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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 18:11

El ensayista italiano Francesco Alberoni tuvo un éxito fulgurante en la España de los 80 con sus libros sobre el erotismo y el amor. Comenzaba la moda de los libros de autor-ayuda  (porque ayudaba más a los autores y sus cuentas corrientes que a los "auto-lectores" que digerían como podían ensaladas variadas en las que los clásicos brillaban fuera de contexto. En en esa España desarrollista y destapada, obras como las de  Max Scheler ("Amor y conocimiento"), las de Erich Fromm, "El arte de amar" o "El miedo a la libertad", las procacidades inteligentes de Russell, tocaban esos temas con más enjundia y seriedad, pero requerían tiempo y reflexión. Ya comenzaba la "nueva era" de "todo en cinco lecciones" y los "readers digest" triunfaban en una cultura que empezaba a dar la espalda al concepto clásico del aprendizaje y el conocimiento.

No pretendo desmerecer la obra de Alberoni. Tenía dos cualidades: sencillez del mensaje y operatividad de sus análisis. Preguntas como :¿Qué es realmente el enamormiento? ¿El sufrimiento es inevitable en el amor? ¿Cuál es el papel de los celos? ¿Cuáles son los síntomas del enamoramiento y cuáles las del amor? ¿es eficaz una terapia que trate el enamoramiento como una patología leve pero importante? En suma : ¿cuando nos enamoramos, nos enfermamos psicológicamente? En estos días conocer la literatura nacida desde el punto de vista científico sobre la gestión de emociones, los libros de Damasio o de Sacks, complacen más al estudioso. Pero para el que no quiera ahondar mucho en el tema, Alberoni puede ser un aperitivo agradable e incluso divertido.

Alberoni nos habla del  estado naciente. Dicho estado facilita el enamoramiento que  es, en principio un acto inconsciente de voluntad, gracias a circunstancias que favorecen la receptividad de ambas partes a los encantos mutuos. Esas circunstancias tienen con ver con cuestiones como los fracasos en relaciones anteriores y la casi orgánica necesidad de sentirse amado. Aún así el "estado naciente" es frágil. ¿Cómo saber si la relación naciente vale la pena?  Aquí Alberoni es osado y sugiere 20 requisitos que son la piedra de toque de la certeza o falsedad del enamoramiento.

La relación de pareja como una sociedad anónima en las que los dos ganan -o pierden- puede resultar chocante para el lector avisado. De hecho, según nos cuenta la historia sentimental de los matrimonios al uso, cuando la cosa se divide y hay un ganador y un perdedor, sea el que sea, la cosa va esencialmente mal.

 

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7 abril 2021 3 07 /04 /abril /2021 16:15

Logoi 195

PESTES

“Lo que ha sucedido, vuelve a suceder; y lo que antes se ha hecho es lo que se hará. No hay nada nuevo bajo el sol.” Eso dice el Eclesiastés en la Vulgata antigua. Si unimos esa frase a la de Cicerón “El mundo está lleno de necios”, tendremos una radiografía filosófica exacta de la pandemia del Covid 19. Por supuesto con chocantes semejanzas –al margen de los cambios tecnológicos de nuestros días-  con la gripe española del 1918, (justo un siglo antes), la peste de Londres de 1665 (descrita años después por Daniel Defoe), la peste negra o bubónica de 1347, otra del mismo tipo en 1885, la gripe asiática de 1957, la de Hong Kong de 1968, la del Sida de los 70 (que aún sigue activa aunque muy controlada), el ébola en los 80, la del primer coronavirus SARS en 2002, la gripe porcina de 2009 y el MERS de 2012 (otra variante de coronavirus).

Estos flagelos humanos han provocado la creación de obras maestras literarias e infinidad de tratados de todo tipo  sobre los diferentes aspectos médicos, filosóficos, sociales, éticos, psicológicos, costumbristas, estadísticos, patológicos e históricos. En esas pandemias hay una coincidencia: en general comienzan siendo negadas y lo que es aún peor, ignoradas y de alguna manera, “desafiadas” con actitudes inicuas y temerarias.

Y hay una semejanza en las reacciones de las personas, las autoridades, los medios de información, los bulos y noticias falsas, el negacionismo y la proliferación de sujetos y entidades que sacan provecho económico. En esos escenarios parecidos, hay una constante: la dicotomía entre unos  que sufren la enfermedad y mueren o quedan afectados de por vida, los que se libran y acaban generando una especie de actitud de alivio y de “no era para tanto” con olvido creciente de lo ocurrido y una minoría que trabaja por combatirla y por ayudar a todo el mundo, desde los hospitales a los laboratorios, a proveer alimentos y transportarlos, vigilar y controlar la vida desbaratada y tratar de restañar las heridas económicas, laborales, sociales y familiares que se han producido.

A tenor de lo escrito, lean “Aragón 1918. La gripe española. Crónica de un desastre olvidado”, del historiador Luis Antonio Palacio Pilacés. (Ed. Comuniter). Sorprendente

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 abril 2021 1 05 /04 /abril /2021 15:43

INQUISICIÓN 3.0

(Publicado en La Comarca el viernes 020321)

La pandemia ha dado un empujón colosal al mundo digitalizado, a la virtualidad existencial, a la conciencia informática de cuanto hacemos, pensamos o decimos. Nos pasamos en general, y como mínimo, cinco horas al día enganchados a algún tipo de pantalla y de teclado. Y como “España es diferente”, queda añadir que el “diferente” se inclina más hacia lo reprobable y/o simplemente malo, que hacia la excelencia en lo bueno. Y para redondear, estamos alcanzando la excelencia en lo malo. Si les sirve de consuelo (a mí, no) es una característica que compartimos con muchos otros países. Una particularidad nuestra es que, al contrario que en el resto de la UE, creo que somos el único país al que le falta regular los contenidos audiovisuales y controlar los mensajes de odio, racismo, sexismo y violencia en los medios y en la Red por un organismo independiente de Gobiernos y grupos de presión de todo tipo. Hubo un intento de controlarlos en 2010, con un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales que nunca entró en vigor porque cambió el partido en el poder (y no señalo a ninguno). Me consta que hay sendos Consejos con cierto –poco al parecer- control en Cataluña y Andalucía. En España como totalidad, se incumple la legislación obligatoria europea sobre este crucial asunto: de ahí la sinfonía de los horrores de mala educación, insultos, amenazas y críticas desalmadas  en programas, aquelarres deformativos e incluso discursos políticos, en los que se hacen alabanzas a la violencia con la mayor impunidad.  La existencia de un supuesto control por la llamada Comisión Nacional de los Mercados y Competencia (CNMC) es un “saludo al sol” en la mayoría de los casos. Lo tristemente cierto es que no tenemos la legislación normativa adecuada y su  correspondiente organismo porque empresas y lobbies de lo audiovisual se negaron a ello en nombre de una supuestos “principios de la libertad de empresa”. Ni Jonathan Swift se hubiera inventado algo así.

Pero esto es sólo una de las caras del problema Inquisición 3.0. La otra es el uso que está haciendo –y sobre todo que se hará, si nadie lo remedia- de toda esa estructura comunicativa y relacional del mundo digital del que somos siervos  (y sin protección alguna). No sólo se ha instituido un sistema prácticamente incontrolado y dotado de alta inmunidad de insultar, zaherir, hundir, despellejar, levantar falsedades y dictar sentencias durísimas sin pruebas de unos ciudadanos contra otros (desde el anonimato a menudo) y crear campañas de desprestigio y condenas “a la picota” capaces en unas horas de destruir prestigios o carreras de políticos, actrices o actores, escritores, poetas, artistas plásticos, bailarines e incluso científicos en nombre del dogma “wake” (“despierto”) en los países anglosajones o de los defensores del purismo (“su” purismo) sexual, racial o político: autodesignados sumos sacerdotes de la ortodoxia. Es la Inquisición 3.0.

El problema que tenemos en estos tiempos enigmáticos y sorprendentes –una época puente entre dos culturas socioeconómicas, costumbres y estilos de vida tan diferentes entre sí como la noche y el día- es que el invento del mundo digital y sus facilidades y esclavitudes ha creado, bajo el manto protector de lo que llaman “la libertad de expresión”, el advenimiento de la Laica Inquisición. Ésta se ha revelado mucho más dañina que la medieval, ya que afecta a todo el planeta, a todas las personas y sin una Institución visible y determinada que la controle. En ésta también suele haber ganancia directa o indirecta de tipo económico a causa de los desafueros y persecuciones que se perpetran impunemente. En bastantes ocasiones es gratuita en todos los sentidos de la palabra.

Segunda faceta: control ciudadano de seguridad (dicotomía libertad-orden). La imitación del “paraíso” chino: seguridad comunitaria controlada por el poder. Sistemas de reconocimiento facial en todas partes que no sólo controlan físicamente a los ciudadanos. Están conectados a potentes ordenadores estatales que, a través de algoritmos en bucles de auto enriquecimiento de datos, no sólo dan noticia de quién es cada cual, sino de lo que posee, sus cuentas bancarias, negocios o propiedades. También de lo que hacen o pretenden hacer y, a través de gestos o actitudes, lo que “piensan” que está bien o mal (“mal” es aquello que se sale de la norma oficial de lo que “está bien”). Con la minuciosidad china por los detalles, el referido patrón de” big data” podrá puntuar a los ciudadanos, según sus actos se consideren positivos o desafectos al régimen. Una multa de circulación puede llevar al algoritmo correspondiente a sellar al culpable como irresponsable o  nocivo para el sistema, con lo que su libertad de movimiento, su posibilidad de tener un crédito o una vivienda quedará gravemente comprometida.

Ni Orwell imaginó algo así. Y nos les hablo de un argumento literario distópico. Esto es real y es nuestro presente. Un grupo de intelectuales y científicos españoles ha escrito una carta abierta al Gobierno pidiendo que se nombre una comisión de investigación para que se regule los sistemas de reconocimiento y análisis faciales ya existentes. Como ven no estamos tan lejos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

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4 abril 2021 7 04 /04 /abril /2021 09:17

(VERSIÓN AMPLIADA DEL TRABAJO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" DE ABRIL DE 2021)

Algunos colegas, benditos sean, han saludado como una novedad absoluta la solemne y hermosa edición de Acantilado de las entrevistas literarias de una de las revistas en inglés más famosa del mundo, “The Paris Review”. Son 2.800 páginas en dos tomos con estuche. Cien entrevistas escogidas de casi todos los grandes escritores del siglo XX. Hay muchísimas más. La revista, creada en París por un grupo de jóvenes norteamericanos, licenciados en Harvard y Yale, con George  Plimpton a la cabeza, se editó desde 1953 a 2012 y lo que comenzó siendo una ingeniosa manera de lograr grandes firmas para la revista –las entrevistas-  se convirtió con los años en un punto de referencia literaria  y una señal de distinción y calidad periodística: No estaban todos los que eran, pero eran todos los que estaban. Grandes de la literatura, la poesía, el teatro y algún cineasta como Billy Wilder. Entre todos ellos, españoles como Cela, Marías o Vila-Matas y hispanoamericanos como García Márquez, Vargas Llosa, Octavio Paz o Julio Cortázar.

Déjenme decirles que aunque imprescindible y oportuna, la edición por Acantilado de esas cien entrevistas y la promesa de sacar muchas más en otros volúmenes, no debe ocultar el recuerdo a otras ediciones en España de esas entrevistas que hoy celebramos y algunas que no están, aunque sin duda estarán más adelante. En mi biblioteca, desde el año 1980 se mantiene, supervivientes a todos los traslados y purgas, un ejemplar de Kairós “Conversaciones con los escritores” y otro de 1981 de la misma editorial, “Hablan los escritores”. De 2007 proviene una edición de Ignacio Echeverria para El Aleph, directamente titulada con el nombre de la revista. Entre los tres libros hay muchas repeticiones y algunas novedades. La edición de Acantilado cuenta con cuatro traductores de excepción y una edición lógicamente más homogénea que las antiguas ediciones comentadas. La selección de las entrevistas fue realizada por la editora Sandra Ollo y ha sido un proyecto desarrollado durante ocho años.

Pasemos a comentar estos dos libros que constituyen una riqueza enorme para todos los que aman la narrativa y  a los grandes escritores, sus rituales, sus tics, muchas vetas de su carácter, su manera de enfocar la creación, sus reacciones ante la crítica, sus pequeñas vanidades, el ejercicio práctico de la escritura, sus confesiones, su ironía o su humor, su impaciencia o su bondad y cortesía. Sus salidas de tono y sus excentricidades. Es como poder acceder a la intimidad de sus hogares –o en habitaciones de hoteles o dando un paseo por lugares cercanos a sus residencias- y verlos trabajar con ropa cómoda de estar por casa y con las pantuflas en los pies.

 

Empezaron en junio de 1952,  con E.M. Forster, el autor inglés de, entre otras grandes novelas, “Pasaje a la India” y la entrevista fue tan profunda y original que creó escuela. El novelista William Styron anunciaba en el primer número, 1953, que la revista estaba destinada a hablar de “los buenos escritores y los buenos poetas, aquellos que no siguen la corriente y no empuñan el hacha. Siempre y cuando sean buenos”. Y a fe que lo consiguieron. No hay periodista en ciernes, al menos en la época en que yo mismo me inicié, que no considere modélicas las entrevistas que publicaba y no aprendiera de ellas. Pero no sólo periodismo, también los que ansiábamos el estatus de escritor bebíamos de los detalles que se nos descubrían de los autores que admirábamos y los humanizaba hasta saturarnos de ingenio y de humor.

Desde la entrañable ternura y humildad de Simenon, hasta las manías de Lawrence Durrell que escribía como un monje medieval en su celda, la hospitalidad de Pasternak, el sarcasmo de Julian Barnes, los despistes de Houellebeck, el humor surrealista de Cortázar, el ingenio enciclopédico de Bradbury, la cazurrería dialectal de Cela…Kundera, Nabokov, algo irritable, la anécdota de Joan Didion que escribió la entradilla de la entrevista porque la periodista que la había entrevistado había fallecido semanas antes de publicarla… Y también Heinrich Böll que buscaba todo tipo de excusas para no ponerse a escribir hasta que los plazos con el editor le obligaban sin remedio.

Y como sello distintivo, el hecho de que las entrevistas no mantenían una estructura fija, ni temporal, ni de ubicación, ni temática. Podían realizarse a plazos, de una tirada, en un hotel, en el cuarto del escritor, en el jardín o paseando por París, en un restaurante (como la de Isak Dinesen). Estas conversaciones no suenan a verborrea ocasional, tienen la reconfortante serenidad de los clásicos. Uno disfruta con los guiños y procacidades llenas de ingenio de algunos escritores excelentemente captados por los ojos agudos y críticos de los periodistas. Me hubiera encantado escuchar a Greene hablando del “onanismo” que suponen las reuniones entre escritores o ver los esfuerzos de Hemingway por dar continua muestra de su viril sarcasmo y condenar premonitoriamente las visitas y el teléfono como algo letal para el trabajo serio de un escritor. Pero, entendámonos, en estas entrevistas nunca hay un enfrentamiento de egos, una crítica solapada, alguna burla disfrazada de ironía: son trabajos honestos y respetuosos sin llegar en ningún momento a ser laudatorios, aunque en algunos casos se trasluce la enorme admiración por el entrevistado. Lógico. Además existe un laborioso trabajo de repaso, corrección y filtrado, arreglo y edición de los textos parciales unidos tras varias citas y para llegar a un texto definitivo, se trabaja conjuntamente durante semanas o meses.

Los más inteligentes de entre los entrevistados acaban dándose cuenta de que todo ese entramado acaba por “sacarles” algo propio, íntimo, que ellos en principio no habían pensado o querido decir o enfatizar un aspecto inédito, lejos de su “figura pública” que les humaniza y que parece asombrar al propio sujeto. Para que ocurra esto es preciso una especie de “encantamiento mutuo” entre el entrevistado y los que le preguntan. Y el lector se percata de ello y el disfrute de lo leído es aún mayor.

Son particularmente atractivas las representantes del “género femenino” que, casi sin excepción, reniegan del tópico “punto de vista femenino” en sus obras y lo consideran reduccionista y un poco humillante. De hecho de los más de 400 autores entrevistados a lo largo de la existencia de la revista, sólo 87 son mujeres. Aún teniendo en cuenta que pertenecen a una época anterior a la nuestra, las quejas suenan vergonzosamente actuales. La crítica de Susan Sontag que coordina el hecho de que se considera a las mujeres como ella, parte de una “minoría”, y que por tanto a las minorías se les suele suponer un punto de vista unitario, es una manera de desmontar la falacia de que el sexo determina de forma esencial la creatividad literaria. Desde luego sí lo determina en el coste personal que se exige a hombres y mujeres literatos. Todos los escritores masculinos dependen de rutinas creadas por y para ellos mismos. Las escritoras, si tienen hijos por ejemplo, deben compaginar la escritura con el cuidado de los hijos y del hogar. No es una cuestión de genética femenina o masculina sino de roles sociales y culturales admitidos como verdades absolutas (cretinez en decadencia en estos días, aunque aún hay reductos masculinos donde se mantiene como una verdad bíblica). La gran Marguerite Yourcenar desprecia que se pongan etiquetas de género a la literatura y mi admirada Iris Murdoch desdeña que se la considere una creadora de “literatura femenina”. Y universaliza el cometido de la literatura, como también hace Doris Lessing, como un regalo para la humanidad sin hacer distinciones de género, raza o clase social.

La lectura de estos dos volúmenes constituye una experiencia  casi sensual, desde la satinada delicadeza de las páginas, la excelente edición y por encima de todo, las abundantes ocasiones de deslumbramiento intelectual que esos hombres y mujeres nos proporcionan a través de sus reflexiones y respuestas a las preguntas. Déjenme citar un párrafo de la entrevista realizada al inteligente y culto escritor judío  George Steiner (una de las mejores de esta colección). Cuando al gran autor de ensayos y novelas, profesor de selectas universidades, políglota y erudito en literatura y filosofía le preguntan por sus maestros, cita con gran ternura a varios y añade un dicho judío: "ojalá tuviera el coraje y la energía para hacer descalzo el largo viaje hasta cualquier hombre o mujer que pueda enseñarme algo. Estoy eternamente agradecido a mis maestros". Ese hombre, recientemente fallecido fue un dechado de inteligencia, ingenio y humildad.

Fichas.

1-THE PARIS REVIEW, ENTREVISTAS (tomo I: 1953 a 1983 y tomo II, 1984 a 2012).  2.819 págs. Trad. M.Belmonte, J. Calvo, G. Fernández Gómez y F. López Martín). Ed Acantilado 2020

2-THE PARIS REVIEW. Edición de El Aleph de 2007, recopiladas por Ignacio Echeverría.

3- HABLAN LOS ESCRITORES.-Edición de Kairós de 1981.

4- CONVERSACIONES CON LOS ESCRITORES”.- Edición de Kairós en 1980.

 

 

 

 

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30 marzo 2021 2 30 /03 /marzo /2021 10:14

LOGOI 194

HAMBRE

(publicado en La Comarca 300321)

Una noticia perdida en un “suelto” de Internacional de un periódico de gran tirada, me ha dejado triste y pensativo. Como el lejano llanto de un niño en un silencio nocturno. Un informe urgente de la FAO y de la PMA (Programa mundial de alimentos) sobre la amenaza cercana de una hambruna que puede causar millones de muertos. Recordé una noticia corta de semejante “calado” sobre una extraña enfermedad surgida en una ciudad industrial de China, Wuhan. Era en diciembre de 2019. Este  informe también ha suscitado escasa atención. La  historia de los desastres suele repetirse cuando prestamos poco interés en sus comienzos. Es como si pensáramos, “Bastante tenemos con ese recalcitrante coronavirus”.

Pero el corto texto es claro y causa desazón. Casi treinta países en total, en tierras africanas, asiáticas e incluso en el Caribe, están cruzando ya la línea roja de la hambruna. La misma pandemia que nos aflige (a ellos más, que no tienen vacunas) unida a factores climáticos extremos, guerras locales, gobiernos corruptos, una plaga de langosta migratoria que atacará en abril y mayo las cosechas de Angola, Botswana, Namibia, Zambia y Zimbabwe. Mas la sequía y los desórdenes climáticos extremos que acompañan a La Niña (el enfriamiento de las corrientes profundas en el Pacífico) que afectará a otros países desde Yemen a Sudán, Siria, Líbano o Afganistán, crean una especie de “tormenta perfecta” en países del submundo que suelen etiquetarse como “Hunger Hotspots”, puntos calientes del hambre.

Ver morir en torno tuyo a niños, mujeres, ancianos por inanición es una experiencia que ni los más curtidos reporteros o los miembros de las ONG que están “in situ”, pueden olvidar jamás. En esas personas hay esa paciente desidia que produce la debilidad y la falta de esperanza. Los testigos occidentales que tratan de ayudar pero carecen de suficientes medios, no pueden superar la durísima contradicción ética entre su experiencia del exceso de consumo, de las residuos y sobras alimentarias lanzadas a la basura, frente a esa realidad dolorosa de seres humanos muriendo por falta de lo más esencial.

Como dijo Voltaire, “Yo no sé que será eso de la vida eterna, pero la vida de aquí es una maldita broma”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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26 marzo 2021 5 26 /03 /marzo /2021 08:36

 

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 
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23 marzo 2021 2 23 /03 /marzo /2021 12:47

LOGOI  193

“LETRASADOS”

Publicado en La Comarca 230321

“Letrasado”, dícese del analfabeto vertical, del producto de una educación en el cual ha prevalecido el pragmatismo del empleo futuro, la preponderancia de los estudios tecnológicos del TIC (informática y comunicación) ingenierías… de una Educación secundaria y universitaria basada en las recetas neoliberales de gestión y estudios de mercado. Los letrasados forman parte de una crisis que, como el Guadiana, tiene una gran parte de su recorrido invisible, por debajo de la crisis pandémica sanitaria, la económica, la social, la xenófoba, la racista, la de género. Allá en las profundidades de la crisis global sistémica, está la crisis educacional que influye en todas las demás de una manera subrepticia y encubierta.

La CRUE de las Universidades españolas, el organismo que las interrelaciona con el Gobierno, recomienda que se “limiten las titulaciones y plazas de aquéllas enseñanzas que registran baja inserción laboral” (Humanidades tienen un 51,5% de inserción en la S.S., por 84,6 de informáticas y 80,2 de ingenierías). Como escribía Martha Nussbaum sobre la relación entre educación y la crisis de la democracia: “en la medida en que se recorta el presupuesto asignado a las disciplinas humanísticas, se produce una grave erosión en las cualidades esenciales para la vida misma de la democracia”.

El declive de las Humanidades en la educación viene de lejos. Ya Ortega pedía que se  considerara como obligatorias asignaturas humanísticas clave (ética por ejemplo) desde el instituto a la Universidad, al margen de la carrera que se cursara. Es este un problema complejo de difícil comprensión y gestión. La enseñanza a todos los niveles comienza a ser un fiel reflejo de los postulados de crecimiento-consumo del neoliberalismo salvaje (el mismo que está hundiendo al sistema democrático y arrasando al planeta): todo está sujeto a un objetivo de rentabilidad inmediata. Los “letrasados” ignoran la escala de valores y los principios que deberían regir las relaciones con los demás e incluso la manera óptima de gestionar la propia vida. Ya hay una generación muy consciente de sus derechos -y los exige agresivamente-  pero no tanto de sus deberes y obligaciones o del respeto a las ideas ajenas, la solidaridad como norma y la aceptación de que mi libertad limita con la libertad del otro.

La educación es uno de los pilares del futuro.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor

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19 marzo 2021 5 19 /03 /marzo /2021 12:54

Publicado en La Comarca, 190321

Escritores, filósofos y analistas políticos (cito a  Yuval  Noah Harari, Slavoj Zizek, Byung-Chul Han o Zygmunt Bauman) han publicado sus pesimistas (realistas) reflexiones sobre el “acelerón histórico” que ha supuesto la pandemia a un nivel global en las sociedades capitalistas, democráticas o populistas, que se reparten por el mundo ignorándose unas a otras, enrocándose en sus egoísmos o engañándose mutuamente entre protestas de solidaridad y cooperación. Hubo algún pensador o comentarista –yo entre ellos, lo confieso- que en los comienzos del Armagedon vírico entonó un esperanzado réquiem por el capitalismo salvaje y neoliberal que nos estaba convirtiendo a la mayoría de la población en esclavos digitales y consumistas compulsivos. Todos encadenados a valores y principios inyectados por los medios y  administrados por las grandes corporaciones y sus servidores de calidad, los Gobiernos del color político que fueren. Todos bajo el poder de un minoritario plantel de remotos y anónimos “inversores” que manejan en su beneficio los hilos financieros de las marionetas estatales. Soy consciente de que esto suena a siniestra conjura global, tipo Spectra o la conspiración del Nuevo Orden Mundial. Aunque pensadores como Richard Rorty (1931-2007) nos advertía en sus últimos años: “Tenemos ahora una clase superior que toma todas las cruciales decisiones económicas y lo hace ignorando a los Parlamentos y la voluntad de los votantes, ciudadanos de cualquier país, desarrollado o no”. La crisis de 2008 le dio la razón. Hoy día la situación ha empeorado  de forma exponencial.

Pero la pandemia hizo nacer la esperanza de una visión posible (aunque utópica) sobre otro orden mundial, basado en la supuesta aunque visible ruina del sistema: solidaridad y cooperación internacional, supervivencia del género humano, por encima de fronteras, lenguas, razas y economías, causada por la brutal amenaza de extinción que acarreaba el virus. Y ese “Despertar” humano sería posible gracias  a una conjunción entre la Ciencia, la Ética (el imperativo categórico kantiano), la Razón…y el miedo, por supuesto. Una especie de espiritualidad laica de sello humanístico con autopistas digitales inundaría al mundo calmando las ansiedades de la resaca del reciente consumo irresponsable y el poder omnímodo del dinero insolidario.

Un año más tarde y  a la vista de la situación mundial (mejor no hablar de la española) seguimos sin entender que la crisis climática y ecológica (cuna de los Covid que han venido y los que vendrán) y la desigualdad social, sanitaria, económica, son problemas sistémicos prioritarios a resolver para evitar la ruina total. Y eso resulta imposible porque el orden económico mundial depende de grandes corporaciones que no pueden evitar (está en su genética creacional) elegir la Bolsa (sus beneficios) antes  que la Vida: la de ¾ partes de la población mundial, 4.500 millones de personas, que padecen la más grave “enfermedad del planeta”, (según un informe de la OMS de 2008), la desigualdad sanitaria, económica, laboral y de estilos vida saludables. Recuerden que estamos viviendo en todo el mundo la llamada “ley inversa de la atención sanitaria”: la calidad asistencial está en proporción inversa a las necesidades de la población: cuanto más altas son éstas, peor es la asistencia sanitaria.

¿Está muriendo el sistema? No. Está mutando. Bill Gates ya anunciaba en 2017 el fin del capitalismo debido al consumo irresponsable y escasez de recursos. Y otros como él buscaban que algo cambiara en el sistema para que siguiera vivo. Pero ninguna de las grandes figuras del capitalismo global sería capaz de revertir la famosa regla del 80/20: el 80% de los recursos naturales los posee un 20% de propietarios; el 80 por ciento de los beneficios corporativos se los lleva un 20% de ejecutivos…la economía basada en el negocio digital global favorece a un 20% de empleados que pueden realizar el 80 % de las labores necesarias y aumentarán hasta el 80% los individuos pertenecientes a una clase irrelevante o precarizada laboralmente, desempleada o directamente inútil. La pobreza, la exclusión y desigualdades sociales, las tenemos semiocultas en la sombría trastienda del mundo visible, el de los medios y la Red.

Mientras, la inmoralidad como sistema, la barbarie como opción, la idolatría dineraria, la codicia como norma, las falacias y la manipulación informativa hipertrofiadas por la Red, sugieren un escenario muy semejante a aquél que Josep Conrad nos reveló en “El corazón de las tinieblas”, una colonia de trabajadores en el Congo belga, dirigida por un tirano sanguinario, Kurtz, que antes de ser asesinado, echa una mirada a lo que le rodea y musita: “El horror…el horror” no se sabe si con complacencia o con arrepentimiento.

Al capitalismo sólo se le puede frenar analizando la dinámica de su desintegración y usando desde dentro sus propias armas para impedirle que se transforme, que mute. Aprovechando sus propias estructuras. Nada de revolución (todas acaban siendo digeridas y convertidas en malas copias)  sino evolución controlada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, Periodista

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 10:08

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . En uno de sus libros “Cazadores, campesinos y carbón” (2015), asegura que los cambios fundamentales a largo plazo en los valores dependen  de los tres sistemas esenciales de obtener la energía: la caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles y en cada una de ellas se privilegian ciertos valores sobre otros. La base argumental de esta obra se articula a través de esas tres etapas del progreso humano , desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, la dinámica de las ciudades y en otro salto histórico,  la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitaria y pragmática que vincula ciertos valores culturales y sociales  de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Aunque si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano.

Aunque uno  de los autores críticos sobre su libro, citados por el propio Morris opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo,presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” Otro, la novelista Atwood, analiza un posible futuro colapsado  por “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático” y  los agudiza añadiendo el deterioro de los océanos, más los excesos de la bioingeniería y de la IA.

Morris asegura que estamos ante un cambio más de modelo energético pues estamos pasando de los combustibles fósiles a las energías renovables. Cree que ello producirá una revolución en nuestros valores cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

El realidad el empeño de Morris es profundamente kantiano, proclama algo muy evocador: la existencia de una moral universal, establecida por la biología durante la evolución de millones de años y tras buscar la raíz de tal comunidad ética la vincula a los desafíos de supervivencia marcados por las tres formas mencionadas de captación de la energía que va "depurando" los excesos violentos de la especie por otros más consensuados y porosos con los cambios que tales procesos producen en la vida de los seres humanos y sus sociedades. Me parece una hipótesis de trabajo atrevida pero estimulante.

La aseveración de Morris de que "cada época tiene las ideas que necesita" es un auténtico "gambito de dama" en la partida  de racionalidad y pertinencia que Morris juega con el lector (y con sus colegas). Y lo remata con un párrafo que haría estremecer a Kant : ""Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizás se deduzca que los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, pierden el tiempo ya  que los valores que nosotros hoy defendemos algún día probablemente -quizás bastante pronto- dejarán de ser útiles".

Y para terminar Morris le pone al guinda al pastel aceptando como buena la conocida fórmula creada en los cuarenta por el antropólogo  Leslie White: C=ExT, donde C es cultura, E energía y T es tecnología. "La cantidad creciente de energía que los humanos han sabido capturar durante los últimos veinte mil años ha sido el motor del proceso de evolución cultural, y como parte de dicho proceso, los valores humanos han cambiado".

ALBERTO DÍAZ RUEDA


FICHA 

CAZADORES, CAMPESINOS Y CARBÓN.- Ian Morris.-431 págs.-Trad. Claudia Casanova.- Ático de los Libros

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16 marzo 2021 2 16 /03 /marzo /2021 17:09
Logoi 192
TRUMPISMOS
(PUBLICADO EN LA COMARCA 160321)
El ejemplo político del ex presidente Trump (un peligro en hibernación: que nadie lo dé por acabado), su estúpida arrogancia, su desprecio hacia la ética o la solidaridad, su machismo o su odio racial, ha hecho germinar un vocablo “trumpismo” que designa una torpe, caótica y dictatorial forma de ejercer el poder. Una especie de Calígula, un Ubu rey ridículo en una poderosa nación a la que conducía hacia la desintegración y el aislamiento.
A través del análisis de la “cuestión catalana” desde los tiempos de Mas, hasta el cocinamiento surrealista del “referéndum” y del Procés y la legal, aunque inadecuada, dureza judicial, se llega a una conclusión deprimente: los catalanes carecen de una clase política eficaz y lógica, pero sus congéneres españoles no les van a la zaga. El empecinamiento poco realista de los primeros se corresponde con el que atenaza a muchos de los políticos españoles, ya sean del Gobierno o la oposición. Es una especie de trumpismo a tres bandas –Govern, Estado y extremistas- que genera posturas anquilosadas y silencios cómplices oficiales ante la barahúnda permanente de los extremos de ambas posturas hispano-catalanas, para placer y ganancia de voxeros, cuperos, antisistemas y “españolistas” cavernarios.
La nueva legislatura catalana está condenada al descrédito, la inacción y la violencia y a aumentar el ya considerable daño que sufre la imagen y realidad social de Cataluña. Y en tiempos de pandemia vírica, económica y social, es un suicidio colectivo de todo el país, en términos democráticos.
El estadista alemán del siglo XIX, Otto Von Bismarck, acuñó una frase memorable respecto a España: “Es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos intentando destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. Quizá lo estamos logrando con el ciego egoísmo de todos
El tema de los políticos presos, no es banal. No se puede
creer a estas alturas que tomar la decisión de que salgan a la calle es una muestra de debilidad, ni se puede pretender según la cortoplacista visión independentista que sería un triunfo y la muestra evidente de que el Estado cede cuando uno se lanza al “cuanto peor sea todo, mejor para nosotros”. Es una postura tan inteligente como la de Trump o Bolsonaro respecto a la Covid. Nos estamos jugando el futuro de todo el país, empezando por Cataluña. La política se debería nutrir del sentido común.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
Escritor
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