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21 diciembre 2020 1 21 /12 /diciembre /2020 10:50

A estas alturas ya no hay ni un solo conocedor de los avances de las neurociencias ni tampoco ningún practicante o estudioso de la meditación, en cualquiera de sus gamas, escuelas, estilos y tradiciones que no haya leído, estudiado o experimentado de alguna manera cómo los caminos y objetivos de ambas no han dejado de cruzarse y comienzan a seguir un mismo camino en algunas de las múltiples facetas del desarrollo de la mente y el cerebro en sus enormes  -y en su mayor parte desconocidos- potenciales. Por tanto el libro que recoge las largas conversaciones entre el monje budista Matthieu Ricard y el neurobiólogo Wolf Singer, resulta doblemente interesantes a unos y otros, a pesar de las inevitables reiteraciones y la no menos inevitable disfunción que se produce cuando una de las partes admira lo suficiente a la otra para evitar desencuentros paralizantes o entorpecedores entre la exigencias científicas empíricas y la esencial carga espiritualista de la meditación independientemente de su tradición y práctica. Teorías, hipótesis, modelos conceptuales con los que trabaja la ciencia, cuando las vías de la razón pura, la intuición y la observación has mostrado sus límites. El modelo esquemático que nos proponen los dos dialogantes debe injertarse en una teoría susceptible de ser confrontada o en su caso falseada por los hechos .

La hermenéutica  científica de Singer y la intuición y el pragmatismo espiritual de Ricard rico en experimentaciones propias y examen de las ajenas, tratan de soslayar el habitual escepticismo empírico de la ciencia y evitar el doctrinalismo y la indemostrabilidad  inevitables de unas experiencias casi totalmente subjetivas (pese al aumento exponencial de pruebas realizadas con criterios y exigencias científicas sobre meditadores expertos). El budismo  concretamente trata de examinar la mente de una forma empírica y sus ancestrales técnicas han dado resultaos reconocidos desde hace unos años por la ciencia. Y aunque muchos científicos siguen negándose a hablar de conciencia, mente, posibilidad de transformación, cuestiones metafísicas que para ellos se reducen a epifenómenos cerebrales, lo cierto es que la lectura de este libro de diálogos permite esbozar una cierta esperanza en que pronto  acaben los recelos y se admita una posible vía común entre la ciencia los planteamientos meditativos, es decir confrontar dos tipos de conocimiento, uno en primera persona y otro en tercera.

Dos enfoques radicalmente diferentes que se han rechazado y confrontado mutuamente durante siglos. Como dice Ricard,  "dos milenios y medio de investigación directa del funcionamiento de la mente a través de una introspección en profundidad llevada  a cabo por mentes perfectamente entrenadas, tras haber alcanzado a la vez una gran estabilidad mental y una claridad penetrante" . A  ello, contrapone Singer que "los especialistas en el cerebro niegan categóricamente toda distinción entre las funciones sensoriales y las ejecutivas y entienden la conciencia como una propiedad emergente de las funciones del cerebro" Por lo que, añade, tales prácticas "exigen una disociación de la personalidad: habría por una parte un observador puro, desapegado de las emociones, los afectos y las percepciones erróneas y, por otra parte, existiría una instancia que formaría también parte del sujeto, que se vería desgarrada por los conflictos..." Eso lo rechaza Ricard, que habla de "una conciencia despierta no dual que se ilumina a sí misma".

El diálogo -realizado durante ocho años- va glosando y analizando desde los dos puntos de vita temas como la atención, el control cognitivo, la meditación y el cerebro, las emociones y los cambios neuronales, el entrenamiento mental y sus límites, la percepción de la realidad y sus aspectos cambiantes, las ilusiones perceptivas, el autoexamen y la presunta existencia del ego, el libre albedrío y la responsabilidad para terminar con uno de los caballos de batalla contrapuesto entre la meditación y  la ciencia: la naturaleza de la conciencia y sus estados.

Un libro fascinante que no añade datos importantes a la controversia entre la meditación y los científicos, pero si aclara y enfatiza cuestiones, experiencias, hipótesis y teorías que los acerca de una forma especialmente creativa.

FICHA

CEREBRO Y MEDITACIÓN.- DIÁLOGO ENTRE BUDISMO Y NEUROCIENCIAS.- Matthieu Ricard y Wolf Singer.-Trad. Vicente Merlo.-479 págs.- Ed. Kairós.- ISBN 9788499886183

 

 

 

 

 

 

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30 noviembre 2020 1 30 /11 /noviembre /2020 10:58

Querido lector: hemos cumplido tres años de compartir, mes a mes, el amor a los libros. Un amor que se ha reflejado en estos artículos que tiene la amabilidad de leer. Todos nos hemos hecho un poco más viejos o un poco menos jóvenes. Sin embargo hay una constante que se mantiene y seguramente durará tanto como nosotros: la fascinación por la lectura, esa actividad deliciosa que activa nuestras neuronas, expande nuestra visión de la realidad y nos permite ajustarnos mejor a las complejidades de la existencia. Los lectores vocacionales que circulen ya por un arco vital que supere el  supuesto "nel mezzo del cammin di nostra vita" del que hablaba Dante a los cuarenta años, siguen las novedades que surgen en el terreno literario, pero lo que en general les complace más profundamente tiene que ver con los "clásicos", aquellos libros que mantienen su vigor y belleza época tras época aunque sufren también los vaivenes de interés, las modas y las resurrecciones de rigor. Hablamos del Quijote, de Gargantúa y Pantagruel, de los Ensayos de Montaigne, la Divina Comedia, la Odisea... de tantos que mencionar no puedo. Pero aquí no voy a referirme a ese tipo de "clásicos". Hay otros clásicos que están "insertos" en un período esencial de nuestras existencias, la infancia, adolescencia y primera juventud (hasta los 20 años y pico, aunque hoy día se han retrasado las curvas evolutivas). De estos quiero hablaros en estas páginas.

En el caso de los que eran niños o jóvenes de los 50 a los 80 del pasado siglo, todo lo que voy a compartir con ustedes les será familiar, a unos de forma vaga y a otros, nostálgica. Pero, creo que también puede interesar a los que son muy jóvenes ahora, ya que los temas, los personajes, los argumentos y la forma de narrarlos tienen una característica común: de alguna manera son la plasmación literaria de emociones, sentimientos, ideas e ingenio e inteligencia que jamás decaerán porque forman parte de lo mejor del ser humano. Son casi estereotipos de las diferentes maneras de comportarse los individuos de nuestro género y que cambia sutilmente en las diferentes culturas. Sin embargo las constantes "ocultas" de lo que esos libros despiertan -emocional, afectiva, psicológicamente-  en las personas de la misma edad, son prácticamente las mismas. Quizá no los mismos personajes o autores, pero si el tipo de ligamen emocional que crean. Mi entusiasmo por  las aventuras de Guillermo Brown a los 14 años, quizá sea del mismo tipo y efectos que el de Harry Potter sobre un adolescente de hoy o "El señor de los anillos" para un joven. .

Cuando el que les escribe estas líneas tenía unos doce años, alguien me regaló un volumen rojo de portada pulida y brillante, de Editorial Molino, en la que resaltaba el rostro concentrado y optimista de un arrapiezo más o menos de mi edad, con una gorra curiosa, chaqueta y la corbata colegial a la altura de la oreja, que lucía una sonrisa irresistible y parecía la clase de amigo voluntarioso y audaz que no gusta a las mamás y encanta a los niños. Se trataba de Guillermo Brown, un niño inglés de once años con un imaginario inagotable de aventuras reales o ficticias, pesadilla incomprensible de los adultos, líder de una banda de mocosos como él a los que llamaba "los Proscritos", símbolo de la innata rebelión del espíritu infantil, de zapatos embarrados, escasa elegancia y energía sin límites. Un niño imaginativo, inteligente, capaz de generar en sus amigos y en sí mismo un contradiscurso paralelo que convertía la realidad en el escenario de innumerables y exóticas aventuras, eso sí sin despegarse de la lógica heroica y épica del carácter del niño.

"Las travesuras de Guillermo" fue ese primer acceso al mundo dorado de la campiña inglesa de entreguerras, con sus damas lánguidas, sus prados verdes, granjeros irascibles y cobertizos misteriosos, en el que Guillermo y sus proscritos reinaban a pesar de la presencia de los más ortodoxos y limpios amigos de Huberto Lane, el rival, sumiso y adicto al mundo adulto del poder. A partir de ese momento logré hacerme con los preciados volúmenes de la saga de Guillermo. Ni que decir tiene que aún conservo la colección completa de sus libros, treinta y siete títulos publicados a lo largo de cuarenta y siete años (desde 1922 en que apareció el primero; en España treinta años más tarde).

Los múltiples aspectos de ese personaje y su mundo, muy cercano en eficacia literaria al de Sherlock Holmes o las aventuras de Frodo, el hobbit de la Tierra Media y el Único Anillo del tenebroso Saurón,  pertenecen los tres al acervo del genio literario inglés. Quizá para otros lectores menos aficionados al sello "british", esta selección resulta un tanto arbitraria. No es mi propósito imitar a Bloom y su "canon occidental", ni mucho menos. Sólo quiero constatar una constante que influyó al menos en dos generaciones de españolitos. Y, por otro lado, reflejar mi hipótesis -no demostrada, pero tampoco refutada empíricamente- de que Guillermo Brown, Holmes y Frodo alimentaron el imaginario de la niñez, adolescencia y juventud de aquellos jóvenes en ciertos valores, principios y actitudes prácticas, psicológicas y morales que propiciaron los sueños manipulados de la "Revolución de las Flores", los "hippies", los Beatles y los Rollings, mayo del 68, la caída del Muro y en literatura los grandes de la generación de los ochenta y noventa (y algunos que colean todavía, como mis queridos Savater, Marías, Pérez Reverte, Javier Reverte -ya no- "e tantti altri") . 

Hubo una época en que las lecturas y adicciones íntimas y casi viscerales a ciertos personajes  constituían casi un "carnet de identidad" secreto. Si un sujeto que acababas de conocer, de una forma casual soltaba una frase, un latiguillo o unas palabras relacionadas con algunos de esos personajes, se establecía casi de una forma instantánea una "resonancia afectiva". Un "Como diría el viejo Guillermo", o un "elemental, querido amigo" o un "Frodo lives" como el pintado en los muros californianos, para indicar que lo imposible a veces es sólo improbable, podía hacer saltar la chispa, por no mencionar ciertas frases-sortilegio para los eruditos en las materias que rodean a los Proscritos, algunos imitadores de Arthur Conan Doyle que casi lograron superar al maestro y los grandes olvidados del Señor de los Anillos fílmico que en la trilogía novelesca tenían un importante papel... cuando la intervención te revelaba que el tipo era "uno de los nuestros", se producía una especie de epifanía fraternal. 

Estoy convencido que el "pantallismo" y las adicciones tecnológicas, el olvido de los clásicos y una "cultura" centrada en la utilidad, la brevedad y el analfabetismo vertical, no ha logrado evitar el contagio entre nuestras "generaciones perdidas" y los nuevos profesos o los alevines que se sienten atraídos por la extraña camaradería que crean ciertas lecturas comunes. Guillermo Brown, Sherlock Holmes y el mundo de Gandalf  y los hobbits, quizá no todos ellos --sin duda algunos son sustituidos por otro tipo de héroes generados por la literatura del nuevo siglo y algunos del antiguo que no menciono aquí-- seguirá presentes en el imaginario de los aficionados a la lectura sea en papel o en los e-books. 

La osadía y el amor a la aventura, la honestidad, el valor y el humor e ironía de Guillermo, la inteligencia, el ingenio y toda una personalidad al servicio de un ideal de servicio a la justicia de Sherlock y la firmeza indomable y combativa, la profunda humanidad y principios de amistad y entrega a un fin superior, de Frodo, Sam, Gandalf, Aragorn y Legolas, ilustran una jerarquía de valores que de una forma u otra uno lleva integrados en principio en su reservorio ético y algún día, casi sin darse cuenta, hay una acción o una intervención en la que, como una gema oculta, brilla alguna cosa que incrustó en el inconsciente la arrebatadora lectura de esos personajes tan amados.

Vaya desde aquí mi homenaje personal a todos esos personajes y autores que sembraron en mí el fabuloso virus lector. Ese que, según una teoría de la neurociencia, reflejada en el libro "Las neuronas de la lectura" de Stéphane Dehaene, catedrática de Psicología Cognitiva en el Colegio de Francia, "la lectura promueve el desarrollo cognitivo con más ímpetu de lo que se pensaba hasta ahora" y es una actividad que favorece notables cambios en el cerebro, creando nuevas conexiones sinápticas y una más ágil interrelación entre las estructuras encefálicas. Unos estudios de seguimiento estadístico realizados sobre una muestra de 470 personas durante un periodo de 20 años, grandes lectores, enfrentados a una muestra no lectora, revela llamativas diferencias a favor de los lectores entre los índices de demencia senil y un mantenimiento más vigoroso y eficaz de los circuitos mentales relacionados con el comportamiento, el carácter y las actividades de la inteligencia. Vaya que, como apuntaba el filósofo José Antonio Marina, los libros terminarán vendiéndose en las farmacias bajo prescripción facultativo-literaria. Amigo Marina, tiemblo porque llegue un día tal. Prefiero que sigan nutriéndonos las librerías. Les dispenso de fichas. Todos estos libros están fácilmente disponibles en librerías e internet, en ediciones diversas. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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24 julio 2020 5 24 /07 /julio /2020 09:56

El "Encomio de la Estulticia", "Morias enkomion" en griego o "Elogio de la necedad" (o de la estupidez) en castellano, fue una polémica obra publicada en 1511 por el renacentista Erasmo de Rotterdam, amigo fiel de Tomas Moro (de hecho el título en griego se puede leer también como "Elogio a Moro"). Se trata de una obra retórica, irónica y humorística contra la corrupción y descrédito de la Iglesia católica y la sociedad de la época y fue pieza fundamental para impulsar la Reforma protestante. Por eso en su libro hace que los contenidos serios y críticos se presenten de una forma lúdica e ingeniosa para atraer a los lectores que, sin apenas advertirlo, los integrarán en sus mentes para que germinen en una indagación propia. 

Erasmo afirmaba que una cultura eficaz y valiosa se basa en establecer una pedagogía exigente, atractiva, rigurosa y basada en los valores esenciales del ser humano. Y la cultura es la única defensa que tenemos frente a la barbarie. Si a ello unimos su defensa de la paz y la tolerancia como instrumentos de una sociedad europea avanzada y progresista, se perfila la resonancia del erasmismo en la posible instauración de una Europa más justa y unida tras la pandemia.

¿Puede ser actual, eficaz, útil, provechosa una obra publicada en el siglo XVI? Invito al lector de La Comarca a que acceda a esta obra de Erasmo (está libremente disponible en Internet y en abundantes ediciones económicas) y comparta el pasmo y la interesante sorpresa de ver cómo se dibuja un retrato burlesco pero bastante exacto de muchos de los males sociales, políticos y económicos que nos afligen en esta era de "anormalidad progresiva" en los "felices 20" del siglo XXI. 

¿No se percibe la diosa "Moria", la insensatez, necedad y locura, en ese gobernante que está llevando a su comunidad al desastre sanitario pero sólo se ocupa de presentar demandas contra un monarca cesante y otro en ejercicio de una manera insensata e ilegal, cuando en su propia casa debe aceptar y justificar una corrupción mayor en un expresidente anterior y otros gobernantes que medraron bajo la misma bandera?

¿No se perciben las presencias del cortejo de Moria, Adulación, Molicie, Pereza y Codicia en bastantes de las actitudes y escándalos que van surgiendo de las filas de los políticos y los altos funcionarios? Si asisten a las sesiones del Congreso de Diputados, de algunos Gobiernos autonómicos o las obras de ciertas instituciones o empresas privadas o multinacionales, ¿no ven pasear muy ufanos entre ellos a los amigos de Moria, Philautias (el narcisismo), Leteo (el olvido de lo que hiciste mal y luego lo censuras en el contrario), Tryphe (la irreflexión, en el habla y el argumentar o peor en el insultar), Komos (la intemperancia en actos, palabras y obras)?

¿No hay un espejo deformante de la estupidez en esos grandes líderes de naciones extranjeras que aconsejan ignorar una pandemia a pesar de estar causando muertes incesantes? ¿Y los que recurren a juego sucio e invaden los espacios virtuales de otras naciones en defensa de intereses ocultos? ¿No se aplicaría el "Elogio a la estupidez" en esos ciudadanos que anteponen sus caprichos, diversiones y apetencias al respeto y seguimiento de las mínimas reglas de salud pública en tiempo de virus pandémico? Erasmo cree, con Sócrates, que la naturaleza tendente al mal en el hombre se debe a la ignorancia, la falta de instrucción y la inexistencia de valores éticos. Quizá sea, después de todo, un buen momento para releer a Erasmo. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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3 abril 2020 5 03 /04 /abril /2020 10:31

A pesar de que el título de la novela era un poco disuasorio para el niño culturalmente machista que era yo con ocho o nueve años, mi bulimia lectora me hizo entrar en el confortable mundo femenino de la escritora estadounidense Louisa May Alcott . Había sido publicada en 1868  y nos contaba la vida cuatro niñas que viven la Guerra Civil en los Estados Unidos como fondo de su vida familiar y se convierten en mujeres. La cuestión era un poco sospechosa incluso para mi lecturamanía (me calzaba hasta los prospectos de los medicamentos y el periódico local). Parece que la señora Alcott narraba sus propias  experiencias infantiles y el texto rezumaba autenticidad y gracia por los cuatro costados, a pesar de los añadidos y recortes de la traducción que leí. La he vuelto a leer en una edición actual  y la volví a disfrutar. En mi infancia seguí  con "Hombrecitos" . Esta ya no me gustó tanto, ni tampoco "Aquellas mujercitas"  publicada años después sobre la madurez de las divertidas damitas que yo amé.

Fue escrita por Alcott en dos meses de intenso trabajo y tuvo tanto éxito que, como con Conan Doyle y su Sherlock Holmes, la autora se vio obligada a escribir las continuaciones que he comentado y un par más que no leí.¿Cuál fue el secreto de Alcott y su primera obra? La total negativa de la autora a escribir una cursilada. En la novela no hay ñoñerías ni concesiones a la ortodoxia femenina de la época. Sobre todo el personaje de Jo, pero también la madre y el ambiente general de la familia es una revolucionaria y osada declaración de inteligencia femenina (recuerden que en esa época las feministas eran apaleadas por la policía en las calles de muchas ciudades europeas) de libertad de criterio y de orgullo de género. Es más una guía de crecimiento personal femenino y una nueva y sólida ética de comportamiento de la mujer, fuera de las sujeciones y represiones a las que estaban obligadas por la sociedad finisecular. Hay quien ve en ella un trasunto casi literal de "El progreso del peregrino" de John Bunyan . Como no he leído ese libro alegórico, aunque lo conozco, me libraré muy mucho de hacer comentarios al respecto. Quede esto aquí como una sugerencia al lector generoso de que dedique un poco de su tiempo a leer la novela citada, si es posible antes que "Mujercitas".

Que nadie se llame a engaño. "Mujercitas es recomendable para cualquier lector culto que desee conocer una novela que encandiló a escritoras de la categoría de  Simone de Beauvoir, Ursula K. Le Guin, la autora de Harry Potter, Carson McCullers o  Zaddie Smith. Y como ocurre con los clásicos, en cada lectura y relectura que haces recibes un mensaje distinto y complementario. Es una fuente de sugerencia y placer.

 

FICHA

MUJERCITAS.-Luisa M. Alcott. Ed. Anaya. TRad. Almudena Lería, Ilustrador Enrique Flores.-ISBN9788466793155

 

 

 

 

 

 

 

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26 marzo 2020 4 26 /03 /marzo /2020 10:12

 

En sus “Cartas a un joven poeta”, Rainer María Rilke, (Praga 1875/Suiza 1926), el poeta checo de lengua alemana, desciende de las nebulosas alturas del simbolismo romántico e intelectual de sus poemas. Rilke es el referente nord europeo del poeta “maldito”, objeto de culto literario y casi de profeta. Su aspecto más humano, empático y positivo nos lo brinda en esta obra de pocas páginas. Son diez cartas de Rilke y una introducción del destinatario, un joven aprendiz de poeta, alumno de una escuela militar, que tuvo el atrevimiento de dirigirse al ya consagrado autor en busca de consejo y apoyo.

En cuestión de amores, Rilke le escribe esta bella sugerencia: “Amar a otro es una ocasión excelente de madurar, de ser alguien, de edificar un mundo, de ser un mundo para sí mismo por el amor a otro. Amar se convierte en una exigencia de excelencia que cuanto más tiempo pasa, más noble y más necesaria se hace”.

Y con motivo de ciertas dificultades de su “discípulo” le escribe: “Cuando sienta que entre los hombres y usted no hay nada en común, aproxímese a las cosas y a la Naturaleza: nunca le defraudarán. En el mundo natural de las cosas siempre se nos brinda ocasiones de integrarnos”. Rilke no es sino un poeta inadaptado y enfermizo que supo hacer de sus defectos privados públicas virtudes, que vivió trashumante entre palacios y mansiones de toda Europa, mantenido por sus propietarias; de un talento desbordante, una moralidad de conveniencia y una habilidad seductora rayana en lo mágico; obsesivo, narcisista y hermético y al tiempo materialista e interesado. Una personalidad que merece lecturas y análisis.  Mauricio Wiesental ofrece en su estudio sobre Rilke (“El vidente y lo oculto”, Acantilado) un retrato vibrante.

"Las cartas a un joven poeta" nacen a finales  de 1902, cuando Franz Xaver Kappus, cadete de la escuela militar Wiener-Neustadt (donde 15 años antes había estudiado Rilke), soñaba con ser poeta y se preguntaba  sobre el sentido de la creación artística y las dificultades de tal menester. El mensaje de Rilke es esperanzador : El verdadero poeta es un alquimista que convierte lo cotidiano en algo extraordinario. Su misión es escuchar, abrir un claro que permita la manifestación de la gracia, rebasar los límites que niegan la posibilidad de una teofanía.

Kappus renunciaría a ser poeta tras varios fracasos pero no se desprendió de las cartas de Rilke, que publicarían en forma de libro en Leipzig en 1908 (cuando ya hacía tres años que había fallecido el autor de "Sonetos a Orfeo" y las "Elegías de Duino".

La búsqueda de la esencia de la poesía, la verdad, la belleza , la naturaleza inefable de las obras de arte y la presencia de Dios en la vida y la obra del poeta, además de duros golpes a la prepotencia de la crítica, los malentendidos de la moda y la sociedad y la necesidad de que el poeta se mantenga al margen de esas corrientes, son algunos de los tópicos que Rilke desgrana en sus apasionadas cartas a ese joven desconocido. Una muestra enternecedora y desconcertante de un escritor encerrado en su hermetismo simbólico y en una vida personal contradictoria llena de altibajos y de momentos de gloria y tristeza. Un hombre que opinaba que "la vida habrá de ser, hasta en su hora más indiferente y nimia, manifestación y testimonio de esa necesidad de escribir, ya que escribir no es un oficio, sino una necesidad, un destino. Y en ese destino, no hay horas vacías o gestos insignificantes: ... Cualquier día, por insípido que parezca, contiene infinidad de tesoros que pueden ser recreados en un poema: la primera hora de la mañana, un árbol en primavera, un cielo saturado de colores. Y aunque se encontrara en un calabozo cuyas paredes no dejasen llegar a sus sentidos ni uno solo de los sonidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, ese tesoro precioso y regio, ese santuario de la memoria?». Exhumar «ese vasto pasado» proporcionará al poeta algo esencial: una relación más estrecha, más íntima, más fecunda, con su soledad, que no es aislamiento del mundo exterior, sino comunión con la totalidad.

FICHA

CARTAS A UN JOVEN POETA.- Rainer Maria Rilke.-Trad. José María Valverde.- Alianza Editorial.- pags.104.- I.S.B.N. 978-84-206-0910-2

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4 marzo 2020 3 04 /03 /marzo /2020 17:26

 

Cuando Steiner murió, hace unos días, el lunes 3 de febrero de este año, 2020, me sentí un poco más solo en este mundo. Mi admiración por el viejo profesor venía de antiguo. Me atraía su cultura enciclopédica, su ironía desmitificadora, su plurilingüismo, su judaísmo heterodoxo y contradictorio, su talante analítico-crítico de una honestidad insobornable, su europeísmo recalcitrante y su inteligencia lúcida  e incisiva que no admitía componendas.

He leído la mayoría de sus obras y me han deparado momentos de gran placer y estímulo intelectual, parecido al que en otros ámbitos me producían las obras y la personalidad de Harold Bloom, crítico y ensayista, que falleció en octubre de 2019. Los dos hombres tenían algo en común, rasgo que, a mi humilde manera, comparto con los dos: un profundo amor a los libros, a los clásicos y a la cultura como instrumento de la convivencia y la paz entre las naciones y los hombres.

Pero Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba más que por sus imbricaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Iliada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En otro apartado nos hablará de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne” Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”.

El capítulo quinto lo dedica a la “cuestión judía” de la que hace una lectura revolucionaria y que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

El amor a la música, a su maravillosa inocencia y poder: “Lukács preguntaba si un solo compás de Mozart se prestaba al abuso político, si podía expresar la maldad inherente a algunos actos”; la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”; el papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a los largo del siglo XX.

Especialmente evocativo es el capítulo  que Steiner dedica a sus maestros y a los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. En el último capítulo Steiner justifica el título de su libro, escribiendo sobre “los errores…que resultan más insoportables cuando se tornan irreparables”.

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, onde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”, el lamento  de haber abandonado el dibujo, el aprendizaje del hebreo, la necesidad del ateísmo que no conoce sino la tolerancia y la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN, el enigma de la conciencia…

Es el libro de un hombre universal sobre sí mismo, veintitrés años antes de fallecer. Se supone que evolucionaría más aún en ese tiempo. Lo cierto es que nos quedaremos con la duda. Tal como fue ya es suficiente regalo para sus lectores. Y una inspiración para algunos de nosotros.

 

FICHA

ERRATA.- George Steiner.Trad, Catalina Martínez Muñoz.-Ed. Siruela.- 218 págs.

 

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12 febrero 2020 3 12 /02 /febrero /2020 12:48

En homenaje a Steiner, fallecido en febrero de 2020, publico esta reseña escrita el pasado año.

El maestro George Steiner (nacido en Paris en 1929 y a punto de cumplir 90 años) es uno de los pensadores más lúcidos y complejos  del siglo XX y aún colea en el actual aunque ya, a sus 89 años, no se prodiga tanto (no hace muchos meses reseñamos una suerte de ensayos semi biográficos que me llamaron la atención por su consistencia y su osadía conceptual) debido a su perfecta y resistente mala salud. Filósofo contestatario en todo momento, autor incansable, figura discutida e impertinente en  Princeton, Stanford, Ginebra o Cambridge. Steiner es hijo de judíos vieneses refugiados del nazismo en París y luego en  Nueva York y mantiene una curiosa no-práctica del judaísmo que resulta muy combativa y también crítica. Con mucho humor e ironía define al judío como un hombre que lee los libros con un lápiz en la mano porque piensa que los puede escribir mejor. En 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades donde se resaltaba su talante polémico y su defensa de lo universal y global contra los nacionalismos y las fronteras, no en vano es un políglota que domina inglés, francés, alemán e italiano, sin contar las "leguas muertas" (tan rabiosamente vivas en la cultura occidental, el latín y el griego).

 

Desde los presocráticos a Celan, el repaso de la cultura de Occidente que nos ofrece Steiner es de una erudición y una amenidad sobresalientes. La sagacidad intelectual de este autor nos lleva a disfrutar de la magia literaria que emanaba de algunos filósofos, como Hegel con su dialéctica amo-esclavo (una metáfora literaria con valor de símbolo), la visión compleja y humanísima que nos ofrece Platon de Sócrates, la fuerza creativa literaria de Marx, la profundidad filosófica y psicológica de Dostoievsky o Tolstoi. Es la suya una erudición amigable, vivida y experimentada en persona. Se lee  sus obras como si se tratara de una charla privilegiada con un erudito sin vanidad y dotado de claridad y osadía crítica.
"El silencio de los libros", publicado en 2005 en la revista "Esprit" y por Siruela en 2011 (con el añadido de un enjundioso trabajo breve de Michel Crépu sobre la lectura "Ese vicio todavía impune") hace un corto pero jugoso recorrido sobre la historia del libro partiendo provocativamente del predominio de la oralidad en la cultura tradicional  ("la oralidad aspira a la verdad, a la honradez de corregirse uno mismo, a la democracia") y de la superioridad de la música como lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados ("la mayor parte de la Humanidad no lee libros, pero canta y danza").
 Steiner da un zurriagazo (merecido) a la enseñanza actual donde se desdeña la oralidad -principal origen de la lectura: al principio, en la edad media, se leía siempre en voz alta y se aprendían los textos para ser recitados para un público iletrado- y se sacrifica la memoria (sustituyen el saber de memoria...por un caleidoscopio de saberes siempre efímeros". No podía faltar un sopapo (también merecido) a la Iglesia católica "cuya historia sangrienta de censura de libros y destrucción física de libros y autores recorre como un ardiente hilo rojo toda la historia del catolicismo romano".
Nos recuerda las corrientes contestatarías que enfrentan cultura libresca con el vitalismo y la naturaleza, desde Rousseau a Goethe hasta Emerson o Wordsworth (" el hálito de un bosque en primavera vale mucho más que toda la erudición libresca"), Blake, Thoreau o D.H. Lawrence. Y también la vertiente "pastoral" que razona sobre la cuestión "de qué sirven los libros a la humanidad  doliente" (y más adelante sobre la cultísima Alemania en la que triunfa el salvajismo irracional de los nazis). O la barbarie de todas las censuras que llevan a las hogueras a los libros y a menudo a sus autores (como profetizó Heine en 1821) y se extienden hasta nuestros días (desde las "listas" de McCarthy hasta el incendio de la biblioteca de Sarajevo).
Hay mucho pesimismo en las visiones apocalípticas del libro que tiene Steiner, pero también algo de sana hipocresía, ya que ante el deseo de leer y el aumento de posibilidades de lectura, Steiner acaba repitiendo los versos de Cátulo, "Oh, Musa, déjanos vivir un siglo o dos más".
Ese pesimismo profético que parece anatematizar el futuro de los libros y del que nuestro octogenario nos da muestra, está muy lejos de concretarse en una amenaza real (de momento). Su nuestro informadísimo ensayista insistiera un poco más )o simplemente actualizara su texto) vería que el libro impreso goza de una extraordinaria mala salud. Cierto que han desaparecido librerías emblemáticas, pero por doquier nacen y se reproducen pequeñas librerías que parecen mantener muy vivo el fuego eterno.  Así sea.
 
FICHA
EL SILENCIO DE LOS LIBROS.- George Steiner.- Trad. María Condor.- Ed. Siruela. 84 págs.  ISBN 9788498414257
 

 

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24 enero 2020 5 24 /01 /enero /2020 11:17

A los que leen mucho se les seca el cerebro; la lectura obligatoria es la única manera de enseñar a amar a los libros; los que tienen grandes bibliotecas son unos presumidos, basta con preguntarles si se los han leído todos; la lectura es una forma de compensar la falta de simpatía personal, los defectos psicológicos y la timidez patológica; los libros van a dejar de existir muy pronto, son anticuados, ocupan espacio, crían polvo y bichitos, alimentan las esperanzas vanas de los jóvenes y la nostalgia de los viejos; la Galaxia Gutemberg ha expirado, ahora es tiempo de lo digital, los ebooks, las imágenes y las series; ya se sabe, una imagen vale más que mil palabras; el placer de la lectura no existe, es un invento de los escritores, los editores y los libreros: en realidad es un negocio turbio que crea adicciones sin utilidad alguna...

¿Les suena toda esta retahíla de insensateces? Algunas las hemos oído en el cole, el instituto y hasta en la Universidad. Como dice Alejandro Zambra en su irónico libro "No leer", "es un milagro que hayamos sobrevivido a todo eso y  a la impresión subyacente de que leer es la cosa más aburrida del mundo".  Yo no creo en el fin del libro como tampoco creo en que desaparezca la estúpida malevolencia humana, ni la corrupción política, ni los abusos de sexo, raza y posición social en esta Humanidad paradójica que también nos brinda genio artístico, bondad profunda, solidaridad anónima y una fuerza espiritual sin adjetivos que lleva a algunas personas a superar con sus actos los baremos de egoísmo y crueldad que son tristemente habituales en el mundo.

Los libros que hoy les recomiendo han sido escogidos como argumentos efectivos de la razón básica de mi rechazo a considerar la lectura con fines utilitaristas y pragmáticos: ni los libros son la panacea de nada, no nos curan pero tampoco nos enferman, ni nos hacen mas sabios pero tampoco mas estúpidos, no son instrumentos del diablo y tampoco de los dioses, puesto que constituyen el invento más efectivo de la historia para comunicar ideas, conservarlas y difundirlas. El mensaje del libro es neutro en sí mismo, son palabras escritas. Es el lector quien toma partido, actúa, tergiversa o magnifica, crea un íncubo en su cabeza o trasmite errores o iluminación a los demás. Es un objeto inocente. Cuando alguien empieza a quemar libros está anunciando que puede a llegar a quemar personas. Para hablarnos de todo esto he escogido, "El infinito en un junco" de Irene Vallejo, recibido como el Santo Grial de la lectura por algunos hiperbólicos reseñistas; "La biblioteca en llamas", de ambición más modesta pero modélica realización informativa, obra de una periodista del New Yorker, Susan Orlean; y uno de los libros del ameno ensayista argentino-canadiense Alberto Manguel, "Nuevo elogio de la locura", donde se nos ofrece unas "Notas para la definición del lector ideal", que pueden ser el epílogo de este trabajo. 

Irene Vallejo ha logrado con su magnífico libro una hazaña singular: ha dicho, con bastantes reiteraciones, lo que otros muchos han escrito ya en sesudos o agradables ensayos, pero lo hace de una manera tan amena y tan coherente con la línea maestra de su libro que configura el amor a los libros y a la narración, que consigue atraer al más remiso de los lectores que podría bostezar o abandonar obras de mayor calado intelectual o erudito. Es la Ortega y Gasset de la metaliteratura, es decir una ingeniosa y entretenida vulgarizadora de la historia de la escritura y la lectura, como Ortega (un poco injustamente) fue considerado respecto a la filosofía. La Vallejo nos cuenta de una forma atractiva e impecablemente escrita que quizá sembró la idea de escribir el libro cuando hojeaba un pergamino de Petrarca: "Me impresionó la belleza y la regularidad de la escritora trazada por una mano experta. Vi los rastros del tiempo, esas páginas salpicadas de manchas amarillentas como las manos pecosas  de mi abuelo. Tal vez el impulso de escribir este ensayo nació entonces, al calor de aquel libro de Petrarca que susurraba como una suave hoguera". 

Irene logra hacernos partícipes de una conversación íntima con ella, sus lecturas, sus opiniones , sus vivencias (como en la página 242 y siguientes cuando nos habla del acoso escolar que sufrió de una forma estoica)  o cuando (pág.183) se dirige directamente al lector para " sugerirle un alto en el camino a fin de hablar de otra historia". Las referencias continuas a otros autores (entrañable la de Helene Hanft y su "Charing Cross Road, 84"), citas textuales y guiños literarios convierten la lectura de este libro en un sugestivo paseo por la literatura y la historia de los libros y la escritura, la "peligrosa" profesión de  los libreros, la hábil trasposición entre junco y canon (vara de medir y lista de libros sobresalientes de una época), sin olvidar los interrogantes que plantea la era digital. Pero siempre acaba con una defensa numantina:"Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida. (p. 315). O en la 401: "Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños". 

El libro de Manguel es una suerte de coda cordial al de la Vallejo. Aunque hay páginas que resuenan con lo leído en "El junco", principalmente la parte II y la III, cuando disecciona con habilidad y humor los componentes de las páginas del libro o la materia que lo compone a través de los siglos (interesante la reflexión sobre el humilde punto) o los avatares de autores, las falsificaciones (en especial la del poema "Instantes" que fue atribuido falazmente a Borges y se vende impreso en las camisetas de medio mundo de habla castellana, pág 145). Es un conjunto algo caótico de artículos publicados en revistas que, como suele suceder en estos casos, cojea un poco en coherencia e interés. Manguel usa a algunos clásicos,  Lewis Carroll y Alicia, Pinocho o Crusoe, para ilustrar sus capítulos (deliciosos los dibujos tradicionales de John Teniel dibujando a Alicia y sus personajes) y hace algunas consideraciones de aguda intuición política como : "Para llegar más lejos y más profundo, para tener el coraje de enfrentarnos a nuestros temores y dudas y secretos ocultos. Para cuestionar el funcionamiento de la sociedad respecto de nosotros mismos y del mundo, necesitamos aprender a leer de otra manera, de forma distinta, que nos permita aprender a pensar". (pag. 55). O esta otra cita tan oportuna: "en un mundo en el que el valor monetario es la medida de todas las cosas, las obras de arte que no ofrecen en sí mismas una gratificación financiera inmediata, que requieren procedimientos largos y difíciles, que no pueden ser definidas mediante etiquetas o bytes de sonido, y que no generan beneficios comerciales a través de complejos vericuetos estéticos, éticos o filosóficos, deben ser descartadas o, al menos, recibir muy poca atención... Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. (págs. 26-27).

Y para cerrar este trabajo nada mejor que "La biblioteca en llamas", el fascinante ensayo-reportaje periodístico de Susan Orlean que parece sintonizar con las referencias de los dos autores anteriores a la bibliotecas devoradas por el fuego, a los "autos de fe" inquisitoriales, a los nazis y sus bárbaras hogueras, a las obscenas y vandálicas destrucciones de bibliotecas y libros por los fanáticos religiosos de todos los tiempos. La autora (con una novela anterior en su haber que es una joya de sensibilidad y narrativa sugestiva y documentada: "El ladrón de orquídeas") aplica su delicada visión hacia lo humano en esta indagación que le llevó más de una década y que rescató del olvido un hecho que casi todo el mundo ha olvidado: el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, el 29 de abril de 1986.

Es un libro que recoge el horror y la desolación de la biblioteca de Alejandría y de otras de la antigüedad o de las perpetradas en nuestros tiempos (Sarajevo, por ejemplo) nos habla de la destrucción en Los Ángeles de 400.000 libros convertidos en ceniza o de los daños irreparables de otros 700.000, durante siete horas de infierno. Fue un holocausto cultural premeditado que quedó eclipsado porque, coincidencias pavorosas, el mismo día se produjo el accidente nuclear de Chernobyl. El subtítulo del libro es de una claridad llamativa: "Historia de un millón de libros quemados y del hombre que encendió la cerilla".

Para ello Susan Orlean nos ofrece un libro ameba que se extiende, se fagocita, lanza sus pedúnculos hacia otros temas relacionados directa o indirectamente con el incendio, nos cuenta historias sobre la ciudad o sobre cuestiones científicas relacionadas con el fuego y el papel. Y como una Borges reencarnada, nos habla de su amor intenso hacia las bibliotecas:  “La biblioteca es una reserva de narraciones y también una reserva para toda la gente que viene aquí a buscarlas. Es donde podemos entrever la inmortalidad. En la biblioteca podemos vivir para siempre” Y "Todas las cosas que van mal en el mundo parecen verse derrotadas por la sencilla promesa innombrada de las bibliotecas".

Pero el lector va a ser prácticamente "secuestrado" por el interés de la lectura gracias a la habilidad de Susan para entresacar temas laterales que atraen tanto como el principal, la autoría del incendio. Y así gozará con el ingenioso método para salvar los libros que quedaron empapados por el agua: estuvieron dos años congelados, con lo que se evitó que el moho y la descomposición provocada por el agua destruyera totalmente los volúmenes. Al terminar el plazo de congelación los libros  estaban listos "para ser descongelados, secados, fumigados, clasificados, limpiados y recuperados". Los ingenieros de la empresa aeroespacial McDonell se ofrecieron para intentar secar unos 20.000 libros en una cámara de simulación espacial y otras empresas los secaron por deshumidificación. Pero donde la historia de esta autora toma caracteres de gran novela es en su hábil y paciente tratamiento del laberinto legal que se armó en torno al principal sospechoso, Harry Peak, un mentiroso compulsivo que daba historia contradictorias de sus actos cada vez que declaraba. Fue imposible confirmar su autoría y Peak terminó demandando a la ciudad de Los Ángeles y sus bomberos por casi 20 millones de dólares por supuestos abusos de autoridad y daños a su imagen y Los Angeles demandó a Peak por casi treinta millones por los daños inferidos a la biblioteca, gastos de bomberos y agua utilizada. El dramático y sorprendente final del caso Peak lo dejo pendiente de la curiosidad del lector. No hay que hacer "spoiler" de un libro tan laborioso.

 

 

FICHAS

EL INFINITO EN UN JUNCO.- Irene Vallejo.- Siruela. 452 páginas, 24,95 euros

LA BIBLIOTECA EN LLAMAS.- Susan Orlean.Trad. Juan Trejo.-Planeta. .-398 págs.

NUEVO ELOGIO DE LA LOCURA.- Alberto Manguel.- Ed Lumen. 238 págs.

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22 enero 2020 3 22 /01 /enero /2020 19:17

Y para cerrar este trabajo nada mejor que "La biblioteca en llamas", el fascinante ensayo-reportaje periodístico de Susan Orlean que parece sintonizar con las referencias de los dos autores anteriores a la bibliotecas devoradas por el fuego, a los "autos de fe" inquisitoriales, a los nazis y sus bárbaras hogueras, a las obscenas y vandálicas destrucciones de bibliotecas y libros por los fanáticos religiosos de todos los tiempos. La autora (con una novela anterior en su haber que es una joya de sensibilidad y narrativa sugestiva y documentada: "El ladrón de orquídeas") aplica su delicada visión hacia lo humano en esta indagación que le llevó más de una década y que rescató del olvido un hecho que casi todo el mundo ha olvidado: el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, el 29 de abril de 1986.

Es un libro que recoge el horror y la desolación de la biblioteca de Alejandría y de otras de la antigüedad o de las perpetradas en nuestros tiempos (Sarajevo, por ejemplo) nos habla de la destrucción en Los Ángeles de 400.000 libros convertidos en ceniza o de los daños irreparables de otros 700.000, durante siete horas de infierno. Fue un holocausto cultural premeditado que quedó eclipsado porque, coincidencias pavorosas, el mismo día se produjo el accidente nuclear de Chernobyl. El subtítulo del libro es de una claridad llamativa: "Historia de un millón de libros quemados y del hombre que encendió la cerilla".

Para ello Susan Orlean nos ofrece un libro ameba que se extiende, se fagocita, lanza sus pedúnculos hacia otros temas relacionados directa o indirectamente con el incendio, nos cuenta historias sobre la ciudad o sobre cuestiones científicas relacionadas con el fuego y el papel. Y como una Borges reencarnada, nos habla de su amor intenso hacia las bibliotecas:  “La biblioteca es una reserva de narraciones y también una reserva para toda la gente que viene aquí a buscarlas. Es donde podemos entrever la inmortalidad. En la biblioteca podemos vivir para siempre” Y "Todas las cosas que van mal en el mundo parecen verse derrotadas por la sencilla promesa innombrada de las bibliotecas".

Pero el lector va a ser prácticamente "secuestrado" por el interés de la lectura gracias a la habilidad de Susan para entresacar temas laterales que atraen tanto como el principal, la autoría del incendio. Y así gozará con el ingenioso método para salvar los libros que quedaron empapados por el agua: estuvieron dos años congelados, con lo que se evitó que el moho y la descomposición provocada por el agua destruyera totalmente los volúmenes. Al terminar el plazo de congelación los libros  estaban listos "para ser descongelados, secados, fumigados, clasificados, limpiados y recuperados". Los ingenieros de la empresa aeroespacial McDonell se ofrecieron para intentar secar unos 20.000 libros en una cámara de simulación espacial y otras empresas los secaron por deshumidificación. Pero donde la historia de esta autora toma caracteres de gran novela es en su hábil y paciente tratamiento del laberinto legal que se armó en torno al principal sospechoso, Harry Peak, un mentiroso compulsivo que daba historia contradictorias de sus actos cada vez que declaraba. Fue imposible confirmar su autoría y Peak terminó demandando a la ciudad de Los Ángeles y sus bomberos por casi 20 millones de dólares por supuestos abusos de autoridad y daños a su imagen y Los Angeles demandó a Peak por casi treinta millones por los daños inferidos a la biblioteca, gastos de bomberos y agua utilizada. El dramático y sorprendente final del caso Peak lo dejo pendiente de la curiosidad del lector. No hay que hacer "spoiler" de un libro tan laborioso.

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