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13 febrero 2021 6 13 /02 /febrero /2021 12:24

EL DERECHO A MORIR

(Publicado en La Comarca 120221)

Para Heidegger la persona es un ser-para-la-muerte, una “herida abierta” en el corazón del ser humano. Y para Epicuro somos ajenos a ella, pues cuando ella llega, tú no estás y mientras tú vives, ella no está. Los estoicos griegos y romanos la contemplaban como el término natural que  todos los seres vivos comparten. Pero cuando se imponen las religiones monoteístas, el derecho a morir es una aberración, ya que sólo Dios decide cuando hemos de morir. Y como ellas están aliadas con el poder terrenal, pueden contemplar más o menos indiferentes los genocidios que proliferan en la historia universal (y más si se producen sobre los enemigos de la “religión verdadera” que, evidentemente son los fieles de las “otras”) pero condenan con “el fuego eterno” a quien ose decidir por sí mismo el momento y lugar de su adiós a este mundo cruel (como cantaban los viejos “Teen Tops”). No puedes atentar contra tu vida pero debes dar tu vida en defensa de tu religión, tu país, tu bandera o tu líder carismático.

¿No hay cierta infantiloide falacia en esta proposición “ética”? Pero, ojo, vaya mi respeto por quienes en ello creen, más o menos a pies juntillas. Aunque si prescindimos de las arrogantes exigencias religiosas, de los intereses políticos o ideológicos –incluso económicos- y aquí ya lindamos con la ilegalidad básica de los que se benefician directamente con la muerte de alguien (lo cual ya entra en la competencia policial)… ¿qué nos queda? Un sujeto, hombre o mujer, joven o viejo, que en el uso de sus plenas facultades mentales –muchas veces algo oscurecidas por el dolor físico o mental, pero sin ninguna patología psíquica que lo empuje- decide, errónea o certeramente, eso siempre lo desvela el futuro, que no desea seguir viviendo lo que está viviendo en ese momento de su decisión. ¿Desde un punto de vista humano es comprensible que alguien –con las mejores “intenciones”, eso no lo discuto-- decida entrometerse e impedir el acto supremo de ejercer la libre voluntad del sujeto? ¿Estamos en posesión de un criterio superior que nos permite juzgar como erróneo el deseo de quitarse de en medio de una persona, casi siempre sin conocer las razones que le empujan a ello y cuando las conocen –desde su particular punto de vista—arrogarse el poder de decidir que ese sujeto está equivocado y de que debe someterse a lo que tanto teme, porque eso es lo que manda la tradición religiosa o social o política? ¿Acaso nos vamos a ofrecer a ocupar su puesto y sufrir nosotros sus dolores, quebrantos, temores, como si eso fuera posible?

Y, no estamos hablando de suicidio, que también podría entrar en el análisis argumental. Estamos hablando de eutanasia, esa palabra terrorífica que enerva a una parte importante de la sociedad española. La eu (buena) thanatos (muerte), de los griegos, que no había que buscarla, pero si aceptarla sin miedo o protesta, cuando era la mejor opción según las circunstancias, al no poder tener una vida libre y volcada en la “areté” (la virtud) o la “aristós” (la excelencia) o en el sencillo y simple disfrute de la existencia.

Nadie discute el derecho a vivir (a pesar de que la historia es un mentís hipócrita a ese derecho) pero muchas personas rechazan el derecho a morir, aunque se estructuren las medidas cautelares precisas para evitar la manipulación interesada de terceros o los excesos de todo tipo. Sin duda hay que exigir que la regulación de la eutanasia proteja al enfermo de una eventual mala praxis. El derecho a morir de los que sufren de forma documentada y fehaciente un tipo de vida máximo dependiente, cuajado de dolores brutales y sujeto a un estado de semi consciencia causado por los barbitúricos y medicamentos paliativos, articula la opción voluntaria de ejercer un derecho a morir que es humanamente irreprochable. Creo que es un asunto de ética, superior en jerarquía a las directrices socio religiosas que son hijas de una forma de cultura circunstancial. Incluso los médicos que se oponen a ella, reclamando el juramento hipocrático y su vocación irreprochable de salvar vidas, no de quitarlas, se quedan siempre varados en una dicotomía más retórica que filosófica o moral. La vida no es un concepto absoluto en sí mismo que no pueda ser problemático en determinadas circunstancias. Ortega decía que el hombre es su yo y su circunstancia, pero si no puede salvar su circunstancia (la viabilidad de la existencia) tampoco se puede salvar a sí. Si la circunstancia de la vida de un enfermo es el dolor continuo, la indefensión, el deterioro imparable y atroz, los “cuidados paliativos” (tan eficaces, razonables y necesarios en muchos casos) no son más que un aplazamiento de lo irremediable a costa del enfermo. Raramente el médico desconoce la irreversibilidad de la situación en algunos enfermos. Negarle el descanso final al paciente en cuestión, ¿es humanamente ético? ¿o sólo social o políticamente “ético”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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17 enero 2021 7 17 /01 /enero /2021 12:11

LOS DOMINIOS DEL “MAGO DE OZ”

(Publicado en Heraldo 120121)

 

Ante las  tibias reacciones de algunos Gobiernos, entre otros el nuestro, dando palos de ciegos durante la situación global que estamos viviendo, recordé una lúcida cita del malogrado Mark Fisher (1968-2017) , el politólogo británico radical: “Estas son administraciones que se encuentran al final de algo –no al comienzo-, carente de ideas y de energía, cruzando los dedos y esperando que, por medio de un milagro, el viejo mundo pueda ser traído de regreso a la vida antes de que alguien se dé cuenta de que ya ha colapsado”. El “milagro” podría ser para algunos el recurso al sable, al “milites gloriosum” que lo resuelve todo a mandoblazos y luego lo enfunda para dejar el poder al que siempre lo ha tenido.

Fisher se refiere a Gobiernos que afrontan situaciones para las que no estaban preparados (como las crisis financieras y económicas desde 2008) aunque sus palabras tienen un triste reflejo especular en las crisis que padecemos, indirectamente producidas por la pandemia, pero que al mismo tiempo también son brotes agravados de situaciones anteriores a marzo de 2020.

En ese contexto problemático el ruido de sables es irrelevante, una muestra más de la obcecación de un determinado tipo de personas. No es probable que en nuestra época sea algo más que ruido (así lo espero). Las bravatas bélicas son retóricas y están amañadas y bien sujetas. En esta época el recurso bélico se usa en momentos y lugares donde el daño es limitado y  localizado.

El Sistema político, económico y social de los países occidentales y algunos asiáticos, tiene en el fondo, más que en las formas, una semejanza curiosa que es perceptible al margen de ideologías o partidos, residuos inoperantes y corruptos del pasado. La metáfora literaria, “la tierra de Oz”, podría englobar a todos esas naciones. ¿Cómo se podía, sin cambiar la estructura oculta del sistema, mantener a la población sumisa y convencida de su viabilidad? Las normas aplicables, muy parecidas en general,  no pueden ser coercitivas, sino voluntariamente aceptadas, si acaso, como mal menor. Y todo ello a  pesar de los errores gravísimos y abusos que causa la producción imparable, la codicia de beneficios cada vez más altos  y el consumo sin freno.

En  un trabajo sobre el desmembramiento de las izquierdas, Fisher hablaba de la estrategia que se seguía en su momento (2009) para atacar a la vieja y sólida izquierda británica y convertirla en algo más digerible y dirigible. Es la que, descontextualizada, me permito usar para mostrar el tipo de manipulación de los ciudadanos sometidos al Poder de Oz. La primera es: “individualiza y privatiza todo”. No critiques la estructura, pongamos el foco en los individuos, sus actitudes y comportamientos, necesidades artificiales y deseo incesante por tener más y más de todo. Privatiza sus hospitales y sus escuelas, sus empresas eléctricas, de agua o de gas, sus residencias de ancianos…

Seguía con “haz que la reflexión y la acción parezcan difíciles, absurdas e innecesarias”. Todo se admite sin digerir, sin cuestionar y con un sesgo de impotencia y agresividad hacia los que detentan aparentemente el poder, dejando a los “poderes ocultos”  poco más que como una leyenda urbana o una falacia para uso de “bloguers” combativos. Continuaba con una norma para la clase dirigente: “propagad tanto complejo de culpa como podáis”. Así nadie cuestiona la insinuación muy difundida de que la culpa de todo la tienen ciertos individuos, gran cantidad de sujetos que no respetan las reglas de clase, de salud, de propiedad. Los  que sí  lo hacen también se sienten culpables por consentir que aquéllos existan o quizá por no haberse atrevido a unirse a ellos.

Sigamos con la metáfora: ese territorio no material pero perceptible,  está regido por “trusts” internacionales, las grandes multinacionales, en suma, “moneylandia”. Para su beneficio y supervivencia conviene mantener a las víctimas seducidas –el resto de la población, platónicamente dividida en distintos tipos de servidores-  en un estado pasivo o periódicamente activo, según las necesidades y circunstancias. Todo incurso en un proceso que persigue crear necesidades, producir para satisfacer algunas o mantener el deseo de consumo irreflexivo, un embridado descontento social  y unas desigualdades tradicionales e insalvables. Y vuelta a empezar.

Ese sistema produce, según Fisher, “la sensación generalizada de que el capitalismo no sólo es el único sistema político y económico viable, sino que ahora es imposible, incluso, imaginar una alternativa coherente”. Y añade, citando a otro autor, que estamos en una situación en la cual resulta “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. En estos momentos, diez años después de publicar esas líneas, la situación ha llegado a su “climax”, la pandemia ha mostrado al ilusionista farsante detrás de la cortina del poder, como en el “El mago de Oz”. El capitalismo es un envenenado juego de espejos, pero aún así el territorio internacional de Oz  se extiende y  está estructuralmente intacto. La pandemia ha cribado el exceso de población, ha dañado un tejido empresarial pequeño y mediano, pero los pilares del sistema se mantienen aún más ricos y poderosos.

El mensaje subliminal y  hegemónico emana de Oz y condiciona nuestras vidas, afecta a la cultura, al trabajo, a la educación, a las necesidades básicas. Al mismo tiempo crea una burbuja en la cual el pensamiento queda encapsulado y la acción, reprimida o dirigida para su fatal inefectividad. Quemar recipientes de basura o afrontar a policías armados con escudos, cascos y gases lacrimógenos, las denuncias de los medios “rebeldes”, tradicionales o en la Red,  no arañan siquiera la coraza del sistema. Es puro folklore. El “mago” oculto tras el telón sabe que nada de eso afecta al sistema, porque las críticas y las exigencias no están enfocadas hacia la base del poder -él-, sino hacia sus efectos teatrales externos, siempre imputables a otras causas. Es como combatir los efectos del virus sin atacar y remediar al mismo tiempo las circunstancias que causan su nacimiento y expansión. Así se luchaba contra la peste en el Medievo, rezos y aislamientos, pero sin mejorar las condiciones en las que vivía la población explotada, aceptadas como inevitables. Y seguimos actuando así.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 diciembre 2020 5 25 /12 /diciembre /2020 10:11

Leer a Fernando Savater es un placer picante más que exquisito. Es divertido, iconoclasta, algo pendenciero (siempre desde la buena voluntad y el respeto) sabe de lo que escribe y no escribe de lo que no sabe (lo cual es un privilegio en estos tiempos de falacias y fantasmones). En su dia (2008) hojeé este libro con simpatía pero sin demasiada afición. Lo puse en un estante y me dediqué a mis lecturas de filósofos varios "in person", dejando un poco  su aventura de pensar, pues eso, una de las aventuras literarias de degustación y comentarios a las que tan aficionado es Fernando, como la irrepetible de la infancia recuperada o los panfletos contra el Todo que solía leer en horas bajas (que en el panorama político y cultural de esta España nuestra que nos hiela el corazón, son demasiadas). Me equivoqué. Cuando la he leído en estos días, "La aventura de pensar" es una gozada de viaje a través de los grandes de la filosofía. Puedes estar de acuerdo o no con la lectura y las valoraciones de Fernando, pero de lo que puedes estar seguro es, primero, que lo vas a pasar muy bien, segundo, que te aclarará algunos puntos interesantes en algunos filósofos cuyas complejidades son abundantes y no siempre bien interpretadas y tercero, que simpatizarás con el pensador -Savater- que en algunas de esas, tira por la directa y te muestra que hay que meterse en la obra de algunos de forma discreta y respetuosa, sabiendo que no vas a llegar mucho más lejos de lo que ha llegado nuestro autor.

En su selección de 26 autores de la historia de la Filosofía, ni están todos los que son ni son todos los que están (al menos bajo el criterio del siglo XXI), pero lo que el lector habitual de Savater capta de inmediato es que ha seguido su real gusto y se la "refanflifa"  cualquier otra selección que a uno le pueda parecer más "justa o adecuada". El objetivo es mostrarnos "a groso modo" algunos de los puntales filosóficos de primer orden acompañados por la tropa de segundones que varía al gusto del consumidor. Desde Platón y Aristóteles hasta Sartre, Foucault o Adorno, pasando Tomás de Aquino, Hobbes, Descartes, Leibniz, Hume y Kant (por supuesto) haciendo paraditas en Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Marx y pasando de puntillas por Unamuno, Ortega, Russell, Wittgenstein y Heidegger. ¿Discutible? Sin duda. ¿Entretenido e informativo? Por supuesto. Uno puede echar de menos que nos hablara de Sócrates, Epicuro o de Pirrón, incluso de Marco Aurelio o Séneca, otros lamentan que no se detenga en Montaigne o Pascal y...bueno, qué más da. Y a otros, incluido yo, lamentan ver excluídos a otros pensadores y tratados algunos que ya hace tiempo moran. justa o injustamente, eso es personal, en el limbo de los eruditos y tesisnómanos.

"La aventura de pensar" se complementa con la aventura de leerlo. Y, a favor de Savater, lo cierto es que su talante pedagógico, directo, sin contemplaciones  y un poco irónico hace de esta lectura un apasionante paseo en compañía de un profesor apasionado, pintoresco y versátil en sus lecturas y estudios. Como él mismo dice cuando escribe sobre el potente Spinoza, sería bueno llevarse este libro cuando uno se vea obligado a vivir en aislamiento o con movilidad restringida. Ya sea la cárcel política(cómo él sufrió en los tiempos de la dictadura) o la pandemia (como estamos sufriendo todos en el último año).

FICHA

LA AVENTURA DE PENSAR.- Fernando Savater.- DeBolsillo. 340 págs.

 

 

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17 diciembre 2020 4 17 /12 /diciembre /2020 10:34

EL INVIERNO DE NUESTRO DESCONTENTO

(Publicado en Heraldo de Aragón, 121220)

Shakespeare en su Ricardo III nos habla de este “invierno de nuestro descontento” que se vuelve verano con el sol de York.  Como suele ocurrir con los clásicos, las palabras  del pérfido y astuto Gloucester tienen un dramático acomodo en las realidades que nos circundan y condicionan.  Vivimos realmente “el invierno de nuestro descontento” y no hay ningún sol primaveral que se anuncie para devolvernos la paz y el sosiego. Estar bien informado es una necesidad  y una dificultad en estos tiempos en los que la sociedad infectada de “infovirus” y “dígitopsicosis” campa alegremente por el planeta, protegidos por leyes de libertad, permisivas  y democráticas que nacieron en una época anterior y que no se han podido o querido actualizar  para amoldarlas a las nuevas exigencias del mundo digital. Se confunde información con una confusión de datos y cifras, cuya redundancia impide articular una realidad con significado empírico. Y para mayor bochorno ha instituido la  falacia  como un significante, la “postverdad”.

El ciudadano vive perdido y confuso en una red de contradicciones, inseguridades y errores que se capitalizan desde los Gobiernos o las instituciones técnicas y sanitarias hasta el pandemónium de la Red. Y, al mismo tiempo, ese absurdo y dañino “buenismo” político y social que es una herencia humanista, pero distorsionada, del siglo XX tras sus dislates dictatoriales, está llevando a cumplir aquello de que “el sueño de la razón engendra monstruos”.

Una muestra de ello la tenemos con sólo abrir los ojos a las reacciones de políticos y ciudadanías europeas (prefiero no hablar de la nuestra, que nos hiela el corazón a muchos españoles ) a la pandemia covidesca que ha generado otro tipo de pandemias: la de los “bots” o bulos digitales emanados en legión, la de millones de personas que consideran que tiene derecho a celebrar en grupos familiares los desatinos navideños y se consideran al margen de los contagios, los que “tienen derecho” a pedir por la red que se debería fusilar a millones de personas por el delito de pensar de otra manera, los que se acogen a las leyes de protección de datos, de  manifestarse, de libertad de movimientos, a “su” democracia en suma, para arrasar lugares públicos, ocupar edificios o agredir a alguien por el color de su piel, su origen o su sexo y no ser filmados y expuestos a la picota de lo deleznable…

Que no haya confusión en esto: el “buenismo” es falta de adecuación legal, de músculo reactivo y eficiente a un tipo de sociedad y unos modos que cambian a menudo, que ofrece inéditas posibilidades de conocimiento y también permite la libre difusión de errores y teorías conspirativas,  no una llamada al totalitarismo del signo que sea. De hecho esos amigos de la razón de la fuerza siguen ahí, vivitos y coleando, voceando sus vergonzantes nostalgias de un pasado mejor, dictatorial por supuesto (para consuelo de los grandes capitales que sólo toleran la democracia cuando aprenden a aprovecharse de ella).

El invierno de mi descontento se hiela, casi sin esperanzas  de un poco de calor, cuando constato que los ideales humanísticos por los que muchos hemos luchado como hemos podido o nos han dejado, el mundo cultural en el que fuimos formados se ha convertido en una mala caricatura y todo se confunde en el gris desasosiego que afecta al mundo de los libros, la alta cultura del teatro, la ópera, la música, la ciencia lúcida y desinteresada, el uso público de la inteligencia, la lógica, el sentido común… todo es bronca y griterío, violencia y exigencias. Los “derechos” no dejan de ser evocados mientras las obligaciones adyacentes y la responsabilidad, la solidaridad y la colaboración se hunden en un lodazal de indiferencia arrogante. Ojalá esos 36 hombres justos, renovables  por generaciones, que según la tradición judía son los que nos libran a través de los tiempos del merecido apocalipsis, se multipliquen un poco. Los necesitamos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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12 diciembre 2020 6 12 /12 /diciembre /2020 08:23

EL TRAJE NUEVO DEL REY

(Artículo publicado en La Comarca el 11122020)

Fue nuestro don Juan Manuel, el noble erudito y escritor moralista, allá por el año 1335, quien en su libro “El Conde Lucanor”, en el “exemplo XXXII”, habla de unos granujas, supuestos tejedores, que confeccionaron un riquísimo traje al Rey. El traje tenía una virtud mágica: sólo sería visto y admirado por las personas que amaban a la real persona y no le querían ningún mal. Los que no lo vieran, eran reos de traición y merecían la muerte. Desde los cortesanos al mismo Rey, todos alabaron el fantasmal y mágico traje. Cuando el Rey salió a que el pueblo le admirara, acompañado por sus soldados, nadie se atrevió a decir que el Rey iba desnudo. En esta primera versión del cuento, seguramente de origen árabe,  fueron unos humildes negros semi esclavizados quienes dieron las primeras voces de alarma y fueron inmediatamente castigados. Pero el hecho de que a pesar de las torturas todos seguían diciendo que el rey estaba desnudo acabó abriendo los ojos al pueblo, a los cortesanos y al mismo Rey, avergonzado y furioso. Fueron a por los “tejedores”, pero hasta el día de hoy nadie sabe dónde se esconden y cómo disfrutan de sus riquezas.

Tres siglos más tarde el mismísimo Cervantes recogió la anécdota y compuso su entremés “El retablo de las maravillas”, poniendo en cuestión la “limpieza de sangre” de los que negaban estar viendo una supuesta representación que todos aplaudían. Y en 1837 fue Andersen, el danés de los cuentos, quien retoma el falso traje mágico y deja que sea un niño de corta edad que denuncia la superchería entre infantiles carcajadas.

Los “yayofachas” de ajado uniforme y estrellas en la bocamanga, jubilados militares pero activos de testosterona y nostalgias de pistola y brazo alzado con viril empuje que abofetea el aire, le han confeccionado un traje nuevo al Rey, al que rinden pleitesía y regañina encubierta. Seguros de su inmunidad “democrática”, que les garantiza ese mismo Gobierno que demonizan, han diseñado un traje, militar por supuesto, para que el monarca de todos los españoles sea admirado por su elegante prestancia, por supuesto militar. El caso es que quizá una mayoría de militares no ve con buenos ojos esa pantomima, quizá el mismo Rey tampoco. Pero la cuestión está en que mientras no se tome partido, “partido hasta mancharse” que diría Celaya, en denunciar a esos “sastres” iracundos, el Rey tiene un traje nuevo.

Y si sale con ese traje al mercado público, al escenario de todos, (y será así si no rechaza públicamente y con vigor todo lo que supone tal “vestimenta”) habrá muchos que se atreverán a decir: “mira, el rey va desnudo”. Y así se referirán a que el Rey va “desnudo” de lo que deben ser sus atributos y condiciones institucionales: un Rey de todos y para todos, por encima de partidos y de intereses bastardos. No la marioneta de determinados poderes políticos y económicos. Porque lo que están intentando esos “yayofachas” y los “patriotas” de la ultraderecha, los “amigos” de la derecha pura y dura y adláteres, es vestir la figura emblemática de la Corona con sus odios, rencillas, rechazos e inhumanidad. La referencia brutal y aberrante a  la necesidad de fusilar a 26 millones de españoles, no sólo es de juzgado de guardia, sino síntoma patológico de psicosis delirante y agresiva que requiere internamiento y tratamiento psiquiátrico, eso sí con todo el respeto y la compasión posibles. Y no el apoyo absolutamente sancionable de los de Vox (en nombre de la “libertad de expresión”) y la sonrisa casi cómplice del PP, quitándole importancia como si fuera una travesura de abuelos apegados a sus batallitas. Sólo que esas “batallitas” fueron de una guerra civil, españoles contra españoles. Seguir mencionando, requiriendo, sosteniendo los mismos dislates pútridos que llenaron de sangre y lágrimas a este país en el primer tercio del pasado siglo, con decenas de años más de miserias y revanchas, es más que una barbaridad, es un trágico error que puede tener consecuencias atroces para unas generaciones que, con escasas excepciones, apenas balbucearían cuatro palabras si les pidieras que te hablaran de una guerra llamada “civil”. “Nos queda muy lejos” te diría ese nieto de 18 años. No sabe cuán cerca estamos de repetir las mismas equivocaciones. Aunque la marcha del mundo, en muchos aspectos muy mejorable, ya no permitiría semejante desatino. Al menos eso queremos creer  muchos de los de las generaciones que superan los 50 que hemos visto “que la cuna del hombre la mecen con cuentos…/que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…/ que el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos…/ y que ya sabemos todos los cuentos”. Gracias por prestarme tus versos, León Felipe.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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27 noviembre 2020 5 27 /11 /noviembre /2020 08:36

POLÍTICA VERSUS EDUCACIÓN

La ley Celáa no viene de celo. De celo educativo, menos aún. Podría provenir de re-celo, que es de uso político. No es la norma “castigapatrias” que vocean algunos, pero tampoco es oportuna en estos momentos de pesadumbre e inseguridad. Es una ley precipitada que ha enardecido los ánimos de la derecha, patronales y sindicatos. No porque la Ley sea totalmente rechazable. No es peor que la Lomce de Wert que fue aprobada solo por el PP. La Lomloe ha sido aprobada de forma más plural, aunque es evidente su ideario progresista. El problema, tan reiterativo, es que no hay un debate sereno y un análisis crítico serio de la ley, sino unas reacciones emocionales y de sesgo económico-político que difunden falsedades y manipulaciones: desde que el castellano corre peligro de extinción (principalmente en Cataluña) a que se atenta contra la libertad de elección educativa por limitar la financiación pública a la escuela concertada, como que se sacrifica la asignatura de religión y se arrasa con las escuelas de educación especial para llevar a todos los chicos con necesidades especiales a ser incluidos en las aulas generales. Tal como se denuncia nada de esto es cierto.

Seguimos negándonos –también en educación, no sólo en sanidad—a aplicar el buen juicio, el sentido común y la mesura y cautela en el análisis de lo que nos disgusta. Llevamos, señores, ocho leyes de educación desde 1970. A cual más discutible e inoportuna, pero sobre todo  sesgadas políticamente por el que manda –todos los partidos quieren dejar su “cagadita” en la triste historia educativa del país-  e ignorando la escasa efectividad de las anteriores. Con la educación, señores, no se juega. No es una pieza de intercambio y mercadeo como lo han sido los presupuestos.

¿Creen que todo se reduce a minimizar al castellano y blindar el catalán? ¿O liquidar las escuelas concertadas y las aulas de educación especial?  No simplifiquen tanto, lean la ley e infórmense. Dense cuenta del paralelismo existente entre la supuesta ley “educativa”, el autismo emocional de una parte del Ejecutivo y el oportunismo pseudo izquierdista de la otra, los dislates de la derecha y los separatismos, las broncas vergonzantes de la política profesional al margen de las verdaderas necesidades del ciudadano, la que nos cae vía pandemia entre indecisiones y negacionismos, la ruina económico-laboral y por doquier, la falta de un consenso de Estado en las cuestiones esenciales y tantas otras vergüenzas, aderezadas por bulos, falacias e hipérboles difundidas por la Red.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 noviembre 2020 2 17 /11 /noviembre /2020 10:33

LOGOI 175

DIGITALIDIOTAS

Las crisis políticas y sociales generan impensables compañeros de cama. Nadie pensó que la actual crisis occidental acercaría a jóvenes herederos de los anarco-hippies y a una extrema derecha paranoica y negacionista. En las redes la confusión es dramática. Los inventores de bulos y majaderías negadoras de la evidencia exigen libertad de expresión para defender su “derecho” a instigar el odio y la desconfianza entre la población adicta a las pantallas. Escribió Emilio Lledó: “…Siempre se habla de tener libertad de expresión, pero lo que hay que tener antes que eso es facultad de pensar. Si mi libertad de expresión solo sirve para que diga idioteces, de qué le sirve a nadie mi uso  de esa libertad. ¿Para qué nos sirve, si no sabemos pensar…si careces de sentido crítico, si eres un adicto a las “fake news”, los bulos y las insensateces proferidas por “influencers” de la Red, que no saben hacer la “o” con un canuto”.

Ahora el camaleónico Sánchez sugiere una “agencia” que ponga orden en ese universo digital caótico. Tiembla uno sólo de pensarlo. No porque la medida sea inoportuna o absurda, sino por cómo se piensa realizar, quién controlaría a los controladores de los filtrajes y hasta qué punto la deriva del control no abarcaría medios de comunicación independientes que tan molestos resultan a un poder enquistado en sus sillones.

El neurocientífico Michel Desmurget, nos dice que estadísticamente un joven de 18 años suele pasar por término medio de 5 a 8 horas todos los días frente a una pantalla. Por ello ciertas regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de señales visuales entorpecen por sobrecarga la maduración de las redes lingüísticas, esenciales en campos como la lógica, el  sentido crítico y la elaboración de un pensamiento estructurado.

Unamos el mal uso de la libertad de expresión, el invento apresurado de un control gubernamental de los ataques y supuestos ataques a la norma y  los “levantamientos populares” orquestados por los fascismos “democráticos” que los perpetran, y obtenemos un cóctel explosivo preocupante. César Vallejo escribió en 1939: “¡Cuídate España de tu propia España! Cuídate de la víctima a pesar suyo, del verdugo a pesar suyo y del indiferente a pesar suyo! Cuídate del que antes de que cante el gallo, negárate tres veces y del que te negó, después, tres veces. Cuídate de los nuevos poderosos. Cuídate de los que dicen que te aman. Cuídate de tus héroes. Cuídate del futuro.”

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 octubre 2020 5 02 /10 /octubre /2020 11:49

(Texto publicado el 021020 en La Comarca)

Las “marabuntas” son agresivas colonias de hormigas depredadoras existentes en algunos países de África y en Sudamérica. Les llaman hormigas guerreras o legionarias y arrasan territorios enteros, devastando la pequeña fauna y la vegetación por donde pasan, en columnas de 20 metros de ancho por 200 metros de largo. En los años 50 se hizo popular una película norteamericana dirigida por  Byron Haskin y protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. Es España se tituló “Cuando ruge la marabunta” (“The naked jungle”, “La selva desnuda” en inglés) en la que la marabunta se convertía en un exagerado flagelo letal incluso para grandes mamíferos y personas.

Ustedes me permitirán la broma, también exagerada, de comparar las tropelías devastadoras de la marabunta con ciertas actitudes, abusos, excesos, incivismo, mala educación o simples gamberradas -seguramente etílicas o anfetamínicas- del tropel veraniego que ha invadido nuestros pueblos, impulsados por las circunstancias (encabezadas por el Covid y en contra de las recomendaciones de las autoridades de las provincias de origen de los turistas).

Las últimas fiestas y “puentes” han sido un triunfo de la necesidad de desplazamiento tras la reclusión, inconsciencia y covidiotismo de cientos  de miles de personas que se han expandido por el mundo rural y el de montaña hasta límites notables incluso comparándolos con tiempos de normalidad sanitaria y económica. Entendámonos: creemos firmemente en el derecho de los ciudadanos a buscarse sus momentos de diversión, deporte, nomadismo, relajación o socialización fuera de su lugar habitual. Con dificultades para salir a otros países más exóticos y con el añadido de las penurias económicas, la gente ha decidido hormiguear por lugares más o menos cercanos, más económicos y poco poblados (hasta que llegaron ellos, naturalmente). Los aborígenes rurales y montañeses, encantados de entrada (algunos). Las pernoctaciones y alquileres o casas rurales han estado a tope. Los bares y restaurantes hicieron su agosto en setiembre. Los senderos superpoblados y arrasados por motos y bicis de montaña y ristras de mochileros protestando de tanta rueda y ruido. Las cumbres modestas y las más orgullosas han sufrido hasta colas de espera (vi una foto descorazonadora de la cruz del Aneto a rebosar de “selfies” y posados grupales).

Por las noches, hasta en los pueblos más pequeños y a pesar de las órdenes de alejamientos y mascarillas en vigor, los botellones, francachelas y escandaleras han estado en plena vigencia transgresora. Botellas vacías (y rotas), vasos de plásticos y otros residuos han constituido la pesadilla y el rosario de malas palabras de los pobres peones y alguaciles de los Ayuntamientos. Moblaje urbano destrozado, pintadas de lo más “divertido”, automóviles aparcados a la buena de Dios, vomiteras en algunas esquinas, gritos estentóreos en la noche donde sólo se escuchaba algún búho o lechuza, cantos “patrióticos” o coplas libidinosas durante la “sana” diversión nocturna importada.

Me dirán ustedes que eso no ha sido la tónica general. Que muchos de los que han buscado refugio estival en los pueblos son personas que tienen en ellos su segunda residencia, otros son amigos o familiares de los propios lugareños. En fin, que exagero un montón. ¿De veras? Den un repasito a los periódicos locales, comarcales o provinciales. Aún así, admitamos que la cosa no ha sido tan grave y que ha compensado un poco el desbarajuste económico del confinamiento. Muy bien. A cambio déjenme hacerles una propuesta discreta: Convengamos que el Aragón vaciado no es un cubo de residuos donde puede venir quien quiera a cambiar sus óbolos turísticos por cosas inconvenientes que nos afectan y desmerecen nuestro territorio. Lo que no se tolera –o se multa- en las ciudades, en nuestros pueblos queda impune. Como dijo en un semanario de la comarca un destacado político amigo mío: “si masificamos el territorio, deterioraremos los espacios y degradaremos nuestras pequeñas joyas”. ¿Por qué no regalamos  a los visitantes ocasionales o “residentes” un decálogo de buena vecindad, de educación cívica, en el que les rogamos que nos ayuden a conservar, mantener y mejorar los lugares y monumentos naturales que vienen a admirar y respeten a los que vivimos todo el año aquí y trabajamos para hacer esa labor y, en consecuencia volverles más fructífera su estancia?  ¿Es mucho pedir? ¿O prefieren dejar nuestro Aragón milenario convertido en un páramo arrasado como por el paso de la marabunta?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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