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17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 enero 2022 2 11 /01 /enero /2022 13:29

LOGOI

CUBA, 60 AÑOS

PUBLICADO EN LA COMARCA EL 110122

En esta semana  habrá dos encuentros políticos de alto nivel primero entre Rusia y Estados Unidos, luego se añadirá Europa. Sobre la mesa, dos problemas – Ucrania y Kazajistán- que podrían despertar una amenaza bélica global. Rusia los considera  “cuestiones internas”. En Kazajistán han entrado 2.500 soldados rusos (a petición del presidente Tokáyev, a fin de reprimir protestas ciudadanas) en virtud de la CSTO (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva) creada en 1992 y que une a Rusia con Kazajistan, Bielorrusia, Armenia, Kurguistán y Tayikistán.  Y en la frontera con Ucrania, Putin ha desplegado 100.000 soldados. Se trata de hacer respetar “la esfera de interés vital” y la “condición geopolítica común” en ciertos países terceros por una superpotencia, Rusia, frente a otra, Estados Unidos, que cuestiona tal supuesto derecho.

Se trata del despliegue en esos países terceros de tropas y quizá  misiles tácticos. Lo curioso, y lamentable, es que esa situación tan alarmante ya ocurrió una vez: en Cuba, en 1962. Ahora los papeles se han cambiado, pero los argumentos esgrimidos por Moscú son prácticamente los mismos que Washington empleó en aquellos días. Marx escribió que “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

En Cuba se trataba del intento ruso de desplegar misiles y el consiguiente bloqueo norteamericano. El botón nuclear estuvo a punto de ser presionado por los presidentes de ambas potencias. Durante unos días el mundo vivió una posible tragedia definitiva. Ahora nos acercarnos a ese espanto a lomos de la farsa: Washington niega a Putin el “derecho” a hacer lo mismo que Estados Unidos ha estado haciendo en los últimos sesenta años por países de Europa y otros continentes: extender su potencial bélico por países afines. Putin presiona sobre Ucrania (y rechaza, lógicamente, la entrada de este país en la OTAN) y amenaza con colocar misiles en Bielorusia y Kaliningrado. ¿La historia no nos ha enseñado aún que eludir las responsabilidades es fácil, lo difícil es eludir las consecuencias?

Y en ese juego de fortalezas y debilidades, la UE tiene pocas bazas de protagonismo político, pero sí una dependencia con el grifo del gas que controla Putin (y la inseguridad que a Moscú le gusta expandir por Europa). Todo depende del afán de poder del nuevo Zar.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 enero 2022 5 07 /01 /enero /2022 11:05

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" enero de 2022

Me van a permitir empezar por el final. Escribir sobre límites éticos en nuestro mundo es zambullirte en la piscina del horror desde el trampolín de la torpe (des) política que nos alarma. El escenario lo conocemos: ya sea desde nuestra pobre, vocinglera, obcecada España hasta el confluencia en ruta de colisión de las grandes potencias nuevamente polarizadas: Rusia, China “et alii”, frente a Estados Unidos y la UE, ante la mirada impotente de cientos de países cargados de problemas propios y, en torno a todos, una crisis sistémica global servida en la bandeja de una pandemia por ahora incontrolable. Por tanto, entremos en el análisis de los paradójicos límites éticos, pero no antes de rescatar un principio básico –que suena utópico- y está presente en el ser humano. Aunque ignorado, podría ser un esperanzador “quizá” como final del artículo.

Dice Simone Weil, la malograda víctima de la política del desastre de la primera mitad del siglo XX, despedazada entre el fascismo español y el nazismo alemán: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia”. Y Josep Mª Esquirol, agudo y brillante, apostilla : “Quien no cree en lo que ve, ni en lo que toca, ni en lo que siente y, sobre todo, quien no sabe hacer del otro el prójimo y el amigo, no va bien, ni está bien. Y no puede confiar en nada ni en nadie. No cree en nada o cree que todo es una especie de nada…en cambio quien cree en lo que toca, confía y cree también en lo que no puede tocar. Porque justo por la honda sencillez de lo concreto, quien mira lo más visible, ve lo invisible. Y quien cree en lo más creíble, cree en lo increíble”. Es la revolución del individuo contra la entropía del sistema: nuestra esperanza de futuro.

El libro de Michael J. Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, “Lo que el dinero no puede comprar” nos pone en el carril principal de la autopista del desastre por la que circula el siglo XXI (casi copiando, con otros parámetros, el desconcierto, la codicia y la estupidez de la Humanidad en las mismas décadas del siglo pasado). Como entonces, hemos topado con el quevediano “Don Dinero”, ese poderoso caballero omnipresente sin patria, alma o rostro. En este libro llegamos a saber, con bastante tristeza pero abrumador realismo, que el número de cosas que no se pueden comprar con dinero en este mundo de hoy ha disminuido de forma radical respecto a las pretensiones éticas de otros tiempos. Pongamos como posible punto de referencia de valoración humanística, la revolución francesa y la americana y la Ilustración.

Sandel nos propone una divertida lista de las “nuevas” incursiones del dinero y el mercado contra antiguas nociones éticas y buenas costumbres afirmadas por la educación, la civilización y las religiones. Con un cinismo operativo que para sí hubieran querido Maquiavelo, Adam Smith o el Marqués de Sade, las supuestas “leyes del Mercado” han conseguido que hoy día con una buena cartera de billetes usted pueda conseguirse una celda mejor si debe ingresar en prisión, comidas especiales y una cierta vigilancia de su persona. Ustedes me dirán, “eso ha sido siempre” y lo van repetir en muchos de los ejemplos. Pero hay una diferencia sustancial: antes era una “mordida”, una corruptela de guardianes u oficiales: ahora está admitido “legalmente”, nadie protesta y nadie se queja. En algunas autopistas hay un carril especial para evitar atascos para servicios y seguridad, usted podrá circular por ellos pagando una tarifa. Si quiere emigrar a Estados Unidos  y tener permiso de residencia legal basta que invierta 500.000 dólares en una zona deprimida del país y crear al menos diez puestos de trabajo.  Si quiere cazar una  especie de animal protegida por peligro de extinción, sólo es cuestión de precio. Si está dispuesto a pagar de 1.500 a 25.000 dólares anuales a su médico especialista, tendrá su teléfono móvil personal y será atendido sin esperas o vendrá a su domicilio a atenderle. La admisión de un hijo suyo en una de las mejores universidades también tiene un precio para no pasar por el exigente tribunal de admisión. Hay empresas que pagan a personas sin trabajo para que hagan colas por usted para conseguir entradas para un espectáculo o en un espacio público donde solucionar cuestiones burocráticas, o políticas.  Puede comprar el seguro de vida de un anciano o un enfermo, pagará las cuotas mensuales mientras éste viva y obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca. En ciertos parques recreativos, pagando un entrada mucho más cara, usted y su familia no tendrán que hacer cola alguna, entrarán directamente en la atracción. Si necesita una “madre de alquiler” a bajo precio hay empresas que se la consiguen en cualquier país en desarrollo. Si necesita popularidad con fines políticos o económicos ya tenemos empresas que le convierten en un “influencer” o en un popular candidato, a través de internet y los media. Hasta los Gobiernos admiten la proliferación de empresas de seguridad privadas para que cubran exigencias en lugares o situaciones donde la policía o el ejército no llegan.

Como escribe Sandel “vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas los mercados de valores han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho”.  Esa intromisión de los mercados y el pensamiento orientado a su predominio en aspectos regidos por normas éticas o de convivencia no mercantiles, es uno de los hechos que nos hacen cuestionarnos los límites éticos de nuestra cultura. En ella, instituciones como colegios, hospitales, prisiones o residencias se han convertido en privadas y lucrativas para fondos de inversión, afectando no sólo la calidad del servicio sino a los principios de igualdad y solidaridad social. Todas estas situaciones crean un substrato social en el que los ciudadanos comienzan a recelar e indignarse por dos cuestiones: la desigualdad y la corrupción que se generan con el patrón hegemónico del dinero como fuente de “derechos” y la gradual pérdida de valor intrínseco del Estado como garantía de la democrática igualdad. Hemos pasado de tener una sociedad de mercado a ser una sociedad de mercado. Eso está creando un enorme rencor en la población más desfavorecida y un vacío de justicia en el discurso público. Ya no hay interlocutor válido para un debate sobre los límites éticos del mercado, pues el discurso político carece de justificación operativa ética y moral y se ha convertido en pura gestión tecnocrática. En el libro, el lector es informado de cómo podríamos proteger ciertos bienes morales y cívicos a fin de que la codicia amoral de los mercados no pueda anularlos a cambio de dinero.

Precisamente el poeta polaco Adam Zagajewski en su “En defensa del fervor” nos propone una recuperación de los valores propios de nuestra cultura: la serenidad, la valentía, el pensamiento crítico, la belleza, el respeto, la solidaridad, la empatía con los otros  y una cierta seriedad metafísica que contrarreste los excesos de una vida limitada por el poder del dinero y el mercado. Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía últimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí). Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco, que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye: "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). Falleció en marzo del año pasado.

Nuestro autor nos dice que una de las maneras con  las que uno puede renovar los lazos éticos que le deberían vincular al mundo,  es “desvelar el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes, el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia”. Y aceptar el grado de estimulante inseguridad que nos produce el convivir con el misterio y con la seguridad de que no hay una sola metáfora acertada para salvar a esta civilización perdida en la dialéctica del ser y el tener. En la selva de la oferta y la demanda, los límites éticos se difuminan porque es así como lo hemos aceptado inconscientemente por comodidad, interés o placer: cada vez que decimos “si” al control que va implícito con algunos “servicios” que nos proporcionan y sin los cuales la vida cotidiana sería menos cómoda y más complicada. El principio del fin fue cuando todos consideramos lógico y aceptable el aserto de que nada es gratis. De una forma u otra hay que pagar por todo lo que nuestra civilización nos proporciona (y sin lo que ya no sabemos vivir). Aunque, A.Z. nos recuerda que deberíamos evitar “conclusiones ideológicas globales que ya no están al amparo de ninguna clase de sentido del humor ni de dudas sobre la propia clarividencia”. El velo de las cosas sobre el futuro no se ha levantado y cualquier predicción es un exceso narrativo. Por ello nuestro autor nos regala una reflexión que puede poner punto final a este trabajo: “Sabemos o adivinamos que la modernidad (el estado actual de nuestra sociedad) no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que achacándole muchas cosas y por más que nos indignen algunas de sus facetas menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle. La modernidad está en nuestro interior, en nuestros adentros, y ya es demasiado tarde para limitarnos a criticarla desde fuera”. Por ello resulta evidente que una actitud intransigente, desprovista de sentido común y de humor indulgente no nos ayudará a vivir en este mundo ridículo, cruel e imperfecto.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

HUMANO, MÁS HUMANO.- Josep Mª Esquirol.- Ed. Acantilado.-173 págs.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR.- Michael J. Sandel.- Trad. Joaquín Chamorro.- Edit. Penguin, Random House. 253 págs

EN DEFENSA DEL FERVOR. Adam Zagajewski.- Trad. A.Rubió y J. Slawomirski.- E. Acantilado.214 págs.

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30 diciembre 2021 4 30 /12 /diciembre /2021 17:34

LOGOI 233

FINDAÑO

Llega el nuevo año. Pasaron 365 días en los que hemos seguido el carrusel natural y cotidiano de luz y oscuridad, vigilia y  sueño, actividad y descanso. Un  proceso nada monótono, porque las acciones humanas nos han echado encima pandemias, crisis financieras, energéticas y climáticas. Todos somos responsables, sin duda. Por tanto, lo difícil para el común de los ciudadanos es poder conciliar la vigilia, el descanso y la actividad con los condicionamientos agobiantes que nos impone nuestro sistema capitalista neoliberal: el egoísmo individualista, la insolidaridad, la codicia o la estupidez.

Somos la consecuencia de nuestros actos y actitudes. Y eso es una regla que se cumple a todos los niveles. De nada sirve que escribas, siguiendo la “magia” de la Nochevieja, tus deseos en un  papel y que enciendas solo una punta con la llama de un vela y esperes que se realicen los que queden sin quemar; o que cenes lentejas, bebas una copa de champán con un objeto de oro en el fondo, lleves una prenda interior roja, estrenes unas medias o unos calcetines, abras las ventanas de la casa para que salgan los malos auspicios y enciendas todas las luces para “alumbrar a los buenos”. Así que nos llega el 2022,  en el que cosecharemos los errores personales o globales cometidos y algunas –pocas en general- alegrías o satisfacciones. Ni el día comienza inocente y limpio cada amanecer, ni los años cambian de sesgo tras la supuesta magia de la Nochevieja. El fin de año no genera el fin del daño.

La filósofa germano-judía,  Hannah Arendt, decía que en los “tiempos de oscuridad” nos suele llegar una cierta iluminación que no proviene de libros, conceptos y grandes pensadores, sino de “la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y en sus obras, bajo casi todas las circunstancias y que se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra”. Los llamaba “luciérnagas”.

En estos días me gusta rememorar a las “luciérnagas”,  y la delicada luz de su solidaridad, paciencia y amor por los demás, que evita que la oscuridad en el mundo sea total y definitiva.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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29 diciembre 2021 3 29 /12 /diciembre /2021 18:16

 

He leído el libro del abogado Francisco Uría con verdadero placer. Y con una sensación de doble "dejà vu": primero, por el tema Zweig,  que conozco con bastante profundidad ya que he leído mucho a este escritor, y he escrito numerosos artículos sobre su maestría narrativa, la época que vivió y sus muy dañados compañeros de generación, entre escritores, poetas y filósofos. Y segundo, porque creo haberme cruzado en alguna ocasión con Uría, ya  sea en mi época de estudiante de Derecho o posteriormente en la de periodista. En todo caso eso es lo de menos.

Esta es la obra de un escritor novel pero tiene hechuras y modos de un buen narrador. Su aprovechamiento de la anécdota, trivial si se quiere, para hilvanar una historia que tiene un engarce pequeño histórico y se desarrolla con gran habilidad y modesto pero eficaz  dominio del "tempo" narrativo, logra atraer y mantener al lector con pequeños detalles que muestran un conocimiento del personaje histórico bastante nutrido y una muy creíble capacidad de que el lector disfrute de algo verosímil que la literatura hace real.

A la luz del relato de Uría, asistimos a un recorrido por nuestro pasado lamentable de la guerra civil, la vida en una pequeña ciudad portuaria, Vigo, donde empieza el sopor de decenios franquistas, pero se produce un encuentro donde se reinterpreta la iniquidad de la guerra y se aplica la comprensión en clave del amor a los libros.Pero, al tiempo, se advierte la angustia del librero y el ilustre visitante inesperado y casual, Zweig, que paseaba por Vigo en una escala no prevista del barco que le lleva a Estados Unidos.Es la ruina de una cultura, de una manera de existir y pensar, la que se desprende del diálogo ficticio con este personaje real que nos describe su angustia tal y como lo hace en sus libros, principalmente en sus Diarios y en el magistral "El mundo de ayer". 

Durante unas horas la pequeña librería se convierte en un precario refugio ante la oscura noche que nos llegaba a los de este país y la que se expandía por el mundo de las manos de líderes políticos, auténticos enfermos mentales, Hitler, Stalin, Mussolini...y otros. El amor a las letras es lo que une a ese humilde librero cojo gallego y a un escritor célebre en todo el mundo que ha visto como quemaban sus libros y le prohibían escribir en su lengua, el alemán, infundiéndole tal terror y decepción que acabarían con su resistencia poco después empujándole al suicidio, como a  Walter Benjamin, Simone Weil, Primo Levi y tantos otros que murieron en el exilio y el abandono...

Después vendría la resaca de ese siglo XX siniestro en la que la historia familiar y hogareña que nos cuenta Uría, al margen del tema principal, el diálogo entre el librero y Zweig, cobra su auténtica dimensión humana, el rescate moral que la literatura brinda a la memoria de las personas,a pesar de los horrores que una historia enloquecida les hace vivir. La narración, una vez más, deviene código ético para los que la leen y les nutre la memoria y la sensibilidad para abrir las puertas y ventanas del alma cohibida y triste y regresar a los valores eternos: la solidaridad, la libertad, la belleza, la solidaridad, el entendimiento y el dialogo entre todo tipo de personas, sin fronteras, sin razas, sin diferencias.

En estos tiempos que vivimos y ante la postcultura de la ausencia de valores y el exceso de consumo, el utilitarismo, el poder del Magog del dinero y los mercachifles que ponen precio a todo y le quitan el valor a la vida, la lectura de libros como éste nos reconcilian con aquello que nos enriquecía y que no debemos consentir perder: la dimensión humana y ética de la existencia.

FICHA

LA PEQUEÑA LIBRERÍA DE STEFAN ZWEIG.-Francisco Uría.- Ed. Berenice.- 142 págs.

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25 diciembre 2021 6 25 /12 /diciembre /2021 16:56

 

Este texto está dedicado a la memoria de Adam Zagajewski, poeta polaco que falleció en Cracovia el  21 de marzo de este año que acaba.

"Pero nosotros, que de niños jugábamos, con deleite -y por fuerza- entre las ruinas que nos habían dejado en herencia las innumerables proezas de nuestros intrépidos y elocuentes predecesores... somos escépticos respecto a una retórica de estilo elevado y muecas pomposas. Adivinamos que la modernidad digital que nos agobia no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que a pesar de sus muchos defectos y por mas que nos indignen algunas de sus funciones y cometidos menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla humanamente, debemos comunicarnos con ella. Las nuevas tecnologías están ya en nuestros cerebros y es demasiado tarde para tratar de ignorarla y menos de anularla." ( pág.52). Si el lector se adentra en la fértil y estimulante lectura del libro del poeta  polaco Adam Zagajewski, que hoy analizo, encontrará este párrafo aunque no exactamente escrito de la misma manera. Lo he adaptado un poco a un mensaje más acorde con el tiempo que ahora mismo vivimos, ya que originalmente fue escrito hace más de veinte años. Pero estoy seguro que A.Z. vería con simpatía la pequeña profanación literaria.

En definitiva, lo que cuenta es la decidida recomendación que hago para que se adentren reposadamente en la lectura de "En defensa del fervor", donde la fuerza interior del poeta se metaboliza en observaciones agudas y brillantes sobre autores, hechos, historia, filosofía y, naturalmente poesía, de grandes de la literatura europea, con ese sentido humanístico que floreció en la Europa arrasada por la segunda guerra mundial y que ha dado genios de la talla de Rilke, Benjamin, Hannah Arendt, Stefan Zweig, Simone Weil, Mann, Freud, todos ellos tocados y muchos derribados por una época sombría y extremadamente cruel.

En eta obra somos testigos de excepción en algunos momentos de cómo funciona el "taller interior" del poeta, sobre todo cuando sus comentarios y reflexiones son sobre otros poetas o escritores o filósofos, como Nietzsche, Cioran (del que hace un agudo análisis) o Czeslaw Milosz, amigo personal de Adam. En ellos se desprenden ecos de los mecanismos casi inconscientes que fertilizan su poesía y  esa percepción de lo real que los poetas convierten en su campo de trabajo. Y eso en una época como  la que hemos vivido donde "se siente una indiferencia total por los problemas metafísicos, confirmando con tristeza la lenta atrofia de la imaginación espiritual".  Para ello analiza la ironía y el cinismo como herramientas necesarias para encontrar "la chispa de la antigua visión mágica del mundo.” 

Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía ultimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí. Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye:  "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). En ellos sostenía que los polacos debían "alzarse contra las falsificaciones de la realidad y la apropiación del lenguaje por la ideología y propaganda  comunistas.

Aquí, A.Z.  analiza el fervor y lo sublime, antes de dejarnos páginas memorables sobre Nietzsche, el arte poético, en un paradójico "Contra la poesía" y una variedad de asuntos: desde el ocio, a las visitas a los lugares santos, y remembranzas de un "París de tonos grises" o las desventuras obligadas de escribir en polaco, donde brilla una ironía amable y comprensiva.

Su defensa del fervor sólo es analizado en profundidad en el primero de los ensayos del libro, pero en esencia, parece reflejarse en todos los demás, en los que usa un entusiasmo que hace revivir el fervor y la ironía humanista, que suele aparecer con las dictaduras y la barbarie. Por ello "expresa su decepción por la muerte de la esperanza utópica y la crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico".  Aunque no se recata de dar un toque de atención: "A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico". 

Seguimos pues, nos dice AZ. con esta etapa de un "peregrinaje eterno e interminable".  No en vano,  define a los ciudadanos de esta época usando el término  platónico de "metaxú", vivimos entre nuestro entorno, que creemos conocer, concreto y material y la trascendencia, el misterio de lo inefable. "Metaxú" es el estado de un ser que siempre está, irremediablemente, a medio camino de todo. Incluso de la búsqueda de la belleza.  Zagajewski  considera al poeta ideal como "aquel que es capaz de asumir y controlar la oscilación entre ironía y fervor, humor y misticismo, realidad y trascendentalidad". Y propone a su admirado Czeslaw Milosz, al que dedica uno de los ensayos del libro «La razón y las rosas». Para los poetas como él, "lo sublime es una experiencia del misterio del mundo, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un deslumbramiento y una sensación de estar cerca de lo inefable".

En otro de sus capítulos AZ hace una defensa numantina de la poesía argumentando en su contra: a través de la inspiración, que "parece elevarnos por encima de la cotidianidad para que podamos contemplar el mundo con atención y fervor al mismo tiempo" . Aunque el poeta en ninguna ocasión puede marginarse del debate intelectual de su época, única manera de dar a su obra un sentido y un valor.

En "La poesía y la duda" analiza la obra y a la vida de Emil Cioran,  y su elección de la duda como referente global de su trabajo y su ideología, un nihilismo absoluto, y al suicidio como único sistema para acabar con la "broma macabra de la vida". Sólo con el fervor, nos dice AZ, puede salvar a la poesía. Y al poeta. Así lo demostró él mismo a lo largo de su obra y de su vida. Descanse en paz.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EN DEFENSA DEL FERVOR.- Adam Zagajewaki.- Trad. A. Rubió y J. Slawomirski.- 215 págs.-Ed. Acantilado. ISBN 9788496489158

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22 diciembre 2021 3 22 /12 /diciembre /2021 12:07

 

Publicado en "La Comarca" el 211221

El politólogo Yazca Mounk dice que en las cosas de la política humana, el alcance y los límites de lo que hacemos o debemos hacer están conectados. Llega la Navicovid y el alcance de esta fecha de origen religioso está insertado en los límites que marca el contagio del virus en su nueva variedad, que tiene nombre de acelerador de partículas. El espíritu navideño se da de trompadas con la actualidad política en todos sus conflictivos forúnculos: desde la situación que emana de Rusia y Ucrania, con cazabombarderos armados con turrón nuclear y el jueguecito de Putin con el grifo del gas como presión política; los Estados Unidos con complejo de guerra civil y disputándose el trono con Pekín y Moscú; la Covid expandiendo su pestífera “nadala”; las extremas derechas formando ariete global para imponer el garrote en demasiados países y la democracia tambaleante como sistema gracias al poder económico y tecnológico que horada sus cimientos. Y eso que no entramos en la cosa hispana, en la que el sinsentido y la violencia políticas –de momento verbal- cubre con su cochambroso mantel problemas endémicos que nos negamos a encarar de forma conciliadora y con sentido común.

El alcance de la Navicovid está conectado con los límites de los quehaceres humanos a todo nivel, desde el negacionista que antepone su egoísmo desafiante a los contagios, hasta los gobiernos y la oligarquía que los controla, que siguen la ruta de colisión entre el crecimiento y consumo permanentes y la escasez de recursos y el calentamiento global.

Feliz Navicovid, pues. Quizá Papá Noel o a más tardar los Reyes Magos, nos traigan una fórmula  para gestionar la frustración que causa la caída de las utopías, de los sueños de igualdad, diálogo y colaboración, de la decrepitud de la forma de gobernar menos mala que existía, la democracia. Tal vez esa aceptación de la realidad, haga reaccionar a la población y nos indique un camino viable para  acercarnos a la disolución del conflicto dialéctico entre intereses, superar las diferencias y aspirar a una sociedad sin clases en la que la dominación y uso del hombre por el hombre quede fuera de la ecuación; rechazo de las políticas identitarias y las patologías culturales. Y, como broche, que todo político que aspire a cualquier nivel de poder, sea sometido a un exigente examen de salud mental. La utopía ha muerto, viva la utopía.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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17 diciembre 2021 5 17 /12 /diciembre /2021 19:22

SALUD MENTAL EN CRISIS

Publicado en La Comarca el 171221

Vivimos alimentando un tabú absurdo: de los trastornos mentales nadie habla o se esconden como una vergüenza o se ignoran “pudorosamente”. Es como el cuento del lobo feroz. Los profesionales de la salud no han dejado de avisar: oigan, que existe el lobo de la insania, la demencia, los trastornos psíquicos, las manías, las psicosis, chifladuras, cuelgues, desatinos, desvaríos, delirios… que ya vienen, ¡que están aquí! La Covid  los ha catapultado en toda su amplia gama de niveles, desde los más leves a los que acaban en suicidio o internamiento.

A pesar del asfixiante predominio de los datos en nuestra cultura, hacemos oídos sordos a las estadísticas que se nos facilitan, o miramos hacia otro lado, dando por sentado que eso “no nos atañe” de forma personal (como con la vacuna). Hasta algunos políticos, dotados de una piel muy dura, solo sensible a los arañazos que se haga a sus intereses propios, comienzan a dar muestras de alarma (esperemos que no se queden en eso y busquen soluciones urgentes).

Y las soluciones pasan, en primer lugar, por cuidar y tomar medidas para proteger el trabajo de los profesionales de la salud) a fin de que estén en condiciones de realizar un trabajo de tal magnitud que no podemos ignorar más. Conozco varios informes sobre los efectos perniciosos que la Covid está teniendo sobre ellos. No en vano están en primera línea.

El deterioro de la salud mental en la población española (y sólo somos una parte del problema global), tanto por trastornos graves como leves,  está sufriendo un agravamiento progresivo. Los datos desnudos son explícitos: cada día como promedio se suicidan diez personas en nuestro país: se ha convertido en la causa de muerte no natural por encima de los accidentes de tráfico. Y el suicidio no es el exceso emocional del romanticismo, es el efecto de un trastorno psíquico. Uno de cada 4 ciudadanos padece algún tipo de trastorno, 6 de cada 10 tienen síntomas de ansiedad o rozan la depresión y más de un 11% de la población consume fármacos ansiolíticos o antidepresivos. La pandemia y sus crisis sistémicas, el tele martilleo constante de datos negativos y las mentiras víricas en las redes o en cierta prensa, también ayudan a menoscabar el equilibrio mental de personas ya “tocadas” por problemas económicos o laborales. Miremos cara a cara la falta de salud mental. No hay que avergonzarse y tampoco ignorarla. Piensen: en el centro de control del cerebro y la mente se gestiona la salud del cuerpo. Y la vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 diciembre 2021 2 14 /12 /diciembre /2021 18:44

LOGOI 231

“1984” ES HOY

(Publicado en La Comarca, 141221)

Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han, lo han sabido ver de forma parecida, a pesar de ser dos filósofos a los que separan varias décadas y dos tipos distintos de sociedad (siglos XX y XXI). La “modernidad” de sus análisis y conclusiones son indiscutibles. Desde la falta de solidez, coherencia y continuidad de la “sociedad líquida” del primero, hasta la extrema manipulabilidad de la información, la opinión y la emoción de los ciudadanos actuales, según el pensador coreano. Basta coger un periódico no partidista (los hay) o ver algún telediario objetivo (más difícil) o una revista digital o web informativa honesta (una labor que requiere tiempo y criterio), para observar hasta qué punto la pesadilla literaria profética de  George Orwell, “1984”, y su Ministerio de la Verdad, se está convirtiendo parcialmente en una realidad en muchos países, incluso el nuestro. Inevitable,  dada nuestra tendencia al exceso, la banalidad y la polarización político-visceral.

El protagonista de la novela Winston Smith, es un funcionario que se dedica a reescribir cada día el pasado para que coincida con las líneas políticas y los intereses cambiantes del régimen del Gran Hermano. Así se creaba la opinión que debía servirse a los ciudadanos: se hacía desaparecer las pruebas de lo ocurrido y se promovían actitudes y emociones coherentes con los deseos del poder. La historia era algo fluido que comenzaba cada día, apoyándose en un pasado dinámico que cambiaba a tenor de las estrategias mutantes del Gobierno. Con ello se conseguía compaginar los cambios emocionales en la población, o en una parte de ella, basándose en la reelaboración de los hechos que las justificarían. Así la historia y sus hitos se convertían en piezas ajustables en el puzzle de una situación política deseada.

Es parecido a lo que estamos viviendo aquí: manipulaciones históricas de las piezas del puzzle informativo actual, con el fin de que crear opiniones y emociones. En Cataluña, el País Vasco y ETA, el franquismo, la transición, la corrupción política y financiera, la pandemia, la crisis sistémica capitalista, los refugiados, el cambio climático… Da lo mismo qué líder o qué partido. Aunque no cambien los archivos de nuestra historia reciente… los ignoramos. Y eso nos condenará a repetirlos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 13:30

publicado en La Comarca 071221

Dicen los de la OMS que hasta 2030 no se logrará el objetivo de la vacunación global (en 2019 y 20 se calificaba de alarmista e innecesaria). Mientras, tal vez superemos ya los diez millones de personas fallecidas por el virus. ¿De qué nos sirve vacunar a la mayor parte de la población de países desarrollados si en los “otros” apenas llegan al 10%?  Estamos en un mundo globalizado. Y se necesitan 10.000 millones de dosis más. El problema logístico, cómo distribuir los miles de millones de dosis necesarios en circunstancias como las que se dan en el continente más necesitado, África, con guerras tribales, corrupción y desordenes armados, es más pequeño que lidiar con el problema básico: convencer al 25 % de la población mundial (creo que un porcentaje más real se acerca al 50%) que integran un compacto y variado grupo, los socialidiotas.

Ellos forman una ingente población repartida por todo el mundo, formada, primero, por los negacionistas que rechazan la vacuna pues piensan que la Covid es un invento político para terminar con “nuestras libertades” (esos sujetos suelen creer en la necesidad de un dictador o líder carismático) o que con la vacuna nos inoculan un chip que nos convierte en autómatas. Esos son los covidiotas (apelativo aceptado ya por la RAE) y que son sólo una parte de los socialidiotas.

Ese subgénero humano es mucho más antiguo y además no hay vacunas contra su alteración psiquica. Forman parte de una variante basada en la estupidez, la ignorancia, la soberbia pseudo intelectual, la falta de educación personal y psicológica, la grosería psicótica, los que esgrimen el sacrosanto derecho a hacer los que le da la gana pero ignoran las obligaciones relacionadas con tales derechos, los que no han sido educados en el respeto al prójimo, ni en la escuela ni en el hogar familiar. Son los “listillos” que  van desde los que  no respetan el orden en  las colas, ensucian paredes y monumentos, tiran todo tipo de cosas por las calles o rompen papeleras, contenedores, bancos y jardineras, conducen como locos patinetes, bicis o automóviles sin pensar en peatones, jamás recogen la mierda de sus mascotas y dejan sus bolsas de basuras en rincones, hacen botellones y la lían parda para justificarse con el “derecho a la libertad”. Ya sé, de socialidiotas y de locos todos tenemos un poco. ¿Pero y eso de “no hacer a los otros lo que no deseamos que nos hagan a nosotros”?-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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