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5 abril 2019 5 05 /04 /abril /2019 09:32

"El deseo es la esencia del hombre". Eso escribió Spinoza. Y con ello no logró gran cosa, porque en el siglo XVII, un judío rechazado por su Comunidad, perseguido y anatematizado, en una sociedad cristiana fanatizada, no podía tener ninguna relevancia. Cuatro siglos más tarde, Spinoza es una de las grandes figuras emblemáticas de la Filosofía de todos los tiempos. Y sus trabajos sobre las pasiones y emociones, sobre la felicidad del ser humano y sobre la trascendencia del cambio preciso para una vida mejor y auténtica, forman parte de núcleo duro de la excelencia a la que debería aspirar el género humano. Spinoza llamaba "conatus" a ese esfuerzo que hacemos para perseverar y crecer dentro de nuestro propio ser. El deseo es el motor, ya que sin deseo se apaga la llama de la vida. Hemos crecido bajo doctrinas e ideas que penalizaban el deseo como algo impuro, una carencia (según Platón), un afecto indiferente (según los estoicos) un pecado (según el ascetismo cristiano). Por cierto, ¿saben que en hebreo la palabra pecado significa "rumbo equivocado" y por tanto corregible? Así lo entendía Jesús... pero el cristianismo lo convierte en algo culpabilizador, condenable.

Spinoza entiende el deseo como algo que no es peligroso en sí mismo, sino  necesario para la vida. Pero hay que orientarlo y conducirlo hacia lo que nos puede alimentar la existencia y evitar que se convierta en pasiones inalcanzables. Suprimir o limitar el deseo en nombre de un ideal perfecto de persona, en una moral sobrehumana del deber, conduce a la tristeza. Hay que dirigir el deseo, orientarlo mediante la razón y la comprensión hacia personas o cosas que hagan crecer nuestra potencia, nos enriquezcan, nos llenen de alegría de vivir. Spinoza nos recuerda que la mayor parte de las grandes corrientes filosóficas de la antigüedad (Aristóteles, Epicuro, Pirrón, Séneca) advierten que hay que guiar al deseo mediante la razón y la voluntad, ya que estas dos por sí solas no pueden hacernos cambiar, necesitan necesariamente al deseo. Y nos dice, "un sentimiento solo puede ser contrariado o suprimido por otro sentimiento más fuerte". Y como diría un psicoanalista actual, Spinoza (nacido en 1632 y fallecido con 44 años), nos advierte que el odio, el amor contrariado, los temores no los hace desaparecer la razón o la lógica, sino la búsqueda a través de esas dos funciones mentales de una satisfacción personal, una amistad entrañable, un objetivo noble, una distracción intensa, un sentimiento más fuerte en suma que el que nos hacía daño; un afecto positivo que nos libere de la dependencia negativa.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 abril 2019 2 02 /04 /abril /2019 08:56

A veces uno lee casualmente un libro que nos atrae por su título, su estilo o su autor. O las tres cosas juntas. Eso me ha pasado con "La paradoja de la sabiduría" y su autor, el neurocientífico Elkhonon Goldberg, de la Universidad de Nueva York, cuya ironía judía y una ruda franqueza de origen ruso aplicados a un discurso sobre el cerebro, la mente  y las actividades increíbles de las neuronas, ha suscitado en mí  una curiosidad considerable. ¿Se puede explicar el fenómeno de la sabiduría a través de principios neurológicos y biológicos? La ilación tradicional entre la edad y la sabiduría no es un capricho cultural. Los neurólogos comienzan a defender que el envejecimiento de la mente no sólo tiene pérdidas mentales relacionadas con la mayor o menor neuroerosión, aseguran que en algunos casos la vejez conlleva un aumento de la competencia y de la pericia que pueden convivir con la pérdida de memoria o la capacidad sostenida de concentración. ¿Cuáles son esas ventajas que aumentan con la edad (repito: en algunas personas y siempre pertenecientes a un tipo determinado: sujetos de larga experiencia cognitiva, curiosos, sanos y de una permanente actividad mental)? Se trata de todo lo relacionado con la resolución de problemas, en un sentido muy amplio del término, que toma la forma operativa de reconocimiento de patrones (capacidad de la mente para reconocer en un objeto o problema nuevos un elemento de una clase ya familiar de objetos o problemas). La toma de decisiones se apoya en moldes cognitivos que han sido forjados por décadas de trabajo intelectual, reflexión y estudio. Los neurocientíficos llaman "atractores" a esos moldes cognitivos: se trata de una constelación de neuronas ligadas por fuertes conexiones. Múltiples y diversas  impresiones sensoriales activan un mismo atractor que codifica de manera automática y con gran simpleza y sencillez el patrón. Esta pericia de comprensión y actuación en personas de edad avanzada (de las que la historia da múltiples ejemplos en toda la gama de las actividades humanas) tiene la habilidad de resistir a los efectos del deterioro neurológico. La sabiduría, un bien que nadie inteligente cree poseer, es un punto clave de la excelencia. Goldberg apunta que tiene que ver con "la capacidad de conectar lo viejo con lo nuevo, de aplicar la experiencia previa a la solución de problemas nuevos". Los sabios son percibidos por otros como "sujetos  dotados de una habilidad única para encarar un problema o situación y resolverlo". 

A mis moldes cognitivos, relacionados con la filosofía y la psicología durante casi toda mi vida, les cuesta aceptar la visión de la sabiduría que nos proponen los neurocientíficos. Intuitivamente no me quedo satisfecho. Creo que podría ser todo eso...y algo más. Seguiremos con el tema.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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29 marzo 2019 5 29 /03 /marzo /2019 10:06

Alexandre Jollien es un joven francés, nacido en 1975, que ha vivido 17 años la dura experiencia de estar sometido a los tratamientos de rehabilitación de una institución para discapacitados físicos. Ignoro la historia azarosa de esos años pero he seguido con interés su trayectoria ensayística con títulos tan ilustrativos como "Elogio de la debilidad", "El oficio de ser hombre" y "Elogio de la felicidad". Es un psicólogo y filósofo discreto cuyo valor no es tanto qué dice, sino cómo lo hace y desde qué situación nos ofrece sus reflexiones. El aporte personal del discurso, el hecho de que la palabra y el concepto salen de la propia vida del autor, da un plus de realismo y pertinencia a lo que trata.

Por ello el adjetivo "desnudo" con el que define su carácter de filósofo, se convierte en una metáfora ilustrativa. No hay ropajes de erudición ni grandes conocimientos filosóficos. Jollien se nos presenta tal cual es, como como ha sido impulsado por la vida y sus particulares circunstancias. Fiel a su vocación de amigo de la sabiduría, apoya muchas de sus reflexiones en Montaigne, Spinoza, Séneca o Nietzsche, pues las ideas y palabras de esos grandes personajes filosóficos  entran en resonancia con sus propias vivencias, anhelos y preocupaciones. La "desnudez" de conocimientos y prejuicios que preconizan desde los maestros zen a los taoístas o budistas chinos es el vehículo conceptual que Jollien usa para desarrollar un estilo de vida en el que la libertad hacia las pasiones, la alegría spinoziana y la aceptación de sí mismo, nos permite renacer de los sufrimientos, los errores y las pasiones desatadas por las propias debilidades, miserias y limitaciones.

La clave básica de la demanda interior del autor y la motivación que le lleva a la reflexión sobre sí mismo y, en definitiva, a la escritura de este libro, queda reflejada, por ejemplo, en este párrafo (pág.169):

"No conozco mayor deseo que la muerte de uno mismo: atreverse a morir para atreverse a vivir a cada instante, darlo todo para recibirlo todo. Por ejemplo, esta misma mañana, en la acera, intentar ser por fin tan solo un papá. Así pues:

a. Negarme a ponerme mi disfraz para interpretar mi personaje.

b. Asumir verdaderamente mi cuerpo.

c. Ir por la vida sin bagajes.

d. Hallar la libertad en mis tres vocaciones: tan solo marido y padre de familia; tan solo persona discapacitada; tan solo escritor."

Y logra conmovernos cuando confiesa, tras una anécdota que justifica el título del libro: : "Todo el problema viene de este cuerpo al que no quiero, que no habito. El niño vejado, el adolescente forzado a ser discreto, el filósofo desnudo repite siempre la misma canción: me gustaría ser un chico normal".

FICHA

EL FILÓSOFO DESNUDO.- Alexandre Jollien.- Trad. Marta Bertrán.- Ed. Octaedro.- 178 págs.- ISBN  9788499212456

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22 marzo 2019 5 22 /03 /marzo /2019 10:12
 

 "...Son las alegrías sencillas: basta que nos despojen de ellas para que reparemos en lo mucho que las necesitamos en nuestra vida". Ese es uno de los argumentos principales de este libro sencillo como las alegrías que preconiza, que no busca profundidades y se suele explayar en circunstancias y detalles personales que el lector puede apreciar y valorar no sólo como las de un hombre que ha vivido mucho, sino que ha sacado las correspondientes lecciones de su existencia y tiene el loable capricho de legar algo de filosofía personal a sus lectores. Seguramente los que acostumbran a leer los ensayos del conocido antropólogo francés, quizá se encuentren ante unos mensajes y estilo que no se esperaban.

Augé no busca explicaciones filosóficas de hondo calado o fórmulas de psicología que avalen sus palabras. No trata de escribir un libro de autoayuda. Es más bien la condensación psicológica y literaria de vivencias y reflexiones personales, cuestiones que se derivan de los encuentros que la vida nos regala con elementos causales que podrían parecer banales, una película, un poema, el protagonista de una novela, un atardecer, un determinado sabor, una frase musical y que impresionaron vivamente la sensibilidad receptiva del autor, que no es poca. Augé, generosamente, infiere que ese tipo de sensibilidad de percepción es algo común en muchas personas  y que entenderán y compartirán su discurso. Aunque quizá sea preciso que sean personas que logren sacudirse la habitual sumisión a la dictadura de los deseos, las expectativas o las ambiciones y a los agobios del trabajo y la supervivencia. Aunque sobrevivan, dice  Augé, "a las tempestades que quiebran el alma y a las inundaciones que las asfixian y ahogan".

Citas irónicas a Luc Ferry, Laurent Gounelle o Alain Badiou o Cioran, con su "alegre pesimismo". Voltaire, Pascal o Saint Just, amalgamados con los recuerdos y vivencias del autor. También aparecen Stendhal, Malraux y  Flaubert que sirven como excusa a nuestro autor para reflexionar con sencillez y sentido común, sin alterar el curso plácido de su discurso que se pierde en evocaciones de experiencias teatrales propias, de placeres "de la espera y alegría del recuerdo", viendo películas antiguas, rememorando los primeros encuentros o los encantos de la pasta italiana, para terminar con las "alegrías de la senectud" y las palabras de Séneca al respecto. Los lectores de este libro tendrán una experiencia refleja de la serenidad, el buen humor, la ironía nada agresiva que fluyen por sus páginas y de algo más que tiene un gran valor: una especie de sabiduría decantada que parece latir detrás de las palabras, de las frases y de las imágenes. 

FICHA
Las pequeñas alegrías.- : Marc Augé.- Traducción: Claudia Casanova.-Editorial: Ático de los libros
Número de páginas: 109 IS.B.N. 978-84-16222-95-7

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