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2 septiembre 2021 4 02 /09 /septiembre /2021 15:55

Entérense ustedes: vivimos en el Antropoceno, nombrecito popularizado – que no creado-  por el holandés Paul Crutzen, Nobel de Química a principios del 2000, con el que definía la época en la que las actividades y la codicia del hombre comenzaron a provocar cambios geofísicos, climáticos y ecológicos a nivel planetario.

Cada vez hay más voces de científicos, periodistas, biólogos, ingenieros, expertos en geología, botánica, filósofos y políticos honestos, asociaciones de defensa de la naturaleza, bioquímicos, incluso expertos en biotecnología, medicina, geógrafos, paleontólogos, biocientíficos en zoología terrestre y marina, ornitología, climatólogos y economistas no abducidos por el sistema o personas de diversos oficios y profesiones que ansían un mundo sostenible, que consideran que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior más próximo, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares existentes y dañado ríos, lagunas y hábitats marinos en toda nuestra superficie e incluso sectores explotados de las profundidades de la tierra. El Antropoceno (de “antropos”, hombre y “kainos”, actual) debería ser conocido como “Antropoidioceno”  ya que la especie más abundante de homínidos vivientes siguen los pasos de sus congéneres más activos desde el principio de los tiempos: los idiotas. Es un tipo de naturaleza humana proclive a hacer consciente o inconscientemente todo el daño posible a sus semejantes, al entorno y  a sí mismos, pudorosamente investidos de “principios” religiosos, económico-codiciosos, tradiciones absurdas cuajadas de hipocresía y prejuicios, intereses bastardos o nacionalistas, “progresismo” mal entendido, fanatismos varios y pura y supina estupidez, a veces con el sello de la “ciencia” reinante, que conjuntamente han causado una tendencia progresiva e imparable de acumulación de desastres progresivos  con efectos dañinos para el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el irreversible daño que el consumo irresponsable de los recursos naturales está provocando en el hábitat natural. El Antropoidioceno podría ser la última era de la especie humana, aunque seguramente no del planeta, que podrá recuperarse con el tiempo como lo hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Para ilustrar este duro y punzante discurso y sin ánimo de ser apocalíptico, de entre la abundancia pesimista de libros científicos o de divulgación publicados desde los años 90, les recomiendo la lectura de dos libros actuales, ambos de la misma autora: “LA SEXTA EXTINCIÓN” Y “BAJO UN CIELO BLANCO”, debidos a la pluma de una periodista norteamericana especializada en temas científicos, Elizabeth Kolbert. Lo hago no sólo con el ánimo de mostrarles una vez más la peligrosa deriva de estos asuntos que a todos nos conciernen- de la que tienen abundantes pruebas en artículos y filmaciones en diarios y televisión o internet- sino porque la Kolbert nos da “una de cal y otra de arena” en estos libros. El primero es demoledor por su denuncia histórica y el segundo es una búsqueda periodística, honesta y valiente, de razones por las que cabe un rayo de esperanza en este negro futuro que nos devora de forma progresiva.

Los científicos definen las extinciones en masa  como eventos que eliminan “una fracción significativa de la biota (biosfera) del mundo en un periodo de tiempo geológicamente insignificante” (desde un punto de vista de la existencia humana).  Como dice Michael Benton, un paleontólogo que ha estudiado algunas de las cinco extinciones  globales anteriores, “la historia de la vida  consiste en largos periodos de aburrimiento ocasionalmente interrumpidos por el pánico”. Según el último informe de la Plataforma Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático (IPCC), estamos navegando a plena vela hacia uno de esos momentos de pánico, el sexto para ser exactos. En las “Cinco Grandes” extinciones anteriores, desaparecieron casi todas las especies vivas del planeta, animales, vegetales, desde el más humilde escarabajo hasta los diplodocus o mastodonte. El hombre no había aparecido, lo cual fue de agradecer, ya que en lugar de durar cada era millones de años en el sistema de conteo humano, con el hombre y a las vistas de esta presumible sexta extinción que nos amenaza y la velocidad de crucero que lleva, el planeta habría contabilizado mucho más de seis o, simplemente, no existiría como lugar habitable.

La característica más notable de esta Sexta extinción, nos dice Kolbert es que el hombre es el único y casi total responsable Lo que constituye un aporte de humildad y pesar es el conteo de especies que la autora nos pone sobre la mesa, aniquiladas por el depredador progreso humano, principalmente desde el siglo XVIII. A finales de ese siglo James Watt diseña una nueva máquina de vapor que abre las puertas a la era de la industrialización, al uso abusivo de los combustibles sólidos y la emisión de dióxido de carbono (CO2) unido a la destrucción del mundo vegetal causado por la cadena “producción excesiva-consumo irresponsable”, que provoca la ruina de ecosistemas vegetales (uno de los factores que reducían el índice de calentamiento global). En cada capítulo de su primer libro, Kolbert, nos habla de la desaparición de alguna especie emblemática como el alce gigante, el mastodonte americano, los dinosaurios, los corales de la Gran Barrera (un mundo de especies en sí mismo): en total, para finales de este siglo,  el 50% de la especies que existían en el planeta (en un pronóstico optimista, dados los últimos datos sobre la situación de la emergencia climática). Como dijo el ecólogo Paul Ehrlich: “al empujar a otras especies a la extinción, la Humanidad está cortando la rama que la sostiene”.

En “Bajo un cielo blanco”, Kolbert da un giro copernicano a su trabajo y nos habla de los esfuerzos que los hombres y su alta tecnología están haciendo no sólo para preservar ciertas especies en peligro de extinción sino para tratar de frenar o incluso revertir el proceso suicida en el que estamos metidos.

A pesar de ese planteamiento optimista, la autora tiene una visión realista de la situación: los 8.000 millones de humanos sobre la Tierra no sólo somos demasiados, en términos de equilibrio vital ecológico, sino que somos una enorme fuerza destructiva para cualquier otra especie que habita el planeta y el propio ecosistema de éste, con lo cual se está produciendo una respuesta tan o más destructiva que la nuestra y que nos afectará de lleno.

Sin embargo el libro es una narración periodística de los viajes y entrevistas que la autora ha realizado por todo el mundo, en los ámbitos científicos, para hablarnos de las especies que tratamos de preservar por todos los medios cuando ya están a punto de extinguirse. Y así nos habla del pez más raro del mundo que sólo existe en pleno desierto de Mojave; de la Gran Barrera de los corales, arrecifes que están muriendo y cuya desaparición alterará brutalmente la vida en los océanos; de la labor titánica de unos ingenieros islandeses que están convirtiendo el CO2 en piedras, mineralizándolo al inyectarlo en rocas volcánicas submarinas; O un estudio sobre la plantación en todo el planeta de billones de árboles. Un billón de árboles logra absorber doscientos gigatones (una gigatonelada son mil millones de toneladas) de carbono de la atmósfera; la geoingeniería solar que propone esparcir en la estratosfera una cantidad inimaginable de partículas reflectivas de diamante que cubrirían la tierra, provocando no sólo que llegara menos luz a la tierra y mucho menos calor, lo que bajaría las temperaturas en el planeta y nos rodearía un cielo blanco: se acabarían los maravillosos amaneceres y puestas de sol. Un mundo de sombras permanentes, como en “Blade Runner” o en “Matrix”; Y en fin experimentos de ingeniería genética para manipular el mundo a favor de la supervivencia, en un paradójico ciclo que trataría de recomponer todo aquello que hemos destruido.

La pregunta clave, a pesar de la cada vez más precaria postura de los negacionistas contra el cambio climático, es: ¿Por qué seguimos negándonos a ver y apreciar lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir? ¿Por qué en el fondo de nuestra mente lo seguimos considerando una exageración, casi una “fake news” creada por una ciencia conspiratoria y vendida a ocultos intereses? Paradójicamente es que en el fondo de nuestra mente tenemos una fe ciega en unas fuerzas, héroes o descubrimientos, en una tecnología capaz de revertir los errores cometidos con el toque mágico de un invento salvador y que nos permitiría seguir en la senda del progreso y el desarrollo que no cesan de prometer los muchos demagogos populistas que están actuando en el mundo.

Somos incapaces de ver los intereses que sacan ganancias ingentes de esta situación aplicando grandes presiones mediáticas para adormecer nuestro espíritu crítico, colonizando nuestras mentalidades con promesas de consumo incesante, comodidades y distracciones.

No nos creemos a los expertos que nos advierten que la huella ecológica humana (huella es sinónimo de destrucción) ya sobrepasa en un 50% la capacidad regenerativa y de absorción del planeta y que el 80 % de la población mundial vive en países donde se ha roto el equilibrio ecológico y la huella supera a la capacidad de regeneración. Y si esto es a nivel individual, la situación no mejora al nivel de los Estados y las sociedades del mundo. Aún no se ha declarado el estado de urgencia mundial en el que todos los países estén obligados a trabajar juntos para salvar el planeta, nuestro hábitat de vida. Y nadie ha pensado y propuesto tal cosa. Seguimos, globalmente creyendo en el hada madrina de la Tecnología. En que su varita mágica va a detener los huracanes, las inundaciones, los fuegos, las sequías, el hambre, la sed, las grandes inmigraciones, la violencia de guerras y levantamientos populares en un mundo cada vez más clasista, insolidario, racista y violento.

En nuestra época los humanos hemos transformado de manera directa más de la mitad de las tierras emergidas y no heladas del planeta (unos 70 millones de km2) y de manera indirecta el resto. Hemos embalsado o desviado la mayoría de los ríos, otros se han secado. Nuestros sistemas de megacultivos y abonos globales, han fijado más nitrógeno que todos los ecosistemas y los aviones, coches y plantas de energía emiten unas cien veces más dióxido de carbono que todos los volcanes juntos. Hay veintidos veces más biomasa en forma de seres humanos y animales domesticados que todo el resto de los vertebrados de la Tierra. Y en cuanto a los mares, el calentamiento de las aguas, la acidificación de los océanos (por la emisión de combustibles sólidos), los deshielos, las subidas del nivel de las aguas y la paradójica desertificación están agudizándose día a día. Desde los tiempos de Watt la temperatura media global ha subido a 1,1ºc. La fusión de los hielos de la Antártida se ha multiplicado por tres desde 1990. El umbral de la catástrofe planetaria es que la temperatura media global suba a 2º. Y esto puede ocurrir a finales de los 30 de este siglo.

 Deberíamos recordar la frase de Einstein: “”No podemos resolver nuestros problemas con la misma forma de pensar que usamos para crearlos”. Hay que cambiar el paradigma. Si seguirnos actuando como si el mundo fuera de nuestra propiedad y sus recursos inextinguibles, la lectura de lo que nos ocurre no tiene ningún valor práctico. Parece que no absorbemos realidades como que en nuestros días las tasas de de extinción de especies son cientos o miles de veces más rápidas que las denominadas del tiempo geológico. Las pérdidas se extienden por todos los continentes, los océanos y todos los grupos taxonómicos. De hecho es mucho más fácil arruinar un ecosistema que mantenerlo.

En las últimas palabras de su libro sobre la Sexta Extinción, nuestra autora deja esta sensata, y me temo que premonitoria, frase: “En este momento estamos decidiendo, sin realmente quererlo,  qué vías evolutivas permanecerán abiertas y cuáles se cerrarán para siempre. Ninguna otra criatura ha conseguido algo así y por desgracia este será nuestro legado más duradero. La Sexta Extinción seguirá determinando el curso de la vida mucho tiempo después de que todo lo que alguna vez alguien haya escrito o pintado o esculpido o construido haya sido reducido a polvo y una ratas gigantes (los animales posiblemente más preparados para sobrevivir, a base de ingenio y crueldad) hayan heredado (o no) la Tierra”.

ALBERTO DIAZ RUEDA

 

FICHAS

LA SEXTA EXTINCIÓN. Una historia nada natural. Ed Crítica,  337 págs. //BAJO UN CIELO BLANCO. Cómo los humanos estamos creando la Naturaleza del futuro. Ed. Crítica.-212 págs.- Ambas de la misma autora, Elizabeth Kolbert y el mismo traductor Joan Lluís Riera

 

 

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11 agosto 2021 3 11 /08 /agosto /2021 12:24

“ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS”

(Artículo publicado de ‘Heraldo deAragón’ el 100821)

Escribía nuestro Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, allá por los años 1330 o 1340 en su “Libro del Buen Amor”, «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Aquí nos vamos a referir a su “haber mantenimiento” o sustentamiento, es decir, al equilibrio económico de un país y de las necesidades de sus habitantes. La economía es la savia del árbol que sustenta nuestra civilización, nos guste o no. Nunca como hasta ahora el slogan interno de la campaña electoral de Clinton en el 92, “es la economía, estúpido” toma toda su grosera relevancia. En estos años veinte del siglo XXI las relaciones población-consumo y producción-degradación del sistema, sometidas al factor multiplicativo “crecimiento permanente”, arroja un resultado “alarmante” para los más optimistas y “desastroso” para lo informados.

Con el crecimiento codicioso del sistema económico capitalista está ocurriendo como con la pandemia. Se avisó de ambos peligros con bastante antelación. En los  años 70 y 80 hubo proclamas científicas sobre lo que podría ocurrir si no se cambiaba de rumbo, como el informe del Club de Roma. Pero a pesar de la seriedad de las amenazas a las que nos íbamos a enfrentar, a pesar del griterío de los medios, de los informes alarmantes, todo siguió igual: el crecimiento exponencial de la producción, el consumo y la degradación del ecosistema por sobreexplotación, la deslocalización de empresas en busca de mano de obra barata, el consumo irresponsable alentado.

Ya no es posible el desarrollo sostenible, pero en cambio se sigue manteniendo un desbordamiento insensato de búsqueda y adquisición de posibles fuentes de beneficios (deforestación, prospecciones de minerales en tierra y en el fondo del mar, agricultura invasiva, explotación desmesurada) sin ningún análisis previo de sus efectos nefastos a medio plazo. Se maximiza el beneficio en los mercados financieros y energéticos, a pesar de los serios avisos del sesgo suicida de mantener tal crecimiento expansionista y depredador. Los que dirigen esa élite financiera no se percatan todavía de que si la savia de la riqueza solo llega a las ramas más altas y escasas del árbol de la vida, éste se volverá cada vez más frágil en sus raíces y tronco, hasta colapsar y derrumbarse como leña muerta.

Desde la escasez de materias primas, minerales estratégicos, componentes de los chips –su falta provocaría un “blackout” en la esencial área tecnológica —a los problemas del cambio climático, sequías como en el Brasil desforestado, incendios e inundaciones en otros países o el coronavirus cuya expansión sólo la evitaría la vacunación mundial, todavía lejana a pesar de algunos gestos solidarios…

Todos esos problemas tienen una relación directa o indirecta con la economía y la manera neoliberal de aplicarla. Y, por supuesto, con la actitud que siguen manteniendo casi todos los políticos de occidente: la de los tres monos que no oyen, no ven y no hablan de ello. Y conste que hay que valorar las medidas internacionales adoptadas por la UE y los Estados Unidos post-Trump. Pero…no es suficiente.

El neoliberalismo salvaje, muy vigoroso desde China a Rusia, Estados Unidos o Europa, tiene una lógica suicida de expansión: el cultivo del exceso –de  beneficios, de depredación, de acaparamiento, de codicia, de explotación humana- y por tanto ignoran la gravedad de los problemas y los avisos científicos y fácticos que están recibiendo. A cambio se extiende la lepra del racismo, la xenofobia, los serviles adeptos al poder y al dinero. No se trata de ideologías, aunque las evocan. Esa mayoría se limita a aplicar una praxis de supervivencia o como diría el Arcipreste, de “mantenencia”.

La política, en general, ignora todo lo que no es inmediato. Es cortoplacista. Sus miradas están desenfocadas, olvidan la dimensión del futuro por muy cercana que sea y el influjo que sobre él tiene el presente que realizamos. Un ejemplo: aquí y ahora, el de algunas empresas de energías renovables, las eólicas. No es un negocio de ecologismo, sino un negocio depredador en el que no hay ventajas reales para el mundo rural: se les paga en precario, se les devalúa el territorio y se exportan los beneficios, sin ni siquiera intentar equilibrar primero la relación producción-demanda. Y para contrarrestar todo esto, ya casi sólo nos queda la protesta pública y la de algunos medios que ven los peligros. Tan eficaces como los gritos en el desierto. En fin, como ven, todo acaba siendo  “haber mantenencia”. Lo malo es que sólo beneficia a los “Hunos” y no a la mayoría, los “otros”: usted, yo y nuestros congéneres planetarios, los que no pintamos nada en esta tragedia. Si acaso, el papel de víctima propiciatoria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 agosto 2021 2 03 /08 /agosto /2021 11:44

Rafael Feito, Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es una persona cualificada para entrar en el espinoso, esencial y descuidado tema de la educación escolar en España. Su título, tan provocativo y original, destaca ya en principio una idea clave: la escuela que tenemos en este siglo no es la que tendría que ser, es el residuo del pasado (en el que tampoco fue la más adecuada) y es, por supuesto, un fracaso en su necesario ajuste con la nueva sociedad y el nuevo mercado de trabajo para el que la escuela debería preparar de forma eficaz.

Particularmente en España, con ocho Leyes de Educación turnándose desde 1980, según quién estuviera en el poder, desde UCD al Psoe o el PP, definir qué cosa es la enseñanza escolar, sus medios, sus fines y objetivos y su forma de ajustarse a los cambios sociales, técnicos y económicos, se convierte en un problema lógico insoluble e insalubre. Feito Alonso, hombre curtido en mil "batallas"- libros, artículos, informes, conferencias- sobre la temática educacional nos revela un talante analítico pirroniano (escéptico) cuando no abiertamente estoico o cínico, según los hechos comentados. El diagnóstico del experto sobre nuestro sistema educativo, aún pendiente de salir del sepulcro del Cid, apegado a fórmulas obsoletas y viejas tradiciones memorísticas que no tienen cabida en un siglo tecnológico donde todo está al alcance de un teclado y el problema a resolver no es la falta de información, sino su exceso unido a un omnipresente defecto de fiabilidad. Y eso que, prudentemente, Feito deja para mejor ocasión el mundo universitario, donde las cosas no brillan precisamente por su eficacia y adecuación.

El autor encadena los temas de una forma crecientemente interesante: Una escuela para la sociedad del conocimiento; el currículum; las metodologías; los deberes; las evaluaciones externas; los itinerarios educativos; el profesorado; las familias; los tiempos escolares; la democracia y la participación. Después de un varapalo de lógica impecable para cada uno de los apartados, no deje el lector de devorar las seis páginas finales, unidas bajo el epígrafe de  “Conclusiones”.

La cuestión es tan compleja que nuestro autor debe dejar a un lado aspectos del tema educativo, del profesorado, la segregación  escolar o la autonomía de los centros, para centrarse en los que considera elementos fundamentales para propiciar una suerte de cambio futuro con más justeza. Apunto que se debería enviar un ejemplar de este libro al político que lidere el Ministerio, sólo para dar ideas y poder reconocer errores:lo cual sería una misión imposible donde las haya, pero deseable y justa)

Sin llegar a ser un documento técnico que aporte un abordaje sistemático y profundo de los asuntos tratados, se presentan estudios y datos que consolidan un análisis que destaca por su sencillez y claridad y actúa a modo de estímulo para la reflexión. Sencillez y claridad que podrían ser muy eficaces en los infatuados cerebros de los políticos de turno. No es un aporte científico, sino una serie de propuestas e ideas del autor basadas en criterios de independencia crítica y sentido común basado en la observación y la experiencia educativas. Y son propuestas e intenciones dirigidas a lograr una regeneración profunda de los modos y sistemas de enseñanza y de sus objetivos (al margen del problema de la mercantilización educativa y las deformaciones interesadas que la tecnología imprime a la formación). Principalmente a la adecuación a los nuevos tiempos y exigencias. Y si el engranaje burocrático de la escuela y el profesorado pueden adaptarse a tales exigencias.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

¿QUÉ HACE UNA ESCUELA COMO TÚ EN UN SIGLO COMO ESTE?.- Rafael Feito Alonso.- 269 págs. Ed. CATARATA

 

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12 junio 2021 6 12 /06 /junio /2021 12:16

LA CONEXIÓN SÁHARA-CEUTA

(artículo publicado en La Comarca 110621)

A finales de los 50, mi padre estaba destinado en Marruecos. Yo era un niño de once años que viví la declaración de independencia marroquí, la entronización de Mohamed V  y algunos momentos de tensión  popular sin consecuencias graves. Unos años después comenzó la repatriación voluntaria de la mayoría de los españoles. Volví repetidamente a tierras marroquíes como enviado especial del periódico para el que trabajaba. Eran los años setenta y fui testigo de la osada maniobra política y militar que el Gobierno marroquí preparaba y puso en marcha con el apoyo logístico de Estados Unidos. Se trataba de la “Marcha Verde”, una disciplinada columna  de  300.000 ciudadanos marroquíes, trufados de policías y militares vestidos de paisano, que entró en el territorio del Sahara español violando la frontera y desafiando, (gracias a ir todos –ancianos, mujeres, niños, adolescentes, hombres- supuestamente desarmados) al ejército español desplegado en la zona. Hassan II, el rey de Marruecos, aprovechaba el momento adecuado: el vacío de poder creado por la enfermedad terminal de Franco.

Las presiones internacionales y de la ONU, provocaron el vergonzante abandono del Sahara por las tropas españolas el 27 de febrero de 1976,  (a pesar de las promesas de apoyo y protección que les habían dado a los saharauis los más altos representantes de nuestro Gobierno). Así allanó el camino a la dominación militar marroquí del territorio, cuyas riquezas ambicionaban todos los actores directos o indirectos del drama desde Hassan II, a otros países de Europa y  a Estados Unidos. La razón del apoyo al régimen de la monarquía alauita era su islamismo moderado y dialogante y su amistoso afán por atraer inversores poderosos.

La guerra de guerrillas del Sahara –primero contra los españoles en los 50 y 60  y después contra los marroquíes- se cronificó tras la construcción del vigiladísimo muro marroquí y siguió en estado latente y esporádico pero vivo, durante decenios.

Años más tarde volví al Sahara ex español, junto a otros periodistas, invitados por Rabat para comprobar la “triunfante marroquización” del Sáhara. No se nos permitió adentrarnos en el país y se nos mantuvo en la capital, El Aaiún (adaptación fonética al español del nombre árabe de la zona que significa “lugar de manantiales y fuentes”), amable y férreamente vigilados.  Se nos ofreció una entrevista con varios jefes tribales saharauis que habían cambiado el carnet de Senadores españoles franquistas por la nueva tarjeta de identidad marroquí. Fue un acto cínico que nos avergonzó. Nuestra protesta fue no publicar ni una línea del acto. Los intentos por conectar con saharauis “de verdad”  o con simpatizantes del Frente Polisario,  fueron inútiles. La mayoría de la población era marroquí, de otras partes del reino, que habían sido “convencidos” para asentarse en el territorio, bajo control militar.

Unos dos meses después, el Polisario me invitó a viajar a Tinduf (Argelia) para conocer las condiciones en las que vivían los saharauis de los campamentos en territorio argelino. Conocí la precariedad de inmensos barrios de tiendas de campaña, la escasez de agua y alimentos, el reguero de ayudas de ONG’s internacionales (varias españolas) que apenas mitigaban las necesidades básicas de una población en crecimiento constante. En el plano militar, el hostigamiento intermitente entre los guerrilleros del Polisario y la máquina militar marroquí bien pertrechada que vigilaba el inmenso muro defensivo.

Por todo lo anterior se comprende esa “segunda marcha” de marroquíes que asaltaron la frontera española en Ceuta, con el apoyo y la tolerancia de su propia policía. Así mostraba Rabat su indignación por la hospitalización del líder del Polisario en España, maniobra humanitaria pero no adecuada, ni política, ni diplomáticamente. Para el rey marroquí la penosa maniobra de Trump de “reconocer” los derechos de Marruecos sobre el Sahara, era suficiente razón para no admitir un gesto como el de España. Aunque Trump ya no está, Biden no ha rectificado ese punto por el momento. Marruecos sigue jugando con el “tradicional amigo” español, con cartas marcadas y a veces “de farol”. –

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 https://www.lacomarca.net/opinion/el-desafio-saharaui/

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27 mayo 2021 4 27 /05 /mayo /2021 16:40

LA CONJURA IDIOTA Y EL EFECTO AILANTO

(Publicado enHeraldo de Aragón, 260521)

No hace falta entrar en “la jaula de los locos” en que se han convertido los “espacios nobles” de la política o las tertulias y debates  (más bien aquelarres) de algunas cadenas de televisión, o las revistas que llamábamos “amarillas” o la prensa que calificábamos  de “comprometida” con una determinada  ideología (aunque hoy esta palabra es un oxímoron respecto a los conceptos “idea” y “logos” de los que procede). Ahora que están de moda las teorías de  la conspiración, cuanto más delirantes mejor, hay que destacar una que aporta, por efecto paradójico, coherencia y lógica a la ingente manipulación de los canales informativos habituales y la tendencia creciente del personal a creerse lo que más se ajusta a sus propios intereses y deseos por muy disparatado que sea. Se trata de la conjura idiota, sostenida y fortalecida por el llamado “efecto ailanto”.

Una conjura consiste en un entendimiento tácito o voluntario de varias personas- o tal vez podrían sumar cientos de millones-  respecto a conceptos, doctrinas o ideas de clase política, racial, sexual o social determinantes, que se refleja en una actitud de respuesta muy semejante. Estas personas siguen un tipo de razonamiento no sólo erróneo y falaz en la forma,  sino profundamente manipulado por sesgos emotivos y emocionales en el fondo, que lo convierten a menudo en actitudes idiotas, memas, estultas o agresivamente cretinas. Hay diferentes clases de conjuras, pero la que aquí nos ocupa es de origen genético y circunstancial y su ámbito de aplicación y ejercicio es el conjunto de países del planeta y el género humano sin excepción. Un ejemplo claro es el autoritarismo antidemocrático (fascismo, neonazismo, etc.) como fórmula política, olvidando los sangrientos fracasos históricos que ha producido en el mundo. Es un esquema que entra dentro de las diversas y generalmente falsas e hipertrofiadas conspiraciones globales. Pero el ámbito de la conjura de los idiotas es preexistente a todas las demás –reales o no- y se mantiene vigorosamente vigente en el planeta. Y se sostiene y vivifica gracias al llamado “efecto ailanto”. Se trata de una especie de arbusto altamente invasiva (se introdujo desde China en el siglo XVIII), resistente a la contaminación y las malas condiciones climáticas. Reduce las especies vecinas con su rápido crecimiento y espeso follaje que priva de sol y unas sustancias alelopáticas que surgen de sus raíces y domina la vida vegetal en el  entorno. Ataca la biodiversidad e incrementa su presencia hegemónica gracias a sus frutos que se expanden por la zona. Su madera no tiene valor alguno. Por debajo del suelo sus raíces se extienden indefinidamente, formando una alfombra letal subterránea donde sólo puede crecer su especie. Un efecto semejante en el terreno de las ideas, de la política, de la convivencia, de las relaciones, sostiene la conjura idiota.

Lo paradójico de dicha conjura internacional y la razón por la que resulta especialmente peligrosa para el futuro de la Humanidad,  es que los integrantes no son conscientes de que forman parte de ella y que, como muestra de su falta de seso, creen que obedecen a sus respectivas “ideologías”, “partidos”, “banderas” o “nacionalismos”, sin ningún tipo de cuestionamiento crítico. Es decir, no hay un líder carismático luciferino, tipo Hitler, Stalin o Trump que esté en la cúspide de la conjura, ni la conjura tiene una única y general estructura. Todos los líderes letales para su propio país y algunos de los demás–como los de antaño-  forman parte, aunque no se percatan de ello, de esa conjura global de idiotas.

Lo cual constituye el verdadero peligro para nuestro futuro planetario: habida cuenta de que estamos en el siglo XXI y en un tipo de cultura, sociedad y tecnología que está inoculada de globalidad y donde una pandemia nos está demostrando de forma dramática que la única manera de sobrevivir es trabajando juntos y colaborando de forma solidaria por simple egoísmo vital. La existencia de la idiotez globalizada hace que muchos no se percaten de que no hay otra forma de defendernos de pandemias, hambrunas, cambio climático, escasez de agua potable e invasiones de refugiados. Ningún país es ya una isla autárquica. Ninguna frontera, por muy armada que esté, impide el paso de los virus y los desajustes climáticos. Y ya que lo irreparable se produce casi siempre por accidente, lo peligroso de la idiotez es  que suele convertir los accidentes en inevitables. Pues bien, esto que es una evidencia histórica fáctica, no lo es para los conjurados.

¿En qué se basa la eficacia, invulnerabilidad y transmisión global de este movimiento tipo “ailanto”? Precisamente en que nadie, ninguno de los integrantes y muchos de los observadores se percatan del ominoso sustrato que les sostiene: ellos piensan que los otros son los auténticos idiotas. Para mayor desdicha recordemos que todos, absolutamente todos, hemos sido dominados por cierto cretinismo en algún momento de nuestra vida. Que los idiotas, como los ailantos, se sostienen unos a otros. Si uno es el idiota de turno, el otro puede ser usted mismo en un mal momento. La tontería de no pensar no es un estado permanente, casi nunca; ni un imperativo categórico, salvo cuando nos aprovechamos de la relativa impunidad de su ejercicio. La idiotez parece ser patrimonio genético del ser humano, es bastante contagioso y da síntomas inesperados en cualquier persona y momento, sin distinción de clase social, color de piel, creencias, poder o riqueza.

Gracias a internet la cantidad de integrantes de la conjura ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocas personas han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos o ser víctimas de un sanbenito público, injusto, anónimo e impune. La única actitud racional que puede aliviar ese regalo envenenado es escuchar y tratar de entender la argumentación, si la hay, y procurar no contagiarse ni perder la paciencia. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro idiota interno tome las riendas de inmediato. En algún caso, la huida es una victoria.

Pero, claro, estas consideraciones no despejan la ecuación entre los idiotas y la conjura global que puede acabar con nuestro futuro. No se puede sacar al idiota de la ecuación, ni a la conjura porque forma su urdimbre nutritiva. La supervivencia, que es el otro elemento, podría resolverse si a la “x” que la completaría le damos el valor del cociente entre la masa ingente y dinámica de idiotas del mundo y la dividimos por la multiplicación entre otro tipo de conjura y la supervivencia. Es decir la toma de conciencia de una masa superlativa de ciudadanos conscientes de la supervivencia de la especie y el planeta como valores absolutos, formarían la nueva conjura. ¿Eso es imposible? No. En un mundo como éste solo es improbable. Partamos de la base de que en todo idiota hay una semilla de sentido común y raciocinio.  Sólo hay que fecundarlas. Medios hay. Si nos unimos todos los que creemos en la inteligencia humana, y luchamos por imponer la urgencia y necesidad perentoria de convencer a los “otros” de que dejen fructificar su sentido común, en algún momento podríamos superar la masa crítica que haría “estallar” la idiotez dominante. Maxime Rovere dijo que sólo hay tres estrategias: negociar con los que puedan hacerlo, intentar que evolucionen los que se dejen convencer y olvidarse de los demás. Con suerte esos serán una minoría. La incógnita más dolorosa es: ¿lo podremos lograr a tiempo?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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19 mayo 2021 3 19 /05 /mayo /2021 10:02

A finales del siglo XX los héroes dejaron de estar de moda. La gente se inclinaba más hacia los "anti-héroes". En su novela generacional, Douglas Coupland ("Generación X") afirmaba que a partir   de ahora (en siglo XXI) los héroes habían muerto. Lo cual, para cualquiera que tenga ojos en la cara y un cierto sentido de la observación, es una memez desmentida por toda la cultura que nos rodea. Bruce Meyer, el autor del libro que les recomiendo, profesor de Universidad en Canadá, nos asegura que los héroes no sólo nunca dejarán de existir, sino que los necesitamos como referencia en nuestros particulares ritos psicológicos de crecimiento: "El de héroe es un concepto universal que como seres humanos nos fascina e incluso nos llega a acosar constantemente cuando adoptamos la postura de rechazarlo". Aunque cita y aclara los conceptos junguianos de la psicología del arquetipo, Meyer se basa en la literatura, en los héroes literarios clásicos para hacernos comprender la función y la fuerza de esos personajes convertidos en símbolos. Aunque sigue una estructura no demasiado clara y unos desarrollos argumentales a veces incoherentes o banales, el libro se lee con gusto. Y es que de la vitalidad del símbolo heroico nos habla sin cesar el cine popular actual, muchas novelas e innumerables ensayos. Si el héroe como símbolo hubiese muerto y desaparecido, ¿de qué estamos hablando continuamente, qué películas admiramos, qué libros leemos? Más que desaparición asistimos a una metamorfosis del héroe que lo disfraza y disimula pero que mantiene en vigor su potencial "para sacarnos del propio ser" (pág.20) y para "recordarnos nuestras carencias y también nuestra posibilidades" (pag.16). Apoyándose en textos de Campbell, Frye, Goethe, Shakespeare, Arthur Miller, Melville o Dante, el autor nos va hablando de los distintos tipos de héroe desde las páginas de las obras de esos autores, hasta concluir que "los heroes son una manifestación de esos deseos que todos tenemos y que nos hace descubrir algo de nosotros mismos que deseamos tener con mayor abundancia" (pag.47).

Owen, T.S. Eliot, Ezra Pound, Joyce, Becket, nos introducen en el héroe trágico, derribado y consumido por la guerra o el absurdo de una sociedad que amenaza el sentido y la coherencia de nuestra propia vida. Esa sociedad crea sus propios monstruos, pero también sus propios héroes.  Lord Byron, Milton, Marlowe, nos llevan al reflejo demoníaco del héroe y como contraposición al del santo (una forma peculiar del héroe) a través de Graham Greene o William Faulkner (yo añadiría al "Idiota" dostoievskiano). Acaba Meyer su búsqueda analizando figuras tan distantes como Supermán y Hércules, para centrarse en la figura de Jesucristo como mito capaz de responder de forma total e íntegra a las exigencias humanas éticas del héroe. Y como final permítanme citar al autor: "En último término, el héroe sirve al mismo propósito que la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

FICHA.-

HÉROES.-Bruce Meyer.-Ed. Siruela. Trad. Enrique Junquera.341 págs.

 

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7 mayo 2021 5 07 /05 /mayo /2021 16:35

Siempre hay un idiota en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuando menos te lo esperas. Con la particularidad, usted se habrá dado cuenta, de que los idiotas van en pareja: uno de ellos es ajeno a usted y el otro, es  o podría ser, perdóneme, usted mismo. La diferencia es que uno es real e inmediato y el idiota que hay en usted -inevitablemente, es cosa de la cultura en la que vivimos- está en potencia, dispuesto a aparecer al reclamo del otro. Un profesor francés, especialista en Spinoza, Maxime Rovere, propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la idiotez: 1, siempre somos el idiota  de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, el más importante idiota de todos los que conocemos está en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero intentarlo, lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de idiota en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca la entrada de alguna forma de idiotez, ya sea en forma de reacción inapropiada o de ironía agresiva o de calificativo insultante.

Lo cierto es que el idiota entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y frenar con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. El problema se agudiza cuando el idiota es nuestro jefe o dependemos de él de alguna manera. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible. A veces hay que gestionar, como inevitable, cierta cantidad de efectos negativos.

Gracias a internet la cantidad de idiotas ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocas personas han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos o por víctimas de desuelle público, injusto, anónimo e inmune. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele  contagiar el idiota es acordarse de Sócrates o de Pirrón (lo más ilustrados),  y más sencillamente escuchar con benevolencia y paciencia, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, y procurar no perder la compasión ni el control. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro  idiota interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Pensemos que el virus de la idiotez o estulticia es sumamente contagioso y no tenemos mas antídotos que la razón y la ecuanimidad. Y. en última instancia, la vacuna, que no siempre está disponible: poner tierra de por medio entre el/los idiotas y uno mismo (y, por supuesto, "nuestro" propio idiota).

La interacción es el caldo de cultivo del idiota. Y esa herramienta social es básica e inevitable. Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la idiotez. Porque la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar como debe ser (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" idiotas a puestos de poder ya que son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada y se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización (caso Trump o Bolsonaro, sin ir más lejos, ni más cerca, la política nacional da excelentes ejemplos de la idiotez corrosiva de algunos).

Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los idiotas no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota. Ya que al ser un virus interactivo, el contagio prolifera con la cercanía y el contacto social. Si estás rodeado de idiotas es muy difícil que no surja el idiota que genéticamente alojamos en la mente. Sólo nos queda estar con ojo avizor, rogar a los dioses que no nos aumenten la dosis de idiotas que nos corresponde estadísticamente y controlar el orgullo herido del que llevamos dentro, siempre empeñado en demostrar a otro idiota que es aún más idiota que él.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

 

 

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2 mayo 2021 7 02 /05 /mayo /2021 11:44

                                                             Si tuviera un presente diferente

                                                             Tendría las llaves de mi pasado

                                                            Si mi pasado estuviera conmigo

                                                           Sería dueño de todo mi mañana

                                           (Mahmoud Darwish, refugiado palestino)

 

De vez en cuando, desde hace años, visito dos tumbas cercanas entre sí, en mi corazón, y relativamente en el territorio. A los dos lados de la frontera franco-española: la de Antonio Machado en Colliure y la de Walter Benjamin en Port Bou. Ambos símbolos culturales del exilio, como Annah Arendt, María Zambrano, Max Aub, Stefan Zweig, Nabokov, Leon Felipe, Buñuel, Sénder, Ayala, Bertold Brecht, Thomas Mann, Freud, Musil, Emil Ludwig y  otros muchos. Ellos integran la cara más notoria –pero más “glamurosa”-  de un drama que se extendió por todo el siglo XX como una marea trágica, la relevante “cresta” de una ola que devastó culturalmente a Europa.  Pero lo más angustioso, censurable y difícilmente comprensible es que el exilio, la inmigración, las oleadas incesantes de refugiados de cientos de miles de personas acuciadas por las necesidades más básicas y usando medios de transporte inadecuados y peligrosos, o jugándoselo todo al cruce ilegal de fronteras, han convertido el siglo XXI en el epítome de una trágica realidad: la errancia sin fin (título del libro de García Ponce) del mundo desposeído, hambriento y desesperanzado (y enojado) al “otro” mundo, calificado como “rico y poderoso”, aunque comienza  a ser más un espejismo que una realidad, gracias al sistema capitalista salvaje y neoliberal que está hundiéndonos a todos.

Aquí trataremos menos el esquema psicológico de los exiliados y refugiados culturales (que han dejado observaciones valiosas  sobre sus penurias y sufrimientos), que el análisis del aluvión brutal de las grandes masas que asaltan fronteras, desafían océanos y son explotados por mafias sin conciencia. Opino que en todos los casos, al margen de la formación cultural o la particularidad política de unos, el desarraigo, la amargura, el desconcierto y el miedo e inseguridad es el contenido básico de las  maletas o los hatillos de todos los que comparten el binomio básico: 1) imposibilidad de quedarse en el propio país por miedo, necesidad e indefensión y  2) huída en precario a otro país en busca de una posibilidad de sobrevivir.

Quizá nunca como ahora en tiempos de un “estado de excepción” ocasionado por la pandemia y de tan difícil gestión jurídico-política y con la incomprensión y rechazo de una parte de la ciudadanía, el estado anímico del refugiado o del exiliado muestran un espejo o vínculo que nos permite entender a estas personas reducidas  en sus derechos (a pesar de la distancia conceptual y situacional entre ellos y nosotros) y comprender la estructura y dinámica de la experiencia de ese “otro” que procede de otro país del que ha sido expulsado y viene al nuestro de mala manera y con una demanda imposible de satisfacer, aunque sí de paliar. ¿No nos resultan familiares esa indisponibilidad absoluta del refugiado sometido a una dinámica de amenazas, exclusiones e inquietudes, con la del ciudadano constreñido a la inmovilidad y a la vigilancia por motivos racionales pero difíciles de asumir? Y si tienen dificultad para ver el paralelismo, no piensen en el ciudadano con hogar, recursos económicos, salud, sino en el indigente, el subproletariado de las grandes ciudades, los parados y los sometidos a las disolventes mutaciones del bienestar en la actual hegemonía hipercapitalista.

Como en ese caso ya corriente en nuestros días, esa subclase de desocupados y marginados de la actual sociedad se asemejan al refugiado en que ambos en virtud de la naturaleza que se les endosa, van perdiendo su identidad, se convierten en seres en permanente proceso de des-subjetivación, no son ciudadanos sino entes fuera de la categoría de sujetos legales, nuda vida, cuerpos biológicos, sin derechos reconocidos, al margen no solo de la comunidad sino de la naturaleza, mantenerse alejados no sólo del orden que emana del oikos, el hogar  establecido, la comunidad, sino objeto de una cultura de la violencia y el odio que, singularmente, proviene de las instituciones del Estado,  que rechaza a ese ser sin territorio propio y lo coloca en un umbral de indiferencia cuando no de negación y confinamiento.

 

Considero que un enfoque cultural  del exilio está constreñido a ser una faceta del amplísimo y demoledor tema de los refugiados en el mundo, por ello quiero dejar constancia de ciertos datos que muestran la amenazadora tendencia al alza del problema que, sin duda, va a constituir uno más, y no el menos importante, de los desafíos que el mundo tiene planteados en nuestro tiempo. Según los últimos datos publicados por la ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) unos 80 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares o han huido de ellos, por miseria, guerras locales, sequía, epidemias o hambre, lo que supone un 1% de la población mundial. De esos millones, el 40 % son niños y  jóvenes menores de 18 años. Un 85% de estos son acogidos por países en desarrollo, lo cual no mejora demasiado la situación de los refugiados y empeora la de los países de acogida. Para agravar las cosas se anuncia una hambruna en países donde se espera que este año la plaga de la langosta migratoria” afecte a los países del sur africano y  los fenómenos asociados al fenómeno climático de “La Niña” a los países del arco de Yemen, Sudan, Siria o Libia. La hambruna, junto con la inseguridad crónica, la  Covid y la falta de recursos completan un panorama desolador que aumentará el flujo migratorio de desplazados.

Pero volvamos al “interior” de nuestra pesquisa. Hablemos del extranjero que viene a nuestro país, al que miramos siempre desde la “otredad” y exigimos que se adapte a nuestras costumbres e idioma. Aún así el diálogo y la negociación son siempre desde la “superioridad”, la dialéctica del amo y el esclavo. Y eso en el mejor de los casos, cuando no es la negación absoluta, el desprecio, el ninguneo y el insulto de los “patriotas” reaccionarios. La psicología señala atinadamente el atávico miedo al otro, al extraño, como sustrato emocional agresivo en esos individuos (y la presunta carga económica fraudulenta que la extrema derecha suele asociar sin fundamento a los refugiados). La dignidad del refugiado debería estar por encima del “choque cultural” o las obligaciones que genera lo que entendemos por integración, lo cual suele estar sesgado por creencias y opiniones.

Como escribe María Zambrano: “La figura del exiliado o del refugiado representa a la perfección la amenaza del desconocido, del radicalmente Otro. No se puede sucumbir al miedo sino trascender la inquietud, planificando un mundo, un espacio mejorado y diáfano, surcado de puentes y ventanas para recibir al recién llegado, que puede llevar en sus alforjas la mejora de un cambio”

Esa visión positiva hacia el que viene en busca de ayuda, de una vida mejor y aporta su fuerza, sus conocimientos y su voluntad de integración, debe estar sustentada en la comprensión de la diversidad y en la busca del punto de integración a partir del cual ambas culturas, la que viene y la que está se enriquecen mutuamente. ¿Utópico? No lo creo. Hay ejemplos en la historia en que eso fue posible, siquiera sea por algún tiempo.

Arendt define la causa del salto abismático a lo desconocido enfocando al elemental miedo a la extinción. Y describe la situación de ese Otro como un “estado total de desarraigo, de cercenadura de sus raíces (que ahora lleva al aire, incapaz de ocultarlas para protegerlas), de vaciamiento de todo lo superfluo hasta quedar reducido a lo esencial, a la “nuda vida”, pura vida biológica, cuerpo desnudo, sin leyes que lo amparen, sin ni siquiera una norma que lo reconozca en su inapelable humanidad.

El exiliado, el refugiado llega al lugar del desprendimiento, desde la patera o escalando vallas metálicas o atravesando ríos y desiertos, con la esperanza ciega y sorda de que es posible pensar el mundo de una forma distinta. Una especie de patria, sigue argumentando Arendt, que no es física, que está libre de límites y que crece junto a la que se truncó. Una patria interior que no coincide jamás con el lugar real donde la persona busca el espacio habitable.

A partir de ahí empieza un calvario interior que  Czeslaw Milosz describe en su libro “Sobre el exilio”: “La pérdida de armonía con el espacio circundante, la incapacidad de sentirse cómodo en el mundo, tan angustiosa para el expatriado, el refugiado y el inmigrante”,  y que paradójicamente lo integra en la sociedad en forma de  una nueva esclavitud, con un desarraigo brutal que nace tras haber vivido una odisea que no envidiaría el mismísimo Ulises. El filósofo Slavoj Zizek lo encuadra a la perfección: “hoy en día, en esta época de capitalismo global resurgen nuevas formas de esclavitud que se nutren de los refugiados e inmigrantes: millones de trabajadores privados de los derechos y libertades civiles más elementales, en fábricas, en los campos, en talleres desde Asia hasta Arabia Saudí o el Congo, donde la estructura de los campos de trabajo son una reedición de las campos de concentración nazis”.

A otro nivel, Isaac Bashevis Singer nos cuenta su percepción de su propio exilio: “Cambiar de país, emigrar, es como una especie de crisis. Tenía la sensación de que mi lengua estaba desubicada. Perdí mis imágenes. Veía miles de cosas para los que no había nombre en mi lengua. Tenía la impresión de que mi lengua materna había perdido su capacidad expresiva y yo, mi sensibilidad para percibir el entorno. Y por supuesto había que ganarse la vida, adaptarse a una nueva realidad.”

Zizek critica la idealización simplista de la izquierda europea que va a los refugiados como un proletariado nómada que podría actuar como núcleo de un nuevo movimiento revolucionario. Es ignorar la esencia del problema: hoy los refugiados “sueñan” con ser proletarios, pero saben que no son “nada”, no ocupan ningún lugar dentro de la jerarquía social del país que los acoge. Por eso existe un antagonismo pseudo cultural entre los  refugiados y la población local de la clase baja. En realidad es una lucha por los puestos de trabajo, no un choque de civilizaciones, sino por el hecho puro y simple que el patrón prefiere emplear a un refugiado sin derecho alguno que a un obrero local que está protegido por leyes y normas. La flagrante falta de humanidad que esto supone no parece preocupar a la política de izquierdas y da carburante agresivo a la ultraderecha. Es uno de los efectos del Nuevo Desorden Mundial. Y Zizek añade:  “En lugar de constituir un frente unido entre las clases bajas y los inmigrantes, se instaura un rechazo por el que los inmigrantes se refugian en el fundamentalismo, mientras que los sindicatos muy a menudo combaten por el bienestar de aquellos a los que representan en contra de esos otros sectores de la clase trabajadora, olvidando que el verdadero enemigo de todos es el capitalismo…Y así se da la curiosa circunstancia de que los trabajadores consideran a los inmigrantes títeres del gran capital, que los ha traído al país a erosionar su fuera y competir con ellos, puesto que su salario es menor, y los inmigrantes ven a los trabajadores, por pobres que sean, como parte integrante del orden occidental que los marginan. No es fácil predicar que sería eficaz que estuvieran en el mismo bando en una situación en la que la competencia es real.”

Lo cierto es que en los flujos humanos migratorios que van desbordando las fronteras de Europa –y aumentará más-siempre reconocemos un signo que comparten con los indigentes urbanos: el de los “muertos en vida”, aquellas personas expuestas a las organizaciones del crimen organizado,- ya sea laboral o sexual- y a las actividades del Poder en contra de las mafias, los narcos o el terrorismo, donde terminan engrosando filas. Explotados por los comerciantes de humanos y rechazados violentamente por ciertos sectores políticos y ciudadanos que ven en ellos una amenaza y un peligro, un síntoma (más) de intranquilidad en un sistema postcapitalista y neoliberal que se deteriora por momentos.

En el otro lado del espectro, para Arendt y Zambrano los exiliados no vienen a recibir sino a dar. La cita de la “Tumba de  Antígona” de la malagueña, debería hacernos pensar: “nosotros pedíamos que no dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían: algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que sólo tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante”

Personalmente opino que, como dice el filósofo italiano Franco Bifo, en Europa estamos perdiendo una oportunidad única, histórica, de cambiar la faz de rechazo a los inmigrantes, al otro, por un acogimiento abierto a la diversidad para lograr redirigir la crisis europea ya que “nunca en nuestra  vida nos hemos enfrentado a una situación tan cargada de oportunidades revolucionarias. Pero nunca en nuestra vida hemos sido tan impotentes. Los intelectuales nunca han estado tan callados, nunca han sido tan incapaces de encontrar un camino que muestre una nueva dirección posible”. La joven fuerza que nos viene del “exterior” debe recibir dignidad, comprensión, apertura, trabajo y respeto. No se trata de caridad sino de intercambio en un modelo de justicia e igualdad. El pensamiento que se opone al Sistema actual no ha dado aún el paso hacia delante que obligue a replantear el futuro y a aunar fuerzas. Me viene a la mente aquella película de King Vidor de los años 30, en plena Depresión norteamericana, “El pan nuestro de cada día” en el que un centenar de míseros desplazados, condenados a la humillación y el hambre, se unen para crear una nueva existencia con el sacrificio y el trabajo, la solidaridad y la cooperación. ¿Creen ustedes que estamos mucho mejor en estos días que en aquélla crisis? No se equivoquen. Las apariencias confunden.

Hace sólo tres años el ensayista David Wallace-Wells publicó un libre preocupante: “La tierra inhabitable” y en él de una manera clara, sistemática y aportando datos irrefutables describe toda una gama de problemas actuales y en progresión, que amenazan nuestra supervivencia, calentamiento global, hambrunas, pandemias, falta de agua, guerras localizadas pero frecuentes por alimentos y materias primas, zonas devastadas …y hacía hincapié en un fenómeno que ya comenzaba a inquietar a todo el mundo: cientos de millones de refugiados producidos por la suma de estos desastres ante los cuales se empleará la violencia y que, sin duda, crearán violencia. En esa misma época el líder ultra de Hungría, Orban, pedía que se declarara a Europa Central y Oriental (ECO) “zona sin inmigrantes”, una descarada copia del la nazi “Zona sin judíos”. Un genocidio de proporciones gigantescas se está preparando.

Cada vez que leo que una madre que buscaba refugio a bordo de una zodiac mafiosa se ha ahogado con su bebé en el Estrecho cerca de las playas andaluzas siento que se ha hundido un poco más la esperanza de Europa y se ha dañado la dignidad del ser humano como tal. El Mediterráneo volvió a ser la ruta migratoria más mortífera del planeta, con 1885 muertes verificadas en 2019 y, si bien el apoyo creciente a Marruecos en el control migratorio logró reducir a la mitad las llegadas de migrantes a las costas españolas, al mismo tiempo reactivó la ruta atlántica hacia Canarias, como vemos en 2021  a pesar de la Covid. Las llegadas por el Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán hacia las costas andaluzas y en menor medida hacia las de Levante y Baleares representan algo más del 25% de las que se produjeron en el conjunto de rutas que se dirigen por el Mediterráneo hacia la UE. En definitiva, las tendencias tanto de llegadas como de fallecimientos en el marco de los flujos migratorios varían de manera significativa en espacios de tiempo próximos

Sin olvidar el doloroso problema de los famosos MENAS (menores extranjeros no acompañados), chicos y chicas menores de 18 años, migrantes, que se encuentran separados/as de sus padres y que tampoco están bajo el cuidado de ningún otro adulto. La deshumanización que sufren esos adolescentes y niños desde el primer momento en situación de extrema vulnerabilidad, y la criminalización después (recordemos el cartel que Vox colgó en una estación de metro de Madrid del que se hizo eco, avergonzados, todo el país) están convirtiendo un problema que debería ser educativo, social y económico, en una amenaza radical de futuro. Hay informes que muestran como esos Menas son postergados en los estudios y desviados a educaciones básicas sin aprovechar las capacidades de formación superior que muchos de ellos poseen en sí mismos: condenados a un submundo de necesidades y con ello a una radicalización que casi siempre es fanáticamente religiosa. El reasentamiento en un tercer país es una de las principales vías legales y seguras para obtener protección internacional y uno de los objetivos centrales del Pacto Mundial sobre Refugiados, aunque por el momento –agravado por la pandemia- los resultados son escasos, debido a la complejidad operativa, económica y social que supone a los países afectados. La principal nacionalidad de las personas reasentadas en la mayoría de los países fue la siria. Solo Suecia, Noruega, Francia, Alemania, Reino Unido y Portugal reasentaron un número considerable de personas refugiadas originarias de otros países, entre los que se incluyen Sudán, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán del Sur, Eritrea e Irak.

Para la comprensión realista de este problema, España- que es lugar de llegada preferente en la zona mediterránea- es uno de los países de la Unión Europea en los que más han crecido la pobreza y las desigualdades sociales: las tasas de precariedad laboral se sitúan en los últimos años en el 40% -aumentada exponencialmente por los ERES y las irregularidades creadas por la Covid -- y existe el lógico desequilibrio en el acceso a derechos sociales tales como la vivienda, la sanidad, la participación ciudadana... Como es fácilmente comprensible el escenario en el que los refugiados es poco favorable a los procesos de inclusión de las personas solicitantes de protección internacional que, por motivos diversos, se han visto obligadas a huir de sus países para buscar un sitio seguro donde reiniciar sus vidas. Por tanto, es imprescindible un mayor reconocimiento de los derechos sociales para las personas solicitantes de protección internacional en las políticas de nuestro país. Lo cual es una cuestión que, en una España bajo una crisis económica y social sin precedentes, acaba siendo un problema insoluble a corto y medio plazo.

Los datos expuestos afrontan además una evidencia paradójica: en el año en que España registró el mayor número de solicitantes también crecieron las dificultades de acceso al procedimiento. A pesar de que la normativa comunitaria, y en concreto la Directiva de Procedimientos, define un plazo ordinario de solo tres días, que puede ampliarse a seis, para el registro de las solicitudes de protección internacional formuladas, en ciudades como Barcelona este trámite se realizó con un retraso de hasta siete meses y en Madrid el registro de la solicitud no se concretó hasta su formalización. Por el momento, el Gobierno español ha aumentado el presupuesto destinado a la acogida de los refugiados. Pero su acceso a los derechos sociales más básicos y esenciales (pensiones, vivienda, empleo, educación –principalmente en los grados superiores-, salud o participación comunitaria) es un camino plagado de obstáculos difíciles de remover.

Quizá solo nos queda pedir a las personas del futuro que, cuando miren a los siglos XX y XXI, recuerden el poema de Bertold Brecht:

“Vosotros, que surgiréis del marasmo/ en el que nosotros nos hemos hundido/cuando habléis de nuestros errores y debilidades/ pensad también en los tiempos sombríos/ de los que os habéis escapado…./Desgraciadamente, nosotros/ que queríamos preparar el camino para la amabilidad/ no pudimos ser amables./ Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos/ en que el hombre sea amigo del hombre/pensad en nosotros con indulgencia”.

Eso en el caso de que no llegue esa época de igualdad y solidaridad entre los hombres, se cumplirá la irónica profecía de un escritor francés “No venimos del mono, vamos hacia él”. Que conecta con la frase de otro visionario del futuro: “La próxima guerra global no será con armas modernas sino con garrotes y piedras”. Y nos extinguiremos o, en el mejor de los casos, el ser humano volverá a empezar desde cero.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

Bibliografía

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.-Olga Amaris Duarte.- Ed Herder. 317 págs.

COMO UN LADRÓN EN PLENO DÍA.- Slavoj Zizek.- Trad. Damià Alou.-Anagrama. 286 págs. ACONTECIMIENTO. Ed. Sexto Piso. Mismo autor y Raquel Vicedo, traductora.180 págs.

INFORME ANUAL DE CEAR (Comisión española de ayuda al refugiado) 2020 e INFORME DE LA ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) 2020

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19 abril 2021 1 19 /04 /abril /2021 17:52

EL ACONTECIMIENTO DEL SIGLO

(Publicado en Heraldo de Aragón el 200421)

El estimulante “enfant terrible” de la filosofía actual, el esloveno Slavoj Zizek, define un acontecimiento como “algo traumático, perturbador, que parece suceder de repente y que interrumpe el curso normal de las cosas; algo que surge aparentemente de la nada, sin causas  discernibles, una apariencia que no tiene como base nada sólido”. Dedica un breve tratado, 163 páginas, al tema y lo publica en inglés en 2014 (en España  la ed. Sexto Piso lo traduce el mismo año). En otra de sus obras, afirmaba contundentemente “la Naturaleza es una locura. Es caótica y propensa a desastres salvajes, impredecibles y sin sentido y estamos expuestos a sus despiadados caprichos. No existe eso que se llama Madre Tierra…ni creo en ningún orden natural. Los órdenes naturales son catastróficos”. Seguramente Zizek debe sentirse profético

Personalmente  no estoy de acuerdo con estas últimas aseveraciones,  a pesar de que la pandemia que comenzó en 2019 parece dar la razón al levantisco filósofo. Decía el científico norteamericano, experto en la teoría del caos, Edward Lorenz,  que “llamamos caos al orden que todavía no comprendemos”. Podríamos aventurar que el mayor factor perturbador que tiene la Naturaleza es ese bípedo implume que es el ser humano, cuya respuesta al desafío del virus global no resiste un análisis lógico por los excesos habidos de arbitrariedad (política y social), irresponsabilidad, insolidaridad y en general, estupidez global (desde el negacionismo hasta la “violencia compensatoria”) pasando por una codicia desalmada que está enriqueciendo a una minoría que gestionan sectores como el farmacéutico, la sanidad o cuestiones financieras que inciden en la vida de todos.

El “acontecimiento” de la Covid nos ha demostrado el desequilibrio existente entre la asombrosa civilización tecnológica en la que vivimos y la capacidad de responder de una forma ética, humana y responsable a los desafíos naturales  que nos están arrasando. Si no acaba desapareciendo nuestro género de vida como animales “racionales”, sospecho que la huella histórica que vamos a dejar para lejanas generaciones futuras va a ser de horror; por la falta de consideración entre nosotros mismos y el estupor  ante esta pregunta: ¿Cómo es posible que, teniendo una tecnología  de alto nivel a disposición de la humanidad,  no supimos o quizá no quisimos  implementarla de forma global y por encima de las siempre codiciosas minorías de poder, para evitar los desastres que nos diezman en el siglo XXI?

¿Cómo es posible que en una parte del mundo regido por el  consumo desenfrenado y la producción alimentaria abusiva, un mundo de residuos y basuras “in crescendo” debido al mandamiento del “usar y tirar”, por el que se lanzan a los vertederos millones de toneladas de alimentos y residuos, una buena parte del planeta se esté enfrentando en estos momentos a una cercana hambruna que puede causar millones de víctimas más que sumar a los millones que provoca el virus?

Más de veinte países de África, Oriente Medio, Asia o el Caribe están en alerta roja. Tanto la PMA (Programa Mundial de alimentos) como la FAO están alertando al mundo “rico” de que la suma letal de pandemia, plagas (la langosta migratoria arrasará las cosechas de media docena de países africanos en abril y mayo) conflictos armados localizados (cuyas armas provienen de fábricas de occidente) o fenómenos climáticos extremos agravados por el conjunto de efectos de “La Niña”, que ya llega con sus impactos sobre la temperatura, vientos y pluviosidad, sequía, incendios e inundaciones…en suma, un conglomerado de elementos que extenderán la hambruna.

Por tanto, ¿cuál es el “acontecimiento” que según la definición de Zizek “interrumpe el curso natural de las cosas”, la pacífica supervivencia y el desarrollo global? No es la Covid, ni “la Niña”, ni la crisis económica, ni las hambrunas. Esas son circunstancias aterradoras que, de alguna forma, están sujetas a una causalidad remota en la que el sistema inicuo de explotación que prevalece en nuestra cultura geoeconómica, tiene un papel relevante.

El “acontecimiento” esencial del siglo XXI es la recalcitrante penuria ética del ser humano que le hace esclavo de lo inmediato, lo fácil, lo placentero y adicto a la violencia, el odio, la división, la codicia, el egoísmo y la insolidaridad. No parece servir de nada lo que nos enseñó la historia, lo que nos inculcó la filosofía, lo que nos facilitó la espiritualidad, lo que nos promete la tecnología, si la sabemos encauzar. Ese es el “acontecimiento” del siglo XXI: la creciente superioridad en el hombre de su cerebro reptiliano sobre su cerebro emocional o límbico y el racional o neocórtex. La razón y la inteligencia creativa, el respeto y la solidaridad,  no son utilizados como se debiera por una mayoría de personas en todo el mundo, a pesar de padecer un contexto de desastre global. Esa parte de nuestro cerebro busca la supervivencia egoísta, es conservadora y teme a los cambios, busca el placer primario ya sea del sexo, de la posesión de cosas o la subordinación al poder del más fuerte que le ofrece una ilusoria seguridad; tiene una conciencia territorial exacerbada, racista y xenófoba. Desconoce el diálogo y cree en la violencia como instrumento básico. Piensen en ello: un simple telediario visto con atención les dará sobrados ejemplos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

 

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16 abril 2021 5 16 /04 /abril /2021 18:21

“BLADE RUNNER” EN ESPAÑA

(Publicado en La Comarca el 160421)

En 1982 el director Ridley Scott estrenó una película, “Blade Runner”, basada en un relato corto de Philip K.Dick titulado “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Fue un éxito mundial y forma parte de las obras de culto del 7º arte. En ella vemos cómo el protagonista (un joven Harrison Ford) usa un artilugio que analiza la retina del ojo de una joven a fin de averiguar si es humana o una “replicante”, un robot con apariencia humana. El test está basado en un tipo de preguntas cuya respuesta activa la empatía (capacidad de identificarse con alguien y compartir sus emociones y sentimientos). Esta reacción emocional a la pregunta, supuestamente, tiene el efecto reflejo de dilatar la pupila, sólo en los humanos, claro está. Si careces de empatía, sugiere la película, es que eres una máquina.

A tenor de lo que está pasando en el mundo sería interesante conocer el grado de humanización que nos queda. Para acotar la muestra de análisis propondríamos hacer el test en nuestro país. Sugerimos estas preguntas:

1.- ¿Quitaría importancia al clima turbulento y agresivo que se estila entre los políticos, algunos medios de comunicación y sobre todo en la Red y sus lugares de cita, Facebook, Twitter, etc. Lo calificaría de simple “jarabe democrático”?

2.- ¿Cree que se deberían exigir responsabilidades ante la preeminencia de intereses políticos o económicos sobre las vidas humanas que se han perdido por la covid y su mala gestión?

3.- ¿Le preocupa el contagio que supone para el resto del país que la Comunidad de la señora Ayuso, Madrid, la capital del Estado, sea una mala copia de “Sin City”, la ciudad del pecado, donde el capital y los negocios turbios están por encima de la protección, la sanidad y la seguridad de la población?

4.-¿Percibe que estemos llegando a no distinguir la mentira vociferada de la verdad que se musita; que se banalice la seriedad y la acción efectiva; que los insultos y la desmesura emocional impidan el diálogo; que se manipule la opinión; que se propicie el olvido de errores colosales; que se bromee sobre el conocimiento y que se apoye la ignorancia como si fuera un derecho; que el ensayo-error sea la norma de criterio de actuación en unos planes nunca bien diseñados; que llenemos de eslóganes vacíos y grandilocuentes un desierto social, político y económico de ideas serias y realistas; que el gesto teatral en política sustituya al trabajo concienzudo; que vivamos en términos de polaridad –si no estás conmigo, estás contra mí-- y sustituyamos el respeto por el sarcasmo, la mezquindad por la ecuanimidad, la aceptación de lo distinto por la glorificación del racismo…?

5.- ¿Que admitamos y mantengamos a políticos y altos funcionarios que nos ofrecen clichés resabiados y tópicos de taberna patriotera en  lugar de buscar y ofrecer salidas racionales a crisis enquistadas, dejando ver la nula preparación técnica, jurídica o ético-política de tales detentores del poder?

6.-Que toleremos que muchos de nuestros jóvenes se envenenen con la adicción a la violencia fácil, el sopor y la rabia que produce la falta de esperanza en un futuro cada vez más enturbiado y un ambiente falto de ética que premia públicamente al tramposo, oportunista, prevaricador o desvergonzado ignorante y se alimenta de memes, bulos, fakes news y un desprecio larvado hacia el trabajo serio, la responsabilidad, la honestidad y la decencia, como si fueran virtudes caducas e indicativas de debilidad de carácter, desconcierto y miedo.

7.- Que aceptemos un sistema educativo que, desde la infancia hasta la Universidad, carezca de aquellas materias y conocimientos que forman a las personas en principios y valores, sujetos a programas oportunistas que obedecen a una escala de motivación reducida al pragmatismo económico y a habilidades técnicas que faciliten el empleo y supongan una rentabilidad inmediata en el mercado de trabajo…

A estas alturas del test, ¿la mayoría de los españoles habría mostrado claros signos, por la aguda reacción emotiva de rechazo en las pupilas, de que no nos estamos convirtiendo en cyborgs, autómatas, “replicantes”?  O, por el contrario, estaríamos bostezando de aburrimiento, justificando que las cosas sigan ese curso o indignados porque creemos que se trata de justificar programas políticos que no creen en el ciego autoritarismo, la glorificación de “lo nuestro” y la necesidad de un líder carismático con mano dura que acabe con la “degradación de la raza”. ¿Qué opinan ustedes?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Periodista y escritor

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