españoles. El escenario es, como mínimo, alarmante cuando no angustioso, con los nefastos fantasmas del paro, la crisis de empresas y la falta de fondos para lo más indispensable, danzando por los cielos del país.

En este cuadro bruegheliano destacan los polichinelas de la extrema derecha manifestándose en el Barrio de Salamanca de la capital y en caravanas de coches por otras ciudades, con apropiación indebida de un símbolo de todos los españoles, como es la bandera, e invadiendo las calles con ilegal contumacia. Mientras, la izquierda se atomiza por cuestiones espurias en este momento, desde la cuota de poder a los nacionalismos. La política española en general y muchos de los españoles que se decantan por el partidismo en esta revolución sistémica del Covid padecen, lo sepan o no, de la parálisis moral de la mitad de su persona. En estos momentos de crítica transición global, limitar el pensamiento y la actitud ética por un bando es padecer una hemiplejía moral idéntica a la que padecen la política y los políticos en España. Más allá de cualquier ideología hemos de pensar en la resolución de los gravísimos problemas sistémicos a los que nos ha abocado el fracaso de la falacia neoliberal y el capitalismo salvaje, unidos a la debacle ambiental y de la biodiversidad.

Apostillaba Ortega que el ser humano no debe centrar la visión de su vida o de sus actos desde la óptica de la política, sino de la filosofía, que responde a una necesidad innata de la humanidad. Quizá aquí deberíamos ser realistas y ofrecer una alternativa (también filosófica y pragmática) la del “primum vivere deinde philosophari”. Y ese vivir consiste en unirse todos los políticos en lo que ahora importa, dejando al margen por el momento, sus diferencias e intereses.

Pero esta unión coyuntural está imposibilitada por los movimientos de acaparar el poder que tienen unos y otros. Con una diferencia, las derechas (ultras y más o menos democráticas) y sus conspicuos líderes carismáticos, Trump, Bolsonaro en Brasil, Putin en Rusia, Modi en la India, Orban en Hungría, Netanyahu en Israel y tantos otros,  se comunican entre sí, forman alianzas secretas o discretas, intercambian información, técnicas y métodos más o menos inspirados por el gurú de Trump, Steve Bannon, que busca descaradamente formar una Internacional derechista, nacionalista, de inspiración judeocristiana, en torno a un modelo capitalista salvaje con disfraz neoliberal. Son los partidarios del autoritarismo y la violencia del "si no estás conmigo, estás contra mí". Mientras tanto el mundo se desboca: pandemia, crisis económica, calentamiento global, la UE en fratricida enfrentamiento, desastre medio ambiental, contaminación, brechas crecientes entre clases, razas, credos y niveles de renta...en ese escenario de inseguridad y precariedad, la derecha (corporaciones, instituciones financieras, petróleo, transportes, turismo de masas) impone sus suicidas criterios de desarrollo no sostenible  y cientos de millones de personas les rinden pleitesía. Son tantos que parece que los zarpazos del negado virus, no les hacen mella.

¿Y la progresía? Dividida hasta lo ridículo, manipulada por el Capital, errática y con una ineficacia operativa complicada por la mala conciencia histórica de la incoherencia. Creo que desde la Ilustración y los intentos frustrados de Marx, Lenin, Trotsky y Willy Brandt, la llamada "izquierda humanista" se ha diluido en la confusión de las siglas, los nombres y los caudillistas de circunstancias. No hay unidad, programa común, objetivos claros y viables...el poder y el dinero les ha corrompido por doquier.

Hay una luz de esperanza. Lejana y débil, como al principio todas las son cuando estamos rodeados de tinieblas. Se trata de la articulación de una Internacional Progresista en todo el arco político de izquierdas, partidaria de un "New Deal Global", de coordinar la cooperación internacional por medio de una política de expansión fiscal y la reactivación económica mundial, una condonación de la deuda de los países pobres, adoptar un modelo sostenible de crecimiento, mundializar la Sanidad, dedicar fondos del FMI, el BM y nacionales a promover el cambio de modelo energético (una economía de emisión O en CO2) y la preservación medioambiental . En dicha Internacional hay intelectuales como Naomi Klein o el lingüista Chomsky, políticos como el inteligente ex ministro griego, Yanis Varufakis, economistas como la hindú Jayati Gosh o la primera ministra de Islandia Katrin Jacobsduttir, entre otros, filósofos, científicos de diversas ramas, climatólogos, virólogos. La sociedad civil debería salir a la calle en su apoyo, los jóvenes con más ahínco, dado que estamos gestionando el futuro, que les pertenece a ellos más que a nosotros…Un gesto mundial de apoyo por encima de políticas, religiones y economías rapaces.

Esta Internacional Progresista podría ser la inspiradora de la unión de las izquierdas y quizá de una estratégica alianza coyuntural con la derecha más civilizada y razonable. Los momentos de vital gravedad histórica podrían posibilitar gestos políticos de gran envergadura ética. La alternativa es ominosa: volver a las situaciones bélicas y postbélicas de los 30 a los 50 del pasado siglo con su eclosión de dictaduras, genocidios, miseria y violencia. Y el círculo habitual: oligarquía, contaminación, derroche energético y destrucción del medio natural y la biodiversidad, triunfo de la privacidad carroñera en la sanidad y la tecnología hasta que el planeta, la naturaleza, diga de una vez, basta y nos envíe a los cinco jinetes del Apocalipsis del siglo XXI.  El hambre, la contaminación de agua, tierra y aire, la sequía, las catástrofes naturales y las pandemias consecutivas.

Permítanme acabar con una cita del “Fausto” de Goethe: "Merecer la libertad y la vida es algo que debe conquistarse de nuevo cada día...En esta conquista recibe la vida el sentido que sólo el hombre es capaz de darle, y en eso consiste no su felicidad, pero si la dignidad que le es característica".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 junio 2020 4 04 /06 /junio /2020 09:21

El magnífico trabajo de Julia Boyd "Viajeros en el Tercer Reich que edita Ático de los Libros, nos muestra los testimonios de decenas de personas, escritores, artistas, poetas  que nos dan acceso a las vivencias de viajeros y turistas y estudiosos extranjeros que viajaron a Alemania en la década de los treinta del siglo XX, en pleno caldo de cultivo nazi. Algunos de ellos simpatizaban con la ideología nazi sin llegar a sospechar lo que ocultaba tras los vistosos desfiles con antorchas y banderas, las grandes autopistas que cruzaban el país, la amabilidad con los extranjeros, las bellísimas ciudades medievales y el mundo rural encantador. Otros desconfiaban y trataban de alzar el velo que suele cubrir la vida cotidiana con mil detalles banales. Pero prácticamente nadie, hasta bien entrada la década de los treinta, por mucha repugnancia que les despertara el feroz militarismo y las obcecadas consignas coreadas por miles de voces o la adoración fanática por un hombrecillo con el bigote ridículo del Charlot  de "El gran dictador" (por cierto Charles Chaplin fue, antes de filmar esa película, uno de los viajeros por la Alemania nazi y fue insultado en las calles por suponer que era judío. Así que se apresuró a salir del país: su película no se estrenaría hasta 1940) que ejercía la fascinación de la serpiente con una oratoria simple, peligrosa y populista  que apelaba a los más bajos instintos ensalzando los más descabellados sueños de grandeza.

Lo que más asombra al observador de hoy en día al leer el libro de Boyd y los complementa con "El mundo de ayer" de Zweig, "Tiempo de magos" de Wolfram Ellenberger y para mayor contraste los libros de Karl Kraus, Allan Janik y Stephen Toulmin sobre la Viena de esos años, donde se gestaba el huevo de la  serpiente nazi...lo que sorprende es la enorme ignorancia, indiferencia, optimismo irresponsable que se respiraba por doquier. Una absurda y estúpida reproducción de la inconsciencia que rodeó el estallido y el transcurso de la Primera Guerra Mundial, unos años antes.

Ese estado de ánimo confuso y superficial que se empeña en ignorar los elementos de sospecha y prevención, incluso de alarma, que cualquier observador podía ver en la sociedad alemana de esos días, en sus periódicos, en la radio, en plena calle, no tiene explicación visto desde hoy.Pero es comprensible si consideramos que el mundo estaba cansado y aterrorizado por lo que ocurrió en Europa unos años antes y se negaba a ver lo evidente, con tal de disfrutar de la apariencia de la paz, del espejismo de un futuro sin guerra y en progreso constante. Aunque también hubo miradas más sagaces y atentas. Entre los viajeros famosos estaban mentes tan lúcidas como las de Virginia Woolf, Christopher Isherwood, el embajador británico en Berlin, el erudito chino Ji Xianlin, Francis Bacon, Samuel Becket, Stephen Spender, el poeta W.H. Auden, el novelista Simenon, algunos de ellos no vieron más allá de sus deseos o convicciones previas, otros se negaron a ver lo evidente y algunos escribieron insensatas loas del hombrecillo vociferante porque había alzado el orgullo alemán de la miseria a la soberbia. El libro de Boyd nos habla de estudiantes encandilados, turistas adinerados y personas que viajaban por el país  y de pronto podían ver algo que les horrorizaba y cambiaba su visión y su estado de ánimo: una mujer macilenta, judía, entregando a su hija pequeña para que una pareja extranjera (estadounidense)  se la llevara y salvara su vida.

Es como ver que un tren lleno de tanques viene hacia tí y no te apartas porque piensas que en cualquier momento se desviará a una vía muerta y irá a detenerse pacíficamente en una estación llena de flores. ¿Era posible no entender que lo que  ocurría día tras día en las grandes ciudades alemanas o austriacas eran los primeros brotes de una locura homicida que sembraría de sangre el mundo? Sí, fue posible, al menos por algún tiempo, cuando Hitler comenzó a anexionarse los países de alrededor y la campaña antijudía tomó caracteres visibles de genocidio. Al principio, en los meses y años que describen los testigos buscados por Boyd, Berlin deslumbra por su permisividad, su cultura y su alegría vital nocturna, mientras otras grandes ciudades aún conservaba el encanto medieval y en el campo y los ríos la Naturaleza y la gente se mostraban amables y pródigas. Los detalles amargos, sucios, obscenos se consideraban un lastimoso y lamentable precio a pagar hasta que Hitler lograra afianzar su poder y aumentaran sus posibilidades económicas y financieras. El crack del 29  llevó al nazismo al poder y comenzó un despegue económico y social que atenuaba los horrores que ya se comenzaban a perpetrar contra judíos, gitanos, ciudadanos del este europeo, comunistas y cualquiera que osara levantar la voz contra el régimen. Muchos de los testimonios recogidos por Boyd ya dan noticia de arbitrariedades, violencias y medidas y comportamientos inhumanos.

Pero aún hay entre esos testimonios, y muchos debidos a personas de gran cultura y significación social o política (el mismísimo Lloyd George, primer ministro inglés, que osaba comparar a Hitler con George Washington) quienes justificaban algunos excesos por la humillación alemana causada por el Tratado de Versalles y a la consiguiente miseria de todo un país agravada por el crack del 29...y veían a Hitler como el Mesías salvador de Alemania. Aunque trataban de no juzgar los autos de fe, las quemas públicas de libros, los destrozos y desvalijamientos de las tiendas judías, las humillaciones y campos de concentración donde se internaban a los judíos y a los enemigos del régimen. La mayoría de los turistas se relajaban junto a las aguas grises del Rhin y las maravillosas colinas verde esmeralda y las azules montañas de Baviera. Muchos de esos extranjeros eran antisemitas y no les parecía escandaloso lo que ocurría y otros, como los norteamericanos, no veían mucha diferencia entre la aversión que les producía a ellos los negros en su país y la de los alemanes por los judíos.  

Leemos en el libro algunos pareceres humanamente comprensibles: muchos no creían que Hitler fuese a provocar otra guerra. No después de los horrores de la Primera, tan reciente, y del precio que tuvieron que pagar los alemanes. Y además estaba la sibilina eficacia de la propaganda nazi. Su uso de la radio y de la escenografía de las multitudes en las concentraciones nazis, de los desfiles y los uniformes, de las canciones y los himnos, del estallido de color de miles de banderas nazis hacían temblar de emoción a los más tibios, imagínense a los convencidos de que solo el autoritarismo y la disciplina militar pueden salvar al mundo de la miseria y la corrupción de las democracias (¿no les suena todo esto a tiempos, líderes y países muy cercanos?).

Para muchos de los intelectuales que visitaron Alemania ni siquiera Hitler parecía ser el horrendo carnicero ridículo que más tarde caricaturizarían sus enemigos vencedores. Gente como Virginia Woolf (su marido, Leonard era judío) el poeta T.S. Eliot, el novelista Thomas Wolfe (que juró no volver a Alemania) y otros, se mostraban disgustados o irritados ante algunas de las cosas que veían, pero ninguno de ellos tuvo (o escribió) la premonición de que se estaba acercando la guerra más dañina de la historia y mucho menos fueron capaces de percibir que la "fascinación" y el "encanto" personal del Führer era una falacia patológica. Es una ceguera tan "comprensible" como la de los millones de norteamericanos por Trump, los ingleses por Boris Johnson o los rusos por  Putin (y antes por Stalin, el "padrecito" de la nación rusa). 

Los que sí vieron la realidad y percibieron el peligro fueron pocos y sus testimonios no tuvieron casi ningún valor en el momento que se publicaron (después, sí). De ellos nos habla la autora, justamente alarmada por los paralelismo que percibe entre aquella situación y muchos aspectos de la actual política internacional (incluído el Reino Unido, su país). Pero en aquellos años, el oso nazi no había mostrado sus garras y su carácter sanguinario: Alemania era un país ideal para pasar la luna de miel, enviar a los hijos a adquirir una sólida educación cultural, los hoteles eran limpios y cómodos, el personal  educado y servicial, se celebraban los Juegos Olímpicos con una fastuosidad y eficacia sorprendentes, se podía hacer negocios con los nazis, eran serios y cumplidores. Hace falta una sensibilidad y perspicacia muy elevadas para  distinguir entre el oropel y los vítores la realidad tenebrosa que estaba tomando cuerpo. O ser judío en Alemania.

Ese es el mensaje perturbador que contiene el libro de Boyd. La autora contesta así en una entrevista a la pregunta  ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? : “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”. Una observadora tan sutil como la escritora Karen Blixen ("Memorias de África") nos deja una significativa y reveladora anécdota cuando visitó Alemania, en plena guerra, como corresponsal de varios periódicos escandinavos. En un Berlin "que había perdido su lustre", 1940, vio que se representaba "El rey Lear" de Shakespeare y se sorprendió hasta que comprendió "que la Alemania nazi se apropiaba de los grandes artistas y escritores  foráneos así como invadía los países de los demás". Y añade: "Dicen que Shakespeare en realidad es germánico debido a su poderosa humanidad; y Kierkegaard a causa de su profundidad mental; Rembrandt en su honestidad  artística y Miguel Ángel en virtud de su tamaño". Quizá parezca una anécdota banal. Pero piensen ustedes que esa supuesta infantil soberbia embaucadora es la semilla de la que nace la hambrienta necesidad nazi de ser "los mejores", sin reparar en medios, ni en éticas, ni en simple humanidad. Los mejores y los únicos. Los demás pueblos, sólo son esclavos, siervos o simples números aniquilables. Y si entre la morralla universal hay algún genio, ese tiene a la fuerza que tener raíces germánicas. La anécdota es la muestra de la falacia monstruosa del nazismo. Es llevar la raza, la supuesta nacionalidad única, a la medida de todas las cosas. Horrendo.

 

FICHA

VIAJEROS EN EL TERCER REICH.- El auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi.- Julia Boyd.- Trad. Claudia Casanova.- Ed. Ático de los Libros.-445 págs.- 

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21 mayo 2020 4 21 /05 /mayo /2020 09:01

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro de historia de la filosofía como con "Tiempo de magos" del filósofo y periodista Wolfram Eilenberger que ha logrado la hazaña de escribir una especie de "Vidas Paralelas" no sobre emperadores o filósofos romanos y griegos, sino con grandes filósofos de nuestro ayer más cercano, la por él bautizada "gran década de la filosofía", de 1919 a 1929. Diez años prodigiosos en los que las vidas y los acontecimientos personales e intelectuales de cuatro pensadores de primera fila, Ludwig Wittgenstein, Walter Benjamin, Martin Heiddegger y Ernst Cassirer, marcaron de una forma indeleble, decisiva, la especulación filosófica, social y científica de todo el siglo XX y se extiende sobre el XXI.

La gracia del libro estriba en la habilidad con la que el autor va engarzando las vidas de estos cuatro hombres,con sus penurias, vacilaciones, contradicciones, logros e ideas, tejiendo un tapiz que tiene la virtud de mostrar de una forma sencilla y atractiva los entrecruzamientos de los cuatro. No sólo en el entorno geográfico y político social a los que pertenecen por vivir en la misma época y países cercanos entre sí, sino en la esencia conceptual de sus ideas, todas ellas  (quizá con la excepción del muy ortodoxo Cassirer), de tan difícil sustantación y definibilidad que resulta una hazaña intelectual hacerlas digeribles al lector. Como elementos hábiles de hacer amena la lectura, Eilenberger escoge anécdotas vitales -muchas de ellas bastante poco conocidas- que van perfilando las figuras de estos pensadores tan controvertido como Heiddegger,  tan contradictorio y desdichado como Benjamin, o el difícil trato con el autista genial y no menos desdichado, Wittgenstein.

Destaco la anécdota del examen de doctorado de Wittgenstein en la Universidad de Cambrige en 1929, ante un tribunal formado por los filósofos Bertrand Russell y G.E. Moore, entre otros. Un cuarentón Wittgenstein que sólo había publicado una obra (que nadie había entendido) y que trabajaba como maestro de escuela tras haber rechazado su herencia, una fortuna extraordinaria, se presenta ante el tribunal, se niega a dar demasiadas explicaciones de sus ideas y ante sus asombrados jueces se levanta, da unos golpecitos amistosos en los hombros a Russell y Moore y les espeta: "No se preocupen, sé que jamás lo entenderán". Evidentemente fue aprobado. No por la soberbia un poco cómoda y excesiva de la frase sino porque todos los examinadores de forma unánime sabían que estaban ante un genio irrefutable.

Los cuatro pensadores analizados en este libro son altamente creativos, impertinentes y revolucionarios. Forman una extraña conjunción mágica del pensamiento especulativo. Son centroeuropeos, tres alemanes y un austríaco y han vivido una época convulsa con la  República de Weimar, la I Guerra Mundial, la llegada del nazismo y la II Guerra mundial. Nuestro autor va intercalando las cuatro historias separadas en capítulos donde de forma simpática e ilustrativa nos define las posturas y actividades de sus biografiados. Por ejemplo empieza en 1919, el año en que "el doctor Benjamin huye de su padre, el subteniente Wittgenstein comete un suicidio económico, el profesor auxiliar Heidegger abandona la fe y monsieur Cassirer trabaja en el tranvía para inspirarse".

Los cuatro pensadores parecen buscar una respuesta adecuada y moderna a la pregunta de Kant, ¿Qué es el hombre"  y llegar en su análisis a muy distintas conclusiones. Y es aquí en lo que Eilenberger logra su mejor acierto: hacernos inteligibles las difíciles ideas y planteamientos del oscuro Heiddeger, del místico Wittgenstein o del brillante pero enigmático Benjamin y, por supuesto, del olvidado Cassirer que tuvo la genialidad apenas reconocida de usar el lenguaje y los símbolos para dar su versión de lo que es la naturaleza humana.

Nos dice brillantemente Eilenberg: "Era previsible que la vieja pregunta de Kant acerca del hombre condujera, según se asumiera la respuesta de Cassirer o la de Heidegger, a dos ideales completamente opuestos de evolución cultural y política, tomar partido por una humanidad con iguales derechos formada por todos los seres que utilizan los signos [Cassirer] se oponía al coraje elitista de ser auténtico [Heidegger]; la esperanza de una domesticación civilizadora de las profundas angustias del hombre se enfrentaba a la exigencia de exponerse radicalmente a ellas; el compromiso con el pluralismo y la diversidad de las formas culturales contradecía el presentimiento de una inevitable pérdida de la individualidad en esa sobreabundancia; la continuidad moderadora se oponía a una voluntad de ruptura total y de nuevo comienzo".

Desde el  Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein, a La filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer, o el "Ser y tiempo" de Heidegger, o las ideas dinámicas aunque caóticas de Benjamin, son convertidas por nuestro autor en las raíces nutricias de la filosofía del siglo XX. Y lo explica en una entrevista: “Los cuatro son los padres fundadores de las escuelas que aún dominan la discusión: Heidegger, del existencialismo, la hermenéutica y la deconstrucción; Benjamin, de la teoría crítica y la Escuela de Fráncfort. Wittgenstein, de la filosofía analítica. Y creo que los estudios culturales no serían lo mismo sin Cassirer”.

Es este un libro apasionante no sólo para los estudiantes y lectores de filosofía, sino para cualquier lector que sienta curiosidad por la historia de las ideas  que han modificado y condicionado el siglo en el que vivimos.

FICHA

TIEMPO DE MAGOS.- Wolfram Eilenberger- Tra. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 383 págs.- 22,90 EUROS.- ISBN 9788430622085

 

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20 mayo 2020 3 20 /05 /mayo /2020 09:05

¿HACIA UN NUEVO PARADIGMA GLOBAL?

 

El poeta inglés T.S. Eliot , en su obra "Cuatro cuartetos", publicada entre la guerra civil española y la II Guerra Mundial, nos ofrece una visión  de la condición humana a través de la naturaleza del tiempo y la forma como el poeta lo trasciende a tenor de elementos históricos, teológicos, filosóficos o físicos. "Lo que llamamos principio es a menudo el fin/ y llegar al final es llegar al comienzo/ El fin es el lugar desde donde partimos". He recordado este poema  mientras reflexionaba sobre el desafío global que supone el Covid y la impresión cada vez más acentuada de que la Humanidad se enfrenta por primera vez en la historia a un nuevo paradigma, un paradigma diferente al de los anteriores cambios históricos, culturales, económicos y científicos (desde Copérnico, Newton, Freud, Einstein, la Revolución Francesa, la Ilustración, la revolución industrial o la era digital). Eliot estaba fascinado por la salvaje y violenta muerte de una época y de un sistema de valores y horrorizado por el ignoto futuro que estaba dispuesto a comenzar y cuyo motor había sido una guerra mundial devastadora. Su versos citados nos son tan cercanos porque, sin duda, estamos viviendo un temor reverencial y una inseguridad  semejantes, provocadas por la catástrofe, de sus posible recidivas y de los  efectos demoledores en la economía mundial, que también nos conmueve y nos preocupa de forma angustiosa.

Podríamos estar viviendo el fin de una época, un apocalipsis vírico que cuestiona todos nuestros esquemas, las formas o estilos de vida, las vigentes estructuras relacionales, económicas, sociales...que parecen deteriorarse unánimemente. Al mismo tiempo que lo hacen las del poder político y de codicia económica que están siendo superadas por el desafío que nos plantea el Covid. El virus ha colocado un huevo de serpiente en el centro de nuestra orgullosa, prepotente y arrogante civilización no igualitaria, no solidaria, egoísta, derrochadora de  recursos y rapaz con un planeta ya esquilmado que comienza a desequilibrarse.

El concepto de paradigma de Thomas Kuhn se refería al conjunto de compromisos que comparte la comunidad científica respecto a teorías, conceptos ontológicos, sistemas de creencias y modelos de soluciones de problemas). Más tarde se amplió el significado y le damos la extensión global de una cultura hegemónica determinada, la del capitalismo liberal patrocinado por occidente, un modelo aceptado por el resto del mundo, al menos en sus aspectos económicos y sociales. Este es el escenario que está desvirtuando el Covid. Se trata de un  "universo de discurso" como diría Wittgenstein, que está amenazado y cuyos recursos y defensas han quedado obsoletos, así como su arrogancia..

La cuestión más enigmática que nos plantea ese cambio de paradigma es la respuesta que vamos a darle como especie. Las dos opciones más lógicas a tenor con lo que conocemos de la naturaleza humana y de su historia pasan más o menos, a) por un rechazo a la exigencia de cambio total y un suicida intento de imponer a la Naturaleza la defensa de los intereses más espurios o bastardos. O b) tras una revolución de los más capaces e informados, al margen de ideologías o intereses egoístas, tratar de ajustar la existencia humana a las directrices de supervivencia que imponen las circunstancias, utilizando para ellos las nuevas tecnologías y promoviendo una distinta manera de concebir el trabajo, las relaciones humanas, la producción de alimentos, el acceso respetuoso a los recursos, el respeto al medio ambiente, el control de la contaminación...en suma un cambio sistémico que nos lleve a colaborar globalmente respetando los tres elementos variables de la ecuación, el orden. la seguridad y la libertad. Y aceptando que el cuarto elemento, el hombre, la incógnita operativa, es el que tiene en su mano la llave de un futuro viable.

Sin embargo, los  detentores de los poderes políticos y económicos, cuyo instinto básico es la permanencia en él y los beneficios financieros por encima de cualquier otro valor, es una variable histórica con la que hay que contar y que hace casi imposible la segunda y más viable opción. Pero ni ellos podrán evitar que esta inclemente excepcionalidad de la pandemia levante el velo de supuesta normalidad que ocultaba una existencia sin ideales, materialista, consumista hasta el derroche, agobiante, histérica, deshumanizada en conceptos como el trabajo, las relaciones humanas, la violencia urbana, las explotaciones, los abusos, la miseria, la cada vez más profunda brecha entre unos pocos  ricos y una mayoría de pobres en decadente gradación hasta la inanición, las caravanas interminables de refugiados, las guerras genocidas, la destrucción del medio ambiente y la pérdida de sentido de una humanidad instalada en el Tener y olvidada del Ser. Y eso crea una dinámica de regreso a las opciones: la historia nos enseña que ese tipo de estadios de crueldad y abuso llevan a la revolución, la violencia y el caos. Y volver a empezar... 

Solo que en esta ocasión podría no haber esa nueva oportunidad...ya que esta con el tiempo nos volvería a llevar al mismo punto  o uno parecido, la teoría de la fatal reincidencia en sus errores del animal humano. La piedra de Sísifo era la metáfora simbólica de un hombre condenado a subir una piedra enorme que luego volvía a caer y el hombre arrastrar hasta la cima. Una interpretación más coherente con esta situación  es que la supuesta piedra es el ser humano,  al que la dinámica histórica conduce una y otra vez a la cumbre con mucho esfuerzo y una vez allí,  el hombre se deja resbalar hasta el fondo atraído por el abismo. Freud  sostenía que las dos fuerzas de la vida son Eros, el amor y Tánatos, la muerte. Parece que, según la historia de la condición humana, Tánatos, el abismo, prevalece sobre el amor.

Eliot nos invita en otro de sus poemas del libro citado a optar por la segunda vía: "De prisa, aquí, ahora, siempre/ una condición de sencillez absoluta/ (cuyo precio es nada menos que todo)/ y todo irá bien/ y toda clase de cosas saldrá bien". Y si no logramos consensuar la vía de la cooperación, otros versos de Eliot, igualmente proféticos, nos son aplicables: "La Palabra en el desierto/ es atacada sobre todo por voces de tentación/la Sombra que solloza en la danza fúnebre/ el sonoro lamento de la Quimera desolada". 

(Publicado en Heraldo de Aragón el 19052020)

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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17 mayo 2020 7 17 /05 /mayo /2020 09:32

La aparición, no por inesperada menos inevitable, de la pandemia vírica, un desastre anunciado como la muerte del personaje de García Márquez, ha constituido una piedra de toque para evaluar el valor genuino de la política y los políticos de los países afectados trágicamente por el  COVID. Con muy pocas excepciones, ni la política ni los políticos han dado la "ley" de su valor. Como en el costumbrismo popular, las monedas de presunto oro de la gestión pandémica han resultado ser de plomo al chocar contra la oscura piedra de toque. Si aplicamos a esta situación lo que en filosofía se llama "pensar", es decir, colocarse ante lo real desde la desnudez de prejuicios, indagar en la verdad que se esconde bajo la cortina de datos y de bulos más o menos dirigidos, buscar las líneas de fuga que los hechos desnudos muestran como si fueran problemas inevitables e "inocentes" de la culpabilidad de una mala gestión y, esencialmente, buscar remedios antes que excusas. No como los populistas, tipo Trump o Bolsonaro,  que proponen soluciones fáciles (incluso mágicas) para problemas complejos. Un ejercicio tal nos muestra que la mano invisible del estado y la economía neoliberal de los últimos cuarenta años -no sin la complicidad indirecta de los ciudadanos de la sociedad de consumo irrefrenable e irresponsable- ha provocado de este escenario trágico y que cuando llegan las malas hay que acudir a las antítesis de lo que nos ha sobrado: ante la masificación, reducción de contactos; ante la globalización viajera, cierre sanitario de fronteras; ante el negacionismo, test masivos; ante los bulos, claridad y transparencia informativa; ante la escasez sanitaria, tomar nota del error de recortes y privatizaciones y primar la salud sobre el negocio... y así seguiríamos.

Y sin embargo, en estos últimos días está circulando la constatación de un hecho de alcance internacional que está soliviantando a unos, asombrando a otros y confirmando a algunos de algo que ya se discutía "soto voce" entre los observadores políticos. Digamos que el dato fáctico es el siguiente: de los casi doscientos países que hay en el mundo, sólo diez están dirigidos políticamente por mujeres (entre ellas ninguna dictadora o populista mesiánica, dato relevante). Entre los pocos países que mejor y más pronto han sabido gestionar la crisis, lo cual ha redundado en menor número de contagios y un número llamativamente bajo de fallecimientos, están comandados por mujeres. ¿Tendrá algo que ver la testosterona en este curioso evento?, se preguntan los más irónicos observadores. Científicamente no se puede, por el momento, demostrar la hipótesis de que la testosterona, la hormona  masculina responsable de determinados rasgos secundarios masculinos, fuerza, agresividad, obcecación por la supervivencia y la preponderancia (sexual o comunitaria) cree diferencias manifiestas en el tipo de gobierno según que el líder sea un hombre o una mujer. Lo cierto es que cualidades como flexibilidad, asertividad  (pero no "por mis c..."), formación, sensibilidad a los problemas humanos, compasión, previsión, eficiencia, percepción de los "pequeños detalles" (no en vano rigen ancestralmente los hogares) tendencia a compartir, camaradería, facultad de diálogo...no son exclusivamente femeninas, pero...

Ángela Merkel (Alemania), Jacinda Ardens (Nueva Zelanda), Katrin Jakobosdottir (Islandia), Nicola Sturgeon (Escocia), Tsail Igwen (Taiwan), Erna Soldberg (Noruega), Sanna Marin (Finlandia), Mette Fredericsen (Dinamarca) son las responsables de las mejores y más eficaces políticas de reacción ante la pandemia, la mayoría aglutinando a las diferentes fuerzas políticas de sus países y con una información a sus poblaciones traNsparente, veraz , empática y co-responsable. Tanto en la preparación de hospitales, acceso y distribución general de elementos sanitarios de primera necesidad, realizando test masivos, deteniendo la entrada de aviones y turismo. Y todo ello en las dos semanas posteriores a la declaración china de la epidemia. Y con planteamientos audaces y sumamente racionales, como las dirigentes danesa y noruega que han dado ruedas de prensa a los niños usando los medios digitales para informarles de lo que ocurría y pedirles su cooperación. o las explicaciones públicas continuas y claras de una Merkel, de profesión civil física cuántica, que se convertían en virales en la Red alemana. Las diferencias de morbilidad pandémica entre estos países y los del sur de Europa (excluyendo al modélico Portugal cuyo primer ministro Antonio Costa ha realizado una gestión irreprochable auxiliado por una oposición irreprochable, ¿aprenderemos alguna vez de nuestros hermanos de península?), Norteamérica, Rusia o demasiados países sudamericanos y del este europeo (Polonia y Hungría como ejemplos escandalosos) están mostrando la cara más covidiota del planeta. ¿Será verdad lo que dice Joseph Roth sobre "la abundancia lamentable en el mundo de dos tipos de personas, los malvados y los estúpidos"?

No insistiré sobre esa superioridad femenina en la gobernanza ( y en otros ámbitos de acción social, económica, universitaria o familiar). Me faltan estudios científicos que lo demuestren. Sólo utilizo el sentido común y un empirismo al alcance de cualquiera que quiera informarse. Pero estoy convencido que los casos, conocidos por todos en este país, de señoras cuyos comportamientos públicos son, como mínimo, cuestionables ética y políticamente, responden más al "contagio" de la testosterona con la que los hombres políticos suelen dirimir sus asuntos que a sus cualidades genuinas. ¿Optimismo utópico? Tal vez sí...o quizá no.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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15 mayo 2020 5 15 /05 /mayo /2020 08:58

 

Oímos y leemos: aquí no pasa nada; lo peor ha pasado; ahora la economía es la prioridad. ¿Nada? Más de cuatro millones de casos de una pandemia avisada, con cerca de 300.000 muertos; con un ritmo de contagios y muertes que baja en Europa (aunque no en los EE.UU. de Trump); Pero eso sí, las víctimas arrasan entre la población más pobre y necesitada, en personas mayores y en comunidades minoritarias de negros o hispanos. El nivel de renta ha sido un factor decisivo: a menor renta más casos. ¿Eso es un consuelo? También exigen que  no se puede perder el turismo del verano: hay que abrir piscinas y playas. Dicen: casi todo el mundo respeta el uso de mascarillas y distancia física (no es cierto). Todo esto pronto será una pesadilla para olvidar, aseguran los “entendidos” de tertulia y café.

Quien tiene mala memoria está condenado a repetir la historia. Pero peor es obrar asumiendo que la realidad debe ser como queremos que sea. Es una reflexión que muchos no hemos dejado de hacer dentro de pequeños círculos de influencia,  se han escrito diarios de confinamiento o charlas por internet, artículos en la prensa… una gota de sentido común en un mar de irresponsabilidad.

Aquí vivimos en un pueblo pequeño, de entorno privilegiado y  se han respetado bastante las normas. Pero estamos integrados en una cultura nacional y global en la que la  tónica habitual ha obedecido a un patrón: estupor inicial, escasa información fidedigna, tardanza en reaccionar, presencia de algunos medios –escasos pero dañinos- de información pública desde el alarmismo a la ignorancia negacionista, politización permanente y de nulo nivel solidario de una gestión que debía ser unánime y no errática… junto a “covidiotas” que ignoraban las normas. Cautela, por favor. Gastar en prevención es más barato que gastar en curación.

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2 mayo 2020 6 02 /05 /mayo /2020 10:37

"El punto de partida de la filosofía es la conciencia de la propia debilidad. El conocimiento de la falta, de la carencia, del error, es el inicio de la salvación." Esta frase se atribuye, no a un médico enfrascado en la lucha contra el Covid y en la conciencia de que es preciso cambiar nuestras formas de vida, ni tampoco a un economista horrorizado por los efectos del Gran Crack de 1929 o de la canallada financiera del 2008, ni un político responsable (que también los hay) que está angustiado ante la deriva económica de la pandemia, ni siquiera a uno de los dirigentes griegos tras la humillación de su arruinado país por la Troika comunitaria, ni al ensayista de moda Juval Noah Harari...esta frase, que podría ser esperanzadora, la escribió un hombre nacido en el 345 antes de Cristo, nacido en la isla de Samos, hijo de un humilde maestro, llamado Epicuro (en griego, camarada, amigo). Fundó una escuela llamada el Jardín donde enseñó una filosofía de alegre humanismo, rectitud, amor al placer y la belleza, igualdad entre hombres y mujeres por encima de su origen, honestidad e intuitiva inteligencia. Su mensaje fue tergiversado ya durante su vida y durante siglos posteriores por otras escuelas filosóficas y principalmente por la Iglesia cristiana. El descubrimiento de algunos restos de sus textos (escribió más de 300 durante su vida, pero todos fueron quemados o destruidos por razones religiosas) y sobre todo el hallazgo de la obra de Lucrecio "De rerum natura" en 1417 le valieron un reconocimiento erudito que no comenzó a ser público sino a partir de mediados del siglo XX. A los epicúreos hay que añadir el legado de los estoicos (Epicteto, Séneca) y la inteligencia crítica de los escépticos (Pirrón). Creo que decía Nietzsche que la mejor manera de vivir es disfrutar de la existencia como un epicúreo, obrar rectamente y aprender a soportar las adversidades como un estoico y estar por encima de las opiniones e intereses del dinero y el poder como un escéptico.

La ensayista norteamericana Martha Nussbaum en sus fascinantes obras "La terapia del placer" y "la fragilidad del bien" y el profesor francés Pierre Hadot en uno de sus mejores libros, "La filosofía como forma de vida", son las tres obras cuya lectura consecutiva o alterna podría sugerir, a mi parecer, una especie de "vacuna" psicológica contra la desorientación, el temor, el estrés emocional y la sensación de catástrofe y de final de una forma de vida que juzgábamos imprescindible y relativamente segura y que un simple virus, aparentemente uno más de los millones que acompañan al homínido desde que se puso en pie, ha cuestionado  desde sus bases a sus elementos más complejos que la conformaban y "protegían". El Covid ha colapsado las estructuras de la economía mundial, oficiales, pública o solapadas (entre estas últimas con la excepción de las que sacan tajada buitrera de las necesidades sanitarias del planeta) ha relativizado el omnímodo poder del dinero (aquí caen ricos y pobres aunque estos últimos, como de costumbre, se llevan la peor parte), ha desafiado los límites precarios ya de las libertades individuales y, sobre todo, está arrasando con la salud de una forma global (de momento encarnizándose en los países más prósperos: en ese aspecto lo peor está por venir). Ha sido un test de viabilidad al sistema que el sistema no ha soportado.

Ya en estas primeras semanas, en pleno aislamiento (cuando esta revista esté en el mercado las cosas habrán cambiado mucho, sin duda alguna) resultaba difícil hacer un pronóstico lógico y racional de el proceso y sus cambios, con un permanente bombardeo de "fakes news" bulos "profesionales" e informaciones sesgadas e inexactas. De ahí mi apuesta por el mensaje implícito que se desprende de los cuatro libros libros recomendados y de mi propósito filosófico-pragmático: en tiempos de tribulación, no hacer mudanza, decía el agudo jesuíta Ignacio de Loyola. Por tanto, resistir y ir capeando el temporal como mejor se pueda. "Sustine et abstine" , soporta y renuncia, dijo Epicteto, maestro estoico. Y lo que dice puede ser esencial para el momento en que vivimos: soporta los quebrantos, incomodidades, dolor o sufrimiento sin perder la calma y la visión fría y eficiente de lo que hay que hacer y renuncia  a la nostalgia de los placeres y el bienestar que tuviste: busca un equilibro,entre las dos grandes pasiones humanas, un punto donde sólo dejas entrar a la razón, la lógica, el pensamiento crítico. Meta, la imperturbabilidad del ánimo, esa serenidad que nos permite afrontar las tempestades sin que nos tiemble el pulso y perdamos la cabeza. La felicidad no es Tener, disfrutar de las cosas y las personas cosificadas, la felicidad es Ser un producto de la areté (la virtud) honesta y firme que actúa respetando a los demás y siendo fiel al principio de la excelencia en todo lo que uno piensa, dice o hace.

Más o menos esas son las líneas maestras que la Nussbaum desteje para nosotros en las obras filosóficas, literarias y el teatro de los antiguos griegos. Apoyada y de qué manera por el maestro Hadot que nos habla de nuestros miedos y la mejor manera de afrontarlos con una sólida argumentación intelectual por debajo.

Para los aficionados a los consejos prácticos y directos, la Nussbaum ha diseñado un enfoque filosófico de las capacidades funcionales humanas centrales emanadas de su conocimiento sobre aquellos antiguos maestros de la vida. He tratado de integrarlas en una posible respuesta personal a la pandemia: SER CAPACES  de insuflar dignidad a la propia vida; de cuidar de nuestro cuerpo y proporcionarle los elementos mínimos para su correcto desarrollo; de convertir el encierro en una opción de nuestra libertad y solidaridad e ingeniarnos para no dejar de ejercitarla sin vulnerar las prohibiciones por el bien común; de aplicar la imaginación y el pensamiento en ejercitar nuestros sentidos; de aplicar y sentir las emociones creativas y saber desviar las negativas o nostálgicas a través del ejercicio de la imaginación y la voluntad; de no desdeñar la reflexión crítica sobre lo que ocurre y mantener la lógica y racionalidad como metas indeclinables; de potenciar los afectos ya sean los  familiares como los de amistad y vecindad, buscando un auténtico interés por los otros, solidaridad, cooperación y dignidad común; en la medida de lo posible evocar, analizar y tratar de sentir lo que supone para nuestro equilibrio las relaciones con animales, domésticos o no, con la naturaleza vegetal, árboles, flores, plantas, con el mar y el cielo, en un plano de conexión, de hermandad planetaria; de recuperar nuestra habilidad de jugar plenamente, de reir y de disfrutar de estos momentos como si fuéramos niños, sin otra preocupación que gozar del instante que vivo; y, por  último, en todo momento aplicar nuestra inteligencia y conocimientos al control máximo que las circunstancias permitan sobre el propio  entorno, el círculo íntimo donde se encuentra el yo y quizá nuestra pareja, los hijos, los abuelos. Un control que se traduzca en seguridad y serenidad para el sujeto y quienes le rodean.

No hay ni una sola de estas "capacidades" que no puedan ser corroboradas por alguno de los libros que les sugiero leer en estos encierros (los tres son asequibles por internet). Esencialmente recogen principios filosóficos estoicos, epicúreos o escépticos. La aplicabilidad, pertinencia y actualidad de estos autores es precisamente la razón por la que son considerados unánimemente clásicos indiscutibles, a la altura de Aristóteles, Platón, Descartes, Nietzsche, Voltaire, San Agustín o Santo Tomás, Pascal, Leibniz, Erasmo, Spinoza, Schopenhauer, Montaigne, Ortega, Kierkegaard, Einstein, Wittgenstein, Russell, Kant, Hegel o Marx (que, por cierto, tiene un libro excelente dedicado al análisis de la filosofía de Epicuro).

Como colofón les diré que Marta C. Nussbaum, una de mis eruditas vivas preferida, es profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago, autora de más de dieciséis libros (la mayoría, editados en español por Paidós) sobre filosofía griega y latina, derechos de las mujeres, filosofía política, religión e igualdad entre los sexos. Sostiene ideas que hablan de la dignidad de la mujer : hay que adoptar políticas que faciliten que el potencial femenino sea respetado y cultivado, lo que incluye medidas adecuadas para el cuidado de niños y ancianos, una carga que recae sobre las mujeres en todo el mundo. En estos casos, esas actuaciones, lejos de ser mera cosmética, son cuestión de vida o muerte. Y si se diera el caso de que otras lo son, habría que denunciarlo. La lista de las capacidades que he adaptado para este artículo está detallada en un publicado en español: Crear capacidades. Propuestas para el desarrollo humano (Paidós). En él, hace un análisis del desarrollo social y económico, que lejos de estar basado en los habituales indicadores económicos, como el producto interior bruto o la renta per cápita, tiene en cuenta los medios que pone un Estado al alcance de sus ciudadanos para que desarrollen las capacidades que cada ser humano encierra, y que ella resume en un decálogo. Lo que mediría el verdadero desarrollo, por tanto, sería que la gente disfrutara del derecho a la vida (“a una vida de duración normal, sin muerte prematura”, especifica la autora), a la salud física, a la integridad física (“estar protegidos de los ataques violentos, incluidas las agresiones sexuales y la violencia doméstica”), o del derecho a poder usar “los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento de una forma verdaderamente humana”. El decálogo incluye también “el poder vivir una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo real”. Y respecto al tema que me ocupa citaré una respuesta de Nussbaum a una entrevista : "los estudios humanísticos son fundamentales además en la forja de un saludable sistema democrático. Son materias que nos aportan información sobre el mundo en el que vivimos. Como ya lo vio Sócrates, la filosofía tiene una capacidad única para producir una vida examinada, es una fuente de razonamientos y de intercambio de argumentos. Nuestro clima político actual es histérico, dado a las invectivas más que a los argumentos. Necesitamos de la filosofía con la misma urgencia que la Atenas de Sócrates".

Para los interesados en esta egregia dama de la filosofía doy una lista de sus obras: Contamos con buenas y prontas traducciones de casi todos sus libros, desde La fragilidad del bien (Visor, 1995) hasta Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano (Paidós, 2012). Como los mismos títulos me parecen reveladores y significativos de esa perspectiva humanista, citaré además: La terapia del deseo, El cultivo de la humanidad, Los límites del patriotismo, Las fronteras de la justicia, Paisajes del pensamiento, India (todos en Paidós); Justicia poética (Bello); Libertad de conciencia (Tusquets); Las mujeres y el desarrollo humano (Herder); El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura (Antonio Machado), y, en fin, El ocultamiento de lo humano y Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (ambos en Katz).

En cuanto a Pierre Hadot (que ya me deslumbró con "Plotino o la simplicidad en la mirada" y más tarde con "La ciudadela interior") en el libro que les aconsejo, "La filosofía como forma de vida" tenemos unas conversaciones que mantuvo el pensador francés con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson, dos filósofos y el segundo, traductor al inglés de la obra de Hadot. Es reveladora la convicción de Hadot de que hay que entender la filosofía antigua, más que como un serie de sistemas y estructuras de pensamiento, como la verbalización de un sistema, una forma, un estilo de vida, en suma, una manera de vivir. Y aduce la característica de "oralidad" de los libros de los principales filósofos de aquélla época dorada, desde Platón hasta Epicuro, Epicteto o Marco Aurelio, Pirrón o Anaximandro, Jenofonte o los pitagóricos. Por lo que los libros eran más unos manuales recordatorios para uso de alumnos y discípulos, a modo de consejos sobre cambios en su forma de vivir, que doctrinas o conjuntos de teorías abstractas para uso de eruditos y estudiosos de historia de la filosofía.

Hadot sugiere que esos libros eran los textos preparatorios para unos auténticos "ejercicios espirituales" (los griegos usaron esa expresión con bastante antelación al cristianismo y otras religiones que acabaron monopolizándola para sus intereses pedagógicos y doctrinales) con los que el iniciado iba logrando alcanzar ciertos cambios en pos de la "vida buena" y la moralidad de lo correcto. Cualquier estudioso de la filosofía antigua termina percatándose que en el entramado de los libros clásicos hay una urdimbre bastante clara y explícita de prácticas y ejercicios destinados a mostrar el camino al lector de un estilo de vivir coherente con los principios que se han tratado de demostrar en el texto.

Para ellos, la filosofía no era solo teoría o discurso, era una manera determinada de vivir, "una opción existencial y una distinta y coherente visión del mundo". Y así, para los epicúreos de nada servía la filosofía si no lograba curar el alma y transformar al individuo en su relación con los otros o con el cosmos. Para ello decían, se debía prescindir de los deseos innecesarios, optando más bien por los necesarios y por la moderación del placer.  Los estoicos -muy prácticos y generadores de máximas excelentes para recordarnos cómo realizar la "vida buena"- se preocupaban de mantener una "terapia de las pasiones", pues consideran que son las pasiones las que hacen desdichado al hombre. Se trata de enseñar al hombre a distinguir entre lo que depende de él y lo que no. Ante lo primero, trabajo honesto y fortaleza, ante lo segundo indiferencia y aguante resignado.También para Epicteto y Cicerón la filosofía es una especie de medicina del espíritu que posee su propia terapia para sanar al hombre.

La tradición de la vida filosófica no ha muerto desde entonces y la encontramos en Kant, en Nietzche y entre los más cercanos en Onfray, María Zambrano. Ortega o Peter Sloterdijk y, en cierta forma, en Wittgenstein. Hadot insiste en que hay que rescatar la sabia vital de la filosofía, volver a los "ejercicios espirituales" como los diseñaban los estoicos o los epicúreos y escépticos, apuntar a esa "conciencia cósmica" de la que hablan Bergson y otros, buscar ese ideal de  perfección humana y progreso espiritual que nos inserta en un esquema evolutivo que concierne a toda la humanidad. Sin olvidar, por supuesto, en qué mundo vivimos, la importancia de la geopolítica, los movimientos sociales, la globalización informática y los radicales cambios de costumbres y creencias que con gran velocidad se  están produciendo bajo las nuevas tecnologías. Nunca como hoy, en plena revolución pandémica de costumbres, hábitos y estructuras económicas y sociales, bajo el imperio de la amenaza de muerte y miseria, es tan necesaria la filosofía, único "noray" al que se puede asegurar el desarbolado navío de la humanidad. Hora de vivir como personas, hora de pensar. ¿Cuál es la mejor herramienta del pensar? La filosofía.

 

FICHA

LA FILOSOFÍA COMO FORMA DE VIDA.- Pierre Hadot.- Trad. María Cucurella.- Alpha Decay.-266 págs.-29,50 euros.- ISBN 9788493654016

LA TERAPIA DEL DESEO Y LA FRAGILIDAD DEL BIEN:FORTUNA Y ETICA EN LA TRAGEDIA Y LA FILOSOFIA GRIEGA.-  45 y 38 euros.- Martha C. Nussbaum.- Ed. Paidós
 

 

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 12:30

Me disculparán si en este artículo uso conceptos y términos de economistas. Soy un lego, aunque curioso y motivado, en Teoría Económica. A pesar de ello, en el transcurso, aún en marcha, del proceso destructivo del Covid19 se ha  producido una especie de "gerontocrash", que merece un tratamiento aparte y un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "Crash" proviene del economista John Kenneth Galbraith que en 1929 lo tomó para el título de su libro "The Great Crash" que trataba de analizar las causas y consecuencias de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco,  en los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica que aún no se ha sustanciado ni es posible delimitarla o ponderarla,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008: no hay precedentes. Se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

Leía en un ensayo de Walter Benjamin una líneas (referidas a otra situación deprimente) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas encargadas de las llamadas "Residencias de la Tercera Edad", más cercanas a las de la película "Soylent Green" que a las de las series y comedias norteamericanas con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias" . Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera como en "Soylent Green" los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil como ya no existía en la distopía mostrada en la película, un mundo arrasado por la contaminación global. Ancianos convertidos en galletas nutritivas para calmar el hambre de un mundo donde sólo vivían bien los integrantes de la clase privilegiada, parapetada tras muros de acero y guardia armada.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (eso es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos. ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus y de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros que controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años)  regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y sueldos mínimos para dedicaciones completas. ¿Se asombran de la  hecatombre que se ha producido en esos morideros en los que, a día de hoy, todavía faltan medios y cuidadores? En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (datos sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de viejos sin control sanitario y expuestos a la mayor virulencia del Covid, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores. Como decía Benjamín "es la tradición de los oprimidos". ¿Debería asombrarnos que eso ocurra en el siglo XXI? Decididamente, sí. Bélgica y Holanda sostenían que "sería un error tratar de salvar a ancianos a cualquier precio" y Trump ha dejado caer que es un alivio saber que el virus se ceba en las personas mayores. Podría meditar un poco (él no es precisamente joven) en la frase de Canetti: "Es en la vejez donde esperanza y desesperación juegan su última partida". Los ancianos del mundo la han perdido.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia ha causado indirectamente y el poder económico y político han promovido, por dejadez o codicia, de forma directa. No tengo cifras fiables (no suelo fiarme de los big data o las estadísticas oficiales. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos muertos de manera miserable, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la descafeinada ley de dependencia de Zapatero o la aquiescencia de Sánchez, en suma  toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a la Sanidad, la enseñanza, las ayudas a la Tercera Edad y no rectificaron en tiempos de bonanza. Está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante. Como escribe el economista David Harvey, "Cuarenta años de neoliberalismo en el occidente democrático (Estados Unidos, toda Europa, parte de Sudamérica) han dejado el sector público totalmente expuesto y sin preparación y medios para enfrentarse a una crisis de salud pública y económica como esta pandemia".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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19 abril 2020 7 19 /04 /abril /2020 07:40

 Todo el mundo miente, es el provocador título que el profesor Seth Stephens ha dado a su libro, elaborado tras su experiencia como analista de datos de Google, licenciado en Filosofía por la Universidad de Stanford y en Economía por Harvard. En estos momentos en los que los big data se han convertido en uno de los recursos más utilizados (y más manipulados) de las redes sociales e informativas, leer el magnífico libro de Stephens es un aporte extraordinario de sano escepticismo y de habilidad interpretativa de los datos que nos atosigan sin cesar por todos los medios habidos y por haber. 

Interpretar los datos y tomar las medidas más logicas y adecuadas sin seguir fielmente la supuesta tendencia que nos marcan las cifras y estadísticas es uno de los "secretos" que nos enseña el autor. Para polítifcos y policías o ejército la utilidad es evidente. Por ejemplo, respecto a los atentados islamofóbicos nos cuenta: supongamos  una ciudad de un millón de habitantes  que cuente con una mezquita, las probabilidades de que alguien que NO introduce en el buscador de su ordenador “matar musulmanes” ataque esa mezquita son de 1 entre 100.000.000. En cambio, las de quienes SÍ introducen en el buscador “matar musulmanes” son de 1 entre 10.000. Supongamos ahora que la islamofobia se dispara y que las búsquedas de “matar musulmanes” pasan de 100 a 1.000. La respuesta adecuada, dice Stephens-Davidowitz, no sería detener a los individuos que efectúan la consulta, sino extremar la protección de la mezquita local, dado que hay más individuos con probabilidad de atacarla". 

Esto correlaciona con algo que ya es de dominio común desde hace años: la interrelación con los medios digitales van dejando una serie de rastros que configuran una suerte de retratos-robot de nuestra personalidad, nuestros deseos, motivaciones, carencias y rechazos que constituyen un material psicológico de enorme potencial en aspectos tales como el perfil consumista, político, social o sexual. Esos datos están en poder de las grandes empresas que controlan los servidores y las páginas de servicios más populares de Google, Facebook, Instagram o WhatsUp. Parece que está comprobado el papel decisivo que tuvo la manipulación de datos personales en las últimas elecciones norteamericanas que llevaron al poder a uno de los peores políticos del momento.  Ni Orwell con su "1984" llegó a imaginar el poder predictivo y manipulativo de contar con una base de datos con cientos de millones de usuarios en todo el planeta, aunque también hay que contar con los efectos benéficos que puede tener bien empleados: una prueba de oro sería aplicarlo a la detección y tratamiento de la actual pandemia, sin vulnerar, por supuesto, la intimidad de las personas y reduciendo su aplicación al área sanitaria. Esos datos están disponible desde la realidad cotidiana, de una forma no invasiva que las personas ofrecen si ningún tipo de cuidado o reticencia. Desde el ordenador de su casa usted y los demás usuarios del mundo regalan trillones de datos de impresionante valor combinatorio.

Y esos son datos honestos, no los recaban las encuestas de las agencias estadísticas, en las que -está demostrado- todo el mundo miente, desde la frecuencia de sus relaciones sexuales, sus hábitos de vida y salud: la gente fantasea, da respuestas sobre lo que quisieran ser, no sobre lo que son. Queremos dar una imagen sobrevalorada, presumimos de lo que no tenemos (cultura, atractivo, conocimientos, poder). La cuestión está, según nuestro autor, en que los Big Data van a terminar con esas mentiras y fantasías. Los macrodatos van a derruir muchos supuestos y convenciones que los humanos tienen sobre sí mismos, por encima de las mentiras que contamos a los demás y, más perturbador aún, las que nos contamos a nosotros mismos.

El autor no puede evitar cierta arrogancia cuando, por ejemplo, asegura que muchas de las teorías de Freud sobre los errores del inconsciente (en su obra "Psicopatología de la vida cotidiana"), los "lapsus linguae", son falsas y él puede demostrarlo. Así nos dice que cuando un sujeto se mete en un motor de búsqueda  y teclea "penicuro" o "sexuridad" no está mostrando sus deseos inconscientes, sino que son "lapsus de dedos" que todo el mundo comete y con mucha frecuencia. Y para terminar de "convencernos" asegura que si un mono tecleara en una máquina aleatoriamente el suficiente número de veces acabaría escribiendo "ser o no ser, esa es la cuestión...". De ahí a Pierre Menard, autor del Quijote solo hay un paso. Un poco desorbitado. Aunque para equilibrar a los lectores algo indignados, Stephens asegura que Freud sí tenía razón en la fijación sexual en la infancia que puede llevar a que haya muchos miles de adultos que buscan en la red material porno que trate sobre relaciones sexuales "con mamá".

Bien, están avisados. Es un libro interesante, inflado de datos como es de esperar, buenas conclusiones, algunas no tan buenas y sumamente perturbador sobre las mentes y los deseos, carencias, represiones y odios ocultos en la mente de las personas y expuestas en el escaparate de internet ante los ojos de los especialistas ...y de los que comercian con esos datos.

FICHA

TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens Davidowitz.-Trad. Martin Schifino.-  287 págs. Ed. Capitán Swing.






 

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  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
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