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5 julio 2019 5 05 /07 /julio /2019 09:34

Vaya de entrada que Arturo es amigo mío, viejo colega con el que me entrecrucé durante años por diferentes lugares de Europa y aledaños y que ahora ha recalado en mi periódico de toda la vida, "La Vanguardia", añadiendo un eslabón más a la cadena amistosa que nos une. Esto no es excusa ni salvoconducto: nos conocemos y nos respetamos. Con lo cual todo queda dicho. Su "novela" que es más una autoficción realista que una narración, tiene una gran virtud y un pequeño defecto. La virtud es que en sus páginas late la energía, el humor, la ironía, la observación y la fuerza comunicativa de un  maestro del periodismo. El "defecto" es que no es una obra de creación literaria, ni trata de ser un original y renovador constructo novelesco: es una divertida. dinámica narrativa de semi ficción, en la que las tierras de Aragón quedan reflejadas con una gozosa contundencia semejante a la que Cervantes nos mostró con la Mancha del siglo XVII.

El punto de Arturo en "Pluma de buitre" es el uso discreto de una suerte de "realismo mágico" que parece un guiño a los que conocemos su estilo periodístico, algo desaliñado, barojiano y coloquial. Pues guiño es lo del fantasmal "winchester", su funda de cuero y la fantástica cualidad del arma de ser visible sólo a algunas personas. Eso da para mucho, como aquél "amigo invisible" que en la tele americana de los años 50 hacía las delicias  del personal, o la mula Francis, una especie de Sancho Panza en mula -que sólo hablaba en presencia a solas de su dueño- que alborotaba a carcajadas los cines de barrio en las tardes de domingo de mi infancia. No se trata del realismo mágico de García Márquez o el gallego Cunqueiro (ambos con ramalazos poéticos) sino de un cachazudo y sarcástico humor aragonés que San Agustín domina como nadie. Y todo ello trufado de cierto aire a western en blanco y negro o technicolor como los que he citado, tan abundantes en los  ocultos y luminosos meandros de la lejana infancia.

Precisamente este es el leith motiv básico de nuestro autor en esta novela atípica que busca la complicidad del lector (y más si es aragonés). Aragón se cuela entre las fisuras de la narración como una piedra de toque sobre la que el niño, el adulto y el hombre de edad que es el escritor va haciendo sonar la moneda de su naturaleza. Como en la realidad, lo que nos cuenta Arturo tiene que ver también con el desgarro íntimo que produce el interesado desgarro entre dos comunidades hermanas que están condenadas a entenderse a pesar de los obstáculos que los nacionalismos exacerbados van poniendo en esa entente natural que ofrece tierras de frontera que no entienden de límites geográficos y muchos menos políticos. Es una aberración natural que los hombres imponen en contra de la misma tierra.

Es una historia que va cabalgando entre las sombras queridas de un José Antonio Labordeta, inspirador áulico de este libro y otros como Javier Tomeo o el mçistico profeta en su tierra, Miguel de Molinos, o el oscense Ramón Acín. Todo aliñado con,los tópicos del western, con valles, montañas y mallos  de Riglos que evocan la Gran Valle Rocoso de John Wayne y hablando de Wayne, con aquella Maureen O´Hara de raíz irlandesa, pelirroja e indómita que nos enamoró de niños en "El hombre tranquilo" y que resuena en el imaginario de Arturo en memoria de su abuela irlandesa. Y como no podía ser menos en un cinéfago, hay un McDuffin, un pretexto que sirve de engarce y estímulo a la narración: una misteriosa cita bíblica que nos acompaña por toda la lectura y que el protagonista recibe cada  día a través del WattsApp, hablando de los engendramientos del Antiguo Testamento.

Un libro entrañable que se lee como un gran reportaje periodístico que se escapa de vez en cuando hacia la ficción y la autobiografía encubierta.

PLUMA DE BUITRE.- Arturo San Agustín.- Los libros del gato negro.-298 págs. ISBN 9788494865152

 

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28 mayo 2019 2 28 /05 /mayo /2019 08:52

La editorial Periférica se ha sacado un as escondido de la manga: una poco conocida novela corta del prolífico Charles Dickens. Volver de vez en cuando a Dickens se me antoja una medida de salud mental y estético-literaria. En este caso se trata de una obra menor del gran novelista, pero no por ello menos interesante. La maestría y agudeza del escritor se justifican ya por las primeras páginas. Los dos primeros capítulos empiezan por la frase "Ocurrió de este modo". Unas cuantas líneas nos muestran la irónica facilidad para engatusar al lector. El "capítulo tercero", empieza: "No pretendo contarlo todo directamente: lo desvelaré, mejor, poco a poco..." Eh, voilá, ya ha sacado el conejo narrativo de la chistera y el lector, como en vida de él, su público oyente, guarda silencio arrobado y pendiente de sus palabras. El mago popular, en el amplio sentido de la palabra, es decir emanado y con la autoridad que le da ser del pueblo llano, nos contará la historia de George Silverman, sus comienzos lúgubres y menesterosos, su relación con el cínico Hermano Hawkyard, su "tutor" y esos bandazos del destino, casi siempre miserable, al que tan acostumbrados nos tiene Dickens, aunque permita de vez en cuando, efímeramente, que un cálido rayo del sol mitigue la soledad y desdicha del héroe. La narración en primera persona permite a Dickens hacer gala de sus múltiples registros creativos y personajes y desdichas van desfilando de la mano poderosa y firme del escritor.

George, el protagonista, es un anciano que se las sabe todas a la hora de narrar sus cuitas, desde niño, "un bobo salvaje, un cachorro sarnoso, un lobezno" (obsérvese el ritmo metafórico). Como el propio Dickens, George desde  el principio identifica la causa de todos sus pesares: "La única y poderosa causa de toda ruina que conocía: la pobreza". Para acabar después de conocer la traición, el desengaño, la soledad, de una forma bastante acostumbrada en este autor "Finalmente me ofrecieron un beneficio eclesiástico universitario en un  lugar remoto y desde allí escribo ahora mi declaración." Las cosas se han arreglado con el tiempo y la paciencia. Dickens no puede evitar la nota compasiva y sentimental que le caracteriza: "La escribo en verano, junto a la ventana abierta; delante de mí, el descanso del cementerio, última morada para corazones sanos, corazones heridos y corazones rotos". Y con la habitual coquetería de los finales dickensnianos: "La escribo para alivio de mi propia alma, sin adivinar si tendrá o no un lector alguna vez". Y, punto final. Dickens deja al lector consumido por la lectura casi hipnótica, como dice Rafael Reig en el epílogo. Es una pequeña obra de "bindungsroman", de aprendizaje o formación, o mejor de deformación, de la personalidad de un sujeto, como nuestro "Lazarillo" o "Las cuitas del joven Werther" o "El retrato del artista adolescente" de Joyce. Pero el antihéroe de Dickens no se parece a estos últimos. aunque algo a nuestro Lázaro de Tormes, pasado por la hipocresía religiosa puritana  del "caritativo" y ruin Hawkyard (cuyo apellido denota el halcón -hawk- cazador implacable y feroz). Coincido con Reig en el desasosiego que provoca el final de esta breve novela, en la que, una vez más, la sociedad y su cultura de represiones acaba con un individuo cuyo único "delito" era haber sido un niño "salvaje" abandonado y no querido.

 

 
 

 

Charles Dickens. La declaración de George Silverman, traducc. de Elena García de Paredes, epílogo de Rafael Reig, Cáceres, ed. Periférica, abril 2019, 73 págs, 16’50 euros. ISBN: 978-84-16291-76-2.

 

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19 marzo 2019 2 19 /03 /marzo /2019 10:52

Malcom Bradbury era un profesor universitario, ensayista y novelista que obtuvo bastantes éxitos a partir de los años sesenta, tras un primer estudio crítico sobre la obra de Evelyn Waugh. Nació en una familia humilde de Sheffield en 1932 y murió en diciembre del 2000. El brillante y entretenido libro que comentamos nació de la colaboración de Bradbury con un programa cultural de una emisora londinense de televisión, a finales de los ochenta,(cuyo título fue después el del libro) en el que se analizó la incidencia de la Modernidad en la cultura, la sociedad, el arte y la literatura, las formas de pensar, los hábitos y convenciones y hasta la estructura del yo y el potencial del lenguaje a través de diez escritores que pertenecieron a la época que va desde finales del siglo XIX hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. En concreto hablamos de Joyce, Proust, Eliot, Ibsen, Viriginia Woolf, Kafka, Dostoievsky, Pirandello, Thomas Mann y  Joseph Conrad. Este libro fue escrito con los materiales y documentación preparados para el programa y ampliado con las reflexiones propias del autor.

Especialmente interesante es la introducción escrita por Bradbury sobre en qué consiste la Modernidad, su relación con los eventos políticos y sociales  en los que estuvo envuelta, sus principales figuras (empezando por el poeta Ezra Pound, cuyo "hagas lo que hagas, que sea nuevo" dirigido a todos los artistas de la época fue un detonante para poetas, escritores, dramaturgos, pintores y escultores) y los desafíos que se plantearon en una época histórica muy revuelta que encubaba el huevo de serpiente de la Gran Guerra (que sólo sería la Primera).

A través de la amena lectura de este libro de ensayos literarios uno descubre la importancia que las ideas y presupuestos de la Modernidad -en realidad fue un cambio de paradigma social, artístico y humano- tuvieron no sólo en sí mismos sino como preludio a los cambios que vendrían después del horror global de la II GM. El arte como desafío al orden establecido, a las costumbres tradicionales y encorsetadoras y a una forma de concebir el mundo que se haría añicos con los movimientos de liberación, el Manifiesto Comunista de Marx y Engels 1848), la emergencia del nuevo proletariado industrial que hacía temblar en sus cimientos a la sociedad burguesa por la visión revolucionaria, materialista y secular de la historia  que se estaba llevando a cabo. Y añadiendo en 1859 la publicación de "El origen de las especies" de Darwin, que socavó , junto a Freud, hasta la soberbia y la seguridad del hombre ante el resto de la Creación y sobre sí mismo.

En este contexto, Malcom nos presenta al protagonista de "Muerte en Venecia" de Mann, el escritor Gustav von Aschenbach y nos recuerda una frase de la novela donde se habla "de la necesidad que el artista experimenta de conocimiento peligroso, de presión creadora sobre sí mismo para abandonar las normas...y transgredirlas". Y eso es lo que todos y cada uno del resto de esos creadores analizados por Bradbury,  logró con su obra. Como Proust, Pound o Joyce que provocaron una capital transformación de las formas, el espíritu y la naturaleza de la poesía y la narrativa. Y de aquella polvareda, el actual lodazal, donde como siempre crecen nenúfares entre el barro. Fue Nietszche quien dijo proféticamente (en el siglo XIX): "los hombres modernos son los hijos de un periodo fragmentado, pluralista, enfermo y espectral". Y ni siquiera soñó que a ese desequilibrio metafísico se uniría el ácido de las nuevas tecnologías  que está dando el golpe de gracia a toda esa modernidad que Bradbury nos cuenta, provocando ya más nostalgia que admiración.

Y es que la lectura de este libro, además de hacernos desear volver a leer o empezar a leer a esos autores, nos da una lección actualísima sobre el movimiento cultural como dinámica del cambio de paradigma (no sólo la ciencia tiene ese poder). Si Ibsen nos dice "no hay pensamiento alguno que dure hoy más de veinte años" en su "Un enemigo del pueblo", escrito a finales de 1800, para significar esa movilidad destructiva de la modernez artística, ¿se imaginan la cara que pondría al ver que la vida media de cualquier producto cultural o tecnológico en nuestros días no pasa de dos semanas? O la frase de Virginia Woolf cuando escribía emocionada, "alrededor de 1910 , el carácter humano cambió de pronto" o los comentarios a los efectos "terminales" de la I Guerra Mundial, cuando D.H. Lawrence afirmaba "El mundo concluyó en 1915". Da un poco de vértigo comprobar la aceleración suicida de nuestro mundo actual comparado con aquél que evoca este libro a través de unos escritores que suman inteligencia, conocimiento, sensibilidad y genio creativo. Evidentemente la importancia literaria de esos diez autores es muy distinta y variada. El paso del tiempo, aun respetándolos, ha cribado el papel que han tenido en la Historia de la Cultura. Y así, Proust y Joyce, acompañados  quizá por Kafka y Eliot, están por encima de Mann, Woolf y Dostoievsky y todos estos siguen siendo más actuales que Pirandello, Ibsen y Conrad. Aún así vale la pena leerlos a todos pues cumplen los requisitos básicos de haber sido, en su época, detonantes muy activos de todos los cambios que hemos visto.

FICHA

EL MUNDO MODERNO.-DIEZ GRANDES ESCRITORES.- Malcom Bradbury.- Trad. Marco Aurelio Galmarini. Edhasa. 325 págs. ISBN 9788435014380

 

 

 

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3 febrero 2019 7 03 /02 /febrero /2019 09:55

Ayer volví a visitar "Irish" la película biográfica que Richard Eyre dedicó a la escritora Iris Murdoch, con un formidable terceto de actores: Kate Winslet y Judi Dench dando imagen de la juventud y la desdichada vejez de la escritora y Jim Broadvent prestando su físico inigualable de bondad e inteligencia a John Bayley, el marido y compañero de Irish durante más de 40 años. Precisamente en el libro de éste "Elegía a Irish" de 1999, se basa el guión de la película (un libro y un guión ligeramente manipulados al parecer por Bayley debido seguramente a que para esas fechas era una persona muy mayor y olvidadiza, y no había olvidado los disgustos y problemas que le causó cuidar a Irish durante sus últimos años, derruidos por el Alzheimer) Este año se cumple el centenario del nacimiento en Dublin de Irish.  Fue una joven provocadora, libre sentimentalmente hasta el extremo (entre sus amoríos más sonados está la relación con el judío Elias Canetti, que no la trata muy bien en sus memorias) sumamente inteligente y brillante en sus novelas y ensayos. Recuerdo con placer la lectura reciente de "El fuego y el sol", un ensayo sobre la paradoja de un Platón que ansía la Belleza y al mismo tiempo destierra a los artistas como un peligro en la búsqueda de la Verdad. Y, en novela, "Bajo la red", su primera novela, no la mejor desde luego, rescatada por Impedimenta el pasado año por la proximidad del centenario, supongo. En ella, una especie de "Ulises" con Londres como escenario y un protagonista que lo recorre como si fuera un Bloom más joven y desorientado, una mezcla de Tom Jones y de David Copperfield, nos muestra con ojos de pícaro las calles, rincones, pubs y gentes de un sucio Londres recién salido de la guerra, bohemio, desternillante, promiscuo y escasamente moral. De aquella lectura saqué una notas que dejan bien clara la calidad intelectual de Irish: "Toda teorización es una huida. Debe dirigirnos la situación en sí, y eso es inexpresablemente concreto. Desde luego, es algo a lo que nunca podemos acercarnos lo bastante, por mucho que intentemos, por así decirlo, meternos bajo la red". ¿De qué red habla Iris y su personaje? Del lenguaje, por supuesto. Algo que vemos en este otro fragmento de diálogo entre dos personajes de la novela: "Hay situaciones que no se pueden desenredar nunca-dijo Hugo- tienes que dejarlas a un lado. Tu problema, Jack,  es que quieres comprenderlo todo con empatía y no puede ser. Uno debe andar a trompicones aunque se equivoque. La verdad reside ahí. -Oh, al infierno la verdad... Las acciones no mienten; las palabras siempre...pero ya veo que todo ha sido una alucinación." (pág. 311). Y más adelante: "¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor". (pág. 325). Y en otro lugar añade: "solo hay una cosa que haga a una mujer perdurar y es la inteligencia". o "encontrar a alguien inagotable es la definición del amor".

Pienso que la inteligencia como elemento básico para "perdurar" es necesario pero no suficiente. En estas cosas el azar, la oportunidad y el "kairós" o "momento adecuado" tienen mucho que decir, según afirmaba el viejo Epicuro basándose en Aristóteles nada menos. Y esto es válido para hombres y mujeres (sólo que éstas últimas también necesitarán superar los prejuicios ancestrales en contra). Y en cuanto a la "inagotabilidad" (lo siento por los "machos alfa"), no se refiere a la sexual, sino a la genuinamente basada en el intelecto, la sensibilidad, la empatía (del griego empathéia: capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos): , la creatividad, la generosidad y la compasión. Miren a su alrededor y si ven a alguien que tenga ese tipo de inagotabilidad, no le dejen que desaparezca de su vida. Hay muy pocos seres humanos así.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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24 enero 2019 4 24 /01 /enero /2019 10:29

No tiene sangre inglesa en las venas pero domina el idioma hasta tal punto que está escribiendo novelas de tanta valía que le llevaron a lograr el Premio nobel de Literatura. Su origen japonés no ha sido obstáculo para escribir una novela tan fuertemente british como "Lo que queda del día" donde sabe mostrarnos los recovecos más ocultos del talante británico en sus diferentes clases sociales y de crear a unos personajes dotados de una profundidad y una humanidad casi shakesperiana. Además del Nobel (2017) se ha llevado los prestigiosos Whitbread (por "Un artista del mundo flotante" o un Booker por "Lo que queda del día",

"Cuando fuimos huérfanos" es una novela híbrida que comienza como una narración de detectives, se va convirtiendo en una novela bélica y acaba siendo un experimento literario en el que la psicología y los sentimientos de los personajes van hipnotizando al lector en una acción -y reflexión- de un dinamismo y un talento descriptivo excelentes. El protagonista es un detective que intenta conocer el paradero de sus padres en un docudrama bélico que nace tras el nacimiento del protagonista , Christopher Banks, en Shangai a comienzos de siglo. Su padre trabajaba para una empresa británica que siguiendo la política colonialista de Inglaterra estaba envenenando China con el mercado del opio. La desaparición misteriosa de sus padres cuando el niño tenía nueve años, lleva a éste a un internado en Inglaterra. La narración arranca en 1930, cuando Banks ya trabaja como detective y se ha labrado una gran reputación. Llega a Shangai en los momentos previos a la guerra con las amenazadora presencia japonesa en la colonia británica.  Una vez allí se enfrenta a una situación caótica y pre-bélica y las escasas pistas de que dispone están basadas en recuerdos y la manipulación de la propia memoria. Compañeros de estudios, uno de ellos japonés, débiles recuerdos que el narrador -el detective en primera persona- no logra estructurar de una forma coherente. Las implicaciones psicológicas de todo lo que le rodea, el momento duro de la confrontación chino-japonesa, la necesidad de tomar partido, son elementos que van aumentando la complejidad de la trama que deja de ser la de una novela de género para convertirse en una novela de alta literatura.

La historia. a pesar de una cierta ingenuidad nostálgica y familiar del protagonista, se ve inundada por el asfixiante clima de corrupción que desde que llega a Shangai va envolviendo al detective. No hay héroes, Banks es un muñeco trágico que va  mostrando la orfandad en la que vive, de sus padres, de sus amigos, del pasado en la ciudad y de la propia Shangai que se convierte en un escenario del Bosco. No hay salidas. Solo un desarrollo perturbador y un final triste y sin posible redención. Un drama personal que es la tragedia de una época. Y una brillante obra de Kazuo Ishiguro, en la que ,con un poco de cuidado, se pueden percibir ciertos detalles que nos recuerdan el origen del escritor, mucho más que en ninguna otra de las novelas que he leído de él.

FICHA

CUANDO FUIMOS HUÉRFANOS.- Kazuo Ishiguro.- Trad. Jesús Zulaika. Anagrama, 2001. 404 págs, 
 

 

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