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19 abril 2021 1 19 /04 /abril /2021 17:52

EL ACONTECIMIENTO DEL SIGLO

(Publicado en Heraldo de Aragón el 200421)

El estimulante “enfant terrible” de la filosofía actual, el esloveno Slavoj Zizek, define un acontecimiento como “algo traumático, perturbador, que parece suceder de repente y que interrumpe el curso normal de las cosas; algo que surge aparentemente de la nada, sin causas  discernibles, una apariencia que no tiene como base nada sólido”. Dedica un breve tratado, 163 páginas, al tema y lo publica en inglés en 2014 (en España  la ed. Sexto Piso lo traduce el mismo año). En otra de sus obras, afirmaba contundentemente “la Naturaleza es una locura. Es caótica y propensa a desastres salvajes, impredecibles y sin sentido y estamos expuestos a sus despiadados caprichos. No existe eso que se llama Madre Tierra…ni creo en ningún orden natural. Los órdenes naturales son catastróficos”. Seguramente Zizek debe sentirse profético

Personalmente  no estoy de acuerdo con estas últimas aseveraciones,  a pesar de que la pandemia que comenzó en 2019 parece dar la razón al levantisco filósofo. Decía el científico norteamericano, experto en la teoría del caos, Edward Lorenz,  que “llamamos caos al orden que todavía no comprendemos”. Podríamos aventurar que el mayor factor perturbador que tiene la Naturaleza es ese bípedo implume que es el ser humano, cuya respuesta al desafío del virus global no resiste un análisis lógico por los excesos habidos de arbitrariedad (política y social), irresponsabilidad, insolidaridad y en general, estupidez global (desde el negacionismo hasta la “violencia compensatoria”) pasando por una codicia desalmada que está enriqueciendo a una minoría que gestionan sectores como el farmacéutico, la sanidad o cuestiones financieras que inciden en la vida de todos.

El “acontecimiento” de la Covid nos ha demostrado el desequilibrio existente entre la asombrosa civilización tecnológica en la que vivimos y la capacidad de responder de una forma ética, humana y responsable a los desafíos naturales  que nos están arrasando. Si no acaba desapareciendo nuestro género de vida como animales “racionales”, sospecho que la huella histórica que vamos a dejar para lejanas generaciones futuras va a ser de horror; por la falta de consideración entre nosotros mismos y el estupor  ante esta pregunta: ¿Cómo es posible que, teniendo una tecnología  de alto nivel a disposición de la humanidad,  no supimos o quizá no quisimos  implementarla de forma global y por encima de las siempre codiciosas minorías de poder, para evitar los desastres que nos diezman en el siglo XXI?

¿Cómo es posible que en una parte del mundo regido por el  consumo desenfrenado y la producción alimentaria abusiva, un mundo de residuos y basuras “in crescendo” debido al mandamiento del “usar y tirar”, por el que se lanzan a los vertederos millones de toneladas de alimentos y residuos, una buena parte del planeta se esté enfrentando en estos momentos a una cercana hambruna que puede causar millones de víctimas más que sumar a los millones que provoca el virus?

Más de veinte países de África, Oriente Medio, Asia o el Caribe están en alerta roja. Tanto la PMA (Programa Mundial de alimentos) como la FAO están alertando al mundo “rico” de que la suma letal de pandemia, plagas (la langosta migratoria arrasará las cosechas de media docena de países africanos en abril y mayo) conflictos armados localizados (cuyas armas provienen de fábricas de occidente) o fenómenos climáticos extremos agravados por el conjunto de efectos de “La Niña”, que ya llega con sus impactos sobre la temperatura, vientos y pluviosidad, sequía, incendios e inundaciones…en suma, un conglomerado de elementos que extenderán la hambruna.

Por tanto, ¿cuál es el “acontecimiento” que según la definición de Zizek “interrumpe el curso natural de las cosas”, la pacífica supervivencia y el desarrollo global? No es la Covid, ni “la Niña”, ni la crisis económica, ni las hambrunas. Esas son circunstancias aterradoras que, de alguna forma, están sujetas a una causalidad remota en la que el sistema inicuo de explotación que prevalece en nuestra cultura geoeconómica, tiene un papel relevante.

El “acontecimiento” esencial del siglo XXI es la recalcitrante penuria ética del ser humano que le hace esclavo de lo inmediato, lo fácil, lo placentero y adicto a la violencia, el odio, la división, la codicia, el egoísmo y la insolidaridad. No parece servir de nada lo que nos enseñó la historia, lo que nos inculcó la filosofía, lo que nos facilitó la espiritualidad, lo que nos promete la tecnología, si la sabemos encauzar. Ese es el “acontecimiento” del siglo XXI: la creciente superioridad en el hombre de su cerebro reptiliano sobre su cerebro emocional o límbico y el racional o neocórtex. La razón y la inteligencia creativa, el respeto y la solidaridad,  no son utilizados como se debiera por una mayoría de personas en todo el mundo, a pesar de padecer un contexto de desastre global. Esa parte de nuestro cerebro busca la supervivencia egoísta, es conservadora y teme a los cambios, busca el placer primario ya sea del sexo, de la posesión de cosas o la subordinación al poder del más fuerte que le ofrece una ilusoria seguridad; tiene una conciencia territorial exacerbada, racista y xenófoba. Desconoce el diálogo y cree en la violencia como instrumento básico. Piensen en ello: un simple telediario visto con atención les dará sobrados ejemplos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

 

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16 abril 2021 5 16 /04 /abril /2021 18:21

“BLADE RUNNER” EN ESPAÑA

(Publicado en La Comarca el 160421)

En 1982 el director Ridley Scott estrenó una película, “Blade Runner”, basada en un relato corto de Philip K.Dick titulado “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Fue un éxito mundial y forma parte de las obras de culto del 7º arte. En ella vemos cómo el protagonista (un joven Harrison Ford) usa un artilugio que analiza la retina del ojo de una joven a fin de averiguar si es humana o una “replicante”, un robot con apariencia humana. El test está basado en un tipo de preguntas cuya respuesta activa la empatía (capacidad de identificarse con alguien y compartir sus emociones y sentimientos). Esta reacción emocional a la pregunta, supuestamente, tiene el efecto reflejo de dilatar la pupila, sólo en los humanos, claro está. Si careces de empatía, sugiere la película, es que eres una máquina.

A tenor de lo que está pasando en el mundo sería interesante conocer el grado de humanización que nos queda. Para acotar la muestra de análisis propondríamos hacer el test en nuestro país. Sugerimos estas preguntas:

1.- ¿Quitaría importancia al clima turbulento y agresivo que se estila entre los políticos, algunos medios de comunicación y sobre todo en la Red y sus lugares de cita, Facebook, Twitter, etc. Lo calificaría de simple “jarabe democrático”?

2.- ¿Cree que se deberían exigir responsabilidades ante la preeminencia de intereses políticos o económicos sobre las vidas humanas que se han perdido por la covid y su mala gestión?

3.- ¿Le preocupa el contagio que supone para el resto del país que la Comunidad de la señora Ayuso, Madrid, la capital del Estado, sea una mala copia de “Sin City”, la ciudad del pecado, donde el capital y los negocios turbios están por encima de la protección, la sanidad y la seguridad de la población?

4.-¿Percibe que estemos llegando a no distinguir la mentira vociferada de la verdad que se musita; que se banalice la seriedad y la acción efectiva; que los insultos y la desmesura emocional impidan el diálogo; que se manipule la opinión; que se propicie el olvido de errores colosales; que se bromee sobre el conocimiento y que se apoye la ignorancia como si fuera un derecho; que el ensayo-error sea la norma de criterio de actuación en unos planes nunca bien diseñados; que llenemos de eslóganes vacíos y grandilocuentes un desierto social, político y económico de ideas serias y realistas; que el gesto teatral en política sustituya al trabajo concienzudo; que vivamos en términos de polaridad –si no estás conmigo, estás contra mí-- y sustituyamos el respeto por el sarcasmo, la mezquindad por la ecuanimidad, la aceptación de lo distinto por la glorificación del racismo…?

5.- ¿Que admitamos y mantengamos a políticos y altos funcionarios que nos ofrecen clichés resabiados y tópicos de taberna patriotera en  lugar de buscar y ofrecer salidas racionales a crisis enquistadas, dejando ver la nula preparación técnica, jurídica o ético-política de tales detentores del poder?

6.-Que toleremos que muchos de nuestros jóvenes se envenenen con la adicción a la violencia fácil, el sopor y la rabia que produce la falta de esperanza en un futuro cada vez más enturbiado y un ambiente falto de ética que premia públicamente al tramposo, oportunista, prevaricador o desvergonzado ignorante y se alimenta de memes, bulos, fakes news y un desprecio larvado hacia el trabajo serio, la responsabilidad, la honestidad y la decencia, como si fueran virtudes caducas e indicativas de debilidad de carácter, desconcierto y miedo.

7.- Que aceptemos un sistema educativo que, desde la infancia hasta la Universidad, carezca de aquellas materias y conocimientos que forman a las personas en principios y valores, sujetos a programas oportunistas que obedecen a una escala de motivación reducida al pragmatismo económico y a habilidades técnicas que faciliten el empleo y supongan una rentabilidad inmediata en el mercado de trabajo…

A estas alturas del test, ¿la mayoría de los españoles habría mostrado claros signos, por la aguda reacción emotiva de rechazo en las pupilas, de que no nos estamos convirtiendo en cyborgs, autómatas, “replicantes”?  O, por el contrario, estaríamos bostezando de aburrimiento, justificando que las cosas sigan ese curso o indignados porque creemos que se trata de justificar programas políticos que no creen en el ciego autoritarismo, la glorificación de “lo nuestro” y la necesidad de un líder carismático con mano dura que acabe con la “degradación de la raza”. ¿Qué opinan ustedes?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Periodista y escritor

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5 abril 2021 1 05 /04 /abril /2021 15:43

INQUISICIÓN 3.0

(Publicado en La Comarca el viernes 020321)

La pandemia ha dado un empujón colosal al mundo digitalizado, a la virtualidad existencial, a la conciencia informática de cuanto hacemos, pensamos o decimos. Nos pasamos en general, y como mínimo, cinco horas al día enganchados a algún tipo de pantalla y de teclado. Y como “España es diferente”, queda añadir que el “diferente” se inclina más hacia lo reprobable y/o simplemente malo, que hacia la excelencia en lo bueno. Y para redondear, estamos alcanzando la excelencia en lo malo. Si les sirve de consuelo (a mí, no) es una característica que compartimos con muchos otros países. Una particularidad nuestra es que, al contrario que en el resto de la UE, creo que somos el único país al que le falta regular los contenidos audiovisuales y controlar los mensajes de odio, racismo, sexismo y violencia en los medios y en la Red por un organismo independiente de Gobiernos y grupos de presión de todo tipo. Hubo un intento de controlarlos en 2010, con un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales que nunca entró en vigor porque cambió el partido en el poder (y no señalo a ninguno). Me consta que hay sendos Consejos con cierto –poco al parecer- control en Cataluña y Andalucía. En España como totalidad, se incumple la legislación obligatoria europea sobre este crucial asunto: de ahí la sinfonía de los horrores de mala educación, insultos, amenazas y críticas desalmadas  en programas, aquelarres deformativos e incluso discursos políticos, en los que se hacen alabanzas a la violencia con la mayor impunidad.  La existencia de un supuesto control por la llamada Comisión Nacional de los Mercados y Competencia (CNMC) es un “saludo al sol” en la mayoría de los casos. Lo tristemente cierto es que no tenemos la legislación normativa adecuada y su  correspondiente organismo porque empresas y lobbies de lo audiovisual se negaron a ello en nombre de una supuestos “principios de la libertad de empresa”. Ni Jonathan Swift se hubiera inventado algo así.

Pero esto es sólo una de las caras del problema Inquisición 3.0. La otra es el uso que está haciendo –y sobre todo que se hará, si nadie lo remedia- de toda esa estructura comunicativa y relacional del mundo digital del que somos siervos  (y sin protección alguna). No sólo se ha instituido un sistema prácticamente incontrolado y dotado de alta inmunidad de insultar, zaherir, hundir, despellejar, levantar falsedades y dictar sentencias durísimas sin pruebas de unos ciudadanos contra otros (desde el anonimato a menudo) y crear campañas de desprestigio y condenas “a la picota” capaces en unas horas de destruir prestigios o carreras de políticos, actrices o actores, escritores, poetas, artistas plásticos, bailarines e incluso científicos en nombre del dogma “wake” (“despierto”) en los países anglosajones o de los defensores del purismo (“su” purismo) sexual, racial o político: autodesignados sumos sacerdotes de la ortodoxia. Es la Inquisición 3.0.

El problema que tenemos en estos tiempos enigmáticos y sorprendentes –una época puente entre dos culturas socioeconómicas, costumbres y estilos de vida tan diferentes entre sí como la noche y el día- es que el invento del mundo digital y sus facilidades y esclavitudes ha creado, bajo el manto protector de lo que llaman “la libertad de expresión”, el advenimiento de la Laica Inquisición. Ésta se ha revelado mucho más dañina que la medieval, ya que afecta a todo el planeta, a todas las personas y sin una Institución visible y determinada que la controle. En ésta también suele haber ganancia directa o indirecta de tipo económico a causa de los desafueros y persecuciones que se perpetran impunemente. En bastantes ocasiones es gratuita en todos los sentidos de la palabra.

Segunda faceta: control ciudadano de seguridad (dicotomía libertad-orden). La imitación del “paraíso” chino: seguridad comunitaria controlada por el poder. Sistemas de reconocimiento facial en todas partes que no sólo controlan físicamente a los ciudadanos. Están conectados a potentes ordenadores estatales que, a través de algoritmos en bucles de auto enriquecimiento de datos, no sólo dan noticia de quién es cada cual, sino de lo que posee, sus cuentas bancarias, negocios o propiedades. También de lo que hacen o pretenden hacer y, a través de gestos o actitudes, lo que “piensan” que está bien o mal (“mal” es aquello que se sale de la norma oficial de lo que “está bien”). Con la minuciosidad china por los detalles, el referido patrón de” big data” podrá puntuar a los ciudadanos, según sus actos se consideren positivos o desafectos al régimen. Una multa de circulación puede llevar al algoritmo correspondiente a sellar al culpable como irresponsable o  nocivo para el sistema, con lo que su libertad de movimiento, su posibilidad de tener un crédito o una vivienda quedará gravemente comprometida.

Ni Orwell imaginó algo así. Y nos les hablo de un argumento literario distópico. Esto es real y es nuestro presente. Un grupo de intelectuales y científicos españoles ha escrito una carta abierta al Gobierno pidiendo que se nombre una comisión de investigación para que se regule los sistemas de reconocimiento y análisis faciales ya existentes. Como ven no estamos tan lejos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

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26 marzo 2021 5 26 /03 /marzo /2021 08:36

 

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 
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19 marzo 2021 5 19 /03 /marzo /2021 12:54

Publicado en La Comarca, 190321

Escritores, filósofos y analistas políticos (cito a  Yuval  Noah Harari, Slavoj Zizek, Byung-Chul Han o Zygmunt Bauman) han publicado sus pesimistas (realistas) reflexiones sobre el “acelerón histórico” que ha supuesto la pandemia a un nivel global en las sociedades capitalistas, democráticas o populistas, que se reparten por el mundo ignorándose unas a otras, enrocándose en sus egoísmos o engañándose mutuamente entre protestas de solidaridad y cooperación. Hubo algún pensador o comentarista –yo entre ellos, lo confieso- que en los comienzos del Armagedon vírico entonó un esperanzado réquiem por el capitalismo salvaje y neoliberal que nos estaba convirtiendo a la mayoría de la población en esclavos digitales y consumistas compulsivos. Todos encadenados a valores y principios inyectados por los medios y  administrados por las grandes corporaciones y sus servidores de calidad, los Gobiernos del color político que fueren. Todos bajo el poder de un minoritario plantel de remotos y anónimos “inversores” que manejan en su beneficio los hilos financieros de las marionetas estatales. Soy consciente de que esto suena a siniestra conjura global, tipo Spectra o la conspiración del Nuevo Orden Mundial. Aunque pensadores como Richard Rorty (1931-2007) nos advertía en sus últimos años: “Tenemos ahora una clase superior que toma todas las cruciales decisiones económicas y lo hace ignorando a los Parlamentos y la voluntad de los votantes, ciudadanos de cualquier país, desarrollado o no”. La crisis de 2008 le dio la razón. Hoy día la situación ha empeorado  de forma exponencial.

Pero la pandemia hizo nacer la esperanza de una visión posible (aunque utópica) sobre otro orden mundial, basado en la supuesta aunque visible ruina del sistema: solidaridad y cooperación internacional, supervivencia del género humano, por encima de fronteras, lenguas, razas y economías, causada por la brutal amenaza de extinción que acarreaba el virus. Y ese “Despertar” humano sería posible gracias  a una conjunción entre la Ciencia, la Ética (el imperativo categórico kantiano), la Razón…y el miedo, por supuesto. Una especie de espiritualidad laica de sello humanístico con autopistas digitales inundaría al mundo calmando las ansiedades de la resaca del reciente consumo irresponsable y el poder omnímodo del dinero insolidario.

Un año más tarde y  a la vista de la situación mundial (mejor no hablar de la española) seguimos sin entender que la crisis climática y ecológica (cuna de los Covid que han venido y los que vendrán) y la desigualdad social, sanitaria, económica, son problemas sistémicos prioritarios a resolver para evitar la ruina total. Y eso resulta imposible porque el orden económico mundial depende de grandes corporaciones que no pueden evitar (está en su genética creacional) elegir la Bolsa (sus beneficios) antes  que la Vida: la de ¾ partes de la población mundial, 4.500 millones de personas, que padecen la más grave “enfermedad del planeta”, (según un informe de la OMS de 2008), la desigualdad sanitaria, económica, laboral y de estilos vida saludables. Recuerden que estamos viviendo en todo el mundo la llamada “ley inversa de la atención sanitaria”: la calidad asistencial está en proporción inversa a las necesidades de la población: cuanto más altas son éstas, peor es la asistencia sanitaria.

¿Está muriendo el sistema? No. Está mutando. Bill Gates ya anunciaba en 2017 el fin del capitalismo debido al consumo irresponsable y escasez de recursos. Y otros como él buscaban que algo cambiara en el sistema para que siguiera vivo. Pero ninguna de las grandes figuras del capitalismo global sería capaz de revertir la famosa regla del 80/20: el 80% de los recursos naturales los posee un 20% de propietarios; el 80 por ciento de los beneficios corporativos se los lleva un 20% de ejecutivos…la economía basada en el negocio digital global favorece a un 20% de empleados que pueden realizar el 80 % de las labores necesarias y aumentarán hasta el 80% los individuos pertenecientes a una clase irrelevante o precarizada laboralmente, desempleada o directamente inútil. La pobreza, la exclusión y desigualdades sociales, las tenemos semiocultas en la sombría trastienda del mundo visible, el de los medios y la Red.

Mientras, la inmoralidad como sistema, la barbarie como opción, la idolatría dineraria, la codicia como norma, las falacias y la manipulación informativa hipertrofiadas por la Red, sugieren un escenario muy semejante a aquél que Josep Conrad nos reveló en “El corazón de las tinieblas”, una colonia de trabajadores en el Congo belga, dirigida por un tirano sanguinario, Kurtz, que antes de ser asesinado, echa una mirada a lo que le rodea y musita: “El horror…el horror” no se sabe si con complacencia o con arrepentimiento.

Al capitalismo sólo se le puede frenar analizando la dinámica de su desintegración y usando desde dentro sus propias armas para impedirle que se transforme, que mute. Aprovechando sus propias estructuras. Nada de revolución (todas acaban siendo digeridas y convertidas en malas copias)  sino evolución controlada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, Periodista

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 10:08

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . En uno de sus libros “Cazadores, campesinos y carbón” (2015), asegura que los cambios fundamentales a largo plazo en los valores dependen  de los tres sistemas esenciales de obtener la energía: la caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles y en cada una de ellas se privilegian ciertos valores sobre otros. La base argumental de esta obra se articula a través de esas tres etapas del progreso humano , desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, la dinámica de las ciudades y en otro salto histórico,  la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitaria y pragmática que vincula ciertos valores culturales y sociales  de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Aunque si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano.

Aunque uno  de los autores críticos sobre su libro, citados por el propio Morris opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo,presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” Otro, la novelista Atwood, analiza un posible futuro colapsado  por “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático” y  los agudiza añadiendo el deterioro de los océanos, más los excesos de la bioingeniería y de la IA.

Morris asegura que estamos ante un cambio más de modelo energético pues estamos pasando de los combustibles fósiles a las energías renovables. Cree que ello producirá una revolución en nuestros valores cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

El realidad el empeño de Morris es profundamente kantiano, proclama algo muy evocador: la existencia de una moral universal, establecida por la biología durante la evolución de millones de años y tras buscar la raíz de tal comunidad ética la vincula a los desafíos de supervivencia marcados por las tres formas mencionadas de captación de la energía que va "depurando" los excesos violentos de la especie por otros más consensuados y porosos con los cambios que tales procesos producen en la vida de los seres humanos y sus sociedades. Me parece una hipótesis de trabajo atrevida pero estimulante.

La aseveración de Morris de que "cada época tiene las ideas que necesita" es un auténtico "gambito de dama" en la partida  de racionalidad y pertinencia que Morris juega con el lector (y con sus colegas). Y lo remata con un párrafo que haría estremecer a Kant : ""Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizás se deduzca que los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, pierden el tiempo ya  que los valores que nosotros hoy defendemos algún día probablemente -quizás bastante pronto- dejarán de ser útiles".

Y para terminar Morris le pone al guinda al pastel aceptando como buena la conocida fórmula creada en los cuarenta por el antropólogo  Leslie White: C=ExT, donde C es cultura, E energía y T es tecnología. "La cantidad creciente de energía que los humanos han sabido capturar durante los últimos veinte mil años ha sido el motor del proceso de evolución cultural, y como parte de dicho proceso, los valores humanos han cambiado".

ALBERTO DÍAZ RUEDA


FICHA 

CAZADORES, CAMPESINOS Y CARBÓN.- Ian Morris.-431 págs.-Trad. Claudia Casanova.- Ático de los Libros

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7 marzo 2021 7 07 /03 /marzo /2021 09:23

Desde niño me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, del exiliado o el inmigrante. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

En “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder), se propone -con el análisis de la precariedad y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, está creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Nos recuerda Amaris la frase del coreano Byung-chul Han, (emigrante o exiliado  a su vez en Alemania): "El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad".Prácticamente todo occidente suspendería en la medida precisa y suele pasarse más bien al lado contrario, el de la represión o la criminalización. Y la fiebre masiva  de inmigración ilegal, que se agravó a finales del siglo XX, con toda su brutal carga de ferocidad y miseria, ha relegado a utopía filosófica la aceptación de las figuras del inmigrante o del exiliado.

Durante toda la lectura queda claro el paralelismo existencial y también filosófico que ha resaltado la autora entre las dos grandes pensadoras, Arendt y Zambrano "dos vidas representadas en dos obras que, pese a seguir sus propias rutas trazadas en sus exilios particulares, encuentran puntos de convergencia y nudos de cercanía en numerosas estaciones...pero sobre todo en las conclusiones a las que llegan: la esperanza en un nuevo mundo, mejorado y liberado de la amenaza del mal radical" cuyos efectos han padecido las dos de distinta forma pero con parecido resultado. La Arendt en "la aceptación de su papel de paria consciente pero defendiendo su derecho a tener derechos, a ejercer un pensar libre, sin caer en victimismos, falsas creencias o ideologías anquilosantes. Y la Zambrano en su reivindicar una palabra filosófica, poética y mística que inunde una ciudad nueva sin diferencias entre anfitriones y visitantes. 

Es justamente la sensación de no pertenencia, de desubicación, que comparten las dos mujeres la que promueve un tipo de pensamiento singular que desafía las estructuras filosóficas imperantes en su tiempo. El fracaso del amor en las vidas de las dos mujeres queda mitigado por la glorificación que ambas hacen a la amistad.  Como en Aristóteles la "filia" es para las dos pensadoras un acicate, una energía que facilita la creación y el propio discurso filosófico. Nuestra autora destaca, entre otras muchas "coincidencias casuales" o más bien "sincronicidades" que diría Jung, los únicos libros que ambas se llevan al exilio: Zambrano la "Etica" de Spinoza y Arendt su propia tesis doctoral sobre San Agustín. En ambos el concepto del amor guiará a las dos pensadoras en sus versiones del "amor mundi" (uno de los conceptos claves de sus posturas en el exilio).

La centralidad del tema amoroso en ambas creadoras, desde la figura del otro y de los gestos extraordinarios del sujeto común como esperanza de un mundo nuevo, al que acceder y comprender a través de una mirada distinta y creativa, hasta el propio hecho de la alteridad entre el anfitrión y el que llega y busca un lugar donde estar y ser sujeto de derechos y no "nuda vida" biológica sin ninguna entidad, ni jurídica ni apenas humana.

No se pierdan la lectura de esta obra, tan en sintonía con el global problema de las oleadas de refugiados forzosos. Les permitirá enriquecer y enfocar de forma humana la visión parcial y desinformada que tenemos sobre  el problema.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.- Olga Amaris Duarte.-Ed. Herder .-319 págs

 

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26 febrero 2021 5 26 /02 /febrero /2021 09:03

(Publicado en La Comarca el 190221)

Decía Toynbee que el “mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que la utilizan exclusivamente para sus intereses”.  Por eso no paramos de repetir las equivocaciones y errores de nuestra historia, aunque a menudo no en forma de tragedia, sino en forma de farsa, de teatro de polichinelas,  donde gobiernan el garrote y la desmesura. En Cataluña la enorme abstención ha provocado que se vuelva a repetir el esquema utópico de irrealidad política que antes de la Covid provocó dramáticas consecuencias para toda la ciudadanía catalana y un vergonzante desgobierno que está conduciendo a la próspera y laboriosa Cataluña al desastre (sin contar con esa pesadilla que amenaza las secuelas del virus).

Los ciudadanos razonables, con adecuado respeto a la realidad, legislativa y jurídica, hartos de la violencia y las manifestaciones y los cortes de vías públicas y quema de contenedores  como “práctica política cotidiana” (mientras en el lugar donde se debería hacer política, se calientan sillones bien pagados y se alza una verborrea inane de reivindicaciones absurdas en estos momentos y circunstancias) y asustados por el bloqueo económico progresivo…en fin, esos ciudadanos hartos ya de estar hartos, dan la callada en las urnas como protesta. Lo cual en términos democráticos no significa más que dejar el escenario libre para  los que sí votan: los fanáticos, los equivocados regidos por emociones y sentimientos legítimos pero inadecuados, los alimentadores  y creadores de confusión y una minoría de inocentes que sueñan con imposibles sin analizar los medios para volverlos posibles. Esos votan y logran que la difícil y compleja situación se enturbie y vuelva a despertarse el fantasma de lo que llaman “represión” y, lo peor, alientan a ciertos populismos tipo Trump o a una extrema derecha que se alimenta de descalificaciones y amenazas.

Quizá Cataluña y sus ciudadanos, los cansados  -no los que siguen en pie de guerra desde la manipulada historia de victimismos que durante los últimos decenios se ha enseñado en las escuelas-- podrían plantearse, parafraseando  a Wittgenstein, que la solución del problema que existe en la vida catalana consiste en seguir una manera de vivir que haga desaparecer el problema. Veamos, si el “estilo de vida” público seguido hasta el momento ha sido el de confrontación, rechazo, fanatismo “patriótico”, olvido de las normas jurídicas vigentes en el país e ignorar los auténticos problemas que tiene planteados Cataluña (principalmente el económico y financiero, uno de los ausentes en los programas electorales de todos los partidos)… Tal vez deberíamos plantearnos (perdonen que me incluya, me siento catalán después de haber vivido 40 años en esa tierra) que nos estamos equivocando con la táctica (RAE: método o sistema para conseguir algo) a seguir, porque estrategia (RAE: arte o traza para  dirigir un asunto) de momento no la he visto por parte alguna.

Si contamos, a) con que a muchos de los políticos asentados no se les saca de su sinecura ni con agua hirviendo, b)los políticos “presos o los evadidos”, en pura aplicación de la legislación vigente (aunque aquí ha fallado estrepitosamente la prudencia y oportunidad política y la evaluación  estratégica del poder central)  siguen viviendo muy bien y recibiendo réditos políticos cuantiosos de la sentimentalidad de un pueblo en general decente y c) que al margen de los viscerales, en el maremágnum “indepe”, hay una esclerótica membrana dura de fascismo rampante, antisistemas, vividores del caos y vagabundos del capitalismo que enturbian cualquier mirada lúcida…Si contamos con estos mimbres para confeccionar un futuro político razonable que se preocupe de lo que, según Aristóteles, debería motivar a los políticos, la ética operativa en el bienestar de los ciudadanos, nos dirían en catalán “Passa el dia somiant truites en lloc de tocar de peus a terra”. Es decir, pensando en imposibles y olvidando la realidad  ¿Qué nos queda? Volver a votar… y esta vez todos. Tal como van las cosas, sería lo más operativo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 febrero 2021 5 19 /02 /febrero /2021 10:16

CATALUÑA ENTRE EL GATOPARDO Y KILL BILL

(Publicado en Heraldo, 180221)

La situación política y socioeconómica en Cataluña tras las elecciones tiene todos los elementos dramáticos precisos para convertirse en un dramón con resonancias de tragicomedia clásica. Reflexionando sobre el absurdo escenario configurado por los partidos - contradictorios y excluyentes- más los votantes, más el absentismo, uno recuerda al Príncipe Salina (creado por Lampedusa en su novela “EL Gatopardo”) asegurando con todo el cinismo de la vieja escuela de los terratenientes: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Las posibilidades operativas de los bloques con presuntas alianzas como Esquerra-Junts-Cup y Comuns o, por el otro lado, Esquerra y Comuns, con el PSC apoyando desde fuera, son un desafío a la trayectoria política de cada uno de ellos, pero posibles dentro del “gatopardismo”. Las circunstancias dibujan  una suma de paradojas: el Gobierno del inepto Torra, un Parlament bloqueado por sus propias contradicciones, unos políticos presos o huídos que juegan bazas de inexplicable “heroísmo”, una población fatigada hasta el paroxismo, una pandemia mal gestionada. Pero se actúa como si no hubiera ocurrido nada y se colocan otra vez las fichas al inicio de una partida ya perdida antes, sabiendo que no puede prosperar. Se ha corrompido la frase del Gatopardo: “Para que vamos a votar por cambiar algo, si las cosas ya no pueden ir a peor”. ¿De veras?

La participación más baja en elecciones catalanas, el 53,5 %, y sus resultados son interpretados como un triunfo por cada uno. Nada que objetar, es lo corriente en esta democracia española que debería estar en la UVI. Aún así, la política de bloques identitarios se mantiene ignorando los hechos: una pura y patológica negación de la realidad y las evidencias. Más de millón y medio de electores se quedaron en casa. ¿Por la pandemia? Quizá más bien por agotamiento. Los “indepes” han perdido más de 600.000 votos respecto a 2017. Y se quedan, todos ellos,  en un 27% del censo. Pero también los que rechazan rupturas, mal llamados “españolistas”, han dejado en casa 900.000 votos. Como secuelas peligrosas, crece la presencia de Vox y las bravatas antisistema de la CUP. Aunque todos los excitables partidarios de noches de cuchillos largos y fogatas urbanas, en los dos extremos, apenas llegan a 400.000. Y estamos hablando de cinco millones y medio de catalanes.

Cataluña parece estar a punto de recibir lo que en “Kill Bill”, la película de Tarantino, se definía como los golpes de presión del maestro chino de kung-fu: los cinco puntos que hacen explotar un corazón. Imagínenlo: David Carradine es Cataluña y Uma Turman la ciudadanía catalana. El primer golpe es la pandemia y su pésima gestión; el segundo, los bloqueos y cordones sanitarios que unos partidos políticos desprestigiados y absortos en sí mismos pregonan para contentar a la minoría cavernícola; el tercero, las vitaminas concedidas a los extremos populistas de los dos lados; el cuarto el progresivo empeoramiento de la situación económica y la falta de futuro claro en Cataluña; y el quinto y definitivo, la enorme abstención de votantes que han pasado de su derecho a tener un Gobierno que les represente.

Volvamos a la película. Tras haber recibido los cinco toques, Carradine, bamboleante, sabe que después de dar cinco pasos, caerá muerto. En Cataluña el plazo es más largo: el 26 de marzo se cumple todo el proceso, caso de que en 20 días se pueda constituir la Mesa del  Parlament, se designe presidente, dos vices y cuatro secretarios. Que se presente un candidato a Presidente de la Generalitat y sea aprobado en la fecha indicada. Aquí nos separamos de la película. Hay posibilidades aunque a Hércules se lo pusieron más fácil: sus 12 trabajos eran fruslerías comparadas con el hervidero catalán de avispas. Quizá algunos políticos  ingeniosos –los hay- sugiera frenar a la Fiscalía que reclama la vuelta a prisión de los políticos presos; se busque la fórmula legal –la hay- para declarar un indulto general; se silencie a los extremistas utilizando tajantemente los medios de los que dispone la ley y, en fin, hacer que el PSC se despierte y vuelva a poner en circulación el federalismo como opción más o menos lejana pero siempre pactada. Y, por supuesto, se derriben los bloques y se decrete una Unión Nacional para sacar a todo el país, Cataluña incluida, del marasmo económico, social y ético que nos ahoga. Quizá algo así evitaría el colapso y la bancarrota.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 febrero 2021 4 18 /02 /febrero /2021 12:57

Decía Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que la conclusión de algo, por ejemplo un argumento o una proposición, debe ajustarse fielmente al sentido, a la razón. Por tanto podemos llegar a una conclusión válida sobre algo, cuando el principio y el final del proceso mantienen una conexión, un enlace con sentido, una unidad racional.

Aplicando la teoría hegeliana a este país que vivimos, al que llamaremos Absurdistán  -por su inveterada tendencia a reducir al absurdo todos los problemas que les advienen-, buscamos una fecha de inicio para delinear su proceso político, social, económico, sanitario, educacional…y escogemos la transición, tras la muerte de Franco. Y por coherencia analítico-lógica aceptemos como final retórico del proceso, nuestro presente, estos días de desvaríos pandémicos y filoménicos.

En estos años todo parece haberse acelerado, empezando por nuestro estilo de vida, como sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sumemos una generalizada falta de sentido en lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Añadamos una desnaturalización del tiempo que vivimos en la esfera privada y en la pública, en nuestros trabajos, relaciones y actividades. Nos percatamos de que se ha roto el ritmo, la armonía de las cosas, como el equilibrio de las estaciones o el cambio climático. Se ha disparado la violencia, la agresividad, la barbarie hasta límites que las generaciones adultas y más veteranas no habían conocido desde los años de sombra y luto, tras la guerra civil. La corrupción política ha alcanzado un descaro y una progresión tal que la idea de honestidad es casi un oximorón  para muchos políticos. La entronización del poder como objetivo absoluto al precio que sea y sus consecuencias, el arrase de la pandemia que ha confirmado que el neoliberalismo capitalista se enriquece hasta con la muerte y la miseria; la precariedad sanitaria; el contagio populista internacional, donde la locura gobierna; la fantasmal pero letal presencia de lo irracional en la Red; los estallidos por todas partes de una violencia con sesgos raciales, sexistas, económicos…¿todo esto destruye la posibilidad de una conclusión del proceso histórico de esta nación? ¿Tiene algún sentido la conexión  entre el Absurdistán de la transición y el de estos días? ¿Forman una unidad histórica con sentido, una conclusión hipotética que defina la situación que vivimos como un proceso racional que nos lleva desde los años setenta hasta los veinte del siglo XXI? Desde luego que no.

Me temo que la lógica hegeliana, como la aristotélica o la kantiana, patinarían ante el desolado presente que vivimos en Absurdistán. Quizá la lógica surrealista de Lewis Carroll tendría más éxito. Una derecha con las maneras de la Reina Roja ( “que les corten la cabeza”, clama el ultraísmo), un Gobierno central formado por el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, el catalán como el Conejo Blanco, apresurado eterna y falazmente hacia un objetivo poco realista, el vasco repartiendo porciones del pastel que hace crecer o disminuir-como Alicia- políticas e ideologías para su propio provecho. Mientras, el conjunto de la población absurdistana  es zarandeada de un extremo al otro de las acciones supuestamente precisas para resolver las crisis en casi todos los sectores. La miseria se cierne sobre ellos como aves de rapiña.

¿Cuáles son esos sectores? Desde la educación a la sanidad, pasando por una pandemia que diezma a los absurdistanes, aunque  una parte de ellos la niega y la considera por debajo de sus derechos individuales y la otra, la sufre con resignación. Todo ello nos lleva a una crisis económica galopante, que nadie gestiona con efectividad, a fin de evitar que la paguen los que siempre pagan las crisis. Lo conocemos muy bien: son los jóvenes sin-sin, los jóvenes-con en general, los parados, la clase media, los profesionales de la salud y de la educación (no por falta de trabajo, sino por falta de apoyos y respeto), los de la pequeña empresa, los autónomos, los jubilados, los inmigrantes, los ancianos encerrados en residencias-pudrideros sin control y sin conciencia y los de la infrasociedad cada vez más nutrida…

¿Quiénes se salvan de la depresión sistémica, el paro y la miseria?: la clase política en general, una parte superflua –y demasiado amplia- del funcionariado (los hay muy necesarios: vivimos en una sociedad burocratizada hasta la extenuación), las fuerzas del orden (tal como se está poniendo la cosa, muy precisas) y las de las religiones (también respetando las reservas y derechos de los creyentes), la elite de los bancos y de las grandes multinacionales.

La conclusión de todo esto no es racional, puesto que cada uno de los elementos tampoco lo son. Por tanto, siguiendo a Hegel, no es posible hablar de conclusión.

Y para dar una imagen bastante certera de la situación podríamos (qué paradoja) citar a Dickens en su retrato de la sociedad inglesa de entonces, mediado el siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” y se percibe claramente su carácter profético y premonitorio, como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual. ¿Hay una solución a todo esto?

Cualquiera de los que están provocando estas crisis respondería que, por supuesto, ellos tienen una solución, para eso cobran. Reformar la  Constitución, la ley electoral, el Senado, el papel de la Corona, una política de Estado común en temas como educación, sanidad y servicios esenciales. Pero, si se les pregunta cuándo y cómo actuar, responderían incoherentemente como Bartleby, el escribiente, el célebre personaje de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby es el santo patrón de Absurdistán.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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