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24 septiembre 2021 5 24 /09 /septiembre /2021 16:51

LA VERGÜENZA DE EOLO

Si Eolo, el dormido Señor de los Vientos, levantara la cabeza y viera lo que, en tierras aragonesas del río Matarraña, ciertas empresas pretenden perpetrar, volvería a encerrar a sus vientos –los ‘anemoi’-- en la cueva donde los gobierna como caballos alados. Ahí es nada, pretender coronar los montes de la comarca con altísimas torres de largos brazos giratorios, cual Briareos encolerizados. Ni un soplo de viento para ellos.

Muchos Ayuntamientos, empresas, instituciones culturales y turísticas, vecinos, claman en desierto. Algunas Administraciones apoyan el negocio de las eólicas en estas tierras, justificándose con leyes y con plazos abusivos para la parte que protesta y a la que se daña, a pesar del dudoso respeto de los proyectos básicos o anteproyectos de las empresas a dichas exigencias legales. Da la impresión, por las prisas, de que todo está aprobado de antemano. Los proyectos presentados están afectados de improvisaciones, desajustes, falsedades, defectos técnicos y de forma, pero es tal la seguridad sospechosa que los ampara que incluso se reconoce con desfachatez que aún no hay un estudio fiable de los vientos de las zonas afectadas y valoran en un 25 % la incertidumbre de los datos utilizados (a falta de datos de medición utilizan “mástiles virtuales” y aplican la misma incertidumbre a los 4 parques), sin garantías de que los modelos de aerogeneradores sean los adecuados.

En la trinchera de enfrente, los preocupados vecinos tratan de organizarse, afrontar el vía crucis de las alegaciones, apremiadas por un plazo abusivamente corto (el día 8 de octubre, fecha máxima), tratar de que se respete su “Carta del Paisaje”, documento comarcal que comprometía a todos en defender la pureza de estos lugares que van a ser mancillados,  causando la pérdida irreparable de un paisaje extraordinario, la fauna  (muchos elementos de ella protegidos por ley), la  vegetación, sembrados y caminos. Y los daños a personas, que no han sido evaluados en su totalidad (ruidos, campos de alta tensión).

La táctica ha sido elemental: divide y vencerás. Despierta la codicia de unos pocos y promete mucho aunque falsamente: puestos de trabajo, regalías municipales o descuentos en las facturas de la luz. Siguen la dinámica de plantear, impulsar, cobrar beneficios y después… ya veremos. Hay una alta probabilidad incumplir las directivas europeas contrarias a un desarrollo a costa del medio ambiente.

¿Qué es preciso para despertar al señor de los vientos (símbolo del Estado) para que imponga una amplia moratoria con estudios serios, participación de técnicos, científicos y Universidades, en los que se analicen los proyectos básicos de esas empresas, constatando que se cumplen las más elementales exigencias del principio de la Prudencia: si el despliegue es necesario y para quién; si son inevitables o sustituibles por otras energías alternativas menos dañinas a este territorio; si se cumplen los requisitos técnicos exigibles en proyectos de tales magnitudes; si no se conculcan instrumentos jurídicos locales (plenos municipales en contra), nacionales o directrices europeas que defienden los elementos singulares y patrimoniales propios del territorio; implementar otro estudio de impacto medioambiental que refrende (o no) al que ya existe y que tenga en cuenta los daños turísticos y humanos que estos desmesurados despliegues de parques eólicos pueden causar, y causan. Y no como en otras zonas del país donde se aplicó la norma de primero actúa y luego que protesten. Es decir, lo que se llama la desvergüenza inadmisible de los intereses creados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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21 septiembre 2021 2 21 /09 /septiembre /2021 17:50

En su biografía Arthur Koestler, el novelista húngaro de origen judío, autor de “El cero y el infinito”, periodista y activista político, menciona una leyenda del Talmud sobre “los treinta y seis hombres justos”. La leyenda asegura que la existencia de los 36 hombres justos en cada generación ha sido la garantía de que la Humanidad no se extraviara nunca del todo, que se alzara después de cada estrepitosa caída.  Esas 36 personas no son reyes o líderes políticos, trabajan anónimamente en sus quehaceres y ayudan a los demás de forma silenciosa, continua y altruista. Un observador atento reconocería a alguno en aquellas personas que cuando uno está desesperado o no encuentra razón para vivir, nos infunden fuerzas, nos convencen de que vale la pena vivir y también ayudar a los que están peor que nosotros. Crean, alrededor de ellos, pequeñas islas de orden y dignidad en un mundo de caos, absurdo,  iniquidad y egoísmo.

Esos hombres no son héroes, ni santos, ni grandes científicos. Son leales y solidarios en un mundo donde la lealtad y la ayuda mutua son valores degradados. Brillan por su discreción, su sentido del honor y su insobornable dignidad. Son personas enérgicas, no parecen tener miedo a nada, gozan de una gran energía y desaparecen con discreción cuando han cumplido su labor. No los distingues a simple vista, parecen iguales a los demás, puesto que han recibido la misma –mala- educación, pero hay algo en ellos, algo cordial, profundo, que ha superado los inconvenientes de un estilo de vivir que valora lo que tienes no lo que eres y tiende progresivamente a la deshumanización de la tecnología triunfante. Suelen ser las primeras víctimas del fanatismo, el nacionalismo exacerbado, los fascistas, los totalitarismos o la simple codicia estúpida. Pero cada generación tiene sus 36 hombres justos (iba a añadir mujeres, que deben formar parte de esa mítica cantidad, pero el Talmud es de una época en que ellas no eran consideradas) y aunque no son capaces de cambiar la deriva de una civilización sí salvan a muchas personas de la desesperación. ¿Se ha encontrado usted, amigo lector, con alguna de esas treinta y seis personas justas? Yo sí.  Y es reconfortante.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 septiembre 2021 6 18 /09 /septiembre /2021 08:59
  

 Lo cierto es que es el primer libro que leo de Santiago Alba (aunque adoro sus artículos en la revista digital CTXT) y me ha sorprendido no tanto la erudición que muestra sin exageraciones y de manera atinada, sino la frescura y el garbo de su estilo (en la carrera de larga duración de un ensayo voluminoso), que comienza siendo un poco dramático e incluso trágico y poco a poco va dejando percibir su irónico sentido del humor que equilibra la balanza. Su autodisciplina de lectura del librote intenso y desmesurado (del antropólogo Stephen Jay Gould) y su sillón de orejas, tiene ecos en la sensibilidad de cualquier lector que se precie (yo mismo sin ir más lejos) y el armazón que ingenia para usarlo como estructura operativa de su propio libro, es de una calidad  de muy alto nivel. Oigan, les confieso que he disfrutado con su lectura. Y, además, he aprendido.

En nuestra hiper tecnificada y digitalizada sociedad estamos perdiendo la conciencia de tener un cuerpo (excepto cuando las necesidades cotidianas, una enfermedad o un  accidente nos lo recuerda dolorosamente) pero aún así,  la estrafalaria vida cotidiana y nuestras costumbres nuevas de relacionarnos, móvil, ordenador, teletrabajo, enseñanza virtual, están sitiando el sentido de la corporalidad, con lo que, de una forma u otra, nos dice Santiago, estamos constantemente huyendo de nuestro propio cuerpo.

Pero el libro que les recomiendo no se queda en lo obvio, en una queja razonable sobre algo nefasto, sino que ahonda en algo más profundo: la delgada linea que separa nuestra percepción del cuerpo como algo desnudo, debil y vulnerable, como carne, un regreso a los tiempos en que eramos la comida preferida de ciertos depredadores. El concepto de ciertas religiones, prefiero no señalar, a que el cuerpo es algo sucio, frágil, problemático (ellas dirían pecaminoso)  y la presa inevitable de ese horror siempre negado al que llamamos muerte ( a no ser que se convierta "milagrosamente" en la puerta a una "vida mejor") han configurado un rechazo que parece sintonizar perfectamente con el doble mensaje de nuestra civilización:  el cuerpo sólo como consumo deseable aunque efímero y el cuerpo como problema. Dos obsesiones  lo complementan: la velocidad, todo más rápido, más huidizo  y la salud como negocio global para los pudientes. El resto del mundo, inmigrantes, pobres, multitudes castigadas por los jinetes del Apocalipsis, son dígitos, imágenes olvidadas tras el último telediario, "vita nuda", cuerpos sin derechos, desnudos y olvidados de inmediato.

El bagaje de referencias bibliográficas, de lecturas y reflexiones a su estímulo  es abrumador (lea el lector la "Bibliografía caprichosamente razonada" que se nos ofrece al finalizar la lectura y se descubre que el sardónico humor, le erudición, la ironía, el sarcasmo y la inteligencia del autor corre parejas a su honestidad como pensador y su habilidad, casi mágica, de estimular las neuronas el lector hasta límites notables. Cito para ello a un colega  que resume en su opinión sobre el libro muy semejantes parámetros a los que yo he disfrutado. En homenaje a mi colega y al autor del libro, añado esta nota  ajena pero que suscribo como propia: " Veremos temas como esa ya referida obsesión por clasificar y etiquetar, la velocidad, el dolor, la vergüenza, la compasión, el tratamiento de la metamorfosis como rebelión ante las etiquetas… la permanente huida de nosotros mismos, la expansión al universo de Internet sin la que ya parece que no se sostiene nuestra civilización, la prevalencia de la imagen sobre la realidad y lo material. Muy interesante también esa digresión entre imaginación y fantasía, el significado del mito de Ícaro, la fantasía del mundo “masculino” en contraposición a la corporalidad e imaginación del mundo “femenino”… ciencia, política, psicología, historia, mitología… este ensayo filosófico es un “batiburrillo” donde parece caber cualquier cosa y donde se puede apreciar una y otra vez la capacidad de la filosofía para extenderse como una ameba por los más dispares temas, sin perder de vista naturalmente el motivo principal del libro." 

El estilo, insisto, coloquial pero ameno, correcto y enjundioso, como siguiendo el célebre consejo (entre periodistas) de un personaje de El Quijote, "llaneza muchacho, no te encumbres que toda afectación es mala" . Y para terminar una cita del libro:"Relatamos con el cuerpo, queremos con el cuerpo, cuidamos con el cuerpo y por eso es tan peligrosa la huida hacia la velocidad y la imagen. Pero relatamos con la nacionalidad, odiamos y matamos con la nacionalidad (o con la identidad religiosa) y por eso son también peligrosos los relatos encarnados en los Plurales Comunes". -Pues eso, adelante Santiago, !y abre España!

FICHA

SER (O NO SER) UN CUERPO.- Santiago Alba Rico.- Ed. Seix Barral





 

 
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14 septiembre 2021 2 14 /09 /septiembre /2021 11:28

(publicado en La comarca, 140921)

Vivimos la catarsis social del insulto, el improperio y la descalificación. Y no sólo en los diversos niveles de la política, también en la sociedad, la enseñanza o el mundo laboral. Es como si la “hybris” griega, la locura que envían los dioses, se adueñara de los ciudadanos inyectándoles cada día la desmesura del odio y la soberbia: transgreden todos los límites, corrompe instituciones y símbolos, costumbres, moral, moderación, sentido común, sobriedad, cortesía y respeto. El odio es un virus que se apodera de todos, por contagio, por intereses, por racismo, por sexismo, por estupidez o por ignorancia.  Es un factor ambiental más, un signo caracterológico social. Circula entre los grupos de adolescentes que apalean a un hombre bebido porque “es divertido”, o entre los jóvenes “embotellados” que arrasan todo aquello que es objeto de su violencia: desde una muchacha, al mobiliario urbano, las farolas, un policía, un coche aparcado, una hilera de motos, un jardín, o las ventanas de un banco, una comisaría o un hospital. Es el mismo odio, amplio y pegajoso, que se respira en las redes contra un presunto culpable de algo, antes de ser juzgado, contra alguien por ser negro, gay, o de alguno de los colectivos de diversidad sexual (LGTBI), por ser mujer o por ser hombre, que montan fulgurantes campañas persecutorias capaces de hundir a una persona hasta el suicidio. El odio irrazonable y caprichoso que se mastica en las tertulias de cualquier medio. El que se disfraza de intolerancia, nacionalismo o separatismo, se adjudica un “anti” algo y trata de demolerlo en vez de analizar o argumentar. Todo multiplicado de forma vil pero efectiva por algoritmos sin alma que buscan beneficios económicos a corto plazo y que tienden una alfombra roja al paso de los populismos más encanallados, en busca de la desestabilización de la ya herida democracia.

El virus del odio ha infestado el ecosistema de las redes sociales, y se derrama en las calles en cuanto hay una “excusa”. Es un virus que se alimenta del desprestigio de la razón, la política y la ciencia y provoca inseguridad y miedo. Es un ruido permanente que impide el diálogo, única forma de resolver los problemas.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 septiembre 2021 2 07 /09 /septiembre /2021 16:22

Publicado en diario La Comarca 070921

Tiene el chispeante nombre de unas patatas fritas o el de un entrañable profesor de colegio inglés, CHIPS. Pero también es el apelativo de un componente diminuto e indispensable cuya escasez puede poner en jaque a gran parte de la industria tecnológica y provocar una carga de los jinetes del Apocalipsis económico. Ya se van acercando a trote ligero al mercado occidental y aún más  al europeo. La ecuación capitalista básica  de los excesos: Demanda-Producción-Consumo,  ha sido herida en su centro neurálgico: la producción de chips y ciertas materias primas de las que escasean en Occidente. En consecuencia el delicado equilibrio se ha roto y aumenta la demanda y, por carestía, disminuye el consumo: ergo, alza de precios e inflación a las puertas de una depauperada economía global postpandémica.

Estamos hablando de móviles, ordenadores, baterías,   electrodomésticos y componentes  electrónicos de coches, maquinaria y aviones, energías renovables, sector aeroespacial y Defensa.

Planteemos el  “Qui prodest” de Cicerón  ¿A quién beneficia la situación? La lógica de los hechos y las cifras apuntan al mundo asiático, un poco al africano y Sudamérica. Es una paradoja ética que nos hace reflexionar: muchas de esas materias primas dependen de países del llamado Tercer Mundo, enquistados en la miseria y en dictaduras oligárquicas. La UE ha comenzado a tomar cartas en el asunto un poco a destiempo, cuando ya Rusia, China o Australia llevan tiempo controlando no sólo la producción y extracción, sino el procesado y las cadenas de suministros.  La lógica de la geopolítica premia a los países –China es la principal muestra- que han sabido implementar estratégicamente su producción  de minerales como el litio, el manganeso o el níquel entre otros, relacionados con eso tan vital en nuestra vida actual que se llaman baterías. O chips.

Ahora resulta que cerrar las minas de minerales ha sido un mal negocio. Mientras en Bolivia, Kazajistán o Mongolia  y regiones remotas de China se afanaban en aumentar su producción y tratamientos de minerales estratégicos, en casi todos los países de Europa y Estados Unidos se lavaban las manos y dejaban que esos “sucios” menesteres los hicieran los países subdesarrollados… Tonto el último.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 septiembre 2021 7 05 /09 /septiembre /2021 16:07

ALEGACIONES  EÓLICAS

(ARTICULO PUBLICADO EN LA COMARCA 030921)

Parece que la batalla de don Quijote contra los molinos ha sido ganada por esos “gigantes” con la fea y ávida cara del capital y los fondos buitre. Se exigen unas alegaciones que, después de todas las campañas habidas en nuestra tierra, suena a tomadura de pelo. Pero es una norma jurídica que no se puede ignorar, aunque nos lanza un doble mensaje: el proceso legal de adjudicación está en marcha; y, como suele suceder, el efecto de tales alegaciones está en relación inversa con la importancia de los que se lucrarán con los parques eólicos. Cuanto más poder tienen los que proponen, menos valor tienen las alegaciones. ¿Y los poderes públicos y políticos? Actuarán como puedan y quieran, pero son gestos retóricos de cara a la galería, vacíos de operatividad. Habrá molinos en el horizonte. O no. Aún no estamos  vencidos.

Las empresas energéticas se ajustan al síndrome neoliberal del beneficio a cualquier precio, las falacias informativas y el consumismo desatado. Naomi  Klein decía que “el mercado alimenta su avidez insaciable de crecimiento, redefiniendo como “productos comerciales”, susceptibles de compraventa, sectores enteros que siempre se consideraron parte del dominio público, como el aire sano, el viento, el sol, el agua, la tierra, la fauna y la flora, los bosques y los ríos, en suma, el paisaje, el entorno natural. Para ello lanza mensajes demagógicos cubriendo su piel de lobo con el disfraz del ecologismo y la lucha contra el cambio climático.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿Qué debemos hacer? Hay que evitar que, como en tantos otros asuntos, la lógica depredadora del capital (“Capital Energy” se llama la empresa) se imponga a los intereses de los ciudadanos, ante la impotencia o la complicidad política. Parafraseo una cita de Lenin a nuestro caso. “La conciencia política de la lucha antiproyectos eólicos en la Comarca no se le puede proponer al ciudadano más que desde el exterior, desde fuera de los intereses económicos y las relaciones entre cierto sector público y el capital”. Propongamos  una respuesta activa:

El hecho: el BOE somete el 27 de agosto (en pleno periodo estival en la Administración) a información pública, los parques eólicos Arlo: el Argestes de 96 MW en La Fresneda, Fórnoles, La Portellada y Ráfales y su infraestructura de evacuación que afecta también a Valdetormo, Valjunquera y Mazaleon;  el Arlo de 102MW en Maella, Valdeagorfa; el Paucali en Maella y Mazaleón; el Céfiro de 196 MW en Mazaleon, Valdetormo, Valjunquera, La Fresneda y Fórnoles, cuyas infaestructuras de evacuación se ubica también en Calaceite, Maella y pueblos de Tarragona.

En total 84 aerogeneradores de 6 MW de potencia nominal, 115 m. de altura de buje y 176 m. de diámetro de rotor. Torres de más de 200 m. emplazadas en las zonas más elevadas y visibles del Matarraña y Bajo Aragón.  Plazo de alegaciones hasta el 5 de octubre.

La respuesta: Movilizar en una acción común a la Plataforma en Defensa de los Paisajes de Teruel, a todos los municipios afectados, más los solidarios, y a los agentes y empresarios locales.

--Promover la firma de los ciudadanos a las alegaciones, en todos los pueblos y ciudades de la zona: recordando a los interesados que las promesas empresariales de puestos de trabajo, repercusión positiva en el coste de la energía y tecnología y estructuras no dañinas con el territorio, no se sostienen. Se ha visto  en otros territorios. Aportar datos.

--Usar la pionera “Carta del paisaje” (surgida de la Universidad de Zaragoza), las exigencias de la Red Natura 2000  y otras figuras de protección ambiental como los planes de protección de especies protegidas (águila, azor, perdicera), como base de un apoyo universitario y científico que respalde la negativa contra esos proyectos.

--Exponer la inexactitud en temas como la topografía inadecuada utilizada - 1.5000-, el destino de la energía –se cita a Cataluña—, la falta de precisión en la definición de elementos del proyecto como son las zanjas de evacuación para la media tensión que suponen una agresión enorme al territorio y el superávit existente en energía en estos momentos en Aragón, que hace inexplicable tales proyectos, a no ser que se pretenda especular con ellos.

Conclusión: vamos a alegar en el mísero plazo que se ha dado (30 días hábiles) que se detenga el cómputo operativo de instalación de los parques por masiva y unánime oposición de personas y entidades que viven y trabajan en el territorio.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 septiembre 2021 4 02 /09 /septiembre /2021 15:55

Entérense ustedes: vivimos en el Antropoceno, nombrecito popularizado – que no creado-  por el holandés Paul Crutzen, Nobel de Química a principios del 2000, con el que definía la época en la que las actividades y la codicia del hombre comenzaron a provocar cambios geofísicos, climáticos y ecológicos a nivel planetario.

Cada vez hay más voces de científicos, periodistas, biólogos, ingenieros, expertos en geología, botánica, filósofos y políticos honestos, asociaciones de defensa de la naturaleza, bioquímicos, incluso expertos en biotecnología, medicina, geógrafos, paleontólogos, biocientíficos en zoología terrestre y marina, ornitología, climatólogos y economistas no abducidos por el sistema o personas de diversos oficios y profesiones que ansían un mundo sostenible, que consideran que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior más próximo, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares existentes y dañado ríos, lagunas y hábitats marinos en toda nuestra superficie e incluso sectores explotados de las profundidades de la tierra. El Antropoceno (de “antropos”, hombre y “kainos”, actual) debería ser conocido como “Antropoidioceno”  ya que la especie más abundante de homínidos vivientes siguen los pasos de sus congéneres más activos desde el principio de los tiempos: los idiotas. Es un tipo de naturaleza humana proclive a hacer consciente o inconscientemente todo el daño posible a sus semejantes, al entorno y  a sí mismos, pudorosamente investidos de “principios” religiosos, económico-codiciosos, tradiciones absurdas cuajadas de hipocresía y prejuicios, intereses bastardos o nacionalistas, “progresismo” mal entendido, fanatismos varios y pura y supina estupidez, a veces con el sello de la “ciencia” reinante, que conjuntamente han causado una tendencia progresiva e imparable de acumulación de desastres progresivos  con efectos dañinos para el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el irreversible daño que el consumo irresponsable de los recursos naturales está provocando en el hábitat natural. El Antropoidioceno podría ser la última era de la especie humana, aunque seguramente no del planeta, que podrá recuperarse con el tiempo como lo hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Para ilustrar este duro y punzante discurso y sin ánimo de ser apocalíptico, de entre la abundancia pesimista de libros científicos o de divulgación publicados desde los años 90, les recomiendo la lectura de dos libros actuales, ambos de la misma autora: “LA SEXTA EXTINCIÓN” Y “BAJO UN CIELO BLANCO”, debidos a la pluma de una periodista norteamericana especializada en temas científicos, Elizabeth Kolbert. Lo hago no sólo con el ánimo de mostrarles una vez más la peligrosa deriva de estos asuntos que a todos nos conciernen- de la que tienen abundantes pruebas en artículos y filmaciones en diarios y televisión o internet- sino porque la Kolbert nos da “una de cal y otra de arena” en estos libros. El primero es demoledor por su denuncia histórica y el segundo es una búsqueda periodística, honesta y valiente, de razones por las que cabe un rayo de esperanza en este negro futuro que nos devora de forma progresiva.

Los científicos definen las extinciones en masa  como eventos que eliminan “una fracción significativa de la biota (biosfera) del mundo en un periodo de tiempo geológicamente insignificante” (desde un punto de vista de la existencia humana).  Como dice Michael Benton, un paleontólogo que ha estudiado algunas de las cinco extinciones  globales anteriores, “la historia de la vida  consiste en largos periodos de aburrimiento ocasionalmente interrumpidos por el pánico”. Según el último informe de la Plataforma Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático (IPCC), estamos navegando a plena vela hacia uno de esos momentos de pánico, el sexto para ser exactos. En las “Cinco Grandes” extinciones anteriores, desaparecieron casi todas las especies vivas del planeta, animales, vegetales, desde el más humilde escarabajo hasta los diplodocus o mastodonte. El hombre no había aparecido, lo cual fue de agradecer, ya que en lugar de durar cada era millones de años en el sistema de conteo humano, con el hombre y a las vistas de esta presumible sexta extinción que nos amenaza y la velocidad de crucero que lleva, el planeta habría contabilizado mucho más de seis o, simplemente, no existiría como lugar habitable.

La característica más notable de esta Sexta extinción, nos dice Kolbert es que el hombre es el único y casi total responsable Lo que constituye un aporte de humildad y pesar es el conteo de especies que la autora nos pone sobre la mesa, aniquiladas por el depredador progreso humano, principalmente desde el siglo XVIII. A finales de ese siglo James Watt diseña una nueva máquina de vapor que abre las puertas a la era de la industrialización, al uso abusivo de los combustibles sólidos y la emisión de dióxido de carbono (CO2) unido a la destrucción del mundo vegetal causado por la cadena “producción excesiva-consumo irresponsable”, que provoca la ruina de ecosistemas vegetales (uno de los factores que reducían el índice de calentamiento global). En cada capítulo de su primer libro, Kolbert, nos habla de la desaparición de alguna especie emblemática como el alce gigante, el mastodonte americano, los dinosaurios, los corales de la Gran Barrera (un mundo de especies en sí mismo): en total, para finales de este siglo,  el 50% de la especies que existían en el planeta (en un pronóstico optimista, dados los últimos datos sobre la situación de la emergencia climática). Como dijo el ecólogo Paul Ehrlich: “al empujar a otras especies a la extinción, la Humanidad está cortando la rama que la sostiene”.

En “Bajo un cielo blanco”, Kolbert da un giro copernicano a su trabajo y nos habla de los esfuerzos que los hombres y su alta tecnología están haciendo no sólo para preservar ciertas especies en peligro de extinción sino para tratar de frenar o incluso revertir el proceso suicida en el que estamos metidos.

A pesar de ese planteamiento optimista, la autora tiene una visión realista de la situación: los 8.000 millones de humanos sobre la Tierra no sólo somos demasiados, en términos de equilibrio vital ecológico, sino que somos una enorme fuerza destructiva para cualquier otra especie que habita el planeta y el propio ecosistema de éste, con lo cual se está produciendo una respuesta tan o más destructiva que la nuestra y que nos afectará de lleno.

Sin embargo el libro es una narración periodística de los viajes y entrevistas que la autora ha realizado por todo el mundo, en los ámbitos científicos, para hablarnos de las especies que tratamos de preservar por todos los medios cuando ya están a punto de extinguirse. Y así nos habla del pez más raro del mundo que sólo existe en pleno desierto de Mojave; de la Gran Barrera de los corales, arrecifes que están muriendo y cuya desaparición alterará brutalmente la vida en los océanos; de la labor titánica de unos ingenieros islandeses que están convirtiendo el CO2 en piedras, mineralizándolo al inyectarlo en rocas volcánicas submarinas; O un estudio sobre la plantación en todo el planeta de billones de árboles. Un billón de árboles logra absorber doscientos gigatones (una gigatonelada son mil millones de toneladas) de carbono de la atmósfera; la geoingeniería solar que propone esparcir en la estratosfera una cantidad inimaginable de partículas reflectivas de diamante que cubrirían la tierra, provocando no sólo que llegara menos luz a la tierra y mucho menos calor, lo que bajaría las temperaturas en el planeta y nos rodearía un cielo blanco: se acabarían los maravillosos amaneceres y puestas de sol. Un mundo de sombras permanentes, como en “Blade Runner” o en “Matrix”; Y en fin experimentos de ingeniería genética para manipular el mundo a favor de la supervivencia, en un paradójico ciclo que trataría de recomponer todo aquello que hemos destruido.

La pregunta clave, a pesar de la cada vez más precaria postura de los negacionistas contra el cambio climático, es: ¿Por qué seguimos negándonos a ver y apreciar lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir? ¿Por qué en el fondo de nuestra mente lo seguimos considerando una exageración, casi una “fake news” creada por una ciencia conspiratoria y vendida a ocultos intereses? Paradójicamente es que en el fondo de nuestra mente tenemos una fe ciega en unas fuerzas, héroes o descubrimientos, en una tecnología capaz de revertir los errores cometidos con el toque mágico de un invento salvador y que nos permitiría seguir en la senda del progreso y el desarrollo que no cesan de prometer los muchos demagogos populistas que están actuando en el mundo.

Somos incapaces de ver los intereses que sacan ganancias ingentes de esta situación aplicando grandes presiones mediáticas para adormecer nuestro espíritu crítico, colonizando nuestras mentalidades con promesas de consumo incesante, comodidades y distracciones.

No nos creemos a los expertos que nos advierten que la huella ecológica humana (huella es sinónimo de destrucción) ya sobrepasa en un 50% la capacidad regenerativa y de absorción del planeta y que el 80 % de la población mundial vive en países donde se ha roto el equilibrio ecológico y la huella supera a la capacidad de regeneración. Y si esto es a nivel individual, la situación no mejora al nivel de los Estados y las sociedades del mundo. Aún no se ha declarado el estado de urgencia mundial en el que todos los países estén obligados a trabajar juntos para salvar el planeta, nuestro hábitat de vida. Y nadie ha pensado y propuesto tal cosa. Seguimos, globalmente creyendo en el hada madrina de la Tecnología. En que su varita mágica va a detener los huracanes, las inundaciones, los fuegos, las sequías, el hambre, la sed, las grandes inmigraciones, la violencia de guerras y levantamientos populares en un mundo cada vez más clasista, insolidario, racista y violento.

En nuestra época los humanos hemos transformado de manera directa más de la mitad de las tierras emergidas y no heladas del planeta (unos 70 millones de km2) y de manera indirecta el resto. Hemos embalsado o desviado la mayoría de los ríos, otros se han secado. Nuestros sistemas de megacultivos y abonos globales, han fijado más nitrógeno que todos los ecosistemas y los aviones, coches y plantas de energía emiten unas cien veces más dióxido de carbono que todos los volcanes juntos. Hay veintidos veces más biomasa en forma de seres humanos y animales domesticados que todo el resto de los vertebrados de la Tierra. Y en cuanto a los mares, el calentamiento de las aguas, la acidificación de los océanos (por la emisión de combustibles sólidos), los deshielos, las subidas del nivel de las aguas y la paradójica desertificación están agudizándose día a día. Desde los tiempos de Watt la temperatura media global ha subido a 1,1ºc. La fusión de los hielos de la Antártida se ha multiplicado por tres desde 1990. El umbral de la catástrofe planetaria es que la temperatura media global suba a 2º. Y esto puede ocurrir a finales de los 30 de este siglo.

 Deberíamos recordar la frase de Einstein: “”No podemos resolver nuestros problemas con la misma forma de pensar que usamos para crearlos”. Hay que cambiar el paradigma. Si seguirnos actuando como si el mundo fuera de nuestra propiedad y sus recursos inextinguibles, la lectura de lo que nos ocurre no tiene ningún valor práctico. Parece que no absorbemos realidades como que en nuestros días las tasas de de extinción de especies son cientos o miles de veces más rápidas que las denominadas del tiempo geológico. Las pérdidas se extienden por todos los continentes, los océanos y todos los grupos taxonómicos. De hecho es mucho más fácil arruinar un ecosistema que mantenerlo.

En las últimas palabras de su libro sobre la Sexta Extinción, nuestra autora deja esta sensata, y me temo que premonitoria, frase: “En este momento estamos decidiendo, sin realmente quererlo,  qué vías evolutivas permanecerán abiertas y cuáles se cerrarán para siempre. Ninguna otra criatura ha conseguido algo así y por desgracia este será nuestro legado más duradero. La Sexta Extinción seguirá determinando el curso de la vida mucho tiempo después de que todo lo que alguna vez alguien haya escrito o pintado o esculpido o construido haya sido reducido a polvo y una ratas gigantes (los animales posiblemente más preparados para sobrevivir, a base de ingenio y crueldad) hayan heredado (o no) la Tierra”.

ALBERTO DIAZ RUEDA

 

FICHAS

LA SEXTA EXTINCIÓN. Una historia nada natural. Ed Crítica,  337 págs. //BAJO UN CIELO BLANCO. Cómo los humanos estamos creando la Naturaleza del futuro. Ed. Crítica.-212 págs.- Ambas de la misma autora, Elizabeth Kolbert y el mismo traductor Joan Lluís Riera

 

 

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31 agosto 2021 2 31 /08 /agosto /2021 09:50

Cuando desaparecen los gestos rituales y se menosprecian la cortesía y los modales, se imponen las pasiones más elementales  y se disparan las emociones, sin contención y sin medida. No es tiempo de rituales, expulsados de las costumbres sociales por “caducos e innecesarios”, porque no se pliegan a las exigencias de consumo y aceleración de la sociedad neoliberal. Los rituales son procesos narrativos, no aditivos. Siguen un ritmo propio, no permiten aceleración ni individuación. A través del ritual se produce la identificación con algo colectivo, con una fuerza superior que rebasa el narcisismo del yo. En el rito, el auténtico sujeto es la comunidad abierta a todos y forma una unidad superior al individuo.

El domingo asistí a una manifestación en un pueblo de poco más de cien habitantes. Llegué a contar casi 140 participantes, incluidos ancianos y ancianas y los niños en vacaciones familiares. Se pedía una actuación urbanística sobre la carretera de acceso, entre pancartas y eslóganes alusivos cantados a pleno pulmón por los chiquillos y coreados por los adultos. Analicé la estructura ritualista del acto. La dinámica emocional del rito devoró la individualidad y la diversidad de los participantes. Fui consciente  del sentimiento objetivo y colectivo que animaba a todos. Durante unos mágicos momentos sentí la emocionante unidad de lo comunitario y percibí una casi visible ligazón de todos entre sí, conformando un solo elemento, elevado a un fin superior. Noté el entusiasmo de los niños, que son muy sensibles a los rituales, y el brillo de la identidad colectiva, quizá nostálgico pero real, en los ojos de los mayores y de algunos jóvenes.  Los rituales crean ejes de resonancia socioculturales de tipo vertical (el cosmos, valores, el tiempo) horizontal (con los vecinos entre sí: la comunidad) y diagonal (con el objetivo: el arreglo de los accesos al pueblo) que configuran el respeto y el amor a lo “nuestro” a algo que nos define en sí mismo, las señas de identidad (cada vez más débiles en esta época líquida).

Un acto de pueblo pequeño, alentado por un objetivo que exige respeto, se convierte en un ejercicio de psicología social y en una ocasión para destacar la pérdida creciente de los rituales en nuestra sociedad. Algo que cada vez nos deja más desamparados y más fáciles de dirigir y manipular.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 agosto 2021 1 30 /08 /agosto /2021 14:56

LOS BOTELLONES COMO SÍNTOMA

(Publicado en La Comarca el viernes 27 de agosto de 2021)

En casi todos los medios ha habido esta semana dos temas de relieve: Afganistán, uno,  y los botellones multitudinarios y progresivos. El primero merece una reflexión crítica sobre la manipulación del imaginario femenino desde el principio de 2001. El segundo, que nos atañe (¡y ya!), pide a gritos un rediseño del problema, como decía Einstein, usando los mismos elementos que lo causaron. Esta es la casuística que alimenta el “carpe diem” que muchas personas, no sólo jóvenes, sino gente madura y, lo peor, adolescentes, se proponen como estilo de vida en estos momentos. El botellón, multitudinario y perfectamente estructurado desde las redes sociales y los mensajes personales, se ha convertido en la pesadilla recurrente de la mayoría de los pueblos de toda España y más duramente en las ciudades, con una frecuencia y simultaneidad tan alta que desborda los medios policiales de que se dispone. Los “covidiotas autojustificados” han creado un deporte nuevo, con una logística casi militar: jugar al gato y al ratón con la policía. Con una disciplina sorprendente, dado el grado etílico que suelen llevar encima, esas personas se mueven en grupos rápidos de dispersión y reagrupamiento, como si fueran falanges de César o de Esparta. Para todos ellos, y son millones, el asunto del virus y su propagación ya ni siquiera se niega sino, simplemente, se le da la importancia de las discusiones sobre el sexo de los ángeles.

¿Cuáles son los niveles operativos en los que incide el botellanismo? Primero, el sanitario. Y unido a él de forma muy estrecha, el jurídico. Sigue, como consecuencia inmediata, el de orden público y por último, pero no menos importante, el familiar, con su secuela: menores alcoholizados y desmadrados. Empecemos por el aumento de menores con síntomas de alcoholemia y comportamientos escasamente adecuados a su edad. Es el nivel menos abundante, pero comienza a hacerse notar demasiado. Lo defino como elemento “familiar” porque estimo que en este caso los responsables directos son los padres. ¿Permisividad? ¿Tolerancia? ¿Negación del autoritarismo? ¿Confianza ciega en la responsabilidad del menor con el fin de no minar su seguridad en sí mismo? ¿De verdad se creen ustedes esas justificaciones de psicología barata? Estos padres son los hijos de nuestra generación, la que luchaba por la libertad, el trabajo y la igualdad en mayo del 68. Algo hicimos mal. Al parecer, no os enseñamos que detrás de cada derecho hay un deber y una obligación y que el esfuerzo es indispensable para lograr algo serio. Quizá por eso, entre otras cosas ahora no pertinentes, no sabéis poner límites a la libertad y los deseos de vuestros hijos.

Sigamos con el nivel jurídico y el de orden público. “Se nos va de las manos”, dicen. Es precisa una legislación específica, extraordinaria y limitada al escenario concreto de la pandemia, en la que se respeten las prioridades lógicas de la situación. ¿Cuál es el punto débil? El desconcierto, los tiras y aflojas, las probaturas, la “mala conciencia” de estar “conculcando” libertades. ¿Qué libertades? ¿La de contagiar a culpables e inocentes (diríamos botelloneros y abuelos)? ¿La de mostrar la falta de correspondencia entre la realidad tozuda de la pandemia y los dimes y diretes de jueces, tribunales, supremos o no y juristas, escudándose todos en un ordenamiento jurídico que no es apropiado para las circunstancias especiales de una pandemia global? ¿La de montar un guiñol entre las diferentes comunidades, sus dirigentes, los influencers de la Red y los ciudadanos caprichosos y olvidadizos: es decir, llevar una pandemia a depender de los juegos de poder entre los políticos y sus intereses, los deseos de las masas y el mundo del dinero?

Y, por fin, el sanitario. En el que hay dos elementos disociados: las personas y el material sanitario; desde las vacunas hasta la escasez de personal, camas, Ucis… o directrices claras y, por favor, comunes a todo el país (por no decir al mundo entero, que es lo que debería ser). El mundo de la salud también ha caminado por el cable del equilibrista. Por un lado el exceso de pacientes y la irresponsabilidad de una parte de la ciudadanía y por otra su dependencia de variables tales como la de intereses de las farmacéuticas, de los trust de comercialización, de los poderes políticos y de la desconfianza y rechazo creados por esa masa gelatinosa y oscura de los conspiranoicos.

Y por encima (o debajo) de todo este panorama conflictivo, ¿qué tenemos? “Quedadas” de menores, donde se da rienda suelta al  rito de paso actual: el alcohol, el sexo, la violencia o el vandalismo. Lo mismo, pero corregido y aumentado, de los jóvenes y muchos de la franja de 40 y 50, de buen ver, que se consideran por encima del bien y el mal y por debajo de la seguridad de un trabajo estable, una familia en orden y otras exigencias del vivir que se olvidan a base de botellones sin medida. Como escribió un colega, “en esta proliferación de los botellones, la afluencia crece a una velocidad inversamente proporcional a la de las precauciones que en ellos se toman”. Decía mi abuelo, ateo convencido, “Que Dios nos coja confesados”

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 agosto 2021 1 30 /08 /agosto /2021 14:44

LOGOI 215: ¿EXTINCIÓN?

Cada vez hay más voces de científicos, expertos en geología, botánica, bioquímica, biotecnología, zoología, climatólogos y economistas que claman por un mundo sostenible, ante la evidencia de que nuestra especie ha alterado el planeta desde su atmósfera al espacio exterior, desde la corteza terráquea hasta el fondo de los mares y dañado, ríos, lagunas y hábitats selváticas de especies. A finales del siglo XX se acuñó un término para esta era: Antropoceno. Características: una tendencia progresiva a la acumulación de gases de efecto invernadero que arrasa con el equilibrio climático y la salud de cuanto vive sobre la tierra, así como el consumo irresponsable de los recursos naturales. El Antropoceno podría ser la última era –la sexta extinción- de la especie humana, aunque quizá no del planeta, que se recuperará con el tiempo, como hizo en las cinco extinciones globales del pasado remoto.

Los limites de sostenibilidad del planeta enunciados por los científicos de todas las ramas interesadas han sido ampliamente rebasados: el equilibrio climático, la destrucción de la cobertura vegetal que garantizaba ese equilibrio, el aniquilamiento progresivo de la biodiversidad, la desaparición de ingentes cantidades de especies animales, la alteración de los flujos biogeoquímicos del fósforo y el nitrógeno, la aceleración del consumo de recursos primarios, el gasto de energía, crecimiento demográfico, deterioro de la biosfera y un capitalismo brutal atento al ciclo “consumo irresponsable-deterioro de la vida humana- beneficios crecientes”. ¿Cómo responde la humanidad y sus dirigentes a todo eso? Con una confianza ciega, suicida y estúpida en el redentor que nos salvará en el último minuto: la tecnología, la super heroína, vista de forma ilógica e irreal, que garantiza el progreso y el desarrollo incesante sin secuelas desagradables.

Mientras tanto, nadie admite que es un problema global que atañe a la supervivencia. Pocos parecen ver los nuevos caballos del apocalipsis: los Gobiernos,  manipulados por intereses económicos; la codicia de beneficios crecientes de una élite financiera; la ignorancia voluntaria de masas de población que o niegan los problemas reales o se resignan porque creen que no pueden hacer nada al respecto. ¿Cabe mayor desatino?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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