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14 septiembre 2021 2 14 /09 /septiembre /2021 11:28

(publicado en La comarca, 140921)

Vivimos la catarsis social del insulto, el improperio y la descalificación. Y no sólo en los diversos niveles de la política, también en la sociedad, la enseñanza o el mundo laboral. Es como si la “hybris” griega, la locura que envían los dioses, se adueñara de los ciudadanos inyectándoles cada día la desmesura del odio y la soberbia: transgreden todos los límites, corrompe instituciones y símbolos, costumbres, moral, moderación, sentido común, sobriedad, cortesía y respeto. El odio es un virus que se apodera de todos, por contagio, por intereses, por racismo, por sexismo, por estupidez o por ignorancia.  Es un factor ambiental más, un signo caracterológico social. Circula entre los grupos de adolescentes que apalean a un hombre bebido porque “es divertido”, o entre los jóvenes “embotellados” que arrasan todo aquello que es objeto de su violencia: desde una muchacha, al mobiliario urbano, las farolas, un policía, un coche aparcado, una hilera de motos, un jardín, o las ventanas de un banco, una comisaría o un hospital. Es el mismo odio, amplio y pegajoso, que se respira en las redes contra un presunto culpable de algo, antes de ser juzgado, contra alguien por ser negro, gay, o de alguno de los colectivos de diversidad sexual (LGTBI), por ser mujer o por ser hombre, que montan fulgurantes campañas persecutorias capaces de hundir a una persona hasta el suicidio. El odio irrazonable y caprichoso que se mastica en las tertulias de cualquier medio. El que se disfraza de intolerancia, nacionalismo o separatismo, se adjudica un “anti” algo y trata de demolerlo en vez de analizar o argumentar. Todo multiplicado de forma vil pero efectiva por algoritmos sin alma que buscan beneficios económicos a corto plazo y que tienden una alfombra roja al paso de los populismos más encanallados, en busca de la desestabilización de la ya herida democracia.

El virus del odio ha infestado el ecosistema de las redes sociales, y se derrama en las calles en cuanto hay una “excusa”. Es un virus que se alimenta del desprestigio de la razón, la política y la ciencia y provoca inseguridad y miedo. Es un ruido permanente que impide el diálogo, única forma de resolver los problemas.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 septiembre 2021 2 07 /09 /septiembre /2021 16:22

Publicado en diario La Comarca 070921

Tiene el chispeante nombre de unas patatas fritas o el de un entrañable profesor de colegio inglés, CHIPS. Pero también es el apelativo de un componente diminuto e indispensable cuya escasez puede poner en jaque a gran parte de la industria tecnológica y provocar una carga de los jinetes del Apocalipsis económico. Ya se van acercando a trote ligero al mercado occidental y aún más  al europeo. La ecuación capitalista básica  de los excesos: Demanda-Producción-Consumo,  ha sido herida en su centro neurálgico: la producción de chips y ciertas materias primas de las que escasean en Occidente. En consecuencia el delicado equilibrio se ha roto y aumenta la demanda y, por carestía, disminuye el consumo: ergo, alza de precios e inflación a las puertas de una depauperada economía global postpandémica.

Estamos hablando de móviles, ordenadores, baterías,   electrodomésticos y componentes  electrónicos de coches, maquinaria y aviones, energías renovables, sector aeroespacial y Defensa.

Planteemos el  “Qui prodest” de Cicerón  ¿A quién beneficia la situación? La lógica de los hechos y las cifras apuntan al mundo asiático, un poco al africano y Sudamérica. Es una paradoja ética que nos hace reflexionar: muchas de esas materias primas dependen de países del llamado Tercer Mundo, enquistados en la miseria y en dictaduras oligárquicas. La UE ha comenzado a tomar cartas en el asunto un poco a destiempo, cuando ya Rusia, China o Australia llevan tiempo controlando no sólo la producción y extracción, sino el procesado y las cadenas de suministros.  La lógica de la geopolítica premia a los países –China es la principal muestra- que han sabido implementar estratégicamente su producción  de minerales como el litio, el manganeso o el níquel entre otros, relacionados con eso tan vital en nuestra vida actual que se llaman baterías. O chips.

Ahora resulta que cerrar las minas de minerales ha sido un mal negocio. Mientras en Bolivia, Kazajistán o Mongolia  y regiones remotas de China se afanaban en aumentar su producción y tratamientos de minerales estratégicos, en casi todos los países de Europa y Estados Unidos se lavaban las manos y dejaban que esos “sucios” menesteres los hicieran los países subdesarrollados… Tonto el último.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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31 agosto 2021 2 31 /08 /agosto /2021 09:50

Cuando desaparecen los gestos rituales y se menosprecian la cortesía y los modales, se imponen las pasiones más elementales  y se disparan las emociones, sin contención y sin medida. No es tiempo de rituales, expulsados de las costumbres sociales por “caducos e innecesarios”, porque no se pliegan a las exigencias de consumo y aceleración de la sociedad neoliberal. Los rituales son procesos narrativos, no aditivos. Siguen un ritmo propio, no permiten aceleración ni individuación. A través del ritual se produce la identificación con algo colectivo, con una fuerza superior que rebasa el narcisismo del yo. En el rito, el auténtico sujeto es la comunidad abierta a todos y forma una unidad superior al individuo.

El domingo asistí a una manifestación en un pueblo de poco más de cien habitantes. Llegué a contar casi 140 participantes, incluidos ancianos y ancianas y los niños en vacaciones familiares. Se pedía una actuación urbanística sobre la carretera de acceso, entre pancartas y eslóganes alusivos cantados a pleno pulmón por los chiquillos y coreados por los adultos. Analicé la estructura ritualista del acto. La dinámica emocional del rito devoró la individualidad y la diversidad de los participantes. Fui consciente  del sentimiento objetivo y colectivo que animaba a todos. Durante unos mágicos momentos sentí la emocionante unidad de lo comunitario y percibí una casi visible ligazón de todos entre sí, conformando un solo elemento, elevado a un fin superior. Noté el entusiasmo de los niños, que son muy sensibles a los rituales, y el brillo de la identidad colectiva, quizá nostálgico pero real, en los ojos de los mayores y de algunos jóvenes.  Los rituales crean ejes de resonancia socioculturales de tipo vertical (el cosmos, valores, el tiempo) horizontal (con los vecinos entre sí: la comunidad) y diagonal (con el objetivo: el arreglo de los accesos al pueblo) que configuran el respeto y el amor a lo “nuestro” a algo que nos define en sí mismo, las señas de identidad (cada vez más débiles en esta época líquida).

Un acto de pueblo pequeño, alentado por un objetivo que exige respeto, se convierte en un ejercicio de psicología social y en una ocasión para destacar la pérdida creciente de los rituales en nuestra sociedad. Algo que cada vez nos deja más desamparados y más fáciles de dirigir y manipular.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 agosto 2021 1 30 /08 /agosto /2021 14:44

LOGOI 215: ¿EXTINCIÓN?

Cada vez hay más voces de científicos, expertos en geología, botánica, bioquímica, biotecnología, zoología, climatólogos y economistas que claman por un mundo sostenible, ante la evidencia de que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares y dañado, ríos, lagunas y hábitats selváticas de especies. A finales del siglo XX se acuñó un término para esta era: Antropoceno. Características: una tendencia progresiva a la acumulación de gases de efecto invernadero que arrasa con el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el consumo irresponsable de los recursos naturales. El Antropoceno podría ser la última era –la sexta extinción- de la especie humana, aunque quizá no del planeta, que se recuperará con el tiempo, como hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Los limites de sostenibilidad del planeta enunciados por los científicos de todas las ramas interesadas han sido ampliamente rebasados: el equilibrio climático, la destrucción de la cobertura vegetal que garantizaba ese equilibrio, el aniquilamiento progresivo de la biodiversidad, la desaparición de ingentes cantidades de especies animales, la alteración de los flujos biogeoquímicos del fósforo y el nitrógeno, la aceleración del consumo de recursos primarios, el gasto de energía, crecimiento demográfico, deterioro de la biosfera y un capitalismo brutal atento al ciclo “consumo irresponsable-deterioro de la vida humana- beneficios crecientes”. ¿Cómo responde la humanidad y sus dirigentes a todo eso? Con una confianza ciega, suicida y estúpida en el redentor que nos salvará en el último minuto: la tecnología, la super heroína, vista de forma ilógica e irreal, que garantiza el progreso y el desarrollo incesante sin secuelas desagradables.

Mientras tanto, nadie admite que es un problema global que atañe a la supervivencia. Pocos parecen ver los nuevos caballos del apocalipsis: los Gobiernos,  manipulados por intereses económicos; la codicia de beneficios crecientes de una élite financiera; la ignorancia voluntaria de masas de población que o niegan los problemas reales o se resignan porque creen que no pueden hacer nada al respecto. ¿Cabe mayor desatino?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 agosto 2021 2 17 /08 /agosto /2021 18:16

LOGOI 214: CORTESÍA

Michel de Montaigne, decía que aprender a ser cortés es algo necesario en la vida social y familiar. Y añadía “al igual que la gracia y la virtud, engendra mutua simpatía”. A través de los años uno aprende a saborear la certeza de esas palabras y aún añadiría que también es muy gratificante aprender a ser cortés con uno mismo. ¿Cuántas veces se regaña usted por algún error o unas palabras inoportunas? O siente fastidio o  indignación  ante cualquier falta de cortesía que alguien tiene con nosotros o con otros, delante nuestro.

Es problema muy actual: la pérdida de la cortesía como virtud social, la creciente e imparable ausencia de buenos modales, el aumento de la grosería, las palabras soeces, los malos modos y la ausencia total de delicadeza en el trato, sin que la edad, el sexo u otros factores de indefensión, tengan algún efecto suavizador o “exculpatorio” para la persona que pierde los estribos o simplemente abusa de su supuesta “razón” o “superioridad”, buscando el aniquilamiento moral, la vergüenza o la burla sobre otra persona...

Vivimos una época en la que el “tú” se impone por costumbre, las galanterías con el otro sexo son desdeñadas y sujeto de sospecha, la vejez estorba y en el mejor de los casos es ninguneada, el otro, el extranjero o el menesteroso, son como el “hombre sacer” (sin derechos) de los romanos o reflejos de la “vita nula” (sólo cuerpo) de Giorgio Agamben o Hanna Arendt, puros seres humanos sin atributos.

Hoy,  la mutua tolerancia y el respeto que deberían regir una sociedad pluralista, variada y globalizada, brillan por su ausencia. Anthony Grayling define la cortesía como “conjunto de costumbres, etiqueta, educación y rituales informales que facilitan nuestra interacción y nos proporcionan un estilo de vida en paz y mutua consideración”.

La desaparición de la cortesía nos hace la vida tan incómoda, insegura y ultrajante, que uno se indigna con la hipocresía social que instaura “tribunales públicos digitales” de una beata moralidad (nauseabunda, porque solo obliga a los otros) o permite libertades agresivas y destructivas en nombre de la “tolerancia” a jóvenes y adultos porque es una muestra de “libertad”. La pregunta clave es: ¿en nombre de qué razón se ha dejado de enseñar –y exigir- cortesía y buenos modales a los ciudadanos?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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10 agosto 2021 2 10 /08 /agosto /2021 10:27

Logoi 213

SOSIEGO VITAL

(Publicado en La Comarca el 100821)

Nietzsche, en su libro, “Humano, demasiado humano” nos aporta un párrafo profético (como tantos otros en la obra de este filósofo desdichado): “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie… por tanto, entre las correcciones necesarias que debe hacerse al carácter humano está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”.

Byung-Chul Han, el filósofo germano-coreano, lo cita en su libro “La sociedad del cansancio”. En esencia ambos pensadores, el clásico y el  actual, a pesar de más de un siglo de diferencia, coinciden en dos puntos clave: la agudización de una “barbarie” sistémica que se pondría de manifiesto tras las dos guerras mundiales - y las incontables parciales - del siglo XX y en un estilo de vida humana que se ha ido degradando paralelamente a la del planeta (mostrando una vez más que formamos parte de un Todo) y al sistema capitalista neoliberal que nos asfixia a la mayoría (menos a una minoría privilegiada y hegemónica). Bajando (o subiendo) al “nivel” del ser humano y su vida cotidiana, Nietzsche no hubiera imaginado nunca una situación de neoesclavismo voluntario, en la que vivimos con nuestro paralelo e irreal mundo digital.

Pero aún así las “recetas” de Nietzsche y Han  son semejantes: Hay que decir NO a las exigencias permanentes  de obedecer a los impulsos que se nos envían por todo tipo de medios, desde el consumo al acto o la respuesta. La vileza nace de esa incapacidad a rechazar el acelerado ritmo en nuestra vida cotidiana, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones. La hiperactividad que nos exigen, paradójicamente, nos vuelve pasivos y acomodaticios a lo que se nos ordena. Hay que recurrir al sosiego, a la negatividad que implica detenerse y decir “ahora no”. Dejar un espacio a la reflexión, al silencio, a la meditación. Dice Nietzsche de los que no saben de sosiego: “su vida es rodar como una piedra sometida a la estupidez de la mecánica”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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3 agosto 2021 2 03 /08 /agosto /2021 10:16
LOGOI 213
 
OBCECACIÓN
 
(publicado en La Comarca 030821)
Cuesta entender la obcecación que padecemos en este tiempo incierto, con algunas excepciones loables que inciden poco en la situación. España es un país que muestra en sus actuaciones públicas y privadas un elevado grado de insensatez, imprevisión, inconciencia, terquedad e ignorancia. La pandemia ha evidenciado no sólo la falta de calidad operativa de nuestros gobernantes, incluida la oposición, sino de nuestras autoridades sanitarias. Sin olvidar una gran falta de sentido común y de realismo en una parte de la población. Hemos vuelto a cometer los errores del pasado verano, a pesar de que la obstinada enfermedad siga produciendo contagios, secuelas y muertes. La vacunación se mantiene y eso nos da la excusa para que nadie nos prive de fiestas, saraos, botellones y turismo de masas.
Pero esa obcecación en negar la realidad y querer ver en su lugar lo que quisiéramos que fuese; esa intolerancia infantil hacia la frustración de nuestros deseos y preferencias, aunque el precio sea un mal común; esa individualidad entronizada en el egoísmo y justificada por la permisividad; esa tendencia a considerar como verdad absoluta e indiscutible una mentira o una falacia repetida un gran número de veces; esas incongruencias de lógica, realismo y oportunidad que está llevando la cuestión entre “Cataluña y España” a otro callejón sin salida; esa improvisaciones en la política exterior, ya sea Cuba, Marruecos o Estados Unidos; esas incoherencias triunfalistas en la cuestión de los fondos europeos, como si fueran la herencia del tío rico y no tuviéramos que devolverlos, mientras las Comunidades se disputan los favores y las grandes empresas se frotan las manos como los Bancos en 2008…
Vivimos en el reino de Oz, con un falso mago prometiendo maravillas, escondido tras una cortina de inexistente progreso, obcecados todos en persistir en un camino que nos lleva al ahogo de las instituciones, los partidos y el pueblo.
¿Hay alguna solución para evitar este desbarajuste nacional? Quizá sí. Con un replanteamiento radical de la acción política: pacto nacional de todos los partidos, incluidos los virreyes de las Comunidades, sus acólitos y sus intereses particulares. Junto con drásticas medidas económicas solidarias e igualitarias. Todos, política, economía, sociedad, remando juntos en la misma dirección: salvar al país, que es salvarnos a nosotros mismos.- ALBERTO DÍAZ RUEDA
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20 julio 2021 2 20 /07 /julio /2021 17:28

LOGOI 210

TIEMPOS OSCUROS

Un amigo de los tiempos  de Universidad, reaparecido gracias a las redes sociales e internet, ha contactado conmigo tras leer durante unos meses los logois que cada semana salen en esta página. Su pregunta básica ha sido: “¿Para qué o para quién los escribes?” El contexto de la charla no era de impertinencia o crítica sino de sorpresa. Mi respuesta inmediata fue: Los escribo porque vivimos en tiempos oscuros, en los que el pensamiento crítico ha perdido su vigencia y su práctica. Desde este humilde rincón periodístico, mi intención es que algún lector se sienta atraído por la actitud crítica y especulativa que subyace en el texto y se plantee en algún momento, “¿Por qué las cosas públicas funcionan de esta manera y no de otra mejor? ¿Por qué nuestra percepción privada de ciertos problemas abandona las posturas indiferentes o sumisas y se vuelve analítica y exigente?”

Para reflexionar sobre ello, le adjunté un texto profético de Hanna Arendt, escrito en los 70 del pasado siglo: “Si la función del ámbito público es arrojar luz sobre los asuntos de los hombres, proporcionándoles un espacio… en el que pueden mostrar quiénes son y qué pueden hacer… entonces la oscuridad ha llegado cuando esa luz se ha extinguido víctima de  una brecha de “credibilidad” … y de un discurso  político que no revela lo que es, sino que lo barre debajo de la alfombra,  y de exhortaciones morales o de otro tipo que bajo el pretexto de sostener viejas verdades, degradan toda verdad a una trivialidad sin sentido”.

¿Reconocen la situación social y política que vivimos actualmente, agravada por el continuo bombardeo de las Redes sociales, la televisión e internet? La ignorancia o indiferencia de los ciudadanos ante el ineficaz y violento ruido político,  la consiguiente no implicación en los asuntos públicos, es un regalo para la clase que gobierna y una invitación para que las minorías extremistas y radicales se acerquen cada vez más al poder. Pues bien, para hacer pensar sobre este “tiempo de oscuridad” y tomar partido,  es por lo que escribo los logoi.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 julio 2021 4 01 /07 /julio /2021 11:06

(Publicado en La Comarca el 290621)

No creo en el “agravio” generacional. Entiendo a los jóvenes porque nunca he dejado de ser joven, a pesar de ir sumando años y experiencias. Acepto que siempre ha habido jóvenes que no han sabido respetar a nada ni a nadie, empezando por sí mismos. Es algo tan cierto como los ejemplos de lo contrario. Y sabemos que hay ancianos y hombres maduros que se mantienen anclados en sus frustraciones, sin evolucionar y capaces de dislates tan irracionales como los de algunos jóvenes.

Creo que las reglas básicas de la convivencia, pertenecientes más al derecho natural y al generado por las costumbres y tradiciones que regulan las relaciones entre individuos, deberían volver  a ser enseñadas en las guarderías y escuelas y reforzadas en los institutos y la Universidad. No como una asignatura más sino como una educación ciudadana básica, necesaria y obligatoria. Que a su vez debe ser refrendada por padres y tutores. Convertirlas en unas normas sencillas y simples que formen parte inexcusable de la persona, del ciudadano, del ser humano. Como bien individual y con alcance familiar, social, nacional y global.

A los niños les hace evolucionar la educación vicaria, la que reciben y les impregna en el hogar, la familia y los amigos. Además reciben la influencia –no siempre buena o provechosa-de las aulas y la sociedad y los medios, la tele, el ordenador o el móvil. Desde Freud, Jung o Reich, hasta los neurocognotivistas de la psicología más avanzada, hay acuerdo en que a menudo reflejamos antes lo peor que hemos asumido de nuestro amplio sustrato sociofamiliar, que los buenos ejemplos que a veces se producen en torno nuestro. Las personas oscilan entre una maduración lenta pero positiva en sus relaciones y percepciones o un progresivo endurecimiento en egoísmo, brutalidad, indiferencia al daño ajeno, intolerancia a la frustración de los deseos, falta de límites conductuales y en casos ya psicopáticos, placer en hacer daño o en destruir cosas, incluso sin ningún beneficio propio.

En la mayoría de los casos hay menos maldad intrínseca o psicopatología que dificultad para comprender el dolor de los demás, los límites de la propiedad y los derechos ajenos. La democracia sólo puede ser cívica. Aprendamos y enseñemos civismo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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22 junio 2021 2 22 /06 /junio /2021 11:45

LOGOI 206

¡TARIFAZO VA!

(Publicado en La Comarca, 220621)

¿Cuál es el problema de España? ¿Que los políticos, además de codiciosos, son tontos? ¿O que el pueblo español además de sufrido es crédulo e iluso? Que en plena crisis mundial sistémica, tras una pandemia demoledora, con una economía arrastrándose por la pendiente de las deudas y las fracturas del paro, los cierres empresariales y el desempleo joven, el Gobierno apoye sin avisos ni información transparente, y “manu militari”, los tejemanejes de las eléctricas, el tarifazo, es un escándalo. La energía más cara de Europa para un país de lo más precario. Suena a tomadura de pelo. Como también lo es la manipulación del tema que ofician los políticos en trifulca con los ultras variados y los antisistemas. ¿Culpar al Gobierno? Eso es como creer que la oligarquía dominante en el mundo son unos mecenas, escondidos como el Mago de Oz tras sus millones. Espejismos.

La cuestión energética, en esta época crítica y de transición,  depende de algo que preferimos ignorar: no se trata de un problema de naciones o de ideologías políticas. En plena crisis económica y climática mundial, la solución, como el problema, debe ser global. La gestión energética interesa al género humano y al planeta a partes iguales. Como la gestión de la paz y de las desigualdades económicas. Los sistemas políticos de las naciones del mundo deberían, respecto a la energía, plantar cara a las oligarquías que manipulan el cotarro (aunque muchos políticos forman parte de ellas), socializar e internacionalizar la gestión energética como bien esencial de la población humana, educar a los pueblos en la manera de evitar el desperdicio de energía y dar el paso definitivo hacia las renovables, crear una política de precios justa, instaurar los bonos sociales para las familias con menos capacidad económica…

¡Fuera las manos privadas de la empresas eléctricas y también fuera las del Estado!; declaración de la energía como bien público internacional bajo la autoridad de una institución mundial que controle –y sea a su vez obligatoriamente transparente en su gestión- una energía limpia y económica para todo el mundo. Sería algo por lo que vale la pena luchar. Y lejos de la utopía, algo que ya nos está pidiendo el sentido común y la lógica desde hace tiempo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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