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19 mayo 2021 3 19 /05 /mayo /2021 10:02

A finales del siglo XX los héroes dejaron de estar de moda. La gente se inclinaba más hacia los "anti-héroes". En su novela generacional, Douglas Coupland ("Generación X") afirmaba que a partir   de ahora (en siglo XXI) los héroes habían muerto. Lo cual, para cualquiera que tenga ojos en la cara y un cierto sentido de la observación, es una memez desmentida por toda la cultura que nos rodea. Bruce Meyer, el autor del libro que les recomiendo, profesor de Universidad en Canadá, nos asegura que los héroes no sólo nunca dejarán de existir, sino que los necesitamos como referencia en nuestros particulares ritos psicológicos de crecimiento: "El de héroe es un concepto universal que como seres humanos nos fascina e incluso nos llega a acosar constantemente cuando adoptamos la postura de rechazarlo". Aunque cita y aclara los conceptos junguianos de la psicología del arquetipo, Meyer se basa en la literatura, en los héroes literarios clásicos para hacernos comprender la función y la fuerza de esos personajes convertidos en símbolos. Aunque sigue una estructura no demasiado clara y unos desarrollos argumentales a veces incoherentes o banales, el libro se lee con gusto. Y es que de la vitalidad del símbolo heroico nos habla sin cesar el cine popular actual, muchas novelas e innumerables ensayos. Si el héroe como símbolo hubiese muerto y desaparecido, ¿de qué estamos hablando continuamente, qué películas admiramos, qué libros leemos? Más que desaparición asistimos a una metamorfosis del héroe que lo disfraza y disimula pero que mantiene en vigor su potencial "para sacarnos del propio ser" (pág.20) y para "recordarnos nuestras carencias y también nuestra posibilidades" (pag.16). Apoyándose en textos de Campbell, Frye, Goethe, Shakespeare, Arthur Miller, Melville o Dante, el autor nos va hablando de los distintos tipos de héroe desde las páginas de las obras de esos autores, hasta concluir que "los heroes son una manifestación de esos deseos que todos tenemos y que nos hace descubrir algo de nosotros mismos que deseamos tener con mayor abundancia" (pag.47).

Owen, T.S. Eliot, Ezra Pound, Joyce, Becket, nos introducen en el héroe trágico, derribado y consumido por la guerra o el absurdo de una sociedad que amenaza el sentido y la coherencia de nuestra propia vida. Esa sociedad crea sus propios monstruos, pero también sus propios héroes.  Lord Byron, Milton, Marlowe, nos llevan al reflejo demoníaco del héroe y como contraposición al del santo (una forma peculiar del héroe) a través de Graham Greene o William Faulkner (yo añadiría al "Idiota" dostoievskiano). Acaba Meyer su búsqueda analizando figuras tan distantes como Supermán y Hércules, para centrarse en la figura de Jesucristo como mito capaz de responder de forma total e íntegra a las exigencias humanas éticas del héroe. Y como final permítanme citar al autor: "En último término, el héroe sirve al mismo propósito que la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

FICHA.-

HÉROES.-Bruce Meyer.-Ed. Siruela. Trad. Enrique Junquera.341 págs.

 

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15 mayo 2021 6 15 /05 /mayo /2021 09:47

Pongamos que hablamos de Shakespeare. Bello, interesante y tópico tema. Se puede abordar de muy diversas maneras. La irlandesa Maggie O'Farrell da una original vuelta de tuerca al universo interminable de el Bardo. Bucea en su biografía, busca un detalle no demasiado documentado, que surge entre las nieblas de lo supuesto, lo probable, la leyenda y la imaginación. ¿De dónde sacó don William el nombre de su personaje dubitativo Hamlet, el príncipe danés?  Seguramente de una leyenda nórdica que se basa en las peripecias de un príncipe llamado Amleth (nombre que en escandinavo significa "loco"). O tal vez directamente de un pariente que tuviera ese nombre. En el siglo XIX se especuló mucho sobre los datos familiares de Shakespeare y su esposa Anna Hataway y de sus tres hijos, dos hijas y una gemela del único varón, Hamnet (en el siglo, XVI en Inglaterra Hamlet y Hamnet eran intercambiables), que murió con once o doce años de edad. Se dice que Shakespeare reflejó su dolor por la muerte de su hijo varón en una célebre escena de "El rey Juan", donde una reina llora la muerte de su hijo: "La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su  cama, anda conmigo arriba y abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena. Adiós. Si tuvieras una pérdida tal yo te daría a tí mejor consuelo".

La autora logra transmitir al lector una emoción profunda ante el fracaso en la protección del único hijo varón de la pareja, su vulnerabilidad y el profundo desconsuelo y amor desgarrado de los padres -William y Anna o Agnes en la novela, que al parecer era el segundo nombre de la esposa de Shakespeare-. La vida, con todo su esplendor y miserias, y la presencia de la muerte rondan la existencia de una pareja histórica a la que la narradora irlandesa, con gran maestría nos muestra con toda verosimilitud, emociones y sentimientos, que sólo una escritora de fuste y nervio logra recrear. He leído "Hamnet" de un tirón. Pesaba de entrada mi fascinación por el dramaturgo inglés,después es la habilidad literaria y la imaginación poética de Maggie la que relativiza los elementos históricos para destacar el drama humano de esa pareja histórica cuyas verdaderas circunstancias emotivas jamás se podrán conocer, pero el reflejo que la escritora da de ellas bien podría ser real. Por eso la presencia histórica de Shakespeare en la novela se relativiza. Lo que nos importa es el profundo dolor de Agnes en Stratford y la desesperación de su marido, siempre ausente, en Londres. La  novela se cierra con una maravillosa escena de la representación de Hamlet en el corral de comedias londinense a las orillas del Támesis, donde la desgarrada madre advierte la correspondencia de su dolor con el dolor de su marido. Es Agnes la verdadera protagonista de la novela -una mujer montaraz, aliada con la naturaleza, curandera de plantas y tisanas, medio salvaje y dotada de una sabiduría ancestral, que se singulariza en una habilidad para notar por un contacto manual la esencia de la persona a la que toca-- y como en "Hamlet" el motivo dinámico de la acción es un fantasma llamado Hamnet, muerto a los once años de edad y cuya presencia ausente llena las páginas de la novela de momentos inolvidables.

Aparte de de esa motivo central, la autora logra descripciones magníficas del desarrollo y expansión  de la peste medieval en Europa y concretamente en Inglaterra, mientras la acción va tejiéndose y destejiéndose con la aguja del tiempo, pasado y presente y futuro, nos acongoja con la descripción de la muerte del niño (en algún momento, pocos,  se le va levemente la mano y roza el melodrama) pero, en general, mantiene en vilo al lector apelando a sus emociones de una forma  correcta y digna. Para el lector conocedor de detalles de la vida de Shakespeare no pasa inadvertida la mención en la página 309 del misterio de la 2ª cama de Agnes que se menciona en el testamento real del gran dramaturgo.

Y por debajo de toda esta fascinante novela vibra con su propio vigor el retrato documentadísimo que la autora nos hace de la vida cotidiana en el pueblo natal de  Shakespeare, Stratford, las formas de convivencia , los retratos de personas de la época, de las familias, de las relaciones de poder, de la situación de las mujeres y de los niños y de la presencia de la vida en su plenitud y miseria y de la muerte que en unas condiciones públicas  de insalubridad enormes está siempre presente. El Londres que nos muestra O´Farrell es como un vigoroso y terrible retrato coral del Bosco o de Brueghel. Toda la segunda parte, la más breve del libro, es un ejercicio literario que roza la excelencia y la descripción con la llegada de Agnes al corral de comedias persiguiendo la sombra fantasmal de su hijo para encontrarse con la de Hamlet en el escenario. Son diez páginas de una eficacia y pulcritud literaria magníficas. Gran novela. La última palabras de la novela es "Recuérdame": una petición o amonestación que será realidad para muchos lectores. Entre ellos, yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

HAMNET.- Maggie O'Farrell.-trad. Concha Cerdeñoso.- 341 págs. Ed. Libros del Asteroide

 

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9 mayo 2021 7 09 /05 /mayo /2021 12:02

 

He aquí un libro que nos estimulará la curiosidad y un poco de morbo, aunque algunos de sus apartados nos dejará un poco melancólicos. Sobre todo si es usted en lector compulsivo, un amante de los libros, un gozador de volúmenes sean del tamaño que sean, un enamorado de las bibliotecas, un gustador de viejos infolios, autores extraños, liturgias librescas de cualquier pelaje esotérico o científico, tenebroso o alegre como castañuelas, de intriga o de humor, en fin, un "enfermo" de la ilustración libresca, un obsesivo de la letra impresa, un coleccionista de momentos mágicos que emanan de las páginas, un viajero de las estrellas a través del papel, un olisqueador de aromas de cuero, pergamino, tinta y cola de encuadernar...en suma, un lector. Juan Carlos Díez se ha afanado en  contarnos todo tipo de historias sobre los libros, ha buceado en bibliotecas ocultas y misteriosas, en enciclopedias de lo insólito y lo patético, en los horrores de autores malditos, libros quemados en hogueras y perseguidos como alimañas, en curiosidades más o menos malsanas, en ese mundo subterráneo que se enriquece con las sombras y los miedos primordiales y que siempre evita la luz, la claridad y a veces la lógica o el amor. Y nos jura desde el principio, "Todo lo que aquí leerás es verdad...te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y de otros que nunca existieron...de cosas con forma de libro pero que no lo son...y de algún texto tan malo, magnificamente pésimo, que ha alcalzado la posteridad".

Y así empezamos con libros encuadernados en piel humana, del Sábato misterioso de "Sobre héroes y tumbas", de libros enormes, grandísimos, que necesitan artefactos para poder ser leidos o transportados y de pequeños, diminutos libros, algunos sólo legibles con microscopio; de libros sometidos a juicios, condena y hoguera, de volúmenes secretos que hablan de dioses ancestrales sedientos de sangre y maldad, del Codex Rohonczi, que nadie ha sido capaz de descifrar todavía, de papeles que prometen tesoros a quien los descifre, de Edgard Allan Poe y de Lovecraft, del famoso Necromicon, un libro imaginario que de vez en cuando sale a la luz como libro real para desaparecer de inmediato, de héroes literarios que son más reales que sus autores (a veces se convierten en materia de asesinato por los irritados autores, como el genial Sherlock Holmes y Conan Doyle), autores y libros que se adelantan a su época y narran detalles que luego la posteridad se encargará de refrendar, leyendas romanas o hindúes que conciernen a libros y legajos, evangelios secretos, erratas famosas (que antes se achacaban  a Titivilo, un demonio menor), la grey afortunadamente escasa de los bibliópatas, capaces de los mayores crímenes por la posesión de un volumen in cuarto que les falta en la colección, libros absurdos como "De masticatione mortuorum in tumulis" que no hace falta traducir, inmensos cajones llenos de diarios personales --rozando la patología-- donde se lleva pormenorizado detalle de las actividades de su autor, desde las hazañas amatorias de Sade o Casanova, hasta el tremendo --declaradamente patológico--diario de millones palabras escritas por Robert Shields sobre todos los detalles de su vida cotidiana durante veinticinco años. Borges, Stevenson, Guy de Maupassant, Hitler, Pascal, memoriones increíbles como el bilbiotecario Antonio Magliabecchi que guardaba en su mente la situación en los anaqueles de miles de volúmenes y la descripción de su contenido, autores proféticos como Morgan Robertson que en una novelita prescindible llamada --acertadamente--"Futilidad", recreó el hundimiento del Titanic catorce años antes de que se produjera, los escritores raros y huidizos como Salinger o Cormac McCarthy, o ese lector -- mas digno de un libro de medicina--que fue Kim Peek que llegó a leer doce mil libros y recordaba o recitaba páginas enteras de cada uno de ellos, o la biblioteca Brautigan dedicada a manuscritos que jamas han sido publicados (y posiblemente jamás serán leídos), sea cual sea su valor, tamaño o autor.

Es este un libro interesante sobre la "trastienda" de la literatura, una especie de galería de curiosidades y horrores que conviene tener en la biblioteca propia y leer poco a poco. Nunca seguido. So pena de quedarse algo melancólico al final ante la avalancha turbia y agobiante de informaciones sobre un mundo, el de los libros, que uno desea algo más resplandeciente. Como le ocurrió a quien esto firma.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

Libros malditos, malditos libros.- Juan Carlos Díez Jayo.- Ed. Piel de Zapa. 257 págs. 18 euros.

 

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31 diciembre 2020 4 31 /12 /diciembre /2020 10:49

Los libros, como las personas y los eventos tienen su momento óptimo, el ni fu ni fa y el pésimo. Cuando apareció la novela de Hannah Tinti en 2010 en el mercado español y a pesar de la preciosa traducción de  Jesús Zulaika, los astros que confluyen en el lector y su momento y la novela y el suyo se anularon mutuamente y mi lectura fue descuidada y la reseña respetuosa pero sin profundidad. Me pareció una truculenta y casi "gore" recreación de los mundos deprimidos y oscuros del Dickens más crítico y sentimental y del Edgard Allan Poe menos feliz. Con el paso de los años y a causa de haberle regalado un ejemplar a un amigo y su entusiasta reacción, pensé que quizá no había sido justo con la novela, en unos tiempos en los que el tiempo era un déspota exigente. Ahora, en una época más reflexiva y serena, la nueva lectura de esta novela, también me ha permitido advertir y gozar de valores que me han habían pasado medio ocultos.

Resumiendo, "El buen ladrón" es una excelente primera novela, con algunos defectos nimios y excesos argumentales algo imprudentes, pero en conjunto una divertida, emocionante, sugestiva y provocativa narración, llevada con pulso firme casi siempre, hábil en la creación de personajes y eventos: merece un notable alto, sin duda. Los avatares del huérfano Ren en un oscuro y tétrico orfanato de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, tienen la habilidad dickensiana y sus posteriores aventuras con el joven "protector" y maestro en malas artes (un personaje que recuerda al John Silver de Stevenson) hacen lo propio con algunas narraciones de Poe y el mismo Robert Louis que tiene una novela con el título de "Los ladrones de cadáveres". Una vez sugeridas las fuentes, en honor de la verdad, hay que decir que  Hannah Tinti (por cierto nacida en Salem, patria de las brujas) se desmarca por completo de sus fuentes y nos ofrece una carga original de truculencia, sentido del humor, ironía y sentimentalismo nada pegajoso.

La novela es un canto a la narrativa oral y juega con los lectores de manera muy inteligente para lograr cerrar el anillo argumental de una forma inesperada y dinámica. Mi consejo: no se la pierdan.

FICHA

EL BUEN LADRÓN.-Hannah Tinti.-Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. 356 págs.

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4 diciembre 2020 5 04 /12 /diciembre /2020 10:33

 

Hemingway no es un genio, es un buen novelista, lleno de brío y de una cierta poesía de lo épico y lo masculino. Sus novelas son de estilo directo, sencillo, nada intelectual o complejo. Adjetivaba poco, escribía unos diálogos con fuerza, contundentes, como los golpes y las fintas de un boxeador. Su ironía es descarada y no hay demasiado ingenio ni brillantez en su estilo, pero si una dinámica y salvaje humanidad, una plétora de emociones y sentimientos. Es una especie de Henry Miller sin las pretensiones intelectuales de éste, con una sincera pasión por la vida, el amor -no llega a la altura de Miller cuando más que de amor escribe de sexo- la bebida, la caza, el boxeo, el trabajo duro y la escritura como un continuo rito masculino de dominación y sumisión alternadas. Era una bestia literaria en el mejor sentido.

El libro que recomiendo nos ayuda a entender el mundo y la persona de Hemingway. Su fascinación por el mito del eterno masculino y la eficaz y sorprendente magnificación de su ego para componer una mixtura literario-popular-psicológica en la que se mezcla la vida real con los mitos que él mismo alimentó sobre su persona, su historia y sus libros. Su vida más oculta y tergiversada o manipulada, junto a la real, forman un conjunto que compondría por sí mismo una apasionante novela de una complejidad psiconeurótica extraordinaria. Pero no es alimento de terapeutas, es demasiado primario en el buen sentido de la palabra o quizá era un inocente salvaje, un personaje de Fitzgerald o incluso de Pérez Reverte (todavía me pregunto por qué mi viejo conocido no se ha sumergido en este escritor con una biografía novelada).

Les guste o no Hemingway (es un escritor que levanta pasiones opuestas con  gran facilidad)  lo cierto es que el libro  de su amigo en Italia (durante la I Guerra Mundial) Henry S. Villard y el ensayista James Nagel, es francamente indispensable para hacerse uno una idea más exacta de la personalidad de Hemingway y de las luces y sombras, exageraciones e hipérboles que la fantasía y la contradictoria vanidad del escritor (que podía convertirse en una humildad franciscana y una generosidad sin límites con quienes se acercaban a él) había tejido para su, digamos, "historia oficial" y la del "gran escritor norteamericano del siglo XX". Desde sus amores con la enfermera Agnes von Kurowsky (mayor que él, que sólo contaba con 19 años cuando marchó como voluntario de la Cruz Roja a las trincheras italianas frente a los alemanes del Káiser) hasta sus famosas y exageradas heridas de metralla de granada o de ametralladora, o el cariz de sus relaciones amorosas totalmente elevadas al romanticismo más juvenil posible y sus sueños de llegar a ser un gran periodista (no parecía a esa edad que se planteara ser escritor). Más adelante sus experiencias bélico-amorosas-aventureras en Italia le darían material para varios de sus primeros relatos cortos y, sobre todo, para su celebérrima "Adiós a las armas". La lectura de las memorias de Henry Villard en las que describe su vida en plena guerra como conductor de ambulancias (Hemingway no fue conductor como asegura en su novela, sino cantinero de primera linea) y su amistad con el escritor, el diario de Agnes y sus cartas a Hemingway, (incluida una decisiva y perdida hasta los años noventa en la que rompía su relación con el futuro Nobel), las pocas cartas de éste que se han conservado de la misma época y un excelente ensayo de Nagel de unas 100 páginas sobre las investigaciones y documentación relacionadas con la estancia del escritor en Italia durante la I Gran Guerra, integran este volumen esclarecedor. Sugiero al lector interesado que lo complemente  con el breve y excelente libro de la periodista de New Yorker, Lillian Ross, "Retrato de Hemingway", para redondear la información que se desee tener sobre la vida y obra de ese escritor y de su compleja personalidad. Les aseguro que vale la pena. Sin duda es uno de los más brillantes retratos del escritor, realizado por una maestra del periodismo de la entrevista y los perfiles biográficos. Tiene un estilo fascinante, agudo y de una rara profundidad psicológica. Describe dos días vividos en Nueva York con Hemingway y su esposa Mary. Fue un "retrato" que causó mucha polémica, más debido a la personalidad compleja del escritor que a las descripciones absolutamente fieles y discretas de Ross. Su amistad con el escritor duró hasta la muerte de este (es una de las pocas comentaristas de la vida de este autor que considera que su muerte no fue un suicidio sino un accidente: muestra de su fidelidad). Me gustó la frase que dedica el estilo literario de Hemingway: "En su escritura descubrí la sencillez, y la claridad, y la belleza de la prosa desnuda. Leyendo sus novelas aprendí a escribir basándome en los hechos".

Por cierto, aviso a los cinéfilos: en los 90, el magnífico director británico Richard Attenborough dirigió una película, "En el amor y en la guerra", con Chris O´Donell en el papel de un descafeinado Hemingway y Sandra Bullock dándole una buena réplica como Agnes.

FICHAS

HEMINGWAY EN EL AMOR Y EN LA GUERRA.- Henry S.Villard y James Nagel.-Trad. Antonia Menini.- Ediciones B.-420 págs.

RETRATO DE HEMINGWAY.. Lillian Ross.- Trad. Jesús Pardo.-Muchnik Editores. 94 págs.

 

 

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30 noviembre 2020 1 30 /11 /noviembre /2020 10:58

Querido lector: hemos cumplido tres años de compartir, mes a mes, el amor a los libros. Un amor que se ha reflejado en estos artículos que tiene la amabilidad de leer. Todos nos hemos hecho un poco más viejos o un poco menos jóvenes. Sin embargo hay una constante que se mantiene y seguramente durará tanto como nosotros: la fascinación por la lectura, esa actividad deliciosa que activa nuestras neuronas, expande nuestra visión de la realidad y nos permite ajustarnos mejor a las complejidades de la existencia. Los lectores vocacionales que circulen ya por un arco vital que supere el  supuesto "nel mezzo del cammin di nostra vita" del que hablaba Dante a los cuarenta años, siguen las novedades que surgen en el terreno literario, pero lo que en general les complace más profundamente tiene que ver con los "clásicos", aquellos libros que mantienen su vigor y belleza época tras época aunque sufren también los vaivenes de interés, las modas y las resurrecciones de rigor. Hablamos del Quijote, de Gargantúa y Pantagruel, de los Ensayos de Montaigne, la Divina Comedia, la Odisea... de tantos que mencionar no puedo. Pero aquí no voy a referirme a ese tipo de "clásicos". Hay otros clásicos que están "insertos" en un período esencial de nuestras existencias, la infancia, adolescencia y primera juventud (hasta los 20 años y pico, aunque hoy día se han retrasado las curvas evolutivas). De estos quiero hablaros en estas páginas.

En el caso de los que eran niños o jóvenes de los 50 a los 80 del pasado siglo, todo lo que voy a compartir con ustedes les será familiar, a unos de forma vaga y a otros, nostálgica. Pero, creo que también puede interesar a los que son muy jóvenes ahora, ya que los temas, los personajes, los argumentos y la forma de narrarlos tienen una característica común: de alguna manera son la plasmación literaria de emociones, sentimientos, ideas e ingenio e inteligencia que jamás decaerán porque forman parte de lo mejor del ser humano. Son casi estereotipos de las diferentes maneras de comportarse los individuos de nuestro género y que cambia sutilmente en las diferentes culturas. Sin embargo las constantes "ocultas" de lo que esos libros despiertan -emocional, afectiva, psicológicamente-  en las personas de la misma edad, son prácticamente las mismas. Quizá no los mismos personajes o autores, pero si el tipo de ligamen emocional que crean. Mi entusiasmo por  las aventuras de Guillermo Brown a los 14 años, quizá sea del mismo tipo y efectos que el de Harry Potter sobre un adolescente de hoy o "El señor de los anillos" para un joven. .

Cuando el que les escribe estas líneas tenía unos doce años, alguien me regaló un volumen rojo de portada pulida y brillante, de Editorial Molino, en la que resaltaba el rostro concentrado y optimista de un arrapiezo más o menos de mi edad, con una gorra curiosa, chaqueta y la corbata colegial a la altura de la oreja, que lucía una sonrisa irresistible y parecía la clase de amigo voluntarioso y audaz que no gusta a las mamás y encanta a los niños. Se trataba de Guillermo Brown, un niño inglés de once años con un imaginario inagotable de aventuras reales o ficticias, pesadilla incomprensible de los adultos, líder de una banda de mocosos como él a los que llamaba "los Proscritos", símbolo de la innata rebelión del espíritu infantil, de zapatos embarrados, escasa elegancia y energía sin límites. Un niño imaginativo, inteligente, capaz de generar en sus amigos y en sí mismo un contradiscurso paralelo que convertía la realidad en el escenario de innumerables y exóticas aventuras, eso sí sin despegarse de la lógica heroica y épica del carácter del niño.

"Las travesuras de Guillermo" fue ese primer acceso al mundo dorado de la campiña inglesa de entreguerras, con sus damas lánguidas, sus prados verdes, granjeros irascibles y cobertizos misteriosos, en el que Guillermo y sus proscritos reinaban a pesar de la presencia de los más ortodoxos y limpios amigos de Huberto Lane, el rival, sumiso y adicto al mundo adulto del poder. A partir de ese momento logré hacerme con los preciados volúmenes de la saga de Guillermo. Ni que decir tiene que aún conservo la colección completa de sus libros, treinta y siete títulos publicados a lo largo de cuarenta y siete años (desde 1922 en que apareció el primero; en España treinta años más tarde).

Los múltiples aspectos de ese personaje y su mundo, muy cercano en eficacia literaria al de Sherlock Holmes o las aventuras de Frodo, el hobbit de la Tierra Media y el Único Anillo del tenebroso Saurón,  pertenecen los tres al acervo del genio literario inglés. Quizá para otros lectores menos aficionados al sello "british", esta selección resulta un tanto arbitraria. No es mi propósito imitar a Bloom y su "canon occidental", ni mucho menos. Sólo quiero constatar una constante que influyó al menos en dos generaciones de españolitos. Y, por otro lado, reflejar mi hipótesis -no demostrada, pero tampoco refutada empíricamente- de que Guillermo Brown, Holmes y Frodo alimentaron el imaginario de la niñez, adolescencia y juventud de aquellos jóvenes en ciertos valores, principios y actitudes prácticas, psicológicas y morales que propiciaron los sueños manipulados de la "Revolución de las Flores", los "hippies", los Beatles y los Rollings, mayo del 68, la caída del Muro y en literatura los grandes de la generación de los ochenta y noventa (y algunos que colean todavía, como mis queridos Savater, Marías, Pérez Reverte, Javier Reverte -ya no- "e tantti altri") . 

Hubo una época en que las lecturas y adicciones íntimas y casi viscerales a ciertos personajes  constituían casi un "carnet de identidad" secreto. Si un sujeto que acababas de conocer, de una forma casual soltaba una frase, un latiguillo o unas palabras relacionadas con algunos de esos personajes, se establecía casi de una forma instantánea una "resonancia afectiva". Un "Como diría el viejo Guillermo", o un "elemental, querido amigo" o un "Frodo lives" como el pintado en los muros californianos, para indicar que lo imposible a veces es sólo improbable, podía hacer saltar la chispa, por no mencionar ciertas frases-sortilegio para los eruditos en las materias que rodean a los Proscritos, algunos imitadores de Arthur Conan Doyle que casi lograron superar al maestro y los grandes olvidados del Señor de los Anillos fílmico que en la trilogía novelesca tenían un importante papel... cuando la intervención te revelaba que el tipo era "uno de los nuestros", se producía una especie de epifanía fraternal. 

Estoy convencido que el "pantallismo" y las adicciones tecnológicas, el olvido de los clásicos y una "cultura" centrada en la utilidad, la brevedad y el analfabetismo vertical, no ha logrado evitar el contagio entre nuestras "generaciones perdidas" y los nuevos profesos o los alevines que se sienten atraídos por la extraña camaradería que crean ciertas lecturas comunes. Guillermo Brown, Sherlock Holmes y el mundo de Gandalf  y los hobbits, quizá no todos ellos --sin duda algunos son sustituidos por otro tipo de héroes generados por la literatura del nuevo siglo y algunos del antiguo que no menciono aquí-- seguirá presentes en el imaginario de los aficionados a la lectura sea en papel o en los e-books. 

La osadía y el amor a la aventura, la honestidad, el valor y el humor e ironía de Guillermo, la inteligencia, el ingenio y toda una personalidad al servicio de un ideal de servicio a la justicia de Sherlock y la firmeza indomable y combativa, la profunda humanidad y principios de amistad y entrega a un fin superior, de Frodo, Sam, Gandalf, Aragorn y Legolas, ilustran una jerarquía de valores que de una forma u otra uno lleva integrados en principio en su reservorio ético y algún día, casi sin darse cuenta, hay una acción o una intervención en la que, como una gema oculta, brilla alguna cosa que incrustó en el inconsciente la arrebatadora lectura de esos personajes tan amados.

Vaya desde aquí mi homenaje personal a todos esos personajes y autores que sembraron en mí el fabuloso virus lector. Ese que, según una teoría de la neurociencia, reflejada en el libro "Las neuronas de la lectura" de Stéphane Dehaene, catedrática de Psicología Cognitiva en el Colegio de Francia, "la lectura promueve el desarrollo cognitivo con más ímpetu de lo que se pensaba hasta ahora" y es una actividad que favorece notables cambios en el cerebro, creando nuevas conexiones sinápticas y una más ágil interrelación entre las estructuras encefálicas. Unos estudios de seguimiento estadístico realizados sobre una muestra de 470 personas durante un periodo de 20 años, grandes lectores, enfrentados a una muestra no lectora, revela llamativas diferencias a favor de los lectores entre los índices de demencia senil y un mantenimiento más vigoroso y eficaz de los circuitos mentales relacionados con el comportamiento, el carácter y las actividades de la inteligencia. Vaya que, como apuntaba el filósofo José Antonio Marina, los libros terminarán vendiéndose en las farmacias bajo prescripción facultativo-literaria. Amigo Marina, tiemblo porque llegue un día tal. Prefiero que sigan nutriéndonos las librerías. Les dispenso de fichas. Todos estos libros están fácilmente disponibles en librerías e internet, en ediciones diversas. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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14 octubre 2020 3 14 /10 /octubre /2020 08:36

Jean Pierre Vernant es una de las figuras intelectuales más interesantes en la década de los 50 a 60, en un París que salía lleno de vigor de las sombras de la guerra, que hervía de ideas, innovación cultural y desafíos sociales en nombre de las artes, la literatura y la filosofía. Su compromiso con las cambiantes realidades políticas y sociales le llevan al marxismo primero, como tantos otros encabezados por Sartre y Simone de Beauvoir, y al desencante después, volcándose en el estructuralismo como  metodología a través de la linguística (como un poco más tarde haría el psicoanálisis de la mano de Lacan) aunque su influencia sería determinante en el mundo académico. Es profesor del elitista College de France junto a figuras tan mediáticas  como Foucault o Duby. Su especialidad es la mitología, preferentemente, la griega.

Sus análisis de los mitos, sin desdeñar su propia estructuración histórico-social (una emanación poética y literaria de las formas sociales del mundo clásico griego) pivotean en torno a un concepto básico: el de la alteridad. El mito que ahora analizamos tiene una relación específica que no se debe ignorar con los tiempos y costumbres en que nacieron y nuestra visión de ellos es la de un otro con sus propias constelaciones culturales. Por lo tanto para comprender el fundamento de los mitos debemos tener presente que nuestra mirada está de hecho "contaminada" por nuestra cultura propia, por tanto debe ser una interpretación  sincrónica y debemos considerar los mitos en sí mismos sin alterarlas con interpretaciones históricas. Lo que expresa el mito en su origen son los problemas profundos del alma griega que se adscribe a una alteridad definida por  la contraposición del hombre griego con el forastero, el extraño, con el que habita el fondo de la tierra o del mar, con los dioses, los titanes y los monstruos. Vernant se opone a la idea de las influencias asiáticas en la gestión de mitos y leyendas. Cree que es una manifestación esencial de la cultura griega de la polis.

En este libro, concretamente, Vernant hace una confesión de humildad expositiva. Se olvida de las complejas teorías estructuralistas y linguísticas y nos cuenta su visión de los dioses, los hombres y sus relaciones con el Universo como "lo haría a sus nietos". No es un  análisis, es un relato de relatos, y eso le da un encanto especial al libro y responde a una voluntad de claridad expositiva muy loable. Evita la excesiva erudición y mucho más la discusión teórica sobre significados y variables de las figuras presentadas. Prescindiendo también del desarrollo progresivo de los mitos y sus adaptaciones a otros tiempos, lugares y funciones, ofreciéndonos una visión estática, sencilla y despejada de complicaciones. Sin embargo insiste en los componentes de desarrollo espiritual que simbolizan dichas figuras y personajes. Y también de la simbología del desarrollo humano en la sociedad: por ejemplo en la distribución de  los personajes en función de sus edades y las transiciones a las que se sometían desde el nacimiento a la muerte. De este modo Vernant ahonda en muchos de los temas tratados en las diferentes narraciones míticas, sobre todo en las funciones de los jóvenes y los accesos que se les brindaba a la vida militar y más tarde a actividades relacionadas con la ciudad, su gobierno y su defensa. 

La lectura de este libro es altamente instructiva quizá por su vocación pedagógica. Así asistimos a la formación del UNiverso a partir de la relación sexual incesante entre la Tierra (Gea) y el cielo (Urano), la lucha de los dioses y los titanes, el predominio de Zeus y la respuesta crecientemente autónoma de los hombres a través de los héroes, con una relación marcada por desafíos, castigos, relaciones sexuales entre dioses y hombres y mujeres. Edipo, Perseo, Sísifo, todos ellos buscando favorecer a los hombres y exponiéndose a los horribles castigos de los dioses. A través de esas vicisitudes, los griegos poseían una señas de identidad que configuraban una imagen propia del mundo griego, símbolos que explicaban el talante y la cultura griega y, de reflejo, muchos de las ideas que hemos heredado de ellos y conforman parte de nuestra cultura europea. 

El estilo pedagógico, reiterativo, detallista, ameno y sencillo de Vernant convierte la lectura de este libro en una fiesta y aclara de manera indirecta muchas cuestiones enraizadas ya en nuestra propia cultura pero que deben su vigencia y su vigor a los mitos que nos narra este autor ya medio olvidado. Con ese detalle -muy griego por cierto- de exponernos una y otra vez determinadas características, hechos y sucesos de la vida de los personajes míticos, como una muestra de la regla escolástica de la "reiteratio", la repetición, para así mejor memorizar e entender lo que se explica. Vernant usa de las tres formas narrativas clásicas, el relato histórico, el literario y el mítico, uniéndolas por la utilidad pedagógica que busca, sin ahorrar al lector sus propias interpretaciones (lo cual es un regalo añadido). Precisamente el reflejo de sus personalísimas interpretaciones es evidente en su divertida y sugestiva forma de titular los diferentes apartados de los capítulos generales: "La castración de Urano", "En la panza paterna", "Tifón o la crisis del poder supremo", "Un mal sin remedio", "La partida de ajedrez", "Pandora o la invención de la mujer", "Tres diosas ante una manzana de oro", "Helena, ¿culpable o inocente?", "Nadie se enfrenta al cíclope", "Los sin nombre y sin rostro", "Desnudo e invisible", "El muslo uterino", "Rechazo del otro, identidad perdida", "El hombre: tres en uno", etc.

Aprovecho un resumen ajeno para mostrarles el contenido del libro: "El relato de los mitos griegos comienza con “El origen del universo”, que se remonta al momento en que sólo existía la Abertura o Caos, con la mutilación sexual de Urano del que nacen otras criaturas belicosas, entre titanes y monstruos. La segunda parte, “La guerra de los dioses, la soberanía de Zeus”, se ocupa de los hijos de Cronos y Rea -segunda generación de dioses- y de la lucha que lidera Zeus contra su padre y contra otros dioses (Tifón, los Gigantes) hasta asentar su soberanía. La tercera parte, “El mundo de los humanos”, versa sobre el origen del mundo a partir del gobierno de Zeus, hasta le momento que se produce la ruptura entre dioses y hombres a causa de Prometeo. En “La guerra de Troya”, cuarta parte, recorre los principales hitos del conflicto, desde el nacimiento de Aquiles hasta su muerte en suelo troyano. La quinta parte, “Ulises o la aventura humana”, es una apretada síntesis de todas las aventuras de Odiseo, desde la victoria de los griegos en Troya hasta la ‘noche de bodas recuperada’ del héroe con Penélope, una vez consumada la venganza de los pretendientes. Es  notable el análisis de la simbología del lecho matrimonial construido por Ulises, un buen ejemplo de la mirada sutil con que Vemant penetra cada una de estas historias. La sexta parte, “Dioniso en Tebas” refiere el origen y andanzas del dios. Según Vernant, Dioniso,, errante y vagabundo, próximo a los hombres y a la vez inaccesible y misterioso, está escindido por dos pasiones opuestas: la de vagabundear y la de tener un lugar propio. “Edipo a destiempo”, séptima parte, se centra en una de las figuras más trágicas de  la literatura griega y universal. Vemant encuadra la historia de Edipo entre dos maldiciones: la primera, aquella que cayó sobre Layo por haber perseguido de amores al joven Crisipo hasta que éste se suicidó, anunciaba el aniquilamiento de la estirpe de los Labdácidas; la última, lanzada por el mismo Edipo contra sus hijos, pronostica la pelea por el trono y la muerte mutua que éstos han de ocasionarse.  La última parte, “Perseo, la muerte, la imagen”, aborda la historia de Perseo, hijo de Zeus y Dánae, a quien el dios fecunda en forma de lluvia de oro. Al héroe le corresponde traer la cabeza de Medusa; una vez conseguida, es entregada en agradecimiento a la diosa Atenea, quien la convierte en pieza central de su armamento para paralizar de terror a los enemigos que la miren."

Para terminar, tiene el lector un glosario que recoge todos los nombres mitológicos que se mencionan en el texto. De verdad, no se lo pierdan . Es fácilmente hallable en internet. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EL UNIVERSO, LOS DIOSES, LOS HOMBRES.- Jean-Pierre Vernant.- Trad. Joaquín Jordá.- Círculo de Lectores. 250 págs.

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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18 septiembre 2020 5 18 /09 /septiembre /2020 09:02

E.M.Forster uno de los miembros del Grupo de Bloomsbury (nacido con el siglo y fallecido en 1970, a los 69 años) , fue uno de los grandes escritores británicos de mediados del siglo XX. "El más largo viaje" apareció en España en 1977  (siete años después de la muerte del escritor) y yo la leí apasionadamente, como todo lo que se iba traduciendo de este novelista, narrador y ensayista que se iría a la tumba sin salir del armario y que me desconcertaba  por su manera de describir el amor, hasta que en los ochenta, creo, se tradujo su novela póstuma "Maurice" (aparecido en inglés en 1971) y yo entendí la ambigüedad de muchos personajes masculinos de Forster y sobre todo la doble lectura de sus inteligentes diálogos y observaciones. Dicho esto sin sombra alguna de censura o juicio. Siempre he respetado las diversidades sexuales ajenas.

Me ha gustado volver a las complejas disquisiciones intelectuales de tantos personajes inolvidables, "Viaje a la India", "Una habitación con vistas", "La mansión" convertida en famosa serie de tv. con el título "Regreso a Howard End") y los relatos de "La vida futura". En trece ocasiones fue nombrado como aspirante al Premio Nobel sin llegar a serle concedido (quisiera creer que no fue por su opción sexual personal). En la década de los treinta sus charlas literarias y culturales por la BBC tuvieron una extraordinaria acogida popular y su labor divulgativa fue objeto de varios premios. También publicó varios ensayos y biografías. Que yo sepa sólo se ha traducido "Aspectos de la novela", en los setenta que fue convenientemente devorado por todos los que aspirábamos a ser eficientes y honestos críticos literarios).

Sigue siendo una novelista atractivo, de lectura gratificante aunque no siempre fácil y uno de los más destacados escritores- analistas que ha dado la grey universitaria inglesa desde Oxford a Cambridge (o como en esta novela, Swaston) que llevaba consigo la elección de un tipo de vida peculiar y de una manera de comportarse en sociedad con su sello distintivo. En esta novela Forster apuesta por una especie de novela de tesis, en la que -muy actual- reivindica cierto tipo de actitudes en las que se privilegia las ideas y una vida dedicada a ellas sobre la explotación práctica y profesional de las aptitudes y estudios. Forster consideraba que esta novela, quizá una de las menos populares, es, sin embargo un reflejo literario de sus personales preocupaciones y su desarrollo como persona. Una especie de Bildungsroman (como los alemanes llaman a las novelas de "aprendizaje" vital) que refleja los azares existenciales, emocionales e intelectuales de Rickie Elliot, probablemente un trasunto del autor.

Especialmente interesante es la información que nos da Foster de su decidida actitud, tan adelantada a su tiempo, de comunión esencial y amor a la Naturaleza. Y así dice de uno de sus personajes: "Su actitud ante la naturaleza era decididamente estética: una actitud más estéril que la totalmente práctica. Aplicaba el criterio de belleza a la sombra, al olor y al sonido; nunca sentía reverencia hacia estas cosas ni se emocionaba con ellas; nunca las había considerado como una irresistible trinidad que puede embriagar de alegría al devoto. Si le gustaba el campo arado era como mancha de color, no como insinuación de la inagotable fuerza de la tierra". (pág. 118).  O mas adelante (pág.213), "Percibió con mayor claridad la crueldad de la naturaleza, para quien nuestro refinamiento y nuestra piedad no son más que burbujas, que desaparecen a toda prisa en el agua turbia".

No hay ninguna de las obras de  Forster donde no se prodiguen detalles de una filosofía y una percepción sensual hacia la naturaleza, ante los que los actuales gurús de la ecología no babearían de placer. Eso como simple adorno de una complejidad magnífica de sentimientos y emociones en un escritor fundamentalmente intelectual y de gran formación clásica.

FICHA

EL MÁS LARGO VIAJE.- E.M. Forster.-Trad. José Luís López Muñoz.- Alianza Tres. 316 págs.

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