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4 febrero 2021 4 04 /02 /febrero /2021 10:46

Me encanta reseñar libros de educadores. Mis dos hijas son profesoras y me han inoculado el benéfico y cordial interés por los problemas de la educación y el aprendizaje, que son dos cuestiones distintas, aunque según los modelos prácticos pedagógicos están unidos en un continuum. Filosóficamente son dos elementos distintos aunque obedezcan a una necesidad única: la necesidad del conocimiento. Justamente la autora de este libro excelente publicado por Kairós, Jo Boaler, es una joven profesora de la Universidad norteamericana de Stanford y está especializada en recursos educativos digitales para los que ha creado un curso online abierto sobre la enseñanza de las matemáticas. Como sabemos todos los que nos dedicamos a la filosofía y por pertenecer a épocas pasadas no tuvimos una preparación matemática (para infinita pesadumbre nuestra) hay senderos y límites del pensamiento humano en los que las matemáticas simplifican y allanan determinados problemas (piensen en Bergson, Wittgenstein, Popper o Russell, Habermas, Rorty o Rawls ): la intuición que preconizaban Bergson o Heidegger nos deja desamparados en determinadas  ocasiones por falta de relevancia fáctica y científica.

Viene esto a propósito del trabajo que esta pedagoga estadounidense pone a nuestra disposición. Este aprendizaje sin fronteras (que, inevitablemente suena a esas fórmulas prepotentes y un poco inocentes a las que tan aficionados son al "otro lado del charco") no es una promesa de manual de autoayuda o mantra parapsicológico o espiritualista, sino un procedimiento estructurado con lógica, sentido común y conocimiento de claves de percepción y actuación con ecos filosóficos clásicos y razonamientos estrictos, claros y comprensibles, como cabía esperar de una mente formada en las matemáticas como ciencia y como herramienta.  Apoyándose en los más recientes descubrimientos de las neurociencias sobre el cerebro y el funcionamiento correspondiente en la mente, Jo Boaler nos ofrece una serie de claves (seis) para optimizar nuestro aprendizaje de las más diversas materias (ella se basa en la enseñanza de las matemáticas) que proporcionan un nada desdeñable correlato ya que tiene efectos en el comportamiento y en las actitudes que nos pueden hacer la existencia mas eficiente y en definitiva más positiva y feliz.

Sin duda para el lector común se trata de un libro sorprendente por su claridad psicológica y sus muy efectivas propuestas de cambio perceptivo en la forma de afrontar el aprendizaje de cualquier materia. Para un lector avezado en este tipo  de propuestas, ya sea por su formación profesional en neurología, psicología o ciencias de la educación, el libro de Jo Boaler puede llegar a ser bastante inspirador y motiva la búsqueda de ampliaciones de información  (con unas páginas dedicadas a "recursos" que son muy oportunas). Ello disculpa las reiteraciones (por cierto muy comunes en la "vieja" pedagogía) y las ejemplificaciones excesivas e innecesarias.

La base radial del libro se centra ya desde el principio en la primera clave que nos propone la autora: "Cada vez que aprendemos, nuestro cerebro forma, fortalece o conecta diferentes vías neuronales. Tenemos que superar la idea de que la capacidad de aprendizaje es fija y limitada, así como reconocer que todos nos hallamos embarcados en un viaje de crecimiento.  Como la autora titula su primer capítulo: "La neuroplasticidad lo cambia todo". Esa propiedad emergente y creativa el cerebro, descubierta y confirmada en el pasado siglo ha dado un vuelco copernicano a las ciencias del cerebro y con ello a toda una serie de "bloqueos" que la (mala) educación ha grabado a fuego en nuestros cerebros. Las ideas acerca de la mentalidad de crecimiento, la creatividad y la multidimensionalidad, hace que nos volvamos más flexibles y adaptables y los cambios mentales que ello conlleva hace que aprendamos a desdeñar la negatividad de los fracasos y errores, convirtiéndolos en procesos de aprendizaje y crecimiento, asumiendo los riesgos y abriéndonos a otras formas de encarar y resolver los problemas.

Sin duda recomiendo la lectura de este libro. Principalmente a profesores y maestros en cualquier tipo de disciplina.

FICHA

MENTE SIN LÍMITES.- Jo Boaler.-Trad. Fernando Mora.- Ed. Kairós.295 págs.

 

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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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25 diciembre 2020 5 25 /12 /diciembre /2020 10:11

Leer a Fernando Savater es un placer picante más que exquisito. Es divertido, iconoclasta, algo pendenciero (siempre desde la buena voluntad y el respeto) sabe de lo que escribe y no escribe de lo que no sabe (lo cual es un privilegio en estos tiempos de falacias y fantasmones). En su dia (2008) hojeé este libro con simpatía pero sin demasiada afición. Lo puse en un estante y me dediqué a mis lecturas de filósofos varios "in person", dejando un poco  su aventura de pensar, pues eso, una de las aventuras literarias de degustación y comentarios a las que tan aficionado es Fernando, como la irrepetible de la infancia recuperada o los panfletos contra el Todo que solía leer en horas bajas (que en el panorama político y cultural de esta España nuestra que nos hiela el corazón, son demasiadas). Me equivoqué. Cuando la he leído en estos días, "La aventura de pensar" es una gozada de viaje a través de los grandes de la filosofía. Puedes estar de acuerdo o no con la lectura y las valoraciones de Fernando, pero de lo que puedes estar seguro es, primero, que lo vas a pasar muy bien, segundo, que te aclarará algunos puntos interesantes en algunos filósofos cuyas complejidades son abundantes y no siempre bien interpretadas y tercero, que simpatizarás con el pensador -Savater- que en algunas de esas, tira por la directa y te muestra que hay que meterse en la obra de algunos de forma discreta y respetuosa, sabiendo que no vas a llegar mucho más lejos de lo que ha llegado nuestro autor.

En su selección de 26 autores de la historia de la Filosofía, ni están todos los que son ni son todos los que están (al menos bajo el criterio del siglo XXI), pero lo que el lector habitual de Savater capta de inmediato es que ha seguido su real gusto y se la "refanflifa"  cualquier otra selección que a uno le pueda parecer más "justa o adecuada". El objetivo es mostrarnos "a groso modo" algunos de los puntales filosóficos de primer orden acompañados por la tropa de segundones que varía al gusto del consumidor. Desde Platón y Aristóteles hasta Sartre, Foucault o Adorno, pasando Tomás de Aquino, Hobbes, Descartes, Leibniz, Hume y Kant (por supuesto) haciendo paraditas en Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Marx y pasando de puntillas por Unamuno, Ortega, Russell, Wittgenstein y Heidegger. ¿Discutible? Sin duda. ¿Entretenido e informativo? Por supuesto. Uno puede echar de menos que nos hablara de Sócrates, Epicuro o de Pirrón, incluso de Marco Aurelio o Séneca, otros lamentan que no se detenga en Montaigne o Pascal y...bueno, qué más da. Y a otros, incluido yo, lamentan ver excluídos a otros pensadores y tratados algunos que ya hace tiempo moran. justa o injustamente, eso es personal, en el limbo de los eruditos y tesisnómanos.

"La aventura de pensar" se complementa con la aventura de leerlo. Y, a favor de Savater, lo cierto es que su talante pedagógico, directo, sin contemplaciones  y un poco irónico hace de esta lectura un apasionante paseo en compañía de un profesor apasionado, pintoresco y versátil en sus lecturas y estudios. Como él mismo dice cuando escribe sobre el potente Spinoza, sería bueno llevarse este libro cuando uno se vea obligado a vivir en aislamiento o con movilidad restringida. Ya sea la cárcel política(cómo él sufrió en los tiempos de la dictadura) o la pandemia (como estamos sufriendo todos en el último año).

FICHA

LA AVENTURA DE PENSAR.- Fernando Savater.- DeBolsillo. 340 págs.

 

 

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17 diciembre 2020 4 17 /12 /diciembre /2020 10:34

EL INVIERNO DE NUESTRO DESCONTENTO

(Publicado en Heraldo de Aragón, 121220)

Shakespeare en su Ricardo III nos habla de este “invierno de nuestro descontento” que se vuelve verano con el sol de York.  Como suele ocurrir con los clásicos, las palabras  del pérfido y astuto Gloucester tienen un dramático acomodo en las realidades que nos circundan y condicionan.  Vivimos realmente “el invierno de nuestro descontento” y no hay ningún sol primaveral que se anuncie para devolvernos la paz y el sosiego. Estar bien informado es una necesidad  y una dificultad en estos tiempos en los que la sociedad infectada de “infovirus” y “dígitopsicosis” campa alegremente por el planeta, protegidos por leyes de libertad, permisivas  y democráticas que nacieron en una época anterior y que no se han podido o querido actualizar  para amoldarlas a las nuevas exigencias del mundo digital. Se confunde información con una confusión de datos y cifras, cuya redundancia impide articular una realidad con significado empírico. Y para mayor bochorno ha instituido la  falacia  como un significante, la “postverdad”.

El ciudadano vive perdido y confuso en una red de contradicciones, inseguridades y errores que se capitalizan desde los Gobiernos o las instituciones técnicas y sanitarias hasta el pandemónium de la Red. Y, al mismo tiempo, ese absurdo y dañino “buenismo” político y social que es una herencia humanista, pero distorsionada, del siglo XX tras sus dislates dictatoriales, está llevando a cumplir aquello de que “el sueño de la razón engendra monstruos”.

Una muestra de ello la tenemos con sólo abrir los ojos a las reacciones de políticos y ciudadanías europeas (prefiero no hablar de la nuestra, que nos hiela el corazón a muchos españoles ) a la pandemia covidesca que ha generado otro tipo de pandemias: la de los “bots” o bulos digitales emanados en legión, la de millones de personas que consideran que tiene derecho a celebrar en grupos familiares los desatinos navideños y se consideran al margen de los contagios, los que “tienen derecho” a pedir por la red que se debería fusilar a millones de personas por el delito de pensar de otra manera, los que se acogen a las leyes de protección de datos, de  manifestarse, de libertad de movimientos, a “su” democracia en suma, para arrasar lugares públicos, ocupar edificios o agredir a alguien por el color de su piel, su origen o su sexo y no ser filmados y expuestos a la picota de lo deleznable…

Que no haya confusión en esto: el “buenismo” es falta de adecuación legal, de músculo reactivo y eficiente a un tipo de sociedad y unos modos que cambian a menudo, que ofrece inéditas posibilidades de conocimiento y también permite la libre difusión de errores y teorías conspirativas,  no una llamada al totalitarismo del signo que sea. De hecho esos amigos de la razón de la fuerza siguen ahí, vivitos y coleando, voceando sus vergonzantes nostalgias de un pasado mejor, dictatorial por supuesto (para consuelo de los grandes capitales que sólo toleran la democracia cuando aprenden a aprovecharse de ella).

El invierno de mi descontento se hiela, casi sin esperanzas  de un poco de calor, cuando constato que los ideales humanísticos por los que muchos hemos luchado como hemos podido o nos han dejado, el mundo cultural en el que fuimos formados se ha convertido en una mala caricatura y todo se confunde en el gris desasosiego que afecta al mundo de los libros, la alta cultura del teatro, la ópera, la música, la ciencia lúcida y desinteresada, el uso público de la inteligencia, la lógica, el sentido común… todo es bronca y griterío, violencia y exigencias. Los “derechos” no dejan de ser evocados mientras las obligaciones adyacentes y la responsabilidad, la solidaridad y la colaboración se hunden en un lodazal de indiferencia arrogante. Ojalá esos 36 hombres justos, renovables  por generaciones, que según la tradición judía son los que nos libran a través de los tiempos del merecido apocalipsis, se multipliquen un poco. Los necesitamos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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27 noviembre 2020 5 27 /11 /noviembre /2020 08:36

POLÍTICA VERSUS EDUCACIÓN

La ley Celáa no viene de celo. De celo educativo, menos aún. Podría provenir de re-celo, que es de uso político. No es la norma “castigapatrias” que vocean algunos, pero tampoco es oportuna en estos momentos de pesadumbre e inseguridad. Es una ley precipitada que ha enardecido los ánimos de la derecha, patronales y sindicatos. No porque la Ley sea totalmente rechazable. No es peor que la Lomce de Wert que fue aprobada solo por el PP. La Lomloe ha sido aprobada de forma más plural, aunque es evidente su ideario progresista. El problema, tan reiterativo, es que no hay un debate sereno y un análisis crítico serio de la ley, sino unas reacciones emocionales y de sesgo económico-político que difunden falsedades y manipulaciones: desde que el castellano corre peligro de extinción (principalmente en Cataluña) a que se atenta contra la libertad de elección educativa por limitar la financiación pública a la escuela concertada, como que se sacrifica la asignatura de religión y se arrasa con las escuelas de educación especial para llevar a todos los chicos con necesidades especiales a ser incluidos en las aulas generales. Tal como se denuncia nada de esto es cierto.

Seguimos negándonos –también en educación, no sólo en sanidad—a aplicar el buen juicio, el sentido común y la mesura y cautela en el análisis de lo que nos disgusta. Llevamos, señores, ocho leyes de educación desde 1970. A cual más discutible e inoportuna, pero sobre todo  sesgadas políticamente por el que manda –todos los partidos quieren dejar su “cagadita” en la triste historia educativa del país-  e ignorando la escasa efectividad de las anteriores. Con la educación, señores, no se juega. No es una pieza de intercambio y mercadeo como lo han sido los presupuestos.

¿Creen que todo se reduce a minimizar al castellano y blindar el catalán? ¿O liquidar las escuelas concertadas y las aulas de educación especial?  No simplifiquen tanto, lean la ley e infórmense. Dense cuenta del paralelismo existente entre la supuesta ley “educativa”, el autismo emocional de una parte del Ejecutivo y el oportunismo pseudo izquierdista de la otra, los dislates de la derecha y los separatismos, las broncas vergonzantes de la política profesional al margen de las verdaderas necesidades del ciudadano, la que nos cae vía pandemia entre indecisiones y negacionismos, la ruina económico-laboral y por doquier, la falta de un consenso de Estado en las cuestiones esenciales y tantas otras vergüenzas, aderezadas por bulos, falacias e hipérboles difundidas por la Red.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 noviembre 2020 5 20 /11 /noviembre /2020 10:22

 Es un desafío magnífico. Si en el pasado los retos humanos con el medio se relacionaban con descubrimientos geográficos, de tierras, civilizaciones ocultas y aborígenes en tierras extrañas y en el próximo futuro con nuevos planetas habitables y quién sabe si con culturas alienígenas, ya llevamos muchos siglos, casi tantos como tiene el hombre, preocupándonos por descubrir una "terra incógnita" que siempre hemos tenido dentro de nosotros: la naturaleza, posibilidades y funciones de nuestro propio cerebro. He aquí un reto inconmensurable, ya que como decía el poeta Blake,  el infinito cabe en nuestra propia mente.

El libro de Isabel Güell hace un exhaustivo viaje a través de  las posibilidades del cerebro a la luz de los últimos descubrimientos  de las neurociencias sin apartarse del rigor científico pero con el suficiente olfato comunicativo para hacerlo de forma amena, desde la complejidad de las emociones y su fundamental papel en la teoría del conocimiento  hasta cuestiones operativas básicas como la generación del lenguaje, las complejidades de la causación de los movimientos y sus correlatos cerebrales, la extraordinaria estructura y funcionamiento de la memoria, los enlazamientos neuronales que facilitan la acción, las afasias, en suma la casuística que se desliza desde la propia evolución del cerebro hasta lo que sabemos de su estructuración y funcionamiento.

Saber que cada nueva experiencia modifica la estructura y relaciones intercerebrales sin importar si se trata de un cerebro joven o del de un anciano, conocer la plasticidad de este órgano maravilloso, conocer sus entramados funcionales y verlos reflejados a través de una serie de ejemplos clínicos que la autora ha conocido en el ejercicio como neuróloga en el Instituto Dexeus y la clínica Teknon de Barcelona, es un doble ejercicio de conocimiento y praxis que desvincula el libro de la árida objetividad de un manual científico para convertirlo en un apasionante viaje por el entramado humano de los pacientes. Como exigían los antiguos pedagogos, no se puede enseñar ninguna teoría "sine exemplum" (exemplum, es la construcción retórica de la realidad, básica para la argumentación y para hacer más agradable el discurso).

En Suiza los científicos que trabajan en el Blue Brain Project han descubierto que nuestro cerebro tiene algunas estructuras capaces de procesar hasta once dimensiones, con lo que determinadas experiencias que antes formaban parte de la ciencia ficción o la parapsicología comienzan a tener un potencial científico que permitiría "despertar" empíricamente tales funciones, como las llamadas sinestias, por ejemplo, "escuchar colores, saborear palabras o ver sonidos" sin que tengamos que llamar a urgencias de una clínica neurológica o pedir hora al psiquiatra más cercano.

Concretamente,  los neurocientíficos han usado topología algebraica, una rama de las matemáticas que puede describir sistemas con cualquier número de dimensiones, para descubrir estructuras y espacios multidimensionales en el cerebro. Pongo entre paréntesis esta información por falta de documentación especializada y el criterio profesional de alguien mejor formado que yo en esas áreas.

Una de las preguntas que me estimula leyendo el libro de Isabel Güell, es la función de la memoria, su estructura, funcionalidad y operatividad . A veces en la práctica psicológica uno tiene "insigths" o intuiciones que años más tarde los avances neurocientíficos corroboran (aunque sea más frecuente que la ciencia los falsee). Pero mi creencia, entonces sin fundamento científico, de que el global deterioro cognitivo que la edad producía en el cerebro era una falacia, fue confirmada por la neurología muchos años más tarde de que yo abandonara la Universidad. La plasticidad del cerebro demostraba que las neuronas no morían implacablemente en la vejez, sino que, en cierta forma, se podía alargar e incrementar su vida útil si las personas no dejan de ejercitar su cerebro, desde hacer crucigramas a aprender idiomas o subir montañas, dedicar tiempo a cocinar, jardinería o informática, hacer senderismo en grupo o formar parte de una escuela de baile o de profesor voluntario para niños inmigrantes.

Además, tomen nota las empresas, desestimar la experiencia de los empleados mayores es un error. Se ha descubierto en técnicas de resolución de problemas que los cerebros de esas personas -no de todas, sólo los que no han dejado de ejercitar su cerebro- da con soluciones mucho mas rápido y eficazmente que los jóvenes, debido a la  capacidad de sus cerebros de saltar pasos intermedios del proceso de búsqueda aprovechando circuitos de memoria que recuerdan problemas semejantes en el pasado. Como dijo el neurobiólogo alemán Martin Korte, "las neuronas resisten más el deterioro cuanto más se usen".

Así que los mayores de 50 años apunten: nada de multitareas, una sola cada vez y con la máxima concentración; pierdan el miedo a fracasar, eso entorpece el éxito y además, uno aprende mucho más de los errores; almacenamos mejor la información si la leemos en un libro, no en pantallas, y tomamos notas o gráficos a mano,la memoria visual es mas eficaz. Escuchar música o aprender a tocar un instrumento, jugar al ajedrez, relacionarte  y darle toda la marcha posible al cerebro. Les auguro una vejez activa.

La  autora, además de informarnos, se permite alguna que otra especulación -la imaginación es un valor activo para el cerebro- que reluce en sus páginas llenas de datos, conceptos y experiencias clínica como una ventana abierta a la fantasía. Así casi al final del libro escribe: "Tal vez nuestro cerebro encierre mucho más conocimiento del que somos capaces de imaginar. ¿Y si el saber estuviera predeterminado entre nuestra neuronas del mismo modo que ocurre con el lenguaje? Recuerdos como almas inmortales navegando por nuestras vías neuronales rescatables a través de la reflexión o estímulos ambientales apropiados? ¿Por qué no?". Efectivamente,  Isabel,  ¿por qué no?  Alguna vez el que esto suscribe en plena sesión de meditación zen, con gran sorpresa, "ha rescatado" algún lejano suceso interior que parece haber sido escogido por su relevancia psicológica en el momento actual que vivía.  Mi escepticismo largamente cultivado por la razón y la voluntad se ha rebelado de inmediato, pero la duda y la admiración por esta inconcebible "caja negra" que es la memoria dentro del cerebro, han crecido exponencialmente.

Libros como el que les recomiendo es, en su sencillez y claridad, un estímulo para ahondar en nuestra lecturas sobre el cerebro, esa caja mágica que la Naturaleza nos ha regalado y de cuyo funcionamiento y capacidades seguimos teniendo, a pesar de todo, un conocimiento relativo. Es una aventura apasionante..

 

FICHA

EL CEREBRO AL DESCUBIERTO.- Isabel Güell.- Editorial Kairós. 191 págs.

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16 noviembre 2020 1 16 /11 /noviembre /2020 10:07

García Campayo, psiquiatra, catedrático de la Universidad de Zaragoza, investigador y practicante de disciplinas psicofísicas y espirituales, especialista en mind-fulness firma un notable trabajo en torno a la deconstrucción del yo, a través de ciertas cualidades de la mente (metacognición, descentramiento y no apego) que suelen ser objetivos de disciplinas espirituales de la calidad del zen, el budismo tibetano, cierta filosofía greco-latina o el taoísmo, sumados a técnicas empíricas como el mindfulness y sus ramas especializadas en reducción del stress, terapia cognitiva o dialéctico conductual. Basado en la no dualidad entre el sujeto y el objeto, el yo y los otros, el uso del término “deconstrucción”, debido a sus connotaciones lingüísticas y psicoanalíticas y la rebuscada terminología del estructuralismo, resultaba alarmante y confuso. En las venerables técnicas de búsqueda de la vacuidad en las que se basa, por ejemplo, el zen (con el que estoy familiarizado) suele haber una advertencia implícita para los que inician esas vías: antes de desestructurar el yo, debes asegurarte de tener un yo estructurado de una forma correcta. Es un trabajo que se debe hacer “después” de haber alcanzado un equilibrio psíquico en el que el yo forma parte, no “antes”. No tener en cuenta esta importante requisito es abrir la puerta no sólo a la ineficacia real de la disciplina sino a ciertos desórdenes psicológicos, en el mejor de los casos, y a a ciertas patologías en casos extremos. No se juega con la mente profunda.

Afortunadamente el profesor  García Campayo tiene en cuenta  ese problema metodológico y recomienda numerosas “prácticas” en las que propone medidas progresivas y una gran cautela en el enorme trabajo a realizar. Nos recuerda en algún momento la frase de Suzuki Roshi “Nada de lo que está fuera de vosotros puede causaros ningún problema. Solo tú eres quien genera los movimientos de la mente hacia el sufrimiento o la aceptación”. Así que es esa mente indagadora la que hay que “vaciar”previamente de todos sus contenidos –excepto los meramente operativos-  que son los que configuran el “yo” que hemos de “deconstruir”. Y lo hace recomendando, “No mezcles la mente con pensamientos, emociones o sensaciones. Intenta sentir qué es lo que realmente eres”.

Hay que resaltar la enorme cantidad y calidad de información que el autor nos facilita sobre todos los movimientos, técnicas y disciplinas que se ocupan de la no dualidad y la vacuidad. Se percibe también la voluntad de hacerlos comprensibles y de proporcionar medios para entrar en ese difícil camino de equilibrio psíquico y espiritual. En esencia, el autor nos viene a decir: no importan los medios o vehículos que utilices, su conocimiento no te llevará a la verdad, pero su práctica, en algún momento, sincronizará con ella. Y una vez cruzado el río hacia la sabiduría, la balsa o canoa utilizada –los conocimientos- puedes dejarla en la otra orilla. La afortunada conexión interdisciplinar entre las especialidades científicas dedicadas al funcionamiento del cerebro y la mente y las venerables y eficaces disciplinas orientales dedicadas a promover el equilibrio y el bienestar como camino hacia objetivos metafísicos y espirituales de cara a la ansiada "liberación o iluminación" del ser humano, logra extender el interés de este libro hacia algo más que simple información o utilidad de conocimiento: puede provocar un impulso hacia la búsqueda de la excelencia personal del lector y eso, en sí mismo, es el efecto de mayor interés que ansía cualquier autor.

VACUIDAD Y NO-DUALIDAD.- Javier García Campayo.- Ed. Kairós.- 499 págs.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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24 octubre 2020 6 24 /10 /octubre /2020 09:01

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos que van desde la neurología avanzada a complejos estudios psicológicos empíricamente valorados, la dualidad sabiduría-conocimiento  muestra que ni estos elementos son semejantes, ni rivales, ni están confrontados. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, muestra ejemplos de personas de gran erudición que han sido muy desdichados y han extendido en torno a sí esa desdicha y, al contrario, ejemplos, a veces anónimos, de personas dotadas de una sabiduría profunda, con escasos conocimientos técnicos o profesionales. Estas han vivido una existencia de bondad, servicio, generosidad y amor; ejemplos de un admirable equilibrio y fortaleza, incluso en condiciones salvajemente duras.

Para ilustrar la aparente dicotomía entre los considerados “sabios” y  los que “sólo” tienen amplios conocimientos de todo tipo, lean este libro que apuntan formas de superar el enigma: la obra de un conocido científico cuestionado por sus colegas a pesar de sus notables ideas,  Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. El  controvertido biólogo provocó la ira de muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”, publicada en su libro A New Science of Life: The Hypothesis of Morphic Resonance ('Una nueva ciencia de la vida: la hipótesis de la resonancia mórfica'), en 1981.  En esencia venía a rechazar el esquema de un universo mecánico y abonar la existencia de una memoria colectiva dentro de las especies. Según este heterodoxo científico británico, existe un proceso de conexión no material llamado “resonancia mórfica” que propaga la memoria de la naturaleza y determina la evolución de las especies ya que  la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Ejemplo: tiempo después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona- sin ningún contacto entre ellas o entre los que las usan- escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Esa hipótesis es interesante pero vaga y falseable, dado que por el momento no ha sido demostrada de forma empírica, ya que los experimentos no se han podido reproducir.  Ya desde el principio le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”. El mismo año  de la aparición del libro, la revista Nature publicó un editorial de John Maddox, su editor jefe, titulado ¿Un libro para quemar?, donde decía: " los argumentos de Sheldrake no son, en ningún sentido, argumentos científicos, sino un ejercicio de pseudociencia...".

Sin embargo, lejos de todo esto, pero tal vez imbuido por el mismo aliento  heterodoxo y experimental, Sheldrake, en su libro “Caminos para ir más allá” nos ofrece un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estados alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Se trata de un libro inspirador, serio y documentado, cuidadoso con las fronteras científicas. Útil para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, simplemente de una forma peculiar de existir en la vida cotidiana, a través  de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los efectos de algunos psicodélicos, y, naturalmente, la generación de buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas no estriba en seguirlas para obtener beneficios en la salud o para ser más felices o tener más éxito, sino para conseguir sentir la “conexión” con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. No se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad … expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos motiva para tener un comportamiento amable y  trabajar para un bien común, superior al individual".

Por lo tanto el "Ir más allá" de Sheldrake consiste en pasar a un estado superior de consciencia, a un lugar donde es posible percibir una mayor comprensión, amor y conexión con lo y los que nos rodean, donde quizá podamos encontrar el significado de la vida. Sheldrake investiga por qué funcionan esas antiguas disciplinas espirituales y físicas, en qué forma interactúan con nuestro cerebro provocando en algunos casos formas expandidas de consciencia. Interesante, incluso para un escéptico como yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs

 

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14 octubre 2020 3 14 /10 /octubre /2020 08:36

Jean Pierre Vernant es una de las figuras intelectuales más interesantes en la década de los 50 a 60, en un París que salía lleno de vigor de las sombras de la guerra, que hervía de ideas, innovación cultural y desafíos sociales en nombre de las artes, la literatura y la filosofía. Su compromiso con las cambiantes realidades políticas y sociales le llevan al marxismo primero, como tantos otros encabezados por Sartre y Simone de Beauvoir, y al desencante después, volcándose en el estructuralismo como  metodología a través de la linguística (como un poco más tarde haría el psicoanálisis de la mano de Lacan) aunque su influencia sería determinante en el mundo académico. Es profesor del elitista College de France junto a figuras tan mediáticas  como Foucault o Duby. Su especialidad es la mitología, preferentemente, la griega.

Sus análisis de los mitos, sin desdeñar su propia estructuración histórico-social (una emanación poética y literaria de las formas sociales del mundo clásico griego) pivotean en torno a un concepto básico: el de la alteridad. El mito que ahora analizamos tiene una relación específica que no se debe ignorar con los tiempos y costumbres en que nacieron y nuestra visión de ellos es la de un otro con sus propias constelaciones culturales. Por lo tanto para comprender el fundamento de los mitos debemos tener presente que nuestra mirada está de hecho "contaminada" por nuestra cultura propia, por tanto debe ser una interpretación  sincrónica y debemos considerar los mitos en sí mismos sin alterarlas con interpretaciones históricas. Lo que expresa el mito en su origen son los problemas profundos del alma griega que se adscribe a una alteridad definida por  la contraposición del hombre griego con el forastero, el extraño, con el que habita el fondo de la tierra o del mar, con los dioses, los titanes y los monstruos. Vernant se opone a la idea de las influencias asiáticas en la gestión de mitos y leyendas. Cree que es una manifestación esencial de la cultura griega de la polis.

En este libro, concretamente, Vernant hace una confesión de humildad expositiva. Se olvida de las complejas teorías estructuralistas y linguísticas y nos cuenta su visión de los dioses, los hombres y sus relaciones con el Universo como "lo haría a sus nietos". No es un  análisis, es un relato de relatos, y eso le da un encanto especial al libro y responde a una voluntad de claridad expositiva muy loable. Evita la excesiva erudición y mucho más la discusión teórica sobre significados y variables de las figuras presentadas. Prescindiendo también del desarrollo progresivo de los mitos y sus adaptaciones a otros tiempos, lugares y funciones, ofreciéndonos una visión estática, sencilla y despejada de complicaciones. Sin embargo insiste en los componentes de desarrollo espiritual que simbolizan dichas figuras y personajes. Y también de la simbología del desarrollo humano en la sociedad: por ejemplo en la distribución de  los personajes en función de sus edades y las transiciones a las que se sometían desde el nacimiento a la muerte. De este modo Vernant ahonda en muchos de los temas tratados en las diferentes narraciones míticas, sobre todo en las funciones de los jóvenes y los accesos que se les brindaba a la vida militar y más tarde a actividades relacionadas con la ciudad, su gobierno y su defensa. 

La lectura de este libro es altamente instructiva quizá por su vocación pedagógica. Así asistimos a la formación del UNiverso a partir de la relación sexual incesante entre la Tierra (Gea) y el cielo (Urano), la lucha de los dioses y los titanes, el predominio de Zeus y la respuesta crecientemente autónoma de los hombres a través de los héroes, con una relación marcada por desafíos, castigos, relaciones sexuales entre dioses y hombres y mujeres. Edipo, Perseo, Sísifo, todos ellos buscando favorecer a los hombres y exponiéndose a los horribles castigos de los dioses. A través de esas vicisitudes, los griegos poseían una señas de identidad que configuraban una imagen propia del mundo griego, símbolos que explicaban el talante y la cultura griega y, de reflejo, muchos de las ideas que hemos heredado de ellos y conforman parte de nuestra cultura europea. 

El estilo pedagógico, reiterativo, detallista, ameno y sencillo de Vernant convierte la lectura de este libro en una fiesta y aclara de manera indirecta muchas cuestiones enraizadas ya en nuestra propia cultura pero que deben su vigencia y su vigor a los mitos que nos narra este autor ya medio olvidado. Con ese detalle -muy griego por cierto- de exponernos una y otra vez determinadas características, hechos y sucesos de la vida de los personajes míticos, como una muestra de la regla escolástica de la "reiteratio", la repetición, para así mejor memorizar e entender lo que se explica. Vernant usa de las tres formas narrativas clásicas, el relato histórico, el literario y el mítico, uniéndolas por la utilidad pedagógica que busca, sin ahorrar al lector sus propias interpretaciones (lo cual es un regalo añadido). Precisamente el reflejo de sus personalísimas interpretaciones es evidente en su divertida y sugestiva forma de titular los diferentes apartados de los capítulos generales: "La castración de Urano", "En la panza paterna", "Tifón o la crisis del poder supremo", "Un mal sin remedio", "La partida de ajedrez", "Pandora o la invención de la mujer", "Tres diosas ante una manzana de oro", "Helena, ¿culpable o inocente?", "Nadie se enfrenta al cíclope", "Los sin nombre y sin rostro", "Desnudo e invisible", "El muslo uterino", "Rechazo del otro, identidad perdida", "El hombre: tres en uno", etc.

Aprovecho un resumen ajeno para mostrarles el contenido del libro: "El relato de los mitos griegos comienza con “El origen del universo”, que se remonta al momento en que sólo existía la Abertura o Caos, con la mutilación sexual de Urano del que nacen otras criaturas belicosas, entre titanes y monstruos. La segunda parte, “La guerra de los dioses, la soberanía de Zeus”, se ocupa de los hijos de Cronos y Rea -segunda generación de dioses- y de la lucha que lidera Zeus contra su padre y contra otros dioses (Tifón, los Gigantes) hasta asentar su soberanía. La tercera parte, “El mundo de los humanos”, versa sobre el origen del mundo a partir del gobierno de Zeus, hasta le momento que se produce la ruptura entre dioses y hombres a causa de Prometeo. En “La guerra de Troya”, cuarta parte, recorre los principales hitos del conflicto, desde el nacimiento de Aquiles hasta su muerte en suelo troyano. La quinta parte, “Ulises o la aventura humana”, es una apretada síntesis de todas las aventuras de Odiseo, desde la victoria de los griegos en Troya hasta la ‘noche de bodas recuperada’ del héroe con Penélope, una vez consumada la venganza de los pretendientes. Es  notable el análisis de la simbología del lecho matrimonial construido por Ulises, un buen ejemplo de la mirada sutil con que Vemant penetra cada una de estas historias. La sexta parte, “Dioniso en Tebas” refiere el origen y andanzas del dios. Según Vernant, Dioniso,, errante y vagabundo, próximo a los hombres y a la vez inaccesible y misterioso, está escindido por dos pasiones opuestas: la de vagabundear y la de tener un lugar propio. “Edipo a destiempo”, séptima parte, se centra en una de las figuras más trágicas de  la literatura griega y universal. Vemant encuadra la historia de Edipo entre dos maldiciones: la primera, aquella que cayó sobre Layo por haber perseguido de amores al joven Crisipo hasta que éste se suicidó, anunciaba el aniquilamiento de la estirpe de los Labdácidas; la última, lanzada por el mismo Edipo contra sus hijos, pronostica la pelea por el trono y la muerte mutua que éstos han de ocasionarse.  La última parte, “Perseo, la muerte, la imagen”, aborda la historia de Perseo, hijo de Zeus y Dánae, a quien el dios fecunda en forma de lluvia de oro. Al héroe le corresponde traer la cabeza de Medusa; una vez conseguida, es entregada en agradecimiento a la diosa Atenea, quien la convierte en pieza central de su armamento para paralizar de terror a los enemigos que la miren."

Para terminar, tiene el lector un glosario que recoge todos los nombres mitológicos que se mencionan en el texto. De verdad, no se lo pierdan . Es fácilmente hallable en internet. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EL UNIVERSO, LOS DIOSES, LOS HOMBRES.- Jean-Pierre Vernant.- Trad. Joaquín Jordá.- Círculo de Lectores. 250 págs.

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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