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6 septiembre 2019 5 06 /09 /septiembre /2019 18:08

"La muerte de Virginia" es el nombre que los intereses editoriales -es decir los que atañen a la venta del libro- han destacado ocultando una realidad biográfica mucho más compleja y bastante más rica que las circunstancias del suicidio de Virginia Woolf, que ya conocemos todos los aficionados a la literatura inglesa. De hecho en España se publicó en los años setenta un corto volumen con el fragmento de las memorias y comentarios del marido de Virginia, Leonard Woolf (1880-1969), relativos al hecho, ocurrido en el rio Ouse en mazo de 1941.

En el volumen que hoy comentamos (el último de los que forman la autobiografía de Leonard) la muerte de la escritora es relatada de un modo recatado, sensato, sensible y nada emocional, acotando los elementos de probabilidades o conjeturas inevitables en estos casos a los mas obvios: la enfermedad mental de Virginia que le causaba brutales depresiones (Leonard habla también de otros síntomas) y la amenaza no menos brutal y extrema de un posible desembarco nazi en las Islas Británicas. Una posibilidad lógica que aterrorizaba a los intelectuales del Grupo de Bloombsbury (algunos de ellos judíos, como el mismo Leonard) hasta el punto de que el recurso del suicidio se había comentado entre ellos).

Sin embargo, para mí, el valor de este libro estriba precisamente en darnos a conocer al hombre, y sus facetas de intelectual, político, al editor de éxito, al pensador inteligente, al prosista de elegante e irónico estilo, sencillo, claro y a veces amablemente sarcástico. Pensamiento de izquierda civilizada y muy ética, sujeto a una educación algo puritana pero llena de humor y de amor ala vida y sus placeres, al estilo epicúreo, medido, equilibrado y apartado de los excesos. Su visión de los asuntos públicos y de la política de su país y la europea es lúcida y desencantada (escribe este libro un año antes de morir) y para él no ha mejorado con el tiempo sino al contrario. En las últimas páginas confiesa: “cuando considero todos estos hechos del mundo de hoy (la guerra de Vietnam, el maoísmo, la torpeza de tantos políticos) siento un agudo dolor, compuesto, creo, de decepción, horror, incomodidad y repugnancia.”  Llega a decir que cuando se trata con políticos, hay que tratar con buen número de “estúpidos”. Pero lo que más me ha agradado es su defensa bizarra de la ancianidad, tras la que sostiene que lo mejor de su vida ha sido su dedicación a la escritura y su tarea de editor en Hogarth Press. Es la  Editorial que fundan Virginia y él en 1917, que edita a muchos amigos o cercanos, entre ellos, por ejemplo, la primera edición europea de The wasted land de Eliot en 1923. En 1946 tras la guerra convierte su editorial en una filial de Chatto &Windus y sigue publicando con lo mismos criterios personales de calidad.

La lucidez pesimista de Leonard pone el broche final a una vida intensa y gratificante en todos los ámbitos donde trabajó y vivió: el personal, el literario, el editorial, el intelectual, el político. Pero se despide con una queja que hoy más que nunca resulta profética: "el hombre está destruyendo ciegamente la civilización en nombre de la civilización". Suena casi a Bertrand Russell, su formidable amigo.

FICHA

LA MUERTE DE VIRGINIA.- Leonard Woolf.- Trad. Miguel Temprano.- Lumen.- ISBN 9788426419682

 

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1 septiembre 2019 7 01 /09 /septiembre /2019 18:13

Artículo publicado en "El Heraldo de Aragón", julio 2019

 

Laputa (en inglés) es el nombre de la isla aérea o flotante que visitó Samuel Gulliver en su tercer viaje, según su confidente y relator Jonathan Swift (1667-1745), deán irlandés de aguda y mordaz pluma que ya había asombrado e indignado a los ingleses de su tiempo, a caballo entre los siglos XVII y el XVIII. “Mi reconciliación con la especie (humana) en general no sería tan difícil si se contentaran sólo con los vicios e insensateces que la Naturaleza les ha otorgado”. Es obvio que no es así, por lo que Swift se pasó toda la vida indignado y lo demostró en todas sus obras. Principalmente en “Los viajes de Gulliver”, que la historia literaria con gran sarcasmo o miopía convirtió en un libro infantil. Swift, como buen clérigo de la época, amaba la gloria y el poder, el dinero y al género femenino en su versión más variada. Y para demostrarlo se apañó para participar él mismo en los mismos vicios e insensateces que denunciaba, aunque sin dejar de reconocerlo con irónico e incisivo cinismo.

Swift, admirador de “El Quijote”, conocía el español y sabía el significado de la palabra utilizada, por lo que algunos sesudos eruditos de la Academia de Lagado han informado a sus colegas españoles que, en realidad Swift , se refería a un supuesto viaje a España y concretamente Al reino de Aragón, a la sazón bajo la corona que portaba el rey Felipe IV (V de Castilla) que en 1707 derogó los fueros de Aragón, abolió el Consejo y unió el reino al de Castilla.

Laputa es una isla relativamente pequeña que gracias a una base de diamante flota en el espacio usando un gigantesco imán. Ese artilugio les permite a sus habitantes (la Corte, el poder, el funcionariado real y político) dirigir sus movimientos sobre el territorio de Balnibarbi (extenso país y único en el mundo cuya composición mineral responde al influjo magnético de la isla), con lo que dominan tiránicamente a los ciudadanos que viven abajo. Dicen los analistas que Swift simbolizaba a la corte de Madrid y el poder satélite de Zaragoza como integrantes de Laputa. Balnibarri sería el entero territorio español.

André Maurois dijo de “Los viajes…” que es “el libro más severo que la Humanidad haya escrito sobre la Humanidad”. Disfrazado de libro infantil, Swift ha podido sortear inquisiciones, santos oficios y censuras varias. Una relectura actual del libro, principalmente del Tercer viaje de Gulliver, aplicada a la hipótesis de  que nos concierne, pretendería que los españoles no hemos evolucionado mucho en lo esencial. Todo esto viene a cuento del soberbio espectáculo del más zafio guiñol que la clase política española, sin excepción de partido alguno, está dando a la ciudadanía (responsable en cierta forma de la situación, por  haberles votado) y al resto del mundo supuestamente democrático. Pongamos unos ejemplos: ¿Qué diría Gulliver si viera cómo en Laputa, (en este caso, Aragón) están dispuestos -con suma generosidad- a destinar 5 millones de euros de unas arcas con un agujero de 349 millones según la Cámara de Cuentas, para celebrar nuevas elecciones autonómicas a fin de salir del "apuro" electoral que los sesudos políticos se ven incapaces de resolver? Y no sólo contentos con eso, para demostrar su buena voluntad se suben las subvenciones a los grupos (que aún no han empezado a trabajar) y todos los parlamentarios cobran su primera nómina aunque en esencia todos están en paro técnico, forma nueva de llamar a la ineptitud. O, siguiendo con los despropósitos, no autorizar el desbloqueo de fondos para terminar de una vez los hospitales de Teruel y Alcañiz. Sin hablar de la falta de criterios y unanimidad precisos para que los 25 supuestos representantes de Aragón en las Cortes Generales (con sus generosos estipendios) hagan valer una voz firme y clara sobre el abandono político-práctico en que se tiene al Teruel que apenas existe. Habría más ejemplos y quizá de más enjundia, pero sigamos. Swift,  describe a los cortesanos políticos de Laputa, incluido el monarca (en nuestro caso más bien el presidente o primer ministro) tan atareados en sus cavilaciones sobre sus intereses que no escuchan ni hablan a los demás y cuando es menester, un criado denominado “golpeador”,  les frota suavemente unos pequeños globos de intestino animal atados a un extremo de un corto palito, en los labios si deben hablar o en los oídos si deben escuchar (y en los ojos, si deben dejar de mirar y así no enterarse de lo que  conviene no saber). Con esos elementos los políticos siguen sus propias inclinaciones e intereses, ajenos e indiferentes al interés general del pueblo que abajo espera sus decisiones y acuerdos. Eso sí, no tienen ninguna prisa en resolver nada puesto que sus estipendios y propiedades están aseguradas mientras vivan. Lo que no aclara Swift es si a los golpeadores les paga el partido o están a sueldo del interesado (pese a que creo que habla de ciertos parentescos entre ellos).

 Siguiendo con los “paralelismos” políticos que aventuraban los académicos entre el gobierno de Laputa y la política española, recordaban un párrafo del capítulo VI del citado libro de Gulliver en el que se prohibía como “muy negativo” para la Administración que se eligiera a los jefes de Gobierno “en razón de su sabiduría, capacidad y virtud”, que los ministros actuaran “a favor del bien público”, que se recompensara “el mérito, el talento eminente, los servicios distinguidos”, que no se les ocurriera “poner sus intereses sobre la misma base que los del pueblo”, que se olvidaran de “elegir para los cargos públicos a las personas cualificadas para ejercerlos”, entre otras muchas cosas extravagantes e irracionales pensadas para el arte de dirigir una nación. Es decir, lo “normal” es que se haga precisamente lo contrario. Pienso que en estos puntos quizá se exagera en tal semejanza y Swift pensaba más en otras naciones.

En nuestro país y en nuestro Aragón la clase política olvida la frase de Ortega: “no basta con ver las cosas, es menester pensarlas". Nuestros políticos ven los problemas pero no piensan en ellos, sino a pesar de ellos. Sus adscripciones obligadas al ideario circunstancial del partido (y al general de la presunta ideología que defienden) les impiden percatarse de que el momento pide consenso y negociación en lo que hay que ceder y en lo que se puede ganar. En la política del país, lo primero es el ego del sujeto de poder  y su partido, después las circunstancias. Y dejan a un lado la advertencia orteguiana:   si no salvan esas circunstancias (la situación política, económica y social del país entero), no se salvarán ellos (ni sus partidos). Y lo que es aún peor: ni el pueblo español, auténtica víctima propiciatoria de este dislate.

En otro lugar, Gulliver recibe el juicio apodíctico del monarca del país de los gigantes: “De nada de lo que  habéis dicho (sobre la raza humana) resulta que entre vosotros sea precisa perfección alguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho menos que los hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes…ni los jueces por su integridad, ni los senadores por su amor a la patria, ni los consejeros por su sabiduría…”.  Podría parecer “excesivo e hiperbólico” que los académicos de Lagado pretendan que Swift se basó en la naturaleza de la política y los políticos en los territorios españoles de aquellos siglos en los que floreció la Ilustración. Y casi “insultante” que pretendan aplicar esos dislates a nuestra época. ¿Ustedes qué opinan?

ALBERTO DÍAZ RUEDA, Escritor y periodista. Alcalde de La Torre del Compte.

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28 agosto 2019 3 28 /08 /agosto /2019 07:43

Leer a José Luis Melero es una delicia. Al menos por cuatro razones básicas: escribe bien; es un bibliófilo amante de la literatura y la poesía: es un aragonés que ejerce su amor al terruño de todas las formas posibles: desde sus autores, conocidos o desconocidos, su pasión por Zaragoza, su amor por sus colores futbolísticos, por la jota y por las tradiciones y, lost but not least,  parecer ser una persona buena y también una buena persona y practica esa bondad clásica de los eruditos que tienen, además de sus pasiones y lealtades propias de su pasión vital, amigos, tertulias, familia y afán de servicio.

Una buena cantidad de las obras y autores que Melero comenta en "El tenedor de libros",  recopilación de muchas de sus columnas publicadas entre  2012 y 2015 en "El Heraldo de Aragón", no los conozco ni de oídas, pero me han enganchado los entusiasmos del comentarista y de los que si conozco y he leído me siento gratificado doblemente, no solo por coincidir en muchas de las apreciaciones y comentarios, sino por la novedad de algunos datos y anécdotas que desconocía sobre ellos. Como él mismo escribe (pág. 119) "Leer libro sobre libros es un placer onanista. Y una de las cosas que más nos gustan a los pervertidos". Pícaro comentario que suscribo totalmente, sin llegar a la amable erudición de Melero, por supuesto.

El lector tiene garantizado un extenso placer leyendo este libro y no voy a aguarle las expectativas desvelándoles algunas de las delicias que esconde. Un poco antes de la cita anterior, Melero escribe:  "...mis lectores, que por serlo tienen que ser a la fuerza amantes de los libros...saben muy bien qye unos libros nos llevan a otros y que cada día nos damos cuenta de todo lo mucho que ignoramos, de cuántos libros nos faltan por leer, de cuánto nos queda por aprender. Y que cuando vemos a alguien presumir de sabiduría, sabemos ipsofactamente  que estamos ante un perfecto botarate".

Presumo que Melero debe ser un "nefebilata", el cultismo de Ruben Darío, que define al hombre soñador, que anda siempre por las nubes, un Sócrates satirizado por Aristófanes por ese "defecto" que compartimos algunos. Esa característica de bonhomía que nos hace apreciar profundamente a gentes de pluma y libro como Jesús Marchamalo o Pepin Bello o los versos de César Vallejo, a despreciar los chismes de Marquerie sobre Antonio Machado o a ironizar sobre las necrologías, "uno de los géneros literarios más agradecidos, sobre todo si es uno quien la escribe y no el sujeto de la misma" o nos habla de su cameo en una película de David Trueba. En fin, una "silva de varia lección" dedicada a los libros raros y a los autores más o menos raros, realizada por un bibliófilo aragonés con simpatía y conocimientos sobrados. ¡Bien por José Luis!

FICHA

EL TENEDOR DE LIBROS.- José Luis Melero.- Ed. Xordica.  182 págs. ISBN 9788416461035

 

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21 agosto 2019 3 21 /08 /agosto /2019 08:17

¿Quién no ha visto a José Ferrer, pero sobre todo a Gérard Depardieu, con una gran narizota, declamar, mientras mantenía un duelo a espada, aquellos versos alejandrinos magníficos y redichos que acababa cada estrofa con un "y al terminar, os hiero" o cantando su amor por Roxana, escondido bajo un  rosal prestando su voz y su ingenio, al torpe y apuesto Christian de Neuvillette? Lo que pocos saben es que ese hombre "a una nariz pegado" fue un personaje real y noble, poeta, dramaturgo y soldado llamado Hércule Savinien de Cyrano de Bergerac, contemporáneo de Moliére. Aunque muy idealizado (el original), el Cyrano de Rostand es el drama profundo de un hombre sensible e inteligente oculto bajo una apariencia dolorosamente risible y es un trasunto semejante al de la Bella y la Bestia tantas veces llevada a la escena y al cine, (recuerden que King Kong es, a pesar de todo, una historia de amor). Por cierto la muerte del auténtico Cyrano (a los 36 años)  fue misteriosa y sin autor conocido, como la del personaje literario.

El escritor y académico francés, Edmond Rostand, un incurable neoromántico alcanzó con su "Cyrano" (1897) uno de los grandes éxitos  mundiales de la época a caballo entre finales del siglo XIX y principios del XX. En esta ocasión las aventuras de ese espadachín desdichado y enamorado, han sido llevadas a las prensas por la editorial Reino de Cordelia en una edición magnífica ilustrada por el gran José María Gallego. Rostand tiene otras obras menos conocidas que también merecerían una edición como la que nos ocupa, me refiero a "El otro mundo" , quizá una de las obras precursoras de la ciencia ficción, en la que Cyrano viaja a la luna y al sol, como más tarde harían el Baron de Munchausen o el no menos precursor Meliès, con su cámara de cine impulsada a mano y con imágenes coloreadas una por una.

Los cinco actos del drama de capa y espada de Rostand ha tenido un brillante espaldarazo en la edición y en el cine o en los escenarios. Nadie puede mantenerse indiferente ante este sólido, desesperado y romántico trío de tópicos y símbolos que conforman Cyrano, su amada Roxana y el melifluo y más bien soso Christian, un "in crescendo" de emociones que culminan con uno de los mejores "mutis" finales de la historia literaria, junto al de Romeo y Julieta, Hamlet, el Quijote o Moby Dick. La versión que nos ofrece esta editorial es completa y la traducción versificada de Jaime y Laura Campmany roza la excelencia.

"Gracias a tí, una falda acarició mi vida" dice Cyrano moribundo a su amada. Y muere en sus brazos con una hidalguía estoica que recuerda al Ingenioso caballero, "Me habéis quitado todo: el laurel y la rosa --dice a sus enemigos en la vida, la mentira, los prejuicios, la envidia, la idiotez-- pero, por más que os pese, aún me queda una cosa..." Y ante la llorosa Roxana que le pregunta, "¿Que es ello?", responde exhalando el último suspiro: "Mi penacho lleno de gallardía/ y la brava apostura de mi fiera nariz". Telón.

Notas sobre el Cyrano real: nació en París el 6 de marzo de 1619, como cuarto hijo de Abel de Cyrano, abogado, y de Espérance Bellange. En París transcurrió casi toda su vida. En 1638, adoptó el nombre de Bergerac. Se alistó en la Compañía de la Guardia, y se hizo célebre por sus numerosos duelos. Se retiró en 1641, tras participar en los sitios de Mouzon y Arras y ser herido en la garganta. Estudió filosofía con Pierre Gassendi. Dilapidó sus escasos recursos. En 1647 heredó un modesto legado de su padre y se dedicó al teatro y a la literatura.Entre otras obras escribió L'autre monde,  una especie de nueva utopía  semejante a las de Tomás Moro y Tommaso Campanella. Protegido por el Duque de Arpajon, compuso una tragedia, La muerte de Agripina, que escandalizó y le enemistó con su protector. Murió el 28 de julio de 1655, en Sannois, a los 36 años, como consecuencia de las heridas que le causó una viga al caerle encima. Su amigo Le Bret publicó, extraído del manuscrito de L'autre monde, la Historia cómica de los estados e imperios de la Luna en 1657; más tarde, en 1662, apareció su Historia cómica de los estados e imperios del Sol.

FICHA

CYRANO DE BERGERAC.- Edmond Rostand.​- Trad. Jaime y Laura Campmany.- Ilustraciones de José María Gallego.- Ed. Reino de Cordelia. 277 págs. 29,95 euros. ISBN 9788416968749

 

 

 

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21 julio 2019 7 21 /07 /julio /2019 14:33

El catedrático de Harvard Martin Puchner analiza la importancia de la literatura en la historia de la humanidad y nos habla de los "textos fundacionales" como la Biblia, la Iliada o la Odisea, la epopeya de Gilgamesh (2100 aC en escritura cuneiforme) o, puestos al caso, el Manifiesto comunista o el Mein Kampft, el Sutra del Diamante (868 dC) o la Novela de Genji (en el Japón del año 1000). Textos vinculados con la narrativa oral y que tienen una importancia generativa esencial en el imaginario humano de la época. Hasta el punto que durante generaciones se mantenían como patrimonio religioso y cultural al cuidado de la clase sacerdotal y como guía de comportamientos sociales y  modelos de excelencia.

Jung y Lacan, entre otros grandes psicólogos, incluído Freud (que pasó de puntillas por el tema religioso que él reducía a la infancia y adolescencia de la humanidad) y un número considerable de filósofos (incluidos los que rechazaban al mismo tiempo la importancia "sagrada" de algunos textos pero admitían la potencia dinámica de "lo sagrado" en la psique) no sólo admitían la fuerza generadora de esos textos fundacionales en los usos y costumbres y en las leyendas y símbolos formativos del intelecto y las emociones y sentimientos, sino que rastreaban en algunos el origen de muchos grandes complejos humanos, actitudes y comportamientos de los pueblos a través de la historia. 

En nuestra Era Digital (cuyo desarrollo y cambios aún solo podemos conjeturar) los textos fundacionales comienzan a ser híbridos, de "El señor de los anillos" a "Harry Potter", en concordancia con el empobrecimiento icónico imaginativo: el griego del siglo IV aC no necesitaba imágenes auxiliares para "ver" dentro de sí a Aquiles, el de los pies ligeros, enfrentándose al rey Agamenon por la rubia Briseida o emocionarse con la destrucción de Troya tras el ardid del Caballo de madera o el astuto Ulises engañando al enorme Cíclope. Los héroes y los malvados de las grandes historias fundacionales formaban los arquetipos que Jung estudió y nos mostró en el fondo de los oscuros demonios que inspiraron a los nazis o los que anidan en la torturada mente de neuróticos y psicóticos. Valentin Propp, Mircea Elialde y otros mitólogos nos han advertido de la influencia subliminal de las leyendas y los cuentos infantiles tradicionales.

Es de esperar que la Era Digital nos proporcione otro tipo de relatos fundacionales. Pero todo es un elemento básico, profundamente enraizado en el ser humano desde su nacimiento, en la genética de la especie: la necesidad del "bípedo implume" como nos llamaba Sócrates, según Platón, de tener una historia, una narración que nos contamos, en relación con la cual entender la propia vida.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 julio 2019 5 19 /07 /julio /2019 18:03

¿Qué hubiera sido de la humanidad si no hubieran existido el lenguaje y la escritura? Seguramente jamás hubiéramos llegado a inventar la bomba atómica, al exterminio burocrático-científico de millones de personas en campos de concentración, a provocar hambrunas, éxodos y matanzas por todo el planeta, a contaminar las aguas, la tierra y los cielos hasta límites apocalípticos, a hacer desaparecer inexorablemente cientos de especies animales y vegetales (nuestros supuestos compañeros de hábitat) a entender que la violencia, el abuso, el engaño y el robo forman parte indivisa de nuestra existencia cotidiana... y tampoco hubiéramos disfrutado del Quijote, de Shakespeare, Dickens, la Divina Comedia, Milton, los Vedas, las Mil y una Noches, del Sócrates de Platon, Epicuro, Aristóteles, Kant, Montaigne, Descartes, Wittgenstein, Russell los libros de Historia, de grandes viajes, Darwin, Einstein, los geógrafos desde Ptolomeo a Humbolt... sin los textos que la amparan y canonizan no habría profundas calas de espiritualidad en la mente humana y el acervo cultural de la Humanidad no existiría. Seres simiescos a los que nunca conmovería el teatro, el cine, la música...

La pregunta es retórica y se abre a una dicotomía insalvable: la barbarie y el instinto de supervivencia de la horda primitiva o la ambivalente carga de la historia que hemos inventariado tras miles de años de signos gráficos con significado, códigos en cuyas entrañas late la identidad de pueblos y personas y el reflejo histórico de esa relativamente breve y efímera presencia, con un trasfondo dramático de imperios que surgen, florecen y mueren, a veces sin dejar rastro, del florilegio de ideas políticas, sociales, científicas o filosóficas que van dinamizando el desarrollo, progreso y a veces destrucción de naciones e individuos. Más de cuatro mil años de literatura universal convierten en mera tentativa caprichosa e incompleta cualquier intento de reflejar una variedad y complejidad casi inagotable. El libro de Martin Puchner picotea aquí y allá sin pretender en ningún momento la locura de tratar de ser exhaustivo. 

Puchner, catedrático de literatura europea de Harvard, recurre a dieciseis textos que él considera fundamentales buscamdo a través de viajes personales contextualizar dichas obras con el ambiente en el que nacieron, al menos de forma indirecta inevitable dada la distancia cronológica y los enormes cambios habidos. Aunque en algunos, como el Sáhara (desde donde evoca la "Epopeya de Sunjata") o la selva mejicana y centroamericana donde aún alguien habla del "Popol Vuh".

El autor considera esos textos como "fundacionales", que "solían estar custodiados por sacerdotes que los atesoraban en el corazón de los imperios y naciones, mientras que los reyes los impulsaban porque sabían que un relato podía justificar conquistas y proporcionar cohesión cultural.” Como es natural en la historia de la cultura hay una dinámica progresiva, desde los escasos de tiempos antiguos hasta que "a medida que se extendía su influencia fueron apareciendo nuevos textos hasta que el globo se fue pareciendo más y más a un mapa organizado por la literatura, por los textos fundacionales que dominaban una determinada región”. El creciente poder de esta clase de textos situó a la literatura “en el centro de muchos conflictos, entre ellos las guerras de religión.” O más tarde, nos dice Puchner, de forma un tanto reduccionista,en la Guerra Fría, "en gran medida una guerra entre textos fundacionales: La Unión Soviética se había fundado a partir de las ideas articuladas en un texto mucho más reciente que la Biblia: El manifiesto comunista, escrito por Marx y Engels y leído con avidez por Lenin, Mao, Ho y Castro.”

Para seguir una coherencia cronológica, nuestros autor nos lleva desde el arcaísmo de escribas que compilaban textos orales recitados por aedos ante multitudes casi hipnotizadas por el poder evocativo de las palabras, es decir obras como Gilgamesh, la Biblia hebrea del Antiguo testamento, la Iliada o la Odisea. Más tarde serán textos inspirados por Buda, Sócrates, Pitágoras, Demóstenes o Jesús. Seguirán los escritos y publicados minoritaria y limitadamente por los grandes maestros literarios y filosóficos, adorados por la aristocracia y la burguesia. Llegando a la eclosión de la imprenta, la producción masiva y las masas alfabetizadas..hasta la radical revolución digital de internet, cuyo camino futuro está tan lleno de angustiosos interrogantes, como de comodidades impensables y aspectos positivos lo está en el presente.

 

FICHA

EL PODER DE LAS HISTORIAS.- Martin Puchner. Ed. Crítica. Trad. Silvia Furió. 394 págs. 23,90 euros. ISBN 9788491990260

 

 

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10 julio 2019 3 10 /07 /julio /2019 11:10

Puede haber quien piense que este tipo de novelas, victoriana hasta la médula, están obsoletas y un poco ridículas si comparamos las peripecias y pensamientos de sus personajes principales con los que rigen en la novela actual o los estereotipos que parecen activos en las sociedades varias que conforman el universo costumbrista del siglo XXI. Están errados. Pensar que somos muy distintos a los personajes de Ellen Wood, la escritora inglesa que debía escribir y publicar como un ser subordinado al apellido marital en pleno siglo XIX durante el larguísimo reinado de la sin par Victoria, es una falacia. Aparente, superficialmente sí. Pero si rascamos un poco en la supuesta libertad de costumbres actuales veremos las mismas perplejidades, parecidos errores, semejantes valoraciones equivocadas,decisiones tan absurdas y autodestructivas como las que tiene cualquier hija (hijo) de vecino. No se trata del exceso literario de este folletín o folletón (como me decía Guillermo Cabrera Infante en una lejana entrevista con mucho desparpajo: no olvidemos que la palabra viene del verbo que ustedes suponen y esa actividad está tan en vigor como entonces) que incluso puede ser leído en clave de cierto humor (algo hipócrita por supuesto), sino del vigpr y actualísimo rigor de los retratos psicológicos que conforman a los principales personajes, fundamentalmente a lady Isabel Vane, al malvado rijoso Levison y al marido modelo de bonhomía, Archibald Carlyle.

La moralina, los aspavientos éticos, la hipocresía social, la rigidez censora, van trufando la acción que transcurre con la volubilidad y el capricho del Amazonas y sus afluentes, conformando argumentos paralelos, confluyentes o impertinentes que distraen al lector, como el asesinato de un personaje secundario en la mansión que da nombre a la novela East Lynne, la huida de un presunto culpable y la abnegada lucha de otra de las protagonistas, Bárbara (enamorada en secreto del recto y varonil Archibald) para demostrar su inocencia. Como ven la cosa da para pasarlo bomba en un fin de semana excesivamente caluroso, en la sombra bajo un árbol, en una tumbona, si es posible en un rural jardín inglés.

Ellen Price Wood nació en Worcester en 1814, dos años después de hacerlo Dickens, su "rival" en fama literaria y murió en 1887 veinte años después que su marido, al que dio cinco hijos y el honor de llevar su apellido a la alta literatura inglesa de la época. Cuando el bueno de Henry Wood se "marchó", Ellen revivió (como por cierto le ocurre a muchas viudas, no viudos) compró y editó la revista "Argosy" en la que fue publicando once novelas más hasta su fallecimiento. La novela que hoy nos ocupa fue un éxito sonado que se llevó con éxito a las tablas y a la pantalla. Las regalías y beneficios de su actividad literaria salvaron a la familia de  Henry Wood de la ruina y después mantuvieron en jovial actividad a Ellen (treinta y cinco novelas en total), persona muy enfermiza pero resistente, hasta su muerte.

Parece que Tolstoi apreciaba la novela, cosa que no me extraña dadas las semejanzas conceptuales con "Anna Karerina" (y con la Madame Bovary de Flaubert) y también con el gusto del ruso por complejos universos literarios en los que las tortuosas líneas argumentales van dibujando un escenario tan repleto de eventos que el lector puede pasarse el día siguiendo caminos distintos que al final, oh maravilla, se desdibujan para concentrar la atención en el trazo principal de la novela. Nuestra autora tiene un sarcasmo disfrazado de corrección o incorrección política según le conviene y una ironía moralista que va esparciendo por todos lados (lo cual debía poner a mil a los lectores de su época y más a las lectoras). Hombres con "apariencia distinguidas y modales impecables" y mujeres con"una forma esbelta, agraciada y juvenil, un rostro de primorosa belleza, una belleza que sólo se ve gracias a la imaginación de un pintor". Ya está preparado el comienzo. Y más de seiscientas páginas después nos llega el veredicto final que cierra el collar (o dogal) victoriano: "Si nos esforzamos, llegarán cosas buenas- dijo el señor Carlyle- Bárbara, nunca olvides que la única manera de alcanzar la paz es hacer lo correcto, con la ayuda de Dios, sin egoísmo, con amor". Se oscurece la luminosa pantalla sobre un abrazo de esposos felices y FIN.

En el interín del lector, o lectora, queda una pluralidad casi incansable de sucesos, actos desesperados, errores, casualidades, tragedias inesperadas, accidentes, hallazgos, etc. Toda la máquina emocional y sentimental de una mujer inteligente que escribe sobre lo que no debería hacer una mujer con un tono que desmiente el juicio moral y cuestiona por qué no debería hacerlo. Esa es la carga "oculta" que el lector o lectora percibirán (y disfrutarán). Tanto en la época de la novela en que se discutía la  ley del divorcio, Acta de causas matrimoniales de 1857, y las consecuencias legales del abandono de hogar y los hijos, como en la actual, si el lector atiende al brillante ejercicio.de análisis de las pasiones humanas que la autora nos ofrece. El escándalo estaba servido y el éxito unido a ese escándalo.Fue una de las mejores "novelas sensacionalistas británicas" que produjo la época victoriana. Hoy es una divertida curiosidad literaria que encantará los aficionados a la Inglaterra victoriana, con sus defectos evidentes y la riqueza literaria enorme de los autores de la época.

FICHA

LOS MISTERIOS DE EAST LYNNE.-Ellen Wood.-Trad. Joan Eloi Roca.- PVP 32,50 euros. 668 páginas. Ed. Ático de los libros. ISBN 9788416222995

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5 julio 2019 5 05 /07 /julio /2019 09:34

Vaya de entrada que Arturo es amigo mío, viejo colega con el que me entrecrucé durante años por diferentes lugares de Europa y aledaños y que ahora ha recalado en mi periódico de toda la vida, "La Vanguardia", añadiendo un eslabón más a la cadena amistosa que nos une. Esto no es excusa ni salvoconducto: nos conocemos y nos respetamos. Con lo cual todo queda dicho. Su "novela" que es más una autoficción realista que una narración, tiene una gran virtud y un pequeño defecto. La virtud es que en sus páginas late la energía, el humor, la ironía, la observación y la fuerza comunicativa de un  maestro del periodismo. El "defecto" es que no es una obra de creación literaria, ni trata de ser un original y renovador constructo novelesco: es una divertida. dinámica narrativa de semi ficción, en la que las tierras de Aragón quedan reflejadas con una gozosa contundencia semejante a la que Cervantes nos mostró con la Mancha del siglo XVII.

El punto de Arturo en "Pluma de buitre" es el uso discreto de una suerte de "realismo mágico" que parece un guiño a los que conocemos su estilo periodístico, algo desaliñado, barojiano y coloquial. Pues guiño es lo del fantasmal "winchester", su funda de cuero y la fantástica cualidad del arma de ser visible sólo a algunas personas. Eso da para mucho, como aquél "amigo invisible" que en la tele americana de los años 50 hacía las delicias  del personal, o la mula Francis, una especie de Sancho Panza en mula -que sólo hablaba en presencia a solas de su dueño- que alborotaba a carcajadas los cines de barrio en las tardes de domingo de mi infancia. No se trata del realismo mágico de García Márquez o el gallego Cunqueiro (ambos con ramalazos poéticos) sino de un cachazudo y sarcástico humor aragonés que San Agustín domina como nadie. Y todo ello trufado de cierto aire a western en blanco y negro o technicolor como los que he citado, tan abundantes en los  ocultos y luminosos meandros de la lejana infancia.

Precisamente este es el leith motiv básico de nuestro autor en esta novela atípica que busca la complicidad del lector (y más si es aragonés). Aragón se cuela entre las fisuras de la narración como una piedra de toque sobre la que el niño, el adulto y el hombre de edad que es el escritor va haciendo sonar la moneda de su naturaleza. Como en la realidad, lo que nos cuenta Arturo tiene que ver también con el desgarro íntimo que produce el interesado desgarro entre dos comunidades hermanas que están condenadas a entenderse a pesar de los obstáculos que los nacionalismos exacerbados van poniendo en esa entente natural que ofrece tierras de frontera que no entienden de límites geográficos y muchos menos políticos. Es una aberración natural que los hombres imponen en contra de la misma tierra.

Es una historia que va cabalgando entre las sombras queridas de un José Antonio Labordeta, inspirador áulico de este libro y otros como Javier Tomeo o el mçistico profeta en su tierra, Miguel de Molinos, o el oscense Ramón Acín. Todo aliñado con,los tópicos del western, con valles, montañas y mallos  de Riglos que evocan la Gran Valle Rocoso de John Wayne y hablando de Wayne, con aquella Maureen O´Hara de raíz irlandesa, pelirroja e indómita que nos enamoró de niños en "El hombre tranquilo" y que resuena en el imaginario de Arturo en memoria de su abuela irlandesa. Y como no podía ser menos en un cinéfago, hay un McDuffin, un pretexto que sirve de engarce y estímulo a la narración: una misteriosa cita bíblica que nos acompaña por toda la lectura y que el protagonista recibe cada  día a través del WattsApp, hablando de los engendramientos del Antiguo Testamento.

Un libro entrañable que se lee como un gran reportaje periodístico que se escapa de vez en cuando hacia la ficción y la autobiografía encubierta.

PLUMA DE BUITRE.- Arturo San Agustín.- Los libros del gato negro.-298 págs. ISBN 9788494865152

 

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28 mayo 2019 2 28 /05 /mayo /2019 08:52

La editorial Periférica se ha sacado un as escondido de la manga: una poco conocida novela corta del prolífico Charles Dickens. Volver de vez en cuando a Dickens se me antoja una medida de salud mental y estético-literaria. En este caso se trata de una obra menor del gran novelista, pero no por ello menos interesante. La maestría y agudeza del escritor se justifican ya por las primeras páginas. Los dos primeros capítulos empiezan por la frase "Ocurrió de este modo". Unas cuantas líneas nos muestran la irónica facilidad para engatusar al lector. El "capítulo tercero", empieza: "No pretendo contarlo todo directamente: lo desvelaré, mejor, poco a poco..." Eh, voilá, ya ha sacado el conejo narrativo de la chistera y el lector, como en vida de él, su público oyente, guarda silencio arrobado y pendiente de sus palabras. El mago popular, en el amplio sentido de la palabra, es decir emanado y con la autoridad que le da ser del pueblo llano, nos contará la historia de George Silverman, sus comienzos lúgubres y menesterosos, su relación con el cínico Hermano Hawkyard, su "tutor" y esos bandazos del destino, casi siempre miserable, al que tan acostumbrados nos tiene Dickens, aunque permita de vez en cuando, efímeramente, que un cálido rayo del sol mitigue la soledad y desdicha del héroe. La narración en primera persona permite a Dickens hacer gala de sus múltiples registros creativos y personajes y desdichas van desfilando de la mano poderosa y firme del escritor.

George, el protagonista, es un anciano que se las sabe todas a la hora de narrar sus cuitas, desde niño, "un bobo salvaje, un cachorro sarnoso, un lobezno" (obsérvese el ritmo metafórico). Como el propio Dickens, George desde  el principio identifica la causa de todos sus pesares: "La única y poderosa causa de toda ruina que conocía: la pobreza". Para acabar después de conocer la traición, el desengaño, la soledad, de una forma bastante acostumbrada en este autor "Finalmente me ofrecieron un beneficio eclesiástico universitario en un  lugar remoto y desde allí escribo ahora mi declaración." Las cosas se han arreglado con el tiempo y la paciencia. Dickens no puede evitar la nota compasiva y sentimental que le caracteriza: "La escribo en verano, junto a la ventana abierta; delante de mí, el descanso del cementerio, última morada para corazones sanos, corazones heridos y corazones rotos". Y con la habitual coquetería de los finales dickensnianos: "La escribo para alivio de mi propia alma, sin adivinar si tendrá o no un lector alguna vez". Y, punto final. Dickens deja al lector consumido por la lectura casi hipnótica, como dice Rafael Reig en el epílogo. Es una pequeña obra de "bindungsroman", de aprendizaje o formación, o mejor de deformación, de la personalidad de un sujeto, como nuestro "Lazarillo" o "Las cuitas del joven Werther" o "El retrato del artista adolescente" de Joyce. Pero el antihéroe de Dickens no se parece a estos últimos. aunque algo a nuestro Lázaro de Tormes, pasado por la hipocresía religiosa puritana  del "caritativo" y ruin Hawkyard (cuyo apellido denota el halcón -hawk- cazador implacable y feroz). Coincido con Reig en el desasosiego que provoca el final de esta breve novela, en la que, una vez más, la sociedad y su cultura de represiones acaba con un individuo cuyo único "delito" era haber sido un niño "salvaje" abandonado y no querido.

 

 
 

 

Charles Dickens. La declaración de George Silverman, traducc. de Elena García de Paredes, epílogo de Rafael Reig, Cáceres, ed. Periférica, abril 2019, 73 págs, 16’50 euros. ISBN: 978-84-16291-76-2.

 

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19 marzo 2019 2 19 /03 /marzo /2019 10:52

Malcom Bradbury era un profesor universitario, ensayista y novelista que obtuvo bastantes éxitos a partir de los años sesenta, tras un primer estudio crítico sobre la obra de Evelyn Waugh. Nació en una familia humilde de Sheffield en 1932 y murió en diciembre del 2000. El brillante y entretenido libro que comentamos nació de la colaboración de Bradbury con un programa cultural de una emisora londinense de televisión, a finales de los ochenta,(cuyo título fue después el del libro) en el que se analizó la incidencia de la Modernidad en la cultura, la sociedad, el arte y la literatura, las formas de pensar, los hábitos y convenciones y hasta la estructura del yo y el potencial del lenguaje a través de diez escritores que pertenecieron a la época que va desde finales del siglo XIX hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. En concreto hablamos de Joyce, Proust, Eliot, Ibsen, Viriginia Woolf, Kafka, Dostoievsky, Pirandello, Thomas Mann y  Joseph Conrad. Este libro fue escrito con los materiales y documentación preparados para el programa y ampliado con las reflexiones propias del autor.

Especialmente interesante es la introducción escrita por Bradbury sobre en qué consiste la Modernidad, su relación con los eventos políticos y sociales  en los que estuvo envuelta, sus principales figuras (empezando por el poeta Ezra Pound, cuyo "hagas lo que hagas, que sea nuevo" dirigido a todos los artistas de la época fue un detonante para poetas, escritores, dramaturgos, pintores y escultores) y los desafíos que se plantearon en una época histórica muy revuelta que encubaba el huevo de serpiente de la Gran Guerra (que sólo sería la Primera).

A través de la amena lectura de este libro de ensayos literarios uno descubre la importancia que las ideas y presupuestos de la Modernidad -en realidad fue un cambio de paradigma social, artístico y humano- tuvieron no sólo en sí mismos sino como preludio a los cambios que vendrían después del horror global de la II GM. El arte como desafío al orden establecido, a las costumbres tradicionales y encorsetadoras y a una forma de concebir el mundo que se haría añicos con los movimientos de liberación, el Manifiesto Comunista de Marx y Engels 1848), la emergencia del nuevo proletariado industrial que hacía temblar en sus cimientos a la sociedad burguesa por la visión revolucionaria, materialista y secular de la historia  que se estaba llevando a cabo. Y añadiendo en 1859 la publicación de "El origen de las especies" de Darwin, que socavó , junto a Freud, hasta la soberbia y la seguridad del hombre ante el resto de la Creación y sobre sí mismo.

En este contexto, Malcom nos presenta al protagonista de "Muerte en Venecia" de Mann, el escritor Gustav von Aschenbach y nos recuerda una frase de la novela donde se habla "de la necesidad que el artista experimenta de conocimiento peligroso, de presión creadora sobre sí mismo para abandonar las normas...y transgredirlas". Y eso es lo que todos y cada uno del resto de esos creadores analizados por Bradbury,  logró con su obra. Como Proust, Pound o Joyce que provocaron una capital transformación de las formas, el espíritu y la naturaleza de la poesía y la narrativa. Y de aquella polvareda, el actual lodazal, donde como siempre crecen nenúfares entre el barro. Fue Nietszche quien dijo proféticamente (en el siglo XIX): "los hombres modernos son los hijos de un periodo fragmentado, pluralista, enfermo y espectral". Y ni siquiera soñó que a ese desequilibrio metafísico se uniría el ácido de las nuevas tecnologías  que está dando el golpe de gracia a toda esa modernidad que Bradbury nos cuenta, provocando ya más nostalgia que admiración.

Y es que la lectura de este libro, además de hacernos desear volver a leer o empezar a leer a esos autores, nos da una lección actualísima sobre el movimiento cultural como dinámica del cambio de paradigma (no sólo la ciencia tiene ese poder). Si Ibsen nos dice "no hay pensamiento alguno que dure hoy más de veinte años" en su "Un enemigo del pueblo", escrito a finales de 1800, para significar esa movilidad destructiva de la modernez artística, ¿se imaginan la cara que pondría al ver que la vida media de cualquier producto cultural o tecnológico en nuestros días no pasa de dos semanas? O la frase de Virginia Woolf cuando escribía emocionada, "alrededor de 1910 , el carácter humano cambió de pronto" o los comentarios a los efectos "terminales" de la I Guerra Mundial, cuando D.H. Lawrence afirmaba "El mundo concluyó en 1915". Da un poco de vértigo comprobar la aceleración suicida de nuestro mundo actual comparado con aquél que evoca este libro a través de unos escritores que suman inteligencia, conocimiento, sensibilidad y genio creativo. Evidentemente la importancia literaria de esos diez autores es muy distinta y variada. El paso del tiempo, aun respetándolos, ha cribado el papel que han tenido en la Historia de la Cultura. Y así, Proust y Joyce, acompañados  quizá por Kafka y Eliot, están por encima de Mann, Woolf y Dostoievsky y todos estos siguen siendo más actuales que Pirandello, Ibsen y Conrad. Aún así vale la pena leerlos a todos pues cumplen los requisitos básicos de haber sido, en su época, detonantes muy activos de todos los cambios que hemos visto.

FICHA

EL MUNDO MODERNO.-DIEZ GRANDES ESCRITORES.- Malcom Bradbury.- Trad. Marco Aurelio Galmarini. Edhasa. 325 págs. ISBN 9788435014380

 

 

 

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