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5 septiembre 2021 7 05 /09 /septiembre /2021 16:07

ALEGACIONES  EÓLICAS

(ARTICULO PUBLICADO EN LA COMARCA 030921)

Parece que la batalla de don Quijote contra los molinos ha sido ganada por esos “gigantes” con la fea y ávida cara del capital y los fondos buitre. Se exigen unas alegaciones que, después de todas las campañas habidas en nuestra tierra, suena a tomadura de pelo. Pero es una norma jurídica que no se puede ignorar, aunque nos lanza un doble mensaje: el proceso legal de adjudicación está en marcha; y, como suele suceder, el efecto de tales alegaciones está en relación inversa con la importancia de los que se lucrarán con los parques eólicos. Cuanto más poder tienen los que proponen, menos valor tienen las alegaciones. ¿Y los poderes públicos y políticos? Actuarán como puedan y quieran, pero son gestos retóricos de cara a la galería, vacíos de operatividad. Habrá molinos en el horizonte. O no. Aún no estamos  vencidos.

Las empresas energéticas se ajustan al síndrome neoliberal del beneficio a cualquier precio, las falacias informativas y el consumismo desatado. Naomi  Klein decía que “el mercado alimenta su avidez insaciable de crecimiento, redefiniendo como “productos comerciales”, susceptibles de compraventa, sectores enteros que siempre se consideraron parte del dominio público, como el aire sano, el viento, el sol, el agua, la tierra, la fauna y la flora, los bosques y los ríos, en suma, el paisaje, el entorno natural. Para ello lanza mensajes demagógicos cubriendo su piel de lobo con el disfraz del ecologismo y la lucha contra el cambio climático.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿Qué debemos hacer? Hay que evitar que, como en tantos otros asuntos, la lógica depredadora del capital (“Capital Energy” se llama la empresa) se imponga a los intereses de los ciudadanos, ante la impotencia o la complicidad política. Parafraseo una cita de Lenin a nuestro caso. “La conciencia política de la lucha antiproyectos eólicos en la Comarca no se le puede proponer al ciudadano más que desde el exterior, desde fuera de los intereses económicos y las relaciones entre cierto sector público y el capital”. Propongamos  una respuesta activa:

El hecho: el BOE somete el 27 de agosto (en pleno periodo estival en la Administración) a información pública, los parques eólicos Arlo: el Argestes de 96 MW en La Fresneda, Fórnoles, La Portellada y Ráfales y su infraestructura de evacuación que afecta también a Valdetormo, Valjunquera y Mazaleon;  el Arlo de 102MW en Maella, Valdeagorfa; el Paucali en Maella y Mazaleón; el Céfiro de 196 MW en Mazaleon, Valdetormo, Valjunquera, La Fresneda y Fórnoles, cuyas infaestructuras de evacuación se ubica también en Calaceite, Maella y pueblos de Tarragona.

En total 84 aerogeneradores de 6 MW de potencia nominal, 115 m. de altura de buje y 176 m. de diámetro de rotor. Torres de más de 200 m. emplazadas en las zonas más elevadas y visibles del Matarraña y Bajo Aragón.  Plazo de alegaciones hasta el 5 de octubre.

La respuesta: Movilizar en una acción común a la Plataforma en Defensa de los Paisajes de Teruel, a todos los municipios afectados, más los solidarios, y a los agentes y empresarios locales.

--Promover la firma de los ciudadanos a las alegaciones, en todos los pueblos y ciudades de la zona: recordando a los interesados que las promesas empresariales de puestos de trabajo, repercusión positiva en el coste de la energía y tecnología y estructuras no dañinas con el territorio, no se sostienen. Se ha visto  en otros territorios. Aportar datos.

--Usar la pionera “Carta del paisaje” (surgida de la Universidad de Zaragoza), las exigencias de la Red Natura 2000  y otras figuras de protección ambiental como los planes de protección de especies protegidas (águila, azor, perdicera), como base de un apoyo universitario y científico que respalde la negativa contra esos proyectos.

--Exponer la inexactitud en temas como la topografía inadecuada utilizada - 1.5000-, el destino de la energía –se cita a Cataluña—, la falta de precisión en la definición de elementos del proyecto como son las zanjas de evacuación para la media tensión que suponen una agresión enorme al territorio y el superávit existente en energía en estos momentos en Aragón, que hace inexplicable tales proyectos, a no ser que se pretenda especular con ellos.

Conclusión: vamos a alegar en el mísero plazo que se ha dado (30 días hábiles) que se detenga el cómputo operativo de instalación de los parques por masiva y unánime oposición de personas y entidades que viven y trabajan en el territorio.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 septiembre 2021 4 02 /09 /septiembre /2021 15:55

Entérense ustedes: vivimos en el Antropoceno, nombrecito popularizado – que no creado-  por el holandés Paul Crutzen, Nobel de Química a principios del 2000, con el que definía la época en la que las actividades y la codicia del hombre comenzaron a provocar cambios geofísicos, climáticos y ecológicos a nivel planetario.

Cada vez hay más voces de científicos, periodistas, biólogos, ingenieros, expertos en geología, botánica, filósofos y políticos honestos, asociaciones de defensa de la naturaleza, bioquímicos, incluso expertos en biotecnología, medicina, geógrafos, paleontólogos, biocientíficos en zoología terrestre y marina, ornitología, climatólogos y economistas no abducidos por el sistema o personas de diversos oficios y profesiones que ansían un mundo sostenible, que consideran que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior más próximo, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares existentes y dañado ríos, lagunas y hábitats marinos en toda nuestra superficie e incluso sectores explotados de las profundidades de la tierra. El Antropoceno (de “antropos”, hombre y “kainos”, actual) debería ser conocido como “Antropoidioceno”  ya que la especie más abundante de homínidos vivientes siguen los pasos de sus congéneres más activos desde el principio de los tiempos: los idiotas. Es un tipo de naturaleza humana proclive a hacer consciente o inconscientemente todo el daño posible a sus semejantes, al entorno y  a sí mismos, pudorosamente investidos de “principios” religiosos, económico-codiciosos, tradiciones absurdas cuajadas de hipocresía y prejuicios, intereses bastardos o nacionalistas, “progresismo” mal entendido, fanatismos varios y pura y supina estupidez, a veces con el sello de la “ciencia” reinante, que conjuntamente han causado una tendencia progresiva e imparable de acumulación de desastres progresivos  con efectos dañinos para el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el irreversible daño que el consumo irresponsable de los recursos naturales está provocando en el hábitat natural. El Antropoidioceno podría ser la última era de la especie humana, aunque seguramente no del planeta, que podrá recuperarse con el tiempo como lo hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Para ilustrar este duro y punzante discurso y sin ánimo de ser apocalíptico, de entre la abundancia pesimista de libros científicos o de divulgación publicados desde los años 90, les recomiendo la lectura de dos libros actuales, ambos de la misma autora: “LA SEXTA EXTINCIÓN” Y “BAJO UN CIELO BLANCO”, debidos a la pluma de una periodista norteamericana especializada en temas científicos, Elizabeth Kolbert. Lo hago no sólo con el ánimo de mostrarles una vez más la peligrosa deriva de estos asuntos que a todos nos conciernen- de la que tienen abundantes pruebas en artículos y filmaciones en diarios y televisión o internet- sino porque la Kolbert nos da “una de cal y otra de arena” en estos libros. El primero es demoledor por su denuncia histórica y el segundo es una búsqueda periodística, honesta y valiente, de razones por las que cabe un rayo de esperanza en este negro futuro que nos devora de forma progresiva.

Los científicos definen las extinciones en masa  como eventos que eliminan “una fracción significativa de la biota (biosfera) del mundo en un periodo de tiempo geológicamente insignificante” (desde un punto de vista de la existencia humana).  Como dice Michael Benton, un paleontólogo que ha estudiado algunas de las cinco extinciones  globales anteriores, “la historia de la vida  consiste en largos periodos de aburrimiento ocasionalmente interrumpidos por el pánico”. Según el último informe de la Plataforma Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático (IPCC), estamos navegando a plena vela hacia uno de esos momentos de pánico, el sexto para ser exactos. En las “Cinco Grandes” extinciones anteriores, desaparecieron casi todas las especies vivas del planeta, animales, vegetales, desde el más humilde escarabajo hasta los diplodocus o mastodonte. El hombre no había aparecido, lo cual fue de agradecer, ya que en lugar de durar cada era millones de años en el sistema de conteo humano, con el hombre y a las vistas de esta presumible sexta extinción que nos amenaza y la velocidad de crucero que lleva, el planeta habría contabilizado mucho más de seis o, simplemente, no existiría como lugar habitable.

La característica más notable de esta Sexta extinción, nos dice Kolbert es que el hombre es el único y casi total responsable Lo que constituye un aporte de humildad y pesar es el conteo de especies que la autora nos pone sobre la mesa, aniquiladas por el depredador progreso humano, principalmente desde el siglo XVIII. A finales de ese siglo James Watt diseña una nueva máquina de vapor que abre las puertas a la era de la industrialización, al uso abusivo de los combustibles sólidos y la emisión de dióxido de carbono (CO2) unido a la destrucción del mundo vegetal causado por la cadena “producción excesiva-consumo irresponsable”, que provoca la ruina de ecosistemas vegetales (uno de los factores que reducían el índice de calentamiento global). En cada capítulo de su primer libro, Kolbert, nos habla de la desaparición de alguna especie emblemática como el alce gigante, el mastodonte americano, los dinosaurios, los corales de la Gran Barrera (un mundo de especies en sí mismo): en total, para finales de este siglo,  el 50% de la especies que existían en el planeta (en un pronóstico optimista, dados los últimos datos sobre la situación de la emergencia climática). Como dijo el ecólogo Paul Ehrlich: “al empujar a otras especies a la extinción, la Humanidad está cortando la rama que la sostiene”.

En “Bajo un cielo blanco”, Kolbert da un giro copernicano a su trabajo y nos habla de los esfuerzos que los hombres y su alta tecnología están haciendo no sólo para preservar ciertas especies en peligro de extinción sino para tratar de frenar o incluso revertir el proceso suicida en el que estamos metidos.

A pesar de ese planteamiento optimista, la autora tiene una visión realista de la situación: los 8.000 millones de humanos sobre la Tierra no sólo somos demasiados, en términos de equilibrio vital ecológico, sino que somos una enorme fuerza destructiva para cualquier otra especie que habita el planeta y el propio ecosistema de éste, con lo cual se está produciendo una respuesta tan o más destructiva que la nuestra y que nos afectará de lleno.

Sin embargo el libro es una narración periodística de los viajes y entrevistas que la autora ha realizado por todo el mundo, en los ámbitos científicos, para hablarnos de las especies que tratamos de preservar por todos los medios cuando ya están a punto de extinguirse. Y así nos habla del pez más raro del mundo que sólo existe en pleno desierto de Mojave; de la Gran Barrera de los corales, arrecifes que están muriendo y cuya desaparición alterará brutalmente la vida en los océanos; de la labor titánica de unos ingenieros islandeses que están convirtiendo el CO2 en piedras, mineralizándolo al inyectarlo en rocas volcánicas submarinas; O un estudio sobre la plantación en todo el planeta de billones de árboles. Un billón de árboles logra absorber doscientos gigatones (una gigatonelada son mil millones de toneladas) de carbono de la atmósfera; la geoingeniería solar que propone esparcir en la estratosfera una cantidad inimaginable de partículas reflectivas de diamante que cubrirían la tierra, provocando no sólo que llegara menos luz a la tierra y mucho menos calor, lo que bajaría las temperaturas en el planeta y nos rodearía un cielo blanco: se acabarían los maravillosos amaneceres y puestas de sol. Un mundo de sombras permanentes, como en “Blade Runner” o en “Matrix”; Y en fin experimentos de ingeniería genética para manipular el mundo a favor de la supervivencia, en un paradójico ciclo que trataría de recomponer todo aquello que hemos destruido.

La pregunta clave, a pesar de la cada vez más precaria postura de los negacionistas contra el cambio climático, es: ¿Por qué seguimos negándonos a ver y apreciar lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir? ¿Por qué en el fondo de nuestra mente lo seguimos considerando una exageración, casi una “fake news” creada por una ciencia conspiratoria y vendida a ocultos intereses? Paradójicamente es que en el fondo de nuestra mente tenemos una fe ciega en unas fuerzas, héroes o descubrimientos, en una tecnología capaz de revertir los errores cometidos con el toque mágico de un invento salvador y que nos permitiría seguir en la senda del progreso y el desarrollo que no cesan de prometer los muchos demagogos populistas que están actuando en el mundo.

Somos incapaces de ver los intereses que sacan ganancias ingentes de esta situación aplicando grandes presiones mediáticas para adormecer nuestro espíritu crítico, colonizando nuestras mentalidades con promesas de consumo incesante, comodidades y distracciones.

No nos creemos a los expertos que nos advierten que la huella ecológica humana (huella es sinónimo de destrucción) ya sobrepasa en un 50% la capacidad regenerativa y de absorción del planeta y que el 80 % de la población mundial vive en países donde se ha roto el equilibrio ecológico y la huella supera a la capacidad de regeneración. Y si esto es a nivel individual, la situación no mejora al nivel de los Estados y las sociedades del mundo. Aún no se ha declarado el estado de urgencia mundial en el que todos los países estén obligados a trabajar juntos para salvar el planeta, nuestro hábitat de vida. Y nadie ha pensado y propuesto tal cosa. Seguimos, globalmente creyendo en el hada madrina de la Tecnología. En que su varita mágica va a detener los huracanes, las inundaciones, los fuegos, las sequías, el hambre, la sed, las grandes inmigraciones, la violencia de guerras y levantamientos populares en un mundo cada vez más clasista, insolidario, racista y violento.

En nuestra época los humanos hemos transformado de manera directa más de la mitad de las tierras emergidas y no heladas del planeta (unos 70 millones de km2) y de manera indirecta el resto. Hemos embalsado o desviado la mayoría de los ríos, otros se han secado. Nuestros sistemas de megacultivos y abonos globales, han fijado más nitrógeno que todos los ecosistemas y los aviones, coches y plantas de energía emiten unas cien veces más dióxido de carbono que todos los volcanes juntos. Hay veintidos veces más biomasa en forma de seres humanos y animales domesticados que todo el resto de los vertebrados de la Tierra. Y en cuanto a los mares, el calentamiento de las aguas, la acidificación de los océanos (por la emisión de combustibles sólidos), los deshielos, las subidas del nivel de las aguas y la paradójica desertificación están agudizándose día a día. Desde los tiempos de Watt la temperatura media global ha subido a 1,1ºc. La fusión de los hielos de la Antártida se ha multiplicado por tres desde 1990. El umbral de la catástrofe planetaria es que la temperatura media global suba a 2º. Y esto puede ocurrir a finales de los 30 de este siglo.

 Deberíamos recordar la frase de Einstein: “”No podemos resolver nuestros problemas con la misma forma de pensar que usamos para crearlos”. Hay que cambiar el paradigma. Si seguirnos actuando como si el mundo fuera de nuestra propiedad y sus recursos inextinguibles, la lectura de lo que nos ocurre no tiene ningún valor práctico. Parece que no absorbemos realidades como que en nuestros días las tasas de de extinción de especies son cientos o miles de veces más rápidas que las denominadas del tiempo geológico. Las pérdidas se extienden por todos los continentes, los océanos y todos los grupos taxonómicos. De hecho es mucho más fácil arruinar un ecosistema que mantenerlo.

En las últimas palabras de su libro sobre la Sexta Extinción, nuestra autora deja esta sensata, y me temo que premonitoria, frase: “En este momento estamos decidiendo, sin realmente quererlo,  qué vías evolutivas permanecerán abiertas y cuáles se cerrarán para siempre. Ninguna otra criatura ha conseguido algo así y por desgracia este será nuestro legado más duradero. La Sexta Extinción seguirá determinando el curso de la vida mucho tiempo después de que todo lo que alguna vez alguien haya escrito o pintado o esculpido o construido haya sido reducido a polvo y una ratas gigantes (los animales posiblemente más preparados para sobrevivir, a base de ingenio y crueldad) hayan heredado (o no) la Tierra”.

ALBERTO DIAZ RUEDA

 

FICHAS

LA SEXTA EXTINCIÓN. Una historia nada natural. Ed Crítica,  337 págs. //BAJO UN CIELO BLANCO. Cómo los humanos estamos creando la Naturaleza del futuro. Ed. Crítica.-212 págs.- Ambas de la misma autora, Elizabeth Kolbert y el mismo traductor Joan Lluís Riera

 

 

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30 agosto 2021 1 30 /08 /agosto /2021 14:56

LOS BOTELLONES COMO SÍNTOMA

(Publicado en La Comarca el viernes 27 de agosto de 2021)

En casi todos los medios ha habido esta semana dos temas de relieve: Afganistán, uno,  y los botellones multitudinarios y progresivos. El primero merece una reflexión crítica sobre la manipulación del imaginario femenino desde el principio de 2001. El segundo, que nos atañe (¡y ya!), pide a gritos un rediseño del problema, como decía Einstein, usando los mismos elementos que lo causaron. Esta es la casuística que alimenta el “carpe diem” que muchas personas, no sólo jóvenes, sino gente madura y, lo peor, adolescentes, se proponen como estilo de vida en estos momentos. El botellón, multitudinario y perfectamente estructurado desde las redes sociales y los mensajes personales, se ha convertido en la pesadilla recurrente de la mayoría de los pueblos de toda España y más duramente en las ciudades, con una frecuencia y simultaneidad tan alta que desborda los medios policiales de que se dispone. Los “covidiotas autojustificados” han creado un deporte nuevo, con una logística casi militar: jugar al gato y al ratón con la policía. Con una disciplina sorprendente, dado el grado etílico que suelen llevar encima, esas personas se mueven en grupos rápidos de dispersión y reagrupamiento, como si fueran falanges de César o de Esparta. Para todos ellos, y son millones, el asunto del virus y su propagación ya ni siquiera se niega sino, simplemente, se le da la importancia de las discusiones sobre el sexo de los ángeles.

¿Cuáles son los niveles operativos en los que incide el botellanismo? Primero, el sanitario. Y unido a él de forma muy estrecha, el jurídico. Sigue, como consecuencia inmediata, el de orden público y por último, pero no menos importante, el familiar, con su secuela: menores alcoholizados y desmadrados. Empecemos por el aumento de menores con síntomas de alcoholemia y comportamientos escasamente adecuados a su edad. Es el nivel menos abundante, pero comienza a hacerse notar demasiado. Lo defino como elemento “familiar” porque estimo que en este caso los responsables directos son los padres. ¿Permisividad? ¿Tolerancia? ¿Negación del autoritarismo? ¿Confianza ciega en la responsabilidad del menor con el fin de no minar su seguridad en sí mismo? ¿De verdad se creen ustedes esas justificaciones de psicología barata? Estos padres son los hijos de nuestra generación, la que luchaba por la libertad, el trabajo y la igualdad en mayo del 68. Algo hicimos mal. Al parecer, no os enseñamos que detrás de cada derecho hay un deber y una obligación y que el esfuerzo es indispensable para lograr algo serio. Quizá por eso, entre otras cosas ahora no pertinentes, no sabéis poner límites a la libertad y los deseos de vuestros hijos.

Sigamos con el nivel jurídico y el de orden público. “Se nos va de las manos”, dicen. Es precisa una legislación específica, extraordinaria y limitada al escenario concreto de la pandemia, en la que se respeten las prioridades lógicas de la situación. ¿Cuál es el punto débil? El desconcierto, los tiras y aflojas, las probaturas, la “mala conciencia” de estar “conculcando” libertades. ¿Qué libertades? ¿La de contagiar a culpables e inocentes (diríamos botelloneros y abuelos)? ¿La de mostrar la falta de correspondencia entre la realidad tozuda de la pandemia y los dimes y diretes de jueces, tribunales, supremos o no y juristas, escudándose todos en un ordenamiento jurídico que no es apropiado para las circunstancias especiales de una pandemia global? ¿La de montar un guiñol entre las diferentes comunidades, sus dirigentes, los influencers de la Red y los ciudadanos caprichosos y olvidadizos: es decir, llevar una pandemia a depender de los juegos de poder entre los políticos y sus intereses, los deseos de las masas y el mundo del dinero?

Y, por fin, el sanitario. En el que hay dos elementos disociados: las personas y el material sanitario; desde las vacunas hasta la escasez de personal, camas, Ucis… o directrices claras y, por favor, comunes a todo el país (por no decir al mundo entero, que es lo que debería ser). El mundo de la salud también ha caminado por el cable del equilibrista. Por un lado el exceso de pacientes y la irresponsabilidad de una parte de la ciudadanía y por otra su dependencia de variables tales como la de intereses de las farmacéuticas, de los trust de comercialización, de los poderes políticos y de la desconfianza y rechazo creados por esa masa gelatinosa y oscura de los conspiranoicos.

Y por encima (o debajo) de todo este panorama conflictivo, ¿qué tenemos? “Quedadas” de menores, donde se da rienda suelta al  rito de paso actual: el alcohol, el sexo, la violencia o el vandalismo. Lo mismo, pero corregido y aumentado, de los jóvenes y muchos de la franja de 40 y 50, de buen ver, que se consideran por encima del bien y el mal y por debajo de la seguridad de un trabajo estable, una familia en orden y otras exigencias del vivir que se olvidan a base de botellones sin medida. Como escribió un colega, “en esta proliferación de los botellones, la afluencia crece a una velocidad inversamente proporcional a la de las precauciones que en ellos se toman”. Decía mi abuelo, ateo convencido, “Que Dios nos coja confesados”

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 agosto 2021 5 13 /08 /agosto /2021 11:51

(Artículo publicado en "La Comarca" el 130821)

Procusto fue un personaje mitológico de segunda fila, hijo de Poseidón, que ejercía de amable y servicial posadero en el Ática y cortaba la cabeza o las extremidades al viajero según sus medidas rebasaban la de un lecho especialmente preparado, para que encajaran en él. Es el símbolo de la intolerancia hacia la diferencia. El rechazo agresivo a las ideas del otro. Todo se debe ajustar a lo que dice o piensa el que detenta el poder. La arbitrariedad de la tiranía. En ciencia se llama así a los que tratan de deformar la realidad para  hacer  que se ajuste a sus hipótesis. En España,  es el modelo que los sucesivos gobiernos han tratado de implementar en el sistema educativo. Igual que en Europa, América o Asia.

Decía el maestro George Steiner que “”una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato”. Y un pensador científico tan poco sospechoso de parcialidad como Albert Einstein afirmaba que  “La escuela debe siempre plantearse como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armónica y no como un especialista… Lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”.

El cultivo de la fantasía y la imaginación que preconizan las disciplinas humanísticas, está en la base de todo tipo de creatividad –incluidas la tecnológica y la científica- que es lo que en nuestro país se ha devaluado: nuestras raíces culturales, la lenguas clásicas, la filosofía, la literatura, la música y el arte. Por eso he calificado de “modelo Procusto”  nuestro depauperado sistema educativo que, desde la Logse, ha ido perdiendo capacidad y eficacia en sucesivos y fallidos programas que cada partido en el poder se ha empeñado en diseñar.

Pero hablemos de ese “modelo” en el mundo. ¿Qué es sino el “lecho de Procusto” el que se ofrece a los jóvenes en una sociedad que prima el dinero y el materialismo sobre otros valores?¿La expansión  de los miedos: contagio, miseria, desempleo, falta de horizontes y de esperanza?¿La “cultura” digital que une perversamente la información –viciada casi siempre- y un entretenimiento banal adictivo?¿La hipertrofia de medios informáticos en la enseñanza, el colonialismo digital que desprecia el esfuerzo, la falta de pensamiento crítico, la lectura no utilitarista y promueve una igualdad a la baja? ¿La burocratización del profesor, sustituido por la documentación y las referencias? ¿La gestión empresarial de la educación, de sus objetivos y programas, diseñando programas educativos para cubrir sus necesidades comerciales y financieras?

La economía globalizada, regida por una élite transnacional, es el poder que impone su lecho de Procusto al conocimiento (educación e investigación) y se está haciendo con el dominio de Escuelas, Universidades  y Gobiernos, ajustándolos a sus intereses, metafóricamente  cortando cabezas o brazos y piernas. Como se publicó en un periódico nacional hace unos días, firmado por profesores de Universidad, “Nadie rebate que el del conocimiento es un sector de la actividad económica que reporta beneficios a medio y largo plazos y que su nexo con la empresa es vital en la construcción de una economía moderna y sostenible”. ¿Un sector de la actividad económica? No. La economía es un sector del conocimiento, de la educación, de las actividades del hombre. Y ellos deben formar a esa persona que, entre otras actividades tendrá la “cura” el cuidado, de mejorar la economía, la política, la sociedad. Y depende de cómo eduquemos y formemos a ese ser humano así serán los demás sectores citados. Por tanto ¿qué es lo prioritario? La formación humanística de la persona. Por tanto ¿es eso lo que le interesa al poder global? No.

Si los griegos que diseñaron la “Paideia” como sistema educativo de los jóvenes o el mismísimo Kant (“Tan solo por la educación puede el hombre llegara ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”) levantaran la cabeza y vieran lo que, sin duda con el convencimiento de lo correcto (y de lo útil y necesario, que no siempre son sinónimos) se está haciendo con la educación en el mundo actual, a caballo de la tecnología y de los intereses empresariales, volverían a sus tumbas y rogarían a los dioses por una civilización que ha perdido sus más nobles raíces  y que aplica el “modelo Procusto”  a la educación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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11 agosto 2021 3 11 /08 /agosto /2021 12:24

“ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS”

(Artículo publicado de ‘Heraldo deAragón’ el 100821)

Escribía nuestro Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, allá por los años 1330 o 1340 en su “Libro del Buen Amor”, «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Aquí nos vamos a referir a su “haber mantenimiento” o sustentamiento, es decir, al equilibrio económico de un país y de las necesidades de sus habitantes. La economía es la savia del árbol que sustenta nuestra civilización, nos guste o no. Nunca como hasta ahora el slogan interno de la campaña electoral de Clinton en el 92, “es la economía, estúpido” toma toda su grosera relevancia. En estos años veinte del siglo XXI las relaciones población-consumo y producción-degradación del sistema, sometidas al factor multiplicativo “crecimiento permanente”, arroja un resultado “alarmante” para los más optimistas y “desastroso” para lo informados.

Con el crecimiento codicioso del sistema económico capitalista está ocurriendo como con la pandemia. Se avisó de ambos peligros con bastante antelación. En los  años 70 y 80 hubo proclamas científicas sobre lo que podría ocurrir si no se cambiaba de rumbo, como el informe del Club de Roma. Pero a pesar de la seriedad de las amenazas a las que nos íbamos a enfrentar, a pesar del griterío de los medios, de los informes alarmantes, todo siguió igual: el crecimiento exponencial de la producción, el consumo y la degradación del ecosistema por sobreexplotación, la deslocalización de empresas en busca de mano de obra barata, el consumo irresponsable alentado.

Ya no es posible el desarrollo sostenible, pero en cambio se sigue manteniendo un desbordamiento insensato de búsqueda y adquisición de posibles fuentes de beneficios (deforestación, prospecciones de minerales en tierra y en el fondo del mar, agricultura invasiva, explotación desmesurada) sin ningún análisis previo de sus efectos nefastos a medio plazo. Se maximiza el beneficio en los mercados financieros y energéticos, a pesar de los serios avisos del sesgo suicida de mantener tal crecimiento expansionista y depredador. Los que dirigen esa élite financiera no se percatan todavía de que si la savia de la riqueza solo llega a las ramas más altas y escasas del árbol de la vida, éste se volverá cada vez más frágil en sus raíces y tronco, hasta colapsar y derrumbarse como leña muerta.

Desde la escasez de materias primas, minerales estratégicos, componentes de los chips –su falta provocaría un “blackout” en la esencial área tecnológica —a los problemas del cambio climático, sequías como en el Brasil desforestado, incendios e inundaciones en otros países o el coronavirus cuya expansión sólo la evitaría la vacunación mundial, todavía lejana a pesar de algunos gestos solidarios…

Todos esos problemas tienen una relación directa o indirecta con la economía y la manera neoliberal de aplicarla. Y, por supuesto, con la actitud que siguen manteniendo casi todos los políticos de occidente: la de los tres monos que no oyen, no ven y no hablan de ello. Y conste que hay que valorar las medidas internacionales adoptadas por la UE y los Estados Unidos post-Trump. Pero…no es suficiente.

El neoliberalismo salvaje, muy vigoroso desde China a Rusia, Estados Unidos o Europa, tiene una lógica suicida de expansión: el cultivo del exceso –de  beneficios, de depredación, de acaparamiento, de codicia, de explotación humana- y por tanto ignoran la gravedad de los problemas y los avisos científicos y fácticos que están recibiendo. A cambio se extiende la lepra del racismo, la xenofobia, los serviles adeptos al poder y al dinero. No se trata de ideologías, aunque las evocan. Esa mayoría se limita a aplicar una praxis de supervivencia o como diría el Arcipreste, de “mantenencia”.

La política, en general, ignora todo lo que no es inmediato. Es cortoplacista. Sus miradas están desenfocadas, olvidan la dimensión del futuro por muy cercana que sea y el influjo que sobre él tiene el presente que realizamos. Un ejemplo: aquí y ahora, el de algunas empresas de energías renovables, las eólicas. No es un negocio de ecologismo, sino un negocio depredador en el que no hay ventajas reales para el mundo rural: se les paga en precario, se les devalúa el territorio y se exportan los beneficios, sin ni siquiera intentar equilibrar primero la relación producción-demanda. Y para contrarrestar todo esto, ya casi sólo nos queda la protesta pública y la de algunos medios que ven los peligros. Tan eficaces como los gritos en el desierto. En fin, como ven, todo acaba siendo  “haber mantenencia”. Lo malo es que sólo beneficia a los “Hunos” y no a la mayoría, los “otros”: usted, yo y nuestros congéneres planetarios, los que no pintamos nada en esta tragedia. Si acaso, el papel de víctima propiciatoria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 agosto 2021 4 05 /08 /agosto /2021 11:25

(Artículo publicado en la revista "Compromiso y Cultura", agosto de 2021

Paradójico, provocador, cultivador de interrogantes e inquietudes éticas, Zygmunt Bauman, junto con el coreano germano Byung-Chul Han, el alemán Peter Sloterdijk, el eslovaco Slavoj Zizek o el italiano Giorgio Agamben, forman la avanzadilla estimulante de la filosofía de nuestros tiempos “líquidos” (según la afortunada definición de Bauman). A partir del año 2000, año de publicación de Modernidad líquida, el filósofo polaco publica una serie de obras que resumen sus conceptos sobre la realidad que nos rodea: Amor líquido (2003), Vida líquida (2005) y Tiempos líquidos: vivir una época de incertidumbre (2007).

Para este pensador nacido en Polonia en 1925 y fallecido en Inglaterra en 2017 a los 91 años (en 2010 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto a Alain Touraine), catedrático de Sociología en Varsovia, Tel Aviv, Leeds y Londres, la sociedad postmoderna ha sido un desafío y un acicate intelectual que le ha llevado a emitir diagnósticos y juicios críticos de nuestra “normalidad” anormal que han estimulado a filósofos, intelectuales y círculos culturales, además de atraer y educar el pensamiento crítico de un público lector cada vez más amplio en todo el mundo. Era una especie de “superstar” intelectual para la cultura joven alternativa. Un profeta de la “modernidad líquida”, el mundo precario con el que los jóvenes están ya sufriendo y que a las generaciones más veteranas nos ha desconcertado y desorientado.

La sociedad, el amor, el trabajo, la familia con el adjetivo “líquido” a continuación  se ha convertido en el modelo operativo que nos atañe a todos y en todas partes. Tiene un carácter efímero, mudable, sin un rumbo, designio, valor o principio determinados, ya que la misma estructura social es “líquida”, va cogiendo la forma del recipiente que momentáneamente la contiene con una precariedad e indefinición constantes. El trabajo o el matrimonio que duraba toda nuestra vida ha desaparecido de los modelos actuales, todo lo que nos rodea cambia a un ritmo difícil de seguir y se crea una ansiedad generalizada por el temor a quedar rebasados,  u relegados, por unos avances y exigencias socio económicas de las que ya no tenemos puntos de referencia, mientras se nos bombardea continuamente por mensajes de consumo y por la rapidísima caducidad de los objetos que adquirimos de forma compulsiva, apremiados por una publicidad agresiva. La realidad líquida de Bauman provoca una ruptura con todo lo antes fijado, instituones y estructuras. En el pasado, la vida estaba prediseñada por cada persona, quien tenía que seguir los patrones establecidos para tomar las decisiones adecuadas para conseguir sus objetivos. En la modernidad, las personas se han desprendido de esos patrones, que han perdido vigencia. Cada uno se ve obligado a admitir la ambigüedad para determinar sus decisiones y forma de vida en una sociedad cambiante, individualista y de valores efímeros en campos antes más sólidos y definidos, el amor, el trabajo o la educación.

Todo cobra una nueva perspectiva dada la velocidad de los cambios. La existencia es un proceso continuo de nuevos comienzos y de incesantes finales, nos resulta más fácil librarnos de las cosas que adquirirlas (ya sea una relación o un ordenador que inicia su fatal deterioro). El tiempo de la modernidad sólida y el progreso coherente, que empezó tras la revolución francesa ha terminado: el tiempo de las inmensas fábricas y los miles de empleo que generaban, en términos de vida  individual que se incluían en una serie de hitos progresivos de mejora hacia un futuro esperanzador se ha diluido en los últimos 30 años. Ya no creemos que haya soluciones definitivas para nada. Y además nos han adoctrinado para que no nos guste la idea de duración. Y eso esconde una falacia tan demoledora como la de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”: somos conscientes de que todo cambia vertiginosamente y tenemos miedo de fijar algo para siempre. Vivimos en una inseguridad líquida. La condición de “precario” ya no es privativa de los vagabundos, los mendigos y los parados eternos. Ahora la clase media ya no ve un futuro seguro frente a ella. Bauman  reflexiona: “Desde hace varios siglos se cree que la educación podía restablecer la igualdad de oportunidades. Ahora, el 51% de los jóvenes titulados universitarios están en el paro y los que tienen trabajo, tienen un empleo muy por debajo de sus cualificaciones. Los grandes cambios de la historia nunca llegaron de los pobres de solemnidad, sino de la frustración de gentes con grandes expectativas que nunca llegaron".

En el privado campo del amor, Bauman, es implacable: el miedo al compromiso, los rollos de una noche, los desengaños  son algo corriente para muchos jóvenes y personas y maduras. Este tipo de relaciones  (como las creadas a través de las redes sociales) son las que dan nombre a su concepto de amor líquido. No se quiere a una supuesta libertad emocional y se cambia de relación como quien cambia de traje en una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales. Breves episodios en los que priva la búsqueda del beneficio personal. Cuando una pareja deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva. Las personas parecen no querer ataduras ni en las relaciones amorosas ni en las laborales. ¿O es que son “convencidas” de que no pueden ni deben, pues los cambios siempre son para mejor” (falacia evidente que todo el mundo parece aceptar).

Quizá sólo un 1% de la población mundial no tiene temor alguno al futuro. Existe el temor generalizado de que vamos a convertirnos en desecho de una sociedad dominada por el consumo compulsivo que va expulsando de forma inexorable a quienes no pueden mantener al ritmo que exige. Somos participantes en un gigantesco juego de la silla vacía:  todos corremos sin podernos detener y en un momento dado la rueda se detiene por algo y el que queda fuera del corro de sillas ocupadas, debe abandonar el juego. Hasta el siguiente en que, fatalmente, alguien se quedará sin silla. Y eso  incumbe a casi todas las clases sociales, menos unos pocos. Decía Bauman  que nunca habíamos sido tan libres, pero tampoco tan impotentes para cambiar nada.  Sólo hay que ver cómo las llamadas “revoluciones sociales” de los últimos años han sido anuladas y absorbidas, desde la primavera árabe a las del 15M (“es emocional, le falta pensamiento”, dijo Bauman)  o las juveniles en diversos países. Tampoco los partidos políticos se ha librado de la banalización e inutilidad de sus programas, atenazados en un piélago de corrupciones y de pérdida de confianza de los ciudadanos y manipulación capitalista neoliberal internacionales, sin líderes conocidos o programas de actuación transparentes. Como asegura Bauman: “Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente.”

Y eso se extiende al espejismo de los que creen que las redes sociales pueden sostener la democratización del sistema y ser efectivas para el cambio. Bauman las consideraba una mentira: "El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa". Los últimos años han demostrado que los “radicales” que pretenden montar una revolución a través de las redes sólo logran extender lo que los americanos llaman “Shit storms” (tormentas de mierda). Las redes y su carácter fuido y volátil no pueden configurar un discurso público ya que son incontrolables, inestables, efímeras. Tal vez en un futuro improbable pero posible el “precariado” de Guy Standing, (precario más proletario) se convierta en una clase socio-política que tome conciencia de sí y ataque al nudo del problema: la minoría que domina financieramente el mundo.

Bauman pensaba que el precariado es un producto de la “globalización negativa”, como la erradicación de fábricas básicas y su traslado a ciertos países de obra de mano barata que ahora dominan el mercado. Es un síntoma más de la modernidad líquida: un periodo en el que se eliminarían los temores del pasado hacia la inseguridad, la miseria, la enfermedad y la violencia: tendríamos el control de nuestras vidas. Pero no ha sido así. Las primeras muestras de los desastres naturales que acarrea el cambio climático, el miedo al terrorismo, a la inseguridad ciudadana, al vandalismo o el exceso autoritario respaldado por las fuerzas de seguridad, la precariedad del trabajo, las bolsas de miseria, los levantamientos populares de los desfavorecidos,, las invasiones de inmigrantes, el terror al otro, al extranjero. Como decía Jacques Attali ya padecemos el “complejo del Titanic”: el hundimiento del sistema bajo la melodía de un vals interpretado por músicos que saben que van a morir ahogados.

Bauman nos previene contra un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender a preparar a las próximas generaciones para vivir en ese galimatías deformativo. La crisis económica  de 2008 que mostró la debilidad de las  instituciones financieras y las economías de medio mundo,  cambió la forma de pensar de muchos jóvenes.  Los buenos estudios ya no derivaban en buenos trabajos. Los que  consiguen trabajo, tienen que reinventarse cada poco tiempo y afrontar nuevos retos constantemente. … La mayoría de los licenciados universitarios están trabajando en puestos muy por debajo de su formación y otros muchos ni siquiera han podido entrar en el mercado laboral.

En una entrevista, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, dijo: “En la ética tradicional era necesario obedecer las reglas. La moral postmoderna, en cambio, exige que cada uno asuma la responsabilidad de sus actos. El hombre se convierte en un vagabundo y tiene que decidir lo que está bien o lo que está mal. Eso sería lo adecuado si las relaciones interpersonales no estuvieran definidas por el consumismo. Estar ahí para el otro, la conducta moral, nunca tiene un propósito. No se trata de obtener un beneficio, la admiración de otros o la aprobación pública. En cuestiones morales no existe la obligación, porque la conducta moral requiere que actuemos con libertad. Solo cuando un comportamiento no es calculado, sino espontáneo e indeliberado, un acto de humanidad, es un comportamiento moral. Saber tomar una decisión correcta, sino también una incorrecta, es el mejor terreno para la moral”.

Pero al mismo tiempo esa ética debe enfrentarse a un mundo donde rige el consumismo más recalcítrante diseñado no para satisfacer los deseos de los consumidores sino para incitar el cambio constante a deseos siempre nuevos y la caducidad de los antiguos, como un sello de valía y de que “perteneces” a una “elite” social que está por encima de la precariedad reinante. Esa falta de  símbolos fijos y duraderos en la existencia crea una angustia constante que modela un ciudadano-tipo incapaz de ver las cosas como realmente son y, al tiempo, azotado por la inseguridad existencial, la precariedad y la falta de valores permanentes. El pronóstico de semejante sociedad no es precisamente halagüeño. ¿Podremos llegar a controlar todo este desbarajuste que define la sociedad actual? Esa es la pregunta que Bauman se hace y que, por el momento, nadie ha llegado a contestar.

FICHAS

VIVIR EN TIEMPOS TURBULENTOS.-Zygmunt Bauman. Conversaciones con Peter Haffner.- Trad. Lorena Silos. Ed. Tusquets.Págs. 205

VIDA LÍQUIDA.-Zygmunt Bauman.-TRad. Albino Santos.- Paidós. 205 págs.

AMOR LÍQUIDO.-Zygmunt Bauman.- Fondo de Cultura Económica.-Trad. Mirta Rosemberg.-201 págs.

 

 

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3 agosto 2021 2 03 /08 /agosto /2021 11:44

Rafael Feito, Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es una persona cualificada para entrar en el espinoso, esencial y descuidado tema de la educación escolar en España. Su título, tan provocativo y original, destaca ya en principio una idea clave: la escuela que tenemos en este siglo no es la que tendría que ser, es el residuo del pasado (en el que tampoco fue la más adecuada) y es, por supuesto, un fracaso en su necesario ajuste con la nueva sociedad y el nuevo mercado de trabajo para el que la escuela debería preparar de forma eficaz.

Particularmente en España, con ocho Leyes de Educación turnándose desde 1980, según quién estuviera en el poder, desde UCD al Psoe o el PP, definir qué cosa es la enseñanza escolar, sus medios, sus fines y objetivos y su forma de ajustarse a los cambios sociales, técnicos y económicos, se convierte en un problema lógico insoluble e insalubre. Feito Alonso, hombre curtido en mil "batallas"- libros, artículos, informes, conferencias- sobre la temática educacional nos revela un talante analítico pirroniano (escéptico) cuando no abiertamente estoico o cínico, según los hechos comentados. El diagnóstico del experto sobre nuestro sistema educativo, aún pendiente de salir del sepulcro del Cid, apegado a fórmulas obsoletas y viejas tradiciones memorísticas que no tienen cabida en un siglo tecnológico donde todo está al alcance de un teclado y el problema a resolver no es la falta de información, sino su exceso unido a un omnipresente defecto de fiabilidad. Y eso que, prudentemente, Feito deja para mejor ocasión el mundo universitario, donde las cosas no brillan precisamente por su eficacia y adecuación.

El autor encadena los temas de una forma crecientemente interesante: Una escuela para la sociedad del conocimiento; el currículum; las metodologías; los deberes; las evaluaciones externas; los itinerarios educativos; el profesorado; las familias; los tiempos escolares; la democracia y la participación. Después de un varapalo de lógica impecable para cada uno de los apartados, no deje el lector de devorar las seis páginas finales, unidas bajo el epígrafe de  “Conclusiones”.

La cuestión es tan compleja que nuestro autor debe dejar a un lado aspectos del tema educativo, del profesorado, la segregación  escolar o la autonomía de los centros, para centrarse en los que considera elementos fundamentales para propiciar una suerte de cambio futuro con más justeza. Apunto que se debería enviar un ejemplar de este libro al político que lidere el Ministerio, sólo para dar ideas y poder reconocer errores:lo cual sería una misión imposible donde las haya, pero deseable y justa)

Sin llegar a ser un documento técnico que aporte un abordaje sistemático y profundo de los asuntos tratados, se presentan estudios y datos que consolidan un análisis que destaca por su sencillez y claridad y actúa a modo de estímulo para la reflexión. Sencillez y claridad que podrían ser muy eficaces en los infatuados cerebros de los políticos de turno. No es un aporte científico, sino una serie de propuestas e ideas del autor basadas en criterios de independencia crítica y sentido común basado en la observación y la experiencia educativas. Y son propuestas e intenciones dirigidas a lograr una regeneración profunda de los modos y sistemas de enseñanza y de sus objetivos (al margen del problema de la mercantilización educativa y las deformaciones interesadas que la tecnología imprime a la formación). Principalmente a la adecuación a los nuevos tiempos y exigencias. Y si el engranaje burocrático de la escuela y el profesorado pueden adaptarse a tales exigencias.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

¿QUÉ HACE UNA ESCUELA COMO TÚ EN UN SIGLO COMO ESTE?.- Rafael Feito Alonso.- 269 págs. Ed. CATARATA

 

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30 julio 2021 5 30 /07 /julio /2021 17:22

UN NEGACIONISTA EN MI TÉ

Publicado en La Comarca el 30-07-21

Es difícil de creer: el sábado en Barcelona me cayó un negacionista en mi té. Quiero decir que estaba tomándome un té en una terraza cuando me invadió una manifestación antivacunas y un joven bien vestido con melena, sombrero blanco con un ancla dorada bordada y barbas bien cuidadas se acercó a darme unos panfletos, tropezó con la acera y vino a aterrizar sobre mi mesa derribando mi té.

-Usted perdone, caballero. ¡Qué torpeza!-me sonrió con elegante aplomo.

En mis oídos retumbaba la voz de un tipo armado con megáfono: “¡Vacunas, Genocidio, Libertad!”, lo cual era vociferado coral y desafinadamente por una muchedumbre no muy numerosa pero enérgica y festiva. “¡Dejen en paz a nuestros hijos! No les llenen de miedo a sus compañeros, les están traumatizando. Tienen que jugar juntos. ¡Dictadura, no! ¡No a la especulación sanitaria! No hay pandemia, es la dictadura de la razón y de la ciencia vendida. ¡No al golpe de Estado 3.0!”. El negacionista invasor sonreía y me tendía amablemente un par de hojas impresas.

--Oiga, usted parece un joven educado. ¿Se cree todo lo que grita ese individuo?

--Oh, sí, naturalmente. ¿Usted, no? –con un  gesto me pidió permiso para sentarse frente a mí, mirando con visible ironía mi mascarilla.

--Pues no mucho, ¿sabe? Acabo de leer que los contagios en residencias de mayores se disparan y ya llevan 600 casos en esta semana, la mayoría en Cataluña y Aragón. Que se aleja la posibilidad de conseguir la inmunidad  de grupo. Que China y Rusia niegan la efectividad de las vacunas que no proceden de ellos. Que en Francia protestan contra la vacunación… ¿no ha habido ya suficientes víctimas?

Miró con desprecio mi  periódico. “La mayoría de la prensa y la tele y la radio, forman parte del complot: el del sacrosanto imperio de la razón, la ciencia y sus expertos, la nueva religión”.

--¿El imperio de la razón? Ojalá fuera verdad. Perdóneme, pero a mí me parece bastante irracional todo lo que están diciendo todos ustedes.

Me miró con actitud condescendiente, como el que habla a un niño pequeño, obcecado y algo tonto. “Vamos a ver”, puso los codos sobre la mesa y se inclinó para que le oyera bien. Me ajusté la mascarilla. Tras un leve carraspeo, comenzó:

-No me negará que hay una deriva autoritaria del Estado, desde que se declaró el supuesto coronavirus. Confinamientos, toques de queda, control policial, desinformación, tests y vacunas obligatorias: esto es como el franquismo, el maoísmo camboyano, el estalinismo, el nazismo. Y todos como borregos aceptando el nuevo golpe de estado 3.0. Es una conspiración global del capital,  emboscado en el sector de la salud y la enfermedad, frente al que estamos alienados y aislados: la supuesta pandemia es una enfermedad creada por ese Capital que recoge los beneficios de la industria farmacéutica. Como ocurrió con los bancos en 2008. – se inclinó hacia mí con gesto conspirativo - “Es la estructuración del Imaginario occidental alrededor del principio de la abstracción racional y especulativa”.

--¿El Imaginario?-balbuceé, mientras se me bajaba la mascarilla por el estupor. Ante mi evidente ignorancia el joven me miró compasivamente.

--La Ciencia es la religión hegemónica, la cúspide del pensamiento racional y la supuesta poseedora de la Verdad: vivimos la cristalización de la ciencia, el capitalismo termoindustrial y los estados-nación. La pandemia es el pensamiento racional y el Imaginario occidental en acción. Nos tienen hipnotizados con datos de contagios, estadísticas, opiniones de expertos. Somos como animales de granja. Estamos sufriendo terrorismo psicológico de Estado.

Las primeras farolas se encendieron. Las calles eran un pandemónium de gritos coreados, bocinas, silbatos de policías de tráfico: la Ronda de San Pedro estaba colapsada. La gente observaba aburrida la marcha cansina de los manifestantes y proliferaba una cierta indiferencia, si acaso, gestos de indignado fastidio por “otra manifestación más”, y algunas expresiones de estupor o incomprensión. Mi interlocutor sonreía seráficamente, seguro de haber conquistado el bastión de la razón en su hipnotizado oyente, yo.

-¿Me ha entendido? –preguntó.

--Pues sí, le he entendido y estoy horrorizado.

--¿Verdad que es para estar preocupado?

--Pues, francamente, sí. Oiga, preciso una dosis urgente de sentido común y sensatez. Después de escuchar lo que me ha dicho, necesito neutralizar esas barbaridades. ¿No tiene inconveniente en dejarme solo?

Me miró con desprecio, se caló el sombrero náutico, levantóse y no hubo nada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 julio 2021 5 16 /07 /julio /2021 17:35

(articulo publicado en La Comarca, 160721)

El otro día me encontré al entrañable “supermaño” de Alberto Calvo que se había salido de la tira de cómic del Heraldo y se daba un garbeo con su oveja por las páginas dedicadas a Teruel. “Encantao de verte tocayo, aunque no tiés buena cara”, me espetó. ¿Cómo quieres que la tenga si no hay manera de que los que mandan hagan caso a los pueblos como el mío? “¿Y cuántos sois en tu pueblo?” inquirió, espantando a la mosca. Un centenar y poco pico, le dije. Echóse la boina hacia atrás y soltó una carcajada: “Pué ahí lo ties, bien tiesico.” Y añadió “Oye, zagal: no esperes mucho de la justicia de algunos de los que mandan, cuando ven a un pueblico pidiendo algo, miran a otro lao”. Dio un sonoro golpe con su cayado a una piedra del camino. “Y si no ties padrino, no te bautizas”

Me considero “ruralista”, es decir un pueblerino vocacional, procedente de una capital, que cree que para los pueblos el progreso no es tener más cosas y abrir pubs y tiendas u organizar fiestas y eventos deportivos o sociales a troche y moche,  sino ofrecer buenas estructuras físicas y digitales de comunicación y salud, (vamos, carreteras, internet y servicios cercanos)  y un rediseño global de lo que consideramos la vida buena y serena en una sociedad rural: que sepamos defender con rigor sus características humanas tradicionales, nuestro paisaje y silencio, sin dejarnos seducir por los espejismos y exigencias miméticas de los urbanitas. El progreso y lo rural ha sido siempre un oxímoron (combinación de dos palabras que tienen un significado opuesto) pero yo los considero una posibilidad compatible y deseable.

 

Comprendo que las necesidades y problemas de un pueblo pequeño no lleguen a superar el “silencio administrativo” o la simple denegación de los “poderes fácticos” a invertir unas perras en arreglar una carretera llena de baches o blandones peligrosos, en ofrecer una ayuda para conseguir una purificadora de aguas residuales, en arreglar calles que llevan desde 50 años a un centenar sin tocarlas, muertas de tristeza ante semejante olvido, a darle una salida digna a un Polideportivo que no llega ni a “unideportivo” y al que le faltan duchas, luces y canchas, a potenciar la edificación de nuevas viviendas para atraer población con niños (cuyas risas ya sólo se oyen en verano por estas calles mustias),  a darles sensación de ser tenidos en cuenta a tantos ancianos como aquí viven y atraer a jóvenes con posibilidades de teletrabajo y de un entorno más saludable…

Por eso le contesté al “supermaño”: No necesito padrino para tocar a la puerta del sentido común y la lógica de muchos políticos de bien, cuyo escudo y bandera es, al margen de ideologías políticas, la honestidad, el afán de servicio y la “cura” o cuidado de sí mismos en ese trabajo digno, que ya Aristóteles elevó a la excelencia: la política o arte de aspirar al bien común y la calidad existencial del pueblo.

El avispado mañico se sentó a la sombra de un árbol y meneó la cabeza: “Pa todo eso necesitas ayuda y en estos tiempos más que antes. Un secretario de Ayuntamiento a tiempo completo, aunque tengan de pagar más a los que acepten venir a estos pueblicos, que sepa de papeles, demandas y subvenciones. Un político ‘desos’ que tú dices que ponga por encima de las consignas el bienestar de un pueblo-por pequeñajo que sea- y conozca las necesidades que tenéis aquí; un sistema de valoración técnica más justo e igualitario…”

Se quedó pensativo un buen rato y  añadió: “Me he ‘pasao’ la vida escuchando por la ‘aradio’ a muchos políticos de rompe y rasga. Y eran de todos los colores: protestaban de que Madrid no les hacía caso, de que hay qué ver las diferencias de trato entre unas provincias y otras, que era una vergüenza el estado de las carreteras, de los edificios públicos, de retrasos en eso o en aquello… de subvenciones que pasaban de largo ante las narices de Aragón y se iban a otros lugares…”

Asentí. Es una paradoja cruel. Ahora son algunos de nuestros propios políticos los que contemplan con cierta indiferencia el similar desamparo de los pueblos pequeños respecto a sus vecinos con más habitantes (y más votos). Sin intención de ofender a nadie, ¿son más aragoneses los habitantes de Zaragoza, Teruel o Calanda que los de Torre de Arcas, Ráfales o Torre del Compte? Los buenos políticos aragoneses deben de haber aprendido algo de aquellos viejos y persistentes agravios comparativos. No bastan las generalidades retóricas y políticas a lo “Teruel existe”. Sin duda son buenas y efectivas en el Congreso de los Diputados y frente a los medios. Pero para el justo gobierno de todos, aceptando la igualdad básica y evitando la precariedad por razón del número de habitantes, sólo funciona el conocimiento directo de las necesidades reales de los pequeños pueblos, el contacto con los vecinos y la ponderación de las reivindicaciones más justas y precisas. Sencillamente, hay que proponer proyectos viables y necesarios, honestidad operativa y lógica solidaria y colaborativa entre todos los pueblos y el poder político y económico. Si esto no ocurre, el “Aragón vacío” dejará de ser una amenaza persistente para ser una profecía autocumplida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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9 julio 2021 5 09 /07 /julio /2021 15:47

 

 

Zygmunt Bauman (1925-2017) era un sociólogo polaco con sesenta libros publicados, teórico del concepto de “sociedad líquida”, un modelo que se destruye, se difumina y se construye contantemente en un sistema de límites que varían, se amoldan a lo que sea preciso y se extienden o desaparecen como el agua. La metáfora no recoge los aspectos positivos de la liquidez sino su variabilidad y fugacidad. Bauman ha escrito sobre la vida, el amor, la sociedad, la modernidad y la cultura líquida. Así definió el concepto: la sociedad es líquida cuando las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados…no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…con lo que ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada fiable.

Para Bauman la modernidad líquida es una búsqueda constante, un consumismo diario para encontrar la felicidad. En ella los individuos se mueven por la seducción de una constante renovación: Les parece que existen en un mundo en el que se pueden vivir numerosas vidas, tras la pérdida de la identidad propia, mientras el sujeto adquiere una nueva vida  para no ser excluido de una sociedad que avanza a velocidad de vértigo, atosigado por una economía precaria y la servidumbre hacia las nuevas tecnologías de las comunicaciones.

Por tanto la cultura de nuestra sociedad de consumidores se convierte en un almacén de productos previstos para el consumo, cada uno compitiendo por la cambiante y dispersa atención de los futuros consumidores. Sólo por un momento que está limitado por la obsolescencia programada de todos los productos en oferta. Y esta oferta no solo se refiere sólo a objetos sino a personas, relaciones, mundo laboral… Mientras la  tecnología lo rige todo, incluyendo las relaciones interpersonales. Valores, principios  y costumbres abandonan las viejas y seguras tradiciones sin ofrecer nada sólido, fiable y duradero a cambio. Solo interesa el cambio, la satisfacción inmediata de los deseos, la cosificación de todo: “cosas” pronto en desuso, a la espera de otras que sólo son distintas por ser “nuevas”. Eso nos lleva a una sociedad de incertidumbres, sin valores, que agrava la inseguridad por la globalización de los problemas: movimientos migratorios, eventual escasez de determinados productos, exceso de explotación y de desperdicio, precariedad laboral, agudización de las desigualdades. Lo único que importa es la “libertad” y la satisfacción individuales. Los grupos, partidos y asociaciones  ya no buscan el bien común, sino en el beneficio personal enmascarado por el fanatismo grupal. El verdadero Estado es Don Dinero: cada vez es más volátil, líquido y conceptual: No hay nada que lo respalde. Ya se está convirtiendo en dinero virtual, un paraíso para los hackers y un desastre para la economía" .

Para Bauman, el hombre de la sociedad líquida es un sujeto más autónomo pero solitario, que tiene un miedo cerval a los extraños, es xenófobo y busca el grupo fanatizado que le da seguridad a cambio de sumisión. Aunque nos encontramos en la sociedad del conocimiento y la era de las nuevas tecnologías, donde los sujetos están rodeados continuamente de datos y de acceso a la información, cada vez las aspiraciones a conocer y aprender son menores. La educación de nuestra época es se empieza a valorar como un bien de consumo y no como un proceso de crecimiento personal para adquirir valores, historia y aptitudes y entender la vida desde otros puntos de vista.El desempleo, el paro, y la falta de posibilidades de acceder a encontrar trabajo, hacen que los jóvenes cada vez tarden más en incorporarse al mercado laboral, en el que desaparecen, los contratos indefinidos, los trabajos que duraban toda la vida, los vínculos entre compañeros de trabajo y empresa. En nuestra sociedad actual es necesario que los individuos se formen  durante toda la vida. Los avances tecnológicos, los nuevos enfoques económicos, dan paso a la necesidad de la formación permanente.  

Pero Bauman se permite cierta esperanza hacia los cambios que ya tenemos aquí. La humanidad ha superado muchas crisis y ha resuelto los problemas: Ahora hay que atacar a la raíz de la crisis. Como principal responsable de la situación de la modernidad líquida identifica a la política, y no a una concreta, el conjunto de cada una de ellas que han traicionado su misión y su eficacia a causa de la corrupción, la negligencia y la falta de visión hacia un futuro que debe proyectarse con materiales y actitudes distintas en el espacio global , Es preciso potenciar y dirigir los cambios,trabajar los valores, la cultura, la educación. Nuevos modelos de organización, de trabajo, de educación, de conocimientos, tecnologías y nuevas costumbres..Es necesario unirse todos para investigar cómo reconducir este nuevo tipo de modelo, tanto económico, político, educativo y social.

 

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