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27 julio 2021 2 27 /07 /julio /2021 10:26

Ya hay estudios sobre los efectos de la pandemia en el mundo del trabajo, de la enseñanza, de la familia. No les voy a marear con cifras, porcentajes y pronósticos. La panacea del teletrabajo se está desinflando tras comprobarse que beneficia menos al trabajador que a la empresa y a ésta tampoco le compensa. Las cuestiones psicológicas implicadas, deficientes relaciones familiares, violencia doméstica, depresión, alcoholismo,  fármacos y drogas, aumento de suicidios entre jóvenes, dibujan un escenario alarmante. El filósofo Byung Chul Han cree que se ha pasado de la explotación del proletariado a la esclavitud aceptada del trabajador que se explota a sí mismo.

La pandemia está precipitando, por sus efectos financieros y empresariales, un aumento escalofriante de la precariedad e inseguridad laboral. Un elemento más que añadir al desequilibrio  psicológico de los empleados: un informe admite que frente al 23 % de trabajadores con problemas de salud mental en el 2015, ahora se estima en el 60%, muchos de ellos habituales consumidores de fármacos tras el 2020. Los jóvenes, las mujeres y  las personas con alguna discapacidad son los sectores de edad y sexo más precarizados. Cuatro de cada diez asalariados temen perder el empleo y un 75% teme no encontrar otro trabajo si pierde el que tiene.

¿No es hora de admitir que la pandemia (y las que la seguirán si no cambiamos radicalmente nuestro sistema de vida) es, además de una advertencia letal (negada y ninguneada por una parte de la población), la “piedra de toque” que nos ha  mostrado de manera sencilla y clara que lo que hemos llamado “progreso tecnológico” (que nos domina y esclaviza) y la postmodernidad (que nos desorienta sin educarnos), no son más que falacias sostenidas por intereses económicos ciegos por la codicia, que nos están llevando al desastre global?  “En lugar de grandes expectativas y de dulces sueños, el ‘progreso’ evoca un insomnio repleto de pesadillas en las que uno sueña que ‘se queda rezagado’, pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar”. Eso escribía Z. Bauman, en 2005. La solución no es rechazar el progreso sino aprender a gestionarlo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 julio 2021 2 20 /07 /julio /2021 17:28

LOGOI 210

TIEMPOS OSCUROS

Un amigo de los tiempos  de Universidad, reaparecido gracias a las redes sociales e internet, ha contactado conmigo tras leer durante unos meses los logois que cada semana salen en esta página. Su pregunta básica ha sido: “¿Para qué o para quién los escribes?” El contexto de la charla no era de impertinencia o crítica sino de sorpresa. Mi respuesta inmediata fue: Los escribo porque vivimos en tiempos oscuros, en los que el pensamiento crítico ha perdido su vigencia y su práctica. Desde este humilde rincón periodístico, mi intención es que algún lector se sienta atraído por la actitud crítica y especulativa que subyace en el texto y se plantee en algún momento, “¿Por qué las cosas públicas funcionan de esta manera y no de otra mejor? ¿Por qué nuestra percepción privada de ciertos problemas abandona las posturas indiferentes o sumisas y se vuelve analítica y exigente?”

Para reflexionar sobre ello, le adjunté un texto profético de Hanna Arendt, escrito en los 70 del pasado siglo: “Si la función del ámbito público es arrojar luz sobre los asuntos de los hombres, proporcionándoles un espacio… en el que pueden mostrar quiénes son y qué pueden hacer… entonces la oscuridad ha llegado cuando esa luz se ha extinguido víctima de  una brecha de “credibilidad” … y de un discurso  político que no revela lo que es, sino que lo barre debajo de la alfombra,  y de exhortaciones morales o de otro tipo que bajo el pretexto de sostener viejas verdades, degradan toda verdad a una trivialidad sin sentido”.

¿Reconocen la situación social y política que vivimos actualmente, agravada por el continuo bombardeo de las Redes sociales, la televisión e internet? La ignorancia o indiferencia de los ciudadanos ante el ineficaz y violento ruido político,  la consiguiente no implicación en los asuntos públicos, es un regalo para la clase que gobierna y una invitación para que las minorías extremistas y radicales se acerquen cada vez más al poder. Pues bien, para hacer pensar sobre este “tiempo de oscuridad” y tomar partido,  es por lo que escribo los logoi.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 julio 2021 5 16 /07 /julio /2021 17:35

(articulo publicado en La Comarca, 160721)

El otro día me encontré al entrañable “supermaño” de Alberto Calvo que se había salido de la tira de cómic del Heraldo y se daba un garbeo con su oveja por las páginas dedicadas a Teruel. “Encantao de verte tocayo, aunque no tiés buena cara”, me espetó. ¿Cómo quieres que la tenga si no hay manera de que los que mandan hagan caso a los pueblos como el mío? “¿Y cuántos sois en tu pueblo?” inquirió, espantando a la mosca. Un centenar y poco pico, le dije. Echóse la boina hacia atrás y soltó una carcajada: “Pué ahí lo ties, bien tiesico.” Y añadió “Oye, zagal: no esperes mucho de la justicia de algunos de los que mandan, cuando ven a un pueblico pidiendo algo, miran a otro lao”. Dio un sonoro golpe con su cayado a una piedra del camino. “Y si no ties padrino, no te bautizas”

Me considero “ruralista”, es decir un pueblerino vocacional, procedente de una capital, que cree que para los pueblos el progreso no es tener más cosas y abrir pubs y tiendas u organizar fiestas y eventos deportivos o sociales a troche y moche,  sino ofrecer buenas estructuras físicas y digitales de comunicación y salud, (vamos, carreteras, internet y servicios cercanos)  y un rediseño global de lo que consideramos la vida buena y serena en una sociedad rural: que sepamos defender con rigor sus características humanas tradicionales, nuestro paisaje y silencio, sin dejarnos seducir por los espejismos y exigencias miméticas de los urbanitas. El progreso y lo rural ha sido siempre un oxímoron (combinación de dos palabras que tienen un significado opuesto) pero yo los considero una posibilidad compatible y deseable.

 

Comprendo que las necesidades y problemas de un pueblo pequeño no lleguen a superar el “silencio administrativo” o la simple denegación de los “poderes fácticos” a invertir unas perras en arreglar una carretera llena de baches o blandones peligrosos, en ofrecer una ayuda para conseguir una purificadora de aguas residuales, en arreglar calles que llevan desde 50 años a un centenar sin tocarlas, muertas de tristeza ante semejante olvido, a darle una salida digna a un Polideportivo que no llega ni a “unideportivo” y al que le faltan duchas, luces y canchas, a potenciar la edificación de nuevas viviendas para atraer población con niños (cuyas risas ya sólo se oyen en verano por estas calles mustias),  a darles sensación de ser tenidos en cuenta a tantos ancianos como aquí viven y atraer a jóvenes con posibilidades de teletrabajo y de un entorno más saludable…

Por eso le contesté al “supermaño”: No necesito padrino para tocar a la puerta del sentido común y la lógica de muchos políticos de bien, cuyo escudo y bandera es, al margen de ideologías políticas, la honestidad, el afán de servicio y la “cura” o cuidado de sí mismos en ese trabajo digno, que ya Aristóteles elevó a la excelencia: la política o arte de aspirar al bien común y la calidad existencial del pueblo.

El avispado mañico se sentó a la sombra de un árbol y meneó la cabeza: “Pa todo eso necesitas ayuda y en estos tiempos más que antes. Un secretario de Ayuntamiento a tiempo completo, aunque tengan de pagar más a los que acepten venir a estos pueblicos, que sepa de papeles, demandas y subvenciones. Un político ‘desos’ que tú dices que ponga por encima de las consignas el bienestar de un pueblo-por pequeñajo que sea- y conozca las necesidades que tenéis aquí; un sistema de valoración técnica más justo e igualitario…”

Se quedó pensativo un buen rato y  añadió: “Me he ‘pasao’ la vida escuchando por la ‘aradio’ a muchos políticos de rompe y rasga. Y eran de todos los colores: protestaban de que Madrid no les hacía caso, de que hay qué ver las diferencias de trato entre unas provincias y otras, que era una vergüenza el estado de las carreteras, de los edificios públicos, de retrasos en eso o en aquello… de subvenciones que pasaban de largo ante las narices de Aragón y se iban a otros lugares…”

Asentí. Es una paradoja cruel. Ahora son algunos de nuestros propios políticos los que contemplan con cierta indiferencia el similar desamparo de los pueblos pequeños respecto a sus vecinos con más habitantes (y más votos). Sin intención de ofender a nadie, ¿son más aragoneses los habitantes de Zaragoza, Teruel o Calanda que los de Torre de Arcas, Ráfales o Torre del Compte? Los buenos políticos aragoneses deben de haber aprendido algo de aquellos viejos y persistentes agravios comparativos. No bastan las generalidades retóricas y políticas a lo “Teruel existe”. Sin duda son buenas y efectivas en el Congreso de los Diputados y frente a los medios. Pero para el justo gobierno de todos, aceptando la igualdad básica y evitando la precariedad por razón del número de habitantes, sólo funciona el conocimiento directo de las necesidades reales de los pequeños pueblos, el contacto con los vecinos y la ponderación de las reivindicaciones más justas y precisas. Sencillamente, hay que proponer proyectos viables y necesarios, honestidad operativa y lógica solidaria y colaborativa entre todos los pueblos y el poder político y económico. Si esto no ocurre, el “Aragón vacío” dejará de ser una amenaza persistente para ser una profecía autocumplida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 julio 2021 3 14 /07 /julio /2021 16:52

Zygmunt Bauman (1925-2017) era un sociólogo polaco con sesenta libros publicados, teórico del concepto de “sociedad líquida”, un modelo que se destruye, se difumina y se construye contantemente en un sistema de límites que varían, se amoldan a lo que sea preciso y se extienden o desaparecen como el agua. La metáfora no recoge los aspectos positivos de la liquidez sino su variabilidad y fugacidad. Bauman ha escrito sobre la vida, el amor, la sociedad, la modernidad y la cultura líquida. Así definió el concepto: la sociedad es líquida cuando las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados…no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…con lo que ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada fiable.

Por tanto la cultura de nuestra sociedad de consumidores se convierte en un almacén de productos previstos para el consumo, cada uno compitiendo por la cambiante y dispersa atención de los futuros consumidores. Sólo por un momento que está limitado por la obsolescencia programada de todos los productos en oferta. Y esta oferta no solo se refiere sólo a objetos sino a personas, relaciones, mundo laboral… Mientras la  tecnología lo rige todo, incluyendo las relaciones interpersonales. Valores, principios  y costumbres abandonan las viejas y seguras tradiciones sin ofrecer nada sólido, fiable y duradero a cambio. Solo interesa el cambio, la satisfacción inmediata de los deseos, la cosificación de todo: “cosas” pronto en desuso, a la espera de otras que sólo son distintas por ser “nuevas”. Eso nos lleva a una sociedad de incertidumbres, sin valores, que agrava la inseguridad por la globalización de los problemas: movimientos migratorios, eventual escasez de determinados productos, exceso de explotación y de desperdicio, precariedad laboral, agudización de las desigualdades. Lo único que importa es la “libertad” y la satisfacción individuales. Los grupos, partidos y asociaciones  ya no buscan el bien común, sino en el beneficio personal enmascarado por el fanatismo grupal. El verdadero Estado es Don Dinero: cada vez es más volátil, líquido y conceptual: No hay nada que lo respalde. Ya se está convirtiendo en dinero virtual, el bitcoin, un paraíso para los hackers y un desastre para la economía.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 julio 2021 7 11 /07 /julio /2021 17:27

DE MEMORIA

Las grandes culturas antiguas que heredamos y a las que debemos respeto, apreciaban el don de la memoria. Los griegos  la consideraban una diosa. Mnemósine, hija de Gea (la Tierra) y Urano y madre, gracias a la concupiscencia de Zeus, de todas las musas, engendradas las nueve en otras tantas noches consecutivas de amor en unas verdes colinas. Ella dio el nombre a las cosas y permitió la visión del pasado, a través de los recuerdos. En el origen mitológico de la enseñanza está la memoria y la oralidad: los aedos aprendían de memoria los más largos y enrevesados cantos (la Ilíada y la Odisea eran en origen obras cantadas por rapsodas) que permitían conservar las tradiciones y eran la fuente del desarrollo intelectual, social y técnico del género humano.

Unos treinta siglos más tarde, tras un par de decenios de degradación creciente, resulta que la memoria se ha convertido en un estorbo y con ella la cultura del esfuerzo. Nos creemos más sabios, aunque estamos más confusos cada día. El traje de las nuevas tecnologías y la nueva forma de vida que conlleva nos va demasiado grande, nos sobra por todas partes. Hemos olvidado que el éxito no está relacionado sólo con la excelencia del conocimiento sino que ésta es directamente proporcional a la cantidad de esfuerzo que le dedicas. La ley Celaá, llamada la Octava Plaga de la enseñanza española, desde que en 1980 se inició el despropósito de nuevas leyes educativas cada cinco años de media, es la última prueba del sesgo que muestran de política, ineficacia, pretensiones y falta de sentido común. En la ecuación memoria-conocimientos, se favorece al segundo, cuando ambos son indisociables y siempre lo han sido, con la lógica medida cualitativa. Cualquier estudiante de Pedagogía sabe que el aprendizaje se optimiza cuando las ideas se abordan con un enfoque multidimensional: MEMORIA, razonamiento,  comprensión, comunicación y  visualización. Y se valora el esfuerzo que supone. Permitir, por ejemplo, que se pase de curso con dos suspensos es premiar la penosa tendencia a transigir con la comodidad, la permisividad y la falta de rigor y disciplina los alumnos. Parece que la enseñanza está más pendiente de los supuestos derechos de éstos (y de sus familias) que de sus necesarias obligaciones.

ALBERTO DIAZ RUEDA

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9 julio 2021 5 09 /07 /julio /2021 15:47

 

 

Zygmunt Bauman (1925-2017) era un sociólogo polaco con sesenta libros publicados, teórico del concepto de “sociedad líquida”, un modelo que se destruye, se difumina y se construye contantemente en un sistema de límites que varían, se amoldan a lo que sea preciso y se extienden o desaparecen como el agua. La metáfora no recoge los aspectos positivos de la liquidez sino su variabilidad y fugacidad. Bauman ha escrito sobre la vida, el amor, la sociedad, la modernidad y la cultura líquida. Así definió el concepto: la sociedad es líquida cuando las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados…no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…con lo que ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada fiable.

Para Bauman la modernidad líquida es una búsqueda constante, un consumismo diario para encontrar la felicidad. En ella los individuos se mueven por la seducción de una constante renovación: Les parece que existen en un mundo en el que se pueden vivir numerosas vidas, tras la pérdida de la identidad propia, mientras el sujeto adquiere una nueva vida  para no ser excluido de una sociedad que avanza a velocidad de vértigo, atosigado por una economía precaria y la servidumbre hacia las nuevas tecnologías de las comunicaciones.

Por tanto la cultura de nuestra sociedad de consumidores se convierte en un almacén de productos previstos para el consumo, cada uno compitiendo por la cambiante y dispersa atención de los futuros consumidores. Sólo por un momento que está limitado por la obsolescencia programada de todos los productos en oferta. Y esta oferta no solo se refiere sólo a objetos sino a personas, relaciones, mundo laboral… Mientras la  tecnología lo rige todo, incluyendo las relaciones interpersonales. Valores, principios  y costumbres abandonan las viejas y seguras tradiciones sin ofrecer nada sólido, fiable y duradero a cambio. Solo interesa el cambio, la satisfacción inmediata de los deseos, la cosificación de todo: “cosas” pronto en desuso, a la espera de otras que sólo son distintas por ser “nuevas”. Eso nos lleva a una sociedad de incertidumbres, sin valores, que agrava la inseguridad por la globalización de los problemas: movimientos migratorios, eventual escasez de determinados productos, exceso de explotación y de desperdicio, precariedad laboral, agudización de las desigualdades. Lo único que importa es la “libertad” y la satisfacción individuales. Los grupos, partidos y asociaciones  ya no buscan el bien común, sino en el beneficio personal enmascarado por el fanatismo grupal. El verdadero Estado es Don Dinero: cada vez es más volátil, líquido y conceptual: No hay nada que lo respalde. Ya se está convirtiendo en dinero virtual, un paraíso para los hackers y un desastre para la economía" .

Para Bauman, el hombre de la sociedad líquida es un sujeto más autónomo pero solitario, que tiene un miedo cerval a los extraños, es xenófobo y busca el grupo fanatizado que le da seguridad a cambio de sumisión. Aunque nos encontramos en la sociedad del conocimiento y la era de las nuevas tecnologías, donde los sujetos están rodeados continuamente de datos y de acceso a la información, cada vez las aspiraciones a conocer y aprender son menores. La educación de nuestra época es se empieza a valorar como un bien de consumo y no como un proceso de crecimiento personal para adquirir valores, historia y aptitudes y entender la vida desde otros puntos de vista.El desempleo, el paro, y la falta de posibilidades de acceder a encontrar trabajo, hacen que los jóvenes cada vez tarden más en incorporarse al mercado laboral, en el que desaparecen, los contratos indefinidos, los trabajos que duraban toda la vida, los vínculos entre compañeros de trabajo y empresa. En nuestra sociedad actual es necesario que los individuos se formen  durante toda la vida. Los avances tecnológicos, los nuevos enfoques económicos, dan paso a la necesidad de la formación permanente.  

Pero Bauman se permite cierta esperanza hacia los cambios que ya tenemos aquí. La humanidad ha superado muchas crisis y ha resuelto los problemas: Ahora hay que atacar a la raíz de la crisis. Como principal responsable de la situación de la modernidad líquida identifica a la política, y no a una concreta, el conjunto de cada una de ellas que han traicionado su misión y su eficacia a causa de la corrupción, la negligencia y la falta de visión hacia un futuro que debe proyectarse con materiales y actitudes distintas en el espacio global , Es preciso potenciar y dirigir los cambios,trabajar los valores, la cultura, la educación. Nuevos modelos de organización, de trabajo, de educación, de conocimientos, tecnologías y nuevas costumbres..Es necesario unirse todos para investigar cómo reconducir este nuevo tipo de modelo, tanto económico, político, educativo y social.

 

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2 julio 2021 5 02 /07 /julio /2021 17:54

 

(TRABAJO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" -JULIO 2021)

Durante siglos han sido casi sinónimos: cultura y papel. Desde finales del pasado siglo, con el advenimiento del mundo digital los agoreros y profetas del futuro más o menos probable han lanzando sus condenas y exequias contra el papel. El siglo XIX murió anunciando la muerte de la novela, de la narrativa escrita, el siglo XX murió anunciando el cambio total de la cultura tal como la habíamos conocido desde los tiempos del pergamino, los papiros y el papel. Las tecnologías triunfantes y el imperio digital omnipresente y tan ubicuo, insistente y poderoso como jamás se habían visto en invento humano alguno, iban a erradicar, entre otras muchas cosas, la presencia del libro en nuestras vidas sustituidas por el canto de sirenas de las pantallas.

Pero la realidad es obstinada y la tecnología viene a abrir caminos pero raramente los cierra si no hay una buena razón para ello. Las modas son exigentes y abarcadoras pero no tienen la última palabra sobre nada, precisamente por su naturaleza cambiante, versátil y superficial. La cuestión es que el papel sigue siendo un elemento definidor de nuestra cultura. Las ediciones en papel son abundantes y sólo ha cambiado la cuestión de las tiradas. Se hacen más cortas porque la industria editora ha comprendido que resulta más barato hacer tiradas cortas y repetidas que hacer largas tiradas y tener que pagar almacenamientos y distribuciones. Las oficinas se digitalizan pero se sigue utilizando el papel en determinadas ocasiones y en el día a día de las oficinas. La presencia crecientes de los “hackers” y la piratería informática vuelven a valorizar el papel, que es mucho más difícil y costoso de manipular y falsificar.

Conforme los jóvenes van entrando en la media edad  van abriendo espacio para determinados libros y no se conforman con tenerlos en las “tablets” o el ordenador. Las ediciones han mejorado de calidad y el papel también y a pesar de que muchas editoriales han cerrado, comienza a aumentar la creación de editoriales pequeñas y especializadas. Lo mismo ha ocurrido con las librerías. Los lamentables años 20 del siglo XXI han mostrado una cara conciliadora respecto al papel a pesar del auge escandaloso y opresivo de lo digital. Muchos empiezan a comprender que hay un aspecto en las facilidades de lo digital que resultan amenazantes para algunas características de nuestro estilo de vida como seres humanos.

Quizá la generación 2.0 marque otra tendencia más negativa para el papel pero eso en el fondo no es una cuestión de inercia tecnológica sino de educación y, en definitiva, de una visión no restrictiva de la cultura. Libros como “Papel” de Mark Kurlansky y “Cultura” de  Terry Eagleton, ilustrarían de forma enriquecedora esta reflexión que apunto a los lectores. Aunque hay diferentes maneras históricas de entender la cultura como nos demuestra Eagleton: a) un corpus de obras intelectuales y artísticas ;b) un proceso de desarrollo espiritual e intelectual;c) los valores, costumbres, creencias y prácticas simbólicas en virtud de las cuales viven hombres y mujeres y d)una forma de vida en su conjunto. Y para complicar aún más la cuestión la palabra cultura inicialmente era sinónimo de civilización aunque al final ha llegado a significar un conjunto de valores que ponen a la civilización en entredicho.

Por lo tanto cogeremos una vía más directa, aunque probablemente tampoco exacta: identificar la historia de la cultura con la del papel, con un interrogante abierto a las nuevas tecnologías. Para ello el libro de Kurlansky, “Papel” nos propone un recorrido tan brillante como el de Irene Vallejo con su “El infinito en un junco” pero con el aditamento de su sorprendente corpus de erudición e investigación centrado en el papel como soporte de la cultura. Y lo hace aclarándonos que lo del papel fue un invento, no un descubrimiento, un adelanto tecnológico que promovió de una manera prodigiosa la propagación de ideas y conocimientos. Y mucho más interesante y útil, la creación de lugares organizados para su conservación: las bibliotecas.

Escribe Kurlansky:  “El papel parece un invento poco probable: el hecho de descomponer madera o tejido hasta llegar a las fibras de celulosa, diluirlas en agua y filtrar el líquido resultante por una rejilla de manera que las fibras se entrelacen de forma aleatoria para formar una hoja no es una idea que aparezca de forma espontánea, en especial en una época en la que nadie sabía qué era la celulosa. ¿Y si nadie hubiera pensado en el papel? Simplemente, se habrían encontrado otros materiales. Había que dar con un material de escritura mejor, ya que era lo que la sociedad necesitaba”.

A través de su recorrido histórico por todos los soportes de la escritura hasta llegar al papel (hay una resonancia inevitable con el libro de Vallejo) el autor reitera que el papel es un instrumento, una tecnología dirigida de una forma eficaz a cumplir un objetivo que sirve a un fin.  Y nos habla de la “falacia tecnológica”: la tecnología como motor de cambio social. Lo cierto, observa ingeniosamente este autor es que es la sociedad la que desarrolla la tecnología a fin de adaptarse a los cambios sociales. Según esta hipótesis, todo el asunto de la muerte del papel sería, como parece estar demostrándose, otra falacia, al menos por el momento, como comentamos al principio de este trabajo.

Mark Kurlansky, es un periodista del New York Times, que ha sido corresponsal en el extranjero para diferentes medios de su país. Es un autor serio y concienzudo aunque, caiga en juicios de valor poco contrastados en algunos casos, como lo es ajustarse a la leyenda negra de los españoles como genocidas culturales tras el descubrimiento de América. Una exageración histórica corregida y aumentada en el mundo anglosajón y tardía y escasamente defendida por los historiadores españoles, que podrían recurrir comparativamente a los dislates anglosajones en sus colonias y en sus propios territorios: ¿qué pasó con los nativos norteamericanos? (por no hablar de los ingleses en sus colonias, los alemanes en Centroáfrica, los belgas en el Congo o los italianos en Etiopia y Somalia).

 

Pero si admitimos que la ecuación que relaciona a la cultura con el papel constituye un problema en el que interviene un tercer elemento, el sistema capitalista neoliberal actual, renacido tras la crisis del 2008 y reafirmado con toda su insolente codicia e hipocresía tras la pandemia, resurge una vieja y tradicional incógnita. ¿Qué papel tiene la cultura, sea cual sea su soporte, en el nuevo milenio? El libro de Terry Eagleton es un contundente alegato sobre el manipulado papel de la cultura en nuestros tiempos. Los problemas a los que hemos de enfrentarnos, guerras, hambre, desplazamiento de población refugiados, genocidios, pandemias, desastres ecológicos, tienen sin duda aspectos culturales, pero la cultura no es un elemento decisivo que ayude a resolverlos. Lejos de crear ciudadanos del mundo, el multiculturalismo manejado por el capitalismo transnacional genera provincialismo e inseguridad, racismo y chovinismo. Se habla de mercado mundial y de consumo generalizado,  pero los que rigen la producción y la propiedad están rígidamente emboscados y estratificados. Como escribe  Eagleton, “Los verdaderos gánsteres y anarquistas llevan trajes de raya diplomática y dirigen bancos en vez de asaltarlos”.

El capitalismo ha incorporado la cultura a sus propios fines materiales y de ellos es prueba, nos dice ese autor, la decadencia global de las Universidades, convertidas en empresas pseudo capitalistas, órganos del mercado, productoras de empleados del sistema, que olvidan la histórica reflexión crítica de la tradición universitaria y apoyan y alimentan la creación de una tecnocracia utilitarista que promueve la desaparición de las humanidades. Y lo mismo ocurre con la llamada “industria cultural”, un oxímoron  que “atestigua menos la relevancia de la cultura que las ambiciones expansionistas del sistema capitalista tardío que está colonizando la fantasía y el entretenimiento”, usando sus instrumentos más útiles: las redes sociales e internet.

La conclusión de nuestro autor no está lejos de la que por razones semejantes y a veces coincidentes sostienen muchos pensadores críticos con el actual estado político, social y económico del mundo: la cultura ha dejado de ser un elemento fundamental en los procesos de desarrollo humano. Y eso es algo que lamentaremos como género de una forma inimaginable. A no ser que se produzca un fenómeno muy humano y utópico como el que narra Ray Bradbury en el final de la novela “Fahrenheit 451”: la esperanza de unos grupos de hombres, repartidos por el mundo,  empeñados en conservar la memoria cultural de la especie.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

PAPEL, Páginas a través de la historia.- Mark Kurlansly.- Trad. Elena González.- Ático de los Libros.-480 págs. 22,90 euros.

CULTURA.- Terry Eagleton.- Trad. Belén Urrutia.- Taurus.- 198 págs.-18,90 euros.

 

 

 

 

 

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1 julio 2021 4 01 /07 /julio /2021 11:06

(Publicado en La Comarca el 290621)

No creo en el “agravio” generacional. Entiendo a los jóvenes porque nunca he dejado de ser joven, a pesar de ir sumando años y experiencias. Acepto que siempre ha habido jóvenes que no han sabido respetar a nada ni a nadie, empezando por sí mismos. Es algo tan cierto como los ejemplos de lo contrario. Y sabemos que hay ancianos y hombres maduros que se mantienen anclados en sus frustraciones, sin evolucionar y capaces de dislates tan irracionales como los de algunos jóvenes.

Creo que las reglas básicas de la convivencia, pertenecientes más al derecho natural y al generado por las costumbres y tradiciones que regulan las relaciones entre individuos, deberían volver  a ser enseñadas en las guarderías y escuelas y reforzadas en los institutos y la Universidad. No como una asignatura más sino como una educación ciudadana básica, necesaria y obligatoria. Que a su vez debe ser refrendada por padres y tutores. Convertirlas en unas normas sencillas y simples que formen parte inexcusable de la persona, del ciudadano, del ser humano. Como bien individual y con alcance familiar, social, nacional y global.

A los niños les hace evolucionar la educación vicaria, la que reciben y les impregna en el hogar, la familia y los amigos. Además reciben la influencia –no siempre buena o provechosa-de las aulas y la sociedad y los medios, la tele, el ordenador o el móvil. Desde Freud, Jung o Reich, hasta los neurocognotivistas de la psicología más avanzada, hay acuerdo en que a menudo reflejamos antes lo peor que hemos asumido de nuestro amplio sustrato sociofamiliar, que los buenos ejemplos que a veces se producen en torno nuestro. Las personas oscilan entre una maduración lenta pero positiva en sus relaciones y percepciones o un progresivo endurecimiento en egoísmo, brutalidad, indiferencia al daño ajeno, intolerancia a la frustración de los deseos, falta de límites conductuales y en casos ya psicopáticos, placer en hacer daño o en destruir cosas, incluso sin ningún beneficio propio.

En la mayoría de los casos hay menos maldad intrínseca o psicopatología que dificultad para comprender el dolor de los demás, los límites de la propiedad y los derechos ajenos. La democracia sólo puede ser cívica. Aprendamos y enseñemos civismo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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22 junio 2021 2 22 /06 /junio /2021 11:45

LOGOI 206

¡TARIFAZO VA!

(Publicado en La Comarca, 220621)

¿Cuál es el problema de España? ¿Que los políticos, además de codiciosos, son tontos? ¿O que el pueblo español además de sufrido es crédulo e iluso? Que en plena crisis mundial sistémica, tras una pandemia demoledora, con una economía arrastrándose por la pendiente de las deudas y las fracturas del paro, los cierres empresariales y el desempleo joven, el Gobierno apoye sin avisos ni información transparente, y “manu militari”, los tejemanejes de las eléctricas, el tarifazo, es un escándalo. La energía más cara de Europa para un país de lo más precario. Suena a tomadura de pelo. Como también lo es la manipulación del tema que ofician los políticos en trifulca con los ultras variados y los antisistemas. ¿Culpar al Gobierno? Eso es como creer que la oligarquía dominante en el mundo son unos mecenas, escondidos como el Mago de Oz tras sus millones. Espejismos.

La cuestión energética, en esta época crítica y de transición,  depende de algo que preferimos ignorar: no se trata de un problema de naciones o de ideologías políticas. En plena crisis económica y climática mundial, la solución, como el problema, debe ser global. La gestión energética interesa al género humano y al planeta a partes iguales. Como la gestión de la paz y de las desigualdades económicas. Los sistemas políticos de las naciones del mundo deberían, respecto a la energía, plantar cara a las oligarquías que manipulan el cotarro (aunque muchos políticos forman parte de ellas), socializar e internacionalizar la gestión energética como bien esencial de la población humana, educar a los pueblos en la manera de evitar el desperdicio de energía y dar el paso definitivo hacia las renovables, crear una política de precios justa, instaurar los bonos sociales para las familias con menos capacidad económica…

¡Fuera las manos privadas de la empresas eléctricas y también fuera las del Estado!; declaración de la energía como bien público internacional bajo la autoridad de una institución mundial que controle –y sea a su vez obligatoriamente transparente en su gestión- una energía limpia y económica para todo el mundo. Sería algo por lo que vale la pena luchar. Y lejos de la utopía, algo que ya nos está pidiendo el sentido común y la lógica desde hace tiempo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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15 junio 2021 2 15 /06 /junio /2021 09:47

Logoi 205

ECOSOFÍA

(Publicado en La Comarca 150621)

Se llama “Ecosofía” a la manera de conocer, entender y convivir con la compleja red interactiva de vida que cubre el planeta. Así la definió Raimon Pannikar un erudito filósofo de las religiones que había vivido en la India durante decenios y vestía como Ghandi (y en ciertos temas pensaba y hablaba como él). Le conocí ya casi al final de su vida en su residencia de Tavertet, un pueblito de la comarca de Osona, en las Guilleríes, rodeado de montañas escarpadas, valles deliciosos, cascadas (la del Molí Bernat es muy bella) un pantano y precipicios (o “cingles”) por doquier. El mejor lugar para empaparse de ecosofía.

El término proviene de dos palabras griegas, el prefijo “eco” que es “oikos” (casa, hogar) y “sofía” que significa sabiduría. Por tanto la palabra “ecología”, es un entramado de relaciones razonables y lógicas para la supervivencia de nuestro hogar; economía, viene de “nomos” que es la regla para gobernar y administrar el hogar e impedir la ruina. En estos conceptos con el prefijo eco, oikos, es esencial saber que no tienen sólo el significado de  hogar familiar, ni de pueblos, provincias o países: el Hogar al que se refieren es nuestra Tierra, el conjunto de seres vivos y aparentemente no vivos que constituyen los tres reinos de la Naturaleza que estudiábamos de niños, el animal, el vegetal y el mineral. La física cuántica ha diluido las fronteras entre lo que consideramos “vivo” o no. La neurología y la psicología biológica terminaron con la exclusividad humana de lo que llamamos inteligencia. Y la filosofía y las ciencias naturales nos han demostrado (cosas que se sabía desde muchos siglos a.C. y aún saben en algunos –y ya casi desaparecidos- pueblos llamados “primitivos”) que todos los seres vivos formamos parte de un Todo y que nuestras acciones tienen efectos que afectan a ese todo, de los que no somos los monarcas absolutos, sino una parte minúscula, vulnerable y estúpida que está provocando una crisis total en el planeta. Y eso es justamente lo que la Ecosofía trata de evitar, aunque sin suficientes poder, medios, ni proyección mediática para cambiar las cosas. Y así estamos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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