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17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 enero 2022 5 07 /01 /enero /2022 11:05

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" enero de 2022

Me van a permitir empezar por el final. Escribir sobre límites éticos en nuestro mundo es zambullirte en la piscina del horror desde el trampolín de la torpe (des) política que nos alarma. El escenario lo conocemos: ya sea desde nuestra pobre, vocinglera, obcecada España hasta el confluencia en ruta de colisión de las grandes potencias nuevamente polarizadas: Rusia, China “et alii”, frente a Estados Unidos y la UE, ante la mirada impotente de cientos de países cargados de problemas propios y, en torno a todos, una crisis sistémica global servida en la bandeja de una pandemia por ahora incontrolable. Por tanto, entremos en el análisis de los paradójicos límites éticos, pero no antes de rescatar un principio básico –que suena utópico- y está presente en el ser humano. Aunque ignorado, podría ser un esperanzador “quizá” como final del artículo.

Dice Simone Weil, la malograda víctima de la política del desastre de la primera mitad del siglo XX, despedazada entre el fascismo español y el nazismo alemán: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia”. Y Josep Mª Esquirol, agudo y brillante, apostilla : “Quien no cree en lo que ve, ni en lo que toca, ni en lo que siente y, sobre todo, quien no sabe hacer del otro el prójimo y el amigo, no va bien, ni está bien. Y no puede confiar en nada ni en nadie. No cree en nada o cree que todo es una especie de nada…en cambio quien cree en lo que toca, confía y cree también en lo que no puede tocar. Porque justo por la honda sencillez de lo concreto, quien mira lo más visible, ve lo invisible. Y quien cree en lo más creíble, cree en lo increíble”. Es la revolución del individuo contra la entropía del sistema: nuestra esperanza de futuro.

El libro de Michael J. Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, “Lo que el dinero no puede comprar” nos pone en el carril principal de la autopista del desastre por la que circula el siglo XXI (casi copiando, con otros parámetros, el desconcierto, la codicia y la estupidez de la Humanidad en las mismas décadas del siglo pasado). Como entonces, hemos topado con el quevediano “Don Dinero”, ese poderoso caballero omnipresente sin patria, alma o rostro. En este libro llegamos a saber, con bastante tristeza pero abrumador realismo, que el número de cosas que no se pueden comprar con dinero en este mundo de hoy ha disminuido de forma radical respecto a las pretensiones éticas de otros tiempos. Pongamos como posible punto de referencia de valoración humanística, la revolución francesa y la americana y la Ilustración.

Sandel nos propone una divertida lista de las “nuevas” incursiones del dinero y el mercado contra antiguas nociones éticas y buenas costumbres afirmadas por la educación, la civilización y las religiones. Con un cinismo operativo que para sí hubieran querido Maquiavelo, Adam Smith o el Marqués de Sade, las supuestas “leyes del Mercado” han conseguido que hoy día con una buena cartera de billetes usted pueda conseguirse una celda mejor si debe ingresar en prisión, comidas especiales y una cierta vigilancia de su persona. Ustedes me dirán, “eso ha sido siempre” y lo van repetir en muchos de los ejemplos. Pero hay una diferencia sustancial: antes era una “mordida”, una corruptela de guardianes u oficiales: ahora está admitido “legalmente”, nadie protesta y nadie se queja. En algunas autopistas hay un carril especial para evitar atascos para servicios y seguridad, usted podrá circular por ellos pagando una tarifa. Si quiere emigrar a Estados Unidos  y tener permiso de residencia legal basta que invierta 500.000 dólares en una zona deprimida del país y crear al menos diez puestos de trabajo.  Si quiere cazar una  especie de animal protegida por peligro de extinción, sólo es cuestión de precio. Si está dispuesto a pagar de 1.500 a 25.000 dólares anuales a su médico especialista, tendrá su teléfono móvil personal y será atendido sin esperas o vendrá a su domicilio a atenderle. La admisión de un hijo suyo en una de las mejores universidades también tiene un precio para no pasar por el exigente tribunal de admisión. Hay empresas que pagan a personas sin trabajo para que hagan colas por usted para conseguir entradas para un espectáculo o en un espacio público donde solucionar cuestiones burocráticas, o políticas.  Puede comprar el seguro de vida de un anciano o un enfermo, pagará las cuotas mensuales mientras éste viva y obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca. En ciertos parques recreativos, pagando un entrada mucho más cara, usted y su familia no tendrán que hacer cola alguna, entrarán directamente en la atracción. Si necesita una “madre de alquiler” a bajo precio hay empresas que se la consiguen en cualquier país en desarrollo. Si necesita popularidad con fines políticos o económicos ya tenemos empresas que le convierten en un “influencer” o en un popular candidato, a través de internet y los media. Hasta los Gobiernos admiten la proliferación de empresas de seguridad privadas para que cubran exigencias en lugares o situaciones donde la policía o el ejército no llegan.

Como escribe Sandel “vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas los mercados de valores han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho”.  Esa intromisión de los mercados y el pensamiento orientado a su predominio en aspectos regidos por normas éticas o de convivencia no mercantiles, es uno de los hechos que nos hacen cuestionarnos los límites éticos de nuestra cultura. En ella, instituciones como colegios, hospitales, prisiones o residencias se han convertido en privadas y lucrativas para fondos de inversión, afectando no sólo la calidad del servicio sino a los principios de igualdad y solidaridad social. Todas estas situaciones crean un substrato social en el que los ciudadanos comienzan a recelar e indignarse por dos cuestiones: la desigualdad y la corrupción que se generan con el patrón hegemónico del dinero como fuente de “derechos” y la gradual pérdida de valor intrínseco del Estado como garantía de la democrática igualdad. Hemos pasado de tener una sociedad de mercado a ser una sociedad de mercado. Eso está creando un enorme rencor en la población más desfavorecida y un vacío de justicia en el discurso público. Ya no hay interlocutor válido para un debate sobre los límites éticos del mercado, pues el discurso político carece de justificación operativa ética y moral y se ha convertido en pura gestión tecnocrática. En el libro, el lector es informado de cómo podríamos proteger ciertos bienes morales y cívicos a fin de que la codicia amoral de los mercados no pueda anularlos a cambio de dinero.

Precisamente el poeta polaco Adam Zagajewski en su “En defensa del fervor” nos propone una recuperación de los valores propios de nuestra cultura: la serenidad, la valentía, el pensamiento crítico, la belleza, el respeto, la solidaridad, la empatía con los otros  y una cierta seriedad metafísica que contrarreste los excesos de una vida limitada por el poder del dinero y el mercado. Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía últimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí). Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco, que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye: "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). Falleció en marzo del año pasado.

Nuestro autor nos dice que una de las maneras con  las que uno puede renovar los lazos éticos que le deberían vincular al mundo,  es “desvelar el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes, el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia”. Y aceptar el grado de estimulante inseguridad que nos produce el convivir con el misterio y con la seguridad de que no hay una sola metáfora acertada para salvar a esta civilización perdida en la dialéctica del ser y el tener. En la selva de la oferta y la demanda, los límites éticos se difuminan porque es así como lo hemos aceptado inconscientemente por comodidad, interés o placer: cada vez que decimos “si” al control que va implícito con algunos “servicios” que nos proporcionan y sin los cuales la vida cotidiana sería menos cómoda y más complicada. El principio del fin fue cuando todos consideramos lógico y aceptable el aserto de que nada es gratis. De una forma u otra hay que pagar por todo lo que nuestra civilización nos proporciona (y sin lo que ya no sabemos vivir). Aunque, A.Z. nos recuerda que deberíamos evitar “conclusiones ideológicas globales que ya no están al amparo de ninguna clase de sentido del humor ni de dudas sobre la propia clarividencia”. El velo de las cosas sobre el futuro no se ha levantado y cualquier predicción es un exceso narrativo. Por ello nuestro autor nos regala una reflexión que puede poner punto final a este trabajo: “Sabemos o adivinamos que la modernidad (el estado actual de nuestra sociedad) no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que achacándole muchas cosas y por más que nos indignen algunas de sus facetas menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle. La modernidad está en nuestro interior, en nuestros adentros, y ya es demasiado tarde para limitarnos a criticarla desde fuera”. Por ello resulta evidente que una actitud intransigente, desprovista de sentido común y de humor indulgente no nos ayudará a vivir en este mundo ridículo, cruel e imperfecto.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

HUMANO, MÁS HUMANO.- Josep Mª Esquirol.- Ed. Acantilado.-173 págs.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR.- Michael J. Sandel.- Trad. Joaquín Chamorro.- Edit. Penguin, Random House. 253 págs

EN DEFENSA DEL FERVOR. Adam Zagajewski.- Trad. A.Rubió y J. Slawomirski.- E. Acantilado.214 págs.

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25 diciembre 2021 6 25 /12 /diciembre /2021 16:56

 

Este texto está dedicado a la memoria de Adam Zagajewski, poeta polaco que falleció en Cracovia el  21 de marzo de este año que acaba.

"Pero nosotros, que de niños jugábamos, con deleite -y por fuerza- entre las ruinas que nos habían dejado en herencia las innumerables proezas de nuestros intrépidos y elocuentes predecesores... somos escépticos respecto a una retórica de estilo elevado y muecas pomposas. Adivinamos que la modernidad digital que nos agobia no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que a pesar de sus muchos defectos y por mas que nos indignen algunas de sus funciones y cometidos menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla humanamente, debemos comunicarnos con ella. Las nuevas tecnologías están ya en nuestros cerebros y es demasiado tarde para tratar de ignorarla y menos de anularla." ( pág.52). Si el lector se adentra en la fértil y estimulante lectura del libro del poeta  polaco Adam Zagajewski, que hoy analizo, encontrará este párrafo aunque no exactamente escrito de la misma manera. Lo he adaptado un poco a un mensaje más acorde con el tiempo que ahora mismo vivimos, ya que originalmente fue escrito hace más de veinte años. Pero estoy seguro que A.Z. vería con simpatía la pequeña profanación literaria.

En definitiva, lo que cuenta es la decidida recomendación que hago para que se adentren reposadamente en la lectura de "En defensa del fervor", donde la fuerza interior del poeta se metaboliza en observaciones agudas y brillantes sobre autores, hechos, historia, filosofía y, naturalmente poesía, de grandes de la literatura europea, con ese sentido humanístico que floreció en la Europa arrasada por la segunda guerra mundial y que ha dado genios de la talla de Rilke, Benjamin, Hannah Arendt, Stefan Zweig, Simone Weil, Mann, Freud, todos ellos tocados y muchos derribados por una época sombría y extremadamente cruel.

En eta obra somos testigos de excepción en algunos momentos de cómo funciona el "taller interior" del poeta, sobre todo cuando sus comentarios y reflexiones son sobre otros poetas o escritores o filósofos, como Nietzsche, Cioran (del que hace un agudo análisis) o Czeslaw Milosz, amigo personal de Adam. En ellos se desprenden ecos de los mecanismos casi inconscientes que fertilizan su poesía y  esa percepción de lo real que los poetas convierten en su campo de trabajo. Y eso en una época como  la que hemos vivido donde "se siente una indiferencia total por los problemas metafísicos, confirmando con tristeza la lenta atrofia de la imaginación espiritual".  Para ello analiza la ironía y el cinismo como herramientas necesarias para encontrar "la chispa de la antigua visión mágica del mundo.” 

Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía ultimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí. Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye:  "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). En ellos sostenía que los polacos debían "alzarse contra las falsificaciones de la realidad y la apropiación del lenguaje por la ideología y propaganda  comunistas.

Aquí, A.Z.  analiza el fervor y lo sublime, antes de dejarnos páginas memorables sobre Nietzsche, el arte poético, en un paradójico "Contra la poesía" y una variedad de asuntos: desde el ocio, a las visitas a los lugares santos, y remembranzas de un "París de tonos grises" o las desventuras obligadas de escribir en polaco, donde brilla una ironía amable y comprensiva.

Su defensa del fervor sólo es analizado en profundidad en el primero de los ensayos del libro, pero en esencia, parece reflejarse en todos los demás, en los que usa un entusiasmo que hace revivir el fervor y la ironía humanista, que suele aparecer con las dictaduras y la barbarie. Por ello "expresa su decepción por la muerte de la esperanza utópica y la crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico".  Aunque no se recata de dar un toque de atención: "A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico". 

Seguimos pues, nos dice AZ. con esta etapa de un "peregrinaje eterno e interminable".  No en vano,  define a los ciudadanos de esta época usando el término  platónico de "metaxú", vivimos entre nuestro entorno, que creemos conocer, concreto y material y la trascendencia, el misterio de lo inefable. "Metaxú" es el estado de un ser que siempre está, irremediablemente, a medio camino de todo. Incluso de la búsqueda de la belleza.  Zagajewski  considera al poeta ideal como "aquel que es capaz de asumir y controlar la oscilación entre ironía y fervor, humor y misticismo, realidad y trascendentalidad". Y propone a su admirado Czeslaw Milosz, al que dedica uno de los ensayos del libro «La razón y las rosas». Para los poetas como él, "lo sublime es una experiencia del misterio del mundo, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un deslumbramiento y una sensación de estar cerca de lo inefable".

En otro de sus capítulos AZ hace una defensa numantina de la poesía argumentando en su contra: a través de la inspiración, que "parece elevarnos por encima de la cotidianidad para que podamos contemplar el mundo con atención y fervor al mismo tiempo" . Aunque el poeta en ninguna ocasión puede marginarse del debate intelectual de su época, única manera de dar a su obra un sentido y un valor.

En "La poesía y la duda" analiza la obra y a la vida de Emil Cioran,  y su elección de la duda como referente global de su trabajo y su ideología, un nihilismo absoluto, y al suicidio como único sistema para acabar con la "broma macabra de la vida". Sólo con el fervor, nos dice AZ, puede salvar a la poesía. Y al poeta. Así lo demostró él mismo a lo largo de su obra y de su vida. Descanse en paz.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EN DEFENSA DEL FERVOR.- Adam Zagajewaki.- Trad. A. Rubió y J. Slawomirski.- 215 págs.-Ed. Acantilado. ISBN 9788496489158

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 12:15

HASTÍO Y BANALIDAD DEL MAL

Publicado en “Heraldo de Aragón” el 091221

Hay un paralelismo deprimente entre las actitudes sociales y políticas de la oscura primera mitad  del siglo XX y una semejante decadencia moral y ética en nuestro presente. Una exacerbación del extremismo y la violencia, una aparición -con otras formas y características- de seres humanos fuera de cualquier categoría:  “homo sacer”o “nulas vidas”, cuerpos sin identidad, números y estadísticas, sin derechos, trabajo, dinero o pasaporte, seres sobrantes, eliminables… Al otro lado del espejo, tras fronteras seguras y vigiladas, los ciudadanos oficiales, con papeles e identidad jurídica, miran pudorosamente hacia otra parte.

Después de la I Guerra Mundial fueron los judíos, gitanos, enemigos políticos, ciudadanos de zonas separadas e integradas en otros países. Personas estigmatizadas por ser negros o asiáticos, viejos, mujeres o niños. En estos días se trata de  inmigrantes, refugiados, oleadas de personas que mueren por salvar sus vidas, gentes de todo tipo hacinadas y explotadas en los suburbios de las grandes ciudades… El rechazo del Otro entre musulmanes y judíos en el mundo cristiano y viceversa. La coincidencia entre ciertos hechos y situaciones visibles cada  día, reflejos de la actualidad, y ciertas lecturas sobre los hechos vividos por una generación de filósofos de ambos sexos y poetas y narradores (que Wolfram Eilenberger situó en “tiempos sombríos”, de 1919 a 1943), entre ellos dos pensadoras judías, Hannah Arendt y Simone Weil, provoca una sensación por lo menos inquietante de “dejà vu”, de algo conocido y vivido, de una repetición,..

 

En el legado filosófico de Hannah Arendt se habla de la “banalidad del mal”, casi un cliché hoy día, que la misma autora delimitó y aclaró: el mal no es nunca banal, pero sí lo es la forma de producirlo, organizarlo, ampararlo o justificarlo. El mal que Eichmann ayudó a implementar no es banal, pero sí lo es la burocrática y eficaz indiferencia con que hacía su trabajo, así como la actitud de ignorancia tácita de la mayoría de la población alemana respecto a los horrores genocidas de los campos y la colaboración directa o indirecta que el régimen nazi exigía y recibía en el cumplimiento de sus objetivos (incluidos los Consejos Judíos: acusación que nunca se perdonó a Arendt).

En cuanto al concepto weiliano de “fuerza”, nos habla de los soldados –o políticos-  vencedores cuya victoria y ocasional omnipotencia les convierte en esclavos de su poder, carecen de palabras, razón, emoción o sentimiento. La fuerza absoluta transforma radicalmente al que detenta el poder y también a sus víctimas, los petrifica a ambos, los torna materia bruta y les desnuda de humanidad, poseídos por la pasividad éstos y dominados por la brutalidad sin odio, los otros.

Son los dos lados opuestos de la misma tragedia: vencedores y vencidos, el tirano y el esclavo, el poder absoluto y sus víctimas. Ambas son dos formas paralelas de una misma filosofía de la reducción, la que se articula en torno a un solo elemento, ya sea la física por ejemplo o el mal puro y simple. Y creo que en nuestra época ese elemento único que define nuestra realidad es la fuerza automatizada y el mal que se practica y extiende de forma banal: una simbiosis trágica.

A través de obras de autores como Nietzsche, Stefan Zweig, Benjamin, Heiddeger y Ortega, entre otros, se menciona el hastío que producen los excesos emocionales que rompen los límites de lo razonable, lo comprensible: cuando uno se cansa de tanto horror y entra en un estado pasivo e indiferente, como inmunizado por el dolor y la crueldad. Es el hastío de los soldados alemanes que “cumplían su deber de obediencia” conduciendo seres humanos deshumanizados al matadero…pero también ampliando el foco de la mirada, la riada inacabable de trágicas muertes de inmigrantes en pateras o detenidos en fronteras sin medios de supervivencia, los condenados por el virus en unos países sin medios (mientras en otros las vacunas caducan por falta de uso) y los que, teniéndolas, las rechazan por razones muy respetables pero contagian irresponsablemente a otros y ayudan a expandirla; la crisis económica que hunde a sectores de población; la violencia que se dispara por motivos fútiles entre jóvenes sin esperanza de mejora; la pérdida de confianza generalizada hacia los políticos; el acoso a las fuerzas del orden y el descrédito de los jueces…es el banal rosario de noticias de cada día.

Todo eso, ¿no es un reflejo especular de otras épocas donde se instauró el mal gracias a un hastío parecido y una banalidad operativa semejante? ¿Todavía no reconocemos nuestra responsabilidad conjunta hacia el mal? ¿No nos resulta familiar la “ignorancia” voluntaria de la mayoría de los individuos de las sociedades “con papeles”, ante ese conjunto de hechos y situaciones moralmente inaceptables? El hastío que genera la repetición de estímulos-imágenes-datos del horror y la banalización de lo que vemos una y otra vez…¿no nos convierte en cómplices de esa atroz injusticia global?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 diciembre 2021 1 06 /12 /diciembre /2021 17:06

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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3 diciembre 2021 5 03 /12 /diciembre /2021 19:32

LA PARÁBOLA DEL METAVERSO

(Publicado en La Comarca, el 031221 )

En el Génesis del Metaverso, hubo un primer momento en el que el metadios, en la vida real llamado Mark Zurckberg, miró en torno suyo y se dolía del estado en que veía a los hombres y mujeres en el  llamado mundo real. Todos sometidos a trabajos y obligaciones que eran muy superiores a sus fuerzas, semi esclavizados por deseos injertados y necesidades ilusorias, bajo cielos grises y aires contaminados, con sus panteones de dioses muertos o dormidos, bajo la férrea tiranía del poder dictatorial de un neocapitalismo salvaje…El metadios se compadeció  de esa humanidad abocada al desastre final y dijo “nazca la luz y la luz se hizo”. Se iluminaron las pantallas de todo el mundo y de la luz digital nació el metaverso. Una palabra que no había surgido de la mente privilegiada de MZ, sino de un escritor de ciencia ficción que en 1992 inventó la palabra para su novela “Snow Crash”. Pero, sigamos con la parábola.

Tras un casco/gafas de realidad virtual,  en la gran pantalla inmersiva, aparecieron las verdes campiñas, el cielo azul, el baile sosegado de las nubes, las calles ordenadas y limpias iluminadas por el sol, sin sombra de contaminación y, junto al árbol de la ciencia (antes llamado del bien y del mal), dos seres perfectos, hermosos, plenos y felices porque habían superado el dolor, la enfermedad y la muerte. Los avatares. Los había de todas clases, colores, razas, sexos y parasexos. Eran libres y gozaban de plena disponibilidad para trabajar, jugar, relacionarse sensualmente, comprar y consumir artículos digitales. Con sus almas de chips y sus apariencias transformables a golpe de “click”, el ser humano del siglo XXI podía olvidarse de la humillante historia de ser el animal más depredador e inmisericorde de la auténtica Creación. Había nacido su gemelo digital. A partir de ahí se escribiría otra historia. Y el metadios se frotó las manos de puro placer, aunque en el fondo de su cerebro nació la sombra de la duda: ¿habrá siempre energía para alimentar su metaverso?

Pero esa es otra cuestión. La que nos preocupa es, como siempre, la respuesta a la pregunta clásica: “cui prodest?”, es decir, “¿a quién beneficia?”. El sector de las empresas “tech” globales ya está babeando con la simple estimación primeriza de sus ganancias. Los 2.800 millones de usuarios del imperio de Facebook y aliados, suponen el mayor mercado de clientes que ha existido jamás. Y están en alza. Los consultores de Fondos e Inversiones estiman a la baja un negocio global de 700.000 millones de euros para el 2024. ¿Beneficiados? Desde los expertos informáticos, a los que diseñen y fabriquen el hardware que va a precisar la nueva tecnología (trajes, sensores, casos y gafas), pasando por los grupos publicitarios que promocionan tantos objetos físicos como virtuales y los especuladores de las monedas digitales… hasta Microsoft se ha apuntado al metaverso y va a crear uno dedicado únicamente a las empresas, donde se trabajará en proyectos comunes y se intercambiarán archivos técnicos y financieros.

Sigamos con la parábola. Ríanse ustedes del Gran Hermano del“1984” de Orwell y de los opresivos mundos creados por la ciencia ficción distópica, tipo “Matrix” o “Los juegos del hambre” (me viene el recuerdo de “El mundo feliz” de Huxley): con la llegada del Metaverso, el Olimpoverso estará repleto de dioses y diosecillos que reducirán a una broma infantil a los caprichosos dioses greco-romanos. En principio lo sabrán todo, absolutamente, de nosotros. Y colmarán su insaciable codicia, no con un cabritillo asado, sino con el negocio añadido de vender nuestros datos al mejor postor o cederlos a los Gobiernos a cambio de que hagan la vista gorda en otros asuntos.

Uno se pregunta qué es lo que buscan los multimillonarios que forman el Olimpo. M.Zuckerberg (Meta-Facebook, Whatsapp, Instagram), Bill Gates (Microsoft), Larry Page (Youtube, Google) Elon Musk (Tesla), etc. ¿Más dinero? No lo creo. Buscan lo mismo que todos los “dioses” han buscado desde que se adoró al primero de ellos en las cavernas: el poder absoluto ejercido de una forma lo más absoluta posible. Y la aceptación y vasallaje de los infelices y vulnerables “clientes”. Señores, vamos apañados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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28 noviembre 2021 7 28 /11 /noviembre /2021 12:59

EL “CAPITALVIRUS” CONTAGIA GLASGOW

(Reportaje publicado en “La Comarca” el 261121)

Creo que desde los tiempos de la Torre de Babel no ha habido mayor desacuerdo en una empresa humana común, como la vista en la COP 26 de Glasgow. Sólo que aquí no ha sido cuestión de idiomas diferentes sino de concepciones opuestas y enfrentadas sobre un solo y global problema: el cambio climático. Provocado, entre otras cosas, por la emisión de gases de efecto invernadero debido al uso de combustibles fósiles.  Analizando los debates habidos y las posturas de determinados países se llega a la conclusión de que cualquier tipo de diagnóstico del problema tiene que tener en cuentan la variante patológica del “capitalvirus” que ha hecho estragos en Glasgow. La Conferencia de las Partes o COP es el órgano supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). En ella, los jefes de Estado y de Gobierno, o en su nombre los ministros, toman decisiones para intentar mitigar los efectos de la crisis climática derivados de la acción humana. Eso es la teoría. Lo cierto es que la COP (deberían ser las siglas de “Coopera O Perece”) ha sido un teatro de marionetas de alcance mundial, rodeado de las marchas populares de protesta (más de 100.000 personas) los encadenamientos de científicos en el puente George V de Glasglow y los informes negacionistas o negocionistas amparados “científicamente”, contrapuestos a otros muy alarmantes de entidades científicas tan serias como el colectivo Scientist Rebellion o la famosa Climate Action Tracker que asegura que, aunque se aplicaran muchos de los acuerdos parciales, aún así rechazados por algunos países, la temperatura a final de siglo puede llegar a los 2,4 º C . Eso supondría la aparición de los nuevos Jinetes del Apocalipsis: la contaminación letal, el calor, la sequía, las inundaciones costeras, el hambre, pandemias, el estado bélico total ante las inmigraciones masivas, la escasez de agua potable y de alimentos… el Bosco y Brueghel como profetas de una realidad del horror. Y los despliegues cínicos de los “lobbyes” que se benefician del consumo de combustibles fósiles, con más poder efectivo en sus manos que  el conjunto de los países ricos.

Las medidas de “control” basadas en la  compraventa de derechos de emisión de tales gases o las por ahora utópicas tecnologías de “captura” de esos gases, se deberían desestimar por ineficaces. Incluyendo, por ejemplo, las controvertidas plantas de carbón que tienen sistemas para “almacenar” en el subsuelo sus gases residuales o los visionarios que hablan de un “casquete” de diamantes en torno al planeta que filtraría las emisiones solares). Estas parten de un principio evidente: mantener el uso de combustibles fósiles y la emisión de gases sobre todo en beneficio de países como Arabia Saudi, Brasil, Australia, EE.UU. India, China y Rusia, entre otros, que oscilan cínicamente entre el negacionismo y las fantasías de supuesto control. Y ante las evidencias de que el clima está mutando y ya empiezan a verse los efectos perniciosos, confían en un “deus ex machina” del futuro que lo solucionará todo en el último momento. Vamos, como el 7º de caballería de los western de antes.

No hace falta ser un Maquiavelo para percibir en pleno funcionamiento por los pasillos y salones, intervenciones, excusas y negaciones, incluso en los descafeinados “tratados” aprobados, los efectos perniciosos del “capitalvirus”, el poderoso caballero cuyo omnímodo bastón de mando dirige la ceguera internacional de muchos países, de toda la gama ideológica –eso en estos tiempos sólo tiene un valor testimonial-. Por aquí tenemos un dicho cuyo egoísmo, insolidaridad e ignorancia claman al cielo: “el que venga atrás que arree”. Pero ya no hay quien “venga atrás”. Las generaciones vivas son las que van a sufrir las consecuencias de la codicia de beneficios que no permite ver que tenemos una bomba de extinción programada sobre la mesa de la Humanidad.

Los acuerdos son escandalosamente hipócritas y obtusos respecto a la realidad: se pide con gran miramiento (no vayan a enfadarse los países que se lucran) que se eliminen “gradualmente” las emisiones de los combustibles fósiles y los subsidios (además las subvencionamos), se aconseja crear un fondo para compensar “pérdidas y daños” causados por los estragos climáticos  que van a llegar y, curiosamente, se mantiene “vivo” el objetivo de reducir el calentamiento global para no sobrepasar el 1,5 ºC. ¿Es una broma o es que la idiocia o idiotismo se ha apoderado del género humano? Es decir, se acepta la realidad de las crisis, pero se ajusta su percepción y contra medidas a los intereses de los países que se benefician de ella y se regatean compensaciones a los países en desarrollo que seguirán consumiendo y algunos produciendo en su territorio –beneficiando a los países ricos-  el mismo tipo de combustible fósil que nos lleva raudos a una crisis climática sin precedentes.

Se ha propuesto otra COP para el próximo año en Sharm el Sheij, ciudad balneario egipcia entre el desierto del Sinai y al Mar Rojo. Una elección que muestra la hipócrita inconsciencia de nuestros respetables –no respetados- mandamases. La COP 26 ha sido una tomadura de pelo y la 27 dará ocasión para que el Congreso se divierta. Total, sólo nos estamos jugando el futuro humano. ¿De qué nos sirve las buenas intenciones pactadas como que EE.UU. y China negocien la reducción de sus respectivas emisiones de esos gases (aunque ni Pekin, ni Moscú ni India han aceptado incluir al metano en esos pactos)? ¿O que 114 Estados acuerden acabar con la deforestación para el 2030 (quedará algún árbol  en el Amazonas para esa fecha)? ¿Saben que todo lo acordado en la COP26 no tiene carácter vinculante? ¿Recuerdan que en el 2014 ya se pactó terminar con la deforestación y no se ha hecho nada al respecto en los últimos 7 años? ¿Sabían que en el acuerdo final se cambió la frase “eliminación gradual” del uso del carbón, por el de “reducción progresiva”, gracias a presiones de algunos países encabezados por India?

No hay pactos globales, ni calendarios fijos de actuación, ni normativas de obligados cumplimientos, ni entidad internacional que los revise. Y mientras, en sólo once años,  tendremos encima la “tormenta perfecta” medioambiental. Las COP no hacen más que reducir al mínimo común denominador las disensiones entre los Estados. El tímido primer paso para reducir el uso y la extracción del carbón, el petróleo y el gas y los subsidios que hasta ahora lo protegían, en la realidad no es más que papel mojado, un mero apaciguamiento teórico sin medidas operativas. Llamar “documento histórico” a este fiasco político-administrativo internacional como hizo el vicepresidente de la Comisión, Frans Timmerman, es verdad, pero en un sentido opuesto al que le dio el insigne burócrata: es histórico en la medida que es tristemente histórica la oportunidad que se ha perdido de implementar una actitud operativa eficaz para terminar con una situación que los científicos declaran “código rojo para la Humanidad”. Los “estilos de vida insostenibles y patrones de consumo derrochadores” de los países ricos como acusaba, con razón,  el delegado de la India para justificar (sin razón) su propio uso abusivo del carbón, en las últimas horas de la prórroga de la Cumbre, fue una maniobra comprensible pero no justa ni pertinente.

Quizá va siendo hora de que los países ricos y los pobres lleguen a acuerdos económicos compensatorios justos y equilibrados que enfoquen la reducción drástica, progresiva y regulada de la emisión de gases invernadero, a través de un organismo internacional transparente con capacidad jurídica y ejecutiva global que responda de una política común anti-desastre climático, por encima de Gobiernos e ideologías. Lo cual, en este momento, es utópico, aunque posible en un futuro próximo.

Tras esta COP26, la decepción y los augurios nefastos se han disparado y la meta de no superar el umbral del 1,5ºC para fines de siglo, se presenta tan utópica e irrealizable como que exista un consenso que supere la brecha riqueza-pobreza y se acuerde unos fondos que compensen la desigualdad. Ya en 2020 en Paris se aprobó un fondo anual de 100.000 millones de dólares que nunca vio la luz. Ahora se ha pedido que en 2023 se ponga en marcha por fin tal fondo. El “capitalvirus” es inclemente, ya sea por exceso o por defecto. Y como el “coronavirus”, no entiende de fronteras, de Gobiernos o de entidades supranacionales. El “capitalismo verde” es un oxímoron. El culpable directo o directo de la situación es el capitalismo estructurado desde la Revolución Industrial hasta nuestros días,  que se disfraza de tecnología verde. El problema es el sistema de vida creado por el “capitalvirus”. Hay que cambiar el sistema. Y debe ser con una dinámica evolutiva y democrática, no revolucionaria…pero sí honesta, firme y solidaria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 noviembre 2021 4 18 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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17 noviembre 2021 3 17 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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13 noviembre 2021 6 13 /11 /noviembre /2021 08:38

.En estos días he trabajado en los libros de Eilenberger sobre autores y autoras de ese arco terrible de la primera mitad  del siglo XX ("Tiempo de magos" y "El fuego de la libertad") y mis lecturas de Hanna Arendt y Walter Benjamin, han provocado la relectura de "El mundo de ayer" para completar datos y percibir una vez más el cordial y atractivo encanto de este autor.

Uno de los autores que ha tenido presencia constante en mi vida, desde mi ya muy lejana adolescencia y  juventud, en los años sesenta y setenta, del pasado siglo, fue Stefan Zweig, al que leía en las ediciones baratas de Plaza Janés o Bruguera, no demasiado bien traducido y por supuesto bastante "aligerado" de páginas. "El mundo de ayer", subtitulada "Memorias de un europeo", es una obra que releo cada diez o quince años o cuando, por las lecturas del momento, resulta necesaria para completar  aspectos de la realidad histórica, que han sido tratado de forma magistral -y muy personal- por el escritor judío, austriaco de lengua alemana. Su adscripción al mundo de Weimar y sobre todo a los tiempos sombríos de las dos guerras mundiales, proporciona al lector o estudioso de esos años la opinión de un testigo de excepción.

Se trata más que de una obra autobiográfica, como se estima generalmente, de unas memorias, bastante discretas en el plano privado y sentimental del autor, en las que Zweig se explaya en el recuerdo de un mundo perdido y de sus valores y principios, el de la alta burguesía judía vienesa en los años anteriores a la llamada Gran Guerra y después en el pequeño y engañoso respiro de entre guerras. Nuestro autor escribe un extraordinario documento nostálgico y luego doloroso y crítico, sobre los cambios del mundo y en concreto de Europa  en la primera mitad del siglo XX. Aterrorizado por las victorias depredadoras de los nazis en Alemania y de los fascistas en Italia y España, y dolido por el fin de una manera de entender la cultura y un estilo de vida basado en la confianza y el "safety first",  se suicidó poco después de escribir este libro en sus últimos años de exilio (1939-1941), el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis (Brasil), que  fue publicado póstumamente por una editorial sueca.

El libro acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.

La llegada  de Hitler al poder le convirtió de ser el escritor más conocido y venerado en su país y en toda Europa, en un autor prohibido, vilipendiado y quemados sus libros en las hogueras nazis. Sus libros desaparecieron de las bibliotecas y era un delito venderlos en cualquier librería. El exilio se impuso como una cuestión de supervivencia, pero el odio nazi parecía perseguirle por donde fuera: Londres, Argentina y luego Brasil. En el prefacio del libro Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribir "El mundo de ayer". Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta.

Después de acabar la II Guerra mundial, Zweig fue relegado al desván de los escritores "decimonónicos", apartado por los nuevos valores y la nueva manera de entender la narrativa (Joyce, Faulkner, Mann, Hemingway). Sin embargo la enorme lucidez, la honestidad y la claridad, la sencillez y la fuerza y precisión, el ritmo ágil e intenso de la prosa de Zweig comenzaron de nuevo a valorarse a finales del pasado siglo para volver a primera fila en este que vivimos, con total merecimiento (como ocurrió con escritores semejantes a Zweig, Sándor Marai por ejemplo).

Este libro que hoy les recomiendo fue publicado por la misma editorial, Acantilado, en 2002 (junto con el resto de su obra en ediciones sucesivas) y el volumen en el que trabajo es la vigésimo tercera reimpresión con fecha de noviembre de 2017.  

No dejen de leerlo. Es una fuente de placer ver una inteligencia tan despierta recorriendo el mundo que fue y meditando sobre el mundo que debería ser mientras sufre el mundo que es. Algunas de sus observaciones son sugerentes y originales, como cuando trata de demostrar que el verdadero objetivo de los judíos europeos no era enriquecerse, sino “ascender al mundo del espíritu”. Lo cual se demuestra con que los hijos de familias judías más adineradas rechazaban hacerse cargo de los bancos, fábricas y negocios de sus padres, pues deseaban dedicarse a la poesía, el arte, la música o la filosofía. “No se debe a una casualidad el que un lord Rochtschild llegara a ser ornitólogo, un Warburg, historiador del arte, un Cassirer, filósofo, y un Sassoon, poeta", y añadiríamos a Wittgenstein a la lista. Su canto de amor y admiración a la Viena que él conoció y vivió es asombroso: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como el de París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt, Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.

Estudios (no muy apreciados por Zweig) desde la escuela a la Universidad, viajes (París, "de la mano de Rilke)” y luego toda Europa, primeros libros con un éxito moderado, una colección de manuscritos autógrafos de grandes escritores y compositores, amistades con figuras como Romain Rolland...y la primera guerra que apagará su idealismo romántico y aumentará su fervor pacifista... precariedad en la postguerra pero después, inusitadamente, el éxito. Pero un éxito enorme, de proporciones colosales. Después vendría Hitler...y el fin.

FICHA

EL MUNDO DE AYER.- Memorias de un europeo.- Stefan Zweig.- Trad. J. Fontcuberta y A. Orzeszek.-Ed Acantilado.546 págs. ISBN 9788495359490

 

 

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